Un billete de loteria

Capítulo X

La gente es muy instruida en estos países escandinavos; no sólo los habitantes de las ciudades, sino en pleno campo también. Esta instrucción va más allá de saber leer, escribir y contar. El campesino aprende con placer. Su inteligencia es abierta. Se interesa por las cosas públicas. Interviene en los asuntos políticos y comunales. En el Storthing, las gentes de esta condición están en mayoría. A veces asisten a las sesiones con el traje de su provincia. Se les señala, con justicia, por su gran razón, su buen sentido práctico, su justa comprensión aunque sea un poco lenta-, y sobre todo por su incorruptibilidad.

No debemos extrañarnos, pues, que el nombre de Sylvius Hog fuera conocido por todo Noruega y pronunciado con respeto hasta en aquella región un poco salvaje del Telemark.

Por eso, la señora Hansen, al recibir un huésped de tanto valor, creyó conveniente decirle como se sentía honrada de poderlo tener bajo su techo algunos días.

-No sé si esto le procurará a usted algún honor, señora Hansen -contestó Sylvius Hog-; pero lo que sí se es que a mí me complace mucho- ¡Oh, hace mucho tiempo que mis alumnos me han hablado de esta hospitalaria hostería de Dal! Por esto había previsto en venir a descansar aquí durante una semana. Pero ¡que San Olaf me abandone si nunca había pensado llegar a la pata coja!

Y el excelente profesor estrechó cordialmente la mano de su patrona.

-Señor Sylvius -dijo Hulda-, ¿quiere que mi hermano vaya a buscar a un médico a Bamble?

-¡Un médico, pequeña Hulda! ¡Pero, no querrás que pierda el uso de mis dos piernas ahora!

-¡Oh, señor Sylvius!

-¡Un médico! ¿Y por qué no mi amigo el doctor Boek de Cristianía? ¡Y todo por un simple arañazo!

-¡Pero, un arañazo, si está mal cuidado -contestó Joel-, puede convertirse en algo grave!

-¡Ah, ah, Joel! ¿Y por qué quiere usted que esto se convierta en algo grave?

-¡No lo quiero, señor Sylvius -contestó el muchacho-, Dios me libre!

-¡Bueno, pues Dios te librará de ello, y a mí también, y a toda la casa de la señora Hansen, sobre todo si esta simpática y gentil Hulda quiere consentir en cuidarme…!

-¡Claro que sí, señor Sylvius!

-¡Espléndido, amigos míos! Cuatro o cinco días más y ya habrá desaparecido. Además, ¿cómo es posible no curarse en una habitación tan bonita? ¿Dónde podría estar mejor cuidado que en la hostería de Dal? ¡Y esta estupenda cama, con sus divisas, que valen tanto como las horribles fórmulas de la Facultad! ¡Y esta magnífica ventana, que se abre sobre el valle del Maan! ¡Y el murmullo de las aguas que se desliza hasta el fondo de mi alcoba! ¡Y el olor de los viejos árboles, que perfuma toda la casa! ¡Y este aire tan bueno, el aire de la montaña! ¡Ah! ¿No es éste el mejor de los médicos? ¡Cuando lo necesitamos, sólo tenemos que abrir la ventana, y entra, nos rejuvenece y no nos pone a dieta!

Sylvius Hog decía con tanta gracia todas estas cosas, que parecía que con él había entrado un poco de felicidad en la casa. Al menos, esta era la impresión de los dos hermanos, que le escuchaban, dejándose llevar los dos por la misma emoción.

Primeramente depositaron al profesor en la habitación de la planta baja. Medio echado en un gran sillón, con la pierna tendida sobre un taburete, recibía los cuidados de Hulda y de Joel. Sólo quiso una compresa de agua fría como único remedio. Y en realidad, ¿necesitaba otra?

-Bueno, amigos míos, bueno -les decía-. No debe abusarse de las drogas. Y ahora, ya sabéis que sin vuestra ayuda hubiera visto desde demasiado cerca las maravillas del Rjukanfos. Resbalaba por el abismo como una simple piedra. Iba a añadir una nueva leyenda a la leyenda de la Maristien, y yo no tenía ninguna excusa. ¡Mi prometida no me esperaba a la otra orilla, como el desgraciado Eystein!

-¡Qué pena más grande hubiera sido para la señora Hog! -dijo Hulda-. Nunca se hubiera consolado…

-¿La señora Hog? -replicó el profesor-. ¡Oh, la señora Hog no hubiera vertido ni una lágrima!

-¡Oh, señor Sylvius…!

-¡No, se lo aseguro, y por la sencilla razón que no existe ninguna señora Hog! Y no puedo ni imaginarme cómo hubiera sido una señora Hog, gorda o flaca, baja o alta…

-Hubiera sido amable, inteligente y buena, puesto que sería su mujer -contestó Hulda.

-¡Ah! ¿De veras, señorita? ¡Bueno, bueno, bueno, la creo, la creo!

-Pero, al tener la noticia de la desgracia, sus parientes, sus amigos, señor Sylvius…-dijo Joel.

-Parientes, no tengo, muchacho. Amigos sí, creo que tengo unos cuantos, sin contar los que acabo de hacer en casa de la señora Hansen, y vosotros les habéis evitado el dolor de llorar mi muerte. A propósito, decidme, hijos míos, ¿podría quedarme varios días aquí?

-Tantos como usted quiera, señor Sylvius -contestó Hulda-. Esta habitación le pertenece.

-Además, como también tenía la intención de permanecer en Dal, como hacen los turistas, para poder hacer excursiones al Telemark…Pero no haré las excursiones…o las haré más adelante, y ya está.

-Antes de que termine la semana -respondió Joel-, espero que estará usted restablecido.

-¡Yo también lo espero!

-Y ya desde ahora me ofrezco para conducirle por todas partes donde le plazca en esta comarca.

-¡Ya veremos, Joel! Ya hablaremos de ello cuando no me encuentre tan magullado. Tengo un mes de vacaciones por delante todavía, y cuando tuviera que pasarlo enteramente en la hostería de la señora Hansen, no podría quejarme. ¡Tendré que visitar el valle del Vestfjorddal entre los dos lagos, tendré que hacer la ascensión del Gusta, tendré que volver al Rjukanfos, pues, a pesar de que por poco me caigo dentro, no pude verlo en absoluto…y me interesa verlo!

-¡Ya volverá usted allí, señor Sylvius! -contestó Hulda.

-Volveremos todos juntos, con esta buena señora Hansen, si quiere hacer el honor de acompañarnos. Y, ahora que me acuerdo, amigos, tendré que enviar una carta a Kate, mi fiel cocinera, y a Fink, mi anciano criado de Cristianía. ¡Estarían muy inquietos si no recibieran noticias mías, y a mi vuelta me reñirían! Y ahora, voy a confesarles algo: las fresas, la leche, son muy refrescantes, pero no es suficiente, ya que no quiero oír hablar de dieta… ¿A qué hora se come en esta casa?

-¡Oh, poco importa, señor Sylvius…!

-¡Al contrario, importa mucho! ¿Piensan, pues, que durante mi permanencia en Dal voy a aburrirme comiendo solo y en mi cuarto? ¡No! ¡Quiero comer con vosotros y con vuestra madre, si la señora Hansen no tiene inconveniente!

Naturalmente, la señora Hansen, a pesar de que hubiera preferido continuar apartada, según su costumbre, cuando se enteró de los deseos del profesor no pudo más que acceder. Sería un honor para ella y para los suyos el tener a la mesa a un diputado del Storthing.

-Entonces, queda convenido -continuó Sylvius Hog- que comeremos juntos en el gran salón…

-Sí, señor Sylvius -contestó Joel-. Yo le empujaré el sillón tan pronto la comida esté servida…

-¡Bueno, bueno, señor Joel! ¿Y por qué no llevarme en kariol? ¡No! Con el apoyo de vuestro brazo ya llegaré. ¡No estoy amputado de ningún miembro, que yo sepa!

-Como usted quiera señor Sylvius -contestó Hulda-. Pero no haga imprudencias inútiles, se lo ruego… ¡porque entonces Joel irá inmediatamente a buscar al médico!

-¡Me amenazas! Bueno, pues, sí, ya seré prudente y dócil. Y, desde el momento en que no me pongan a dieta, seré el más obediente de los pacientes. ¡Ah!, pero, ¿es que no tienen apetito, amigos míos?

-Sólo le pedimos que espere un cuarto de hora -contestó Hulda- y le serviremos una sopa de grosellas, una trucha del Maan, un pollo que ayer trajo Joel de Hardanger y una buena botella de vino francés.

-¡Gracias, muchacha, gracias!

Hulda se marchó a vigilar la comida y a poner la mesa en el gran salón, mientras Joel se fue a devolver el kariol al contramaestre Lengling.

Sylvius Hog se quedó solo. ¿Con qué podía pensar sino en aquella honrada familia, de la cual era ahora huésped y deudo? ¿Qué podría hacer para recompensar los servicios, los cuidados de Hulda y de Joel? Pero no tuvo tiempo de abandonarse a sus reflexiones, pues al cabo de diez minutos se hallaba ya sentado en el sitio de honor de la mesa grande. La comida era excelente. Justificaba la fama de la hostería y el profesor comió con mucho apetito.

Después pasaron la velada en animada charla, en la cual Sylvius Hog llevaba la voz cantante. Ya que la señora Hansen no quiso tomar parte en la conversación, el profesor hacía hablar a los dos hermanos. La gran simpatía que tenía por los dos iba acrecentándose, y se sentía conmovido al ver la profunda amistad que los unía el uno al otro.

Ya muy entrada la noche, Sylvius Hog regresó a su habitación, con la ayuda de Joel y de Hulda, a los que deseo buenas noches, con frases amables, a las que correspondieron los dos hermanos. Apenas echado en la cama se durmió inmediatamente.

A la mañana siguiente, Sylvius Hog se despertó con el alba y empezó a pensar, antes de que llamasen a su puerta.

“No -decíase-, no sé como resolver esto. ¡No puedo dejarme salvar, cuidar, sanar y marcharme dándoles simplemente las gracias! ¡Estoy en deuda con Hulda y con Joel, esto es evidente! ¡Pero, caramba, estos servicios no pueden pagarse con dinero…! Por otra parte, esta familia de buenas gentes parece dichosa y nada podría yo añadir a su felicidad. En fin, hablaré con ellos, y quizá hablando…”

Por esto, durante los tres o cuatro días que el profesor tuvo que permanecer con la pierna extendida sobre el taburete, no cesaron de hablar los tres. Desgraciadamente, los dos hermanos lo hacían con cierta reserva. Ni el uno ni el otro querían decir nada de su madre, de cuya actitud fría y preocupada Sylvius Hog se había dado cuenta pronto. Luego, por otro sentimiento de discreción, dudaban en hacerle partícipe de las inquietudes que les causaba el retraso de Ole Kamp. No querían exponerse a alterar el buen humor de su huésped al contarle sus pesares.

-No obstante -le decía Joel a su hermana-, quizá deberíamos confiarnos al señor Sylvius. Es un hombre de gran experiencia y, por sus relaciones, podría saber seguramente si en el Departamento de Marina se ocupan de lo que haya podido suceder al Viken.

-Tienes razón, Joel -contestó Hulda-. Creo que haremos mejor en contárselo todo. Pero esperemos que esté completamente curado.

-Sí, y esto no puede tardar -contestó Joel.

Al terminar la semana, Sylvius Hog ya no necesitaba ayuda para salir de su cuarto, a pesar de que aún cojeaba un poco. Iba a sentarse en uno de los bancos de delante de la casa, a la sombra de los árboles. Desde allí podía divisar la cúspide del Gusta, que resplandecía bajo los rayos del sol, mientras el Maan, transportando gran cantidad de troncos a la deriva, mugía a sus pies.

También miraba pasar la gente por la carretera de Dal a Rjukanfos. La mayoría eran turistas, algunos de los cuales se detenían una o dos horas en la hostería de la señora Hansen para comer o cenar. Pasaban también muchos estudiantes de Cristianía, con la mochila a la espalda y la pequeña escarapela noruega en la gorra.

Éstos reconocían al profesor y eran un continuo cambio de cordiales saludos, que demostraban que Sylvius Hog era muy apreciado por aquella juventud.

-¿Usted aquí, señor Sylvius?

-¡Yo aquí, amigos míos!

-Usted, a quien creíamos en el fondo del Hardanger!

-¡Error! ¡Es en el fondo del Rjukanfos donde debería estar!

-Bueno, pues, ya diremos a todo el mundo que se encuentra usted en Dal

-Sí, en Dal, con una pierna herida.

-¡Ha tenido usted suerte en hallar un buen albergue y buenos cuidados en la hostería de la señora Hansen!

-¡No cabe imaginarse otra mejor!

-¡No hay!

-¡Y de gente mejor!

-¡Tampoco hay! -repetían alegremente los turistas.

Y todos bebían a la salud de Hulda y de Joel, tan conocidos por todo el Telemark.

Y entonces el profesor contaba su aventura. Confesaba su imprudencia. Relataba cómo había sido salvado. Y explicaba que todo se lo debía a sus salvadores, a los que estaba enormemente reconocido.

-¡Y si permanezco aquí hasta que haya pagado mi deuda -añadía-, mi curso de legislación quedará cerrado por mucho tiempo, amigos míos, y podrán tomarse unas vacaciones ilimitadas!

-¡Bueno, señor Sylvius -decía la alegre banda de muchachos-, es la hermosa Hulda quien la retiene en Dal!

-¡Una hermosa muchacha, amigos míos, y simpática también, y yo sólo tengo sesenta años, por San Olaf!

-¡A la salud del señor Sylvius!

-¡Y a la vuestra, jovencitos! ¡Corred por el país, instrúyanse, diviértanse! ¡Todos los días son buenos cuando se tiene vuestra edad! ¡Pero, desconfíen de los pasajes de la Maristien! Joel y Hulda no estarán siempre allí para salvar a los imprudentes que se aventuren por aquel lugar.

Y se marchaban haciendo resonar todo el valle con sus alegres God aften.

Sin embargo, una o dos veces Joel tuvo que ausentarse para servir de guía algún turista que quería efectuar la ascensión del Gusta. Sylvius Hog hubiera querido acompañarles pretendía que ya estaba curado, ya que la herida de su pierna empezaba a cicatrizarse. Pero Hulda le prohibía terminantemente exponerse a una fatiga todavía demasiado fuerte para él y, cuando Hulda ordenaba algo, era preciso obedecerla.

El Gusta es una montaña bien curiosa, cuyo cono central, rodeado de barrancos llenos de nieve, emerge de un bosque de abetos como un verde collar que se extiende hasta su base. ¡Y qué radio de visión se obtiene desde la cumbre! Por el Este, la bahía del Numedal; por el Oeste, todo el Hardanger y sus glaciares grandiosos; luego, al pie de la montaña, el sinuoso valle del Vestfjorddal entre los lagos Mjos y Tinn, Dal y sus casas en miniatura, como una verdadera caja de juguetes, y el curso del Maan, luminosa cinta que reluce a través de las verdes llanuras.

Para realizar esta ascensión, Joel salía a las cinco de la madrugada, y no volvía hasta las seis de la tarde. Sylvius Hog y Hulda salían a su encuentro. Le esperaban cerca de la cabaña del barquero. Tan pronto los turistas y su guía desembarcaban del bote, se daban cordiales apretones de manos y los tres juntos acababan de pasar la velada agradablemente. El profesor cojeaba un poco todavía, pero no se quejaba. Verdaderamente, diríase que no llevaba prisa en curarse, lo que quiere decir que no deseaba marcharse de la hospitalaria casa de la señora Hansen.

Por otra parte, el tiempo transcurría rápidamente. Sylvius Hog había escrito a Cristianía diciendo que permanecería todavía algún tiempo en Dal. El rumor de su aventura en Rjukanfos se había extendido por todo el país. Los periódicos la habían publicado, algunos dramatizándola a su manera. Y entonces no cesaron de recibirse cartas en la hostería, sin contar los libros y los periódicos. Tenía que leerlo todo. Tenía que contestar. Sylvius Hog lo hacía, y los nombres de Hulda y de Joel, mezclados con esta correspondencia, corrían ya por Noruega entera.

Pero su permanencia en casa de la señora Hansen no podía prolongarse indefinidamente, y Sylvius Hog se hallaba igual que a su llegada en lo que se refiere a la manera de saldar su deuda. De todos modos, empezaba a presentir que aquella familia no era tan feliz como al principio había podido creer. La impaciencia con que los dos hermanos esperaban cada día el correo de Cristianía o de Bergen, su desencanto, su pesar mismo, al ver que nunca había cartas, todo ello era más que significativo.

Y es que estábamos ya al 9 de junio. ¡Y continuaban sin noticias del Viken! ¡Un retraso más de dos semanas sobre la fecha señalada para su regreso! ¡Ni una sola carta de Ole! ¡Nada que pudiera atenuar la tortura de Hulda! La pobre muchacha se desesperaba y Sylvius Hog notaba sus ojos enrojecidos cuando venía a verle por las mañanas.

“¿Qué ocurre -se decía-. Una desgracia que temen y me esconden. ¿Será un secreto de familia, en el cual un extraño no puede intervenir? Pero, ¿es que aún soy un extraño para ellos? No. Ya lo deben saber. En fin, cuando les anuncie mi partida quizá comprenderán que es un verdadero amigo quien se va.”

Y, aquel día les dijo:

-¡Amigos míos, se acerca el momento, muy a pesar mío, en qué tendré que dejarlos!

¡Ya, señor Sylvius, ya! -exclamó Joel.

-¡Ah, el tiempo pasa muy aprisa a vuestro lado! ¡Hace ya diecisiete días que estoy en Dal!

-¡Cómo…! ¡Diecisiete días! -dijo Hulda.

-Sí, querida niña, y se acerca el final de mis vacaciones. No puedo perder ni una semana, si quiero acabar este viaje por Drammen y Konsberg. Y, por tanto, si es gracias a vosotros que el Storthing no ha tenido que buscar sucesor para mi asiento de diputado, ni el Storthing ni yo sabemos cómo reconocer…

-¡Oh, señor Sylvius…! -contestó Hulda, intentando taparle la boca con su pequeña mano.

-De acuerdo, Hulda. Me está prohibido hablar de esto, al menos aquí…

-¡Ni aquí ni en otra parte! -dijo la muchacha.

-¡Sea! Yo no soy dueño de mí y tengo que obedecer. Pero, ¿no vendrán Joel y tú a verme a Cristianía?

-¡Sí! ¡Venir a verme… pasar algunos días en mi casa… con la señora Hansen, se entiende!

-Y si nos marchamos todos de la hostería, ¿quién la guardará durante nuestra ausencia? contestó Joel.

-Al contrario, amigos míos, será muy fácil. ¡No me contestéis que no! ¡No aceptaré esta respuesta! Y, entonces, cuando los tenga allí conmigo, instalados en la mejor habitación de mi casa, entre mi vieja Kate y mi viejo Fink, serán como mis hijos y entonces deberán decirme de veras qué es lo que yo puedo hacer por vosotros.

-¿Lo que usted puede hacer, señor Sylvius? -contestó Joel, mirando a su hermana.

-¡Hermano! -dijo Hulda, que había comprendido el pensamiento de Joel.

-¡Habla, hijo mío, habla!

-¡Pues bien, señor Sylvius, usted podría hacernos un gran honor!

-¿Cuál?

-Sería, si esto no le estorba mucho, que quisiera asistir a la boda de mi hermana Hulda…

-¡Su boda! -exclamó Sylvius Hog-. ¡Cómo! ¡Mi pequeña Hulda se casa…! ¡Y no me habéis dicho nada todavía…!

-¡Oh, señor Sylvius…! -contestó la joven, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.

-¿Y cuándo tendrá lugar esa boda…?

-¡Cuando Dios quiera devolvernos a Ole, su prometido! -contestó Joel.

Telegramma

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