El pais de las pieles · Parte 1

II

HUNDSON'S BAY FUR COMPANY

– ¿Señor capitán?

– ¿Qué desea, señora Barnett?

– ¿Qué opinión le merece a usted su teniente, el señor Jasper Hobson?

– Creo que es un oficial que irá lejos.

– ¿Qué quiere usted dar a entender al decir que irá lejos? ¿Cree usted que irá más allá del paralelo de 80º?

El capitán Craventy no pudo menos de sonreír ante esta pregunta de Paulina Barnett, con quien conversaba al lado de la estufa, mientras los invitados iban y venían de la mesa de los comestibles a la de las bebidas.

– Señora, el teniente Jasper Hobson hará todo cuanto puede hacer un hombre. La Compañía le ha encargado que explore el norte de sus posesiones y que establezca una factoría lo más cerca posible de los límites del continente americano, y la establecerá.

– ¡Grande es la responsabilidad que pesa sobre el teniente Hobson! — exclamó la exploradora.

– Sí, señora; pero Jasper Hobson no ha retrocedido jamás ante un deber que cumplir, por duro que éste fuese.

– Lo creo, capitán —respondió Paulina Barnett—; y por lo que respecta al teniente, ya tendremos ocasión de admirar sobre el terreno su obra. Pero, ¿qué interés impulsa a la Compañía a construir un fuerte en los límites del mar Ártico?

– Un gran interés; señora —respondió el capitán—; un doble interés, mejor dicho. Probablemente, dentro de no mucho tiempo, cederá Rusia sus posesiones del continente americano al gobierno de los Estados Unidos. Cuando esta cesión se realice, el tráfico de la Compañía con el Pacífico se hará mucho más difícil, a menos que el paso del Noroeste, descubierto por Mac-Clure, no llegue a ser una vía practicable. Pronto saldremos de dudas respecto a este particular, porque el Almirantazgo va a enviar un buque con la misión de remontar la. costa americana, desde el estrecho de Behring hasta el golfo de la Coronación, limite oriental más acá del cual debe ser construido un nuevo fuerte. Si la empresa sale bien, este punto se convertirá en una factoría importante en la que se concentrará todo el comercio de peletería del Norte. Y mientras que el transporte de pieles a través de los territorios indios representa una pérdida considerable de tiempo y una serie de gastos enormes, los vapores podrían ir en pocos días del fuerte que se proyecta al océano Pacífico.

– En efecto —respondió Paulina Barnett—, si el paso del Noroeste puede ser utilizado, se obtendrá indudablemente un resultado considerable; mas, ¿no me había usted hablado de un doble interés?

– El otro interés, señora —repuso el capitán—, es una cuestión vital para la Compañía, cuyo origen, si usted me lo permite, le voy a recordar en muy pocas palabras; y comprenderá usted entonces por qué esta sociedad, antes tan floreciente, se halla en la actualidad amenazada en la fuente misma de sus productos.

Y, en efecto, en algunas palabras, relató el capitán Craventy la historia de esta célebre Compañía.

Sabido es que, desde las más remotas edades, el hombre recurrió para vestirse a las pieles de los animales. El comercio de peletería remóntase, por tanto, a la antigüedad más remota. El lujo en el vestir llegó a desarrollarse hasta el punto de haberse con, frecuencia promulgado leyes denominadas suntuarias, a fin de poner coto a la moda que se había fijado con especialidad en las pieles. La marta cebellina y la ordinaria hubieron de ser prohibidas a mediados del siglo XII.

En 1553, fundó Rusia varios establecimientos en sus estepas septentrionales, y las compañías inglesas no tardaron en imitarle. A la sazón se hacía el tráfico de martas cebellinas, armiños, castores, etc., por mediación de los samoyedos; pero durante el reinado de la reiría Isabel de Inglaterra fue muy restringido el uso de las pieles de lujo por!a voluntad real, y quedó paralizado, por espacio de algunos años, este ramo del comercio.

El 2 de mayo de 1670 otorgóse un privilegio a la Compañía de las peleterías de la bahía de Hudson. Esta sociedad contaba con un cierto número de accionistas entre la alta nobleza, tales como el duque de York, el de Albermale, el conde de Shaftesbury, etcétera. Su capital no ascendía por entonces más que a 8.420 libras esterlinas, y tenía por rivales a las compañías particulares cuyos agentes franceses, establecidos en el Canadá, se lanzaban a excursiones arriesgadas, pero muy lucrativas. Estos cazadores intrépidos, conocidos con el nombre de viajeros canadienses, hicieron tal competencia a la naciente Compañía, que la existencia de ésta se vio comprometida seriamente.

Pero la conquista del Canadá vino a modificar esta situación precaria. En, 1766, tres años después de la conquista de Quebec, el comercio de peletería adquirió otra vez nuevos vuelos. Los factores ingleses se habían familiarizado con las dificultades de este género de tráfico: conocían las costumbres del país, los hábitos de los indios y los métodos que empleaban en sus cambios; pero, a pesar de ello, los beneficios de la Compañía eran nulos aún.

Además, en 1784, unos comerciantes de Montreal, que se habían asociado para la explotación de las peleterías, fundaron la poderosa Compañía del Noroeste, que no tardó en acaparar todas las operaciones de este género. En 1798, las expediciones de la nueva, sociedad ascendían a la enorme cifra de 120.000 libras esterlinas, y la existencia de la Compañía de la Bahía de Hudson seguía amenazada.

Bueno será advertir que esta Compañía del Noroeste no retrocedía ante ningún acto inmoral cuando de su interés se trataba. Sus agentes, explotando a sus propios empleados, especulando con la miseria de los indios, maltratándolos, robándolos después de haberlos embriagado, desobedeciendo abiertamente la ley que prohibía la venta de bebidas alcohólicas en los territorios indios, realizaban enormes beneficios, a pesar de la competencia de las sociedades americanas y rusas que se habían establecido, entre otras la Compañía Americana de Peletería, fundada en 1809 con un capital de un millón de duros, la cual explotaba el Oeste de las Montañas Rocosas.

Pero, de todas estas sociedades, la Compañía de la Bahía de Hudson era la más amenazada, cuando, en 1821, a consecuencia de tratados ampliamente debatidos, absorbió a su antigua rival, la Compañía del Noroeste, y adoptó la denominación general de Hudson's Bay fur Company.

Hoy en día, esta importante sociedad no tiene más rival que la Compañía americana de las peleterías de San Luis. Posee establecimientos numerosos esparcidos sobre un dominio que mide 3.700,000 millas cuadradas. Sus principales factorías hállanse situadas en la bahía James, enclavada en la desembocadura del río Severn, en la parte Sur y hacia las fronteras del Alto Canadá, a orillas de los lagos Athapeskow, Winnipeg, Superior, Methye y Búfalo, y cerca de los ríos Columbia, Mackenzie, Saskatchawan, Assinipoil, etc.

El fuerte York, que domina el curso del río Nelson, tributario de la bahía de Hudson, es el cuartel general de la Compañía, y en él tiene establecido su depósito principal de pieles.

Además, en 1842, tomó en arriendo, mediante una retribución anual de 200.000 francos, los establecimientos rusos de la América del Norte. Explota, también, por su propia cuenta los territorios inmensos comprendidos entre el Mississipí y el océano Pacífico. Ha lanzado en todas direcciones exploradores intrépidos: a Hearn hacia el Mar Polar, para que explorase la Coppernicia, en 1770; a Franklin, de 1819 a 1822, que recorrió 5.550 millas del litoral americano; a Mackenzie, que, después de haber descubierto el río al cual dio su nombre, llegó a las playas del Pacífico, a los 52° 24' de latitud Norte.

En el año económico de 1833 a 1834 expidió a Europa las cantidades de pieles que a continuación se detallan, las cuales darán una idea exacta del estado de su tráfico:

Castores 1.074

Pergaminos y castores jóvenes 92.288

Ratas almizcleras 694.092

Tejones 1.069

Osos 7.451

Armiños r. 491

Pescadores 5.296

Zorras 9.937 Linces 14.255

Martas 64.490

Vesos 25.100

Nutrias 22.303

Ratones 713

Cisnes 7.918

Lobos 8.484

Glotones 1.571

Semejante producción debía, pues, asegurar a la Compañía de la Bahía de Hudson beneficios muy considerables; pero, desgraciadamente para ella, estas cifras no prevalecieron, y, a partir de veinte años atrás, venían decreciendo en proporción siempre ascendente.

El motivo de esta decadencia era lo que el capitán Craventy explicaba en aquel momento a Paulina Barnett.

– De suerte, señora —decía el capitán—, que, hasta 1837, la situación de la Compañía puede afirmarse que fue floreciente. En dicho año, el número de pieles exportadas habíase aún elevado a la cifra de 2.358,000; pero, desde entonces, ha ido disminuyendo considerablemente, habiéndose reducido en la actualidad a menos de la mitad.

– Pero, ¿a qué causa atribuye usted ese decrecimiento tan notable en la exportación de pieles? — preguntó Paulina Barnett.

– A la despoblación que la actividad y la incuria, a la vez, de los cazadores ha provocado en los territorios donde se efectúa la caza. Se ha perseguido a ésta sin descanso, y se la ha dado muerte sin discernimiento ninguno, sin respetar siquiera las crías ni las hembras en estado de preñez; lo que ha hecho, naturalmente, que el número de animales de piel fina decrezca de manera inevitable. La nutria ha desaparecido casi por completo, y no se la encuentra ya más que en las proximidades de las islas del Pacífico Septentrional. Los castores hanse refugiado, formando pequeñas colonias, en las márgenes de los más lejanos ríos, y lo mismo ha sucedido con otros animales preciosos que han emprendido la fuga ante la invasión de los cazadores.

Las trampas que antes siempre se encontraban con caza, permanecen hoy vacías. El precio de las pieles aumenta, y esto ocurre precisamente en una época en que son muy solicitadas. Por eso los cazadores se aburren, y sólo quedan los infatigables y audaces que avanzan en la actualidad hasta los límites mismos del continente americano.

– Ahora comprendo —respondió Paulina Barnett— el interés que a la Compañía inspira la creación de una factoría a orillas del mar Ártico, toda vez que estos infelices animales se han refugiado más allá del círculo polar.

– Sí, señora —respondió el capitán—. Era, por otra parte, indispensable que la Compañía se decidiese a desplazar más hacia el Norte el centro de sus operaciones, porque, hace ya dos años, una decisión del Parlamento británico ha reducido mucho sus dominios.

– Y ¿qué ha podido motivar esta reducción?

– Una razón económica de trascendental importancia, señora, que ha debido impresionar vivamente a los hombres de Estado de la Gran Bretaña. La misión de la Compañía no era civilizadora. Por el contrario, su interés particular consistía en que sus inmensos dominios se conservasen incultos. Todo intento de desmonte, que hubiese alejado a los animales dotados de pieles finas, hubiera sido ruinoso para ella. Su monopolio es, por tanto, enemigo de toda empresa agrícola. Además, las cuestiones extrañas a su industria son invariablemente rechazadas por su consejo de administración. Su régimen absoluto e inmoral, hasta cierto punto, fue el que provocó las medidas adoptadas por el Parlamento, y, en 1857, una comisión nombrada por el ministro de las Colonias informó que era preciso anexionar al Canadá todas las tierras susceptibles de ser desmontadas, tales como los territorios del río Colorado y los distritos del Saskatchawan, sin dejar más que la parte del dominio a la que la civilización no reservaba ningún porvenir. Al año siguiente, perdió la Compañía la vertiente occidental de las Montañas Rocosas, que pasó a depender directamente del departamento colonial, siendo substraída de esta suerte a la jurisdicción de los agentes de la bahía de Hudson. Y he aquí, señora, por qué, antes de renunciar a su tráfico de pieles, va a intentar la Compañía la explotación de estos países del Norte, que apenas son conocidos, y a buscar la manera de ponerlos en comunicación por el paso del Noroeste con el océano Pacífico.

La señora Paulina Barnett estaba ya iniciada en los proyectos ulteriores de la célebre Compañía, e iba a asistir en persona al establecimiento de un nuevo fuerte en los límites del mar Polar. El capitán Craventy la había puesto al corriente de la situación; pero, probablemente, porque era muy hablador, le hubiera revelado nuevos detalles, si un incidente no le hubiese cortado la palabra.

En efecto, el cabo Joliffe acababa de anunciar en alta vpz que, con la ayuda de su esposa, iba a proceder en seguida a la preparación del ponche. La noticia fue acogida como merecía serlo, estallando una salva de aplausos. La ponchera, que por sus dimensiones parecía un estanque, estaba llena de precioso licor, conteniendo por lo menos diez pintas de aguardiente. En el fondo amontonábanse los terrones de azúcar, debidamente dosificados por la señora Joliffe. En la superficie, sobrenadaban las rajas de limón, algo curtido ya por su vejez.

Sólo faltaba inflamar aquel lago alcohólico, y el cabo, con la mecha en la mano, esperaba para ello la orden de su capitán, como si se hubiese tratado de dar fuego a una mina.

– ¡Vamos, Joliffe! — dijo el capitán Craventy.

Comunicóse la llama al licor y el ponche se inflamó en un instante, entre los entusiastas aplausos de todos los invitados.

Dos minutos después, los vasos rebosantes circulaban entre la muchedumbre, y siempre hallaban quien los acaparase, como los valores públicos en los días de grandes alzas.

– ¡Hurra! ¡hurra! ¡hurra por la señora Paulina Barnett! ¡Hurra por el capitán!

Pero en el momento mismo en que estas aclamaciones resonaban, se oyeron en el exterior grandes gritos. Los invitados enmudecieron de pronto.

– Sargento Long —dijo el capitán—, vea usted qué ocurre fuera.

El sargento, al escuchar la orden de su jefe, abandonó el salón sin siquiera concluir el vaso que estaba bebiendo.

Dépêche

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