El secreto de Maston

CAPÍTULO VIII

¡CÓMO EN JÚPITER!, HA DICHO EL PRESIDENTE DEL GUN CLUB

í, como en Júpiter! Y si con ocasión de aquel memorable mitin en honor de Miguel Ardan S

– recordado muy a propósito por el orador– J. T. Maston había exclamado fogosamente: «¡Enderecemos el globo terrestre!» es porque el audaz francés, uno de los héroes del Viaje de la Tierra a la Luna, el compañero del presidente Barbicane y el capitán Nicholl, acababa de entonar un himno ditirámbico en honor del más importante de los planetas de nuestro mundo solar. En su soberbio panegírico había celebrado las ventajas especiales que vamos a enumerar sumariamente.

Con arreglo al problema resuelto por el matemático del Gun Club, un nuevo eje de rotación iba a sustituir al antiguo eje alrededor del cual gira la Tierra «desde que el mundo es mundo», según la frase vulgar.

Además, el nuevo eje de rotación sería perpendicular al plano de su órbita. En estas condiciones, la situación climatológica del antiguo Polo sería exactamente igual a la situación actual de Trondiem (Noruega) en primavera. Su coraza paleocrística se fundiría, pues, naturalmente, bajo los rayos del sol. Al mismo tiempo, los climas se distribuirían en nuestro esferoide como en la superficie de Júpiter.

En efecto, la inclinación del eje de este planeta o, en otros términos, el ángulo que su eje de rotación forma con el plano de su eclíptica, es de 88° 13'. Un grado y cuarenta y siete minutos más, y este eje sería absolutamente perpendicular al plano de la órbita que describe alrededor del Sol.

Por lo demás –importa manifestarlo bien–, el esfuerzo que la sociedad Barbicane y Compañía iba a intentar para modificar las actuales condiciones de la Tierra, no debía dirigirse, hablando con propiedad, a enderezar su eje. Mecánicamente, ninguna fuerza, por poderosa que fuera, podría producir tal resultado. La Tierra no es como un pollo en el asador, que gira alrededor de un eje material, que se puede coger con la mano y cambiarlo de sitio a voluntad. Pero, en suma, la creación de un nuevo eje era posible– y hasta se dirá fácil de obtener– desde el momento en que el punto de apoyo soñado por Arquímedes y la palanca imaginaba por J. T. Maston estaban a disposición de aquellos audaces ingenieros.

Como quiera que sea, ya que parecían decididos a mantener secreto su invento hasta nueva orden, había que limitarse a estudiar las consecuencias.

Esto fue lo que hicieron, desde luego, los periódicos y las revistas, recordando a los sabios y enseñando a los ignorantes lo que resultaba para Júpiter de la perpendicularidad aproximada de su eje con relación al plano de su órbita.

Júpiter, que forma parte del mundo solar, como Mercurio y Venus, la Tierra, Marte, Saturno, Urano y Neptuno, circula aproximadamente a doscientos millones de leguas del Sol, siendo su volumen mil cuatrocientas veces el de la Tierra.

Pues si hay allí vida, es decir, si hay habitantes en la superficie de Júpiter, he aquí cuáles son las ventajas ciertas que les ofrece dicho planeta; ventajas descritas tan fantásticamente en el memorable mitin que precedió al viaje a la Luna.

En primer lugar, durante la revolución diurna de Júpiter, que no dura más que nueve horas cincuenta y cinco minutos, los días son constantemente iguales a las noches en cualquier latitud, sea, cuatro horas cincuenta y ocho minutos el día y cuatro horas cincuenta y ocho minutos la noche.

– ¡He aquí –hicieron observar los partidarios de la existencia de Júpiter–, he aquí lo que conviene a gentes de costumbres regulares! ¡Estarán encantados de someterse a esta regularidad!

Pues bien; esto es lo que ocurriría en la Tierra si el presidente Barbicane llevase a cabo su obra. Sólo que, como el movimiento de rotación sobre el nuevo eje terrestre no aumentaría ni disminuiría; como siempre separarían veinticuatro horas a dos mediodías sucesivos, las noches y los días serían exactamente de doce horas en todos los puntos de nuestro esferoide. Los crepúsculos alargarían los días en una cantidad siempre igual. Viviríase siempre en medio de un equinoccio perpetuo, tal como el que se produce el 21 de marzo y el 21 de setiembre en todas las latitudes del globo, cuando el astro radiante describe su curva aparente en el plano del Ecuador.

– ¡ Pero el fenómeno climatológico más curioso y no menos interesante – añadían con razón los entusiastas– será la desaparición de las estaciones!

En efecto, gracias a la inclinación del eje sobre el plano de la órbita, se producen esas variaciones anuales, conocidas con los nombres de primavera, estío, otoño e invierno. Los habitantes de Júpiter no conocen ninguna de esas estaciones. Pues tampoco las conocerían los de la Tierra. Desde el momento en que el nuevo eje fuera perpendicular, no habría ya ni zonas glaciales, ni zonas tórridas, sino que toda la Tierra gozaría de una zona templada. Véase por qué.

¿Qué es la zona tórrida? Es la parte de la superficie del globo comprendida entre el trópico de Cáncer y el trópico de Capricornio. Todos los puntos de esta zona disfrutan de la propiedad de ver el Sol dos veces al año en su cenit, mientras que para los puntos de los trópicos este fenómeno no se produce anualmente más que una vez.

¿Qué es la zona templada? Es la parte que comprende las regiones situadas entre los trópicos y los círculos polares, entre 23° 28' y 66° 72' de latitud, y para las cuales el Sol no se eleva jamás al cenit, pero aparece todos los días por encima del horizonte.

¿Qué es zona glacial? Es aquella parte de las regiones circumpolares que el Sol abandona completamente durante un espacio de tiempo que, para el Polo mismo, puede llegar hasta seis meses.

Como es fácil comprender, una consecuencia de las diversas alturas que puede alcanzar el sol sobre el horizonte, es que resulte un calor excesivo para la zona tórrida; un calor moderado, pero variable a medida que aumenta la distancia de los trópicos, para la zona templada; un frío excesivo para la zona glacial, desde los círculos polares hasta los Polos.

Pues bien: las cosas no pasarían así en la superficie de la Tierra desde que se hubiera realizado la perpendicularidad del nuevo eje. El Sol se mantendría inmutable en el Ecuador todo el año. Trazaría durante doce horas su imperturbable carrera, subiendo hasta una distancia del cenit igual a la latitud del lugar y, por consecuencia, tanto más alto cuanto más cercano al Ecuador esté el punto. Así, para los países situados a los veinte grados de latitud, se elevaría cada día hasta setenta grados por encima del horizonte; para los países situados a los cuarenta y nueve grados, hasta cuarenta y uno; para los puntos situados en el paralelo sesenta y siete, hasta veintitrés grados. De modo que los días conservarían una perfecta regularidad, medidos por el Sol, que saldría y se pondría cada doce horas por el mismo punto del horizonte.

– ¡Y considerad las ventajas! –decían los amigos del presidente Barbicane– . Cada cual, según su temperamento, podrá escoger el clima invariable que convenga a su reumatismo, pues ya no se conocerán más en el globo las variaciones de calor, actualmente tan sensibles!

En resumen: Barbicane y Compañía, nuevos titanes, iban a modificar el estado de cosas existente desde la época en que el esferoide terrestre inclinado sobre su órbita, se había concentrado para llegar a ser la Tierra tal como es.

A la verdad, el observador perdería algunas de las constelaciones o estrellas que está acostumbrado a ver en el cielo. El poeta no podría cantar más en sus versos las largas noches de invierno ni los largos días de verano. Pero, en cambio, ¡qué provecho para la generalidad de los humanos!

– Además –añadían los periódicos afectos al presidente Barbicane–, pues que las producciones del suelo terrestre se regularizarán, el agrónomo podrá distribuir a cada especie vegetal la temperatura que sea favorable.

– Bueno –respondían los periódicos enemigos–, ¿es que no habrá siempre lluvias, heladas, tempestades, trombas, huracanes, todos esos meteoros que a menudo comprometen tan gravemente el porvenir de las cosechas y la fortuna de los agricultores?

– Sin duda –continuaba el coro de los amigos–; pero esos desastres serán probablemente más raros, a consecuencia de la regularidad climatológica, que impedirá las perturbaciones de la atmósfera. ¡Sí; la humanidad se aprovechará grandemente del nuevo estado de cosas! ¡Sí; ésta será la verdadera transformación del globo terrestre! ¡Sí; Barbicane y Compañía habrán prestado un servicio a las generaciones presentes y futuras, destrayendo, con la desigualdad de los días y de las noches, la peligrosa diversidad de las estaciones! ¡Sí, como decía Miguel Ardan, nuestro esferoide, en cuya superficie hace siempre demasiado frío o demasiado calor, ya no sería el planeta de los reumas, de las corizas y de las pulmonías! ¡Ya no habrá más constipados que los que quieran estarlo, pues que podrán elegir el país que más convenga a sus bronquios!

Y en su número del 27 de diciembre, el Sun, de Nueva York, terminaba el más elocuente de los artículos, exclamando:

«¡Honor al presidente Barbicane y a sus colegas! ¡No sólo estos hombres audaces habrán, por decirlo así, anexionado una nueva provincia al continente americano, y, por tanto, agrandado el campo, ya tan vasto, de la Confederación, sino que, además, habrán hecho la Tierra más higiénicamente habitable, y también más productiva, puesto que se podrá sembrar inmediatamente después de recolectar, y puesto que, germinando el grano sin retraso, ya no habrá más pérdida de tiempo en invierno! ¡No sólo serán acrecentadas las riquezas hulleras por la explotación de nuevos yacimientos que asegurarán el consumo de esta indispensable materia acaso durante largos años, sino que las condiciones climatológicas de nuestro globo serán transformadas ventajosamente! ¡Barbicane y sus colegas habrán modificado, para el mayor bien de sus semejantes, la obra del Creador! ¡Honor a estos hombres, que ocuparán el primer puesto entre los bienhechores de la humanidad!»

Dépêche

Bureau expéditeur : Internet · Destination : à bord du Nautilus

0 mot · tarif : 0 kreutzers (les points deviennent STOP)