CAPÍTULO XXIII
COMO UNA LÁMPARA QUE SE EX-
TINGUE E RA aquella una grave complicación para pasajeros y tripulantes, que comenzaban a poder ser llamados náufragos.
¿Qué resultaría si el viaje se prolongaba?
¿Habría de llegarse a una nueva edición de la Medusa, a comerse los unos a los otros?
Semejante hipótesis no era verdaderamente inaceptable. Algunas miradas que se posaban sobre el monumental Piperboom, hacían evidente que esa idea había germinado ya en más de un cerebro.
¡Infortunado holandés...! Ser comido, debe seguramente resultar sumamente doloroso;
pero ¡cuánto más doloroso debe resultar el ser comido sin saber por qué!
Piperboom, no obstante, debía tener al menos algunos débiles vislumbres de la situación.
Por sus pequeños ojos cruzaban chispas de inquietud, cuando se vio precisado a abandonar la mesa, que súbitamente había resultado menos abundante.
Mejor informados, sus compañeros de viaje no soportaban con más facilidad el nuevo y frugal régimen.
Cuando el capitán Pip, puesto al corriente por Thompson, hubo transmitido a los pasajeros la infausta nueva, un concierto de desesperación había en primer término estallado. Con pocas frases, dichas con gran tranquilidad, procuró tranquilizarlos.
La situación era clara y despejada: quedaban víveres para una comida confortable. Y bien; en vez de una comida confortable, se harían cuatro que lo fuesen menos; he ahí todo;
y de esa suerte se llegaría hasta la noche del 18 de julio. De allí a entonces se habría seguramente descubierto tierra, y hasta probablemente se habría llegado a ella.
La energía del jefe prestó algo de valor a la tropa. Resolvieron armarse de paciencia. Pero ¡cuan tristes se hallaban todos los semblantes!
¡Cuan melancólicos aquellos turistas que habían partido en tan hermosas condiciones!
Sólo en Baker era perfecta la satisfacción;
con un placer sin límites veía él que de día en día iba cayendo en lo desastroso el viaje de la agencia Thompson. ¡Hacer morir a las gentes de hambre! Eso resultaba delicioso; que uno o dos pasajeros llegasen en efecto a morir, y su felicidad sería completa. ¡He ahí lo que hubiera sido verdaderamente decisivo!
Pero aun cuando las cosas no llegasen a tal extremo, juzgaba ya a su adversario definitivamente destrozado, y con un gesto seco, que interrumpían frecuentes y mudos soliloquios, tachaba el nombre de Thompson en la lista inglesa de las agencias de viajes económicos.
En cuanto al riesgo que personalmente corría, Baker no parecía preocuparse de él. ¿Tenía, pues, un talismán contra el hambre aquel inglés vengativo y atrabiliario?
El 17 transcurrió bajo el imperio del nuevo régimen. Aquello, después de todo, no pareció en extremo cruel. Pero los estómagos medio vacíos hacen los cerebros menos sólidos, y la desmoralización continuó realizando su obra entre los pasajeros.
El 18 comenzó de una manera lúgubre. No se hablaban, se evitaban, huían los unos de los otros; la vida toda se hallaba concentrada en los ojos vueltos hacia el Sur, en el que ninguna tierra aparecía.
En el almuerzo se comió el último trozo de pan. Si la tierra no se hallaba a la vista antes de la noche, la situación resultaría en realidad de las más graves.
En el transcurso de este día hubo una distracción de naturaleza a propósito para interrumpir el general fastidio; y esta distracción – un poco cruel acaso– fue, como siempre, Blockhead quien la proporcionó.
El desventurado tendero honorario no estaba decididamente de suerte. Cuando iban a faltar los últimos víveres, no podía él gozar ni siquiera de lo que quedaba. El instrumento necesario para ello se quebraba en su mano, o, más exactamente, en su boca.
Así, pues, ¡ qué deseo de transformarse en aquilón! No se curaba la fluxión que aquel capricho le valiera; lejos de ello, aumentaba de día en día, hasta adquirir proporciones absolutamente fenomenales.
A fuerza de sufrir, Blockhead no pudo más. Fuese a encontrar a Thompson, y con un tono que el dolor exasperaba, pidióle que le calmara los dolores. ¿No hubiera debido haber un médico a bordo?
Thompson miró con aire de tristeza al nuevo enemigo de su reposo. ¡ Hasta aquél, ahora!
¿Qué golpe podría reservarle ya el porvenir?
Eran, con todo, tan evidentes los sufrimientos de Blockhead, que Thompson quiso intentar, al menos, darle satisfacción. Después de todo, no era preciso ser doctor para sacar una muela; para semejante tarea es apto cualquiera que sepa manejar unas pinzas, y hasta, en rigor, unas tenazas. Ahora bien: ¿no había a bordo toda una categoría de gentes para quienes eran familiares esos instrumentos? Y Thompson, con la mejor buena fe del mundo, conducía al enfermo hacia el puesto de los desocupados maquinistas.
Uno de ellos se propuso a sí mismo, sin vacilar, para llevar a cabo la anhelada operación.
Era un gran mocetón, de piel roja, rojos cabellos, con unos músculos hercúleos; no cabía duda de que tendría puños suficientes para desembarazar a Blockhead de su muela de un solo tirón.
Pero una cosa es un tornillo, y una muela es otra; de ello adquirió experiencia el improvisado terapeuta: armado de unas enormes tenazas, tuvo que hacer tres tentativas, en medio de los alaridos ensordecedores del paciente, instalado sobre cubierta en pleno sol y sólidamente sujeto por dos robustos marineros.
Las múltiples contorsiones del desdichado tendero honorario no habrían dejado de provocar las risas de sus pocos caritativos compañeros en otras circunstancias. Así es el hombre; el sentido de lo cómico es en él más delicado que el sentimiento de la piedad; la risa brota antes de que la compasión se despierte. Pero en la situación actual, Blockhead pudo mostrarse todo lo grotesco que quiso. Apenas si algunas leves sonrisas siguieron a Blockhead, que, libre al fin, corría hacia su camarote, cogiéndose el carrillo con ambas manos.
Pese a su mal, las facultades admirativas no se hallaban, sin embargo, extinguidas en él por entero. Ser operado por un maquinista, con ayuda de una gran tenaza, a bordo de un buque desamparado, he ahí una cosa que no era a buen seguro banal; y ahora que había terminado, Blockhead no estaba disgustado por ser el héroe de semejante aventura; por eso tuvo fuerzas para reclamar su muela, que más adelante constituiría un recuerdo palpable de aquel extraordinario viaje. Fuéle, pues, entregada su soberbia muela, y Blockhead, después de contemplarla con emoción, la colocó con gran cuidado en su bolsillo.
– La conservará contra usted –dijo amablemente Baker a Thompson, que acompañaba a su aliviado pasajero.
Blockhead en lo sucesivo podía comer.
Por desgracia, era demasiado tarde. Nada absolutamente había ya que comer a bordo del Seamew.
La tarde de aquel día memorable que consumó la ruina de la despensa, consiguióse aún, husmeando por los rincones más ocultos, descubrir algunos restos de vituallas, merced a las cuales pudieron sostenerse. Pero era positivamente por última vez. El buque había sido visitado de arriba abajo, recorriendo en todos sentidos, y si la tierra no parecía en breve plazo, podría salvar a los ataques del hambre a la tripulación y a los pasajeros.
Así, pues, ¡con qué ávidas miradas fue sondeado el horizonte del Sur!
Todo en vano. El sol, al ocultarse el día 18, continuó cortando una circunferencia impecable que no rompía ningún perfil sólido.
No era posible, sin embargo, hallarse lejos de las islas de Cabo Verde; era inadmisible un error del capitán Pip. No se trataba, por consiguiente, más que de un retraso; era seguro que durante la noche llegaría a descubrirse la tierra.
La suerte lo había decidido de otro modo.
Para colmo de desdichas, la brisa se debilitó al ponerse el sol y no dejó de disminuir de hora en hora; antes de medianoche había completa calma. El Seamew, fuera de estado de gobernar, para dirigirse a tierra sólo podía contar con la débil corriente que lo empujaba.
En la región de los alisios son bastantes raros los cambios de dirección del viento. Sin embargo, a fuerza de avanzar hacia el Sur, el Seamew se había acercado notablemente al punto en que la brisa deja de ser tan constante.
Muy poco al Sudeste del archipiélago de Cabo Verde los alisios desaparecen definitivamente, mientras que a igual latitud persisten en medio del Océano; en esta región sólo soplan con cierta regularidad de octubre a mayo; en diciembre y enero reinan los vientos del Este, secos y abrasadores; junio, julio y agosto constituyeron la estación de las lluvias, y el Seamew debía considerarse feliz por haberse librado de ellas hasta entonces.
Ante aquel nuevo contratiempo que le infligía la suerte, Thompson tuvo la veleidad de mesarse los cabellos. En cuanto al capitán Pip, buen adivino sería quien hubiese logrado conocer sus impresiones. Apenas si por un simple fruncimiento de cejas autorizó a Artimón a suponer que experimentaba algún disgusto por aquel contratiempo.
No por permanecer oculta era menos real la inquietud del capitán. Toda la noche permaneció sobre cubierta. ¿Qué medio había de llegar a tierra, cuando fuese señalada, con aquel buque sin alma que ni siquiera gobernaba ya?
El alba del 19 no iluminó más que una vasta llanura líquida, sin un islote, sin un peñasco.
Aquel día fue verdaderamente penoso. Desde la mañana a la tarde los estómagos, mal satisfechos la víspera, fueron proclamando progresivamente su hambre...
Si los flacos y los débiles soportaban bastante bien el incipiente ayuno, para los pasajeros robustos constituyó un verdadero sufrimiento. Piperboom, entre ellos, hacíase notar por su cara de desfallecimiento. La víspera no había él traducido su pesar más que por una indefinible mirada comprobando el mutismo de la campana y la ausencia de todo preparativo para la comida. Pero cuando al día siguiente pasaron las horas sin que la campana llamase para el primero ni para el segundo almuerzo, no pudo más. Fuese al encuentro de Thompson, y con ayuda de una enérgica pantomima hízole comprender que se moría de hambre.
Habiéndole demostrado Thompson, por medio de ademanes, su impotencia, el holandés cayó en el abismo de la desesperación.
¡Cuan menos desgraciado era el esponjoso Johnson!
El alcohol no faltaba a bordo del Seamew.
¿Y qué importaba que no se pudiera comer con tal de que se pudiera beber?
Ahora bien: Johnson bebía de una manera prodigiosa y su perpetuo embrutecimiento le hacía inaccesible al miedo.
No tenía Baker semejante remedio a su disposición y, sin embargo, parecía hallarse igualmente de excelente humor. Hasta presentaba un semblante tan risueño, que Roberto, hacia mediodía, no pudo dejar de expresarle su extrañeza.
– ¿No tiene usted hambre? –le dijo.
– ¡Permita usted! –respondió Baker–. No tengo «ya» hambre. Hay una pequeña diferencia. –Cierto –aprobó Roberto–. Y yo le agradecería vivamente que tuviera usted la bondad de indicarme el medio de no tenerla «ya».
– El más sencillo de todos. Comer de la manera ordinaria.
– ¿Comer...? Pero, ¿qué?
– Voy a enseñárselo –contestó Baker, arrastrando a Roberto a su camarote–. Por lo demás, hay bastante para dos.
No para dos: había allí para diez. Dos enormes maletas llenas de vituallas diversas; he aquí lo que pudo ver Roberto, después de jurar un absoluto silencio.
– ¡Cómo! –exclamó, admirando una tal previsión–. ¿Había pensado usted en eso?
– Cuando se viaja bajo el pabellón de la agencia Thompson es preciso pensar en todo – respondió Baker con aire profundo, invitando a Roberto a que usase de sus riquezas.
No aceptó éste más que para aportar su botín a las dos pasajeras americanas, que hicieron los honores con largueza en la seguridad de que su proveedor providencial habría ya tomado su parte.
Los demás pasajeros, privados de tal socorro, encontraban el tiempo sumamente largo.
Así, pues, ¡ qué grito de alivio y consuelo, hacia la una aproximadamente de la tarde, cuando la voz de «tierra» se oyó al fin desde lo alto del palo de mesana!
Creyéronse salvados y todas las miradas se dirigieron hacia el puente. El capitán no se hallaba en su puesto. Un pasajero corrió a llamar a la puerta del camarote del comandante, pero el comandante no estaba en él, así tampoco en ningún sitio de popa.
Comenzaba aquello a resultar inquietante.
Muchos turistas se extendieron por las diversas partes del buque llamando al capitán a grandes voces. Durante aquel tiempo circuló, sin que nadie supiera cómo, la nueva de que un marinero enviado a la cala había visto que en ella existían tres pies de agua.
Aquello entonces fue una locura; todos se precipitaron hacia las lanchas, insuficientes para tanta gente. Pero el capitán al alejarse había dejado órdenes terminantes.
Chocaron contra los marineros que custodiaban los botes y la ola humana fue irresistiblemente rechazada. Comenzaron a proferir injurias y maldiciones contra Thompson y el capitán Pip, cuya testarudez reducía a la nada los postreros medios de salvación.
Tampoco Thompson estaba allí. Al observar el giro que tomaban las cosas se había encerrado prudentemente en cualquier rincón y allí esperaba en seguridad que pasase la tormenta.
Por lo que hace al capitán, se hallaba, como siempre, cumpliendo con su deber.
Apenas tuvo noticia de la nueva complicación, había acudido a la cala, y en aquel instante estaba procediendo a su examen, cuyo resultado nada tenía de tranquilizador.
En vano exploró cuidadosamente la cala de un extremo al otro; nada había en la carena; no existía, propiamente hablando, ninguna vía de agua que, con más o menos dificultades, hubiese sido posible cegar; pero más bien las había por centenares. Si por ningún punto penetraba el mar en abundancia dentro del buque, se filtraba, en cambio, gota a gota por mil diversos sitios. Era evidente que con los repetidos choques de las olas se habían abierto las costuras del casco, y el Seamew se moría sencillamente de vejez.
Ante aquello nada había que hacer, y el capitán, escuchando el murmullo del agua, no pudo dejar de reconocerse desarmado. Eso no obstante, cuando pocos instantes después subió al spardek, tenía su aspecto tranquilo, y con voz serena ordenó a la tripulación que se pusiese a las bombas.
Después de todo, la situación no era desesperada. La tierra estaba cerca y había razón para creer que las bombas manejadas con ardor llegarían a achicar el agua y hasta a dejar la cala en seco.
Menester fue renunciar a esa esperanza.
Pronto, frecuentes sondajes demostraron que el mar iba ganando terreno, pese a todos los esfuerzos, subiendo unos cinco centímetros por hora. Por otra parte, la tierra, visible siempre, no parecía que se hallase más cerca. El sol se ocultó antes de que la lejana nube hubiese dejado de ser una nube.
Nadie durmió aquella noche. Febrilmente se esperaba la salida del sol, que, por fortuna, asoma en el horizonte bien temprano en el mes de junio.
Antes de las cuatro distinguíase una tierra baja y arenosa, coronada por un monte de mediana altura, a unas diez millas al Suroeste.
Dada la poca elevación de su punto culminante, el Pico Martínez, aquella isla que el capitán designó con el nombre de isla de la Sal no pudo ser vista el día antes más que desde unas veinte a veinticinco millas a lo sumo.
Debía, pues, haber decrecido de manera singular la corriente que arrastraba al Seamew.
En todo caso, por débil que fuese, aquella corriente iba directa hacia la costa, y poco a poco, a razón de un nudo aproximadamente por hora, se llegaba al mediodía a la distancia de una milla de una punta que el capitán denominó punta Martínez, cuando la corriente, cambiando súbitamente de dirección, corrió de Norte a Sur, al propio tiempo que se duplicaba su velocidad.
Era en verdad tiempo de que la tierra resultara hallarse tan próxima. El agua a la sazón llegaba hasta dos metros y veinte centímetros en la cala.
Bajo la influencia de las mismas causas que le habían conducido hasta allí, no tardaría el buque en varar en algún punto de la costa, sin riesgo, a causa de aquel tan hermoso tiempo, aquella gran calma y aquel mar de aceite.
Pues, no. El Seamew, verdadera tabla perdida, corría paralelamente a la costa sin acercarse a ella. Siguiendo la corriente que lo empujaba, iba contorneando todas las sinuosidades, doblando todas las puntas, manteniéndose a la invariable distancia de una milla.
A cada instante se echaba la sonda; su respuesta era siempre la misma, no había fondo.
Imposible, por consiguiente, echar el ancla. El capitán se mordía los bigotes, presa de la sorda rabia de la impotencia.
Verdadero suplicio de Tántalo, la salvación estaba allí al alcance de la mano, pero siempre, no obstante, inaccesible.
No era que el aspecto de la isla fuese tentador. Ni un árbol, ni un trozo de verdura. En toda la extensión que abarcaban las miradas no se descubría más que arena.
A medida que se iba avanzando hacia el Sur, la costa se rebajaba; la isla se hacía plana y de una espantosa aridez.
Hacia las tres y media se derivó al largo de Pedra de Lume, bastante buen anclaje, y donde se balanceaban algunos barcos de pesca. En vano se hicieron señales de socorro. Nadie respondió, y viose desaparecer a Pedra de Lume.
Dos horas después se doblaba la punta Este, y un suspiro de esperanza brotó de todos los labios a bordo del Seamew. A favor de un remolino, el buque había hecho un gran movimiento hacia la costa, de la que sólo la separarían unos quinientos metros, a lo sumo.
Por desdicha, el movimiento se detuvo, lo mismo que había empezado, sin que se supiese por qué, y el Seamew continuó costeando la isla de la Sal, cuyos más nimios pormenores aparecían con claridad.
A tan poca distancia se hubieran podido dar voces, si se hubiese mostrado algún ser humano. Pero nada vivía en aquel desierto. No se tenía ante los ojos otra cosa que una verdadera estepa, que justificaba ampliamente la expresión del viajero inglés, llamando a la isla de la Sal una tumba de arena. Baja, gris, siniestra, aquella landa se extendía casi al nivel del mar, defendida contra la resaca por un cinturón de arrecifes.
El Seamew, siguiendo con una velocidad uniforme su implacable ruta, rodeó la bahía que se abre después de la punta Este. Antes de una hora habría doblado la punta del Naufragio, y después se hallaría de nuevo en el mar, en el mar profundo y libre.
De pronto, el hombre que sondeaba en las serviolas gritó:
– ¡Veinticinco brazas...! ¡Fondo de arena!
El capitán dio un salto de alegría sobre el puente. Era evidente que el perfil submarino se elevaba; que aquello continuase un instante y sería posible anclar.
– ¡Haced que preparen el ancla, Flyship! – dijo al segundo con voz tranquila.
Todavía un cuarto de hora siguió el Seamew el hilo de la corriente, al paso que la sonda no cesaba de acusar profundidades constantemente más reducidas.
– ¡Diez brazas...! ¡Fondo de arena! –gritó, al fin, el hombre de las serviolas.
– ¡Anclad! –ordenó el capitán.
La cadena corrió por el escobón y luego el Seamew, proa al Norte, permaneció inmóvil.
Inmóvil, ciertamente, y sin el más leve movimiento de balanceo sobre aquel mar tranquilo; un lago lo habría estado menos.
Pero otro peligro amenazaba a los turistas de la agencia Thompson. El buque que los llevaba huía bajo sus pies. El agua, que llegaba a la sazón a mitad de la cala, subía poco a poco y pronto se hallaría la cubierta al nivel del océano. Era preciso apresurarse a ir a buscar un refugio en tierra firme.
Sin embargo, gracias al socorro de las bombas, el Seamew podía flotar durante muchas horas aún, no habiendo, por ende, extraordinaria prisa en abandonarlo.
Se pudo proceder a un desembarco metódico, sin atropellos ni precipitaciones. Hubo tiempo de vaciar y desocupar los camarotes.
Nada se dejó olvidado, ni aun los más insignificantes objetos. Aun antes de ponerse a salvo las personas, se dieron el gusto de poner a salvo las cosas.
A las siete y media de la tarde todos los pasajeros habían llegado sanos y salvos a la orilla.
Puestos en fila ante sus amontonados equipajes, ligeramente asombrados de la aventura, contemplaban un poco tontamente el mar, sin hallar una sola palabra que decirse.
Después de haber dejado el último su buque como exigen los reglamentos marítimos, el capitán Pip, con Artimón sobre sus talones, estaba con los marineros convertidos en sus iguales por el abandono del navío. También él contemplaba el mar, aun cuando un observador superficial hubiera podido engañarse fácilmente. Jamás había bizqueado el capitán de manera tan excesiva, y jamás había pasado su nariz tan mal cuarto de hora.
Desde que se habían abandonado las bombas, el buque se hundía con mayor rapidez.
En media hora había el agua cubierto las claraboyas de los camarotes; después, fue subiendo... subiendo...
Exactamente a las ocho y veinte minutos, en el instante preciso en que el sol tocaba el horizonte del Oeste, fue cuando el Seamew se hundió por completo.
Sin drama, sin agonía, desapareció tranquilamente en el agua, que se cerró sobre él con molicie. Un instante antes se le veía; luego no se le vio ya: he ahí todo.
Los turistas miraban, enclavados en la orilla. No podían llegar a tomar aquello en serio;
como dice el poeta, aparecían estúpidos.
Partir alegremente para las Canarias, y llegar a un banco de arena en el archipiélago de Cabo Verde, era para estar asombrados. Si hubiesen tenido tempestades que combatir, si su buque se hubiera estrellado contra los arrecifes... Pero no, nada de eso había acontecido. La naturaleza no había cesado de mostrarse benévola; cielo azul, brisa suave, mar clemente; ningún triunfo había faltado en su juego. En aquel momento, particularmente, hacía el más hermoso tiempo del mundo...
Y, sin embargo, ellos estaban allí...
¿Se había oído hablar nunca de un naufragio semejante? ¿Podría imaginarse algo más absurdo?
Y los turistas continuaban ante el mar, con la boca abierta; y, no sin razón, se juzgaban un poco ridículos.