CAPÍTULO XX
EN LA CIMA DEL TEIDE
UNAS 50 millas apenas separaban a Las Palmas de Santa Cruz. El Seamew, vuelto a su velocidad normal de doce nudos, empleó cuatro horas en franquear esa distancia; a las tres y media anclaba en el puerto de la capital de Tenerife.
Entre esta ciudad, rival en importancia de Las Palmas, y Europa las comunicaciones son fáciles y frecuentes. Numerosas líneas de vapores la unen con Liverpool, Hamburgo, El Havre, Marsella y Génova, sin contar la compañía local, que asegura un pasaje bimensual entre las diversas islas del archipiélago.
Edificada en anfiteatro, con un cinturón de montañas, Santa Cruz es de seductor arribo y puede, a este respecto, sostener la competencia con Las Palmas.
Su gracia fue, con todo, insuficiente para sacudir la indiferencia de los pasajeros. Durante la travesía, sólo miradas vagas y aburridas habían dirigido sobre aquellas costas grandiosas y salvajes, con rocas desnudas, hacia las que les empujaba la hélice del Seamew. En el puerto ya, la mayor parte se limitaron a echar una ojeada sobre tierra, y su curiosidad pareció quedarse con ello satisfecha.
¿Qué les importaba aquel espectáculo, maravilloso seguramente, pero hecho banal ya por la costumbre? ¿Qué interés encerraba para ellos aquella ciudad, agradable sin duda, pero sin duda también muy semejante a las demás ciudades visitadas ya? Su única preocupación era el célebre pico del Teide, más conocido con el nombre de pico de Tenerife, cuya ascensión, prometida por el programa, constituía el clou del viaje. ¡ He ahí una cosa verdaderamente nueva y original! Sólo la aproximación de excursión semejante hacía ya subir las acciones de la agencia Thompson.
Pero verdaderamente tenían mala suerte los turistas del Seamew, Aquel pico, hacia el cual, durante la travesía de Gran Canaria a Tenerife habían dirigido ellos sus miradas, estaba obstinadamente oculto tras un espeso manto de nubes impenetrables hasta para los mejores anteojos. A la sazón, aun admitiendo que el cielo se hubiese despejado, era ya demasiado tarde; la costa misma limitaba las miradas.
Soportábase, no obstante, aquel contratiempo con filosofía. Hasta parecía como que el pico hubiese excitado más la curiosidad de sus futuros conquistadores permaneciendo tan misterioso. No se hablaba más que de él, y tal era la obsesión que muy fácilmente pudo Thompson persuadir a la mayoría de sus pasajeros a que renunciaran a pisar el suelo de Santa Cruz.
No fue de éstos el joven matrimonio. Antes aún de que el ancla hubiese mordido el fondo, habíase hecho trasladar a tierra, con su acostumbrada discreción, y a los pocos instantes había desaparecido, para no reaparecer hasta el momento de la partida.
Habríanles seguido probablemente sus compañeros, si Thompson, viendo la indiferencia general por la capital de Tenerife, no se hubiera arriesgado a proponer ir por agua a la ciudad de La Orotava, que, situada sobre la costa septentrional, es el punto de partida de las ascensiones, en vez de dirigirse a ella por tierra, conforme señalaba el programa. De esta suerte, pensaba él, se economizaría un transporte oneroso.
Con gran sorpresa suya, esa proposición no tropezó con ninguna dificultad, y habiéndose fijado para el día siguiente la partida del Seamew, la mayor parte de los turistas decidieron permanecer a bordo. Algunos viajeros no imitaron, sin embargo, aquella indiferencia.
Eran éstos siempre los mismos: Alice Lindsay y su hermana; Roger de Sorgues, su inseparable compañero; Saunders provisto de su amenazante cuaderno; Sir Hamilton y su familia, que ejecutaban rigurosamente el programa.
Estos, pues, se hicieron desembarcar tan pronto como el Seamew quedó anclado, resueltos a ganar La Orotava por tierra. No habiendo juzgado Jack Lindsay oportuno unirse a la excursión particular, Roberto había estimado preferible permanecer también a bordo. Pero Roger de Sorgues era de opinión contraria y se había hecho adjudicar por Thompson la exclusiva propiedad del intérprete, cuyo concurso le era indispensable en el interior.
Formaba, por ende, parte Roberto de la columna disidente, huérfana ¡ay! de sus más bellos florones.
¿Podía ser de otro modo? ¿Podía Mr. Absyrthus Blockhead ir a ejercitar a través de la isla de Tenerife sus maravillosas facultades de admiración, cuando desde hacía veinte horas dormía, hasta el punto de hacer creer que no despertaría jamás? ¿Podían al menos suplirle sus graciosas hijas, cuando se encontraban gimiendo sobre un lecho de dolor, con la constante preocupación de no volverse de espaldas?
Aprovechóse villanamente Tigg de aquella situación lamentable. También él abandonó el Seamew, y sin duda en el transcurso de esa excursión se alejaría poco de Miss Margaret.
En tierra el calor era sofocante. Por consejo de Roberto decidióse ir a dormir aquella noche a La Laguna, antigua capital de la isla. Allí, según se afirmaba, se hallaría una temperatura más benigna y se evitarían, sobre todo, los mosquitos, que en Santa Cruz constituyen una plaga.
Limitáronse los turistas a visitar rápidamente la ciudad. Siguiéronse sus amplias calles, bordeadas de casas provistas generalmente de elegantes balcones y cubiertas frecuentemente de pinturas a la moda italiana; se atravesó la hermosa plaza de la Constitución, en cuyo centro se alza un obelisco de mármol blanco, guardado por las estatuas de cuatro antiguos reyes guanches, y apenas acababan de dar las cinco cuando dos cómodos y ligeros carruajes conducían a los turistas al galope de sus caballos.
En hora y media se llegó a La Laguna, a la que diez kilómetros, a lo sumo, separan de la capital establecida sobre una meseta a una altitud de 520 metros, esa situación le asegura una temperatura agradable, y los mosquitos, según afirmara Roberto, eran totalmente desconocidos allí. Tales ventajas hacen de ella uno de los sitios de veraneo de los habitantes de Santa Cruz, que van a buscar el reposo bajo sus grandes árboles, entre los cuales predomina el eucalipto.
A pesar de sus encantos, La Laguna, es, no obstante, una ciudad en decadencia. Si en ella se encuentran numerosas iglesias, vénse también muchos monumentos en ruinas. La hierba verdea el piso de sus calles y hasta el techo de sus casas.
No se trataba de permanecer mucho tiempo en aquella ciudad silenciosa, en que la tristeza se hace contagiosa.
En la madrugada del día siguiente dejaron los turistas aquella reina decaída, en la diligencia que va dos veces al día de La Laguna a La Orotava.
Al trote tranquilo de los cinco caballejos que lo remolcaban fatigosamente, el coche empleó cuatro horas largas en franquear los treinta kilómetros que separan ambas poblaciones. Sin que ninguno de los viajeros se dignase bajar, se atravesó Tacoronte, donde se halla un museo que encierra una curiosa colección de momias guanches, armas e instrumentos de aquel pueblo muerto; Sauzal; La Matanza, cuyo nombre recuerda un sangriento combate; La Victoria, teatro de otra antigua batalla y Santa Úrsula, en fin.
Sólo al salir de este último pueblo es cuando el camino desemboca en el valle de La Orotava, que un ilustre viajero, Humboldt, ha dicho que es el más hermoso del mundo.
El hecho es que sería difícil imaginar un espectáculo más armonioso. A la derecha, la llanura inmensa del mar, a la izquierda, un conjunto de picos salvajes y negros, últimos contrafuertes del volcán, sus hijos en el pintoresco lenguaje popular, en tanto que el padre, el Teide mismo, se alza majestuosamente en último término.
Entre esos dos grandiosos límites, el valle de La Orotava se desarrolla en un increíble océano de verdura.
Poco a poco, a medida que se iba avanzando, parecía rebajarse en el horizonte la cima del Teide, y desapareció en el momento de comenzar a distinguirse entre los árboles las casas de las dos Orotavas: una, la ciudad, a cinco kilómetros del mar, otro, el puerto, trescientos metros más bajo.
Al mismo tiempo que el coche llegaba a la primera, un punto rodeado de humo se detenía en el segundo. Aquel punto era el Seamew, con su cargamento de pasajeros.
El coche había hecho alto ante un hotel de confortable apariencia, el Hotel de las Hespérides, según indicaban las letras de oro de su fachada.
Roberto, que fue el primero en saltar a tierra, vióse agradablemente sorprendido al oír que le saludaban en su lengua materna; aquel hotel, en efecto, era de un francés, que no se mostró menos satisfecho al encontrar dos compatriotas entre los recién llegados. ¡Con qué ardor se puso, pues, a su disposición! ¡De qué cuidados rodeó su almuerzo! Habituados a los menús del Seamew, los turistas no volvían de su asombro. Una vez más triunfó la cocina francesa.
En seguida, después de comer, Roberto dirigióse rápidamente hacia el puerto a fin de entenderse con Thompson acerca de la excursión del día siguiente. Habiendo recibido las instrucciones de su jefe, rehízo el camino llevando consigo dos coches cargados de mantas y de paquetes.
Aun cuando no fuesen más que las cuatro de la tarde, no sobraba tiempo para organizar una excursión tan considerable. Su tarea fue, afortunadamente, facilitada por la cortesía del hostelero de Las Hespérides, que, muy al corriente de los recursos locales, proporcionó todas las indicaciones necesarias.
No hubo que hacer otra cosa que seguir fielmente sus instrucciones.
Con todo, el día fue insuficiente, siendo preciso dedicar una parte de la noche, y Roberto, ocupado en su faena, no se presentó a la comida.
Esta fue digna del almuerzo. Los pasajeros del Seamew se preguntaban si estaban soñando, y miraban a hurtadillas a Thompson con inquietud. ¿Estaba allí, o, cuando menos, estaba con toda su razón. .? ¡Un poco más, y se olvidaban las pasadas miserias, y se le habría en verdad aplaudido!
Pero había allí uno que no se desarmaba.
– Fuerza es creer que las langostas no han llegado hasta Tenerife –dijo Saunders con su voz cavernosa.
– ¡Oh! Las langostas no pasan nunca de la Gran Canaria –dijo, sin comprender la malicia de la observación el hostelero, que hacía a sus comensales el honor de servirles él mismo.
Lanzóle Saunders una mirada furiosa. ¡ Qué necesidad Tenía él de sus informes geográficos...! Más de un turista gratificó a Thompson con una mirada, en que brillaba un comienzo de enternecimiento.
La noche vino a confirmar aquellas buenas disposiciones.
Confortablemente alimentados, se acostaron también confortablemente, y el alba del 8 de junio encontró a los turistas dispuestos para la partida y desbordando buen humor.
Un verdadero ejército, infantería y caballería, les aguardaba desde las seis de la mañana.
De sesenta y cinco, la defección de algunos desertores en el puerto de La Luz, no había dejado al Seamew más que cincuenta y nueve pasajeros, incluidos el cicerone-intérprete y el administrador general. Habiendo sufrido por las circunstancias una nueva rebaja, aquel número de cincuenta y nueve había quedado reducido a cincuenta y uno.
Tres de esos ocho disidentes últimos lo eran desde el principio. El joven matrimonio, en primer lugar, desaparecido desde el instante de la arribada a Santa Cruz, era evidente que no reaparecería hasta el minuto preciso de la partida. Después venía Johnson. ¿Era también el temor a los temblores de tierra o a las inundaciones lo que le había retenido a bordo del Seamew? Nadie habría podido responder a esa pregunta, ya que Johnson no se había dignado dar ninguna razón de su manera de obrar, suponiendo que se hubiera encontrado en estado de darla. Había quedado a bordo sencillamente.
Tal vez, después de todo, ignoraba que el Sea- mew estuviera anclado. En el mar, en el puerto, en la tierra misma, ¿no era un balanceo perpetuo?
¡Bien involuntarios, por el contrario, los otros cinco ausentes! Pero el lumbago no perdona, y Mrs. Georgina Blockhead y el joven Abel, pegado a ella, había tenido que transformarse en enfermera de su marido y de sus dos hijos, tan maltrecha como angustiada.
Tan sólo, pues, de cincuenta y un turistas había tenido que preocuparse Roberto. Es esta, con todo, una cifra harto respetable, y las gentes y monturas que necesitaba eran bastantes para producir un vocerío infernal bajo las ventanas del hotel.
Contábase en primer término con cincuenta y un mulos a razón de uno por viajero; estos animales de pie firme y andar seguro, son preciosos para los senderos empinados y mal abiertos que conducen al Teide. Había después veinte caballos que llevaban las mantas y los víveres. Aquellos setenta y un cuadrúpedos constituían la caballería.
La infantería, no menos importante, comprendía cuarenta arrieros, veinte para los caballos y otros veinte para ayudar a las mujeres en caso necesario, más doce guías a las órdenes de uno de ellos, Ignacio Dorta, que, tan pronto como se formó, se puso a la cabeza de la caravana.
Tras él se pavoneaba Thompson, seguido de Roberto, a quien el número de los presentes aseguraba bastante tranquilidad para poder permitirse alejarse de Alice. Venían después los pasajeros en una larga fila, guardada por los veinte arrieros y once guías, mientras que los caballos cerraban la marcha conducidos por sus veinte arrieros.
Los habitantes de La Orotava hallábanse acostumbrados a las ascensiones, pero esta era demasiado extraordinaria y obtuvo un verdadero éxito de curiosidad.
En medio de una numerosa muchedumbre, la cabalgata avanzó por las primeras pendientes de Monte Verde.
Roberto, en verdad, había hecho bien las cosas. Pero, como era justo, el honor recaía sobre Thompson, que, al fin y al cabo, sería quien pagase la cuenta. Volvíanle los amigos. La perfecta organización de aquella última excursión serenaba y tranquilizaba los ánimos. Si no estaba abolido el recuerdo de los pasados disgustos, palidecía, sin duda, cuando menos. Todo, por otra parte, conspiraba para ello; el tiempo era delicioso, la brisa suave, fácil el sendero. El mismo Saunders se sentía quebrantado.
Por un violento esfuerzo recobró contra semejante debilidad. ¡Cómo! ¿Iba él a desarmarse, a declararse vencido? ¿Una excursión bien preparada podría desvanecer el efecto de las otras diez tan mal dispuestas? Además, ¿resultaría bien aquella misma excursión? Había que esperar el fin. Algo indudablemente pasaría antes del regreso a La Orotava. Quien viva, verá.
En forma de conclusión, hizo Saunders sonar con aire resuelto sus articulaciones y cubrió su semblante con la expresión más desagradable que pudo encontrar.
El Monte Verde debe su nombre a los abetos de que en otro tiempo se halló cubierto;
pero apenas si quedan de ellos algunos ligeros restos.
A la sombra de los castaños, primero, y luego a la de los abetos subsistentes, la cabalgata avanzaba a lo largo de un sendero encantador, bordeado de flores y presentando a lo lejos viñas y campos de cereales, entre los cuales, de tiempo en tiempo, aparecía alguna miserable casucha.
A una altura de mil metros se penetró en un bosque de matorrales arborescentes. Después, cuatrocientos metros más arriba, fue dada la señal de alto por Ignacio Dorta, y se apearon para almorzar a la sombra. Eran entonces las diez de la mañana.
Viose Saunders obligado a confesarse que el almuerzo se mantenía a la altura debida. Con ayuda del buen apetito, la alegría era general entre los comensales, a pesar de un poco de fatiga, en la que nadie quería pensar. Convencidos de la proximidad de la cumbre, todos se extasiaban ante la facilidad de la ascensión.
Saunders escuchaba aquellos amargos elogios, implorando de la clemente suerte la aparición de las primeras dificultades.
¿Habían sido escuchados sus malévolos votos por Aquel que preside a los destinos de las agencias? En todo caso, su realización no se hizo esperar.
Acababan de ponerse de nuevo en marcha, una vez terminado el almuerzo, en medio de las alegres bromas provocadas por una agradable digestión, cuando el camino cambió de carácter. Penetrando en el desfiladero del Portillo, los turistas comenzaron a encontrar menos cómoda la ascensión. De excelente, el camino se había vuelto muy malo, escarpado, cortado por grietas, erizado de pedruscos, empinado...
Al cabo de pocos minutos aquella subida se juzgó con razón extenuante; un cuarto de hora más tarde habíanse extinguido las últimas risas, y menos de media hora después de haber entrado en el desfiladero se hicieron oír algunas quejas, tímidas al principio. ¿No iba a tener fin aquel infernal sendero?
Pero las dificultades y asperezas del sendero se sucedían unas a otras, sin que pareciera alcanzarse el objetivo. Hubo caídas que, aun cuando sin gravedad, entibiaron el celo de los turistas más firmes. Algunos de ellos pensaron no proseguir más adelante; sin embargo, vacilaban, por no atreverse ninguno a ser el primero en decidirse.
El clergyman Cooley fue éste. Súbito volvió grupas valerosamente, y sin mirar a la espalda tomó con calma el camino de La Orotava.
¡Funesto efecto del ejemplo! Las señoras caducas, los venerables caballeros sintieron, al ver aquello, desaparecer el resto de su ardor.
De minuto en minuto fue aumentando el número de los poltrones. Una tercera parte de la caravana se había dispersado de esta suerte, cuando, después de dos horas de aquella fatigosa subida, el Pico de Tenerife, oculto hasta entonces por las sinuosidades del terreno, apareció súbitamente ante las miradas. Franqueado, por fin, el Portillo, se llegaba a la pequeña meseta de la Estancia de la Cera.
Bajo su blanca túnica de piedra pómez, estriada por negros hilos de lava, la cima, perdida en un torbellino de nubes, el Pico, en forma de cono regular, se alzaba solo en medio de una planicie, cuya extensión no podían apreciar las miradas. Vueltas todas hacia él, como venerando al amo, varias montañas indicaban las fronteras circulares de la vasta llanura. Sólo hacia el Oeste la barrera de los montes se rompía, se rebajaba, acabando en un suelo caótico y convulso, un «Mal País», más allá del cual brillaba al sol el lejano mar.
Aquel espectáculo, único y sublime, decidió del éxito de la excursión; muchos «¡hurras!» estallaron en el aire.
Thompson saludó modestamente. Podía creerse vuelto a los bellos días de Fayal, cuando la columna, bien adiestrada, obedecía al menor signo. Y en realidad, ¿no la había él reconquistado?
Tomó la palabra.
– Señores –dijo, y su mano parecía ofrecer familiarmente el cono colosal, como un delicado presente–, una vez más pueden ver ustedes que la agencia no retrocede ante nada (¡yo me atrevo a afirmarlo!) por el placer de sus suscriptores. Si ustedes gustan, vamos a mezclar lo útil a lo agradable, y el señor profesor Morgand va a informarnos en pocas palabras acerca del panorama que tenemos la fortuna de contemplar.
Roberto, muy sorprendido ante aquella proposición, que se había hecho tan poco habitual, tomó al instante el aspecto frío que convenía a las circunstancias, el aspecto de cicerone, como le llamaba él mismo.
– Señoras y caballeros –dijo, mientras se formaba en torno suyo el círculo reglamentario–, tienen ustedes ante si la planicie de Las Cañadas, cráter primitivo cegado ahora por los detritus mismos vomitados por el volcán. Poco a poco en el centro de este cráter, convertido en planicie, fueron amontonándose las escorias hasta el punto de formar el Pico del Teide, y de elevarlo hasta tres mil setecientos metros de altura.
«Esta actividad volcánica, en otro tiempo prodigiosa, se ha atenuado hoy, pero no extinguido del todo. Ahora mismo pueden ustedes descubrir en la base del cono las humaredas que sirven de respiraderos a las fuerzas plutónicas, y a las cuales los indígenas han dado el expresivo nombre de «narices», las narices del volcán.
»El Pico de Tenerife alcanza una altitud total de tres mil setecientos ocho metros. Es el volcán más alto del globo.
»Sus imponentes proporciones no podían dejar de herir las imaginaciones. Los primeros viajeros europeos veían en él la montaña más alta del mundo, y le asignaban más de quince leguas de altura. En cuanto a los guanches, población autóctona de estas islas, lo habían transformado en divinidad, lo adoraban, juraban por él, encomendaban a Guayata, genio del mal que residía en el fondo del cráter, a todo el que faltaba a su palabra.
– Se ha equivocado Mr. Thompson, en pretender subir allá arriba –interrumpió una voz agria, en la que todos reconocieron el órgano seductor de Saunders.
La observación enfrió los entusiasmos. Roberto se había detenido, y Thompson no juzgó conveniente invitarle a reanudar el hilo de su discurso. A un signo suyo, Ignacio Dorta ordenó la partida, y los turistas penetraron tras él en el circo de Las Cañadas.
Aquella travesía se emprendió alegremente. Las proporciones del circo parecían, en suma, muy restringidas, y nadie dudaba que antes de media hora se encontrarían en la base del cono.
Pero transcurrió aquella media hora sin parecer que se hubieran acercado de modo sensible a su objetivo.
El terreno, además, era peor tal vez que en la travesía del Portillo; no había más que subidas y bajadas, sin otra vegetación que secas y miserables matas de retamas.
– Perdón, señor profesor –dijo uno de los turistas a Roberto–, ¿cuánto tiempo se necesita para atravesar esta abominable meseta?
– Unas tres horas, caballero –respondió Roberto.
Aquella respuesta pareció hacer reflexionar al turista y a sus vecinos más próximos.
– Y, después de atravesar la meseta – prosiguió el turista, inquieto–, ¿qué distancia nos separa de la cumbre?
– Mil quinientos metros, aproximadamente siguiendo la vertical –dijo lacónicamente Roberto.
El turista se abismó en reflexiones más profundas, y masculló algunas injurias contra las dificultades del camino.
Debe tenerse presente que el paseo no tenía nada de agradable. El frío a aquellas alturas comenzaba a ser bastante vivo, en tanto que brillaban los rayos del sol, insuficientemente tamizados por el aire rarificado. Tostados por delante, helados por detrás, los turistas apreciaban en poca cosa aquel sistema de compensación.
Por otra parte, avanzando así hacia el Mediodía, no se tardó en sufrir inconvenientes más graves. Sobre aquel suelo, de un blanco más brillante que el de la nieve, los rayos del sol, reflejándose como sobre un espejo, causaban gran daño en los ojos. Roger, que por consejo de Roberto se había provisto de unas cuantas gafas azules, pudo ponerse él y poner a sus amigos al abrigo de todo accidente. Pero raros eran aquellos de sus compañeros que habían tenido esta precaución, y pronto se declararon principios de oftalmía, obligando a muchos turistas a apearse. Esto hizo reflexionar a los demás, y poco a poco, prolongándose la travesía del circo sin que el fin pareciese menos lejano, el mayor número de los jinetes, ya por miedo a la oftalmía, ya a causa de la fatiga, volvióse discretamente camino de La Orotava.
Al lado de Ignacio Dorta, Roberto marchaba a la cabeza de la caravana.
Entregado por completo a sus pensamientos, no pronunció una sola palabra durante las tres horas que se tardó en la travesía del circo.
Tan sólo al llegar a la cima de la Montaña Blanca, último contrafuerte del Pico, a 2.400 metros de altitud, fue cuando dirigió una mirada hacia atrás, viendo entonces, no sin sorpresa, hasta qué punto había disminuido la caravana.
Una quincena de turistas, a lo sumo, la componían ahora, y el número de arrieros había sufrido una disminución proporcional. El resto se había desvanecido, dispersado.
– Una caravana inglesa –vino a murmurar Roger al oído de su amigo– es decididamente el cuerpo que tiene la temperatura más baja de fusión. Yo tomo nota de esta observación de química trascendente.
– En efecto –respondió Roberto, riendo–;
pero yo creo que el fenómeno ha cesado. La solución debe estar saturada.
Los acontecimientos iban a probarle lo contrario.
Tratábase ahora de atacar el cono mismo por un sendero de tal pendiente que parecía imposible que los caballos y los mulos pudieran mantenerse en él. Los menos intrépidos retrocedieron al ver aquello, y, pretextando una gran fatiga, manifestaron su deseo de volver a La Orotava por el camino más corto.
En vano insistió Thompson, movilizando el arsenal de sus seducciones; no pudo obtener más que enérgicas negativas, formuladas en tono que nada tenían de amable.
¡Haber organizado una excursión semejante! ¡Aquello era una verdadera locura! ¿Cómo un hombre de sano juicio había podido proponerla a gentes que no eran escaladores profesionales? ¿Por qué no la subida inmediata al Mont-Blanc?
He aquí lo que se decía, añadiéndose otras observaciones no menos benévolas. Arrepentíase en voz alta de haber cabalgado durante tres horas más, por creer en el éxito final del viaje.
Censurábanse por haber admitido un instante siquiera que un proyecto de Thompson pudiera tener sentido común.
Fue menester dejar partir a los descontentos, añadiendo una parte de los guías y quince de los veinte caballos que llevaban provisiones.
Luego Thompson comenzó en el acto la subida sin dar tiempo de arrepentirse a sus últimos fieles. En la primera línea de éstos figuraba Van Piperboom, de Rotterdam. Sombra de su administrador, hacía quince días que no se había separado de él ni una pulgada. Tal vez eso constituía su venganza. Thompson, prodigiosamente excitado, no podía desembarazarse de aquel remordimiento viviente. Si avanzaba,
Piperboom estaba sobre sus talones; si hablaba, el holandés bebía sus palabras; no hallaba reposo más que durante las horas de la noche.
Aquella vez, como siempre, Piperboom se encontraba en su puesto; su mula hubiera podido morder la cola de la de Thompson.
Si un caballero y su montura no hacen forzosamente dos bestias, como sostiene un viejo proverbio, hacen en todo caso dos cabezas, es decir, dos voluntades distintas y muchas opuestas. Ahora bien: si Piperboom quería seguir los pasos de su jefe de línea, si pretendía subir el cono hasta el fin, su mula era de una opinión contraria. Al cabo de diez pasos negóse resueltamente a dar el undécimo. ¡Aquel animal encontraba la carga asaz pesada!
Empleáronse sin éxito todos los argumentos físicos y morales; la recalcitrante mula, que, al parecer, había tomado una resolución irrevocable, no se dejó persuadir. Fastidiada, al fin, de las perrerías que con ella se hacían, manifestó claramente su mal humor, depositando su fardo sobre el suelo.
Viose, pues, Piperboom en la necesidad de abandonar de buen o mal grado a su administrador, y de emprender también él antes de la hora el camino de regreso, en compañía de un guía, de dos arrieros y de un caballo, en tanto que sus compañeros más afortunados continuaban la ascensión. Eran en total diecinueve: tres guías, ocho arrieros que conducían los cuatro caballos conservados y ocho viajeros, a saber, Thompson, para quien era obligada la perseverancia, Roberto, Roger de Sorgues, Alice y su hermana, Jack Lindsay, Saunders y Hamilton.
Por lo que respecta a Lady Hamilton y a Miss Margaret, debían haber llegado mucho tiempo hacía a La Orotava en compañía de Tigg, que se había encargado galantemente de darles escolta. ¡ Ah, si Miss Mary y Miss Bess Blockhead hubiesen estado allí...! ¡Cómo hubieran preferido ver al ingrato subir hasta la cumbre del Pico y precipitarse en su cráter, antes que transformarse en cortesano de una rival!
En esta reducida columna, Roberto había vuelto a tomarse sus cuidados habituales; con gran viveza había él colocado su mulo, no sin atropellar ligeramente al de Alice, entre Jack Lindsay y su cuñada, a quienes el azar había puesto uno tras otro en la subida de la pendiente.
Esta, por otra parte, como si hubiera adivinado el móvil del intérprete del Seamew, no se había enojado por aquel apresuramiento un poco nervioso. Sosegadamente había cedido su puesto y se había colocado a continuación de su fiel protector.
También Jack Lindsay había advertido la maniobra de Roberto; pero, de igual modo que su cuñada, no mostró por ningún signo exterior que se hubiese dado cuenta de ello. Una ligera crispadura de sus labios dio indicios de su íntima cólera y continuó subiendo la pendiente sin volverse hacia el enemigo, que sabía se hallaba detrás de él.
Fue aquella una ascensión extenuante. Sobre aquel piso resbaladizo, cada paso exigía un nuevo esfuerzo. Cuando a las seis de tarde sonó la orden de «alto», bestias y personas se hallaban al cabo de sus energías.
Habíase llegado a Alta Vista, donde se había construido un refugio para los obreros que explotan el azufre. Allí debía pasarse la noche. En primer lugar, se festejó e hicieron los honores a una comida excelente y abundante, a causa de la disminución de comensales, ocupándose luego en la instalación para la noche.
El frío era vivo; apenas si el termómetro marcaba tres grados sobre cero. Era absolutamente necesario un techo protector. Alice y Dolly, pese a su valor, acaso no habrían aceptado aquel refugio, invadido ya por los obreros de la sulfatara; tal vez hubieran preferido la noche fría a aquella poco agradable promiscuidad.
Por fortuna, Roberto lo había previsto todo para evitarles aquel contratiempo. Gracias a sus cuidados, fueron los caballos descargados de sus fardos y pronto se alzó una tienda confortable, en la cual, merced a una pequeña sartén y a una suficiente provisión de combustible, el fuego ardió en algunos minutos.
El día declinaba rápidamente. A las ocho las sombras invadieron el mar, subiendo aquéllas luego con la velocidad de un expreso al asalto de las costas, de las escarpaduras y de las montañas circundantes; en dos minutos, el circo de Las Cañadas había quedado sumido en la noche. Sólo el Pico, brillante aún, salía de un invisible abismo.
El globo del sol se hundió en el océano; la línea del horizonte se enrojeció, en tanto que un inmenso cono de sombra, proyectado por el Pico, pasando en un instante por todos los tonos imaginables, se alargaba hasta la Gran Canaria, y el último rayo pasó, flecha luminosa en la atmósfera oscurecida.
Alice y Dolly retirándose en seguida a su tienda. En cuanto a los hombres, les fue imposible encontrar el sueño al abrigo del refugio a causa de nubes de parásitos, de que parecían cuidarse muy poco los obreros, sus compañeros de cama; pero al menos pudieron combatir el frío con ayuda de un fuego de retamas.
Hacia las dos de la mañana los odiosos insectos, suficientemente repuestos, les dejaron, y cuando empezaban a coger el sueño sonó la señal de partida. No había tiempo que perder si se deseaba llegar a la cima al despuntar el día.
El respeto a la verdad obliga a confesar que dos turistas se taparon obstinadamente los oídos.
El uno, el baronet Sir George Hamilton, podía alegar la imposibilidad de obrar de otra suerte. Y, a decir verdad, era una razón de mucho peso para decidir al puntilloso pasajero a faltar al programa; pero aquella vez se encontraba realmente fuera de estado de respetarlo.
¿Cómo podría encaramarse hasta la cumbre cuando el menor movimiento le causaba los más crueles dolores? Decididamente la frescura de las noches era funesta para sus nobles articulaciones. Simple prólogo en la Gran Canaria, llegaba a ser drama en Tenerife.
El otro recalcitrante no hubiera podido aducir una excusa tan valerosa. Su salud era perfecta, y, circunstancia agravante, las más poderosas razones le aconsejaban el valor. Pero no hay razones poderosas que valgan para un hombre derrengado, y Thompson lo estaba más allá de lo soportable; así, pues, no respondió más que con gruñidos inarticulados a los llamamientos de Ignacio Dorta, y dejó que sus últimos administrados partieran sin él. Había hecho, a juicio suyo, lo bastante por su felicidad.Seis ascensionistas tan sólo tuvieron, pues, el valor de atacar los 535 metros que separan la cima del refugio de Alta Vista. Estos 535 metros, que hay que subir a pie, son en realidad los más penosos. En la noche oscura, apenas iluminada por las antorchas de pino que llevaban los guías, la marcha era incierta sobre aquel terreno movedizo, cuya pendiente se hacia mayor de metro en metro. El frío, por otra parte, no dejaba de ir en aumento, y pronto el termómetro descendió por debajo de cero. Los atrevidos turistas luchaban penosamente contra el viento helado que cortaba la cara.
Tras dos horas de esta fatigosa subida, se llegó a la Rambleta, pequeña meseta circular que rodea la base de la última cima; quedaban aún por remontar 150 metros.
Fue evidente en seguida que Saunders, por lo menos, no subiría aquellos 150 metros. Apenas llegado a la Rambleta se tiró al suelo y permaneció inmóvil, sin hacer caso de las exhortaciones de los guías. A pesar de su vigor, aquel robusto cuerpo estaba agotado; el aire faltaba a sus amplios pulmones; lívido, jadeaba penosamente.
Ignacio Dorta tranquilizó a sus inquietos compañeros.
– Eso no es más que el «mal de las montañas» –dijo–. Este señor se curará en cuanto pueda volver a bajar.
Con esta seguridad, los cinco supervivientes continuaron su ascensión, dejando uno de los guías con el enfermo.
Pero el final del recorrido es, con mucho, la parte más agobiadora. Sobre aquel suelo, con una inclinación de 45 grados, cada paso exige un estudio; se necesita tiempo y esfuerzos violentos para ganar algunos centímetros. Es un excesivo gasto de fuerzas, al cual sólo con gran dificultad permite resistir la rarefacción del aire.
Apenas a la tercera parte del camino tuvo Jack que declararse a su vez vencido. Casi desvanecido, sacudido por espantosas náuseas, cayó pesadamente sobre el sendero. Los compañeros que le precedían ni siquiera se dieron cuenta de su indisposición, y sin detenerse continuaron su marcha, en tanto que el último guía quedaba al lado del turista puesto fuera de combate.
Cincuenta metros más arriba tocóle el turno a Dolly. Roger, no sin una sonrisa ligeramente burlona, aconsejóle en seguida el reposo, y su mirada distraída siguió a Alice y Roberto, que, bajo la dirección de Ignacio Dorta, alcanzaban por fin el punto supremo.
Era todavía de noche. Un poco de luz, no obstante, permitía percibir muy confusamente el suelo que herían los pies.
Bajo la dirección del guía, que se retiró inmediatamente, Alice y Roberto habían ido a guarecerse en una anfractuosidad de los peñascos, súbitamente la temperatura, glacial hasta entonces, se convirtió en otra de sorprendente suavidad.
Pronto la luz que iba en aumento les hizo reconocer que habían encontrado abrigo en el cráter mismo del volcán, que se abría ante ellos a cuarenta metros de profundidad. Por todos lados se alzaban humaredas; el suelo, esponjoso y ardiente, se hallaba agujereado por pequeñas excavaciones, de donde se escapaban vapores sulfurosos.
La periferia del cráter señala un límite de notable precisión. Hasta allí sólo reina la muerte absoluta, sin un ser, sin una planta; bajo la influencia de su benéfico calor, la vida renace en la cumbre.
Alice y Roberto, en pie, a tres pasos uno de otro, contemplaban el horizonte que el alba inflamaba. Poseídos de una religiosa emoción, llenábanseles los ojos y el alma del grandioso espectáculo que comenzaba a aparecer ante sus ojos.
En torno de ellos zumbaban moscas y abejas. A sus pies descubrió Roberto una violeta escondida bajo sus violadas hojas. Inclinándose, cogió Roberto aquella flor paradójica que crecía en altitudes donde ningún otro representante del reino vegetal podía vivir, y la ofreció a su compañera, que silenciosamente la prendió en su pecho...
Súbita, estalló la luz del día... Como una esfera de metal enrojecida, incendiada, sin rayos, el sol subía en el horizonte...
La cima, primero, llameó en la claridad;
después, así como la víspera había subido la sombra, entonces descendió con igual velocidad... Alta Vista, el circo de Las Cañadas aparecieron... Y de golpe, cual si un gran velo se descorriera, la mar entera resplandeció bajo el infinito azul...
Sobre aquel mar dibujábase la sombra del Pico en un cono extrañamente regular, cuya punta iba a perderse en el Oeste, en la isla de Gomera. Más lejos y más al Sur, Hierro y La Palma aparecían claramente, pese a la distancia de 150 kilómetros. Hacia el Este alzábase la Gran Canaria en el esplendor del alba. SÍ Las Palmas, su capital, se escondía en el lado opuesto, distinguíanse, en cambio, la Isleta y el puerto de La Luz, en el que tres días antes había anclado el Seamew.
En la base del Teide la isla de Tenerife se desplegaba como un vasto plano. La luz rasante de la madrugada acentuaba el relieve de los desniveles. Enérgicamente se marcaban innumerables picos, salvajes barrancos y suaves valles, en el fondo de los cuales se despertaban a aquella hora las aldeas.
– ¡Qué hermoso es esto! –repitió Roberto, como un eco.
Aquellas pocas palabras, pronunciadas en medio del silencio general que les rodeaba, bastaron para romper el encanto. Los dos, con un mismo movimiento, se volvieron el uno hacia el otro. Alice advirtió entonces la ausencia de Dolly.
– ¿Dónde está mi hermana? –preguntó, como al salir de un verdadero ensueño.
– Ligeramente indispuesta –dijo Roberto–, se ha detenido un poco más abajo con Monsieur de Sorgues. Si usted quiere, puede acudir en su auxilio.
Hizo Roberto un movimiento de retirada.
Alice le detuvo con un gesto.
– No –dijo–, quédese.
Luego, tras algunos instantes de silencio:
– Me alegro de que nos encontremos solos – prosiguió con una ligera vacilación, poco habitual en su carácter decidido–. Tengo que hablarle a usted... que darle nuevamente las gracias...
– ¿A mí, señora?
– Sí. He notado la protección discreta de que me ha rodeado usted desde nuestra partida de Madera y he comprendido las causas de ella.
Esta protección me es preciosa, créalo usted;
pero quiero tranquilizar su celo. No estoy inerme... No ignoro nada de lo que pasó en Madera.
Roberto iba a contestar.
Alice se adelantó.
– No me responda He dicho lo que debía decir; pero más vale no insistir sobre un asunto tan penoso. Es éste un secreto que ambos poseemos. Yo sé que será guardado fielmente.
Tras un breve silencio, prosiguió con dulce voz:–¿Cómo no habría yo de querer tranquilizar su amistad inquieta? ¿No es acaso un poco mi vida, un bien que le debo?
Roberto protestó con un gesto.
– ¿Haría usted, pues, poco caso de mi amistad? – preguntó Alice con una semisonrisa.
– ¡Amistad bien corta! –respondió melancólicamente Roberto–. Dentro de muy pocos días el buque que nos conduce habrá anclado en el Támesis, y cada uno de nosotros seguirá su destino.
– Cierto es –dijo Alice conmovida–. Nuestras existencias se separarán, tal vez, pero nos quedará el recuerdo.
– ¡Se desvanecerá tan pronto como el girar del tiempo!
Alice, con la mirada perdida en el espacio, dejó al principio sin contestar aquella exclamación de desencanto.
– Fuerza es que la vida haya sido para usted bien cruel –dijo, al fin–, si sus palabras traducen fielmente el pensamiento. ¿Tan solo se halla usted entre la humanidad para abrigar tan poca confianza en ella? ¿No tiene padres?
Roberto movió la cabeza negativamente.
– ¿Amigos?
– Los tenía en otro tiempo –respondió Roberto con amargura.
– ¿Y no los tiene usted hoy? –objetó Alice–.
¿Sería usted, pues, bastante ciego para rehusar este título a Monsieur de Sorgues, sin hablar de mi hermana y de mí?
– ¡Usted, señora! –exclamó Roberto con voz ahogada.
– Cierto es, sí –prosiguió Alice sin parar mientes en la interrupción–, que no alienta usted la amistad que se le ofrece. Yo me veo en el caso de preguntarme si soy culpable para con usted.
– ¿Cómo podría usted serlo? –preguntó Roberto, sinceramente sorprendido.
– Lo ignoro; pero es evidente que desde el acontecimiento que yo recuerdo a todas horas usted se ha alejado de nosotros. Mi hermana y yo nos admiramos y extrañamos de ellos, y De Sorgues no se recata para vituperar una conducta, a la que, según dice, no puede hallar explicación. ¿Habrá alguno de nosotros molestado o herido a usted sin saberlo?
– ¡ Oh, señora! –protestó Roberto.
– Entonces, no comprendo...
– Porque no hay nada que comprender – respondió vivamente Roberto–. A pesar de lo que usted supone, yo continúo siendo lo que era. La única diferencia entre el pasado y el presente reside en el interés que me ha valido una circunstancia fortuita y que no podría ambicionar el humilde intérprete del Seamew.
– Usted no es para mí el intérprete del Sea- mew – replicó Alice, cuyas mejillas se colorearon ligeramente–. Su explicación es inexacta y la excusa es indigna de usted y de mí. ¿Reconoce usted que nos huye a mí, a mi hermana y hasta a Monsieur de Sorgues?
– Es verdad –dijo Roberto.
– Entonces, repito, ¿por qué?
Sintió Roberto que un tumulto de pensamientos se alzaba en su cerebro.
Llegó, sin embargo, a recobrarse, y violentándose para imponerles silencio, dijo simplemente:
– Porque nuestras situaciones recíprocas me dictan la conducta y me imponen una gran reserva, ¿Puedo desconocer yo la distancia que nos separa a bordo de este navío en el que vivimos bajo títulos tan opuestos?
– Mala razón –replicó Alice con impaciencia–, toda vez que a los tres nos conviene ignorar y no hacer caso de esa distancia de que usted habla.
– Es deber mío de acordarme de ella – declaró Roberto con firmeza– y no abusar de un generoso sentimiento de gratitud, hasta el extremo de tomarme una libertad que podría ser interpretada de muy diversas maneras.
Enrojeció Alice y sintió que el corazón apresuraba sus latidos.
Dióse cuenta de que entraba por un terreno ardiente; pero algo más fuerte que ella misma la arrastraba con irresistible fuerza a llevar hasta el fin una conversación que comenzaba a resultar peligrosa.
– No comprendo bien lo que quiere usted decir – declaró con un poco de altivez–, y no sé cuáles son los juicios que usted cree debe temer.–¿Y si fuese únicamente el de usted, señora? –exclamó a su pesar Roberto.
– ¿El mío?
– Sí, el suyo. Hasta fuera del Seamew son nuestras vidas demasiado diferentes para que puedan mezclarse sin suscitar sospechas. ¿Qué se pensaría de mí, qué pensaría usted, usted misma, si yo la autorizase a pensar que me he atrevido, que me atrevo...?
Paróse bruscamente Roberto, encerrando dentro de sí, con un último esfuerzo, la palabra irreparable que se había jurado no pronunciar.
Pero ¿no se había detenido demasiado tarde y no había dicho ya bastante para que Mrs.
Lindsay comprendiera?
Si Alice había adivinado la palabra pronta a brotar, es de creer que no la temía. Valerosamente habíase vuelto por completo hacia Roberto.
– ¿Y bien? –dijo con resolución–. Acabe usted.
Creyó Roberto que el suelo se hundía bajo sus pies; sus últimas resoluciones se desvanecieron; cesó de luchar, rendido. Un segundo más y su corazón, demasiado henchido, iba a dejar escapar el secreto...
Una piedra rodó a diez pasos de él, al mismo tiempo que una tos violenta hacía vibrar el aire rarificado. Casi en seguida apareció Roger, sosteniendo a Dolly, medio desfallecida, y seguido de Ignacio Dorta, que había vuelto a bajar para ayudarles a terminar la ascensión.
Con una mirada advirtió Roger el embarazo de sus amigos; nada, sin embargo, hizo para demostrar que había comprendido la escena;
pero una imperceptible sonrisa apareció en sus labios, mientras que su dedo, complaciente, comenzaba a señalar a Dolly el inmenso panorama que ante ellos se desplegaba.