Los quinientos millones de la begun

CAPÍTULO XVII

EXPLICACIONES A TIROS

Los dos jóvenes no esperaban, ni mucho menos, aquella pregunta. Quedaron, pues, más sorprendidos que si hubieran recibido un tiro de fusil.

De todas las hipótesis que Marcelo había imaginado respecto de aquella ciudad letárgica, la única que no se le había ocurrido era la de que un ser viviente le pidiese cuenta de su visita, con toda tranquilidad. Su empresa, casi legítima, si se admitía que Stahlstadt estuviese completamente deshabitada, revestía otro aspecto muy distinto, desde el momento en que la ciudad poseía aún habitantes. Lo que, en el primer caso, no era más que una especie de excursión arqueológica, en el segundo caso se convertía en un ataque a mano armada, con la agravante de fractura.

Todas estas ideas se presentaron en la imaginación de Marcelo con tanto relieve, que en un principio quedó como atacado de mutismo.

– Wer da? —repitió la voz, con algo de impaciencia.

Sin embargo, la impaciencia no había desaparecido por completo. Escalar murallas y volar edificios de la ciudad, franquear tantos obstáculos para llegar ante aquella puerta y no saber qué responder cuando le preguntasen «¿Quién es?», no dejaba de ser sorprendente...

Medio minuto bastó a Marcelo para darse cuenta de lo crítica que era su situación, e inmediatamente respondió, expresándose en alemán:

– Amigo o enemigo, según se mire... Deseo hablar con Herr Schultze.

No había terminado de articular estas palabras, cuando se dejó oír una exclamación de sorpresa, detrás de la puerta entreabierta.

– Ach!

Y por la abertura, pudo distinguir Marcelo parte de unas patillas rojas, un bigote erizado y unos ojos saltones que reconoció al punto. Todo aquello pertenecía a Sigimer, su antiguo guardia de corps.

– ¡Johann Schwartz! —exclamó el gigante, con una estupefacción que participaba también del júbilo—. ¡Johann Schwartz...!

El inopinado regreso de su prisionero parecía asombrarle casi tanto como le había asombrado su desaparición misteriosa.

– ¿Puedo hablar con Herr Schultze? —repitió Marcelo, al ver que no recibía otra respuesta diferente de aquella exclamación.

Sigimer sacudió la cabeza.

– No hay orden —dijo—. No se puede entrar aquí sin una orden.

– ¿Puede usted, entonces, decir a Herr Schultze que estoy aquí y deseo hablar con él?

– Herr Schultze no está... Herr Schultze se marchó —respondió el gigante, con un matiz de tristeza en la voz.

– ¿Y dónde está...? ¿Cuándo volverá...?

– ¡No sé...! No ha sido cambiada la consigna... ¡Nadie puede entrar sin una orden...!

Estas frases entrecortadas fueron todo lo que Marcelo pudo obtener de Sigimer, quien, a todas las preguntas, opuso una obstinación bestial. Octavio acabó por impacientarse.

– ¿A qué viene tener que pedir permiso para entrar? —dijo—. ¡Es mucho más cómodo que nos lo tomemos nosotros...!

Y se abalanzó sobre la puerta, con el fin de forzarla. Pero la cadena resistió, y un empujón superior al suyo cerró la puerta, cuyos dos cerrojos quedaron echados.

– Es preciso que haya varias personas detrás de esa puerta —dijo Octavio, bastante humillado por el resultado obtenido.

Aplicó el ojo al agujero que había hecho con la barrena, y lanzó un grito de sorpresa.

– ¡Hay un segundo gigante!

– ¿Arminio? —preguntó Marcelo.

Y miró, a su vez, por el agujero hecho con la barrena.

– ¡Sí! Es Arminio, el colega de Sigimer...

De pronto, otra voz que parecía llegar del cielo, hizo a Marcelo levantar la cabeza.

– Wer da? —dijo la voz.

Aquella voz era la de Arminio.

La cabeza del guardián asomaba por encima de la albardilla de. la muralla, a la que debía alcanzar con la ayuda de alguna escala.

– Ya lo sabe usted, Arminio —respondió Marcelo—. ¿Quiere abrir? ¿Sí o no?

No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando el cañón de un fusil apareció por encima del muro. Sonó una detonación, y una bala pasó rozando el ala del sombrero de Octavio.

– Pues bien; aquí tengo esto para responderte— dijo Marcelo.

E introduciendo un salchichón de dinamita por debajo de la puerta, la hizo volar con estrépito.

Apenas se formó la brecha, Marcelo y Octavio, armados hasta los dientes, se precipitaron dentro del parque.

Contra el hastial del muro hendido por la explosión y que acababan de franquear, aparecía adosada todavía una escala, y, al pie de aquella escala, se veían manchas de sangre; pero ni Sigimer ni Arminio estaban allí para defender la entrada.

Los jardines se abrían ante los dos asaltadores, en todo el esplendor de su vegetación. Octavio estaba maravillado.

– ¡Esto es magnífico! —dijo—. Pero, ¡atención...! ¡Despleguémonos en guerrilla...! ¡Estos comedores de berza podrían estar escondidos detrás de los arriates...!

Octavio y Marcelo se separaron, y dirigiéndose cada uno hacia el lado opuesto de la avenida que ante ellos se abría, avanzaron con prudencia, de árbol en árbol y de obstáculo en obstáculo, de acuerdo con los principios de la estrategia individual más elemental.

La precaución era acertada. No habían recorrido cien pasos, cuando sonó un segundo tiro de fusil. Una bala descortezó el árbol que Marcelo acababa de abandonar.

– ¡Dejémonos de tonterías...! ¡Cuerpo a tierra! —dijo Octavio, a media voz.

Y, uniendo la acción a la palabra, dejándose caer sobre las rodillas y sobre los codos, se deslizó hasta un espinoso macizo que bordeaba la rotonda en cuyo centro se levantaba la Torre del Toro. Marcelo, que no había atendido con toda prontitud la advertencia, oyó un tercer disparo, y sólo tuvo tiempo para ocultarse detrás del tronco de una palmera y esquivar así un cuarto tiro.

– Afortunadamente, esos animales tiran como unos bisoños —dijo Octavio a su acompañante, del que le separaban unos treinta pasos.

– ¡Chist! —exclamó Marcelo, más con la mirada que con los labios—. ¿Ves el humo que sale de aquella ventana del piso bajo...? ¡Allí están emboscados, los bandidos...! ¡Pero voy a hacerles una de las mías...!

En un abrir y cerrar de ojos, Marcelo cortó detrás de la espesura una vara de regulares proporciones. Luego, quitándose la chaqueta, la colocó sobre aquel bastón, que cubrió con el sombrero, contrayendo así un maniquí muy aceptable. Lo puso después en el sitio que él había ocupado, de manera que quedasen visibles el sombrero y las dos mangas, y arrastrándose hasta donde estaba Octavio, le dijo al oído:

– Entreténles, disparando a la ventana, unas veces desde tu sitio y otras veces desde el mío... Yo voy a sorprenderles por el lado opuesto...

Y Marcelo, dejando disparar a Octavio, se deslizó por entre los arriates que rodeaban la rotonda.

Transcurrió un cuarto de hora, durante el cual se cambiaron unas veinte balas, sin resultado.

La chaqueta de Marcelo y su sombrero estaban materialmente acribillados; pero, en cambio, él no podía estar mejor... En cuanto a las persianas del piso bajo, la carabina de Octavio las había hecho polvo...

De pronto, cesó el fuego, y Octavio oyó claramente este grito ahogado:

– ¡A mí...! ¡Ya le tengo...!

Abandonar su escondrijo, lanzarse al descubierto a la rotonda y subir de un salto a la ventana, fue para Octavio cosa de medio minuto. Un instante después, estaba dentro del salón.

Sobre la alfombra, enlazados como dos serpientes, Marcelo y Sigimer luchaban con desesperación. Sorprendido por el súbito ataque de su adversario, que había abierto de improviso una puerta interior, el gigante no había podido hacer uso de las armas; pero su fuerza hercúlea hacía de él un terrible adversario, y, aunque estaba en tierra, no había perdido la esperanza de rehacerse. Marcelo, por su parte, desplegaba un vigor y una agilidad notables.

La lucha hubiera acabado necesariamente con la muerte de uno de los combatientes, si la intervención de Octavio no hubiese llegado a punto de obtener un resultado menos trágico. Cogido por ambos brazos y desarmado, Sigimer se vio atado de tal manera, que no podía hacer el menor movimiento...

– ¿Y el otro? —preguntó Octavio.

Marcelo le mostró al otro extremo de la estancia un sofá, donde yacía Arminio, ensangrentado.

– ¿Ha recibido algún balazo? —preguntó Octavio.

– Sí —respondió Marcelo.

Luego se acercó a Arminio.

– ¡Muerto! —exclamó.

– ¡A fe mía que el pájaro voló! —dijo Octavio.

– Ya somos dueños del campo —dijo Marcelo—. Vamos a proceder a una inspección formal... Primero, iremos al despacho de Herr Schultze...

Desde la antesala donde acababa de desarrollarse el último episodio del asalto, los dos jóvenes recorrieron todos los departamentos que conducían al santuario del Rey del Acero.

Octavio estaba lleno de admiración ante todos aquellos esplendores.

Marcelo sonreía al contemplarle, y abría una a una las puertas que iba encontrando ante sí, hasta llegar al salón verde y oro.

Aunque esperaban encontrar allí algo nuevo, nada les pareció tan singular como el espectáculo que se ofreció a sus ojos. Hubiérase dicho que la oficina central de correos de Nueva York o de París, súbitamente desvalijada, había sido trasladada precipitadamente a aquel salón. Por todas partes se veían sólo cartas y paquetes sellados sobre la mesa, sobre los muebles y sobre la alfombra... Se sumergían hasta media pierna en aquella inundación... Toda la correspondencia financiera, industrial y personal de Herr Schultze, acumulada día por día en el buzón exterior del parque y fielmente recogida por Arminio y Sigimer, estaba allí en el despacho de su dueño...

¡Cuántas consultas, sufrimientos, esperas ansiosas, miserias y lágrimas encerrarían aquellos mudos pliegos dirigidos a Herr Schultze...! ¡Cuántos millones encerrarían también en papel, en cheques, en giros y en envíos de todas clases...! Todo aquello dormía allí, inmovilizado por la ausencia de la única mano que teñía derecho a rasgar aquellos frágiles aunque inviolables sobres...

– Ahora —dijo Marcelo— se trata de encontrar la puerta secreta del laboratorio.

Comenzó, pues, a levantar todos los libros de la biblioteca. Fue inútil. No llegó a descubrir la entrada oculta que había franqueado un día en compañía de Herr Schultze... ¡En vano sacudió uno a uno todos los estantes, y, provisto de una barra de hierro que cogió de la chimenea, los fue deshaciendo uno a uno...! ¡En vano golpeó la pared, con la esperanza de oírla sonar a hueco...! Bien pronto adquirió la evidencia de que Herr Schultze, receloso de no ser ya el único que poseía el secreto de la puerta de su laboratorio, la había hecho desaparecer.

Pero, necesariamente, debería haber abierto otra.

«¿Dónde? —se preguntaba Marcelo—. Sólo puede estar aquí, puesto que aquí es donde Arminio y Sigimer han traído las cartas... En esta estancia es donde ha continuado trabajando Herr Schultze después de mi partida... Conozco lo suficiente sus costumbres para comprender que, al hacer que desapareciera la antigua entrada, habrá querido tener otra a su alcance y a salvo de las miradas indiscretas... ¿Habrá alguna trampa debajo de la alfombra...?»

La alfombra no presentaba señales de tener abertura alguna. Por eso, no dejó de ser desclavada y levantada. El entarimado, examinado tabla por tabla, no presentaba nada sospechoso.

– ¿Y quién te ha dicho que la abertura esté en esta habitación? —preguntó Octavio.

– Moralmente, estoy seguro de ello —respondió Marcelo.

– Entonces, ya no nos queda más que explorar el techo —dijo Octavio, subiéndose a una silla.

Su deseo era llegar hasta la araña de la luz y golpear alrededor del rosetón central con la culata del fusil.

Pero no hizo Octavio más que suspenderse del candelabro dorado, cuando, con extrema sorpresa suya, lo vio bajar bajo sus manos. Se movió el techo, y dejó al descubierto un gran agujero, desde donde descendió automáticamente hasta el pavimento una ligera escalera de acero.

Aquello era como una invitación a subir...

– ¡Vamos arriba! —exclamó, tranquilamente, Marcelo.

Y enseguida trepó por la escala, seguido de su compañero.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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