César Cascabel · Parte 4

CAPÍTULO I

DESPUÉS DE UNA LARGA ETAPA

ranscurrían lentamente las horas, proT longándose aún más por la claridad de los crepúsculos, que son muy largos en aquellos territorios, cortados por el paralelo setenta y dos.

La pequeña caravana se componía actualmente de diez personas, desde que Kirschef y Ortik formaban parte de ella. Aun cuando no existiesen grandes simpatías entre ellos y sus compañeros, los dos marineros rusos se habían convertido en comensales de la Belle Roulotte; comían en la mesa común, y hasta debían dormir en aquélla cuando la temperatura no les permitiese hacerlo fuera.

En efecto, la media termométrica se mantenía aún a algunos grados bajo cero; lo que era fácil conocer, pues el amable Tchu Tchuk había devuelto el termómetro a su legítimo propietario. Todo el territorio desaparecía hasta perderse de vista bajo una inmensa sábana blanca, que el sol de abril no tardaría en disolver.

Sobre esta nieve endurecida, como sobre la herbosa llanura de las estepas, el tiro de renos bastaría para arrastrar fácilmente el pesado vehículo.

En cuanto a la alimentación de los animales, las provisiones proporcionadas por los indígenas habían bastado desde su partida de Kotelnyï hasta su llegada a la bahía del Lena. En adelante, los mismos renos se encargarían de alimentarse, desenterrando el musgo, que olfatean bajo la nieve, y con las hojas de los arbustos de que está sembrado el suelo siberiano.

Durante la travesía del icefield el nuevo tiro se había mostrado sumamente dócil, y Clou de Girofle no había tenido que trabajar gran cosa para dirigirlo.

El alimento de los viajeros no estaba menos asegurado, gracias a la provisión de conservas, arroz, té, bizcochos y demás que poseía la Belle Roulotte.

Cornelia disponía, además, de cierta cantidad de manteca yakuta, guardaba en cajitas de madera de abedul, que había sido ofrecida al amigo Cascabel por el amigo Tchu Tchuk. La provisión de petróleo se renovaría, cuando fuera posible, en cualquier pueblecillo siberiano. La caza, por otra parte, no tardaría en proporcionar carne fresca, y el conde y Juan tendrían ocasión de utilizar su destreza en provecho de la cocina.

Debía contarse igualmente con el concurso de los dos marineros rusos. Estos afirmaban que la región septentrional de Siberia les era en parte conocida, pudiendo ventajosamente servir de guías.

Este fue el objeto de la conversación que aquel día se entabló en el campamento.

– Puesto que habéis recorrido ya este país – dijo el noble ruso dirigiéndose a Ortik–, vosotros nos dirigiréis...

– Es lo menos que podemos hacer – respondió Ortik–, en agradecimiento de haber recobrado nuestra libertad, gracias al señor Cascabel.

– ¿Gracias a mí? De ningún modo –dijo el aludido–. Gracias a mi vientre, al cual la Naturaleza ha concedido el don de la palabra. A él es al que hay que hacer los cumplidos.

– Ortik –preguntó el conde Narkin–, ¿qué itinerario nos aconsejáis seguir al abandonar la bahía de Lena?

– El más corto, si así os parece, señor Sergio. Si bien existe el inconveniente de que dejaremos a un lado las principales ciudades de los distritos, situadas más al Sur, en cambio, podemos marchar directamente hacia la cadena de los Urales. Además, en el camino no faltan pueblos pequeños en donde podréis renovar las provisiones, y hasta pernoctar, si fuese necesario.

– ¿Y para qué? –dijo aquí Cascabel, interrumpiendo a Ortik–. Nada tenemos que hacer en los pueblecillos. Lo que importa es no retardarse y apretar el paso. No creo que la travesía del país sea peligrosa.

– De ningún modo –respondió, tajante, Ortik.

– Además, somos bastante fuertes, ¡y desgraciados de los bribones que quisieran atacar a la Belle Roulotte! ¡No saldrían muy bien librados!

– Estad tranquilo, señor Cascabel; no hay nada que temer –aseguró Kirschef.

Ya se habrá observado que éste hablaba muy raras veces. Poco sociable, de genio sombrío y taciturno, dejaba a su camarada tomar parte en las conversaciones.

Ortik era evidentemente más inteligente que él, y hasta de una inteligencia privilegiada, lo que el conde ruso habla podido comprobar varias veces durante su estancia en las islas Liakhoff.

El itinerario propuesto por Ortik era a propósito para satisfacer a todos. Rodear las poblaciones más importantes, en las que corrían el riesgo de encontrar puestos militares, era lo que convenía el conde Narkin, al mismo tiempo que a los dos pretendidos marineros. Que sería difícil evitar el encuentro de los centros populares, sobre todo en las proximidades de las fronteras, era cosa evidente; pero, llegado el caso, se tomarían ciertas precauciones. Hasta entonces, y en este respecto, los pueblecillos de la estepa ofrecerían pocos peligros.

Una vez adoptado en principio este plan no hubo más que reconocer las diferentes provincias que sería preciso atravesar oblicuamente entre el curso del Lena y los Urales.

Juan buscó, pues, en su atlas el mapa de la Siberia septentrional. El señor Sergio hizo entonces un estudio profundo de aquellos territorios en que los ríos siberianos, en lugar de favorecer los itinerarios que se dirigen del Este al Oeste, les oponen más bien serios obstáculos.

He aquí lo que se decidió:

Atravesar el país de los yakutos, en el que los pueblecillos están bastante lejanos unos de otros, dirigiéndose al Sudoeste.

Pasar así de la cuenca del Lena a la del Anabara, luego a la del Khatanga, después a la del Yenisei y, por último, a la del Obi, lo que sumaba un trayecto de unos cuatro mil kilómetros.

Franquear la cuenca del Obi hasta los montes Urales, que forman la frontera de la Rusia europea en un espacio de unos setecientos kilómetros.

En fin, de los Urales a Perm, caminar durante unos quinientos sesenta kilómetros hacia el Sudoeste.

En total, unos cinco mil quinientos kilómetros.

Si no se presentaba ningún obstáculo en el camino, si no había necesidad de detenerse en algún pueblecillo, el viaje podía llevarse a cabo en menos de cuatro meses.

En efecto, no era mucho pedir de siete a ocho leguas por día al tiro de renos, y en esas condiciones, la Belle Roulotte llegaría a Perm, y después a Nijni, a mediados de julio; es decir, en la época en que la célebre feria estuviese en todo su esplendor.

– ¿Nos acompañaréis hasta Perm? – preguntó el conde a Ortik.

– No es probable –respondió el marino–. Nuestro proyecto es dirigirnos a Petersburgo después de haber pasado la frontera, y de allí pasar a Riga.

– Como queráis –dijo Cascabel–; pero empecemos por llegar a la frontera.

Se había convenido en que la parada duraría veinticuatro horas desde que pisasen el continente; parada bien justificada después del rápido paso del icefield.

Aquel día, por tanto, se consagró al reposo.

El Lena se arroja en el golfo de este nombre a través de una caprichosa red de desembocaduras, que separan una infinidad de canales y de pasos. Después de un curso de unos 8.400 kilómetros, este hermoso río, engrosado por un gran número de tributarios, viene a perderse en las profundidades del mar Ártico. Su cuenca no está estimada en menos de ciento cinco millones de hectáreas.

Examinada detenidamente la carta, el señor Sergio pensó que desde luego convendría seguir los contornos de la bahía, evitando las múltiples bocas del Lena. Por más que sus aguas estuviesen congeladas, todavía hubiera sido muy penoso aventurarse en medio de aquel dédalo. Los hielos acumulados por el invierno formaban un monstruoso montón de bloques, dominado por verdaderos icebergs, de aspecto muy pintoresco, pero difíciles de rodear.

Al otro lado de la bahía comenzaba la inmensa estepa, cuya monotonía apenas alteraba algunas dunas; por lo tanto, el viaje se efectuaría fácilmente.

No cabía duda de que Ortik y Kirschef estaban acostumbrados a viajar por aquellas altas latitudes.

Sus compañeros habían podido ya observarlo durante la travesía del icefield desde el archipiélago de las Liakhoff hasta la costa de Siberia.

Los dos marineros sabían organizar un campamento, construir, en caso necesario, una sólida cabaña de hielo. Conocían el medio empleado por los pescadores del litoral, que consiste en hacer absorber la humedad contenida en los vestidos, enterrándolos bajo la nieve; no vacilaban cuando se trataba de distinguir los bloques producidos por la congelación del agua salada de los debidos a la congelación del agua dulce; en fin, estaban al corriente de los diversos procedimientos de marcha, familiares a los viajeros de los países árticos.

Aquella noche, después de la cena, la conversación giró acerca de la geografía de la Siberia septentrional, y Ortik contó en qué condiciones Kirschef y él habían recorrido aquella comarca.

El conde, un día, le preguntó:

– ¿Cómo es que vosotros, marinos, habéis tenido ocasión de visitar estos países?

Ortik respondió:

– Hace dos años Kirschef, una docena de marineros y yo estábamos en el puerto de Arkángel aguardando un embarque a bordo de algún ballenero, cuando fuimos requeridos para el salvamento de un buque que estaba en peligro en medio de los hielos, al Norte de la desembocadura del Lena. Pues bien, al ir desde Arkángel a dicha bahía, fue cuando recorrimos la costa septentrional de Siberia. Después nos embarcamos en el Seraski, en el que hicimos nuestra campaña de pesca; pero, según os he dicho ya, este buque pereció con toda su tripulación, salvándonos únicamente mi compañero y yo. La tempestad arrojó nuestro buque contra el archipiélago de las Liakhoff, donde nos encontramos con vosotros.

– ¿Y no habéis viajado nunca por las provincias de Alaska? –preguntó Kayette, que, como sabemos, comprendía y hablaba el ruso.

– ¿Alaska...? –preguntó a su vez Ortik–. ¿No está ese país en América?

– Cierto –confirmó el conde ruso–. Es un país situado al Noroeste del Nuevo Continente, el país de Kayette... ¿Acaso vuestras campañas de pesca os han conducido hasta allí...?

– No conocemos ese país –respondió Ortik, con el tono más natural.

– Nunca hemos atravesado el estrecho de Behring –añadió Kirschef.

La voz de este hombre hizo de nuevo su acostumbrado efecto en la india, sin que lograse recordar dónde había podido oírla. Sin embargo, no podía ser en otra parte que en las tierras de Alaska, puesto que jamás hasta entonces las había abandonado.

Así es que, después de la respuesta tan explícita de Ortik y de Kirschef, Kayette, con la reserva habitual a su raza, no intentó hacer nuevas preguntas; pero en su espíritu quedó una prevención y hasta una desconfianza instintiva hacia los dos marineros.

Durante las veinticuatro horas de parada, los renos tomaron todo el reposo que les era necesario.

Aunque tenían las patas delanteras trabadas con cuerdas, esto no les impedía vagar alrededor del campamento, ramoneando los arbustos y desenterrando los musgos ocultos bajo la nieve.

El 20 de marzo, la pequeña caravana partió a las ocho de la mañana.

La estepa, completamente blanca, estaba lo suficientemente endurecida para que el vehículo pudiese rodar con facilidad. Los renos iban enganchados de cuatro en cuatro por medio de un sistema de tirantes bien combinados.

Avanzaban en cinco filas, guiados de un lado por Ortik, y del otro por Clou de Girofle.

Así viajaron durante seis días, sin haber tenido ningún encuentro digno de mencionarse.

El conde y Cascabel, Juan y Sandre, iban generalmente a pie hasta la parada de la tarde, y algunas veces Cornelia y Napoleona y Kayette los acompañaban cuando no tenían que ocuparse del menaje.

Cada mañana la Belle Roulotte hacía un koes, medida siberiana que vale veinte verstas, o sea veinte kilómetros aproximadamente. Durante la tarde avanzaba medio, trotando hacia el Oeste, lo que significaba treinta kilómetros por día.

El 29 de marzo, después de haber franqueado el pequeño río Olenek, completamente helado, el señor Sergio y sus compañeros llegaron al pueblecillo de Maksimova, a doscientos cuarenta kilómetros del golfo de Lena.

No había ningún inconveniente en que el conde se detuviese veinticuatro horas en aquel punto, perdido en la extremidad de la estepa septentrional. Allí no había gobernador general ni puesto militar ocupado por cosacos. Nada había que temer para el conde.

Se hallaban en pleno país de los yakutos, y la familia Cascabel recibió una excelente acogida entre los habitantes de Maksimova.

Este país, montañoso y forestal en las regiones del Este y del Sur, no ofrece en su parte norte más que vastas llanuras rasas, sembradas acá y allá de algunos grupos de árboles, cuya verdura iba a desarrollar bien pronto la estación cálida.

El producto de la siega del heno es en extremo abundante. Esto consiste en que, si el invierno es muy frío en la Siberia hiperbórea, la temperatura es excesiva durante los meses del estío.

Allí prospera una población de cien mil yakutos, que siguen las prácticas del rito ruso.

Gentes piadosas, hospitalarias, de buenas costumbres, son muy agradecidos a los beneficios que reciben de la Providencia, y muy resignados cuando les prueba duramente.

Durante el trayecto de la bahía de Lena al pueblecillo, habían encontrado cierto número de siberianos nómadas. Eran hombres robustos, de mediana estatura, cara aplastada, ojos negros, cabellera espesa y rostro imberbe. Los mismos tipos se encontraban en Maksimova, cuyos habitantes son sociables, pacíficos, inteligentes, laboriosos, y no se dejan engañar fácilmente.

Los yakutos, que llevan una vida errante, siempre a caballo y siempre armados, son propietarios de numerosos rebaños, extendidos a través de la estepa. Los que viven sedentáriamente en los pueblos o aldeas se dedican más particularmente a la pesca, explotando las aguas de las mil corrientes que el gran río absorbe a su paso.

Sin embargo, si estos yakutos están dotados de todas las virtudes públicas y privadas, hay que reconocer que abusan demasiado del tabaco, y, lo que es más grave, del aguardiente y otros licores alcohólicos.

– En cierto modo son excusables –observó Juan–. Durante tres meses no tienen más que agua para beber y corteza de pino para comer.

– ¿Habréis querido decir corteza de pan, señor Juan? –preguntó Clou de Girofle (14).

– No, corteza de pino. De modo que después de tales privaciones, bien puede perdonárseles cualquier exceso.

Mientras que los nómadas habitan yurtas (especie de tiendas de campaña de forma cónica y de tela blanca), los sedentarios ocupan casas de madera, construidas con gusto y según las necesidades de cada uno.

Estas casas, cuidadosamente conservadas, están cubiertas por techos muy pendientes, cuya inclinación favorece la fusión de las nieves bajo los rayos del sol de abril.

El pueblo de Maksimova presenta risueño aspecto. Los hombres son de tipo agradable, aire franco, mirada clara y fisonomía que revela cierta dureza de ánimo.

Las mujeres son graciosas y bastante bo nitas, aunque tienen el rostro tatuado. Muy reservadas, muy severas con relación a las costumbres, no se dejan ver jamás los pies ni la cabeza.

La familia fue cordialmente acogida por los jefes yakutos, que están comprendidos en la designación de kinoes, y por los ancianos, slarsynas, es decir, los notables del país. Aquellas honradas gentes se disputaron el honor de alimentarlos a su costa. Pero después de haberles dado las gracias, Cornelia no quiso hacer ninguna adquisición sino pagándosela; entre otras, una provisión de petróleo, que debía asegurar por algún tiempo la alimentación del hornillo de la cocina.

La Belle Roulotte, como siempre, había producido su efecto; jamás se había presentado en aquel país un carruaje de saltimbanquis. Gran número de yakutos de ambos sexos lo visitaron, y no tuvieren motivos para arrepentirse.

En esta provincia es raro que se cometa un robo, ni aun en detrimento de los extranjeros; y si alguno ocurre, el castigo sigue inmediatamente a la falta. Cuando el crimen se prueba, el ladrón es azotado públicamente. Después del castigo físico, el castigo moral: mancillado para toda su vida, queda privado de todos sus derechos civiles, y no puede ya recobrar el dictado de «hombre honrado».

El 3 de abril los viajeros llegaron a las márgenes del Oden, pequeño río que des agua en el golfo de Anabara, después de un curso de cincuenta leguas.

El tiempo, muy favorable hasta entonces, comenzó a sufrir algunas modificaciones. Bien pronto sobrevinieron lluvias abundantes, cuyo primer efecto fue el de producir la fusión de las nieves. Este estado se mantuvo por espacio de ocho días, durante los cuales el coche corrió verdaderos riesgos, a causa de los atolladeros y hasta hundimientos que a cada momento se presentaban al atravesar superficies pantanosas.

De este modo se anunciaba la primavera en aquellas altas latitudes, con una temperatura media de dos y tres grados bajo cero.

Este trayecto ocasionó grandes fatigas. Pero hubo que felicitarse por el concurso de los dos marineros rusos, que se mostraron muy adictos y serviciales.

El 8 de abril la Belle Roulotte se detuvo en la margen derecha del río Anabara, después de haber franqueado unas cuarenta leguas desde Maksimova.

Aún era tiempo de pasar aquel curso de agua sobre el hielo, a pesar de que empezaba a producirse el deshielo en Ja parte superior. Se oía el estrépito de los bloques, que la corriente arrastraba ruidosamente hacia el golfo. Una semana más tarde hubiera sido preciso buscar un vado practicable; cosa difícil, porque las crecidas sobrevienen repentinamente con la fusión de las nieves.

Ya la estepa, cubierta de verdor, se tapizaba con nueva hierba, que alegraba a los renos que arrastraban el carruaje. Los arbustos presentaban sus ramas hinchadas por los botones de los nuevos retoños, que antes de tres semanas dejarían escapar sus primeras hojas. La vida vegetal reanimaba también el delgado esqueleto de los árboles, reducidos al estado de madera seca por los fríos del invierno. Acá y allá algunos grupos de cedros y abedules se inclinaban al soplo de la brisa. Toda aquella naturaleza hiperbórea se vivificaba al calor del sol.

Las provincias de la Siberia asiática están tanto menos desiertas, cuanto más se alejan del litoral.

A veces encontraban un recaudador que iba de pueblo en pueblo reclamando el tributo. Entonces se detenían, cambiaban algunas palabras con aquel funcionario ambulante, le ofrecían un vaso de vodka, que aquél aceptaba con gusto, y se separaban deseándose mutuamente un buen viaje.

Cierto día la Belle Roulotte se cruzó con un convoy de prisioneros. Aquellos desgraciados, condenados a hacer hervir la sal, eran conducidos hasta los límites orientales de Siberia, y el destacamento de cosacos que los escoltaba no escaseaba los malos tratos.

La presencia del señor Sergio no dio lugar a ninguna observación por parte del jefe de la escolta; pero Kayette, siempre desconfiando de los dos marineros rusos, creyó notar que procuraban no atraer sobre ellos la atención de los cosacos.

El 19 de abril, después de un trayecto de setenta y cinco leguas, la Belle Roulotte hizo alto en la orilla derecha del Khatanga, que vierte en el golfo del mismo nombre.

Esta vez no había puente de hielo que pudiese servir para transportarles a la otra orilla.

Apenas algunos bloques dispersos anunciaban la terminación del deshielo.

De aquí la necesidad de buscar un paso vadeable, lo que sin duda hubiera causado un largo retraso, si Ortik no hubiese descubierto uno a media versta de distancia. Atravesáronlo, no sin alguna dificultad pues el carruaje se sumergió hasta los cubos de las ruedas; y después de haber caminado cosa de ciento y pico de kilómetros, los viajeros acamparon cerca del lago Yege.

¡Qué contraste con la estepa!

Era como un oasis en medio de las arenas del Sahara.

Imagínese una sabana de agua límpida, circunscrita por un cinturón de árboles de hoja perenne, de pinos y abetos, grupos de arbustos animados con su nueva verdura, mirtilos (15) de bayas purpúreas, camarinas (16) negras, rojizos groselleros y agavanzos o rosales silvestres que la primavera coronaba de nacientes flores.

Bajo el espeso follaje de los matorrales que formaban una masa compacta al Este y al Oeste del lago, Wagram y Marengo habrían podido levantar bastante caza de pelo o pluma, si papá Cascabel les hubiese permitido huronear por algún tiempo. En la superficie del lago nadaban numerosas bandadas de ocas, patos y cisnes.

Por el aire pasaban, con rápido vuelo, grupos de grullas y cigüeñas, que venían de las regiones centrales del Asia.

A propuesta del conde se decidió descansar durante veinticuatro horas. El campamento se estableció en la punta del lago, al abrigo de grandes abetos cuya cima avanzaba por encima de las aguas.

Los cazadores de la compañía, seguidos de Wagram, tomaron sus escopetas y se pusieron en marcha, después de haber prometido que no se alejarían mucho.

No habría transcurrido un cuarto de hora, cuando se oyeron las primeras detonaciones. Entretanto, César Cascabel y Sandre, Ortik y Kirschef, resolvieron probar fortuna pescando en las orillas del lago.

Sus utensilios de pesca se reducían a algunas cuerdas provistas de anzuelos, que habían comprado a los indígenas de Port Clarence. ¡Y qué otra cosa falta a pescadores dignos de este sublime arte, cuando tienen la inteligencia necesaria para luchar con las estratagemas de un pez y la suficiente paciencia para esperar que se digne morder el cebo!

Aquel día esta última cualidad hubiera sido inútil.

Apenas los anzuelos desaparecieron en el fondo de las aguas, cuando se produjo una gran agitación en la superficie. Los peces eran tan abundantes a lo largo de las orillas, que en pocas horas pudieron recoger lo suficiente para el consumo de toda una cuaresma.

Sandre estaba loco de alegría; así es que cuando Napoleona se le acercó pretendiendo tener a su vez el aparato, no quiso consentirlo, produciéndose entre ellos una violenta disputa, que Terminó con la intervención de Cornelia. Habiendo parecido a ésta que la pesca era suficiente, ordenó, tanto a los hijos como al padre, que recogieran los trastos; y cuando mamá Cascabel ordenaba, no había más que obedecer.

Dos horas después, el señor Sergio y su amigo Juan volvían con Wagram, que se hacía el remolón; pues, verdadera o figuradamente, estaba lleno de pesadumbre por abandonar aquellos matorrales tan abundantes en caza.

Los cazadores no habían sido menos felices que los pescadores; de modo que durante algunos días la minuta de las comidas iba a ser no menos variada y agradable. Los peces del lago Yege harían el gasto, y, sobre todo la excelente caza, particular a aquellos territorios de la Alta Siberia.

Entre otras varias aves, los cazadores habían traído una cuerda de karallys que se agrupan en bandadas, y algunos pares de dikontas, volátiles estúpidos, más pequeños que las ortegas de bosque, y cuya carne es muy sabrosa.

Fácil es figurarse la gran comida que se sirvió al aire libre.

La mesa se colocó bajo los árboles, y ninguno de los convidados notó que tal vez hacía aún demasiado frío para banquetear al aire libre.

Cornelia se había excedido a sí misma en la preparación de los pescados y en los asados de caza. Como la reserva de harina se había renovado hacía poco, y también la provisión de manteca yakuta, no es de admirar que el acostumbrado pastel, dorado y bien tostado, hiciese su aparición a los postres. Gracias a ciertos frascos que los habitantes de Maksimova consintieron en vender a la familia, cada uno de sus individuos pudo beber algunos tragos de aguardiente, sin que nada viniese a turbar la alegría y franca cordialidad.

Era de creer que el tiempo de las pruebas había pasado, y que aquel famoso viaje se llevaría a cabo con honor y en provecho de la familia Cascabel.

El siguiente día se dedicó también al reposo, y los renos lo aprovecharon para reponerse por completo de sus anteriores fatigas.

El 21 de abril la Belle Roulotte emprendió de nuevo su viaje a las seis de la mañana, y cuatro días después llegaba al límite occidental del país de los yakutos.

Notas de la fuente

14. Se trata de un juego de palabras formado por el autor con las frases écore de pin y croute de pain, en las que écore y croute significan corteza, y pin y pain se pronuncian de un modo igual.

15. Arbusto inferior del orden de las cricinas.

16. Cierto género de plantas empétreas.

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