Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

Capítulo XVIII

El desierto

Era, en efecto, el desierto lo que se desplegaba ante los pasos de los viajeros, y cuando, el 25 de diciembre, tras haber medido un nuevo grado de la meridiana y concluido su cuadragésimo octavo triángulo, el coronel Everest y sus compañeros llegaron al límite septentrional del karroo, no encontraron diferencia alguna entre aquella región que dejaban atrás y el nuevo país, árido y abrasado, que iban a recorrer.

Los animales, empleados al servicio de la caravana, sufrían mucho por la escasez de pastos. También faltaba el agua. Las últimas gotas de lluvia se habían agotado en las charcas. El suelo era una mezcla de arcilla y arena muy poco propicia a la vegetación. Las aguas de la estación de lluvias, filtrándose a través de las capas arenosas, desaparecen casi enseguida de aquellos terrenos cubiertos de una innumerable cantidad de arenisca, y que no pueden conservar ni una molécula de líquido.

Era, en efecto, una de aquellas regiones áridas que el doctor Livingstone atravesó más de una vez en sus aventuradas exploraciones. No solo la tierra, sino la atmósfera misma, era tan seca que los objetos de hierro dejados al aire libre no se oxidaban. Según el relato del sabio doctor, las hojas de los árboles estaban arrugadas y ablandadas; las de las mimosas permanecían cerradas en pleno día como lo están durante la noche; los escarabajos, colocados en la superficie del suelo, expiraban al cabo de unos segundos; en fin, el bulbo de un termómetro, hundido tres pulgadas en la tierra, marcó al mediodía, en la columna de mercurio, ciento treinta y cuatro grados Fahrenheit.

Tales como se mostraron ciertas comarcas del África austral al célebre viajero, tal se mostró a los ojos de los astrónomos ingleses aquella porción del continente situada entre el límite del karroo y el lago Ngami. Sus fatigas fueron grandes, sus sufrimientos extremos, sobre todo por la falta de agua. Esta privación afectaba de modo aún más sensible a los animales domésticos, a los que una hierba escasa, seca y polvorienta apenas alimentaba. Además, aquella extensión de terreno era el desierto no solo por su aridez, sino también porque casi ningún ser vivo se aventuraba en ella. Los pájaros habían huido más allá del Zambeze, para hallar de nuevo árboles y flores. Las fieras no se aventuraban por aquella llanura, que no les ofrecía recurso alguno. Apenas, durante los quince primeros días del mes de enero, los cazadores de la caravana entrevieron dos o tres parejas de esos antílopes capaces de pasarse sin beber durante varias semanas; eran, entre otros, órices semejantes a los que tanto habían decepcionado a sir John Murray, y, más en particular, caamas, de dulces ojos y pelaje gris ceniciento salpicado de manchas de ocre, animales inofensivos, muy apreciados por la calidad de su carne, y que parecen preferir las llanuras áridas a los pastos de las comarcas fértiles.

Sin embargo, a fuerza de caminar bajo aquel sol de fuego, a través de aquella atmósfera que no contenía un átomo de vapor, de proseguir las operaciones geodésicas por días y noches en que ningún soplo templaba el calor, los astrónomos se fatigaban visiblemente. Su reserva de agua, contenida en toneles recalentados, disminuía. Ya habían tenido que racionarse, y sufrían mucho con ese racionamiento. Sin embargo, su celo era tan grande, su valor tal, que dominaban las fatigas y las privaciones, y no descuidaban ningún detalle de su inmenso y minucioso trabajo. El 25 de enero, la séptima porción de la meridiana, que comprendía un nuevo grado, había sido calculada por medio de nueve nuevos triángulos, lo que elevaba a cincuenta y siete el número total de triángulos construidos hasta entonces.

A los astrónomos ya no les quedaba más que una parte del desierto por franquear, y, en opinión del bosquimano, debían alcanzar las orillas del lago Ngami antes de los últimos días de enero. El coronel y sus compañeros podían responder de sí mismos y aguantar hasta entonces.

Pero los hombres de la caravana, los bosquimanos, que no estaban animados por ese ardor, gente a sueldo cuyo interés no se confundía con el interés científico de la expedición, indígenas poco dispuestos a proseguir su marcha hacia adelante, esos sí soportaban mal las pruebas del camino. Se mostraban muy sensibles a la escasez de agua. Ya algunas bestias de carga, debilitadas por el hambre y la sed, habían tenido que quedar atrás, y era de temer que su número aumentara de día en día. Los murmullos y las recriminaciones crecían con las fatigas. El papel de Mokoum se hacía muy difícil, y su influencia disminuía.

Pronto resultó evidente que la falta de agua constituiría un obstáculo invencible, que habría que detener la marcha hacia el norte y dirigirse, ya fuera hacia atrás, ya fuera hacia la derecha de la meridiana, a riesgo de encontrarse con la expedición rusa, para alcanzar las poblaciones repartidas por una comarca menos árida en el itinerario de David Livingstone.

El 15 de febrero, el bosquimano puso en conocimiento del coronel Everest aquellas dificultades crecientes, contra las que se empleaba en vano. Los conductores de las carretas ya se negaban a obedecerle. Cada mañana, al levantar el campamento, se producían escenas de insubordinación en las que tomaba parte la mayoría de los indígenas. Aquellos desdichados, hay que reconocerlo, abrumados por el calor, devorados por la sed, daban lástima verlos. Por lo demás, los bueyes y los caballos, insuficientemente alimentados con una hierba corta y seca, y sin apenas beber, no querían ya caminar.

El coronel Everest conocía perfectamente la situación. Pero, duro consigo mismo, lo era también con los demás. No quiso en modo alguno suspender las operaciones de la red trigonométrica, y declaró que, aunque se quedara solo, continuaría avanzando. Por lo demás, sus dos colegas hablaban como él, y estaban dispuestos a seguirlo tan lejos como le placiera ir.

El bosquimano, mediante nuevos esfuerzos, consiguió de los indígenas que lo siguieran todavía algún tiempo más. Según su estimación, la caravana no debía de hallarse a más de cinco o seis jornadas de marcha del lago Ngami. Allí, caballos y bueyes encontrarían de nuevo pastos frescos y bosques umbríos. Allí, los hombres tendrían todo un mar de agua dulce donde refrescarse. Mokoum hizo valer estas consideraciones ante los principales bosquimanos. Les demostró que, para abastecerse, lo más corto era ir hacia el norte. En efecto, desviarse hacia el oeste era caminar al azar; volver atrás era encontrar de nuevo el karroo desolado, cuyos cursos de agua debían de estar todos secos. Por fin, los indígenas se rindieron a tantas razones y súplicas, y la caravana, casi agotada, reanudó su marcha hacia el Ngami.

Muy afortunadamente, en aquella llanura tan vasta, las operaciones geodésicas se realizaban con facilidad por medio de postes o pilares. Para ganar tiempo, los astrónomos trabajaban de noche y de día. Guiados por el resplandor de las lámparas eléctricas, obtenían ángulos muy nítidos, que satisfacían las determinaciones más escrupulosas.

Los trabajos proseguían, pues, con orden y método, y la red aumentaba poco a poco.

El 16 de febrero, la caravana pudo creer por un instante que aquella agua, de la que la naturaleza se mostraba tan avara, iba por fin a serle restituida en abundancia.

Se acababa de señalar en el horizonte una laguna de una a dos millas de anchura.

Se comprende con qué alegría se acogió esa noticia. Toda la caravana se lanzó rápidamente en la dirección indicada, hacia una extensión de agua bastante vasta que relucía bajo los rayos solares.

La laguna fue alcanzada hacia las cinco de la tarde. Algunos caballos, rompiendo sus tirantes, escapando de la mano de sus conductores, se lanzaron al galope hacia aquella agua tan deseada. La sentían, la aspiraban, y pronto pudo vérselos zambullirse en ella hasta el pecho.

Pero, casi de inmediato, aquellos animales regresaron a la orilla. No habían podido saciar su sed en aquellas aguas, y cuando llegaron los bosquimanos, se encontraron ante un agua tan impregnada de sal que no pudieron refrescarse en ella.

El desengaño, cabe decir la desesperación, fue grande. ¡Nada más cruel que una esperanza defraudada! Mokoum creyó que tendría que renunciar a llevar a los indígenas más allá del lago salado. Afortunadamente para el porvenir de la expedición, la caravana se hallaba más cerca del Ngami y de los afluentes del Zambeze que de ningún otro punto de aquella región donde pudiera procurarse agua potable. La salvación de todos dependía, pues, de la marcha hacia adelante. En cuatro días, si los trabajos geodésicos no la retrasaban, la expedición habría llegado a las orillas del Ngami.

Se reemprendió la marcha. El coronel Everest, aprovechando la disposición del terreno, pudo construir triángulos de grandes proporciones que requerían con menos frecuencia el establecimiento de miras. Como se operaba sobre todo durante noches muy claras, las señales de fuego se veían admirablemente, y podían marcarse con extrema precisión, ya fuera con el teodolito, ya con el círculo repetidor, con una exactitud perfecta. Era a la vez economía de tiempo y de fatigas. Pero, hay que reconocerlo, tanto para aquellos valerosos sabios inflamados de celo científico, como para aquellos indígenas devorados por una sed ardiente bajo aquel clima terrible, y para los animales empleados al servicio de la caravana, ya era hora de llegar al Ngami. Nadie habría podido soportar quince días más de marcha en semejantes condiciones.

El 21 de febrero, el suelo llano y uniforme comenzó a modificarse sensiblemente. Se volvió escabroso, accidentado. Hacia las diez de la mañana, se señaló hacia el noroeste, a una distancia de unas quince millas, una pequeña montaña de quinientos a seiscientos pies de altura. Era el monte Scorzef.

El bosquimano observó atentamente los alrededores, y, tras un examen bastante largo, extendiendo la mano hacia el norte:

– ¡El Ngami está ahí! —dijo.

– ¡El Ngami! ¡El Ngami! —gritaron los indígenas, acompañando sus gritos de ruidosas demostraciones.

Los bosquimanos querían adelantarse y recorrer corriendo las quince millas que los separaban del lago. Pero el cazador logró contenerlos, haciéndoles notar que, en aquel país infestado por los makololos, era muy importante para ellos no dispersarse.

Sin embargo, el coronel Everest, deseando apresurar la llegada de su pequeña tropa al Ngami, resolvió unir directamente la estación que ocupaba con el Scorzef, mediante un solo triángulo. La cima del monte, rematada por una especie de pico muy agudo, podía apuntarse con gran exactitud, y se prestaba así a una buena observación. Era, por tanto, inútil esperar a la noche, e inútil, en consecuencia, enviar por delante un destacamento de marinos e indígenas para fijar un farol en la cumbre del Scorzef.

Se instalaron, pues, los instrumentos, y el ángulo que formaba el vértice del último triángulo ya obtenido en el sur volvió a medirse en esa misma estación, para mayor precisión.

Mokoum, muy impaciente por llegar a las orillas del Ngami, solo había hecho establecer un campamento provisional. Confiaba en alcanzar, antes de que anocheciera, el lago tan deseado; pero no descuidó ninguna de las precauciones habituales, e hizo batir los alrededores por algunos jinetes. A derecha e izquierda se alzaban matorrales que convenía explorar. Sin embargo, desde la caza del órix no se había visto rastro alguno de los makololos, y el espionaje del que había sido objeto la caravana parecía haberse abandonado. No obstante, el receloso bosquimano quería mantenerse alerta, para prevenirlo todo.

Mientras el cazador vigilaba así, los astrónomos se ocupaban de construir su nuevo triángulo. Según los levantamientos realizados por William Emery, ese triángulo los llevaría muy cerca del paralelo veinte, en el que debía detenerse la punta terminal del arco que habían venido a medir en aquella porción de África. Unas cuantas operaciones más allá del Ngami, y muy probablemente se obtendría el octavo tramo de la meridiana. Luego, hecha la verificación de los cálculos por medio de una nueva base medida directamente sobre el terreno, la gran empresa quedaría concluida. Se comprende, pues, qué ardor animaba a aquellos audaces, que se veían a punto de rematar su obra.

Y entretanto, ¿cómo les había ido a los rusos por su lado? Desde hacía seis meses que los miembros de la comisión internacional se habían separado, ¿dónde se hallaban en ese momento Mathieu Strux, Nicolas Palander, Michel Zorn? ¿Los habían puesto a prueba las fatigas con el mismo rigor que a sus colegas de Inglaterra? ¿Habían sufrido la privación de agua, los agobiantes calores de aquellos climas? En su recorrido, que se acercaba sensiblemente al itinerario de David Livingstone, ¿habían sido las regiones menos áridas? Tal vez, pues existían, a partir de Kolobeng, aldeas y poblados como Schokuané, Schoschong y otros, poco alejados a la derecha de la meridiana, en los que la caravana rusa habría podido abastecerse. Pero ¿no era también de temer que, en aquellas regiones menos desiertas, y por consiguiente batidas sin cesar por los merodeadores, la pequeña tropa de Mathieu Strux se hubiese visto muy expuesta? De que los makololos parecieran haber abandonado la persecución de la expedición inglesa, ¿no había que concluir que se habían lanzado tras las huellas de la expedición rusa?

El coronel Everest, siempre absorto, no pensaba, o no quería pensar, en estas cosas, pero sir John Murray y William Emery hablaban con frecuencia de la suerte de sus antiguos colegas. ¿Les sería dado volver a verlos? ¿Lograrían los rusos su empresa? ¿Sería idéntico para ambas expediciones, que habrían proseguido simultánea pero separadamente el establecimiento de la red trigonométrica, el mismo resultado matemático, es decir, el valor del grado de longitud en aquella parte de África? Luego, William Emery pensaba en su compañero, cuya ausencia le parecía tan lamentable, y sabía bien que Michel Zorn no lo olvidaría nunca.

Sin embargo, había comenzado la medida de las distancias angulares. Para obtener el ángulo que se apoyaba en la estación, se trataba de apuntar a dos miras, una de las cuales estaba formada por la cima cónica del Scorzef.

Para la otra mira, a la izquierda de la meridiana, se escogió un montículo puntiagudo, que no se hallaba sino a cuatro millas de distancia. Su dirección quedó fijada por uno de los anteojos del círculo repetidor.

El Scorzef, ya se ha dicho, estaba relativamente muy alejado. Pero los astrónomos no habían tenido elección, pues aquel monte aislado era el único punto culminante de la comarca. En efecto, ninguna otra altura se alzaba ni al norte ni al oeste, ni más allá del lago Ngami, que todavía no podía divisarse. Ahora bien, aquella lejanía del Scorzef iba a obligar a los observadores a desplazarse considerablemente hacia la derecha de la meridiana; pero, tras madura reflexión, comprendieron que podían proceder de otro modo. Se apuntó, pues, al monte solitario con extremo cuidado por medio del segundo anteojo del círculo repetidor, y la separación de los dos anteojos dio la distancia angular que separaba el Scorzef del montículo, y, por consiguiente, la medida del ángulo formado en la propia estación. El coronel Everest, para obtener una aproximación mayor, hizo veinte repeticiones sucesivas modificando la posición de sus anteojos sobre el círculo graduado; de este modo, dividió por veinte los posibles errores de lectura, y obtuvo una medida angular cuyo rigor era absoluto.

Estas diversas observaciones, pese a la impaciencia de los indígenas, fueron realizadas por el impasible Everest con el mismo esmero que habría puesto en su observatorio de Cambridge. Toda la jornada del 21 de febrero transcurrió así, y no fue sino al caer la tarde, hacia las cinco y media, cuando la lectura de los limbos se hizo difícil, que el coronel dio por terminadas sus observaciones.

– A sus órdenes, Mokoum —le dijo entonces al bosquimano.

– No es demasiado pronto, coronel —respondió Mokoum—, y lamento que no haya podido usted concluir sus trabajos antes de la noche, pues habríamos intentado trasladar nuestro campamento a las orillas del lago.

– ¿Pero quién nos impide partir? —preguntó el coronel Everest—. Quince millas por recorrer, aun en una noche oscura, no habrían de detenernos. El camino es directo, es la propia llanura, y no podemos temer extraviarnos.

– Sí…, en efecto… —respondió el bosquimano, que parecía consultarse a sí mismo—; quizá podamos intentar la aventura, aunque hubiera preferido caminar a pleno día por estas tierras que lindan con el Ngami. Nuestros hombres no piden más que avanzar y alcanzar las aguas dulces del lago. Vamos a partir, coronel.

– Cuando usted guste, Mokoum —respondió el coronel Everest.

Aprobada por todos esta decisión, se uncieron los bueyes a las carretas, montaron los caballos sus jinetes, se recolocaron los instrumentos en los vehículos, y a las siete de la tarde, dada por el bosquimano la señal de partida, la caravana, aguijoneada por la sed, marchó derecha hacia el lago Ngami.

Por cierto instinto de veterano explorador, el bosquimano había rogado a los tres europeos que tomaran sus armas y se proveyeran de municiones. Él mismo llevaba el rifle que sir John le había regalado, y no le faltaban cartuchos en la cartuchera.

Se partió. La noche estaba oscura. Un espeso telón de nubes velaba las constelaciones. Sin embargo, la atmósfera, en su capa más próxima al suelo, estaba libre de brumas. Mokoum, dotado de una gran potencia de visión, observaba los flancos y la vanguardia de la caravana. Algunas palabras que había dicho a sir John probaban al honorable inglés que el bosquimano no consideraba la comarca muy segura. Así que, por su parte, sir John se mantenía preparado para cualquier eventualidad.

La caravana marchó durante tres horas en dirección al norte, pero se resentía de su estado de fatiga y agotamiento, y no avanzaba deprisa. A menudo había que detenerse para reunir a los rezagados. No se avanzaba sino a razón de tres millas por hora, y hacia las diez de la noche, seis millas separaban todavía a la pequeña tropa de las orillas del Ngami. Las bestias jadeaban y apenas podían respirar en aquella noche sofocante, en medio de una atmósfera tan seca que el higrómetro más sensible no habría hallado en ella rastro de humedad.

Pronto, pese a las expresas recomendaciones del bosquimano, la caravana dejó de presentar un núcleo compacto. Los hombres y los animales se extendieron en una larga fila. Algunos bueyes, agotados por completo, habían caído en el camino. Jinetes desmontados apenas podían arrastrarse, y habrían sido fácilmente capturados por la más pequeña partida de indígenas. Así, Mokoum, inquieto, sin ahorrar ni palabras ni gestos, yendo de uno a otro, trataba de reconstituir su tropa, pero no lo lograba, y ya, sin que se hubiera dado cuenta, le faltaba cierto número de sus hombres.

A las once de la noche, las carretas que iban a la cabeza no se hallaban ya sino a tres millas del Scorzef. Pese a la oscuridad, aquel monte aislado se dibujaba bastante distintamente, y se erguía en la sombra como una enorme pirámide. La noche, sumando aún a sus dimensiones reales, doblaba su altura.

Si Mokoum no se había equivocado, el Ngami debía de hallarse detrás del Scorzef. Se trataba, pues, de rodear el monte de manera que se ganara por el camino más corto la vasta extensión de agua dulce.

El bosquimano se puso a la cabeza de la caravana, en compañía de los tres europeos, y se disponía a inclinarse hacia la izquierda, cuando unas detonaciones, muy nítidas aunque lejanas, lo detuvieron de pronto.

Los ingleses habían retenido de inmediato sus monturas. Escuchaban con una inquietud fácil de comprender. En un país donde los indígenas no se sirven más que de lanzas y flechas, unas detonaciones de armas de fuego debían de causarles una sorpresa mezclada de inquietud.

– ¿Qué es eso? —preguntó el coronel.

– Disparos —respondió sir John.

– ¡Disparos! —exclamó el coronel—. ¿Y en qué dirección?

Esta pregunta se dirigía al bosquimano, quien respondió:

– Esos disparos se hacen desde la cima del Scorzef. ¡Vean cómo se ilumina la sombra por encima! ¡Se combate por allí! Makololos, sin duda, que atacan a algún grupo de europeos.

– ¡Europeos! —dijo William Emery.

– Sí, señor William —respondió Mokoum—. Estas ruidosas detonaciones no pueden ser producidas más que por armas europeas, y añadiré que por armas de precisión.

– ¿Esos europeos serían acaso…?

Pero el coronel, interrumpiéndolo, exclamó:

– Señores, sean quienes sean esos europeos, hay que ir en su socorro.

– ¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos! ¡Vamos! —repitió William Emery, cuyo corazón se oprimía dolorosamente.

Antes de dirigirse hacia la montaña, el bosquimano quiso, una última vez, reunir a su pequeña tropa, que una partida de merodeadores podía rodear de improviso. Pero, cuando el cazador hubo vuelto atrás, la caravana estaba dispersa, los caballos desenganchados, las carretas abandonadas, y algunas sombras, errando por la llanura, desaparecían ya hacia el sur.

– ¡Cobardes! —exclamó Mokoum—. ¡Sed, fatigas, lo olvidan todo con tal de huir!…

Luego, volviéndose hacia los ingleses y sus valientes marineros:

– ¡Adelante, nosotros! —dijo.

Los europeos y el cazador se lanzaron enseguida en dirección al norte, arrancando a sus caballos lo que aún les quedaba de fuerza y de velocidad.

Veinte minutos después, se oía distintamente el grito de guerra de los makololos. Cuál fuera su número, no podía todavía calcularse. Aquellos bandidos indígenas asaltaban evidentemente el Scorzef, cuya cima se coronaba de fuegos. Se entreveían racimos de hombres trepando por sus flancos.

Pronto, el coronel Everest y sus compañeros se hallaron a espaldas de la tropa sitiadora. Abandonaron entonces sus monturas extenuadas, y, lanzando un formidable hurra que los sitiados debieron de oír, dispararon sus primeros tiros sobre la masa de los indígenas. Al oír las nutridas detonaciones de aquellas armas de tiro rápido, los makololos creyeron que eran atacados por una numerosa tropa. Aquel ataque repentino los sorprendió, y retrocedieron antes de haber hecho uso de sus flechas y de sus azagayas.

Sin perder un instante, el coronel Everest, sir John Murray, William Emery, el bosquimano, los marineros, cargando y disparando sin cesar, se lanzaron en medio del grupo de los merodeadores. Una quincena de cadáveres cubrían ya el suelo.

Los makololos se dividieron. Los europeos se precipitaron por la brecha, y, derribando a los indígenas más próximos, ascendieron de espaldas por las laderas de la montaña.

En diez minutos, alcanzaron la cima perdida en la sombra, pues los sitiados habían suspendido su fuego, temiendo herir a quienes acudían tan oportunamente en su ayuda.

Y aquellos sitiados eran los rusos. Estaban todos allí, Mathieu Strux, Nicolas Palander, Michel Zorn, sus cinco marineros. Pero de los indígenas que antaño formaban su caravana, no quedaba más que el fiel foreloper. Aquellos miserables bosquimanos los habían abandonado también a ellos en el momento del peligro.

Mathieu Strux, en el instante en que apareció el coronel Everest, saltó desde lo alto de un pequeño muro que coronaba la cima del Scorzef.

– ¡Ustedes, los señores ingleses! —exclamó el astrónomo de Pulkovo.

– Nosotros mismos, señores rusos —respondió el coronel con voz grave—. ¡Pero aquí ya no hay ni rusos ni ingleses! ¡No hay más que europeos unidos para defenderse!

[Nota 1] 56 grados centígrados.

Telegramma

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