Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

Capítulo XXII

Donde Nicolas Palander pierde los estribos

Cuando amaneció, la lancha atracaba en la orilla septentrional del lago. Allí, ni rastro de indígenas. El coronel Everest y sus compañeros, que se habían preparado para hacer fuego, descargaron sus rifles, y la Queen and Tzar fue a atracar en una pequeña ensenada abierta entre dos peñascos.

El bosquimano, sir John Murray y uno de los marineros fueron a batir los alrededores. La comarca estaba desierta. Ni rastro de makololos. Pero, muy afortunadamente para la tropa hambrienta, la caza no faltaba. Entre las altas hierbas de los pastizales y al amparo de los matorrales pacían manadas de antílopes. Las orillas del Ngami, además, eran frecuentadas por un gran número de aves acuáticas de la familia de los patos.

Los cazadores volvieron con una abundante provisión. El coronel Everest y sus compañeros pudieron así reponerse con aquella sabrosa carne de caza que ya no habría de faltarles.

Desde aquella misma mañana del 5 de marzo, se organizó el campamento en la orilla del Ngami, a la vera de un pequeño río, al abrigo de grandes sauces. El lugar de encuentro convenido con el foreloper era precisamente esa orilla septentrional del lago, recortada en aquel punto por una pequeña bahía. Allí debían esperar a sus colegas el coronel Everest y Mathieu Strux, y era probable que estos efectuasen el regreso en mejores condiciones y, por consiguiente, más rápidamente. Eran, pues, unos días de descanso forzoso de los que nadie pensó en quejarse, después de tantas fatigas. Nicolas Palander los aprovechó para calcular los resultados de las últimas operaciones trigonométricas. Mokoum y sir John se solazaron cazando como posesos en aquella comarca abundante en caza, fértil, bien regada, que el honorable inglés habría comprado de buen grado por cuenta del gobierno británico.

Tres días después, el 8 de marzo, unas detonaciones anunciaron la llegada de la tropa del foreloper. William Emery, Michel Zorn, los dos marineros y el bosquimano regresaban en perfecta salud. Traían intacto su teodolito, el único instrumento que quedaba ahora a disposición de la comisión anglo-rusa.

No se podría decir cómo fueron recibidos aquellos jóvenes sabios y sus compañeros. No se les escatimaron las felicitaciones. En pocas palabras, contaron su viaje. La ida había sido difícil. En los largos bosques que precedían a la región montañosa, se habían extraviado durante dos días. Sin punto de referencia alguno, guiándose por la indicación bastante vaga de la brújula, jamás habrían alcanzado el monte Volquiria sin la sagacidad de su guía. El foreloper se había mostrado, en todo momento y en todas partes, inteligente y abnegado. La ascensión del pico había sido penosa. De ahí unos retrasos que los jóvenes sufrieron con no menos impaciencia que sus colegas del Scorzef. Por fin, habían logrado alcanzar la cima del Volquiria. El fanal eléctrico fue instalado durante la jornada del 4 de marzo, y durante la noche del 4 al 5, su luz, potenciada por un poderoso reflector, brilló por primera vez en la punta del pico. Así pues, los observadores del Scorzef la divisaron casi tan pronto como apareció.

Por su parte, Michel Zorn y William Emery habían divisado fácilmente el fuego intenso que brilló en la cima del Scorzef, con motivo del incendio del fortín. Habían tomado su marcación por medio del teodolito, completando así la medición del triángulo cuyo vértice se apoyaba en el pico del Volquiria.

– ¿Y la latitud de ese pico? —preguntó el coronel Everest a William Emery—, ¿la ha determinado usted?

– Exactamente, coronel, y mediante buenas observaciones de estrellas —respondió el joven.

– ¿Ese pico se encuentra situado?…

– A 9° 37′ 3″, 337, con una aproximación de trescientas treinta y siete milésimas de segundo —respondió William Emery.

– Pues bien, señores —prosiguió el coronel—, nuestra tarea está, por así decirlo, terminada. Hemos medido un arco de meridiano de más de ocho grados mediante sesenta y tres triángulos, y, cuando los resultados de nuestras operaciones hayan sido calculados, conoceremos exactamente cuál es el valor del grado, y por consiguiente el del metro, en esta parte del esferoide terrestre.

– ¡Hurra! ¡Hurra! —exclamaron ingleses y rusos, unidos en un mismo sentimiento.

– Ahora —añadió el coronel Everest—, no nos queda más que ganar el océano Índico descendiendo el curso del Zambeze. ¿No es esa su opinión, señor Strux?

– Sí, coronel —respondió el astrónomo de Pulkovo—, pero creo que nuestras operaciones deben tener un control matemático. Propongo, pues, continuar hacia el este la red trigonométrica hasta el momento en que hayamos hallado un emplazamiento propicio para la medición directa de una nueva base. ¡La concordancia que exista entre la longitud de esa base, obtenida por el cálculo y por la medición directa sobre el terreno, será lo único que nos indique el grado de certeza que conviene atribuir a nuestras operaciones geodésicas!

La propuesta de Mathieu Strux fue adoptada sin discusión. Ese control de toda la serie de trabajos trigonométricos desde la primera base era indispensable. Se convino, pues, en que se construiría hacia el este una serie de triángulos auxiliares hasta el momento en que uno de los lados de esos triángulos pudiera medirse directamente por medio de las reglas de platino. La lancha de vapor, descendiendo por los afluentes del Zambeze, debía ir a esperar a los astrónomos más abajo de las célebres cataratas Victoria.

Arreglado así todo, la pequeña tropa, dirigida por el bosquimano, menos cuatro marineros que se embarcaron a bordo de la Queen and Tzar, partió al salir el sol, el 6 de marzo. Se habían elegido estaciones en dirección oeste, medido ángulos, y en aquel país propicio para el establecimiento de miras, cabía esperar que la red auxiliar se obtendría fácilmente. El bosquimano se había apoderado muy hábilmente de un cuagga, especie de caballo salvaje, de crin parda y blanca, de lomo rojizo y rayado, y, de grado o por fuerza, hizo de él una bestia de carga destinada a llevar el poco equipaje de la caravana, el teodolito, las reglas y los caballetes destinados a medir el terreno, que habían sido salvados junto con la lancha.

El viaje se realizó con bastante rapidez. Los trabajos retrasaron poco a los observadores. Los triángulos accesorios, de extensión mediocre, encontraban fácilmente puntos de apoyo en aquel país accidentado. El tiempo era favorable, y resultó innecesario recurrir a las observaciones nocturnas. Los viajeros podían resguardarse casi sin cesar bajo los largos bosques que erizaban el suelo. Por lo demás, la temperatura se mantenía en un grado soportable, y, bajo la influencia de la humedad que los arroyos y las charcas mantenían en la atmósfera, algunos vapores se elevaban en el aire y tamizaban los rayos del sol.

Además, la caza satisfacía todas las necesidades de la pequeña caravana. De indígenas, ni hablar. Era probable que las bandas de saqueadores merodeasen más al sur del Ngami.

En cuanto a las relaciones entre Mathieu Strux y el coronel Everest, ya no ocasionaban discusión alguna. Parecía que las rivalidades personales hubiesen quedado olvidadas. Cierto es que no existía una verdadera intimidad entre aquellos dos sabios, pero no había que pedirles más.

Durante veintiún días, del 6 al 27 de marzo, no se produjo ningún incidente digno de mención. Se buscaba, ante todo, un lugar adecuado para el establecimiento de la base, pero el terreno no se prestaba a ello. Para esa operación era necesaria una extensión bastante vasta de terreno llano y horizontal, de varias millas de superficie, y precisamente los accidentes del suelo, las elevaciones tan favorables para el establecimiento de miras, se oponían a la medición directa de la base. Se avanzaba, pues, siempre hacia el nordeste, siguiendo a veces la orilla derecha del Chobé, uno de los principales afluentes del alto Zambeze, de manera que se evitaba Makèto, la principal población de los makololos.

Sin duda, cabía esperar que el regreso se realizaría así en condiciones favorables, que la naturaleza ya no pondría más obstáculos ni dificultades materiales ante los pasos de los astrónomos, que el período de las pruebas no volvería a comenzar. El coronel Everest y sus compañeros recorrían, en efecto, una comarca relativamente conocida, y no debían tardar en encontrar las poblaciones y aldeas del Zambeze que el doctor Livingstone había visitado tiempo atrás. Pensaban, pues, no sin razón, que la parte más difícil de su tarea estaba cumplida. Tal vez no se equivocaban, y, sin embargo, un incidente cuyas consecuencias podían ser de la mayor gravedad estuvo a punto de comprometer irreparablemente los resultados de toda la expedición.

Nicolas Palander fue el héroe, o más bien quien estuvo a punto de ser la víctima de esa aventura.

Ya se sabe que el intrépido, pero inconsciente calculista, absorto en sus cifras, se dejaba a veces llevar lejos de sus compañeros. En un país llano, esa costumbre no presentaba gran peligro. Se recuperaba rápidamente la pista del ausente. Pero en una comarca boscosa, los despistes de Palander podían tener consecuencias muy graves. Por eso Mathieu Strux y el bosquimano le hicieron mil recomendaciones al respecto. Nicolas Palander prometía atenerse a ellas, aunque se asombraba mucho de tanto exceso de prudencia. ¡El digno hombre ni siquiera se percataba de sus despistes!

Pues bien, precisamente durante aquella jornada del 27 de marzo, Mathieu Strux y el bosquimano pasaron varias horas sin haber visto a Nicolas Palander. La pequeña tropa atravesaba grandes matorrales, muy poblados de árboles bajos y tupidos, que limitaban extremadamente el horizonte. Era, pues, el caso, si alguna vez lo hubo, de mantenerse en grupo compacto, pues habría sido difícil hallar el rastro de una persona extraviada en aquellos bosques. Pero Nicolas Palander, sin ver ni prever nada, se había adelantado, el lápiz en una mano, el registro en la otra, por el flanco izquierdo de la tropa, y no había tardado en desaparecer.

Júzguese la inquietud de Mathieu Strux y sus compañeros cuando, hacia las cuatro de la tarde, no encontraron ya a Nicolas Palander entre ellos. El recuerdo del incidente de los cocodrilos aún estaba presente en su ánimo, y, entre todos, el distraído calculista era probablemente el único que lo había olvidado.

Por tanto, gran ansiedad entre la pequeña tropa, e imposibilidad de proseguir la marcha hacia adelante mientras Nicolas Palander no se hubiese reunido con ella.

Se le llamó a voces. En vano. El bosquimano y los marineros se dispersaron en un radio de un cuarto de milla, batiendo los matorrales, rebuscando en el bosque, husmeando entre las altas hierbas, disparando tiros de fusil. Nada. Nicolas Palander no reaparecía.

La inquietud de todos fue entonces extremadamente viva, pero hay que decir que en Mathieu Strux, a esa inquietud se sumaba una irritación extrema contra su desafortunado colega. Era la segunda vez que semejante incidente se repetía por culpa de Nicolas Palander, y, en verdad, si el coronel Everest le hubiese llamado a capítulo por ello, él, Mathieu Strux, no habría sabido ciertamente qué responder.

No quedaba, pues, en tales circunstancias, más que una resolución que tomar: acampar en el bosque y llevar a cabo las búsquedas más minuciosas para dar con el calculista.

El coronel y sus compañeros se disponían a hacer alto cerca de un claro bastante amplio, cuando un grito —un grito que ya no tenía nada de humano— resonó a algunos centenares de pasos, a la izquierda del bosque. Casi al instante, apareció Nicolas Palander. Corría con toda la velocidad de sus piernas. Iba con la cabeza descubierta, el cabello erizado, medio despojado de sus ropas, de las que algunos jirones le cubrían los riñones.

El desdichado llegó junto a sus compañeros, que lo asediaron a preguntas. Pero, con el ojo desmesuradamente abierto, la pupila dilatada, las narices aplastadas y cerrando todo paso a su respiración, que era entrecortada e incompleta, el pobre hombre no podía hablar. Quería responder, pero las palabras no le salían.

¿Qué había ocurrido? ¿A qué se debía aquel extravío, a qué aquel espanto cuyos síntomas más inequívocos presentaba Nicolas Palander en tan alto grado? No se sabía qué imaginar.

Por fin, estas palabras casi ininteligibles escaparon de la garganta de Palander:

– ¡Los registros! ¡Los registros!

Los astrónomos, al oír estas palabras, se estremecieron todos con el mismo estremecimiento. ¡Habían comprendido! ¡Los registros, aquellos dos registros en los que estaba anotado el resultado de todas las operaciones trigonométricas, aquellos registros de los que el calculista jamás se separaba, ni siquiera al dormir, aquellos registros faltaban! ¡Nicolas Palander no los traía consigo! ¿Los había extraviado? ¿Se los habían robado? ¡Poco importaba! ¡Aquellos registros estaban perdidos! ¡Todo había que rehacerlo, todo había que empezarlo de nuevo!

Mientras sus compañeros, aterrados —la palabra es esa—, se miraban en silencio, Mathieu Strux dejaba desbordar su cólera. ¡No podía contenerse! ¡De qué manera trató al desdichado! ¡Con qué calificativos lo abrumó! No temió amenazarlo con toda la cólera del gobierno ruso, añadiendo que, si no perecía bajo el knut, iría a pudrirse en Siberia.

A todo esto, Nicolas Palander solo respondía con un movimiento de cabeza de abajo arriba. Parecía asentir a todas aquellas condenas, parecía decir que las merecía, que resultaban demasiado suaves para él.

– ¡Pero entonces lo han robado! —dijo por fin el coronel Everest.

– ¡Qué importa! —exclamó Mathieu Strux, fuera de sí—. ¿Por qué se ha alejado ese desdichado? ¿Por qué no se ha quedado junto a nosotros, después de todas las recomendaciones que le habíamos hecho?

– Sí —respondió sir John—, pero al fin y al cabo hay que saber si ha perdido los registros o si se los han robado. ¿Le han robado, señor Palander? —preguntó sir John, volviéndose hacia el pobre hombre, que se había dejado caer de fatiga—. ¿Le han robado?

Nicolas Palander hizo un gesto afirmativo.

– ¿Y quién le ha robado? —prosiguió sir John—. ¿Serían indígenas, makololos?

Nicolas Palander hizo un gesto negativo.

– ¿Europeos, blancos? —añadió sir John.

– No —respondió Nicolas Palander con voz estrangulada.

– ¿Pues quién entonces? —exclamó Mathieu Strux, extendiendo sus manos crispadas hacia el rostro del desdichado.

– ¡No! —dijo Nicolas Palander—. Ni indígenas… ni blancos… ¡babuinos!

Verdaderamente, si las consecuencias de aquel incidente no hubiesen sido tan graves, el coronel y sus compañeros habrían estallado en carcajadas ante aquella confesión. ¡Nicolas Palander había sido robado por unos monos!

El bosquimano expuso a sus compañeros que aquel hecho se repetía a menudo. Muchas veces, según su experiencia, viajeros habían sido despojados por «chacmas», cinocéfalos de cabeza de cerdo, que pertenecen a la especie de los babuinos, y de los que se encuentran numerosas bandas en los bosques de África. El calculista había sido desvalijado por aquellos saqueadores, no sin haber luchado, tal como atestiguaban sus ropas hechas jirones. Pero eso no lo excusaba en modo alguno. No habría ocurrido si él se hubiese quedado en su puesto, y ¡los registros de la comisión científica no por ello dejaban de estar perdidos —pérdida irreparable, que anulaba tantos peligros, tantos sufrimientos y tantos sacrificios!

– El caso es —dijo el coronel Everest— que no valía la pena medir un arco de meridiano en el interior de África, para que un torpe…

No terminó la frase. ¿De qué servía abrumar al desdichado, ya tan abrumado por sí mismo, y al que el irascible Strux no dejaba de prodigar los epítetos más malsonantes?

Sin embargo, había que decidir algo, y fue el bosquimano quien decidió. Solo él, a quien aquella pérdida afectaba menos directamente, conservó su sangre fría en aquella ocasión. Hay que confesarlo: los europeos, sin excepción, estaban anonadados.

– Señores —dijo el bosquimano—, comprendo su desesperación, pero los momentos son preciosos, y no hay que perderlos. Han robado los registros del señor Palander. Ha sido desvalijado por los babuinos; pues bien, pongámonos sin demora en persecución de los ladrones. ¡Esos chacmas son cuidadosos con los objetos que roban! Ahora bien, los registros no se comen, y si encontramos al ladrón, encontraremos con él los registros.

El consejo era bueno. Era una luz de esperanza que el bosquimano había encendido. No había que dejarla apagar. Nicolas Palander, ante esa propuesta, se reanimó. Otro hombre se reveló en él. Se envolvió en los jirones de ropa que lo cubrían, aceptó la chaqueta de un marinero, el sombrero de otro, y se declaró dispuesto a guiar a sus compañeros hacia el escenario del crimen.

Aquella misma noche, la ruta fue modificada según la dirección indicada por el calculista, y la tropa del coronel Everest se dirigió más directamente hacia el oeste.

Ni aquella noche ni la jornada siguiente trajeron resultado favorable. En muchos lugares, por ciertas huellas dejadas en el suelo o en la corteza de los árboles, el bosquimano y el foreloper reconocieron el paso reciente de cinocéfalos. Nicolas Palander afirmaba haber tenido que vérselas con una decena de aquellos animales. Pronto tuvieron la certeza de hallarse sobre su pista, y avanzaron, por tanto, con extremada precaución, cubriéndose siempre, pues aquellos babuinos son seres sagaces, inteligentes, que no se dejan abordar fácilmente. El bosquimano no contaba con tener éxito en sus pesquisas sino a condición de sorprender a los chacmas.

Al día siguiente, hacia las ocho de la mañana, uno de los marineros rusos que se había adelantado divisó, si no al ladrón, al menos a uno de los compañeros del ladrón de Nicolas Palander. Regresó prudentemente hacia la pequeña tropa.

El bosquimano ordenó hacer alto. Los europeos, decididos a obedecerle en todo, esperaron sus instrucciones. El bosquimano les rogó que se quedasen en aquel lugar, y, llevándose a sir John y al foreloper, se dirigió hacia la parte del bosque visitada por el marinero, cuidando siempre de mantenerse al abrigo de los árboles y la maleza.

Pronto avistaron al babuino señalado, y casi al mismo tiempo, a una decena de otros monos que retozaban entre los árboles. El bosquimano y sus dos compañeros, agazapados tras un tronco, los observaron con extrema atención.

Era, en efecto, tal como había dicho Mokoum, una manada de chacmas, el cuerpo cubierto de pelo verdoso, las orejas y el rostro negros, la cola larga y siempre en movimiento, que barría el suelo; animales robustos, a los que sus músculos poderosos, sus mandíbulas bien armadas y sus garras afiladas hacen temibles incluso para las fieras. Estos chacmas, verdaderos merodeadores de la especie, grandes saqueadores de los campos de trigo y de maíz, son el terror de los bóers, cuyas viviendas asolan con demasiada frecuencia. Aquellos, mientras jugaban, ladraban y gañían, como grandes perros mal formados, a los que se asemejaban por su conformación. Ninguno de ellos había advertido a los cazadores que los acechaban.

Pero, ¿se encontraba el ladrón de Nicolas Palander en aquella manada? Ese era el punto importante que determinar. Ahora bien, la duda dejó de ser posible cuando el foreloper señaló a sus compañeros a uno de aquellos chacmas, cuyo cuerpo aún estaba rodeado de un jirón de tela arrancado del vestido de Nicolas Palander.

¡Ah, qué esperanza volvió al corazón de sir John Murray! No dudaba de que aquel gran simio fuese el portador de los registros robados. Había, pues, que apoderarse de él a toda costa, y para ello, actuar con la mayor circunspección. Un movimiento en falso, y toda la manada escaparía a través del bosque, sin que fuese posible alcanzarla.

– Quédese aquí —dijo Mokoum al foreloper—. Su Señoría y yo vamos a reunirnos con nuestros compañeros y a tomar medidas para cercar a la manada. Pero, sobre todo, no pierda de vista a esos merodeadores.

El foreloper permaneció en el puesto asignado, y el bosquimano y sir John regresaron junto al coronel Everest.

Cercar la manada de cinocéfalos era, en efecto, el único medio de atrapar al culpable. Los europeos se dividieron en dos destacamentos. Uno, compuesto por Mathieu Strux, William Emery, Michel Zorn y tres marineros, debía reunirse con el foreloper y desplegarse en semicírculo a su alrededor. El otro destacamento, que comprendía a Mokoum, sir John, el coronel, Nicolas Palander y los otros tres marineros, tomó por la izquierda, de manera que rodease la posición y cayese sobre la manada de monos.

Siguiendo la recomendación del bosquimano, solo se avanzó con extrema precaución. Las armas estaban listas, y se había convenido en que el chacma con los jirones de tela sería el blanco de todos los disparos.

Nicolas Palander, cuyo ardor costaba trabajo calmar, marchaba cerca de Mokoum. Este lo vigilaba, temiendo que su furia le hiciese cometer alguna torpeza. Y, en verdad, el digno astrónomo ya no se poseía. Era para él una cuestión de vida o muerte.

Tras media hora de marcha semicircular, durante la cual las paradas habían sido frecuentes, el bosquimano juzgó llegado el momento de cerrar el cerco. Sus compañeros, colocados a una distancia de veinte pasos unos de otros, avanzaron silenciosamente. Ni una palabra pronunciada, ni un gesto arriesgado, ni un crujido de ramas. Se habría dicho una tropa de pawnees reptando por un sendero de guerra.

De pronto, el cazador se detuvo. Sus compañeros se detuvieron al instante, el dedo en el gatillo del fusil, el fusil listo para ser echado al hombro.

La manada de chacmas estaba a la vista. Aquellos animales habían presentido algo. Se mantenían al acecho. Un babuino de elevada estatura —precisamente el ladrón de los registros— daba señales inequívocas de inquietud. Nicolas Palander había reconocido a su salteador de caminos. Solo que aquel mono no parecía haber conservado los registros consigo, o al menos no se veían.

– ¡Vaya pinta de bribón que tiene! —murmuraba el sabio.

Aquel gran simio, todo ansioso, parecía hacer señales a sus compañeros. Algunas hembras, con sus crías agarradas al hombro, se habían reunido en grupo. Los machos iban y venían a su alrededor.

Los cazadores se acercaron aún más. Cada uno había reconocido al ladrón y ya podía apuntarle sobre seguro. Pero he aquí que, por un movimiento involuntario, el fusil se disparó en las manos de Nicolas Palander.

– ¡Maldición! —exclamó sir John, descargando su rifle.

¡Qué efecto! Diez detonaciones respondieron. Tres monos cayeron muertos al suelo. Los demás, dando un salto prodigioso, pasaron como masas aladas por encima de la cabeza del bosquimano y sus compañeros.

Solo un chacma había quedado: era el ladrón. En lugar de huir, se lanzó al tronco de un sicomoro, trepó por él con la agilidad de un acróbata, y desapareció entre las ramas.

– ¡Ahí es donde ha escondido los registros! —exclamó el bosquimano, y Mokoum no se equivocaba.

Sin embargo, era de temer que el chacma escapase pasando de un árbol a otro. Pero Mokoum, apuntándolo con calma, hizo fuego. El mono, herido en una pata, cayó rodando de rama en rama. Una de sus manos sostenía los registros, que había vuelto a coger de una horquilla del árbol. Al ver esto, Nicolas Palander, saltando como un gamo, se precipitó sobre el chacma, ¡y se trabó una lucha!

¡Qué lucha! La cólera sobreexcitaba al calculista. A los ladridos del mono se unían los alaridos de Palander. ¡Qué gritos tan discordantes en aquella refriega! ¡Ya no se sabía cuál de los dos era el mono y cuál el matemático! No se podía apuntar al chacma, por temor a herir al astrónomo.

– ¡Disparen! ¡Disparen sobre los dos! —gritaba Mathieu Strux, fuera de sí, y aquel ruso exasperado tal vez lo habría hecho, si su fusil no hubiese estado descargado.

El combate continuaba. Nicolas Palander, ora encima, ora debajo, trataba de estrangular a su adversario. Tenía los hombros ensangrentados, pues el chacma lo laceraba a zarpazos. Por fin, el bosquimano, hacha en mano, aprovechando un momento favorable, golpeó al mono en la cabeza y lo mató en el acto.

Nicolas Palander, desvanecido, fue levantado por sus compañeros. Su mano apretaba contra el pecho los dos registros que acababa de reconquistar. El cuerpo del mono fue llevado al campamento, y, en la comida de la noche, los comensales, incluido su colega robado, se comieron al ladrón tanto por gusto como por venganza, pues su carne era excelente.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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