XVI
EN EL QUE TERMINA ESTA NOVELA CON UN
DESENLACE A GUSTO DE CLOVIS DARDENTOR.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, el tren de Sidi- bel- Abbes llevaba la fracción de la caravana que, después de un viaje de catorce días, volvía a su punto de partida.
Comprendía esta fracción al señor Dardentor, a la señora y señorita de Elissane, a los esposos Desirandelle, a su hijo Agatocles, a Juan Taconnat y a Marcel Lornans, sin contar a Patricio, que aspiraba a volver a su vida tranquila y regular en la casa de la plaza de la Loge, de Perpignan.
Quedaban en Sidi- bel- Abbes, por conveniencia o necesidad, el guía Moktani, que iba a ser cuidado con esmero después de haber sido recompensado largamente por el señor Dardentor, y los indígenas al servicio de la Compañía de ferrocarriles argelinos.
¿Y el señor Oriental? El Presidente de la Sociedad Gastronómica de Montelimar no era hombre que abandonase Sidi- bel- Abbes sin haber estudiado, desde el punto de vista comestible, una ciudad a la que se ha dado el nombre de «Biscuitville»
Es una ciudad importante, de diez y siete mil habitantes: cuatro mil franceses, mil quinientos judíos, y el resto indígenas. La ciudad, que estuvo á punto de ser capital de la provincia de Orán, es el antiguo dominio de los Beni-Amor, que tuvieron que pasar la frontera y refugiarse en Marruecos. Respecto a la ciudad moderna, que data de 1843, es bonita y próspera, con sus fértiles contornos regados por el Mekerra. Está construida sobre un escarpado del Tessala, y se hunde en la verdura a una altura de cuatrocientos setenta y dos metros.
Por muchos que sus atractivos sean, el señor Dardentor fue aquella vez el que mostró más prisa por partir.- ¡No!... ¡Jamás se había mostrado tan deseoso de regresar a Orán!
En efecto. No es de extrañar que la demanda hecha a la señora de Elissane fuera aceptada por ésta en principio, y sin que la excelente señora se viera en la obligación de casarse con el señor Dardentor. Un padre adoptivo con dos millones de capital, y resuelto a permanecer soltero, no se rehusa en ninguna parte de la tierra La señora de Elissane había manifestado un poco de resistencia, pero por fórmula y discreción únicamente; mas esto no había durado. La joven creyó oportuno decir:
-Reflexione usted, señor Dardentor.
-Todo está reflexionado, hija mía.
-Usted no puede sacrificarse así.
-Puedo y quiero, hijita.
-Usted se arrepentirá.
-¡Nunca!
Y al fin la señora de Elissane, mujer práctica, comprendiendo las ventajas de la combinación, cosa bien fácil, agradeció con toda su alma los proyectos de Dardentor.
Los Desirandelle no cabían en sí de contentos. ¡Qué dote llevaría Luisa a su marido! ¡Qué fortuna más inesperada! ¡Qué heredera! Y todo para Agatocles, pues no dudaban ahora que su amigo, su compatriota Clovis Dardentor, interpondría su paternal influencia en provecho del joven. Este debía de ser su pensamiento secreto, y su hijo sería el yerno del rico Dardentor.
Así, pues, todos estaban conformes en regresar a Orán lo más pronto posible. He aquí lo que se refiere a Juan Taconnat y Marcel Lornans.
El primero, abandonado definitivamente el país de los sueños, donde su imaginación le había llevado, exclamó aquella mañana:
-¡Que diablo! ¡Viva Dardentor! Y puesto que ninguno de nosotros ha logrado ser hijo adoptivo, me alegro que la encantadora Luisa sea su hija. ¿Y tú, Marcel?
Éste no respondió.
-Pero añadió Juan- ¿esto es válido desde el punto de vista legal?
-¿El qué?
-Un combate contra leones...
-Que sea contra las fieras o contra los hombres, un combate siempre es un combate, y es evidente que Luisa ha salvado al seor Dardentor.
-¡Vaya! Pues mira, Marcel, creo que es una suerte que ni tú ni yo hayamos contribuido a salvar a ese bravo hombre, sino Luisa.
-¿Por qué?
-Porque nos hubiera querido adoptar a los tres, y en tal caso, ella se hubiera convertido en hermana nuestra..., y tú no podrías pensar en...
-Efectivamente; la ley prohíbe el matrimonio entre los... Pero ¡si yo no pienso en tal cosa!
-¡Pobre amigo! ¡Pobre amigo!... ¿La quieres?
Sí, Juan... ¡con toda el alma!
-¡Lástima que no hayas salvado a ese bimillonario! Te hubiera adoptado como hijo..., y entonces...
-¡Sí! ¡Que desgracia!
Y los dos jóvenes sentían gran tristeza en el momento en que el tren, después de rodear por la parte Norte el importante macizo de Tessala, tomó a todo vapor la dirección de Orán.
Así, pues, el seor Dardentor nada había visto de Sidibel- Abbes, ni sus molinos de agua y de viento, ni sus yeserías, ni sus tonelerías, ni sus fábricas de ladrillos. No había explorado ni su barrio civil, ni su barrio militar, ni vagado por sus calles de ángulos rectos, plantadas de soberbios plátanos, ni bebido en sus numerosas y frescas fuentes, ni franqueado las cuatro puertas de su muralla, ni visitado su magnífico vivero de la puerta de Daya.
Después de haber seguido el Sig en una extensión de veinte kilómetros, pasado por la aldea de Trembles y la de San Luciano, tomado en Santa Bárbara de Tlelat la línea de Argel a Orán, el tren, tras un recorrido de sesenta y ocho kilómetros, se detuvo al mediodía en la estación de la capital.
Se había terminado el viaje circular, adicionado con algunos incidentes que la Compañía de los caminos de hierro de Argel no había previsto en su programa, y que los turistas recordarían siempre.
Y mientras el seor Dardentor y los dos parisienses se dirigían al hotel de la Plaza de la República, la seora de Elissane, su hija y los Desirandelle regresaban a la casa de la calle del Castillo Viejo después de catorce días de ausencia.
Con Clovis Dardentor las cosas no iban “a rastras”, si se nos permite emplear una tan vulgar locución, aunque Patricio se escandalice. Llevó a cabo sin dilaciones el negocio de la adopción, cuyas formalidades no dejan de ser complicadas. Si no tenía cincuenta años, si no había prestado a Luisa servicio alguno durante la menor edad de ésta, era evidente que Luisa Elissane le había salvado la vida en un combate, conforme a lo establecido en el art. 345 del Código civil. Así, pues, las condiciones impuestas al adoptante y al adoptado estaban cumplidas.
Y como durante este período, Clovis era llamado sin cesar a la calle del Castillo Viejo, encontró muy práctico aceptar el ofrecimiento que de instalarse en su casa le hizo la seora de Elissane.
Púdose observar, no obstante, que durante el período mencionado, Clovis Dardentor, tan comunicativo hasta entonces, tornóse reservado, casi taciturno. Inquietáronse los Desirandelle, aunque nada pudiesen sospechar de las buenas intenciones de su amigo. Además, excitado por sus padres, Agatocles mostrábase muy otro que antes con una joven heredera que algún día había de poseer más centenares de miles de pesetas que años contaba entonces, y no la abandonaba un momento.
De todas estas circunstancias resultó que Juan Taconnat y Marcel Lornans se vieron separados de su antiguo salvador. Desde que éste había abandonado la fonda, sólo por casualidad le veían cuando se encontraban en la calle, siempre atareado y con un lío de papeles bajo el brazo. ¡Sí! Nuestro héroe no parecía recordar que les había salvado a los dos de las olas tumultuosas y de las llamas turbulentas, y otra vez, a los dos juntos, en el combate contra las fieras.
De aquí que una mañana, Juan Taconnat creyó deber expresarse en estos términos:
-Querido Marcel, ¡preciso es decidirse! ¡Puesto que hemos venido aquí para ser soldados, seamos soldados! ¿Cuándo quieres que vayamos al despacho del subintendente, y después al de reclutamiento?
-Mañana- respondió Marcel Lornans.
Y al día siguiente cuando Juan Taconnat renovó su proposición, obtuvo igual respuesta.
Lo que más entristecía a Marcel Lornans era la falta de ocasión para volver a ver a Luisa. La joven no salía. Las reuniones en la casa de la calle del Castillo Viejo habían cesado. Se anunciaba como próximo el matrimonio de Agatocles Desirandelle con Luisa Elissane. Marcel Lornans se desesperaba.
Una mañana, Clovis Dardentor se presentó en la fonda para visitar a los dos jóvenes.
-Y bien, amigos míos- preguntó sin más preámbulos-, ¿y ese alistamiento?
-Mañana- respondió Marcel Lornans.
-Sí, mañana- añadió Juan Taconnat; mañana sin falta, querido señor Dardentor.
-¿Mañana?- repitió éste- ¡No, qué diablo! Tienen ustedes tiempo... Esperen ustedes... Nada apremia. Quiero que asistan ustedes a una fiesta que daré...
-¿Para celebrar el matrimonio del señor Desirandelle y de la señorita de Elissane?- preguntó Marcel Lornans, cuyo rostro se alteró visiblemente.
-No... - respondió Dardentor-. Se trata de la fiesta de adopción antes del matrimonio... Cuento con ustedes... Buenos días.
Y se alejó sin añadir más: tan atareado estaba.
Efectivamente: nuestro héroe había tenido que domiciliarse en el cantón de Orán, cuyo juez de paz debía levantar el acta de adopción. Ante este juez se habían presentado la señora y señorita de Elissane de una parte, y de la otra Clovis Dardentor, con sus actas de nacimiento y las piezas relatando el cumplimiento de las condiciones exigidas para el adoptante y para el adoptado.
El juez, después de recibido el consentimiento, había redactado el contrato. Formóse el expediente, uniéronse a él las actas de nacimiento y de consentimiento, y los certificados necesarios, y, finalmente, el legajo llegó a manos del procurador de la República por medio de un abogado.
-¡Qué idas y venidas! ¡Qué botes y rebotes!...repetía Dardentor-. ¡Es para revolver los hígados!
Después, en vista de las piezas, el Tribunal de primera instancia declaró que había lugar a la adopción, fallo que fue transmitido con los autos a la Audiencia de Argel, cuya sentencia fue la misma... ¡Y entretanto pasaban semanas y semanas! ¡Y los dos parisienses pasaban todos los días por las oficinas militares sin entrar en ellas!
-¡Vamos!- se repetía Dardentor-. ¡Lo más breve para tener un hijo es casarse!
En fin, admitida la adopción, la sentencia fue publicada en los sitios designados al efecto, y en el número de ejemplares que la sentencia indicaba por la parte más diligenteClovis-, que efectuó esta publicación por medio de copias impresas, con el timbre fiscal.
Después, expedición de la sentencia al oficial del estado civil de la municipalidad de Orán, el cual la inscribe entre las actas de nacimiento de la fecha de la presentación, formalidad que debe ser cumplida en el plazo de tres meses, sin lo que la adopción carecería de validez.
No se esperó tres meses ni tres días.
-¡Ya está!- exclamó Clovis.
El total exigió un desembolso de unas trescientas pesetas, y Dardentor hubiera sacrificado el doble o el triple porque todo fuera más de prisa.
El día de la ceremonia llegó al fin, y la fiesta anunciada celebróse en el salón de la fonda, pues el comedor de la señora de Elissane no hubiera sido suficiente para los invitados. Allí se encontraron Juan Taconnat, Marcel Lornans, los amigos, los conocidos y hasta el señor Oriental, de regreso a Orán, y al que Clovis había dirigido una invitación, acogida como se merecía.
Pero con extrema sorpresa de unos y extrema satisfacción de otros, los Desirandelle no figuraban en el número de los invitados.
¡No! La víspera, disgustados, furiosos, maldiciendo a Dardentor hasta en las generaciones más lejanas que formaran los descendientes de su hija adoptiva, habían partido a bordo del Argelés, donde el capitán Bugarach y el doctor Bruno no habían de arruinarse por alimentarlos, pues hasta Agatocles había perdido el apetito.
No es preciso decir que la comida fue magnífica, y en ella reinaron el entusiasmo y el buen humor; que Marcel Lornans encontró a Luisa en todo el esplendor de su belleza; que Juan Taconnat había compuesto una canción sobre la partida del pequeño Agatocles, pero que se la calló por creerlo conveniente; que el señor Oriental comió de todo, pero con moderación, y bebió de todo, pero con discreción.
Sí... La alocución de Clovis antes de los postres fue notabilísima. ¡Cuán bien hicieron los Desirandelle embarcándose la víspera, y qué cara hubieran puesto en aquel solemne instante!
-Señoras y señores: Mucho les agradezco que se hayan prestado a toma parte en esta ceremonia, que viene a coronar el mayor de mis deseos...
Por este principio, Patricio pudo esperar que el discurso acabara de un modo conveniente.
-Sepan ustedes además que, si la comida les ha agradado, el postre será aun mejor, gracias a la aparición de un plato nuevo que no figura en la lista...
Patricio comenzó a sentir algo de inquietud.
-¡Ah!... ¡Ah... ¡Un plato nuevo!- dijo el señor Oriental con alegría.
-¡No tengo que presentar a ustedes nuestra encantadora Luisa, a quien su excelente madre me ha permitido adoptar y que, permaneciendo, hija suya, ha llegado a serlo mía.
Unánimes aplausos y algunas lágrimas en los ojos femeninos del auditorio.
-Ahora bien: con el consentimiento de su madre es a Luisa a quien ofrezco a los postres, como un manjar de la mesa de los dioses...
Descorazonamiento del señor Oriental que escondió su lengua.
-¿Y a quién, amigos míos? A uno de nuestros comensalesAl bravo mozo Marcel Lornans, que por este hecho se convertirá en hijo mío.
-¿Y yo?- no pudo- menos de gritar Juan Taconnat.
-¡Tú serás mi sobrino!.... Y ahora, música... ¡Pum, pam, pum!... ¡A toda orquesta!
Patricio se había tapado el rostro con la servilleta.
¿Es preciso añadir que Marcel Lornans se casó la siguiente semana con Luisa, que ni él ni Juan Taconnat figuraron nunca en las listas del 7º de cazadores de África?
Pero se dirá: esto acaba como un vaudeville. Pero ¿qué es esta novela más que un vaudeville sin canciones, y con el desenlace obligado de una boda en el momento en que cae el telón?
FIN
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