El pueblo aéreo

Capítulo VIII

El doctor Johausen

Si John Cort, Max Huber e incluso Khamis no exclamaron al oír pronunciar aquel nombre, fue porque la estupefacción les había cortado el habla.

Aquel nombre de Johausen fue una revelación. Desvelaba una parte del misterio que envolvía la más estrafalaria de las tentativas científicas modernas, en la que lo cómico se mezclaba con lo serio, y lo trágico también, pues había que creer que había tenido un desenlace de los más deplorables.

Quizá se recuerde el experimento al que quiso entregarse el americano Garner con el fin de estudiar el lenguaje de los simios y dar a sus teorías una demostración experimental. El nombre del profesor, los artículos publicados en el Hayser's Weekly de Nueva York, el libro publicado y difundido en Inglaterra, Alemania, Francia y América, no podían ser olvidados por los habitantes del Congo y del Camerún, y en particular por John Cort y Max Huber.

– ¡Él, por fin! —exclamó uno—. ¡Él, de quien no se tenía ya ninguna noticia!

– ¡Y de quien nunca se tendrá, puesto que no está aquí para dárnosla! —exclamó el otro.

Él, para el francés y el americano, era el doctor Johausen. Pero, precediendo al doctor, he aquí lo que había hecho el señor Garner. No era este yanqui quien habría podido decir lo que Jean-Jacques Rousseau dice de sí mismo al comienzo de las Confesiones: «Acometo una empresa que no tuvo jamás ejemplo y que no tendrá imitadores.» El señor Garner debía tener uno.

Antes de partir hacia el continente negro, el profesor Garner ya se había puesto en contacto con el mundo de los simios, el mundo domesticado, se entiende. De sus largas y minuciosas observaciones extrajo la convicción de que aquellos cuadrumanos hablaban, de que se comprendían entre sí, de que empleaban el lenguaje articulado, de que se servían de cierta palabra para expresar la necesidad de comer, de otra para expresar la necesidad de beber. En el interior del Jardín Zoológico de Washington, el señor Garner había hecho disponer fonógrafos destinados a recoger las palabras de aquel vocabulario. Observó incluso que los simios —lo que los distingue esencialmente de los hombres— no hablaban nunca sin necesidad. Y se vio conducido a formular su opinión en estos términos:

«El conocimiento que tengo del mundo animal me ha dado la firme creencia de que todos los mamíferos poseen la facultad del lenguaje en un grado que está en relación con su experiencia y sus necesidades.»

Con anterioridad a los estudios del señor Garner, ya se sabía que los mamíferos, perros, simios y otros, tienen el aparato laringo-bucal dispuesto como el del hombre y la glotis organizada para la emisión de sonidos articulados. Pero también se sabía —pese a lo que diga la escuela de los simiólogos— que el pensamiento ha precedido a la palabra. Para hablar hay que pensar, y pensar exige la facultad de generalizar, facultad de la que los animales carecen. El loro habla, pero no entiende una palabra de lo que dice. La verdad, en fin, es que, si los animales no hablan, se debe a que la naturaleza no los ha dotado de una inteligencia suficiente, pues nada se lo impediría. En realidad, como ya se ha establecido, «para que haya lenguaje —ha dicho un sabio crítico— es preciso que haya juicio y razonamiento basados, al menos implícitamente, en un concepto abstracto y universal». No obstante, estas reglas, conformes al sentido común, el profesor Garner no quería tenerlas en cuenta.

Es obvio que su doctrina fue muy discutida. Así pues, tomó la resolución de ir a ponerse en contacto con los sujetos de los que encontraría gran número y variedad en las selvas del África tropical. Cuando hubiera aprendido el gorila y el chimpancé, regresaría a América y publicaría, junto con la gramática, el diccionario de la lengua simiesca. Habría entonces que darle la razón y rendirse a la evidencia.

¿Cumplió el señor Garner la promesa que se había hecho a sí mismo y al mundo científico? Era la cuestión, y, sin duda alguna a este respecto, el doctor Johausen no lo creía, como vamos a poder comprobar.

En el año 1892, el señor Garner dejó América con destino al Congo, llegó a Libreville el 12 de octubre y se instaló en la factoría John Holtand and Co. hasta el mes de febrero de 1894.

Fue solo entonces cuando el profesor se decidió a comenzar su campaña de estudio. Tras remontar el Ogooué en un pequeño vapor, desembarcó en Lambaréné y, el 22 de abril, alcanzó la misión católica del Fernand-Vaz.

Los Padres del Espíritu Santo lo acogieron hospitalariamente en su casa, construida a la orilla de aquel magnífico lago Fernand-Vaz. El profesor no tuvo sino que felicitarse por las atenciones del personal de la misión, que no escatimó nada para facilitarle su aventurera tarea de zoólogo.

Ahora bien, detrás del establecimiento se apretaban los primeros árboles de una vasta selva en la que abundaban los simios. No cabía imaginar circunstancias más favorables para entablar comunicación con ellos. Pero lo necesario era vivir en su intimidad y, en suma, compartir su existencia.

A este propósito, el señor Garner había mandado fabricar una jaula de hierro desmontable. Su jaula fue transportada a la selva. Si se le quiere creer, vivió en ella tres meses, la mayor parte del tiempo solo, y pudo estudiar así al cuadrumano en estado natural.

La verdad es que el prudente americano se había limitado a instalar su vivienda metálica a veinte minutos de la misión de los Padres, cerca de su fuente, en un paraje que bautizó con el nombre de Fuerte Gorila, al que se accedía por un camino sombreado. Incluso durmió allí tres noches consecutivas. Devorado por miríadas de mosquitos, no pudo aguantar más, desmontó su jaula y volvió a pedir a los Padres del Espíritu Santo una hospitalidad que le fue concedida sin retribución. Finalmente, el 18 de junio, abandonando definitivamente la misión, regresó a Inglaterra y volvió a América, trayendo como único recuerdo de su viaje dos pequeños chimpancés que se obstinaron en no conversar con él.

He ahí el resultado obtenido por el señor Garner. En resumidas cuentas, lo que parecía harto evidente era que el dialecto de los simios, si existía, estaba todavía por descubrir, así como las funciones respectivas que desempeñaban un papel en la formación de su lenguaje.

Ciertamente, el profesor sostenía que había sorprendido diversos signos vocales con un significado preciso, tales como: «whouw», comida; «cheny», bebida; «iegk», cuidado, y otros cuidadosamente anotados. Más tarde incluso, a raíz de experiencias realizadas en el Jardín Zoológico de Washington, y gracias al empleo del fonógrafo, afirmaba haber registrado una palabra genérica referente a todo lo que se come y a todo lo que se bebe; otra para el uso de la mano; otra para la estimación del tiempo. En resumen, según él, aquel lenguaje se componía de ocho o nueve sonidos principales, modificados por treinta o treinta y cinco modulaciones, de las cuales daba incluso la tonalidad musical, articulándose casi siempre en la sostenido. Para concluir, y según su opinión, de conformidad con la doctrina darwiniana sobre la unidad de la especie y la transmisión hereditaria de las cualidades físicas, no de los defectos, podía decirse: «Si las razas humanas son los derivados de un tronco simiesco, ¿por qué los dialectos humanos no serían los derivados de la lengua primitiva de esos antropoides?» Solo que, ¿ha tenido el hombre simios por ancestros? Eso era lo que habría que demostrar, y no está demostrado.

En suma, el pretendido lenguaje de los simios, sorprendido por el naturalista Garner, no era sino la serie de sonidos que estos mamíferos emiten para comunicarse con sus semejantes, como hacen todos los animales: perros, caballos, ovejas, gansos, golondrinas, hormigas, abejas, etc. Y, según la observación de un estudioso, esta comunicación se establece ya por gritos, ya por signos y movimientos especiales, y, si no traducen pensamientos propiamente dichos, al menos expresan impresiones vivas, emociones morales, como la alegría o el terror.

Era, pues, de toda evidencia que la cuestión no había podido ser resuelta por los estudios incompletos y poco experimentales del profesor americano. Y fue entonces cuando, dos años después de él, se le ocurrió a un doctor alemán repetir la tentativa trasladándose, esta vez, al corazón de la selva, en medio del mundo de los cuadrumanos, y no ya a veinte minutos de un establecimiento de misioneros, aunque tuviese que convertirse en presa de los mosquitos, a los que no había podido resistir la pasión simiológica del señor Garner.

Había entonces en el Camerún, en Malimba, un cierto sabio de nombre Johausen. Residía allí desde hacía algunos años. Era médico, más aficionado a la zoología y la botánica que a la medicina. Cuando fue informado del infructuoso experimento del profesor Garner, le vino la idea de retomarlo, a pesar de haber cumplido la cincuentena. John Cort había tenido ocasión de conversar con él varias veces en Libreville.

Si ya no era joven, el doctor Johausen gozaba al menos de una salud excelente. Hablaba el inglés y el francés como su lengua materna, y entendía incluso el dialecto indígena gracias al ejercicio de su profesión. Su fortuna le permitía, por lo demás, dar sus cuidados gratuitamente, pues no tenía parientes directos ni colaterales en grado sucesorio. Independiente en toda la acepción de la palabra, sin cuentas que rendir a nadie, con una confianza en sí mismo que nada habría podido quebrantar, ¿por qué no iba a hacer lo que le viniera en gana? Conviene añadir que, excéntrico y maniático, bien parecía que hubiese lo que en Francia llaman «una grieta» en su intelecto.

El doctor tenía a su servicio a un indígena del que estaba bastante satisfecho. Cuando este conoció el proyecto de ir a vivir en la selva en medio de los simios, no vaciló en aceptar la oferta de su amo, sin saber muy bien a qué se comprometía.

De lo que se sigue que el doctor Johausen y su criado se pusieron manos a la obra. Una jaula desmontable, tipo Garner, mejor acondicionada, más confortable, encargada a Alemania, fue entregada a bordo de un paquebote que hacía escala en Malimba. Por otro lado, en aquella ciudad se encontró sin dificultad el modo de reunir provisiones, conservas y demás, así como municiones, de manera que no se necesitase avituallamiento alguno durante un largo período. En cuanto al mobiliario, muy rudimentario, ropa de cama, lencería, vestimenta, utensilios de aseo y cocina, estos objetos fueron tomados de la casa del doctor, y también un viejo organillo callejero, en la idea de que los simios no debían de ser insensibles al encanto de la música. Al mismo tiempo, hizo acuñar un cierto número de medallas de níquel, con su nombre y su retrato, destinadas a las autoridades de aquella colonia simiesca que esperaba fundar en el África central.

Para terminar, el 13 de febrero de 1896, el doctor y el indígena se embarcaron en Malimba con su material en una barca del Nbarri y remontaron su curso con el fin de ir...

¿De ir adónde? Eso es lo que el doctor Johausen no había dicho ni querido decir a nadie. Al no necesitar ser avituallado en mucho tiempo, se vería así al abrigo de toda importunidad. El indígena y él se bastarían a sí mismos. No habría motivo alguno de perturbación o distracción para los cuadrumanos de los que quería hacer su única compañía, y sabría contentarse con las delicias de su conversación, sin dudar de que sorprendería los secretos de la lengua macaca.

Lo que se supo más tarde fue que la barca, tras remontar el Nbarri durante un centenar de leguas, ancló en la aldea de Nghila; que una veintena de negros fueron contratados como porteadores; que el material se encaminó en dirección al este. Pero, a partir de ese momento, no se volvió a saber del doctor Johausen. Los porteadores, de vuelta en Nghila, eran incapaces de indicar con precisión el lugar donde se habían despedido de él.

En resumen, transcurridos dos años, y pese a algunas búsquedas que no habían de conducir a nada, ninguna noticia del doctor alemán ni de su fiel criado.

Lo que había ocurrido, John Cort y Max Huber iban a poder reconstruirlo, al menos en parte.

El doctor Johausen había alcanzado, con su escolta, un río en el noroeste de la selva del Ubangui; luego procedió a la construcción de una balsa cuyos tablones y maderos proporcionó su material; por último, terminado este trabajo y despedida la escolta, su criado y él descendieron el curso de aquel río desconocido, se detuvieron y montaron la cabaña en el lugar donde acababa de ser encontrada, bajo los primeros árboles de la orilla derecha, al extremo del claro.

He ahí la parte de certidumbre en el asunto del profesor. ¡Pero cuántas hipótesis acerca de su situación actual!

¿Por qué estaba vacía la jaula? ¿Por qué la habían abandonado sus dos ocupantes? ¿Cuántos meses, semanas o días estuvo habitada? ¿Fue voluntariamente como se marcharon? Ninguna probabilidad a este respecto... ¿Es que habían sido raptados? ¿Por quién? ¿Por indígenas? Pero la selva del Ubangui pasaba por estar deshabitada... ¿Cabía admitir que habían huido ante el ataque de fieras? En fin, ¿vivían todavía el doctor Johausen y el indígena?

Estas diversas cuestiones fueron planteadas rápidamente entre los dos amigos. Cierto es que, a cada hipótesis, no podían dar respuestas plausibles y se perdían en las tinieblas de aquel misterio.

– Consultemos el cuaderno... —propuso John Cort.

– Estamos reducidos a eso —dijo Max Huber—. Quizá, a falta de datos explícitos, solo con las fechas, sea posible establecer...

John Cort abrió el cuaderno, cuyas páginas se adherían unas a otras por la humedad.

– No creo que este cuaderno nos revele gran cosa... —observó.

– ¿Por qué?

– Porque todas las páginas están en blanco... salvo la primera...

– ¿Y esa primera página, John?

– Algunos retazos de frases, algunas fechas también, que, sin duda, debían servir más adelante al doctor Johausen para redactar su diario.

Y John Cort, con bastante dificultad por cierto, logró descifrar las líneas siguientes, escritas a lápiz en alemán y que iba traduciendo sobre la marcha:

29 de julio de 1896. — Llegado con la escolta a la linde de la selva del Ubangui... Acampado en la orilla derecha de un río... Construido nuestra balsa.

3 de agosto. — Balsa terminada... Despedida la escolta hacia Nghila... Borrado todo rastro de campamento... Embarcado con mi criado.

9 de agosto. — Descendido el curso de agua durante siete días, sin obstáculos... Parada en un claro... Numerosos simios en los alrededores... Lugar que parece conveniente.

10 de agosto. — Desembarcado el material... Lugar elegido para montar la cabaña-jaula bajo los primeros árboles de la orilla derecha, al extremo del claro... Simios numerosos, chimpancés, gorilas.

13 de agosto. — Instalación completa... Tomada posesión de la cabaña... Alrededores absolutamente desiertos... Ningún rastro de seres humanos, indígenas u otros... Caza acuática muy abundante... Río con abundancia de peces... Bien resguardados en la cabaña durante una borrasca.

25 de agosto. — Veintisiete días transcurridos... Existencia organizada con regularidad... Algunos hipopótamos en la superficie del río, pero ninguna agresión por su parte... Alces y antílopes abatidos... Grandes simios venidos la noche pasada a las proximidades de la cabaña... ¿De qué especie son? Eso no ha podido determinarse aún... No han hecho demostraciones hostiles, unas veces corriendo por el suelo, otras encaramados a los árboles... Creído entrever un fuego a unos cien pasos bajo la arboleda... Hecho curioso a verificar: parece que estos simios hablan, que intercambian entre sí algunas frases... Una cría ha dicho: «¡Ngora!... ¡Ngora!... ¡Ngora!...», palabra que los indígenas emplean para designar a la madre.

Llanga escuchaba atentamente lo que leía su amigo John, y, en ese momento, exclamó:

– ¡Sí... sí... ngora... ngora... madre... ngora... ngora!

Ante aquella palabra registrada por el doctor Johausen y repetida por el chiquillo, ¿cómo no iba a recordar John Cort que, la noche anterior, había llegado a sus oídos? Creyendo que se trataba de una ilusión, de un error, no había dicho nada a sus compañeros sobre aquel incidente. Pero, después de la observación del doctor, juzgó que debía ponerlos al corriente. Y cuando Max Huber exclamó:

– Decididamente, ¿es que el profesor Garner habría tenido razón? ¿Simios que hablan?

– Todo lo que puedo decir, querido Max, es que yo también oí esa palabra de «ngora» —afirmó John Cort.

Y relató en qué circunstancias aquella palabra había sido pronunciada con voz quejumbrosa durante la noche del 14 al 15, mientras él estaba de guardia.

– Vaya, vaya —dijo Max Huber—, esto no deja de ser extraordinario...

– ¿No es eso lo que usted pedía, querido amigo? —replicó John Cort.

Khamis había escuchado aquel relato. Verosímilmente, lo que parecía interesar al francés y al americano lo dejaba bastante frío. Los hechos relativos al doctor Johausen los acogía con indiferencia. Lo esencial era que el doctor hubiera construido una balsa de la que ahora se dispondría, así como de los objetos que contenía su jaula abandonada. En cuanto a saber qué había sido de su criado y de él, el foreloper no comprendía que hubiese motivo para inquietarse, y menos aún que alguien pudiera tener la idea de lanzarse a través de la gran selva para descubrir sus huellas, a riesgo de ser raptado como ellos lo habían sido sin duda. Así pues, si Max Huber y John Cort proponían ir en su busca, se emplearía en disuadirlos, les recordaría que el único partido a tomar era continuar el viaje de regreso descendiendo el curso de agua hasta el Ubangui.

La razón, por lo demás, indicaba que no cabía hacer ninguna tentativa con probabilidades de éxito... ¿Hacia qué lado se habría ido uno para encontrar al doctor alemán? Si al menos hubiera existido algún indicio, quizá John Cort habría considerado un deber acudir en su auxilio, quizá Max Huber se habría considerado el instrumento de su salvación, designado por la Providencia. Pero nada, nada más que aquellas frases fragmentarias del cuaderno, cuya última entrada figuraba bajo la fecha del 25 de agosto; nada más que páginas en blanco que fueron vanamente hojeadas hasta la última.

Así que John Cort concluyó:

– Es indudable que el doctor llegó a este lugar un 9 de agosto y que sus notas se detienen el 25 del mismo mes. Si no escribió más desde esa fecha, es porque, por una razón u otra, había abandonado su cabaña, donde solo permaneció trece días...

– Y —añadió Khamis— difícilmente se puede imaginar qué ha podido ser de él.

– No importa —observó Max Huber—, yo no soy curioso...

– ¡Oh! Querido amigo, lo es usted en grado sumo...

– Tiene razón, John, y por conocer la clave de este enigma...

– Partamos —se limitó a decir el foreloper.

En efecto, no había que demorarse. Poner la balsa en condiciones de abandonar el claro, descender el río: eso se imponía. Si más adelante se juzgaba conveniente organizar una expedición en beneficio del doctor Johausen, aventurarse hasta los últimos confines de la gran selva, podría hacerse en condiciones más favorables, y los dos amigos serían libres de participar.

Antes de salir de la jaula, Khamis la inspeccionó hasta el último rincón. Quizá encontrase algún objeto aprovechable. No sería un acto de indelicadeza, pues, tras dos años de ausencia, ¿cómo admitir que su propietario reapareciese algún día para reclamarlos?

La cabaña, bien construida en conjunto, ofrecía todavía un excelente cobijo. La techumbre de cinc, recubierta de paja, había resistido las inclemencias de la mala estación. La fachada delantera, la única que estaba enrejada, miraba al este, menos expuesta así a los grandes vientos. Y, probablemente, el mobiliario —ropa de cama, mesa, sillas, baúl— se habría encontrado intacto si no se lo hubiesen llevado, y, a decir verdad, aquello parecía bastante inexplicable.

Sin embargo, tras aquellos dos años de abandono, diversas reparaciones habrían sido necesarias. Los tablones de las paredes laterales empezaban a desencajarse, la base de los montantes se movía en la tierra húmeda, indicios de deterioro se manifestaban bajo los festones de lianas y verdor.

Era una tarea de la que Khamis y sus compañeros no tenían por qué encargarse. Que aquella cabaña fuese a servir algún día de refugio a algún otro aficionado a la simiología era altamente improbable. Se dejaría, pues, tal como estaba.

Y ahora, ¿no se recogerían más objetos que el cazo, la taza, el estuche de gafas, el hacha y la caja del cuaderno que los dos amigos acababan de recoger? Khamis buscó con cuidado. Ni armas, ni utensilios, ni cajas, ni conservas, ni ropas. Así pues, el foreloper iba a salir con las manos vacías cuando, en un ángulo del fondo, a la derecha, el suelo, al golpearlo con el pie, devolvió un sonido metálico.

– Ahí hay algo... —dijo.

– ¿Quizá una llave? —respondió Max Huber.

– ¿Y por qué una llave? —preguntó John Cort.

– ¡Pues, querido John..., la llave del misterio!

No era una llave, sino una caja de hojalata que había sido enterrada en aquel lugar y que Khamis extrajo. No parecía haber sufrido deterioro y, con viva satisfacción, se comprobó que contenía un centenar de cartuchos.

– ¡Gracias, buen doctor —exclamó Max Huber—, y ojalá podamos corresponder algún día al señalado servicio que nos habrá prestado!

Servicio señalado, en efecto, pues aquellos cartuchos eran precisamente del mismo calibre que las carabinas del foreloper y de sus dos compañeros.

No quedaba más que regresar al lugar del alto y poner la balsa en condiciones de navegabilidad.

– Antes —propuso John Cort— veamos si existe algún rastro del doctor Johausen y de su criado en los alrededores... Es posible que ambos fueran arrastrados por los indígenas a las profundidades de la selva, pero también es posible que sucumbieran defendiéndose... y si sus restos están sin sepultura...

– Nuestro deber sería darles sepultura —declaró Max Huber.

Las búsquedas en un radio de cien metros no dieron resultado. Cabía concluir que el infortunado Johausen había sido raptado, ¿y por quién si no por los indígenas, aquellos mismos que el doctor tomaba por simios y que conversaban entre sí? ¿Qué verosimilitud, en efecto, que unos cuadrumanos estuviesen dotados de habla?

– En todo caso —hizo observar John Cort—, esto indica que la selva del Ubangui está frecuentada por nómadas, y debemos mantenernos en guardia...

– Como usted dice, señor John —aprobó Khamis—. Y ahora, a la balsa...

– ¡Y no saber qué ha sido de ese buen teutón! —replicó Max Huber—. ¿Dónde puede estar?

– Donde están las personas de las que no se tienen noticias —dijo John Cort.

– ¿Es eso una respuesta, John?

– Es la única que podemos dar, querido Max.

Cuando todos hubieron regresado a la gruta, eran aproximadamente las nueve. Khamis se ocupó primero de preparar el almuerzo. Puesto que disponía de una olla, Max Huber pidió que se sustituyera la carne asada o a la brasa por carne hervida. Sería una variante en el menú habitual. Aceptada la propuesta, se encendió el fuego y, hacia mediodía, los comensales se deleitaron con un caldo al que solo le faltaban el pan, las verduras y la sal.

Pero, antes del almuerzo, todos habían trabajado en las reparaciones de la balsa, como siguieron haciéndolo después. Afortunadamente, Khamis había encontrado detrás de la cabaña algunos tablones que pudieron sustituir a los de la plataforma, podridos en varios puntos. Gran faena evitada, dada la falta de herramientas. Aquel conjunto de maderos y tablones fue atado de nuevo con lianas tan sólidas como ligamentos de hierro, o al menos como cabos de amarre. La obra estaba terminada cuando el sol desapareció tras los macizos de la orilla derecha del río.

La partida había sido aplazada hasta el día siguiente al alba. Más valía pasar la noche en la gruta. En efecto, la lluvia que amenazaba se puso a caer con fuerza hacia las ocho.

Así pues, tras haber encontrado el lugar donde se había instalado el doctor Johausen, ¡Khamis y sus compañeros partirían sin saber qué había sido de él! Nada... ¡nada! ¡Ni un solo indicio! Aquel pensamiento no dejaba de obsesionar a Max Huber, mientras que apenas preocupaba a John Cort y dejaba al foreloper del todo indiferente. Iba a soñar con babuinos, chimpancés, gorilas, mandriles, simios parlantes, aun reconociendo que el doctor no podía haber tenido que vérselas sino con indígenas... Y entonces —¡el imaginativo que era!— la gran selva se le aparecía de nuevo con sus eventualidades misteriosas, las inverosímiles obsesiones que le sugerían sus profundidades, tribus nuevas, tipos desconocidos, aldeas perdidas bajo los grandes árboles...

Antes de tenderse en el fondo de la gruta:

– Querido John, y usted también, Khamis —dijo—, tengo una propuesta que hacerles...

– ¿Cuál, Max?

– Hacer algo por el doctor...

– ¿Lanzarse en su busca? —protestó el foreloper.

– No —prosiguió Max Huber—, sino dar su nombre a este curso de agua, que no lo tiene, supongo...

Y he aquí por qué el río Johausen figurará en lo sucesivo en los mapas modernos del África ecuatorial.

La noche fue tranquila, y, mientras velaban por turnos, ni John Cort, ni Max Huber, ni Khamis oyeron una sola palabra llegar a sus oídos.

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