Un billete de loteria

Capítulo XIX

Cuánta afluencia en aquella gran sala de la Universidad de Cristianía, en donde iba a efectuarse el sorteo de la lotería. ¡Incluso en los patios, ya que el gran salón no era suficiente para contener aquel gentío, y hasta llegaban a las calles de su alrededor, ya que los patios resultaron demasiado pequeños para la muchedumbre que quería asistir al espectáculo!

En verdad, aquel domingo, 15 de julio, no era el más apropiado para darse cuenta del carácter calmoso de los noruegos, que tan sobreexcitados estaban. En cuanto a esta sobreexcitación, ¿era debida sólo al interés que despertaba el sorteo o la provocaba también la elevada temperatura de aquel día de verano? Quizá las dos cosas, interés y calor, contribuían a ello. En todo caso, no sería la absorción de aquellos frutos refrescantes, llamados multers, y de los cuales se consumen grandes cantidades en Escandinavia, que podían refrescarles.

El sorteo debía empezar a las tres en punto. Consistía en cien premios, divididos en tres series: 1ro, noventa premios de cien a mil marcos, por un valor total de cuarenta y cinco mil marcos; 2do, nueve premios de mil a nueve mil marcos; 3ro, un premio de cien mil marcos.

Contrariamente a lo que se acostumbra a hacer en los sorteos de esta clase, el gran efecto se había reservado para el final. No sería el primer número saliente que se atribuiría el premio mayor, sino el último, es decir, el que hiciera cien. Esto proporcionaba un cambio de impresiones, de emociones, de latidos acelerados de los corazones, que iba aumentando por momentos. Como es natural, el número que había salido ganador una vez ya no podía volver a ganar y sería anulado si volvía a salir de las urnas.

Todo esto era bien conocido por el público. Sólo se esperaba la hora señalada. Pero, para pasar el largo tiempo de espera, la gente conversaba entre sí, hablando la mayoría de las veces de la conmovedora situación de Hulda Hansen. Verdaderamente, si hubiera estado aún en posesión del billete de Ole Kamp, todo el mundo hubiera rogado por ella, para que le tocara el premio mayor, si no les tocaba a ellos mismos, claro está.

En aquellos instantes, alguien conocía ya el telegrama publicado por el Morgen-Blad y lo comentaba con sus vecinos. Pronto se supo entre todos los asistentes, que las búsquedas del barco de socorro no habían tenido éxito. Así, pues, debían renunciar a hallar el rastro del Viken. Ni un hombre de los que formaban la tripulación había sobrevivido al naufragio. ¡Hulda ya no vería nunca más a su prometido!

Un incidente vino a alterar los espíritus. Corría el rumor de que Sandgoist se había decidido a salir de Drammen y alguien pretendía haberlo visto por las calles de Cristianía. ¡Se habría atrevido a presentarse en la sala! Si era cierto, aquel mal hombre tenía que estar preparado ya a provocar en los presentes una reacción en contra suya. ¡Él! ¡Asistir al sorteo de la lotería…! Pero, era tan poco probable que parecía imposible. En resumen, una falsa alarma y nada más.

Hacia las dos y cuarto se produjo un movimiento de deferencia entre la muchedumbre.

Era el profesor Sylvius Hog, que llegaba a la puerta de la Universidad. Todos sabían la parte que había tomado en aquel asunto y cómo, después de haber sido salvado por los hijos de la señora Hansen, había intentado corresponder a la deuda de gratitud que tenía para con ellos.

La gente le abría paso y un murmullo de aprobación, al cual Sylvius Hog correspondía con amables inclinaciones de cabeza, se propagó a través de los asistentes y no tardó en convertirse en una verdadera aclamación.

Pero el profesor no iba solo. Cuando la gente se apartó para hacerle paso, vieron que iba acompañado de una joven que se apoyaba en su brazo, y de un muchacho que le seguía algunos pasos atrás.

-¡Un muchacho y una joven! Como una sacudida eléctrica, el mismo pensamiento brotó de la mente de los asistentes:

-¡Hulda…! ¡Hulda Hansen!

Este fue el nombre que se escapó unánimemente de todas las bocas.

¡Sí! Era Hulda, tan emocionada que apenas podía sostenerse. Hubiera caído al suelo sin el apoyo del brazo de Sylvius Hog. Pero éste tenía fuertemente cogida a la simpática heroína de aquella fiesta, a la cual faltaba Ole Kamp. ¡Cómo hubiera preferido ella haberse quedado en su cuartito de Dal! ¡Qué necesidad tenía de librarse de aquella curiosidad, por simpática que fuera! Pero Sylvius Hog había querido que asistiera, y había ido.

-¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! -gritaban de todas partes.

Y todo el mundo se agolpaba delante de Sylvius Hog, delante de Hulda, delante de Joel. ¡Cuántas manos se alargaron para estrechar sus manos! ¡Cuántas palabras amables y acogedoras recogió a su paso! ¡Y cómo aprobaba totalmente Sylvius Hog, todas aquellas manifestaciones!

-¡Sí! ¡Es ella, amigos míos…! Es mi pequeña Hulda, que he traído de Dal! -decía.

Luego, volviéndose hacia Joel:

-¡Y este es Joel, su valeroso hermano!

Y añadiría aún:

-¡Pero, sobre todo, no me los ahoguen!

Y, mientras las manos de Joel respondían a todas las presiones, las del profesor, menos vigorosas, estaban deshechas de tantos apretones. Al mismo tiempo, sus ojos relucían, y una lagrimita de emoción resbalaba por entre sus párpados. Pero -fenómeno digno de atención de los oftalmólogos- aquella lagrimita parecía luminosa.

Necesitaron un cuarto de hora largo para atravesar los patios de la Universidad, llegar al gran salón y alcanzar las sillas que habían sido reservadas al profesor. Al fin, pudieron conseguirlo, no si pena. Sylvius Hog tomó asiento entre Hulda y Joel.

A las dos y media se abrió una puerta detrás del estrado, en el fondo de la sala. El presidente de la organización apareció, serio y digno, con este aire dominante, esta expresión característica de toda persona llamada a ostentar una presidencia cualquiera. Le seguían dos asesores, con aire menos grave. Luego entraron seis niñas llenas de flores y cintas, las seis rubias con ojos azules, en cuyas manitas un poco rojas reconocieron inmediatamente las manos de la inocencia, predestinadas a efectuar el sorteo de la lotería.

Esta entrada fue acogida por un clamor que demostraba, primero, la satisfacción que el público sentía al ver a los directores de la lotería de Cristianía, y luego la impaciencia que habían provocado al no aparecer más pronto en el estrado.

Si había seis niñas, era que había también seis urnas, dispuestas sobre una mesa, y de las cuales debían salir seis números en cada sorteo.

Estas seis urnas contenían cada una de ellas los diez números: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 0, que representaban las unidades, decenas, centenas, millares, decenas de millar y centenas de millar del número millón. Si no había una séptima urna para la columna del millón, es que, según aquella forma de lotería, se había convenido que si los seis ceros salían a la vez, representarían la cifra de un millón, lo que repartía por un igual las probabilidades de ganar a cada número.

Además, se había dispuesto que los números serían sacados sucesivamente de las urnas empezando por la que estaba a la izquierda del público. El número ganador se iría formando así bajo los ojos de los espectadores, primero por la cifra de la columna de las centenas de mil, luego de decenas de mil, y así sucesivamente hasta la columna de las unidades. Gracias a estas disposiciones, puede juzgarse con qué emoción cada uno de los presentes vería aumentar sus posibilidades después de la salida de cada nueva cifra.

Al sonar las tres, el presidente hizo un gesto con la mano y declaró abierta la sesión.

Un enrome murmullo que duró algunos instantes acogió esta declaración, después de lo cual se restableció el silencio.

Entonces el presidente se levantó. Muy emocionado, pronunció el discurso de circunstancias, en el cual parecía decir que sentía que no hubiera un premio mayor para cada billete. Luego ordenó que se procediera al sorteo de la primera serie. Ésta comprendía, como sabemos, noventa premios, lo que exigiría bastante tiempo.

Las seis niñas empezaron a funcionar con una regularidad automática, sin que la paciencia del público desfalleciera ni un solo instante. Era verdad que la importancia de los premios iba en aumento a cada nuevo sorteo, y la emoción crecía también, nadie pensaba en dejar el sitio que ocupaba, incluso los que poseían números que ya habían ganado y que ya no tenían nada que esperar.

Este sorteo duró una hora, sin que se produjera ningún incidente. Lo que pudo observar todo el mundo fue que el número 9672 no había salido todavía, lo que le hubiera quitado todas las posibilidades de ganar el premio mayor.

-¡Esto es de buen augurio para este Sandgoist! -decía uno de los vecinos del profesor.

-¡Bah! ¡Me extrañaría mucho que le tocase el primer premio -contestó otro-, a pesar de que tiene un número tan famoso!

-¡En efecto, muy famoso! -contestó Sylvius Hog-. Pero no me pregunte por qué… ¡No sería capaz de decírselo!

Entonces empezó el sorteo de la segunda serie, que comprendía nueve premios. Éste iba a ser mucho más interesante, siendo el noventa y uno, de mil marcos, el noventa y dos, de dos mil, y así sucesivamente, hasta el noventa y nueve, que era de nueve mil. La tercera serie, no lo olvidemos, se componía solamente de un premio mayor.

El número 72521 ganó un premio de cinco mil marcos. Este billete era de un valiente marinero del puerto, que fue aclamado por toda la asistencia y supo aguantar dignamente las aclamaciones.

Otro número, el 823752 ganó seis mil marcos. ¡Y qué alegría sintió Sylvius Hog cuando Joel le comunicó que pertenecía a la encantadora Siegfrid de Bamble!

Pero entonces se produjo un incidente, y todo el público experimentó una emoción que se tradujo en profundo rumor. Cuando se sacó el lote noventa y siete -el de los siete mil marcosse creyó por un momento que Sandgoist iba a salir favorecido por la suerte, al menos con aquel premio.

Efectivamente, el número ganador fue el 9627. Por cuarenta y cinco puntos no era el de Ole Kamp.

Los dos sorteos siguientes dieron números muy distantes: 775 y 76287.

La segunda serie había terminado. Sólo faltaba sortear el último premio de cien mil marcos.

En auqel momento, la agitación de los espectadores era extraordinaria. Sería difícil poder expresar su intensidad.

Primero el rumor de voces fue elevándose y se propagó de la sala a los patios llegando hasta la calle. Pasaron varios minutos sin que se consiguiera calmarse. No obstante, poco a poco fue apaciguándose el murmullo y se hizo un gran silencio. Parecía como si todos los asistentes se hubieran convertido en estatuas. En aquel silencio había algo como de estupor y

-rogamos nos perdonen la comparación- del mismo estupor que se experimenta al momento que un condenado aparece en el lugar de ejecución. Pero esta vez, el paciente, desconocido aún, no estaba condenado más que a ganar cien mil marcos, no a perder la cabeza, a menos que no la perdiera de alegría. Joel, con los brazos cruzados, miraba distraídamente ante él, siendo quizá el menos emocionado de toda aquella gente. Hulda, sentada y como recogida en sí misma, sólo pensaba en su pobre Ole. Lo buscaba instintivamente con la mirada, como si pudiera aparecer en el último momento. Sylvius Hog, él… Pero debemos renunciar a expresar el estado en que se hallaba Sylvius Hog.

-¡Sorteo del premio de cien mil marcos! -dijo el presidente. ¡Qué voz! Parecía salir de las entrañas de aquel caballero tan solemne. Esto era debido a que él mismo poseía varios billetes, que todavía no habían salido y, por tanto, tenía una posibilidad de ganar el premio mayor. La primera niña sacó un número de la urna de la izquierda y la mostró a la asamblea.

-¡Cero! -dijo el presidente. Este cero no hizo gran efecto. Parecía, al contrario, que ya lo esperaban.

-¡Cero! -dijo el presidente, proclamando el número sacado por la segunda niña. ¡Dos ceros! Todos notaban que las probabilidades aumentaban notablemente para todos los números comprendidos entre el uno y el nueve mil novecientos noventa y nueve. Y el billete de Ole Kamp -no lo olvidemos- llevaba el número 9672. Cosa rara hasta entonces, Sylvius Hog empezó a removerse en su silla, como si algo le inquietara.

-¡Nueve! -dijo el presidente, anunciando la cifra que la tercera niña acababa de sacar de la tercera urna.

¡Nueve…! Era la primera cifra del billete de Ole Kamp.

-¡Seis! -dijo el presidente. Y, efectivamente, la cuarta niña presentaba un seis a todas las miradas que convergían sobre ella, como cañones de pistola, lo que la intimidaba visiblemente. Las probabilidades de ganar eran ahora de uno por ciento para todos los números comprendidos entre el uno y el noventa y nueve. ¿Sería posible que el billete de Ole Kamp hiciera caer esta cantidad de cien mil marcos en los bolsillos del miserable Sandgoist? ¡Verdaderamente, no era posible! La quinta niña metió la mano en la urna y sacó la quinta cifra.

-¡Siete! -dijo el presidente con una voz tan estremecida que apenas se le oyó en las primeras filas. Pero, si no se le oía, sí se le veía, y en aquel momento las cinco niñas habían extendido a la vista del público las siguientes cifras: El número ganador estaría comprendido necesariamente entre el 9670 y 9679. Existía entonces sólo una posibilidad contra diez.

La gente había llegado al colmo del estupor.

Sylvius Hog, de pie, había tomado la mano de Hulda Hansen. Todas las miradas estaban fijas en la pobre muchacha. Al sacrificar el último recuerdo de su prometido, ¿habría ella sacrificado también la fortuna que Ole Kamp había soñado para los dos?

La sexta niña tuvo alguna dificultad en introducir su mano en la urna. ¡Estaba temblando, pobre pequeña! Al fin apareció el número.

-¡Dos! -exclamó el presidente.

Y se dejó caer en una silla, medio sofocado por la emoción.

-¡Nueve mil seiscientos setenta y dos! -proclamó uno de los asesores con voz retumbante.

¡Era el número del billete de Ole Kamp, que ahora estaba en posesión de Sandgoist! Todo el mundo lo sabía y nadie ignoraba en qué condiciones el usurero lo había adquirido. Por esto se hizo un profundo silencio, en vez del estruendo de hurras que hubiera resonado por toda la Universidad, si el billete hubiera continuado en poder de Hulda Hansen.

¿Y ahora, comparecería este pillastre de Sandgoist, con su billete en las manos, para cobrar el premio?

-¡El número nueve mil seiscientos setenta y dos gana el premio de cien mil marcos! repitió el asesor-. ¿Quién lo reclama?

-¡Yo!

¿Era el usurero de Drammen, quien acababa de lanzar aquella palabra?

¡No! Era un muchacho joven, muchacho pálido, en cuya cara, como en toda su persona, se notaba la marca de largos sufrimientos, pero vivo y bien vivo.

Al oír esta voz, Hulda se había levantado dando un grito, que había llegado a todos los oídos. Luego se desvaneció…

Pero aquel joven que acababa de abrirse paso entre la muchedumbre fue quien recibió en sus brazos el cuerpo de la muchacha desvanecida…

¡Era Ole Kamp!

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