César Cascabel · Parte 1

CAPÍTULO I

FORTUNA REUNIDA

No hay nadie que tenga otra moneda?

– ¡A ver, niños! Registrad los bolsillos...

– ¡Yo tengo una, papá! –advirtió la niña.

Y sacó de su bolsillo un aparente trozo de papel verdoso cuadrado, arrugado y grasiento. Dicho papel llevaba impresas estas palabras, casi ilegibles: United States. Fractional Currency, en torno a la cabeza respetable de un señor de levita y con el número diez repetido seis veces. Este papel valía diez centavos.

– ¿Y de dónde has sacado tú esto? – preguntó la madre.

– Es el resto de la última entrada – respondió Napoleona.

– Y tú, Sanare, ¿no tienes nada?

– No, papá.

– ¿Tampoco tú, Juan?

– Tampoco.

– ¿Qué es lo que falta todavía, César? – preguntó Cornelia a su marido.

– Dos centavos, si queremos hacer cuenta redonda –declaró Cascabel.

– ¡Pues aquí están, patrón! –dijo Clou de Girofle, haciendo voltear una pequeña pieza de cobre que acababa de sacar de las profundidades de su bolsillo.

– ¡Magnífico, Clou! –exclamó la niña.

– ¡Entonces, «ya está»! –hizo saber papá Cascabel.

Así era: «ya estaba», como decía aquel honrado saltimbanqui. El total ascendía a dos mil dólares, o sea diez mil francos por aquellos tiempos en que esto sucedía. ¡Diez mil francos! ¿No pueden ser considerados como una fortuna, cuando se han llegado a reunir sacándolos de la generosidad pública, merced únicamente al talento?

Cornelia abrazó a su marido y después lo hicieron sus hijos.

– Bueno; ya sólo es cosa de comprar una caja de acero –anunció papá Cascabel–, una hermosa caja con secreto, donde guardaremos nuestra fortuna.

– ¿Es absolutamente indispensable? – observó la señora Cascabel, a la que este gasto asustaba un poco.

– Cornelia, ¡es indispensable!

– Quizá bastase con un cofrecito...

– ¡He aquí cómo son las mujeres! –exclamó Cascabel–. ¡Un cofrecito sólo sirve para las alhajas! Una caja, o por lo menos un arca de acero, es lo que se emplea para el dinero; y como vamos a hacer un largo viaje con nuestros diez mil francos...

– ¡Compra de una vez tu arca de acero, pero regatéala bien! –concluyó Cornelia.

El jefe de la familia abrió la puerta del soberbio e imponente carruaje que le servía de casa ambulante, saltó del estribo de hierro sujeto a las varas y se puso a andar por las calles que convergen al centro de Sacramento.

En el mes de febrero suele hacer frío en California, a pesar de que este Estado está situado en la misma latitud que España. Pero envuelto en su buena hopalanda, forrada de falsa marta y el gorro de piel metido hasta las orejas, papá Cascabel no se inquietaba gran cosa por la temperatura y marchaba por la calle con paso alegre.

¡Un arca de acero! ¡Ser poseedor de un ar ca de acero había sido el sueño de toda su vida! ¡Este sueño iba, por fin, a realizarse!

Daba comienzo el año 1867.

Diecinueve años antes de aquella época, el territorio entonces ocupado por la ciudad de Sacramento no era más que una vasta y desierta llanura. En el centro se levantaba un fortín, especie de blocao construido por los primeros traficantes, llamados setters en aquellos tiempos, con el objeto de defender sus campamentos contra los ataques de los indios del Oeste de América. Pero después que los yanquis conquistaron California a los mejicanos que fueron incapaces de defenderla, el aspecto del país se modificó singularmente. El fortín se había convertido en una villa, hoy una de las más importantes de Estados Unidos, si bien el incendio y las inundaciones destruyeron a veces la ciudad naciente.

En aquel año de 1867, nuestro papá Cascabel no tenía que temer las invasiones de las tribus indias, ni aun las agresiones de los bandidos, que invadieron la provincia en 1849, al ser descubiertas las minas de oro, situadas un poco más al Nordeste, sobre la meseta de Grass-Valley y el célebre yacimiento de AllisonRauch, cuyo cuarzo producía un franco del precioso metal por kilogramo.

Tiempos aquellos de fortunas extraordinarias, de ruinas increíbles, de miserias sin nombre... Pero ya habían pasado. Ya no había gambusinos, ni en esta parte de la Columbia Inglesa, ni en el Caribú, situado por encima de Washington, donde millares de mineros afluyeron hacia 1836. Papá Cascabel no estaba expuesto a que su escaso pecunio, ganado, por decirlo así, con el sudor de su cuerpo, y que llevaba en aquellos momentos en el bolsillo de su hopalanda, le fuera robado en el camino. En realidad, la adquisición de un arca de acero no era tan indispensable, como él pretendía, para poner su fortuna en seguridad; pero si deseaba adquirirla era en previsión de un gran viaje a través de los territorios del Lejano Oeste, menos guardados que la región californiana, viaje que debía volverle a llevar a Europa.

Cascabel caminaba, pues, sin la menor inquietud a lo largo de las anchas y limpias calles de la ciudad.

Aquí y allí se veían plazas (squares) magníficas, sombreadas por hermosos árboles, todavía sin hojas; hoteles y casas particulares, construidas con tanta elegancia como comodidad; edificios públicos de arquitectura anglosajona; numerosas iglesias monumentales, que dan un imponente aspecto a aquella ciudad de California. Por todas partes, gente atareada: negociantes, armadores, industriales; los unos, esperando la llegada de los buques, que bajaban y subían por el río, cuyas aguas vertían en el Pacífico; los otros asaltando el ferrocarril (rail-road) de Folson, que enviaba sus trenes hacia el interior de la Confederación.

Papá Cascabel se dirigía hacia High Street(1) silbando una canción francesa.

Hacía días que se fijara en el almacén, situado en dicha calle, de un rival de los Fichet y de los Huret, los célebres fabricantes parisienses de arcas de acero. Allí William J. Morlan vendía bueno y relativamente barato, dado el precio excesivo que entonces tenían todas las cosas en Estados Unidos de América.

William J. Morlan estaba en su almacén cuando entró Cascabel.

– Señor Morlan, tengo el honor... –saludó–. Quisiera comprar un arca de acero.

William J. Morlan conocía a César Cascabel: como todo el mundo le conocía en Sacramento, pues desde tres semanas antes hacía las delicias de la población.

Así, pues, el digno fabricante replicó:

– ¿Un arca de acero, señor Cascabel? Recibid mi enhorabuena.

– ¿Y por qué?

– Pues porque comprar un arca de acero indica que hay algunos sacos de dólares que guardar.

– Tal vez, señor Morlan.

– Pues bien, aquí tenéis una –manifestó el comerciante, mostrándole una enorme, dig na de figurar en las oficinas de los hermanos Rothschild u otros banqueros de los que ge neralmente tienen mucho que guardar.

– ¡Oh...! ¡Oh! ¡No tanto, no tanto! – apresuróse a decir Cascabel–. ¡Con esta tan grande podría alojar a toda mi familia! Son todos ellos un verdadero tesoro, convengo en ello; pero, por el momento, no se trata de meterlos bajo llave... ¡Hum! Decidme, señor Morlan, ¿qué es lo que podría contener esta enorme caja?

– Varios millones en oro.

– ¿Varios millones...? ¡Entonces..., ya volveré más tarde, cuando los tenga! Lo que me hace falta ahora es un cofrecito muy sólido, que pueda llevar bajo el brazo a ponerlo en mi carruaje cuando viajo.

– Tengo lo que os hace falta, señor Cascabel.

Y el fabricante le presentó un cofre, provisto de su cerradura de seguridad. No pesaba más de veinte libras, y estaba dispuesto en el interior como lo están las cajas de caudales o de títulos de los establecimientos de banca.

– Además, es incombustible –añadió Mr. William J. Morlan–, y se garantiza sobre factura.

– ¡Estupendo! ¡Estupendo! –afirmó el señor Cascabel–. ¡Me conviene, siempre que me respondáis de la cerradura de este cofre!

– Cerradura de combinaciones –se apresuró a decir el fabricante–. Cuatro letras; una palabra de cuatro letras, a escoger en cuatro alfabetos, lo que da cerca de cuatrocientas mil combinaciones. Durante el tiempo que un ladrón tarda en buscarlas, habría para cogerle un millón de veces.

– ¡Un millón de veces decís, señor Morlan! ¡Es verdaderamente maravilloso! Pero, ¿y el precio? ¡Ya comprenderéis que un arca es muy cara cuando cuesta más que lo que ha de contener!

– Muy bien hablado, señor Cascabel. Por lo tanto, no os pediré más que seis dólares y medio...

– ¿Seis dólares y medio? –repitió Cascabel–. ¡No me gusta ese precio! Veamos, señor Morlan: en los negocios es preciso ser justo. ¿Convienen los cinco dólares?

– Sea porque sois vos, señor Cascabel.

Negocio concluido, precio pagado. William J. Morlan propuso al saltimbanqui que le llevasen el cofre a su casa ambulante, no queriendo cargarle con este fardo.

– ¡Bah, señor Morlan! ¡Un hombre como vuestro servidor, que juega con pesos de cuarenta!

– ¡Bueno, bueno! ¿Qué pesan exactamente vuestros pesos de cuarenta? –preguntó, riendo, el señor Morlan.

– Exactamente, quince libras; pero no lo divulguéis –declaró Cascabel.

William J. Morlan y él se separaron encantados uno de otro.

Media hora después el dichoso poseedor del arca de acero llegaba al circo, donde estacionaba su coche, y depositó, no sin alguna satisfacción de amor propio, «la caja de la Casa Cascabel».

¡Ah! ¡Cómo se admiró en aquel pequeño círculo aquella caja! ¡Y cuan orgullosa se encontraba la familia con poseerla! Fue necesario abrirla para volverla a cerrar. El joven Sandre hubiera querido meterse dentro para divertirse. Pero, ¡imposible!, resultaba demasiado pequeña para alojarle. En cuanto a Clou de Girofle, jamás había visto cosa tan bonita, ni aun en sueños.

– ¡Esto debe ser muy difícil de abrir – exclamó–; a menos que sea fácil, si cierra mal!

– Nunca has dicho más verdad –le aseguró Cascabel.

Después, con voz de mando de esas que no admiten réplica, y con un gesto significativo de los que no permiten vacilación:

– Vamos, niños, id cuanto antes –dijo–, y traednos algo para almorzar..., como unos príncipes. He aquí un dólar, que pongo a vuestra disposición... ¡Yo convido!

¡Bendito hombre! ¡Como si no fuera él quien convidada todos los días! Pero complacíase con este género de bromas, a las que acompañaba una fuerte risotada.

Al momento Juan, Sandre y Napoleona se largaron acompañados de Clou, que llevaba al brazo un gran cesto destinado a las provisiones.

– Ahora que estamos solos, Cornelia, hablemos un poco –manifestó Cascabel.

– ¿De qué vamos a hablar, César?

– ¿De qué...? De la palabra que hemos de escoger para cerrar nuestra arca de acero. No es que desconfíe de mis hijos... ¡No lo permita Dios! ¡Ni tampoco del imbécil de Clou de Girofle, que es la honradez en persona...! Pero es necesario que estas palabras sean secretas.

– Escoge la palabra que quieras –respondió Cornelia.

– Lo dejo a tu elección.

– ¿No tienes preferencia?

– No.

– A mí me gustaría que fuese un nombre propio.

– En ese caso el tuyo, César.

– ¡Imposible...! ¡Es muy largo...! Es necesario que el nombre tenga sólo cuatro letras.

– Entonces quítale al tuyo una... Puedes muy bien escribir César sin r. Supongo que seremos dueños de hacer lo que nos acomode.

– ¡Bravo, Cornelia! ¡Es una idea, una de esas que tienes a menudo, esposa mía! Pero si nos decidimos a quitar una letra a mi nombre, quisiera mejor quitar cuatro, y que fuera el tuyo. – ¿Mi nombre...?

– Sí... Tomando el final..., elia. Lo encuentro más distinguido.

– ¡César querido...!

– ¿Te gustará, verdad, tener tu nombre en la cerradura del arca?

– ¡Claro que sí, puesto que ya está en tu corazón! –respondió Cornelia, con ternura.

Después, sintiéndose completamente dichosa, abrazó a su excelente marido.

Y he aquí cómo, por consecuencia de esta combinación, cualquiera que no conociese la palabra Elia no podría abrir el cofre de la familia Cascabel.

Media hora más tarde, los chicos estaban de vuelta con las provisiones, jamón y buey salado, cortado en lonchas apetitosas, y también algunas de esas sorprendentes legumbres que produce la vegetación californiana, coles arborescentes, patatas gruesas como melones, zanahorias de medio metro de longitud, que, según afirmaba Cascabel, «no tenían igual más que en las que se logran sin tomarse el cuidado de cultivarlas». En cuanto a la bebida, no se tenía más que el trabajo de escoger entre las variedades que la naturaleza y el arte ofrecen a las gargantas americanas. Esta vez, sin hablar del bock de cerveza espumosa, cada uno tendría su parte de una botella de sherry para los postres.

En un momento, Cornelia, secundada por Clou, su acostumbrado ayudante, preparó el almuerzo. La mesa fue puesta en el segundo departamento del coche, llamado salón de familia, y cuya temperatura estaba mantenida a un grado conveniente por el hornillo de la cocina, establecido en el departamento contiguo. Sí, este día, como todos los demás, por otra parte, el padre, la madre y los niños comieron con notable apetito, que estaba justificado por las circunstancias.

Terminada la comida, Cascabel, tomando el tono solemne que daba a sus discursos cuando hablaba en público, se expresó en estos términos:

– Mañana, muchachos, habremos dejado Sacramento, esta noble villa y sus nobles habitantes, a los que debemos alabar, cualquiera que sea su color, rojo, negro o blanco. Pero Sacramento está en California. California es América, y América no se encuentra en Europa. Además, el país es el país, y en Europa está Francia, y no es demasiado pronto para que Francia nos vuelva a ver entre sus muros, después de una ausencia que se ha prolongado durante bastantes años. ¿Hemos hecho fortuna? Si hemos de decir la verdad, ¡no! Sin embargo, poseemos cierta cantidad de dólares que no resultarán mal en nuestra arca de acero cuando los hayamos cambiado en oro o plata francesa. Una parte de esta suma nos servirá para atravesar el Atlántico en uno de los rápidos vapores que ostentan nuestro pabellón, con los tres colores que Napoleón paseó en otro tiempo de capital en capital... ¡A tu salud, Cornelia!

La señora Cascabel se inclinó ante este testimonio de afecto que le daba su esposo, como para darle gracias por haberle proporcionado Alcides y Hércules en las personas de sus hijos.

Después, el buen hombre añadió:

– ¡Bebo también por nuestro dichoso viaje! ¡Puedan los vientos hinchar felizmente nuestras velas!

Se detuvo para echar el último vaso de su excelente sherry.

– Quizá tú, Clou, me dirás que, una vez pagado nuestro viaje, no quedará nada en el arca...

– No, patrón... A menos que el precio del viaje, añadido al precio del ferrocarril...

– ¡El ferrocarril! ¡Los rails-roads, como dicen los yanquis! –exclamó Cascabel–. Sabe, señor tonto, que no lo tomaremos. Cuento con economizar los gastos de transporte desde Sacramento a Nueva York haciendo el viaje en nuestra casa ambulante. Algunos centenares de leguas no van a atemorizar, supongo yo, a la familia Cascabel, que tiene la costumbre de pasearse a través del mundo.

– ¡Claro que no! –respondió Juan.

– ¡Y qué placer será para nosotros volver a ver Francia! –exclamó la señora Cascabel.

– Vuestra Francia, que no os conoce, hijos míos –replicó Cascabel–, puesto que todos habéis nacido en América; ¡nuestra bella Francia, que conoceréis por fin! ¡Ah, Corne lia! ¡Qué placer para ti, una provenzal, y pa ra mí, normando, después de veinte años de ausencia!

– ¡Oh, sí, querido César!

– Mira, Cornelia, se me había de ofrecer un ajuste, aunque fuera para el teatro de Barnum, y lo había de rehusar. ¿Retrasar nuestra marcha? ¡Oh, no pienso hacerlo! Primero iría andando aunque fuera con las manos... Es la nostalgia del país que nos acomete, y hay que curarse volviendo allá... No conozco otro remedio.

Y César Cascabel decía la verdad. Su mujer y él no tenían más que un pensamiento: volver a Francia. ¡Y qué satisfacción sentían pudiéndolo hacer, puesto que el dinero no faltaba!

– Partiremos, pues, mañana –decidió Cascabel.

– Y quizá sea para nosotros el último viaje – indicó su mujer.

– Cornelia, sólo conozco un último viaje – replicó el marido–, y es aquél para el cual Dios no concede billete de vuelta.

– Sea como tú quieres, César; pero antes de llegar a él, ¿no piensas descansar un poco cuando hayamos hecho fortuna?

– ¿Descansar, Cornelia? ¡Jamás! No quiero la fortuna, si la fortuna nos conduce a la ociosidad. ¿Supones entonces que te asiste el derecho de dejar sin empleo el talento con que la naturaleza te ha dotado con tanta largueza? ¿Imaginas que se pueda vivir con los brazos cruzados arriesgando nuestras articulaciones? ¿Comprendes a Juan abandonando sus ejercicios de equilibrista, sin danzar a Napoleona en la cuerda tirante con o sin balancín, que Sandre no figure en el vértice de la pirámide humana, y hasta el mismo Clou, sin recibir media docena de bofetadas por minuto para mayor alegría del público? ¡No, Cornelia! Dime que la lluvia apagará el sol, que el mar será absorbido por los peces; ¡pero no me digas que la hora del descanso debe sonar para la familia Cascabel! Y basta; no queda más que acabar los preparativos con el fin de que podamos ponernos en camino mañana temprano, cuando el sol se eleve sobre el horizonte de Sacramento.

Esto fue lo que se hizo durante la tarde, Inútil es decir que la famosa arca se colocó en lugar seguro en el último departamento del carruaje.

– De esta manera –aseguró Cascabel– podremos guardarla noche y día.

– Me parece, César, que realmente has tenido una buena idea –declaró Cornelia–. No siento el dinero que nos ha costado.

– Quizá sea ahora un poco pequeña, esposa mía; pero ya compraremos otra mayor..., si nuestro gato llegara a necesitarlo.

Note

  1. Calle alta. ↩

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)