Capítulo VI
Después de una larga etapa
Al día siguiente, 11 de marzo, perfectamente repuestos de las fatigas de la víspera, John Cort, Max Huber, Khamis y Llanga se dispusieron a afrontar las de aquella segunda jornada de marcha.
Abandonando el cobijo del algodonero, dieron la vuelta al claro, saludados por miríadas de pájaros que llenaban el espacio con trinos ensordecedores y calderones capaces de dar envidia a las Patti y demás virtuosas de la música italiana.
Antes de ponerse en camino, la prudencia mandaba hacer una primera comida. Se compuso únicamente de la carne fría de antílope, del agua de un arroyo que serpenteaba a la izquierda y con la que se rellenó la cantimplora del foreloper.
La etapa se inició a la derecha, bajo la fronda que ya perforaban los primeros rayos del sol, cuya posición fue cuidadosamente calculada.
Era evidente que aquel sector de la selva debía de estar frecuentado por poderosos cuadrúpedos. Las trochas se multiplicaban en todos los sentidos. Y, en efecto, a lo largo de la mañana se avistaron varios búfalos e incluso dos rinocerontes que se mantenían a distancia. Como no parecían de humor pendenciero, no hubo necesidad de gastar cartuchos en rechazar un ataque.
La pequeña tropa no se detuvo hasta hacia mediodía, habiendo cubierto una buena docena de kilómetros.
En aquel lugar, John Cort pudo abatir un par de avutardas de la especie de los korhaan, que viven en los bosques, volátiles de plumaje de un negro azabache bajo el vientre. Su carne, muy apreciada por los indígenas, inspiró esta vez la misma estima a un americano y a un francés en la comida del mediodía.
– Pido —había dicho, no obstante, Max Huber— que se sustituya la brasa por el asado...
– Nada más fácil —se había apresurado a responder el foreloper.
Y una de las avutardas, desplumada, destripada, ensartada en una varilla, asada en su punto ante una llama viva y chisporroteante, fue devorada a dos carrillos.
Khamis y sus compañeros se pusieron de nuevo en marcha en condiciones más penosas que la víspera.
Al descender hacia el suroeste, las trochas se presentaban con menos frecuencia. Había que abrirse camino entre la maleza, tan tupida como las lianas cuyos cordones hubo que cortar a cuchillo. La lluvia se puso a caer durante varias horas, una lluvia bastante copiosa. Pero tal era la espesura de la fronda que apenas si el suelo recibía algunas gotas. No obstante, en medio de un claro, Khamis pudo rellenar la cantimplora, ya casi vacía, y hubo motivos para felicitarse. En vano había buscado el foreloper algún hilo de agua bajo las hierbas. De ahí, probablemente, la escasez de animales y de senderos practicables.
– Eso no anuncia precisamente la proximidad de un curso de agua —declaró John Cort, cuando se instalaron para el alto vespertino.
De donde se imponía esta consecuencia: que el río que corría cerca del altozano de los tamarindos no hacía sino bordear la selva.
No obstante, la dirección tomada hasta entonces no debería ser modificada, con tanta más razón cuanto que desembocaría en la cuenca del Ubangui.
– Además —observó Khamis—, a falta del curso de agua que avistamos anteayer desde el campamento, ¿no puede encontrarse otro en esta dirección?
La noche del 11 al 12 de marzo no transcurrió entre las raíces de un algodonero. Fue al pie de un árbol no menos gigantesco, un bombax, cuyo tronco simétrico se elevaba de un solo impulso a una altura de unos treinta metros por encima de la tupida alfombra del suelo.
Establecida la vigilancia como de costumbre, el sueño no iba a ser turbado más que por algunos lejanos mugidos de búfalos y rinocerontes. No era de temer que el rugido del león se mezclase con aquel concierto nocturno. Estas fieras temibles no suelen habitar las selvas del África central. Son huéspedes de las regiones más elevadas en latitud, ya más allá del Congo hacia el sur, ya en el límite del Sudán hacia el norte, en las cercanías del Sahara. Los espesos matorrales no convienen al carácter caprichoso, al porte independiente del rey de los animales, rey de autoridad y no rey constitucional. Necesita espacios más amplios, llanuras inundadas de sol donde poder saltar con entera libertad.
Si los rugidos no se dejaron oír, lo mismo ocurrió con los gruñidos del hipopótamo, lo cual era de lamentar, conviene señalar, pues la presencia de estos mamíferos anfibios habría indicado la proximidad de un curso de agua.
Al día siguiente, partida al alba con tiempo sombrío, y disparo de carabina de Max Huber, que abatió un antílope del tamaño de un asno, o más exactamente de una cebra, tipo situado entre el asno y el caballo. Era un órix, de pelaje vinoso, con algunas rayas regulares. El órix está recorrido por una banda negra desde la nuca hasta la grupa, adornado de manchas negras en las patas, de pelo blanquecino, provisto de una cola negra que barre ampliamente el suelo, y de un mechón de pelaje negro en la garganta. Bello animal, de cuernos de un metro de largo, guarnecidos de una treintena de anillos en su base, curvándose con elegancia y presentando una simetría de forma de la que la naturaleza da pocos ejemplos.
En el órix, la cornamenta es un arma defensiva que, en las comarcas del norte y del sur de África, le permite resistir incluso el ataque del león. Pero aquel día, el animal al que apuntó el cazador no pudo escapar a la bala que le fue limpiamente enviada y, con el corazón atravesado, cayó al primer disparo.
Era la alimentación asegurada para varios días. Khamis se ocupó de despiezar el órix, trabajo que llevó una hora. Después, repartiéndose aquella carga, de la que Llanga reclamó su parte, comenzaron una nueva etapa.
– ¡Vaya! —dijo John Cort—. Por aquí se consigue carne a buen precio, puesto que no cuesta más que un cartucho...
– A condición de ser diestro... —replicó el foreloper.
– Y sobre todo afortunado —añadió Max Huber, más modesto de lo que suelen serlo sus colegas en la alta montería.
Pero hasta entonces, si Khamis y sus compañeros habían podido ahorrar su pólvora y economizar su plomo, si solo los habían empleado en matar piezas de caza, la jornada no debía terminar sin que las carabinas tuvieran que servir para la defensa.
Durante un buen kilómetro, el foreloper creyó incluso que tendría que rechazar el ataque de una banda de simios. Aquella banda se agitaba a derecha e izquierda de una larga trocha, unos saltando entre las ramas de árbol en árbol, otros brincando y franqueando los matorrales con brincos prodigiosos que habrían dado envidia a los más ágiles gimnastas.
Allí se mostraban varias especies de cuadrumanos de elevada estatura: cinocéfalos de tres colores, amarillos como árabes, rojos como indios del Lejano Oeste, negros como indígenas de Cafrería, y que resultan temibles para ciertas fieras. Allí hacían muecas diversos tipos de colobos, los verdaderos dandis, los petimetres más elegantes de la raza simiesca, sin cesar ocupados en cepillar y alisar con la mano aquella esclavina blanca que les ha valido el nombre de colobos con capuchón.
Sin embargo, aquella escolta, que se había congregado después del almuerzo, desapareció hacia las dos, cuando Max Huber, John Cort, Khamis y Llanga recorrían un sendero bastante ancho que se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista.
Si tenían motivos para felicitarse por las ventajas de aquella ruta fácilmente practicable, tuvieron que lamentar el encuentro con los animales que la frecuentaban.
Eran dos rinocerontes, cuyo prolongado resoplido retumbó poco antes de las cuatro a corta distancia. Khamis no se equivocó y ordenó a sus compañeros detenerse.
– Malas bestias, los rinocerontes... —dijo, echándose al hombro la carabina que llevaba en bandolera.
– Muy malas —replicó Max Huber—, y, sin embargo, no son más que herbívoros...
– ¡Que tienen la vida muy dura! —añadió Khamis.
– ¿Qué debemos hacer? —preguntó John Cort.
– Intentar pasar sin ser vistos —aconsejó Khamis—, o al menos ocultarnos al paso de esas bestias dañinas... Quizá no nos perciban... No obstante, estemos listos para disparar si nos descubren, ¡porque cargarán contra nosotros!
Las carabinas fueron revisadas, los cartuchos dispuestos para ser reemplazados con rapidez. Después, lanzándose fuera del sendero, los cuatro desaparecieron tras los espesos matorrales que lo bordeaban a la derecha.
Cinco minutos después, habiéndose acrecentado los mugidos, aparecieron los monstruosos paquidermos, de la especie keitloa, casi desprovistos de pelo. Iban a buen trote, la cabeza alta, la cola enroscada sobre la grupa.
Eran animales de casi cuatro metros de largo, orejas erguidas, patas cortas y torcidas, hocico truncado armado de un solo cuerno, capaz de golpes formidables. Y tal es la dureza de sus mandíbulas que trituran impunemente cactus de rudas espinas como los asnos comen cardos.
La pareja se detuvo bruscamente. Khamis y los demás no dudaban de que habían sido olfateados.
Uno de los rinocerontes —un monstruo de piel rugosa y seca— se acercó a los matorrales.
Max Huber le apuntó.
– No le tire a la grupa... a la cabeza... —le gritó el foreloper.
Una detonación, luego dos, luego tres, resonaron. Las balas apenas penetraban aquellas gruesas corazas y fueron otros tantos tiros en pura pérdida.
Las detonaciones ni los intimidaron ni los detuvieron, y se dispusieron a franquear el matorral.
Era evidente que aquel amasijo de zarzas y maleza no podría oponer un obstáculo a bestias tan poderosas. En un instante, todo sería arrasado, devastado, aplastado. Tras haber escapado de los elefantes de la llanura, ¿escaparían Khamis y sus compañeros de los rinocerontes de la gran selva? Ya tuvieran los paquidermos la nariz en trompa o la nariz en cuerno, se igualaban en vigor... Y aquí no habría aquella linde de árboles que había detenido a los elefantes lanzados a toda velocidad. Si el foreloper, John Cort, Max Huber y Llanga intentaban huir, serían perseguidos, serían alcanzados. Las redes de lianas retrasarían su carrera, mientras que los rinocerontes pasarían como una avalancha.
Sin embargo, entre los árboles de aquel matorral, un baobab enorme podía ofrecer un refugio si se lograba trepar hasta sus primeras ramas. Sería repetir la maniobra ejecutada en el altozano de los tamarindos, cuyo desenlace había sido funesto, por cierto. ¿Y había razones para creer que tendría más éxito?
Quizá, pues el baobab era de talla y grosor suficientes para resistir los embates de los rinocerontes.
Cierto es que su horcadura no se abría sino a unos quince metros por encima del suelo, y el tronco, abombado en forma de calabaza, no presentaba ningún saliente al que la mano pudiese agarrarse ni el pie encontrar un punto de apoyo.
El foreloper había comprendido que era inútil intentar alcanzar aquella horcadura. Así pues, Max Huber y John Cort esperaban a que tomase una decisión.
En ese momento, la maraña de matorrales al borde del sendero se agitó, y apareció una enorme cabeza.
Un cuarto disparo de carabina estalló.
John Cort no tuvo más suerte que Max Huber. La bala, penetrando en la juntura del hombro, no provocó más que un aullido más terrible del animal, cuya irritación creció con el dolor. No retrocedió, al contrario, y de un impulso prodigioso se precipitó contra el matorral, mientras el otro rinoceronte, apenas rozado por una bala de Khamis, se disponía a seguirlo.
Ni Max Huber, ni John Cort, ni el foreloper tuvieron tiempo de recargar sus armas. Huir en direcciones diversas, escapar bajo el macizo: era demasiado tarde. El instinto de conservación los empujó a los tres, con Llanga, a refugiarse detrás del tronco del baobab, que no medía menos de seis metros de perímetro en la base.
Pero cuando el primer animal bordeara el árbol, cuando el segundo se le uniera, ¿cómo evitar su doble ataque?
– ¡Diablos! —exclamó Max Huber.
– ¡Dios más bien! —exclamó John Cort.
Y ciertamente había que renunciar a toda esperanza de salvación si la Providencia no intervenía.
Bajo un choque de espantosa violencia, el baobab tembló hasta en sus raíces, como si fuera a ser arrancado del suelo.
El rinoceronte, arrastrado por su formidable impulso, acababa de ser detenido en seco. En un punto donde la corteza del baobab se entreabría, su cuerno, entrado como la cuña de un leñador, se había hundido un pie. En vano hizo los más violentos esfuerzos para retirarlo. Ni siquiera apuntalándose sobre sus cortas patas lo consiguió.
El otro, que destrozaba el matorral furiosamente, se detuvo, y lo que era su furia la de ambos resulta difícil de imaginar.
Khamis, deslizándose entonces alrededor del árbol, tras haber reptado a ras de las raíces, trató de ver lo que ocurría.
– ¡A correr... a correr! —gritó casi al instante.
Se le comprendió más que se le oyó.
Sin pedir explicación, Max Huber y John Cort, arrastrando a Llanga, se escabulleron entre las altas hierbas. Para su extrema sorpresa, no eran perseguidos por los rinocerontes, y no fue hasta después de cinco minutos de carrera jadeante cuando, a una señal del foreloper, hicieron alto.
– ¿Qué ha pasado? —preguntó John Cort, en cuanto hubo recobrado el aliento.
– El rinoceronte no ha podido retirar su cuerno del tronco del árbol... —dijo Khamis.
– ¡Caramba! —exclamó Max Huber—. Es el Milón de Crotona de los rinocerontes...
– ¡Y acabará como ese héroe de los juegos olímpicos! —añadió John Cort.
Khamis, sin importarle lo más mínimo quién fuese aquel célebre atleta de la Antigüedad, se limitó a murmurar:
– En fin... sanos y salvos... ¡pero a costa de cuatro o cinco cartuchos quemados en balde!
– Es tanto más lamentable cuanto que esa bestia... se come, si estoy bien informado —dijo Max Huber.
– En efecto —afirmó Khamis—, aunque su carne tiene un fuerte sabor a almizcle... Dejemos al animal donde está...
– ¡Descornándose a sus anchas! —remató Max Huber.
No habría sido prudente regresar al baobab. Los mugidos de los dos rinocerontes seguían resonando bajo la arboleda. Tras un rodeo que los devolvió al sendero, los cuatro reanudaron la marcha. Hacia las seis, el alto fue organizado al pie de un enorme peñasco.
El día que siguió no trajo incidente alguno. Las dificultades del camino no se acrecentaron, y una treintena de kilómetros fueron cubiertos en dirección suroeste. En cuanto al curso de agua tan impacientemente reclamado por Max Huber, tan categóricamente anunciado por Khamis, no aparecía.
Aquella noche, terminada una cena cuyo menú poco variado proporcionó un antílope llamado antílope de los matorrales, se entregaron al descanso. Por desgracia, aquella decena de horas de sueño fue perturbada por el vuelo de millares de murciélagos de pequeño y gran tamaño, de los que el campamento no se vio libre hasta el amanecer.
– ¡Demasiadas harpías, muchas demasiadas! —exclamó Max Huber cuando se puso de nuevo en pie, todavía bostezando, después de una noche tan mala.
– No hay que quejarse... —dijo el foreloper.
– ¿Y por qué?
– Porque más vale vérselas con murciélagos que con mosquitos, y estos nos han respetado hasta ahora.
– Lo mejor, Khamis, sería evitar unos y otros...
– Los mosquitos... no los evitaremos, señor Max...
– ¿Y cuándo debemos ser devorados por esos abominables insectos?
– A medida que nos acerquemos a un río...
– ¡Un río! —exclamó Max Huber—. ¡Pero después de haber creído en el río, Khamis, ya no me es posible creer en él!
– Se equivoca, señor Max, ¡y quizá no esté muy lejos!
El foreloper, en efecto, ya había observado algunas modificaciones en la naturaleza del suelo, y, desde las tres de la tarde, su observación tendió a confirmarse. Aquel sector de la selva se volvía sensiblemente pantanoso.
Aquí y allá se abrían charcas erizadas de hierbas acuáticas. Se pudieron incluso abatir unos gaugas, especie de patos salvajes cuya presencia indicaba la proximidad de un curso de agua. Igualmente, a medida que el sol declinaba en el horizonte, el croar de las ranas se dejaba oír.
– O mucho me equivoco... o el país de los mosquitos no anda lejos... —dijo el foreloper.
Durante el resto de la etapa, la marcha se efectuó por un terreno difícil, embarazado por aquellas innumerables fanerógamas cuyo desarrollo favorece un clima húmedo y cálido. Los árboles, más espaciados, estaban menos enlazados por las lianas.
Max Huber y John Cort no podían dejar de advertir los cambios que presentaba aquella parte de la selva al extenderse hacia el suroeste.
Pero, a pesar de los pronósticos de Khamis, la mirada, en aquella dirección, no captaba aún ningún destello de agua corriente.
No obstante, al mismo tiempo que se acentuaba la pendiente del suelo, los barrizales se hacían más numerosos. Se requería una atención extrema para no hundirse en ellos. Y además, al salir de ellos, no sería sin picaduras.
Millares de sanguijuelas pululaban en los hoyos y, en su superficie, corrían miriápodos gigantescos, repugnantes articulados de color negruzco y patas rojas, bien hechos para provocar un asco insuperable.
En cambio, qué regalo para la vista aquellas innumerables mariposas de tonos tornasolados, aquellas graciosas libélulas de las que tantas ardillas, civetas, bengalíes, viudas, jinetas y martines pescadores, que se mostraban al borde de las charcas, debían hacer un consumo prodigioso.
El foreloper observó además que no solo las avispas, sino también las moscas tsé-tsé abundaban en los arbustos. Afortunadamente, si hay que precaverse del aguijón de las primeras, no hay que preocuparse por la mordedura de las segundas. Su veneno no es mortal más que para los caballos, los camellos y los perros, no para el hombre, como tampoco para las bestias salvajes.
La pequeña tropa descendió así hacia el suroeste hasta las seis y media de la tarde, etapa a la vez larga y fatigosa. Ya Khamis se ocupaba de elegir un buen emplazamiento de alto para la noche cuando Max Huber y John Cort fueron distraídos por los gritos de Llanga.
Según su costumbre, el muchacho se había adelantado, husmeando a un lado y a otro, cuando se le oyó llamar a voz en grito. ¿Estaba enfrentándose a alguna fiera?
John Cort y Max Huber corrieron en su dirección, listos para hacer fuego... Pronto se tranquilizaron.
Subido a un enorme tronco caído, tendiendo la mano hacia un amplio claro, Llanga repetía con su voz aguda:
– ¡El río... el río!
Khamis acababa de reunirse con ellos, y John Cort se limitó a decirle:
– El curso de agua solicitado.
A medio kilómetro, sobre un ancho espacio desbrozado, serpenteaba un límpido río en el que se reflejaban los últimos rayos del sol.
– Es ahí donde debemos acampar, en mi opinión... —propuso John Cort.
– Sí... ahí... —aprobó el foreloper—, y estén seguros de que este río nos conducirá hasta el Ubangui.
En efecto, no sería difícil construir una balsa y abandonarse a la corriente de aquel río.
Hubo, antes de alcanzar su orilla, que atravesar un terreno muy pantanoso.
Siendo el crepúsculo de muy corta duración en aquellas comarcas ecuatoriales, la oscuridad era ya profunda cuando el foreloper y sus compañeros se detuvieron en una ribera bastante elevada.
En aquel lugar, los árboles eran escasos y presentaban masas más espesas aguas arriba y aguas abajo.
En cuanto a la anchura del río, John Cort creyó poder evaluarla en unos cuarenta metros. No se trataba, pues, de un simple arroyo, sino de un afluente de cierta importancia cuya corriente no parecía muy rápida.
Esperar al día siguiente para hacerse cargo de la situación era lo que aconsejaba la razón. Siendo lo más urgente encontrar un cobijo seco donde pasar la noche, Khamis descubrió oportunamente una anfractuosidad rocosa, especie de gruta excavada en la caliza de la ribera, que bastaría para albergarlos a los cuatro.
Se decidió, para empezar, cenar con los restos de la carne asada. De este modo, no sería necesario encender un fuego cuyo resplandor habría podido atraer a los animales. Cocodrilos e hipopótamos abundan en los cursos de agua de África. Si frecuentaban aquel río —lo cual era probable—, más valía no tener que defenderse de un ataque nocturno.
Cierto es que una hoguera mantenida a la entrada de la gruta, bien humeante, habría disipado la nube de mosquitos que pululaban al pie de la ribera. Pero, entre dos inconvenientes, más valía elegir el menor y desafiar el aguijón de los mosquitos y demás insectos molestos antes que las enormes mandíbulas de los caimanes.
Durante las primeras horas, John Cort se mantuvo de guardia en el orificio de la anfractuosidad, mientras sus compañeros dormían a pierna suelta pese al zumbido de los mosquitos.
Durante su guardia, si no vio nada sospechoso, al menos en varias ocasiones creyó oír una palabra que parecía articulada por labios humanos en un tono quejumbroso...
Y esa palabra era «ngora», que significa «madre» en lengua indígena.