Un capitan de quince anos

V

UNA BALLENA A LA VISTA

El incidente constituyó el tema principal de las conversaciones de toda la tripulación, y muy en particular de las que mantenían la señora Weldon, el capitán Hull y Dick Sand. A este último le inspiraba una gran desconfianza el cocinero Negoro, cuya conducta, sin embargo, no merecía el menor reproche. Dingo pasaba por un perro que sabía leer y acaso también escribir, y que si no hablaba era porque tal vez tenía buenas razones para callar.

-Si las cotorras hablan -comentó un marinero- ¿por qué no puede hacerlo un perro? El experimento de los dados se repitió varias veces y Dingo, sin la menor vacilación y sin un error, siempre escogía las letras S y V, por más que los dados estuviesen mezclados muy bien. El único que no daba importancia a aquella experiencia era el primo Benedicto, quien hacía constar que son muchos los animales que, llevados de su instinto, ofrecen ciertas particularidades que se confunden con la inteligencia. Tales, las ratas que abandonan el barco que está a punto de hundirse en alta mar; el castor, que sabe prever la crecida de las aguas y construye diques para protegerse, y los mismos insectos, cuya organización supera la de muchas sociedades. Es lógico que Negoro no participase del entusiasmo que a los demás inspiraba aquel animal. Quizá lo encontrase demasiado inteligente, pero fuese lo que fuese, el perro demostraba una gran animosidad contra el portugués, el cual seguramente le hubiera jugado una mala pasada de haberse atrevido a enfrentarse con él. El cambio en las corrientes atmosféricas que el capitán esperaba con tanta impaciencia, se produjo el 10 de febrero, cuando el viento del Norte empezó a soplar con fuerza. Sólo hacía diecinueve días que habían abandonado el puerto de Auckland y el retraso no era mucho para pensar que, con un viento adecuado, la Pilgrim, de buen velamen, debía recuperar con facilidad el tiempo perdido. Se encontraban entonces en una parte del Pacífico siempre desierta y en una latitud raramente frecuentada por los navegantes. Los balleneros de los mares australes no se disponían aún a franquear el trópico, y si la Pilgrim se encontraba en aquel lugar se debía a las circunstancias que la habían obligado a regresar a América antes de que finalizase la estación. La señora Weldon, que se encontraba paseando por la popa, se dio cuenta de un espectáculo bastante curioso. Las aguas del mar se habían vuelto de un color rojizo, casi de repente. Parecía que acababan de teñirse de sangre. La señora Weldon llamó al grumete.

-¿No ves que tinte más particular han tomado las aguas? -le preguntó-. ¿A qué es debido? Dick sonrió y explicó que aquel tinte lo producían mi les de crustáceos que, por lo general, sirven de alimento a los grandes mamíferos.

-Los pescadores -añadió el grumete-, llaman a esto "comida de ballena".

-Pues son tan pequeños estos crustáceos -comentó la señora Weldon-, que casi podrían llamarse insectos de mar. El capitán Hull, que había acudido a la reunión, exclamó:

– ¡Aquí hay comida de ballena, y esto es muy interesante! Indica que no sería raro que viésemos alguna. Como si fuese para dar la razón al capitán, resonó en aquel instante la voz de un marinero que se encontraba en la proa.

– ¡Una ballena a babor! El capitán Hull, impulsado por su instinto de pescador, se precipitó hacia el castillo, seguido por la señora Weldon, Jack, Dick e incluso el primo Benedicto. A una distancia de cuatro millas, un hervidero indicaba que un gran mamífero marino se movía en medio de aquellas aguas rojizas. Era mucha todavía la distancia para poder reconocer a qué especie pertenecía aquel mamífero, puesto que las mismas son varias. Sin embargo, unos balleneros no podían despreciar aquella presa.

-Si fuese una ballena propiamente dicha -comentó el experto capitán-, su surtidor sería de menor volumen y al mismo tiempo más alto. Además, el ruido de este surtidor también revela una naturaleza peculiar. ¿Qué opinas tú, Dick?

-Si no me equivoco y teniendo en cuenta que el surtidor contiene más agua que vapor condensado, y considerando también la violencia del chorro, creo que se trata de una jubarte.

-Efectivamente; no hay duda; es una jubarte lo que tenemos ante nuestros ojos

-corroboró el capitán.

-Con su captura -comentó el jefe de la tripulación- obtendríamos en pocas horas la mitad de los 200 barriles de aceite que nos faltan.

-Sí, sí... En efecto -murmuró el capitán. Varios marineros, subidos en las flechas de los obenques del trinquete, exhalaban gritos de codicia y todos los hombres de la tripulación se animaban al contemplar el cetáceo. Era evidente que representaba todo un cargamento de aceite. El capitán no pronunciaba palabra y todos los marineros parecían atraídos por algo irresistible. El pequeño Jack exclamó:

– ¡Mamá! ¡Yo quiero coger la ballena para ver cómo es!

– ¿Que quieres ese ballena, hijo mío? -dijo el capitán, dejando escapar de sus labios unas palabras que hacía rato le cosquilleaban-. ¿Y por qué no hemos de capturarla, amigos míos? Claro que somos pocos, pero...

– ¡Hurra! ¡Hurra! -gritaron los marineros. El capitán, sin pérdida de tiempo, impartió las órdenes oportunas para la partida de caza, que en aquella ocasión tendría que llevarse a cabo con una sola embarcación por falta de hombres. La señora Weldon creyó un deber preguntar al capitán si constituía algún peligro atacar una ballena en tales condiciones, ya que ella sabía que eran tres las balleneras que generalmente se empleaban para la persecución de los cetáceos. El capitán sólo disponía de cinco marineros para armar un ballenero, ya que utilizar el concurso de los negros, que se habían ofrecido, era imposible. El manejo de una lancha de pesca exige marineros muy expertos.

-Puede estar tranquila, señora -argumentó el capitán Hull-; en varias ocasiones he tenido que pescar una ballena con una sola embarcación y siempre he acabado por capturarla. No le quedaba otro remedio al capitán que confiar a Dick Sand el cuidado de la goleta, a pesar de que éste hubiera querido tomar parte en la pesca. Sin embargo, comprendió que los brazos de un hombre valían más que los suyos para la navegación de la ballenera, y se resignó, acatando las órdenes de su jefe. El mar, muy tranquilo en aquellos momentos, favorecía las maniobras de la ballenera. El viento empezaba a amainar y la Pilgrim sólo derivaría de una manera insensible mientras la tripulación estuviese alejada. Los cuatro marineros embarcaron en la ballenera y Howik les entregó dos grandes dardos que servían de arpones y largas lanzas de aguda punta, añadiendo además cinco rollos de cuerda resistente y flexible llamada "sondaleza" y que mide 600 pies de largo. Sólo faltaba embarcar al capitán Hull, que antes de hacerlo lanzó una última ojeada a su embarcación, para estar seguro de que durante su ausencia, que podía prolongarse varias horas, Dick Sand, que quedaba al mando, no tuviese que ejecutar ninguna maniobra. Todo estaba en orden, ya que el barco había sido puesto al pairo para que se mantuviese poco menos que estacionado.

-Vigílalo todo -le recomendó el capitán a Dick-. Te dejo solo, aunque si hubiese necesidad de poner el navío en movimiento por si nos llevase demasiado lejos la persecución de la jubarte, el viejo Tom y sus compañeros podrán ayudarse si les indicas lo que tienen que hacer. Los negros asintieron con el máximo entusiasmo.

-Puede ir tranquilo, capitán -respondió el grumete-, que no perderé de vista la ballenera.

– ¡Buena suerte! -dijo la señora Weldon. El capitán dio las gracias y, volviéndose a Tom, añadió:

-Para ayudarnos a despedazar la ballena, cuando esté amarrada al casco del navío, cuento con usted y sus compañeros.

-Estamos a sus órdenes -respondió el negro. La ballenera se separó del casco de la Pilgrim, mientras los que quedaban en el barco deseaban por última vez suerte a los que partían. Al impulso de los cuatro remeros, la ballenera fue alejándose de la Pilgrim. La frágil embarcación se hallaba ya a varios centenares de pies de la goleta, cuando Dingo, de pie con las patas delanteras apoyadas en la borda, lanzó un quejumbroso aullido que impresionó mucho a aquella gente, dada a la superstición. También la señora Weldon se estremeció.

– ¡Vamos Dingo! -exclamó-. ¡Debes infundir valora tus amigos! Emite un buen ladrido, claro y alegre. El perro, en vez de ello, se irguió de nuevo y esta vez lanzó un aullido de cólera. Negoro acababa de aparecer en cubierta, seguramente con la intención de presenciar las maniobras de la ballenera. Dingo, preso del más vivo e inexplicable furor, se dirigió hacia el cocinero. El portugués cogió un espeque y se dispuso a la defensa.

– ¡Aquí, Dingo, aquí! -gritó Dick cuando el perro iba asaltar-. ¡Quieto, Dingo! Negoro había palidecido, sin pronunciar una sola palabra. Dejó caer el espeque y regresó a la cocina. Entonces Dick, dirigiéndose al formidable Hércules, le dijo:

-Le encargo que vigile exclusivamente a este hombre. Los enormes puños del negro se cerraron en señal de asentimiento.

– ¡Lo vigilaré! -contestó. La ballenera se perdía sobre el océano.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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