El pais de las pieles · Parte 2
XIII
A TRAVÉS DEL CAMPO DE HIELO
Por fin, el 22 de noviembre, el tiempo empezó a mejorar, calmándose la tempestad en pocas horas. Rolóse el viento al Norte y el termómetro descendió varios grados. El hecho de haber desaparecido algunas aves de largo vuelo hizo concebir la esperanza de que la temperatura iba a descender francamente hasta alcanzar el grado que correspondía en aquella época, del año y en tal alta latitud. Los invernantes lamentaban verdaderamente que no hiciese el mismo frío que el invierno anterior, cuando bajó el termómetro a 72° Fahrenheit, bajo cero, equivalente a 55° centígrados bajo el punto de congelación del agua destilada.
Jasper Hobson resolvió partir sin tardanza, y, en la mañana del día 22, toda la pequeña colonia se encontraba preparada para abandonar jel fuerte Esperanza y la isla, que ahora formaba una pieza con el campo de hielo y se hallaba enlazada, por tanto, al continente por una llanura sólida de 600 millas de extensión.
A las once y media de la mañana, en medio de una atmósfera grisácea, pero serena, que una espléndida aurora boreal iluminaba del horizonte al cénit, Jasper Hobson dio la señal de partida. Los perros hallábanse enganchados a los trineos. Tres parejas de renos domesticados habían sido uncidos a los trineos-carretas, y se emprendió silenciosamente la marcha hacia el cabo Miguel, lugar por donde deberían pasar de la isla propiamente dicha al campo de hielo.
La caravana siguió al principio la ladera de la colina cubierta de arbolado, situada al Este del lago Barnett; pero en el momento de ir a doblar su punta, volviéronse todos para dirigir una última mirada al cabo Bathurst que abandonaban para siempre. En medio de la incierta claridad de la aurora boreal dibujábanse algunas de sus aristas cubiertas de nieve, y dos o tres líneas blancas limitaban el recinto de la factoría. Una masa blanquecina, que, dominando el conjunto, se alzaba de trecho en trecho, y el humo que se escapaba aún de sus dos chimeneas, postrimeros alientos de un fuego que se iba a extinguir para siempre, fue lo único que pudieron ver del fuerte Esperanza, de aquel establecimiento fundado a costa de tantas penalidades y trabajos que resultaban ahora por completo infructuosos.
– ¡Adiós! ¡adiós para siempre, casa que nos has cobijado contra los fríos polares! — exclamó Paulina Barnett, agitando, no sin pena, por última vez la mano.
Y todos, después de este adiós postrimero, reanudaron, silenciosamente y tristes, el viaje de regreso.
A la una el destacamente había llegado al cabo Miguel, después de haber contorneado la grieta que el frío insuficiente del invierno no había podido cerrar otra vez por completo. Hasta entonces, las dificultades del camino no habían sido grandes, porque el suelo de la isla Victoria presentaba una superficie relativamente lisa; pero en el campo de hielo sería muy diferente. En efecto, sometido este último a la enorme presión de los bancos del Norte, hallaríase sin duda erizado de icebergs, de grandes protuberancias, de verdaderas montañas heladas entre las cuales sería necesario buscar pasos practicables a costa de los mayores esfuerzos, de las más extraordinarias fatigas.
A la caída de la tarde habíase avanzado ya algunas millas sobre el campo de hielo y se procedió a organizar un campamento donde pasar la noche, al estilo de los esquimales y los indios de la América del Norte, practicando orificios donde guarecerse en los bloques de hielo. Los cuchillos para la nieve hábilmente manejados, empezaron a funcionar, y, a las ocho, después de una cena compuesta de carnes secas, todo el personal de la factoría habíase introducido dentro de estos agujeros, que son más abrigados de lo que pudiera imaginarse.
Pero, antes de dormirse, Paulina Barnett había preguntado al teniente si podía calcular el camino recorrido desde el fuerte Esperanza hasta allí.
– Creo que hemos recorrido más de diez millas — respondió Jasper Hobson.
– ¡Diez millas de seiscientas! —exclamó la viajera—. ¡A este paso, tardaremos tres meses en franquear la distancia que nos separa del continente americano!
– Tres meses y acaso más —respondió Jasper Hobson—; pero no es posible caminar más aprisa. No viajamos, como el año anterior, por las llanuras heladas que separan el fuerte Confianza del cabo Bathurst, sino sobre un campo de hielo deforme, quebrantado por la presión, que no puede ofrecernos ningún camino fácil. Espero tropezar con grandes dificultades durante esta expedición. ¡Ojalá podamos vencerlas! En todo caso, lo importante no es llegar pronto, sino llegar con salud, y me consideraría dichoso si ninguno de mis compañeros faltase cuando entremos en el fuerte Confianza. Quiera el cielo que en el plazo de tres meses hayamos podido llegar a cualquier punto de la costa americana, señora, que entonces cuantos himnos de acción de gracias entonemos parecerán mezquinos.
La noche transcurrió sin incidentes; pero Jasper Hobson, durante su largo insomnio, creyó sentir en el suelo sobre el cual se había organizado el campamento algunas trepidaciones de mal augurio, que delataban una falta de cohesión en todas las partes del campo de hielo. Parecióle que éste no se hallaba por completo consolidado en toda su extensión, de suerte que debía hallarse cortado en muchos puntos por grietas enormes, lo cual era una circunstancia en extremo perjudical, toda vez que aquel estado de cosas hacía muy problemática la comunicación con la tierra firme.
Por otra parte, había observado Jasper Hobson, antes de su partida, que ni los animales de piel fina ni tampoco los carnívoros de la isla Victoria habían abandonado las proximidades de la factoría; y cuando estos animales no habían ido a buscar regiones más templadas donde pasar el invierno en las regiones del Sur, era sin duda alguna porque les decía su instinto que habrían de tropezar en su camino con insuperables obstáculos.
Sin embargo, Jasper Hobson había obrado muy acertadamente al realizar aquella tentativa para repatriar a la pequeña colonia, lanzándose a través del campo de hielo. Era imprescindible realmente correr aquel albur antes de que comenzase el deshielo, y siempre le quedaba el recurso de volver sobre sus pasos.
Al día siguiente, 23 de noviembre, no pudo el destacamento avanzar ni diez millas hacia el Este, porque las dificultades del camino crecieron notablemente. Presentábase el campo de hielo horriblemente convulsionado, pudiendo deducir, por ciertas capas fáciles de reconocer, que se habían superpuesto varios bancos de hielo, empujados sin duda hacia aquel amplio embudo del océano Glacial por el irresistible empuje de la gran barrera polar. De aquí las colisiones de unos témpanos con otros, la aglomeración de icebergs, que semejaban un gran hacinamiento de montañas que una mano imponente hubiera dejado caer en aquel espacio y que se hubiesen esparcido durante el descenso.
Era evidente que aquella caravana formada por los trineos y sus tiros no podía pasar por encima de aquellos bloques colosales, ni menos abrirse un camino a hachazos o a cuchilladas a través de sus moles inmensas. Los icebergs aquellos afectaban las formas más diversas, figurando ciudades que se hubiesen desplomado por entero. Muchos de ellos medían trescientos o cuatrocientos pies de altura sobre el nivel del campo de hielo, agitándose en sus cumbres enormes cantidades de carámbanos que no esperaban más que una sacudida, un choque, una vibración del aire para precipitarse cual avalanchas enormes.
Por eso, al contornear aquellas montañas de nieve, era preciso adoptar las mayores precauciones. Habíase dado orden de no levantar la voz ni excitar a los tiros con crujidos de látigos en aquellos peligrosos parajes. Y no eran exageradas semejantes precauciones, pues la menor imprudencia hubiera podido provocar una terrible catástrofe.
Pero dando estos rodeos y buscando los pasos practicables perdíase mucho tiempo, se agotaban las fuerzas, y no se adelantaba nada en la dirección apetecida, pues a veces, para avanzar una milla, había que dar una vuelta de diez. Menos mal que aun tenían bajo sus pies un suelo firme.
Sin embargo, el día 24 tropezaron con otros obstáculos que temió con razón Jasper Hobson no poder superar en absoluto.
En efecto, después de haber franqueado una primera barrera de hielos, que se alzaba a unas veinte millas de la isla Victoria, encontróse el destacamento sobre un campo de hielo mucho menos escabroso y cuyas diversas piezas no habían sido sometidas a una fuerte presión. Era evidente que, a consecuencia de la dirección de las corrientes marinas, el empuje del gran banco polar no se dejaba sentir por aquel lado. Pero Jasper Hobson y sus compañeros no tardaron en ver su camino cortado por anchas grietas que no se habían solidificado aún. La temperatura era relativamente templada, no indicando por término medio el termómetro menos de 34° Fahrenheit (1º 11' centígrados sobre cero); y como es bien sabido que el agua salada resiste más a la congelación que la dulce, la superficie del mar no se había solidificado por completo. Todas las porciones endurecidas que formaban el gran banco polar y el campo de hielo procedían de latitudes más altas, conservándose por sí mismas y nutriéndose, por decirlo así, con su propio frío; pero aquel espacio meridional del mar Ártico no se hallaba uniformemente helado, y caía, además, una lluvia templada que traía consigo nuevos elementos de disolución.
Aquel día quedó el destacamento detenido en absoluto delante de una grieta llena de aguas tumultuosas, sembradas de pequeños hielos; porque, si bien su anchura no parecía ser superior a cien pies, su longitud, en cambio, debía medir varias millas.
Por espacio de dos horas recorrieron el borde occidental de esta grieta con la esperanza de llegar a su extremo y reanudar la marcha hacia el Este; pero todo fue en vano, y hubo al fin que detenerse. Se hizo alto y se organizó el campamento.
Jasper Hobson avanzó otro cuarto de milla, seguido del sargento Long, observando la interminable grieta, y maldiciendo la benignidad de aquel invierno que tanto les perjudicaba.
– Hay que pasar, sin embargo —dijo el sargento Long—; porque no podemos estacionarnos aquí.
– Sí, es preciso pasar —respondió el teniente Hobson—, y pasaremos, bien remontándonos hacia el Norte, bien descendiendo hacia el Sur, pues, al fin, acabaremos de rodear esta grieta; pero después de ella se presentarán otras, y tendremos siempre lo mismo, durante centenares de millas tal vez, mientras dure esta indecisa y deplorable temperatura.
– Pues bien, mi teniente —replicó el sargento—; eso debemos averiguarlo antes de proseguir nuestro viaje.
– Tiene usted razón, sargento —dijo resueltamente Jasper Hobson—, porque, de lo contrario, nos expondríamos a encontrarnos con que, después de haber recorrido quinientas o seiscientas millas a fuerza de rodeos, no habríamos franqueado ni siquiera la mitad de la distancia que nos separa de la costa americana. Sí, sí; es preciso, antes de alejarnos más, reconocer la superficie del campo de hielo, y eso es lo que voy a hacer.
Y en seguida, sin añadir palabra, desnudóse Jasper Hobson, arrojóse a aquel agua semihelada, y, a fuer de vigoroso nadador, llegó en pocos instantes al borde opuesto de la grieta, y desapareció entre las sombras, en medio de los icebergs.
Algunas horas más tarde, Jasper Hobson, completamente agotado, regresaba al campamento, donde ya se encontraba el sargento. Llamó a éste aparte y le manifestó, lo mismo que a Paulina Barnett, que el campo de hielo era completamente impracticable.
– Tal vez un hombre solo —les dijo—, sin trineo y sin bagajes, lograse pasarlo a pie; pero una caravana... ¡imposible! Las grietas multiplícanse hacia el Este, y, en realidad, más títil nos sería una embarcación que un trineo para llegar al continente americano.
– Pues bien —dijo el sargento—, si un hombre solo cree usted que podría atravesarlo con algunas probabilidades de éxito, ¿no debiera uno de nosotros tratar de hacer el viaje para ir a buscar socorro?
– He pensado partir... —respondió Jasper Hobson.
– ¡Usted, señor Jasper!
– ¡Usted, mi teniente!
Este par de respuestas, simultáneas demostraron cuan inesperada era la idea del teniente y cuan inoportuna parecía a sus interlocutores. ¡Partir él, el jefe de la expedición! ¡Abandonar a los que le estaban confiados, aunque fuera en interés de ellos y para correr mayores peligros aún! ¡No! ¡eso no era posible! Por eso Jasper Hobson no insistió.
– Sí, amigos míos —dijo entonces—, os comprendo perfectamente, y no os abandonaré. Pero es inútil también que cualquiera de vosotros quiera hacer la tentativa. No lo lograría, sin duda; perecería en el camino y, más tarde, cuando el camino de hielo se disuelva, su cuerpo no tendría más turaba que el abismo que existe debajo de nuestros pies. Por otra parte, aun dando por supuesto que pudiese llegar a Nuevo Arcángel, ¿qué adelantaría con ello? ¿Cómo vendría a socorrernos? ¿Fletaría un buque para venir a buscarnos? Pero ese barco no podría venir hasta después del deshielo, y, pasada esa época, ¿quién es capaz de saber si habrá sido la isla Victoria arrastrada al océano Glacial o al mar de Behring?
– Tiene usted razón, mi teniente — respondió el sargento Long—. Permanezcamos unidos, y, si está escrito que hayamos de salvarnos, en un buque, la embarcación de MacNap está en el cabo Bathurst, y, al menos, no tendremos que esperar.
Paulina Barnett había escuchado sin decir una palabra. También ella comprendía perfectamente que, puesto que no ofrecía el campo de hielo ningún paso practicable, era preciso cifrar toda esperanza en la embarcación de Mac-Nap, y esperar sin desmayos la época del deshielo.
– Y entonces —dijo al fin—, señor Jasper, ¿qué piensa usted hacer?
– Volver a la isla Victoria.
– Volvamos, pues, y, ¡que el Cielo nos proteja!
Hizo reunir Jasper Hobson a todo el personal de la colonia, y le propuso volver, en vista de las circunstancias.
La primera impresión producida por la declaración del teniente no fue buena. Aquellas pobres gentes tenían tal confianza en su repatriación inmediata a través del campo de hielo, que el desengaño fue inmenso. Pero pronto reaccionaran mostrándose dispuestas a obedecer.
Jaspef Hobson les dio a conocer entonces el resultado de la exploración que acababa de efectuar; manifestóles que por el Este acumulábanse insuperables obstáculos, que era materialmente imposible pasar con todo el material de la caravana, del cual no se podía prescindir en modo alguno tratándose de un viaje que debía durar varios meses.
– Tenemos en este momento todas las comunicaciones cortadas con la costa americana —añadió—; y si nos empeñamos en seguir avanzando hacia el Este a costa de incalculables fatigas, corremos el riesgo, además, de no poder regresar a la isla, que es nuestro postrer y único refugio. Si el deshielo nos sorprende en estos parajes, estaremos perdidos sin remedio. Os he dicho la verdad toda entera, amigos míos, sin tratar de disimularla, ni tampoco de agravarla. Sé que me dirijo a personas enérgicas que saben que no soy capaz de retroceder ante los mayores peligros; y por eso mismo os repito que nos hallamos delante de un imposible.
Aquellos soldados tenían una confianza absoluta en su jefe. Conocían su valor y su energía, y cuando les aseguraba que no se podía pasar, era sin duda alguna porque el campo de hielo estaba impracticable.
El regreso al fuerte Esperanza hubo de fijarse, pues, para la mañana siguiente, y realizóse en las más tristes condiciones. El tiempo era espantoso. Violentas rachas de viento barrían la superficie del campo de hielo; llovía torrencialmente. ¡Juzgúese la dificultad de orientarse en medio de una obscuridad profunda entre aquel laberinto de icebergs!
El destacamento empleó nada menos que cuatro días y cuatro noches en recorrer la distancia que le separaba de la isla. Varios trineos y sus tiros hundiéronse en las grietas. Sin embargo, el teniente Hobson tuvo la satisfacción de no perder ninguno de sus compañeros, gracias a su abnegación y prudencia. Pero, ¡cuántas fatigas y peligros, y qué porvenir tan sombrío esperaba a aquellos infelices condenados a pasar otro invierno en la isla errante!