XXII
LA INSTALACIÓN - PRIMERA NOCHE EN LA COSTA - FRITZ Y JENNY - MEJORÍA EN EL ESTADO DEL CAPITÁN GOULD - DISCUSIONES - ASCENSIÓN AL ACANTILADO
IMPOSIBLE - LA NOCHE DEL 26 AL 27 DE OCTUBRE.
Difícil hubiera sido encontrar para instalarse cosa mejor que aquella caverna, pues, por la forma de su interior, cada cual podía vivir con independencia. Poco importaba que durante el día la caverna quedase en una semioscuridad, pues, a no ser que hiciese mal tiempo, no sería ocupada más que por la noche. Desde el amanecer Harry Gould se haría transportar fuera a fin de respirar el aire puro y vivificante mezclado con los rayos del sol.
Dentro, Jenny se acomodó con su marido en una de las fragosidades laterales; James Wolston, su mujer y el pequeño Bob tomaron posesión de otro compartimiento natural más grande, y François se contentaría con un rincón en la sala común en compañía de Harry Gould y del contramaestre.
Sitio no faltaba en aquella excavación natural, que aún no era conocida en toda su profundidad.
El resto del día fue consagrado al reposo. Tras las múltiples emociones de la última semana, los pasajeros de la chalupa tenían que reponerse de pruebas tan animosamente soportadas. Después, convenía acostumbrarse a la nueva situación. Realmente, la resolución de pasar quince días en el fondo de aquella bahía, donde la existencia material parecía asegurada por algún tiempo, era acto de prudencia. Aun cuando el estado del capitán no lo hubiera exigido, John Block no hubiera aconsejado una partida inmediata. Ahora era preciso pensar en lo presente; más tarde se pensaría en lo por venir.
Y, sin embargo, ¡qué eventualidades reservaba éste, si aquella tierra no era más que un islote perdido en el océano Pacífico, si era menester abandonarlo, si había que hacer frente en una débil embarcación a las frecuentes tormentas de aquellos parajes! ¿Cuál sería el desenlace de esta nueva tentativa?
Por la noche, después de una segunda comida, compuesta de sopa, carne y huevos de tortuga, François dirigió al cielo la plegaria de costumbre, y todos penetraron en la caverna. El capitán, gracias a los cuidados de Jenny y de Dolí, estaba mejor y ya no tenía fiebre. Su herida, que tendía a la cicatrización, le hacía sufrir menos, y había motivo para esperar que pronto entraría en un período de franca curación.
No fue necesario vigilar durante la noche. En aquella playa desierta nada había que temer de los salvajes ni de las fieras. Ningún ser humano había, sin duda, visitado aquellas tristes soledades. Únicamente el grito rudo y melancólico de las aves marinas, que regresaban a las cavidades del acantilado, turbaba el silencio. Después el viento cayó poco a poco, y ningún soplo atravesó el espacio hasta el amanecer.
Los hombres salieron al alba. John Block bajó por la playa y se dirigió hacia la chalupa. En aquel momento flotaba, pero la marea descendente no tardaría en dejarla en seco sobre la arena. Sujeta por dos amarras, no había chocado contra las rocas, ni aun en lo más fuerte de la marea, y mientras el viento viniera del este, no corría riesgo alguno. En el caso de que el viento soplase del sur, se buscaría otro sitio de anclaje. Por lo demás, el tiempo, al parecer, no había de cambiar y se estaba en la buena estación.
A su regreso, el contramaestre fue al encuentro de Fritz y le habló de este asunto.
– Hay que pensar en ello —le dijo—. Nuestra embarcación ante todo. Una gruta bien cerrada vale mucho, pero no se navega a bordo de una gruta, y cuando llegue el momento de partir… si es que llega… importa mucho que no haya imposibilidad de hacerlo.
– Comprendido, Block —respondió Fritz—, y tomaremos las precauciones necesarias para que nuestra chalupa no sufra averías… ¿Habrá mejor sitio para ella al otro lado del promontorio?
– Veremos, monsieur Fritz; y como todo va bien por este lado, voy al otro a cazar tortugas… ¿Me acompañáis?
– No, Block, id solo. Yo vuelvo junto al capitán. Esta noche de reposo ha debido calmar su fiebre. Cuando se despierte querrá hablar de la situación, y deseo estar allí para ponerle al corriente de todo.
– Tenéis razón, y repetidle que por el momento no hay nada que temer.
El contramaestre ganó la extremidad del promontorio, saltó de roca en roca, descendió a la ensenada y se dirigió hacia el sitio en que la víspera François y él habían encontrado las tortugas.
Fritz volvió hacia la caverna, junto a la cual François y James se ocupaban en llevar brazadas de hierba seca. Mistress Wolston vestía al pequeño Bob. Jenny y Doll estaban aún junto al capitán. En el ángulo del promontorio, y sobre el hornillo, la olla comenzaba a hervir, y un vapor blanco se escapaba de ella.
Cuando Fritz hubo terminado su conversación con Harry Gould, Jenny y él bajaron a la playa. Después de andar por ella unos cincuenta pasos, se volvieron hacia el acantilado, que les encerraba como los muros de una cárcel.
Y entonces Fritz, con voz conmovida, dijo:
– Querida Jenny, preciso es que yo deje desbordar mi corazón, pues está lleno de cuanto ha pasado desde el día que tuve la dicha de recogerte en la Roca Humeante. Nos veo en el kayak, en la bahía de las Perlas-Viene luego el encuentro en la pinaza y el regreso de la familia a Felsenheim. Dos años dichosos transcurren contigo… Nuestra vida es alegre y nada turba su tranquilidad. Estábamos tan acostumbrados a vivir en aquellas condiciones, que parecía que el mundo no existía fuera de nuestra isla… Y a no ser por el recuerdo de tu padre, querida Jenny, tal vez no hubiéramos partido a bordo de la Licorne; tal vez nunca hubiéramos abandonado la Nueva Suiza…
– ¿Dónde vas a parar, querido Fritz? —preguntó Jenny, que en vano procuraba ocultar su emoción.
– A decirte cuán oprimido está mi corazón desde que la mala suerte se ha declarado contra nosotros… Sí… Tengo el remordimiento de haberte expuesto a participarla conmigo.
– ¡No temas a la mala suerte! —respondió Jenny—. ¡Un hombre de tu valor, de tu energía, no debe abandonarse a la desesperación!
– Deja que acabe lo que deseaba decirte… La Licorne apareció un día en la Nueva Suiza… Partió luego y nos condujo a Europa… Desde entonces la desgracia no ha dejado de perseguirte… El coronel Montrose había muerto sin haber visto a su hija…
– ¡Pobre padre mío! —dijo Jenny, dando libre curso a su dolor—. Sí… La alegría de estrecharme en sus brazos y de recompensar a mi salvador bendiciendo nuestra unión, le fue negada… Dios no lo quiso, Fritz… Preciso es someterse a su voluntad.
– Pues bien, querida Jenny —respondió Fritz—. Estabas de regreso en Inglaterra… Habías vuelto a ver tu país. Podías permanecer en él junto a una parienta que te quería, y encontrar la tranquilidad… la dicha.
– ¿La dicha sin ti, Fritz?
– Y entonces no hubieras corrido nuevos peligros tras aquellos de los que por milagro habías escapado… Y, no obstante, has consentido en seguirme para volver a nuestra isla…
– ¿Olvidas, Fritz, que era tu mujer? ¿Hubiera yo podido dudar en abandonar Europa para volver a ver a los que amo, a tu familia, Fritz, que ahora es la única que tengo?
– Jenny… Jenny… Lo cierto es que yo te he arrastrado a nuevos peligros, tales que no puedo pensar en ellos sin espanto… ¡Sí!… espanto en las condiciones en que estamos… Y, sin embargo, tú habías ya sufrido grandes pruebas… ¡Ah…! ¡Esos miserables que han sido la causa de todo…! ¡Qué nos han abandonado…! ¡Tú, víctima ya del naufragio de la Dorcas, estás ahora en tierra desconocida, más inhabitable que tu islote de la Roca Humeante!
– Pero no estoy sola… ¡Estoy con mi esposo, con tu hermano, con mis amigos, con hombres resueltos, y no tiemblo ni ante los peligros presentes, ni ante los que han de venir! Yo sé que tú lo intentarás todo por la salvación común.
– ¡Todo, querida mía! —exclamó Fritz—. Pero aunque el pensamiento de que tú estás aquí debe redoblar mí valor, este pensamiento me causa tanto daño que me dan deseos de caer a tus pies y pedirte perdón. ¡Es culpa mía, sí…!
– Fritz —respondió la joven estrechándose contra el corazón de su marido—, nadie podría prever las eventualidades que han surgido. Una rebelión a bordo… y las consecuencias de esta rebelión, nuestro abandono en el mar… Vale más no pensar en cosas tan tristes. Podían habernos matado… Podíamos haber sido condenados a permanecer en la chalupa sufriendo los tormentos del hambre y la sed… Podíamos haber perecido en alguna borrasca… Nada de esto ha acontecido… Hemos llegado a tierra, a una tierra que no está desprovista de recursos y que nos ofrece refugio… Si no sabemos qué tierra es, procuraremos reconocerla; y si es preciso abandonarla, la abandonaremos…
– ¿Para ir… adonde, mi pobre Jenny?
– Para ir a otra parte, como diría nuestro bravo contramaestre… Para ir adonde Dios quiera conducirnos… Tengo confianza en Él, mi querido Fritz, y en todos mis compañeros también…
– ¡Ah, querida esposa! —exclamó Fritz—. Tus palabras me han devuelto el valor… ¡Pero yo tenía necesidad de derramar mi corazón en el tuyo…! ¡Sí! Lucharemos… No cederemos a la desesperación… Pensaremos en las preciosas existencias que nos están confiadas… Les salvaremos… Les salvaremos… con la ayuda de Dios…
– ¡Cuya bondad nunca se invoca en vano! —dijo François que acababa de oír las últimas palabras pronunciadas por su hermano—. Tengamos confianza en Él, y nunca nos abandonará…
Había Jenny respondido a su esposo con tanta confianza, que Fritz recobró su energía. La situación podría ser dominada a fuerza de valor y sacrificios. Sus compañeros estaban, como él, dispuestos a hacer esfuerzos sobrehumanos en pro de la común salvación.
A las diez, como el tiempo era bueno, el capitán Gould fue a tenderse al sol, a la extremidad del promontorio. El contramaestre volvía entonces de la excursión que le había llevado en torno de la ensenada hasta el pie del cerro del este. Ir más allá era imposible. Aun con la marea baja se hubiera en vano intentado dar la vuelta a la enorme masa, azotada con violenta resaca.
John Block se había reunido con James en la ensenada, y ambos traían tortugas y huevos. Estos quelonios se contaban por centenares en la playa. En previsión de un próximo embarco se podría hacer provisión abundante de esta carne, que aseguraba la alimentación de los pasajeros.
Después de almorzar, la conversación pasó de unos a otros asuntos, mientras que Jenny, Doll y Suzan se ocupaban en lavar las ropas en el agua del arroyo. Por lo elevado de la temperatura, poniéndola al sol, la ropa se secaría pronto. Después se procedería al repaso de los vestidos, a fin de que todos nuestros amigos estuvieran en disposición de embarcar el día en que se resolviera partir.
¿Cuál era el sitio que ocupaba aquella tierra? ¿Era posible saberlo sin aparatos, con diferencia de algunos grados, fundándose en la altura meridiana del sol? Esta observación dejaría muchas dudas. No obstante, aquel mismo día pareció confirmarse la opinión, ya emitida por el capitán Gould, de que dicha tierra debía de estar situada entre los paralelos treinta y cuarenta. Pero no había modo de determinar qué meridiano la atravesaba de norte a sur, por más que el Flag debió de entrar en la parte occidental del Pacífico.
Volvió a tratarse de llegar a la parte superior del acantilado. Mientras el capitán entraba en la convalecencia de su enfermedad, ¿no era menester saber si la chalupa había arribado a un continente, a una isla o a un islote? Desde una altura de setecientos a ochocientos pies, ¿no se distinguiría alguna otra tierra a algunas leguas de distancia? Fritz, François y el contramaestre estaban decididos a llegar a la cúspide.
Transcurrieron varios días sin que la situación cambiase. Todos comprendían la necesidad de salir de ella por algún medio, no sin el temor de que empeorase. El tiempo continuaba bueno. El calor era fuerte, pero no había tormentas.
Varias veces John Block, Fritz y François habían recorrido la bahía del oeste, desde el contrafuerte hasta el cerro. En vano habían buscado una garganta, una pendiente menos escueta, que permitiera subir a la cresta del acantilado. Éste se alzaba como un lienzo de muralla.
Entretanto se acercaba el momento en que el capitán estaría completamente curado. Su herida, cicatrizada ya, no estaba cubierta más que por una ligera venda. Después de amenguar gradualmente, los accesos de fiebre habían terminado. Las fuerzas volvían, aunque lentamente. El capitán se paseaba por la playa sin necesidad del apoyo de un brazo ajeno. No cesaba de hablar con Fritz y con el contramaestre de las probabilidades y azares de una nueva travesía en dirección norte. El día 25 pudo llegar al pie del cerro, y adquirió por sí la certeza de que era imposible rodear su base.
Fritz, que le acompañaba con François y John Block, propuso entonces arrojarse al mar, a fin de ganar la parte del litoral que más allá se desarrollaba. Pero, aunque el joven fuera excelente nadador, reinaba tal corriente al pie del cerro, que el capitán impidió que pusiera en práctica su peligroso proyecto… Arrastrado por la corriente, ¿quién sabe si Fritz hubiera podido volver a la costa?
– No —dijo el capitán—. Eso sería una imprudencia inútil. Con la chalupa iremos a reconocer esa parte del litoral, y apartándonos algunos cables podremos observarlo en gran extensión. Temo que, desgraciadamente, ofrezca en todas partes la misma aridez.
– ¿De modo que estamos en una especie de islote? —preguntó François.
– Motivo hay para suponerlo —respondió Harry Gould.
– Bueno —dijo Fritz—, pero tal vez este islote no esté solitario… Tal vez se una a algún grupo de islas por el norte, el este, o el oeste.
– ¿A qué grupo, mi querido Fritz? —respondió el capitán—. Sí, como todo lo indica, estos parajes pertenecen a Australia o a Nueva Zelanda, no existe ningún grupo en esta parte del océano Pacífico.
– ¿De que los mapas no lo indiquen hay que deducir que no exista ninguno? — insistió Fritz—. Tampoco se conocía la Nueva Suiza, y, sin embargo…
– Sin duda —respondió Harry Gould—, y esto depende de que la Nueva Suiza está fuera de las vías marítimas. Muy raramente, casi nunca, los barcos atraviesan la parte del océano índico donde está situada, mientras que en el sur de Australia los mares son muy frecuentados, y una isla, un grupo de alguna importancia, no hubiera pasado inadvertido a los navegantes.
– Queda todavía la hipótesis —añadió François— de que estemos cerca de la Nueva Holanda.
– Posible es —dijo el capitán—, y no me asombraría que fuese en su extremidad sudoeste, en los alrededores del cabo Lecuwin… En este caso tendríamos que temerlo todo de los feroces australianos que la ocupan.
– Preferible es estar sobre un islote donde se tiene la seguridad de no encontrar caníbales —dijo el contramaestre.
– Y esto es lo que probablemente sabríamos —añadió François— si pudiéramos trepar por el acantilado.
– Sí —respondió Fritz—, pero no hay sitio por donde hacerlo.
– ¿Ni aun por el promontorio? —preguntó el capitán Gould.
– Hasta la mitad, no sin grandes dificultades, es practicable —respondió Fritz—, pero las paredes superiores son completamente verticales, Sería preciso emplear escalas, y aun así no sé si se podría subir… A través de alguna grieta e izándose con cuerdas, tal vez se podría llegar a la cúspide… Pero no existe ninguna.
– Entonces emplearemos la chalupa para reconocer la costa —dijo Harry Gould.
– Pero no antes de que estéis restablecido por completo, capitán —dijo Fritz.
– Estoy mejor, mi querido Fritz —afirmó el capitán Gould—. ¡Y cómo no con los cuidados de que se me ha rodeado! mistress Wolston, vuestra esposa, Dolí… con sólo mirarme me hubieran curado… Así es que dentro de cuarenta y ocho horas, lo más tarde, nos daremos a la mar.
– ¿Por el oeste o por el este? —preguntó Fritz.
– Según el viento —respondió el capitán.
– Tengo la idea —añadió el contramaestre— de que esta excursión será provechosa.
Repetimos por última vez que Fritz, François y John Block habían hecho lo imposible por subir al promontorio. Hasta la altura de doscientos pies, aunque la pendiente fuese muy ruda, arrastrándose de roca en roca y desplegando una agilidad de gamuza o de cabra montés se habían izado hasta la tercera parte de su altura. Peligrosa tentativa, en la que el contramaestre había corrido el riesgo de romperse los huesos. Pero en dicho sitio forzoso les fue detenerse, y resultaron vanos cuantos esfuerzos intentaron para continuar la ascensión. El promontorio terminaba en una pared vertical, que no presentaba más que superficies planas. En ninguna parte un punto de apoyo para el pie, en ninguna parte una arista a la que se pudieran sujetar las amarras de la chalupa. Y quedaban aún de seiscientos a setecientos pies hasta la cúspide del acantilado.
Al volver a la caverna, el capitán Gould hizo conocer la decisión que había sido tomada. Pasados dos días, el 27 de octubre, la embarcación abandonaría su anclaje, siguiendo el litoral. De tratarse de una excursión de algunos días, todos hubieran ocupado su puesto en la chalupa; pero como se trataba de un reconocimiento sumario, lo mejor era que únicamente se encargaran de practicarlo el capitán, Fritz y el contramaestre. Éstos bastarían para dirigir la embarcación, y no se alejarían hacia el norte más que lo preciso. Si aquel litoral no limitaba más que un islote solitario, de dos o tres leguas de extensión, darían la vuelta y estarían de regreso después de una ausencia de veinticuatro horas.
Cierto que esta separación, por corta que fuese, no dejaría de producir inquietud. James Wolston y su mujer, François, Jenny y Doll no verían sin angustia partir a sus compañeros. ¿Sabíase a qué eventualidades se exponían éstos…? ¡Si eran atacados por los salvajes… sí tardaban en volver… si no volvían…!
Jenny hizo valer estos argumentos con la energía que ponía siempre en todos sus pensamientos y en todos sus actos, pidiendo que no se añadieran a las zozobras que ya sentían las que nacieran de una ausencia cuya duración pudiera prolongarse. Fritz comprendió estas razones, Harry Gould las aceptó, y, finalmente, se convino en que todos tomarían parte en el reconocimiento proyectado.
Con esta decisión, que a todos satisfizo, John Block se ocupó en poner la chalupa en estado de poder emprender el viaje, no porque exigiese grandes reparaciones, pues había sufrido poco, después de ser abandonada en el mar, pero convenía disponerla para el caso en que hubiera lugar de proseguir la navegación hasta alguna otra tierra vecina.
Así es que el contramaestre se ingenió para hacerla más cómoda, cerrando el combés de proa a fin de que las pasajeras, por lo menos, estuviesen al abrigo de los rafales y de las olas.
No había, pues, más que esperar y abastecer la barca en vista de una travesía que tal vez se prolongaría. Además, sí era necesario abandonar definitivamente la bahía de las Tortugas, la prudencia ordenaba hacerlo sin retraso, aprovechando la buena estación, que casi comenzaba en aquellas regiones del hemisferio meridional. ¿Cómo no espantarse al pensamiento de una invernada? Ciertamente, la caverna ofrecía seguro abrigo contra las tempestades del sur, que son terribles en aquellos parajes del Pacífico. El frío se podría afrontar, pues no faltaría combustible, gracias a la enorme cantidad de plantas marinas que había al pie del acantilado… Pero ¿las tortugas no faltarían…? ¿No quedarían reducidos a los productos del mar…? ¿Y dónde poner la chalupa que fuera sitio seguro y al abrigo de las olas, que en la época del invierno deberían llegar hasta el fondo de la playa? ¿Se la podría halar lejos de las más altas mareas…? Harry Gould, Fritz y sus compañeros no tenían más que sus brazas, ni un instrumento, ni una palanca, ni un gato, y la barca era bastante pesada para resistir todos sus esfuerzos.
Felizmente, en aquella época del año no había que temer más que pasajeras tormentas; y además, los quince días pasados en tierra habían vuelto a todos la fuerza moral y física, al mismo tiempo que la confianza.
El 26 por la mañana los preparativos quedaron terminados. Hacia el mediodía, Fritz, no sin alguna inquietud, observó que al sur comenzaban a levantarse algunas nubes. Muy lejanas aún, presentaban un color pálido. Apenas si se movía el viento; sin embargo, la pesada masa se acercaba, y la tempestad, si estallaba, se desataría en la bahía de las Tortugas.
Hasta entonces, las extremas rocas del promontorio habían resguardado la chalupa contra los vientos del este. Ni aun los del oeste hubieran podido llegar a ella, y sujeta sólidamente con sus amarras, habría evitado rudos choques. Pero si las olas desencadenadas se precipitaban de alta mar, ¿le faltaría el refugio dicho y sería destrozada? No había que pensar en buscar otro sitio de anclaje en la parte de atrás del cerro, pues, aun en tiempo tranquilo, el mar chocaba allí con gran violencia.
– ¿Qué hacer? —preguntó Fritz al contramaestre, que no sabía qué responderle.
Quedaba la esperanza de que la tormenta se disípase antes de llegar a la costa. No obstante, prestando oído se percibían rumores lejanos, por más que el viento fuese bastante débil. No había duda que la mar se alborotaba a lo lejos, y algunas rachas intermitentes que le daban un tinte lívido corrían por la superficie.
Harry Gould observó el horizonte.
– ¡Estamos amenazados de un mal golpe! —le dijo Fritz.
– Así lo temo —confesó Harry Gould—; ¡y del peor que pudiéramos temer!
– Mi capitán —dijo el contramaestre—, no es éste momento para estarse mano sobre mano.
– Procuraremos halar la chalupa sobre la arena —añadió Fritz, llamando a James y a su hermano.
– Intentémoslo —respondió Harry Gould—; la marea alta nos ayudará. Entretanto comencemos por aligerar nuestra embarcación cuanto sea posible.
No había otra cosa que intentar, y todos se pusieron al trabajo. Las velas fueron llevadas a la playa y también el mástil. El timón fue desmontado, y los bancos desembarcados y trasladados al interior de la caverna.
Aguantando la marea la chalupa subió unas diez toesas, pero esto no bastaba; era preciso halarla el doble para ponerla al abrigo de las olas. A falta de instrumento para ello, el contramaestre pasó algunas planchas bajo su quilla, a fin de facilitar el deslizamiento, y todos se unieron para empujarla por los lados y por la popa y la proa. Inútiles esfuerzos, pues la pesada embarcación, hundida en la arena, no avanzó un paso.
Al llegar la noche el viento amenazó convertirse en huracán. De las espesas nubes acumuladas en el cénit brotaban brillantes relámpagos y estallaban violentos truenos, que los ecos del derrumbadero repercutían con horrísono ruido.
Aunque la marea había dejado la chalupa en seco, las olas, cada vez más fuertes, no tardaron en levantarla por la popa. En este instante la lluvia cayó en gruesas gotas, cargadas de la electricidad de la atmósfera, y que parecían explotar al golpear la arena de la playa.
– Querida Jenny —dijo Fritz—, no puedes permanecer fuera más tiempo… Te ruego que vuelvas a la gruta… y vos también, Doll, y vos también, mistress Wolston.
Jenny no quería abandonar a su esposo; pero Harry Gould intervino, diciendo:
– Entrad… madame Zermatt.
– ¿Y vos, capitán? —preguntó la joven—. Aún no estáis en condiciones de exponeros…
– Nada tengo que temer —respondió Harry Gould.
– Jenny… te lo repito… entra… No hay más que el tiempo preciso… —dijo Fritz.
Jenny, Doll y Suzan se refugiaron en la caverna en el momento en que la lluvia caía como metralla.
Harry Gould, el contramaestre, Fritz, François y James, junto a la barca, resistían con gran trabajo el huracán que barría la playa. Las olas cubrían toda la extensión de la bahía con sus espumas.
El peligro era grande. ¿Sería posible defender la chalupa de los choques que la hacían inclinarse violentamente, ya sobre un flanco, ya sobre otro? Y si se rompía contra el acantilado, ¿cómo Harry Gould y sus compañeros podrían abandonar aquella costa antes del invierno? Cuando el mar levantaba la barca, los cinco se agarraban a ella a fin de inmovilizarla.
Bien pronto la tormenta adquirió su mayor grado. En veinte partes brillaban los relámpagos, y cuando el rayo caía sobre el contrafuerte, se oía el ruido de las piedras que rodaban sobre los hierbajos… ¡Ah…! ¡Si hubieran podido abrir en el acantilado una brecha que les permitiera elevarse hasta la cúspide!
Una ola monstruosa, de veinticinco a treinta pies de altura, empujada por el huracán, acababa de precipitarse sobre la playa como una tromba.
Cogidos por ella Harry Gould y sus compañeros, fueron derribados primero y arrastrados después hasta la base del acantilado, y fue milagroso que la tremenda ola no los arrastrase en su retirada hacia el mar.
La tan temida desgracia se había efectuado. La barca, arrancada de su sitio, arrastrada al fondo de la playa, chocó contra las rocas del promontorio, y sus restos, después de haber flotado unos instantes sobre la espuma que formaban los remolinos de agua, desaparecieron tras el cerro.