Castillo de los carpatos

Capítulo XVII

No se habrá olvidado, si se recuerda la conversación del barón y Orfanik, que la explosión no debía destruir el castillo hasta después de la partida de Rodolphe de Gortz. Ahora bien, en el momento en que se produjo aquella explosión, era imposible que el barón hubiese tenido tiempo de huir por el túnel hacia la carretera del puerto. Arrastrado por el arrebato del dolor, por la locura de la desesperación, sin tener ya conciencia de lo que hacía, ¿había provocado Rodolphe de Gortz una catástrofe inmediata de la que debía de haber sido la primera víctima? Tras las incomprensibles palabras que se le habían escapado, en el momento en que la bala de Rotzko acababa de destrozar la caja que llevaba, ¿había querido sepultarse bajo las ruinas del burgo?

En cualquier caso, fue una gran suerte que los agentes, sorprendidos por el disparo de fusil de Rotzko, se hallasen todavía a cierta distancia cuando la explosión sacudió el macizo. Apenas si algunos resultaron alcanzados por los escombros que cayeron al pie de la meseta de Orgall. Solo Rotzko y el guarda forestal se encontraban entonces al pie de la cortina, y, en verdad, fue un milagro que no quedasen aplastados bajo aquella lluvia de piedras.

La explosión había producido, pues, su efecto, cuando Rotzko, Nic Deck y los agentes lograron, sin demasiada dificultad, franquear el recinto, remontando el foso, que había quedado medio cegado por el derrumbe de las murallas.

Cincuenta pasos más allá de la cortina, se encontró un cuerpo en medio de los escombros, al pie de la torre del homenaje.

Era el de Rodolphe de Gortz. Algunos ancianos del país —entre otros, maese Koltz— lo reconocieron sin vacilar.

En cuanto a Rotzko y a Nic Deck, no pensaban más que en encontrar al joven conde. Puesto que Franz no había reaparecido en el plazo convenido entre su soldado y él, era señal de que no había podido escapar del castillo. Pero Rotzko no se atrevía a esperar que hubiese sobrevivido, que no fuese una víctima más de la catástrofe; por eso lloraba a lágrima viva, y Nic Deck no sabía cómo calmarlo. Sin embargo, tras media hora de búsqueda, el joven conde fue hallado en el primer piso de la torre del homenaje, bajo un arbotante de la muralla, que le había impedido quedar aplastado.

– ¡Mi amo!... ¡Mi pobre amo!...

– Señor conde... Estas fueron las primeras palabras que pronunciaron Rotzko y Nic Deck al inclinarse sobre Franz. Debían de creerlo muerto; solo estaba desvanecido. Franz abrió de nuevo los ojos; pero su mirada, sin fijeza, no parecía reconocer a Rotzko ni oírlo. Nic Deck, que había alzado en brazos al joven conde, volvió a hablarle; Franz no dio ninguna respuesta. Solo se escapaban de su boca aquellas últimas palabras del canto de la Stilla: Innamorata... Voglio morire... Franz de Télek estaba loco.

Telegramma

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