CAPÍTULO VI
LUNA DE MIEL
CUANDO al día siguiente Roberto subió a las siete de la mañana sobre cubierta, el buque estaba inmóvil, amarrado al muelle en el puerto de Horta, capital de la isla de Fayal, Por todas partes la tierra limitaba el horizonte.
Al Oeste, flanqueada por los dos fuertes, la ciudad, de agradable aspecto, se alzaba formando anfiteatro, elevándose las unas sobre las otras las torres de las iglesias, y coronada por una eminencia que sostiene un vasto edificio, antaño convento de jesuitas.
Al Norte las miradas se hallaban detenidas por la Ponta Espalamaca, limitando uno de los lados de la rada; al Sur, por dos peñascos que la limitaban por el otro lado; el monte Queimado, sobre el que se apoya el dique que forma el puerto, y la Ponta da Guía, antiguo volcán, cuyo cráter apagado, la Chimenea del Infierno, había sido invadido por el mar, y sirve muchas veces de refugio a los pescadores cuando amenaza temporal.
Hacia el Nordeste la vista se extendía libremente hasta la punta occidental de la isla San Jorge, distante veinte millas.
Por el Este se encontraba la enorme masa de Pico. En este nombre se confunden isla y montaña, como se confunden también en la realidad. Sobre las olas surgían bruscamente las costas de la isla, y por una pronunciada pendiente, 2.300 metros más arriba, se descubre la cima de la montaña.
Roberto no pudo descubrir esta cima. A unos 1.200 metros una bruma espesa detenía las miradas. Una incesante tormenta recorría aquella masa de vapores. Mientras que abajo, al nivel del suelo, los vientos alisios soplaban del Nordeste, allá en lo alto jirones de nubes se desgarraban a cada instante, separándose de la masa, siempre reformada y recompuesta, e iban a perderse en sentido contrario, arrasadas por los contraalisios del Sudoeste.
Por debajo de aquella impenetrable bruma, sobre la pendiente que descendía con regularidad hasta el mar, praderas, campos, árboles, circundaban numerosas quintas donde los habitantes pudientes de Fayal se libran de los calores y de los mosquitos del verano.
Admirando estaba Roberto aquel panorama, cuando la voz de Thompson vino a sacarle de su contemplación.
– ¡Eh, buenos días, señor profesor! ¡Interesante, yo me atrevo a afirmarlo, interesante es este país! Si usted lo tiene a bien, señor profesor, yo tendré esta mañana necesidad de sus servicios. Los pasajeros, como usted sabe, deben desembarcar a las ocho, según está previsto en el programa, y antes es preciso hacer algunos preparativos.
Cortésmente solicitado de esta suerte, Roberto salió del buque en compañía de Thompson. Siguiendo la orilla del mar, ganaron ambos las primeras casas de Horta. Pronto se detuvo Thompson, mostrando con el dedo a su acompañante un vasto inmueble adornado con un rótulo en portugués, que Roberto tradujo en seguida.
– ¡Un hotel! –dijo–. El «Hotel de la Virgen».
– Vaya por el «Hotel de la Virgen». Entremos, mi querido señor, y abordemos al hostelero. Pero éste no sufría, al parecer, de plétora de viajeros. Aún no se había levantado; preciso hubo de ser esperar un cuarto de hora antes de verle aparecer a medio vestir y somnoliento todavía.
Roberto traducía preguntas y respuestas, y de este modo entablóse el siguiente diálogo entre el hostelero y Thompson.
– ¿Puede usted darnos de almorzar?
– ¡A esta hora!
– ¡No, hombre, no, a las once!
– Seguramente. No merecía la pena el hacerme levantar por eso.
– Es que nosotros somos muchos.
– Dos. Ya lo veo.
– Sí, nosotros dos con otras sesenta y tres personas más.
– Diablo –dijo el hostelero tomando resueltamente su partido–. Tendrá usted a las once sus sesenta y cinco almuerzos.
– ¿A qué precio?
El hostelero reflexionó un instante.
– Tendrá usted –dijo al fin– huevos, jamón, pescado, pollo y postres por veintitrés mil reis, incluso el vino y el café.
Veintitrés mil reis, o sea unos dos francos por barba, era inverosímilmente barato. Pero no fue ésta sin duda la opinión de Thompson, toda vez que, por conducto de su intérprete, entabló un regateo desenfrenado. Por fin se llegó a un acuerdo. En el precio de diecisiete mil reis, o sea unos cien francos en moneda francesa.
Arreglado este punto comenzó otro regateo a propósito de los medios de transporte necesarios. El hostelero se encargó de poner al día siguiente por la mañana a disposición de los turistas sesenta y cinco monturas, caballos y asnos; estos últimos en mayoría. En cuanto a carruajes, no había ni que soñar en ello; ni uno tan sólo había en toda la isla.
Testigo y actor de esas discusiones, Roberto comprobaba, con una extrañeza mezclada de inquietud, que Thompson, fiándose en su buena estrella, no había hecho absolutamente ningún preparativo.
«¡He aquí lo que nos promete de agradable!» díjose para sí.
Thompson y Roberto se apresuraron a marchar al encuentro de los pasajeros que, desde hacía media hora por lo menos, debían estar aguardando a su eminente administrador.
Todos, en efecto, estaban allí, formando en el muelle un grupo compacto, y gesticulando.
Todos menos uno. Según había declarado, Elías Johnson habíase quedado a bordo, manifestando, mediante una rigurosa abstención, su horror a los temblores de tierra.
Evidente de toda evidencia era el malhumor en el grupo de los pasajeros, pero se calmó por sí mismo a la vista de Thompson y Roberto, Sólo Saunders creyó deber protestar y aún lo hizo con una extrema discreción. Exhibió silenciosamente su reloj y desde lejos invitó con el dedo a Thompson a comprobar que el minutero había rebasado notablemente las ocho y media. Aquello fue todo.
Thompson pareció no haber visto nada.
Agitado, amable, enjugándose la frente, con marcados movimientos, a fin de dar una elevada idea de su incansable actividad, se acercó al grupo.
Poco a poco, bajo su dirección, la multitud de pasajeros se formó, se alineó, se puso en filas. Toda aquella batahola se transformó como por encanto en un regimiento con sus hombres perfectamente alineados.
Los ingleses, habituados a esta singular manera de viajar, plegábanse fácilmente a las exigencias de aquella formación militar. Parecíales esto del todo natural, y ellos mismos se habían juntado en dieciséis líneas de cuatro en fondo. Sólo Roger de Sorgues se admiró un poco y tuvo que reprimir una intempestiva risa.
AI frente, en primera fila, figuraba Lady Heilbuth, a cuyo lado iba Sir Hamilton; bien debido le era aquel honor. Y tal, sin duda, era la opinión particular del baronet, ya que reventaba visiblemente de satisfacción.
Las otras filas habíanse organizado al azar, o según las simpatías.
Roger logró, sin esfuerzo, figurar en la que formaba la familia Lindsay.
Thompson habíase exceptuado, naturalmente, de aquella combinación. Al lado de la tropa, en filas cerradas, rectificando una alineación defectuosa, refrenando veleidades personales de independencia, iba y venía, lo mismo que un capitán, o, valiéndonos de una comparación más exacta tal vez, como un cabo de vara vigilando una columna de presos.
A una señal la columna se puso en marcha.
Pasó bordeando el mar, cruzó por delante del «Hotel de la Virgen» y el hostelero Dudo, por su parte, seguirla con una mirada satisfecha.
Cien pasos más lejos y a una invitación de Roberto, oblicuó hacia la izquierda y penetró realmente en la ciudad de Horta.
¡Cuan menos interesante era la ciudad de Horta mirada de cerca que entrevista de lejos!
Una sola calle que se bifurca en su extremidad, la compone casi exclusivamente. Empinada, estrecha, irregular, mal pavimentada, aquella calle no constituía en verdad un paseo agradable. A aquella hora del día, el sol, ya abrasador, la enfilaba de extremo a extremo, quemando las nucas y las espaldas, y pronto sus mordeduras hicieron estallar algunas quejas, que a duras penas lograba reprimir la mirada severa de Thompson.
Las casas que bordeaban la calle de Horta no ofrecían bastante interés para que la complacencia del espíritu hiciera olvidar las molestias del cuerpo. Groseramente construidas sobre muros de lava de gran espesor, a fin de poder resistir mejor los temblores de tierra, no tenían nada de curiosas ni originales. En aquellas casas la planta baja estaba ordinariamente ocupada, ya por almacenes, ya por caballerizas o establos. Los pisos superiores, reservados a los habitantes, se llenaban, merced al calor y la vecindad de los establos, de los olores más desagradables y de los más innobles insectos.
Cada casa tiene un amplio balcón, desde el cual espían a los vecinos y a los transeúntes, critican los hechos y los movimientos de cuantos individuos pone el azar a su alcance, y tras su protector abrigo los burgueses indígenas pasan muchas horas. Pero a aquella hora temprana los balcones estaban cerrados, teniendo, como tenían, sus propietarios la costumbre de prolongar más allá de lo verosímil las horas consagradas al sueño.
Al paso de la colonia los escasos transeúntes se volvían con sorpresa y los comerciantes se asomaban al umbral de sus tiendas. ¿Qué significaba aquello? ¿Había sido invadida la isla como en tiempos del usurpador don Miguel? Obteníase un gran éxito. Tenía Thompson el derecho de mostrarse y estar orgulloso, y lo estaba.
Pero Sir Hamilton lo estaba todavía más.
Al frente, tieso, erguido como un huso, con la vista fija más allá de quince pasos, todos los poros de su piel parecían gritar: «¡Yo!». Esta orgullosa actitud estuvo a punto de jugarle una mala pasada. Por no mirar a sus pies, tropezó con una desigualdad del piso y cayó cuan largo era. Un simple gentleman hubiera hecho otro tanto. Por desgracia, si bien los miembros de Sir Hamilton salieron incólumes de aquella aventura, no sucedió lo mismo con un accesorio de su toilette, absolutamente indispensable. Sir Hamilton había roto su lente. ¡Horrenda y cruel catástrofe! ¿Qué placer era posible en lo sucesivo para aquel miope, convertido ahora en ciego?
Celoso administrador, Thompson, por fortuna, lo había visto todo. Apresuróse a llamar la atención del baronet sobre el escaparate de una tienda, en el que se veían algunos miserables aparatos de óptica, y, por mediación de Roberto, concluyóse pronto un contrato. Mediante la suma de dos mil reis –unos doce francos–, el comerciante se encargó de reparar la lente y tenerla lista a la mañana siguiente.
Al paso visitábanse iglesias y conventos, sin el mayor interés. De iglesias en conventos y de conventos en iglesias, llegábase por fin a la eminencia que domina la ciudad, y sudando, soplando, pero siempre en buen orden, detúvose la caravana hacia las diez al pie del antiguo convento de jesuitas, construido de cara al mar.
Deshízose en seguida la columna y a una señal de Thompson formóse un atento círculo en torno de Roberto.
– El antiguo convento de jesuitas –anunció Roberto adoptando el tono profesional del cicerone–. El más hermoso edificio alzado por ellos en las Azores. Puede visitársele, conforme advierte el programa. Creo, con todo, deber prevenir a ustedes que si ese monumento es notable por sus considerables proporciones, no ofrece, en realidad, ningún interés artístico.
Los turistas cansados de sus precedentes visitas, se declararon convencidos. Sólo Hamilton con el programa en la mano, exigió su ejecución completa y penetró, altivo, en el convento.
– Pasaremos, pues, al siguiente artículo del programa –dijo Roberto.
Y leyó: «Vista magnífica. Cinco minutos.»
– Ante ustedes –explicó– está la isla de Pico.
Al Norte, San Jorge. En la isla de Pico una aglomeración de quintas indica el poblado de Magdalena, donde los habitantes de Fayal van a pasar el verano.
Dicho esto, Roberto había llenado su misión; el círculo se deshizo y los turistas desfilaron y se esparcieron a su gusto, contemplando el panorama que tenían delante. De frente, el Pico alzaba su mole colosal, cuya cima iba a perderse siempre en un caos de vapores. Entre ambas islas, el canal estaba ahora bañado por el sol, y las aguas, encendidas, reflejaban las purpúreas riberas de San Jorge.
Cuando Hamilton, terminada su visita, regresó, la columna, ya ejercitada, se rehizo por sí sola rápidamente.
Poníase de nuevo en marcha, cuando el minucioso pasajero blandió de nuevo el inflexible reglamento. El programa decía; «Vista magnífica. Cinco minutos.» Necesitaba, pues, esos cinco minutos.
Hubo que sufrir las fantasías de aquel excéntrico, y en una irreprochable alineación, la columna entera, cara al Este, aguantó, no sin numerosos y justificados murmullos de protesta, cinco minutos de contemplación suplementaria. Durante todo ese tiempo Hamilton, engañado por su semiceguera, permaneció vuelto invariablemente hacia el Oeste. En esta dirección no veía otra cosa que el desnudo muro del antiguo convento de jesuitas, y esto, ni aun con la mejor buena voluntad, podía pasar por una «vista magnífica». Pero eso, al parecer, carecía de importancia. El baronet contemplo a conciencia el muro durante los cinco minutos reglamentarios.
Emprendieron por fin la marcha. Desde los primeros pasos el ojo vigilante de Thompson descubrió que una de las líneas había quedado reducida a la mitad. Dos pasajeros se habían eclipsado, los dos recién casados, según pudo reconocer tras un atento y detenido examen.
Frunció Thompson el ceño; no gustaba de esas irregularidades. Pronto, sin embargo, reflexionó que aquella disminución de comensales iba a permitirle imponer al hostelero una equitativa rebaja.
Las once y media eran ya, cuando, fatigados, siempre en buen orden, los turistas hicieron su entrada en el «Hotel de la Virgen». El hostelero, rubicundo y servicial, se adelantó a recibirles gorro en mano.
Sentáronse en torno a la mesa. Sir Hamilton sentóse frente a Thompson, a quien nadie pensaba disputar la cabecera.
Mary y Bess Blockhead, gracias a una sabia maniobra, se colocaron lejos de su familia, pudiendo así dedicarse exclusivamente a la felicidad de Tigg, definitivamente cercado. Satisfecha la primera exigencia del hombre, tomó Thompson la palabra y solicitó la opinión de sus pasajeros sobre la ciudad de Horta.
Sentáronse en torno a la mesa. Satisfecha la primera exigencia del hambre, tomó Thompson la palabra y solicitó la opinión de sus pasajeros sobre la ciudad de Horta.
– ¡Esto es magnífico! –gritó Blockhead–.
¡Sencillamente magnífico!
Pero pronto hubo de verse que nadie compartía esa apreciación de Blockhead.
– ¡Antipática ciudad! –dijo uno.
– ¡Y sucia!
– ¡Qué calles!
– ¡Qué casas!
– ¡Qué sol!
– ¡ Y qué piso!
Fácilmente se reconocía al baronet en esta exclamación.
– ¡Y qué hotel! –dijo a su vez Saunders, con inflexiones de ironía en la voz–. Bien se ve que nos han prometido hoteles de primer orden.
Forzoso era reconocerlo. Los huevos, el jamón, los pollos, figuraban en efecto sobre la mesa, pero el servicio dejaba mucho que desear. No faltaban desgarrones en el mantel, los cubiertos eran de hierro, y no se cambiaban los platos, por lo demás de limpieza un poco dudosa.
Thompson sacudió la cabeza con un aire belicoso.
– ¿Me veré precisado a hacer observar a Mr.
Saunders –soltó con amargura– que las palabras «hoteles de primer orden» no tienen más que un valor absolutamente relativo? Una taberna de las afueras de Londres puede ser un confortable hotel en Kamchatka...
– Y, en general –interrumpió Hamilton–, en todo país habitado por latinos; es decir, inferiores. ¡Ah, si estuviésemos en una colonia inglesa!
Pero el baronet no pudo completar su pensamiento.
Terminado el almuerzo todo el mundo abandonaba estrepitosamente la mesa. Thompson, que salió el último, tuvo la satisfacción de encontrar rehecha la columna. Cada uno había ido por sí mismo a ocupar el puesto que el azar o su voluntad le habían señalado aquella mañana. Ninguna protesta se había levantado: ¡tan fácilmente nace la idea de propiedad entre los hombres!
Por tercera vez, y entre un más numeroso concurso de población, la columna recorrió la calle que tan fatal había sido para el baronet. Al llegar al lugar de su accidente, dirigió una mirada oblicua hacia la tienda donde había hallado socorro. Precisamente entonces el óptico se hallaba a la puerta, como todos los demás tenderos, sus cofrades. También él había reconocido a sus clientes. Y hasta le dirigió una mirada en la que Hamilton creyó leer algo así como una expresión de censura y menosprecio.
En lo alto de la calle se giró hacia la izquierda y se continuó subiendo por los flancos de la colina. Pronto se pasaron las últimas casas. Algunos centenares de metros más lejos el camino comenzaba a bordear un torrente de caprichosas curvas. Sus orillas deliciosas y cambiantes fueron, no obstante, desdeñadas por la mayor parte de aquellos turistas, demasiado alineados. No se tenía en cuenta sitio alguno que no figurara en el programa. Mejor dicho, no existía.
Tras una marcha de media milla, aproximadamente, el camino parecía cerrado de pronto por una enorme barrera de peñascos, de lo alto de los cuales el agua del torrente se precipitaba en forma de cascada. Sin alterar su admirable alineación, la columna, evolucionando a la derecha continuó subiendo la pendiente.
A pesar de ser la hora más cálida del día, la temperatura era soportable; en la senda que habían seguido abundaban los árboles. Cedros, castaños y otras especies difundían su sombra bienhechora.
Una hora duraba ya la excursión, cuando el horizonte se agrandó súbitamente. A una brusca vuelta del camino, éste desembocaba en una planicie, dominando un extenso valle, por el cual continuaba, agrandado, el barranco.
Thompson hizo una señal y los turistas formaron de nuevo el círculo en torno al cicerone. Decididamente, los soldados iban habituándose a las maniobras.
En lo que hace a Roberto, sin dejar de sentir vivamente todo el ridículo de aquel modo ultrabritánico de viajar, tuvo el buen acuerdo de no dejarlo entrever.
Dijo, pues, sin preámbulos y con un tono frío:
– Aquí está, señoras y caballeros el sitio donde se establecieron primeramente los flamencos que colonizaron esta isla antes que los portugueses. Observarán ustedes que los habitantes de este valle han conservado en gran cantidad los rasgos físicos, el hábito, el idioma y la industria de sus antepasados.
Roberto se detuvo bruscamente, como había empezado. Que los infortunados turistas no se hallasen en condiciones de observar cuanto se les mostraba, eso no era de su incumbencia. Por otra parte, el público parecía satisfecho.
Se observaba, puesto que tal era el programa, de lejos, de muy lejos, y no se formuló reclamación alguna. A una señal de Thompson volvió a formarse la columna cual un disciplinado regimiento, y los ojos se apartaron pasivamente del encantador paisaje.
Y lo era verdaderamente, aquel paisaje.
Encerrado por colinas de suaves contornos, cruzado por arroyuelos que, reunidos, dan más abajo origen al torrente cuyo curso acababa de remontarse, el valle Flamenco se presenta saturado de una virgiliana dulzura. A los grandes prados, en que pastaban rebaños de bueyes, sucedían campos de trigo, de maíz y, caprichosamente desperdigadas, casas blanquísimas que brillaban a los rayos del sol.
– Una Suiza normanda –dijo Roger.
– Un reflejo de nuestro país –añadió melancólicamente Roberto, volviendo a ponerse en marcha.
Rodeando la ciudad de Horta por el Norte, la columna oblicuó un poco a la derecha y el valle Flamenco no tardó en perderse de vista.
Después de los campos que traían a la mente las perspectivas de Normandía, se atravesaba a la sazón por los campos de cultivos del Marais;
batatas, cebollas, patatas, las legumbres todas desfilaron, sin perjuicio de las frutas tales como calabazas, albaricoques y mil otras especies.
Pero había que apresurarse a abandonar aquello. El día avanzaba y no creyó Thompson deber llevar el reconocimiento hasta el extremo del cabo Espalamaca. Tomó por el primer camino que encontró a la derecha y comenzó a descender hacia la ciudad.
El camino se deslizaba por entre una ininterrumpida sucesión de quintas, rodeadas de magníficos jardines, terreno donde alternaban en gran número las especies más diversas.
Con las plantas exóticas se mezclaban las de Europa, a menudo de extraordinarias dimensiones. La palmera se alzaba por encima del roble, y al lado de la acacia, el banano y el naranjo. Los tilos sucedían a los eucaliptos y el cedro del Líbano a la araucaria del Brasil.
Eran las cuatro de la tarde. Bajo la majestuosa cúpula de los grandes árboles, los rayos oblicuos del sol poniente llegaban muy atenuados. Tras el país de Canaán venía el Paraíso terrenal.
Instintivamente los turistas habían acortado el paso. En la sombra luminosa de los árboles, acariciados por la tibia y suave brisa, bajaban sin fatigarse, en silencio, gozando del delicioso paseo.
De esta suerte se llegó al fuerte del Oeste, y luego se siguió el parapeto que lo une con el fuerte central. Serían apenas las cinco y media cuando los turistas llegaban al puerto, al atractivo de la gran calle de Horta. Deshízose entonces la columna. Prefirieron los unos volver a bordo, mientras que los otros se extendieron por la ciudad a la ventura.
Roberto tuvo que ir al «Hotel de la Virgen» a asegurarse de que todo se hallaría dispuesto para la mañana siguiente. Terminada su comisión volvía al Seamew, cuando se encontró con Sir Hamilton.
Estaba furioso.
– Caballero –dijo–, me sucede una cosa singular. El óptico a cuya casa me condujo usted esta mañana se niega en absoluto, no sé por qué, a hacer la reparación convenida. Como me es de todo punto imposible comprender una sola palabra de su condenada algarabía, yo ruego a usted que tenga la bondad de venir conmigo a pedirle una explicación.
– A sus órdenes –respondió Roberto.
Penetró en el almacén del recalcitrante tendero y entabló con él una larga y animada discusión, cómica también probablemente, ya que con gran trabajo refrenaba unas violentas ganas de reír. Cuando todo acabó volvióse Roberto hacia Hamilton:
– El señor Luis Monteiro, óptico, ha rehusado y rehusa trabajar en servicio de usted porque...–¿Por qué?
– Sencillamente, porque usted dejó de saludarle esta tarde.
– ¡ Cómo! –dijo Hamilton estupefacto.
– ¡Como lo oye...! Cuando pasamos nosotros después del almuerzo, el señor Luis Monteiro estaba a la puerta. Le sonrió a usted, y usted por su parte le reconoció; le consta sin embargo, no se dignó bosquejar siquiera el menor saludo. Tal es, a sus ojos, el crimen de usted.
– ¡Que se vaya al diablo! –gritó Hamilton indignado.
Apenas si escuchó a Roberto cuando éste le explicaba el inverosímil rigor del ceremonial en las Azores. Todo se hace allí con arreglo a un inflexible protocolo. Si el médico consiente en cuidaros, el panadero en suministraros pan, el zapatero calzado, es con la condición de que se les salude muy fina y cortésmente a cada encuentro y que se les honre con afectuosos presentes en épocas determinadas.
Todo esto penetraba con mucha dificultad en el cerebro del baronet. No obstante, tuvo que someterse. Con su aprobación, Roberto apaciguó con muy razonables excusas al puntilloso Luis Monteiro, y la reparación del lente fue de nuevo prometida.
Hamilton y Roberto llegaron a bordo del Seamew en el preciso momento en que la campana llamaba a los retrasados para comer. La comida se hizo alegremente. Ninguno de los pasajeros dejó de declararse encantado de aquel comienzo del viaje. Si la ciudad de Horta había en cierto modo proporcionado una decepción, todos se hallaban de acuerdo en reconocer el esplendor de las cosas de la naturaleza. No;
nadie olvidaría ni aquella evocación de Suiza en el valle Flamenco, ni la riqueza de la campiña en las proximidades de la punta Espalamaca, ni aquel retorno delicioso a lo largo del mar o bajo la sombra bienhechora de los grandes árboles.
En medio de la alegría general, Blockhead era quien más contento se mostraba. Muchas veces había manifestado con vehemencia a su vecino que jamás –¡jamás!– había visto nada tan hermoso.
En cuanto al partido de la oposición, hallábase reducido a la impotencia. La aplastante mayoría que secundaba al administrador general obligaba a Hamilton y a Saunders a guardar silencio.
Este último, particularmente, parecía hallarse de pésimo humor. ¿Era acaso de una tan perversa naturaleza que le molestaba la alegría ajena? ¿O quizá su amor propio estaba herido, y sobre esa herida la alegría general se vertía como plomo fundido? Así podía creerse, al advertir los duros epítetos que en voz baja dedicaba a sus compañeros, cuya satisfacción parecía augurar un brillante éxito al viaje emprendido. No pudo contenerse por más tiempo, y, abandonando la mesa, fue a pasear sus amargos pensamientos por el spardek.
El aire puro endulzó lentamente su corazón ulcerado. En sus menudos labios, semejantes a una cortadura, nació una sonrisa. Movió los hombros.
– ¡Sí, sí! –murmuró–. ¡Esta es la luna de miel! Y tendiéndose en una mecedora, contempló tranquilamente el cielo, en el cual, estaba de ello seguro, había de nacer a su hora una luna rojiza.