CAPÍTULO XII
SINGULARES EFECTOS DEL MAREO
CUANDO los pasajeros, después de dejar a Thargela y a su marido, llegaron a bordo, habían encontrado a cinco de los agentes de policía paseándose con regularidad sobre cubierta, mientras que sus cinco camaradas, en el puesto de la tripulación, y su oficial, en la cámara que se le había dispuesto, se entregaban a las dulzuras del sueño.
Y, sin embargo, a despecho de aquella vigilancia, el Seamew, cuando salió el sol del 26 de mayo flotaba libremente sobre el vasto mar a más de treinta millas de San Miguel.
No había sido preciso para huir desafiar esta vez los proyectiles portugueses. Todo se había hecho sólo a favor de una bruma densa que hacia las dos de la mañana ocultó todas las cosas bajo un velo impenetrable.
El teniente y sus cinco hombres dormidos, encerrados bajo doble llave; arrojados al suelo los otros cinco en un audaz golpe de mano, el Seamew había partido con toda tranquilidad, exactamente lo mismo que si el arresto del gobernador no existiera.
Una hora más tarde, el teniente, libre ya, había tenido que sufrir la ley del más fuerte y aceptar una capitulación desastrosa. Sus hombres habían sido desarmados, y el Seamew los llevaba consigo para dejarlos en Madera cuando se hubieran alejado de aquella posesión portuguesa.
Aterrado ante este súbito revés, el desdichado teniente se paseaba con aire preocupado.
Y pensando cuan perjudicial habría de serle para su carrera aquella aventura mostraba un semblante lastimoso, mientras que en el horizonte se descubría la libre extensión del mar.
Tampoco el capitán había marchado en busca del reposo, muy merecido, no obstante.
Independientemente del riesgo que podía resultar de un grupo de arrecifes denominado Las Hormigas, el estado del tiempo reclamaba su presencia. Aún cuando, propiamente hablando, no amenazase tempestad, la mar estaba gruesa de una manera anormal; el Sea- mew, tomándola de proa, avanzaba poco y cabeceaba atrozmente.
Si el capitán asumía así todos los cuidados del buque, era aparentemente para que los demás se aprovechasen de ello.
Thompson, con la conciencia tranquila, dormía a pierna suelta desde la partida, cuando al contacto de una mano posándose en sus espaldas, despertó sobresaltado.
– ¿Qué sucede? ¿Qué hora es? –preguntó frotándose los ojos.
Percibió entonces la cara del segundo jefe de cocina.
– Son las seis, señor –respondió éste respetuosamente.
– ¿Y qué sucede? –repitió Thompson impaciente.
– Me envía un camarero de los pasajeros, para prevenirle de que se oyen gemidos terribles en el camarote ocupado por el gentleman portugués y sus dos hermanos. Teme él que se hallen gravemente enfermos, y no sabe qué hacer.
Thompson dedujo que muy graves debían de ser las cosas, cuando se atrevían a despertarle. –Está bien, allá voy –respondió tranquilo.
Cuando se halló en el camarote de los señores portugueses, no deploró haber ido. Don Higinio y sus hermanos parecían efectivamente muy enfermos, lívidos, los ojos cerrados, la faz cubierta de un sudor de agonía. Permanecían echados de espaldas, inmóviles, pero lanzando sin interrupción lamentos desgarradores. Sus sufrimientos debían de ser intolerables.
– ¡Qué condenado concierto! –murmuró Thompson.
Habíase tranquilizado a la primera ojeada, reconociendo los síntomas de un mareo provocado por el actual oleaje. Aquella enfermedad no resultaba peligrosa.
Con todo, la humanidad exigía acudir en socorro de aquellas pobres gentes y Thompson, debe decirse en alabanza suya, no faltó a ese deber. Durante una hora estuvo prodigándoles sus generosos cuidados, pero el estado de los tres hermanos iba agravándose por momentos.
Thompson notó con inquietud síntomas que no es habitual observar en el mareo. De tiempo en tiempo los enfermos, de lívidos, se volvían escarlata. Parecía entonces que hacían esfuerzos sobrehumanos para caer pronto agotados, la respiración sibilante, la piel helada y la cara vuelta a una palidez cadavérica.
A las siete juzgó Thompson tan crítica la situación que hizo despertar a Roberto. Sentía necesidad de consejo.
Roberto no pudo, por desgracia, dárselo a su superior jerárquico, y ambos hubieron de reconocer su impotencia para aliviar a los tres enfermos a quienes el nombre de moribundos comenzaba a cuadrar mejor.
– Es preciso intentar algo –dijo Roberto hacia las ocho–. Si consiguiésemos que terminasen esas náuseas que se quedan siempre a mitad del camino...
– ¿Conoce usted algún medio? –preguntó Thompson.
– El agua caliente –sugirió Roberto.
– Ensayemos –exclamó Thompson, que iba perdiendo la cabeza.
El medio heroico indicado por Roberto fue de un efecto inmediato. Desde el segundo vaso de agua caliente los improvisados enfermos obtuvieron la prueba cierta de su eficacia.
Pero... ¿qué es lo que ven Roberto y Thompson? ¿Qué es, más bien, lo que creen ver? La duda es fácil de esclarecer. El agua no falta... Las cubetas son vaciadas con precaución, y entonces...
¡Qué deslumbramiento!
¡Esmeraldas, rubíes, diamantes, más de cincuenta piedras preciosas lanzan sus reflejos en el fondo de aquellas cubetas sucias!
Espantados, Thompson y Roberto se miran en silencio. Todo en un instante queda explicado para ellos. ¡Helos allí, pues, a los sacrílegos ladrones del crucifijo de Tercera! ¡No se equivocaba la policía azoriana que acusaba al Sea- mew de servirles de refugio! ¿Qué otro escondrijo mejor que sus estómagos hubieran podido encontrar los culpables amenazados por las pesquisas de San Miguel?
Roberto fue el primero en recuperar su sangre fría.
– Este secreto es demasiado grande para que lo guardemos nosotros solos. Pido, pues, a usted permiso para hacer venir a alguno de los pasajeros, al reverendo Cooley, por ejemplo.
Thompson hizo con la cabeza una señal de aquiescencia, y un criado fue a buscar al respetable clergyman.
Cuando éste hubo llegado al camarote, donde aún jadeaban los hermanos De Veiga, la situación continuaba siendo la misma. ¿No podría ser que en el fondo de sus estómagos conservasen todavía los ladrones algunas de las piedras robadas?
Para asegurarse de ello sólo era preciso proseguir el tratamiento que tan buenos resultados había dado ya.
Pronto más de trescientas piedras preciosas, magníficos diamantes en su mayoría, fueron recobradas por aquel original medio.
Pareció entonces que los enfermos, desembarazados de su secreto, se habían aliviado notablemente. Si bien continuaban sufriendo, sólo se trataba ya del mareo habitual, y este mal no era de temer.
Redactóse entonces una especie de proceso verbal sobre aquellos acontecimientos, y del cual fue depositario el pastor Cooley; después, las piedras, contadas sucesivamente por los tres comprometidos, fueron entregadas a Thompson, quien, una vez puestas bajo llave, se fue en busca del teniente, reducido a la impotencia unas pocas horas antes.
Pero en los pasillos una sombra surgió ante él, y aquella sombra era el inevitable Saunders, flanqueado por su fiel Hamilton, ambos dignos, tranquilos y severos, como conviene a pasajeros que se hallan descontentos.
– Una palabra, caballero –dijo Saunders, deteniendo a Thompson al pasar–. Desearíamos saber hasta qué extremos piensa usted llevar sus burlas.
– ¿Qué burlas? –murmuró Thompson con impaciencia–. ¿Qué es lo que pasa ahora?
– ¡En qué tono lo toma usted, caballero! – exclamó Hamilton con altanería–. Sí, señor;
queremos nosotros saber si piensa usted continuar aún mucho tiempo desmintiendo audazmente todas las promesas del programa. ¡Programa al que hemos sido bastante necios en conceder crédito!
¡Cómo! ¡Todavía aquella persecución sobre el programa! Thompson, preocupado con asuntos mucho más graves, alzó los hombros, y apartando nerviosamente a Hamilton, se lanzó sobre cubierta, dejando al baronet sofocado a la vista de semejantes procedimientos.
Habiéndose encontrado al teniente, condújole a su camarote, anunciándole una comunicación de la mayor importancia.
– Teniente –dijo, tan pronto como ambos hubieron tomado asiento–, la suerte de las armas le ha sido a usted adversa no ha mucho.
– En efecto, caballero –respondió el teniente, manteniéndose a la expectativa.
– Y al presente nosotros le conducimos a Madera.
– Así parece, señor.
– Esto, dicho sea entre nosotros, esto, teniente, es una desdichada aventura, yo me atrevo a afirmarlo, y pienso que si se presentase algún medio de hacer que redundase en nuestro común beneficio...
– ¡Difícil es! –suspiró el teniente.
– ¡Tal vez! –replicó Thompson–. No ignora usted, teniente, que su gobernador ha ofrecido la prima del uno por ciento a quien facilitara alguna pista que permitiera descubrir al ladrón.
– Sí –reconoció el teniente–, mas yo no veo...
– ¡Espere usted, teniente, espere usted! Tal vez podamos nosotros entendernos, porque ese ladrón... esos ladrones más bien...
– ¿Esos ladrones?
– Los tengo yo... –dijo tranquilamente Thompson.
– ¿Eh? –dijo el teniente.
– Yo los tengo, sí; y tengo asimismo en mi poder una buena parte, al menos, de los diamantes robados.
El teniente, pálido de emoción, incapaz de articular una sola palabra, había cogido a Thompson por el brazo.
Acabó éste de formular su proposición:
– Desde este momento, usted comprenderá, teniente, que esa prima del uno por ciento me pertenece... ¡Pues bien...! Arregle usted nuestro negocio de cualquier manera; aduciendo, por ejemplo, que ha partido usted voluntariamente con objeto de descubrir a los ladrones, cuya presencia efectiva dará mucho valor a su afirmación, y yo estoy dispuesto a abonarle una parte, la quinta... la cuarta si preciso fuese, de la prima que se me debe.
– ¡ Oh, bah! –dijo el teniente con una indiferencia que nada tenía de halagüeña para la generosidad del Gobierno portugués.
– ¡Y bien...! ¿Acepta usted...? –insistió Thompson.
– ¿Y si rehuso?
– Si usted rehusa –contestó Thompson–, supongamos que nada hemos dicho. Yo le dejo a usted muy tranquilamente en Madera y guardo mis ladrones para ponerlos en manos del cónsul de Inglaterra, que hallará el medio de asegurarme a mí todo el honor y todo el provecho.
Un rápido trabajo se efectuaba en el espíritu del teniente. Rehusar las proposiciones de Thompson, significaba el volver a San Miguel, las orejas gachas, con la vergüenza de haberse dejado sorprender como un niño. Aceptarlas era, por el contrario, volver con todos los honores de la guerra, porque el éxito lo justificaba todo. Hasta descontada totalmente y por completo la probabilidad de tocar jamás un cuarto de la prima ofrecida, aquella aventura aún habría de serle provechosa, sirviéndole en el ánimo de sus jefes, puesto que podría en ese caso atribuirse todo el mérito de la captura.
– Acepto –dijo el teniente con resolución.
– Muy bien –aprobó Thompson–. Vamos entonces, si usted gusta, a arreglar este negocio sobre la marcha.
El compromiso cuyas bases acababan de convenirse fue redactado y firmado por una y otra parte. En el acto entregó Thompson al oficial las piedras recobradas y se hizo entregar recibo. Pudo entonces respirar y felicitarse por haber llevado a un buen término aquel negocio.
Mientras que Thompson conducía con gran habilidad y éxito aquella negociación, una cólera espantosa estallaba en el mismo instante en el corazón de Sir Hamilton.
Vuelto de la estupefacción en que le había dejado la impertinencia de Thompson, el baro- net, temblando de rabia y de furor, se había lanzado en persecución del insolente. No pudo encontrarle. Volvióse entonces hacia el capitán Pip, que, habiendo bajado del puente, se paseaba inocentemente, fumando el cigarro matinal.
– Capitán –dijo, reprimiéndose a duras penas–. ¿Podría saber a quién debo presentar mis reclamaciones en este buque?
El capitán alzó los hombros en señal de ignorancia.
– ¡A Artimón tal vez! –respondió con aspecto soñador.
– ¡ Capitán! –gritó el baronet, rojo de cólera.
– ¡Sir! –replicó el capitán tranquilamente.
– Capitán, yo encuentro que se han burlado ya bastante de mí. Puesto que usted es el responsable de la marcha del buque, ¿se dignará usted decirme por qué puedo percibir a nuestra espalda las rocas de Las Hormigas? ¿Por qué después de ocho horas de navegación se halla todavía a la vista la isla de San Miguel?
– ¿San Miguel? –repitió el capitán con incredulidad.
– Sí, señor, San Miguel –afirmó secamente el baronet, señalando un punto negro que cortaba la línea del horizonte entre Las Hormigas y Santa María.
El capitán se había apoderado de un anteojo.
– Si aquello es San Miguel entonces será que San Miguel es una isla de vapor... Porque echa humo, caballero.
Y el capitán volvió a subir al puente, en tanto que el baronet, furioso, combinaba en su interior terribles proyectos de venganza.
Por descortésmente que fueran acogidas, no habían dejado de ser exactas las observaciones de Hamilton. Desde primera hora de la mañana se había podido notar que, de doce nudos, la velocidad del Seamew bajaba a ocho aproximadamente.
Mr. Bishop, llamado por el capitán, no logró tranquilizarle. La culpa era seguramente de la misma calidad del carbón embarcado en Horta. Hasta entonces habíanse servido de las reservas del de Inglaterra; pero desde la partida de San Miguel había sido forzado a recurrir a la hulla recientemente embarcada, y su deplorable efecto habíase dejado sentir inmediatamente.
Mr. Bishop no añadió, ni el capitán le preguntó ninguna otra cosa. Los hombres sensatos no se rebelan contra lo imposible. Puesto que no se podía pasar de ocho nudos, se harían ocho nudos; he ahí todo, y se llegaría a Madera con un nuevo retraso de veinticuatro horas.
Mostrando el mar una tendencia a tranquilizarse, y permaneciendo el barómetro a una altura razonable, el capitán no tenía por qué inquietarse, y no se inquietaba. Tan sólo conservó de aquel contratiempo un poco de mal humor, del que Hamilton debía recibir la primera descarga.
Por insignificante que esta descarga fuera, bastó para desembarazar al bravo capitán Pip de su exceso de electricidad. Un carácter tan igual no podía tardar en recobrar su equilibrio.
Encontróse, pues, en las excelentes disposiciones frente a frente de Thompson en la mesa del almuerzo, no muy concurrida, a causa de la agitación de las olas. Ensombrecióse, no obstante, su humor de nuevo cuando, vuelto al puente, vio aquel mismo punto negro que Hamilton le había señalado, fijo obstinadamente en la estela del Seamew.
¿No podía haber sido enviado aquel vapor en su persecución por el gobernador de San Miguel? Cierto es que también podía ser un paquebote efectuando su travesía normal entre las Azores y Madera.
Aquellas preocupaciones del puente eran ignoradas por los pasajeros, y, sin embargo, no reinaba entre ellos la acostumbrada animación.
No tan sólo el mal estado del mar había disminuido su buen humor, sino que parecía además que aún continuaba el descontento de la víspera. Iban y venían aisladamente, la mayor parte permanecían en pie solitarios, agarrados a las barandillas para conservar el equilibrio.
Hamilton, con el corazón lacerado, presentaba al viento su frente, que la injuria había enrojecido. Por nada del mundo hubiese dirigido la palabra a un ser viviente, y su resentimiento abarcaba incluso toda la naturaleza.
Encerrado en su dignidad, saboreaba hasta la saciedad las escenas de la mañana, mientras que su hija, bajo la vigilancia de Lady Hamilton, platicaba con Tigg, vuelto a la libertad merced al malestar de las señoritas Blockhead.
Hamilton observaba aquella amable plática. El permanecía solo. ¡Sí al menos se encontrara allí su amigo don Higinio! Pero don Higinio sufría en su camarote postrado por el mareo y Hamilton se juzgaba con amargura abandonado del universo entero.
¿Había acaso invadido a sus compañeros, reflejándose sobre ellos, la tristeza del baronet?
Así se hubiera creído al notar sus lasas fisonomías.
Ocupada Dolly en algunos menesteres,
Alice Lindsay, momentáneamente sola, había ido a sentarse a la parte anterior, en un punto al que tenía singular afición. Apoyada en la barandilla, dejaba errar sobre el mar miradas vagas y rebosantes de una tristeza sin causa, cuyo peso se hacía sentir sobre su ánimo.
A diez pasos de ella, Jack, inmóvil, parecía seguir dentro de sí mismo un trabajo difícil y complicado.
Dirigióse con lentos pasos hacia su cuñada y tomó asiento a su lado.
Perdida en sus ensueños, ni aún siquiera dióse ésta cuenta de la presencia del sombrío y taciturno personaje.
– Alice –murmuró Jack.
Mrs. Lindsay se sobresaltó y fijó en su cuñado los ojos, velados aún por la sutil y tenue bruma de las lejanías que contemplara.
– Alice –volvió a decir Jack–, quisiera tener con usted una conversación seria; me parece conveniente el momento, toda vez que este lugar está casi desierto, ahora.
– Escucho, Jack –respondió bondadosamente Alice, admirada de aquel solemne preámbulo.
– Voy –prosiguió Jack, tras un instante de silencio–; voy pronto a cumplir, según sabe usted, treinta y un años. No es ésta, cierto, una edad avanzada; pero no tengo, sin embargo, tiempo que perder, si quiero modificar mi existencia. La que hasta aquí he llevado, me causa horror. Anhelo otra, útil y fecunda... en pocas palabras, Alice... he pensado en casarme.
– Muy bien pensado, Jack –aprobó Alice, extrañada únicamente del momento escogido para una semejante confidencia–. Sólo queda encontrar una mujer y esto no habrá de serle difícil...
– Ya está hecho, Alice –interrumpió Jack Lindsay–; o, cuanto menos, hay una mujer que yo he elegido en el fondo del corazón. Desde mucho tiempo ha que la conozco, la estimo y la amo. Pero ella, Alice, ¿me ama ella o puedo esperar que llegue a amarme alguna vez?
Un maravilloso instinto sirve a las mujeres y las avisa de los peligros. A las primeras palabras de Jack había sentido ya Alice que le amenazaba uno. Volviendo la cabeza respondió con voz breve y fría:
– Sería menester preguntárselo a ella misma, amigo mío.
Jack se dio cuenta del cambio de expresión en la voz de su cuñada; un relámpago de cólera brilló en sus ojos.
Llegó, no obstante, a dominarse con un violento esfuerzo.
– Es precisamente lo que hago en este instante. Alice –respondió–, y espero con ansia su determinación... Alice –prosiguió Jack después de haber esperado en vano una respuesta–, ¿no querría usted conservar mi nombre, aceptando un nuevo esposo?
Estrujando el pañuelo entre sus crispados dedos, los ojos llenos de nerviosas lágrimas, volvióse Alice vivamente hacia su cuñado.
– ¡He ahí una pasión bien súbita y una petición bien imprevista! –dijo con tono de amarga burla.
– ¡Pasión súbita! –exclamó Jack–. ¿Puede usted decir eso, Alice? ¿Sería verdad que nunca ha notado usted cuanto la amo?
– No pronuncie usted esa palabra – interrumpió Alice con violencia–. No, yo no he advertido jamás nada de lo que usted dice. Si algo hubiera notado, ¿habría sido tan insensata que le dejara acompañarnos en este viaje?
– Es usted muy dura conmigo, Alice. ¿En qué he podido yo hacerme acreedor a semejante cólera? Si hasta tal punto constituye para usted una sorpresa mí petición, impóngame una espera, sométame a las pruebas que guste, pero ¡no me quite usted toda esperanza!
Alice Lindsay miró a su cuñado cara a cara.
– ¡Toda esperanza, por el contrario! –dijo con gran firmeza.
Ocultó Jack la cara entre sus manos, con todas las apariencias de un inmenso dolor.
Alice se conmovió.
– Veamos, Jack –prosiguió con mayor dulzura–; aquí hay alguna mala inteligencia. Tal vez usted se equivoca involuntariamente. Acaso –acabó diciendo con alguna vacilación–, acaso nuestras respectivas situaciones, en parte, son la causa de este error.
– ¿Qué quiere usted decir? –preguntó Jack alzando la frente.
– He sido yo tan poco tiempo la mujer de su hermano –prosiguió Alice, escogiendo sus palabras con precaución–, que tal vez se ha sentido usted herido viéndome recoger su fortuna entera... Tal vez se ha creído usted preterido...
despojado...
Jack Lindsay hizo un gesto de protesta.
– Estoy marchando sobre un terreno resbaladizo –continuó diciendo Alice–. Es natural que haya pensado en un matrimonio que restableciera sus negocios y reparase al propio tiempo lo que a sus ojos es una injusticia... Entregado de lleno a ese proyecto ha tomado entonces por amor lo que no era más que una simple afección de familia...
– ¡Termine usted! –dijo Jack con voz seca.
– Y bien, Jack, si tal es la verdad, todo puede arreglarse. Toda vez que yo tengo la suerte de ser rica, hasta muy rica... ¿no podría acudir fraternalmente en su ayuda? ¿No podré yo extinguir su pasivo..., si es que existe..., ayudarle en seguida en la vida, y..., finalmente..., constituirle una dote que le permita encontrar una mujer mejor dispuesta que su cuñada...?
– Un hueso a roer –masculló Jack, con los ojos bajos.
– ¿Qué dice usted? –gritó Alice–. He debido, a lo que parece, estar muy desacertada en la elección de mis palabras, para obtener semejante respuesta. No puede usted imaginar cuan triste...
Mrs. Lindsay no pudo terminar la frase.
Rechazando bruscamente su asiento Jack habíase levantado.
– ¡Basta de insultos, si le parece! –dijo con violencia, fiera la mirada y la voz dura–. Es inútil envolver su negativa en tantos circunloquios Usted me rechaza. No hablemos más. A mí me toca examinar lo que tengo que hacer en lo sucesivo.
Jack se alejó, bramando de cólera. Poco a poco, no obstante, aquella cólera se apaciguó, pudiendo entonces examinar fríamente su situación.
¿Habría de renunciar, pues, a la fortuna anhelada? Quedaba encontrar el medio de apropiársela, ya que Alice se negaba a ser su mujer.
A la hora de comer Alice no apareció, y en vano acudió su hermana a llamar a la puerta de su camarote.
Hasta el día siguiente no volvió a la vida acostumbrada de a bordo. Todo parecía olvidado entre ambos cuñados. Sin duda cada uno de ellos había ocultado su resolución en el fondo de su ánimo.
En el transcurso de aquel día, el 27 de mayo, el mar se tranquilizó muy sensiblemente, y al mismo tiempo aumentó el número de los pasajeros sanos. Al llegar la tarde, los hermanos De Veiga y la familia Blockhead eran casi los únicos que no embellecían el spardek con su presencia.
En tanto que la vida volvía a tomar su curso tranquilo a bordo del Seamew, su capitán, por el contrario, parecía en extremo contrariado. Distraído, preocupado, paseábase de continuo desde hacía dos días por el puente apretándose la nariz de un modo terrible. Y sus ojos, divergentes en un amenazador estrabismo, se dirigían siempre hacia aquel punto que Sir Hamilton, algunas horas después de la partida, había tomado por una de las cumbres de San Miguel.
En la mañana del 28 hizo lo mismo, y llegando al puente se armó de un anteojo, que dirigió hacia el punto convertido para él en una obsesión.
– ¡Mil diablos! –gritó, dirigiéndose a Arti- món y bajando el instrumento–. Nos hallamos en un trance infernal, caballero.
Largo tiempo hacía que toda duda desapareciera. El Seamew, en efecto, no se dirigía directamente hacia Madera. De conformidad con el programa debía rodear antes la isla de Porto Santo, y la ruta de Ponta Delgada a Porto Santo no dejaba de formar un ángulo apreciable con la línea recta que une a Madera con la capital de San Miguel. Esto no obstante, el incógnito buque había seguido aquella misma ruta, que en realidad no llevaba a ninguna parte, manteniéndose a la distancia invariable de cuatro millas aproximadamente. Era seguro que iba dándole caza.
Aquella persistencia en el intervalo que separaba ambos buques había tranquilizado en parte al capitán. No sería, cuando menos, ganado en velocidad. ¿Y qué de extraño tenía?
¿No se había repostado de carbón también en las Azores el navío portugués? Pero el capitán veíase obligado a reconocer que la travesía no iba a ser eterna. Acabaría por llegarse a Madera, y Madera es también Portugal.
Desde hacía cuarenta y ocho horas el capitán estaba dándole vueltas al asunto, mirándolo bajo todos sus aspectos, sin que lograra hallar una solución satisfactoria. Si él hubiera sido el amo, antes de resignarse a nuevas alcaldadas, se lanzaría derecho hacia delante hasta el agotamiento de su carbón y de todas las partes combustibles del buque... Por desgracia, no era amo más que a medias, y con la única condición de que había de conducir al Seamew a la maldita rada de Funchal, capital de Madera.
Por eso estaba constantemente lleno de rabia.
El capitán creyó llegado el momento de tomar una decisión respecto a aquel buque cuando el 28 de mayo hacia las diez de la mañana comenzó a perfilarse en el horizonte la cima de Porto Santo.
El pobre capitán creyó oportuno dirigirse a Thompson, y si éste se mostraba propicio, inútil era hablar y pensar más.
Con gran sorpresa suya la comunicación no fue acogida tan mal como era de temer.
– ¿Cree usted, pues, capitán –dijo solemnemente Thompson–, que ese buque es portugués?
– Así lo creo, señor.
– ¿Y que viene en persecución nuestra?
– También lo creo así, desgraciadamente.
– Pues bien, capitán, en ese caso sólo veo una cosa que hacer.
– ¿Y es, caballero?
– Detenerse, sencillamente.
– ¿Detenerse?
– Sí, capitán, detenerse.
El capitán se quedó frío, los brazos colgando y con los ojos fuera de las órbitas...
– ¡Amén, caballero! –dijo, al fin, con esfuerzo, y sin jurar esta vez por la barba de su madre. Heroicamente ejecutó la orden recibida.
La hélice se detuvo; el Seamew permaneció inmóvil en la superficie del mar, y la distancia que le separaba del buque que le perseguía fue disminuyendo gradualmente.
Era en realidad un buque de guerra portugués, como podía reconocerse en el gallardete que ondeaba en su palo mayor. Veinte minutos después, apenas si una milla le separaba del Seamew.
Thompson hizo poner a flote una lancha en la que se situaron los agentes de policía. Pip no volvía de su asombro. ¡ He aquí que ahora se entregaban los rehenes!
El teniente, sin embargo, y seis de sus hombres no se habían embarcado con los camaradas. La admiración del capitán llegó al colmo viéndoles aparecer a su vez y viendo, sobre todo, los singulares fardos que transportaban.
Aquellos fardos no eran otros que el noble don Higinio Rodríguez de Veiga y sus dos hermanos.
Perturbados aún por las caricias de Neptuno, especie de cadáveres vivientes, no intentaban oponer ninguna resistencia. Violes pasar el capitán insensibles e inconscientes.
– ¡Ah, sólo faltaba eso...! –gruñó el bravo capitán, incapaz de hallar una explicación a aquello.
Por sorprendido que el capitán Pip estuviese, Sir Hamilton lo estaba más. Indignado ante el tratamiento infligido a aquellos gentlemen, había, con todo, puesto una prudente sordina a sus protestas. Contentóse con pedir algunas aclaraciones a un marinero, junto al que le había colocado el azar.
Hamilton tenía mala suerte. Viejo bronceado, curtido, con el espíritu asaz elevado por una larga contemplación de la inmensidad de los mares para tomarse interés por las miserias humanas, aquel marinero no sabía nada, y en su altiva indiferencia, nada le importaba el saberlo.Ante la pregunta del baronet alzó los hombros en señal de ignorancia, dignándose, no obstante, quitar la pipa de la boca.
– Son –dijo– unos señores que han comido guijarros. Parece que eso se halla prohibido en Portugal.
Tuvo que contentarse Hamilton con esta respuesta. Satisfecho de su explicación, el viejo marinero chupó de nuevo en su pipa, y en seguida, con la vista fija en las rápidas olas, púsose a meditar acerca de otro tema.
El baronet no debía conocer la verdad hasta más tarde, al mismo tiempo que los demás pasajeros. Fue aquella una prueba cruel para el vanidoso baronet.
– Acuérdese usted de nuestro convenio – había dicho Thompson al teniente cuando éste se despidió.
– Esté usted tranquilo –había contestado el teniente.
El bote zarpó en seguida. Después, transportado su cargamento humano al aviso, regresó al Seamew cuya hélice volvió inmediatamente a ponerse en movimiento.
El capitán Pip continuaba sin comprender.
En cuanto a Thompson, no dejaba de hallarse inquieto. Pese a las seguridades del teniente,
¿no volvería el guardacostas a emprender la caza a cañonazos ahora?
De creer es que el oficial cumplió lealmente sus promesas y que las explicaciones dadas se consideraron satisfactorias. Pronto, en efecto, el aviso describía un gran semicírculo sobre estribor y desaparecía por el Norte, al propio tiempo que en el Sur se descubrían las orillas de Porto Santo.
Hacia mediodía se costeó aquella isla montañosa, sobre todo en su parte septentrional;
después el Seamew puso proa al Sur-Sudoeste, y se dirigió en derechura hacia Madera, distante aún unas treinta millas, y que comenzaba a hacer surgir por encima de las aguas su masa colosal.
Dos horas más tarde se hacía conocimiento con el cabo San Lorenzo, mientras que a su vez se alzaban Las Desiertas, cuyos tres islotes completan el archipiélago con los arrecifes Los Salvajes. En aquel momento la costa septentrional de la isla se desarrollaba ante las miradas de los pasajeros en toda su abrupta potencia. Al crear Madera no tardó indudablemente el Señor de hacer nada nuevo. Por doquier altos derrumbaderos verticales, agudos y salvajes promontorios, montes separados por profundos y sombríos valles. Es el modelo de las Azores, pero un modelo acabado, diez veces mayor.
Por encima de las escarpadas costas, otro mar se extiende. Mar de verdura, teniendo por ondas un número inmenso de árboles gigantes.
Así entapizados, elévanse los montes, por pisos, dominados todos en el centro por los 1.850 metros del pico Ruivo.
Poco a poco fue perfilándose la costa norte, y por fin, hacia las tres de la tarde, se dobló el cabo San Lorenzo, punta oriental de la isla. El Seamew se acercó a menos de dos millas, pudiéndose descubrir fácilmente el semáforo y el faro alzados en su extremidad.
El capitán se aproximó entonces algo más a tierra, desarrollándose la costa meridional ante las miradas de los entusiasmados pasajeros.
Aparecieron en primer término las rocas bajas de que está formada el cabo San Lorenzo, así como la lengua de tierra que lo une al resto de la isla. Luego la costa se eleva, para formar los monstruosos contrafuertes que sostienen la montañas del centro. Entre cada una de ellas se distinguían algunas ciudades, deliciosas a aquella distancia: Machico, Santa Cruz, Canical, según Roberto designó al pasar.
A las cuatro, un nuevo cabo, el cabo Garajao se alzó ante el navío. Algunas vueltas de hélice bastaron para doblarlo, y pocos instantes después el Seamew atracaba en la rada de Funchal, en medio de una numerosa flota, en cuyos mástiles flotaban los pabellones de todas las naciones.