XII
La partida.
¡Se comprende el efecto que produjo la lectura de esas pocas palabras en sus oyentes! Marie no pudo evitar estallar en sollozos, y Henry no consiguió sin trabajo consolarla.
¿Adónde había ido el conde de Chanteleine? ¿Por qué esa partida precipitada? ¿Por qué ese secreto que su fiel Kernan no había podido penetrar?
– ¡Ha ido a combatir, ha ido a reunirse con los Blancos! —fueron las primeras palabras de Marie.
– ¡Sin mí! —exclamó Kernan.
Pero al considerar que Marie estaba sola en el mundo, comprendió que el conde le había tenido que dejar el encargo de protegerla.
Se discutió pues aquella suposición de que el conde hubiera rejuntado los restos del ejército católico. La hipótesis era muy plausible.
En efecto, la lucha continuaba, más ardiente y más obstinada, pese a todas aquellas guerras que la Convención tenía entre manos, a pesar del Terror que existía en París desde la ejecución de los Girondinos; aunque los miembros de ese gobierno estuvieran en lucha abierta con ciertos diputados de la Convención y aunque, pocas semanas después, Danton debiera sucumbir, el Comité de salud pública hacía prodigios de actividad.
Conviene conocer lo que ciertos hombres de partidos contrarios pensaron de ese Comité, que, por sus medios terribles y sanguinarios, salvó a Francia, entregada a todos los horrores de la guerra civil y a todos los peligros de la coalición.
En Santa Elena, Napoleón dijo:
«El Comité de salud pública es el único gobierno que ha tenido Francia durante la Revolución.»
El señor de Maistre, el hombre del partido legitimista, tuvo el valor de reconocerlo igualmente, diciendo que los emigrados, después de haber entregado Francia a los reyes, nunca habrían tenido la fuerza de arrancársela de sus manos.
Chateaubriand pensaba así de esos doce hombres llamados Barrère, Billaud-Varennes, Carnot, Collot-d'Herbois, Prieur de la Marne, Robert Lindet, Robespierre el mayor, Couthon, Saint-Just, Jean-Bon Saint-André, Prieur de la Côte-d'Or y Hérault-Séchelles, cuyos nombres están en su mayoría consagrados a la execración pública.
Sea como fuere, el Comité, queriendo acabar con la Vendée, entró en la vía de las más horribles devastaciones; las columnas infernales, dirigidas por los generales Turreau y Grignon, se adentraron en el país tras la derrota de Savenay. Saquearon, masacraron, arruinaron; mujeres, niños, ancianos, nadie escapó a sus sangrientas represalias.
El príncipe de Talmont fue capturado y ejecutado ante el castillo de sus antepasados; d'Elbée, enfermo, fusilado en su sillón, entre dos de sus parientes. Henri de La Rochejaquelein, el 29 de enero de 1794, tras una última victoria obtenida en Nouaillé sobre las columnas incendiarias, se adelantó hacia dos soldados Azules sorprendidos en un campo:
– Rendíos —les dijo—; os hago gracia.
Pero uno de esos miserables, apuntándole, lo mató de una bala en medio de la frente.
Entre tanto, los agentes más sanguinarios del comité eran enviados a las provincias; Carrier, en Nantes, desde el 8 de octubre, imaginaba esos medios que llamaba las deportaciones verticales, y el 22 de enero inauguraba sus barcos de compuertas en honor de los prisioneros del ejército vendeano.
Pero cuanto más los diezmaban, más ardientes se mostraban los realistas en combatir la revolución. Era pues posible que el conde de Chanteleine se hubiera unido bien a Charette, que había reanudado la campaña después de evacuar la isla de Noirmoutier, bien a Stofflet, que acababa de suceder a La Rochejaquelein.
El ejército católico estaba desmembrado; hacíase entonces una terrible guerra de guerrillas. Stofflet y Charette, esos dos ilustres vendeanos, batían a los generales de la república. Charette, con diez mil hombres, durante tres meses vencedor de las tropas republicanas, derrotó y mató al general Haxo.
Esas noticias llegaban hasta el fondo de Bretaña, y Douarnenez tembló a menudo al estruendo de las batallas.
Si el conde no estaba en la Vendée, podía haberse lanzado al movimiento de la chouanería. Jean Chouan, durante los últimos meses de aquel funesto año de 1793, se había levantado, arrastrando a todas las poblaciones del bajo Maine, y lanzándose desde el fondo de la Mayenne hasta el fondo del Morbihan.
Había allí un gran papel que desempeñar para el conde de Chanteleine; ¿por qué no lo habría aceptado? Trégolan y Kernan discutieron todas esas probabilidades. Sin embargo el secreto guardado por el conde hacía dudar a Kernan.
– No se habría ocultado de nosotros —decía—, si hubiera vuelto a los campos de batalla.
– ¿Quién sabe?
– No, tiene que haber otra cosa.
Entonces uno u otro iba a buscar noticias; se exponían incluso para saber lo que pasaba en la Vendée o en el Morbihan; el rumor de un combate les ponía la muerte en el alma. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron averiguar nada.
Marie temblaba y rezaba por su padre, y al mirar a su alrededor, llegaba a considerarse casi aislada en el mundo.
Entonces le acometían momentos de desesperación. Kernan y el caballero intentaban tranquilizarla, sin lograrlo.
Los días pasaban; seguían sin noticias del conde; los rumores del exterior eran alarmantes.
El conde había desaparecido el 20 de marzo, y seis días después, los vendeanos reanudaban la ofensiva con un golpe brillante.
El 26 de marzo, la ciudad de Mortagne acababa de ser arrebatada a los Azules; ahora bien, en esa acción mandaba en jefe Marigny; Marigny, el antiguo compañero de Chanteleine, que, tras tres meses de vida errante, reaparecía victorioso.
Al enterarse de este hecho, Kernan exclamó:
– ¡Nuestro señor está allí! ¡Está en Mortagne!
Pero al conocer los detalles de la sangrienta batalla que había tenido lugar, al saber cómo los mejores soldados de los Blancos encontraron allí la muerte, la inquietud de los dos hombres y de la joven llegó al colmo, y cuando, quince días después de la toma de Mortagne, seguían sin noticias, Marie, desesperada, exclamó:
– ¡Mi padre, mi pobre padre ha muerto!
– Querida Marie —respondió Trégolan—, ¡tranquilizaos! No, vuestro padre no está muerto; nada lo demuestra.
– ¡Os repito que está muerto! —repetía la joven sin querer oírle.
– Sobrina —repuso Kernan—; en tiempos de guerra no se envían noticias como se quiere; a fin de cuentas, es una victoria la que acaba de obtenerse sobre los republicanos.
– ¡No, Kernan, no hay que esperar! ¡Mi madre muerta en su castillo, mi padre muerto en el campo de batalla! ¡Estoy sola en el mundo! ¡Sola, sola!
Marie sollozaba. Aquella prueba la había quebrantado; su frágil naturaleza no podía resistir tantos golpes repetidos. Y aunque no tenía ninguna prueba de la muerte de su padre, como ocurre en ciertos momentos de desesperación, se formó sobre este punto una convicción que nada pudo sacudir.
Sin embargo, cuando Marie exclamó que estaba sola en el mundo, Kernan sintió rodar una gruesa lágrima por su mejilla, su corazón sangró, y no pudo evitar decir:
– Sobrina Marie, tu tío está aún junto a ti.
– Kernan, buen Kernan —respondió la joven estrechando la mano del bretón.
– Siempre tendrás un amigo que te ame —repuso él.
– ¡Dos! —exclamó Trégolan, al que se le escapó esa palabra a pesar de sí mismo—. ¡Dos, querida Marie, pues os amo!
– ¡Señor Henry! —dijo Kernan.
– Perdonadme, Marie; perdonadme, Kernan; pero esas palabras me ahogaban. ¡No, mi querida bien amada no está sola en el mundo! ¡No! Me será grato consagrarle toda mi vida.
– ¡Henry! —exclamó la joven.
– Sí, la amo, vos lo sabéis, Kernan, y vos a quien su padre se la ha confiado, ¡aprobáis mi amor!
– Señor Henry, ¿por qué decir esas cosas, puesto que...?
– No temáis nada, Kernan, ni vos, mi querida Marie; si he hablado así, es porque voy a partir.
– ¡Partir! —exclamó Marie.
– Sí, alejarme de vos, de vos a quien amo y de quien hubiera querido llevarme alguna buena palabra. Si hubiera de quedarme, habría guardado este secreto en mi corazón, como lo había prometido a Kernan; pero me voy, ¿por cuánto tiempo? Lo ignoro; y ahora, ¿me perdonáis haber hablado?
– ¿Pero adónde vais, Henry? —preguntó la señorita de Chanteleine con un acento que penetró el alma del joven.
– ¿Adónde voy? Al Poitou, a la Vendée, a Mortagne, a todas partes donde pueda encontrar a vuestro padre, a todas partes donde pueda tener noticias suyas, para deciros si tenéis aún en la tierra para amaros otro corazón que el de Kernan y el mío.
– ¿Cómo? —dijo Kernan—. ¿Queréis reuniros con el conde?
– Sí, y lo conseguiré, le encontraré, ¡o moriré en el empeño!
– ¡Henry! —exclamó la joven.
– ¡Pues bien, id, señor Henry! —dijo Kernan con voz profundamente emocionada—. Que el cielo os proteja; durante vuestra ausencia, velaré sobre esa querida criatura; pero sed prudente, pues sabéis que contamos con vuestro regreso.
– Tranquilo, Kernan; tengo una tarea que cumplir, no para que me maten allá, sino para reunirme con el conde de Chanteleine, y no estará tan bien escondido que no lo encuentre. El rango que ocupaba en el ejército realista no permite que sea desconocido en él. Iré a Mortagne, Marie, y os traeré noticias de vuestro padre.
– Henry —repuso la joven—, vais a afrontar muchos peligros por nosotros. ¡Que Dios os acompañe, y que os recompense!
– ¿Cuándo partís? —preguntó Kernan.
– Esta misma noche, al oscurecer; viajaré a caballo o a pie, según las circunstancias, pero llegaré.
Los preparativos de la partida no fueron largos. La joven, llegado el momento, tomó la mano del caballero entre las suyas y la retuvo largo tiempo sin poder hablar. Kernan estaba muy emocionado. Pero Henry sacó de los ojos de la joven una fuerza sobrehumana, y tras un largo adiós, se dirigió hacia la puerta.
En ese momento esta se abrió rápidamente y apareció un hombre envuelto en un manto.
Era el conde.
– ¡Padre! —exclamó Marie.
– ¡Hija mía bien amada! —respondió el conde estrechando a Marie contra su corazón.
– ¡Oh, cuánto nos ha preocupado vuestra ausencia, padre, y el señor Henry iba a partir para encontraros y traernos de vuelta!
– ¡Buen muchacho! —dijo el conde tendiendo la mano al caballero—. Queríais volver a sacrificaros.
– ¡Vamos, todo va bien! —dijo Kernan—. Creo decididamente que la suerte está de nuestra parte.
El conde, que había callado sobre el motivo de su ausencia, no habló más del fin que había alcanzado. Le pareció evidente al bretón que ese viaje se vinculaba a una intriga realista, una especie de nueva conspiración, pero no interrogó a su señor al respecto.
Solo creyó deber poner al padre al corriente de lo que había pasado; le describió el amor del que había sido confidente, y cómo, durante la desesperación de Marie, la confesión de ese amor había brotado de los labios del joven; no dudaba de que la joven le amara.
– ¡Y desde luego nunca hombre alguno fue más digno de ser amado! —añadió el bretón—. Después de todo, nuestro señor, si ese matrimonio se decidiera, no podría celebrarse, pues no hay sacerdote en el país, y habría que esperar.
El conde sacudió la cabeza sin responder.