XXVII
UN INSECTO PROVIDENCIAL
El día fijado por el portugués, 14 de junio, éste se presentó ante la señora Weldon. Negoro, pues, no había cambiado sus planes referentes al rescate de su prisionera, ni tampoco venía dispuesto a discutir acerca del asunto. A su muda interrogación, la señora Weldon dijo:
-No estoy dispuesta a que a ningún precio venga aquí mi marido. Si usted desea hacer un negocio, no lo haga imposible exigiendo condiciones inaceptables. El cambio de nuestra libertad mediante la suma que indique puede efectuarse igualmente sin que mi marido venga a un país donde usted, más que nadie, sabe lo que puede ocurrirle a un blanco. Negoro escuchó el plan de la señora Weldon. Su marido no iría hasta Kazonndé. El portugués lo llevaría a Mossamedes, un puerto de la costa sur de Angola que Negoro conocía muy bien. En una época determinada los agentes de Alvez conducirían al mismo lugar a la señora Weldon, a Jack y al primo Benedicto, y la suma sería entregada a la llegada de los prisioneros. Negoro aceptó, y convenidas así las cosas, ella escribió a su marido en tal sentido, con la condición de que Negoro tenía que presentarse como un leal servidor que había podido escapar de los indígenas. El portugués tomó la carta y, al día siguiente, protegido por veinte negros, se dirigió hacia el Norte. En el supuesto de que las condiciones fuesen las más óptimas, tendrían que pasar tres o cuatro meses antes de que la señora Weldon pudiese abandonar Kazonndé. Por eso, después que Negoro hubiese partido, la madre de Jack se preocupó de pasar lo mejor posible el tiempo que le quedaba de permanencia. No abandonaría la factoría porque en ella se encontraban relativamente seguros. El primo Benedicto no se quejaba. Continuaba sus pesquisas y, en realidad, se hallaba muy bien en la factoría, y más ahora que, aun sin gafas ni lupa, había descubierto una abeja minúscula que ponía los huevos en celdillas que no eran suyas. El 17 de julio, y cuando menos lo esperaba, el primo Benedicto estuvo a punto de ser el más afortunado de los entomólogos. Aquel día todo Kazonndé se hallaba desierto a causa del tremendo calor, que obligaba a los indígenas a refugiarse en sus chozas. Eran las once de la mañana cuando el primo Benedicto, que se había retirado también dentro de la choza, notó como si a su alrededor zumbara todo un universo de insectos. Escuchó atentamente y exclamó:
– ¡Un hexápodo! En efecto, era un hexápodo lo que zumbaba, pues si bien el sabio no podía verlo aún, su oído, acostumbrado a percibir los menores ruidos de esta clase, no podía engañarle. Sus ojos, sin gafas, no podían distinguir al insecto, pero de pronto pudo darse cuenta de que un gran punto negro revoloteaba cerca de él. Contuvo la respiración y se quedó erguido, sin moverse. El insecto se posó sobre su cabeza y una amplia sonrisa asomó en la boca del primo Benedicto.
Pasó largo rato de inútil espera, hasta que por fin el insecto fue descendiendo por su frente, para, después de dar unas cuantas vueltecitas, llegarse hasta la punta de la nariz. Los ojos del primo Benedicto, haciendo que sus rayos visuales convergiesen como dos lentes, se dirigieron hacia el insecto.
– ¡La mantícora tuberculosa! -exclamó. Pero aquel grito, seguido de un estornudo, alejó al volátil que el sabio quiso coger extendiendo la mano hacia su rostro, consiguiendo sólo atrapar el extremo de su apéndice nasal.
-¡Maldición! -rezongó. Como buen entomólogo, el primo Benedicto sabía que la mantícora tuberculosa no hace más que revolotear y que, más que volar, anda. Así es que se puso de rodillas hasta que en el centro de un rayo de sol descubrió el punto negro que se deslizaba con rapidez. Pretendiendo coger la mantícora, corría el riesgo de chafarla, y el primo Benedicto no hizo otra cosa que ponerse a cuatro patas con la nariz junto al suelo, andando detrás del soberbio ejemplar. La mantícora salió al exterior de la choza perseguida por el sabio, que ni se dio cuenta de que los rayos solares caían cual brasas sobre su espalda. De esta manera cruzó un gran patio, hasta que al cabo de unos minutos se encontró al pie de la empalizada que cerraba el establecimiento. Cuando la mantícora llegó junto a la empalizada, se deslizó por el amplio agujero de una topinera que se abría al pie del cercado. El primo Benedicto no vaciló, y puesto que aquel agujero tenía por lo menos dos pies de anchura se introdujo en él en persecución del insecto. En menos de un minuto, el primo Benedicto, sin darse cuenta, se hallaba fuera de la factoría. Pero como aquello no era lo que le preocupaba, continuó detrás del insecto que, dando saltos, se introducía en el bosque. De pronto, sus alas se desplegaron, y antes de que el primo Benedicto, que vio que se le escapaba, pudiese alcanzarla con la mano ahuecada, la mantícora tuberculosa, se alzó del suelo en un vuelo rápido. Pero el insecto no podía ir muy lejos, por lo que el entomólogo se puso de pie y se precipitó tras él, que se iba adentrando en la espesura. En algunas ocasiones corría como un desesperado, mientras que en otras, cuando el insecto se hallaba en el suelo dando saltos, también él hacía lo mismo corriendo a gatas y dándose golpes en todas las partes del cuerpo. Se encontraba en el bosque a más de una milla del punto de partida, con riesgo de ser atacado por alguna fiera, pero él seguía sonriendo y saltando detrás del insecto. De pronto, al pasar junto a un matorral, se sintió cogido como en una trampa. Un ser gigantesco se abalanzó sobre él, y como si el primo Benedicto fuese un insecto, le agarró de la nuca con una mano, le colocó la otra debajo de la espalda, y sin darle tiempo a reaccionar se lo llevó a través de la espesura. Cuando al día siguiente la señora Weldon no vio aparecer al primo Benedicto a la hora acostumbrada, se sintió presa de la más viva inquietud. El pequeño Jack, su madre y la esclava Halima dedicaron todas las horas del día a la búsqueda del primo Benedicto. A pesar de su obstinación, todo fue inútil. Entonces, pensaron que el prisionero habría sido trasladado por orden de Alvez y por motivos que ella desconocía.
Pero Alvez, interesado también por aquella rara circunstancia, ordenó a sus servidores las indagaciones pertinentes, las cuales dieron como resultado el descubrimiento de la topinera que ponía a la factoría en comunicación con el vecino bosque. Aquella fuga disminuía de un modo considerable la prima que Alvez pensaba cobrar. Por eso no es de extrañar su furor al descubrir la topinera que mandó cerrar enseguida. Se llevaron a cabo algunas indagaciones en el interior de la factoría y en los alrededores, sin el menor resultado. La vigilancia dentro y fuera de la factoría se aumentó, y la monótona vida de la prisión continuó, pues, para la señora Weldon y su hijo. Entretanto, un hecho climatológico, muy raro en aquella época del año, se produjo en la provincia. Aunque había pasado el período de las lluvias que termina en abril, hacia el 19 de junio comenzaron a producirse unas precipitaciones persistentes que los indígenas veían con extrañeza no exenta de temor. Continuos chaparrones inundaban el territorio comprometiendo los terrenos llanos repletos de cosecha madura, que se hallaban sumergidos por completo. Los recursos empezaron a faltar a los habitantes de la provincia y nadie sabía cómo hacer frente a la catástrofe. La misma reina Moina tuvo que tomar cartas en el asunto, hasta que se acordó recurrir a los magos que poseen el privilegio de provocar o detener las lluvias y conjurar todo peligro. Todo fue inútil a pesar de sus preciosos amuletos, de sus monótonos cantos y de su agitar de cascabeles, como falló también el proceder de uno de los más sabios, que arrojaba bolitas de excremento y escupía al rostro de los personajes de más alcurnia de la corte. Los malos espíritus no quisieron ahuyentarse y las cosas iban de mal en peor. Entonces, la reina Moina hizo llamar a un célebre brujo que se encontraba en el norte de Angola. Su saber era maravilloso y su brujería no se había puesto a prueba nunca en aquella comarca. Por la mañana, el día 25 de julio, el nuevo brujo, con un gran tintineo de campanillas, anunció ruidosamente su llegada a Kazonndé. El tiempo no era tan lluvioso como unos días antes, el viento empezaba a cambiar, y aquellos síntomas de bonanza predisponían a los espíritus en favor del brujo. Se trataba de un hombre que medía por lo menos seis pies de altura, de complexión en extremo vigorosa, cuya presencia impuso respeto a la multitud. El Mgannga, que iba solo, se fue directo a la chitoka ante la admiración de los indígenas que no podían apartar su vista de aquella formidable figura. Aquel brujo era mudo, detalle que fue observado inmediatamente por todos los presentes. Pero aquella particularidad, sólo podía acrecentar la consideración de que gozaba. Era un defecto que en materia de sortilegio tenía un gran valor para los indígenas. Ejecutando una especie de baile, el brujo dio una vuelta a la extensa plaza., seguido por la multitud que imitaba todos sus movimientos. Después, aquella multitud se precipitó por la calle principal siguiendo al brujo, que encaminó sus pasos hacia la residencia real. Fue recibido por la reina Moina y todos sus cortesanos. Luego de unas reverencias que el Mgannga llevó a cabo inclinando la cabeza hasta rozar el suelo, sus brazos se alzaron al cielo, agitándose con rapidez como tratando de separar las nubes. Después, y entre un murmullo de admiración, el brujo cogió una mano a la temible soberana, acción a la que algunos cortesanos trataron de oponerse, ya que aquel acto era contrario a las normas establecidas. El vigoroso brujo no hizo caso y cuando uno de aquellos indígenas trató de hacerle retroceder, se sintió cogido por la piel del cuello por la vigorosa mano de aquél y arrojado a gran distancia. Moina no desaprobó aquella violencia, creyendo que demostraba el poder del mago, el cual, sin soltar a la reina de la mano, inició una rápida retirada, seguido de la muchedumbre. Después de unas pocas evoluciones, el mago se dirigió hacia la factoría de Alvez a la que entró derribando la puerta con un empujón de sus hombros. Los servidores de Alvez, ante aquella forma tan poco correcta de entrar, corrieron hacia el brujo para castigar su osadía, pero al ver que la soberana le acompañaba de buen grado, se detuvieron en una actitud respetuosa. La reina Moina, ante la presencia de la señora Weldon hizo un movimiento de amenaza que los indígenas refrendaron, precipitándose hacia ella con un griterío ensordecedor. La señora Weldon cogió a su hijo para protegerle de aquella caterva excitada. El brujo dejó escapar de su garganta un raro sonido y con las manos levantadas avanzó hacia la madre y Jack. Todos se apartaban dejando paso al mago, que parecía haber encontrado el remedio a sus males. El Mgannga arrancó de los brazos de su madre al pequeño y lo levantó hacia el cielo. Todos creyeron que iba a arrojarlo contra el suelo para destrozar su cráneo y apaciguar así el furor de los dioses. Alvez no sabía qué hacer, pensando que la vida de la prisionera era muy preciosa para él. La señora Weldon había perdido el sentido ante la actitud del brujo, quien, después de evolucionar ante la reina, que se tranquilizó, levantó a la desdichada mujer y se la llevó con su hijo por entre aquella multitud que, totalmente dominada, le dejaba el paso libre. Pero los indígenas, alucinados por el proceder del mago, se amotinaron contra Alvez, quien muy mal lo hubiese pasado si la reina Moina no hubiese ordenado a sus esbirros que lo prendieran. El brujo seguía caminando, llevando a sus víctimas como si fuesen simples plumas. Salió del cercado, atravesó Kazonndé y penetró en el bosque. Los indígenas fueron detrás de él durante casi tres millas, pero por fin, ante la actitud del brujo que cada vez iba más deprisa, comprendieron que no podían seguirle y regresaron al poblado. El mago siguió andando hasta que llegó junto a un río caudaloso, cuya rápida corriente se dirigía hacia el Norte. Detrás de un matorral apareció una piragua, en la que el mago embarcó dejando en ella su doble carga. Soltó la amarra y la embarcación fue arrastrada por las aguas. Entonces el brujo dijo con voz clara.-
– ¡Mi capitán, aquí tiene a la señora Weldon y al pequeño Jack! ¡Ahora pueden reventar todas las nubes del cielo sobre esos idiotas de Kazonndé! ¡En marcha! El que así hablaba, desconocido bajo aquel disfraz de mago, era Hércules. Dick Sand era a quien iban dirigidas aquellas palabras, Dick Sand, que no se encontraba solo en la piragua cuando llegó la señora Weldon. A su lado estaba el primo Benedicto y más al fondo podía verse a Dingo.