El pais de las pieles · Parte 1

XIX

UNA VISITA ENTRE VECINOS

El día 2 de diciembre, la intensidad del frío había disminuido. Los fenómenos paraselénicos eran un síntoma que no hubieran dejado dudar a ningún meteorólogo, puesto que demostraban la presencia en la atmósfera de cierta cantidad de vapor; y, en efecto, el barómetro bajó ligeramente al mismo tiempo que subía la columna termométrica a 15° sobre cero (9° centígrados).

Aunque esta temperatura habría parecido rigurosa todavía en las regiones de la zona templada, los invernadores de profesión la soportaban fácilmente. La atmósfera, además, estaba en calma.

Habiendo observado Jasper Hobson que las capas superiores de la nieve helada habíanse ablandado, mandó despejar de ella la parte exterior de la cerca, formando de esta suerte un foso. Mac-Nap y sus peones acometieron la empresa con bríos, quedando terminada en pocos días.

Al mismo tiempo, descubriéronse las trampas hundidas y se las puso de nuevo en estado de funcionar. Numerosas huellas probaban que los animales dotados de pieles codiciables se habían aglomerado en los alrededores del cabo Bathurst, y, como quiera que la tierra negábales todo alimento, debían dejarse coger fácilmente, atraídos por el cebo de los lazos.

Siguiendo los consejos del cazador Marbre, construyóse también una trampa para renos por el método de los esquimales. Consistía en un hoyo que medía diez pies de ancho y largo, y doce de profundidad, recubierto por una plancha, dotada de movimiento bascular, que podía volver automáticamente a su posición natural cuando se la separaba de ella. El animal, atraído por las hierbas depositadas en la extremidad de la plancha, se precipitaba inevitablemente en el hoyo, del cual no podía salir. Se comprenderá fácilmente que por este sistema de báscula, la trampa se armaba en seguida automáticamente, y que, después de un reno, podían caer otros varios.

Marbre no encontró más dificultad para construir su trampa que la de tener que perforar un suelo excesivamente duro; pero experimentó gran sorpresa —y no fue menor la de Hobson— cuando su piqueta, después de haber perforado cuatro o cinco pies de tierra y arena, tropezó debajo con una capa de nieve, dura como la roca, que parecía tener gran espesor.

– Es preciso —dijo el teniente, después de haber observado esta disposición geológica— que esta parte del litoral haya estado sometida, hace ya muchos años, a un frío excesivo durante un lapso de tiempo muy largo; y después, las arenas y la tierra habrán cubierto poco a poco esa masa de hielo que debe descansar probablemente sobre un lecho de granito.

– En efecto, mi teniente —respondió el cazador—; pero eso no quitará mérito a nuestra trampa. Al contrario, los renos tropezarán con una pared resbaladiza, sobre la que no encontrarán ningún punto de apoyo.

Marbre tenía razón, y los acontecimientos vinieron a justificar sus previsiones.

El 5 de diciembre, al ir él y Sabine a examinar la trampa, y oir que de su interior se escapaban amenazadores rugidos, detuviéronse.

– Ese no es el bramido del reno —dijo Marbre—; capaz soy de apostar doble contra sencillo a que acierto la clase de animal que ha caído en nuestra trampa.

– ¿Un oso? — preguntó Sabine.

– Sí — dijo Marbre, cuyos ojos brillaban de satisfacción.

– Pues a fe que nada perderemos en el cambio —replicó Sabine—. Los bistecs de oso son tan sabrosos como los de reno, y su piel vale bastante más. Vamos a apoderarnos de la presa.

Los dos cazadores, que iban naturalmente armados, metieron una bala en sus escopetas, ya cargadas con perdigones, y avanzaron hacia la trampa. La báscula estaba armada nuevamente, pero el cebo había desaparecido. Cuando Marbre y Sabine llegaron cerca de ella, escudriñaron con la vista el fondo de la fosa. Los rugidos redobláronse entonces. Se trataba de un oso, en efecto.

En un rincón de la fosa veíase agazapada una masa gigantesca, un verdadero fardo de lanas blancas, apenas visible en la sombra, en medio de la cual brillaban dos ojos relucientes. Las paredes de la fosa estaban arañadas a zarpazos, y, sin duda alguna, si hubiesen sido de tierra, el oso habría logrado abrirse camino hacia afuera; pero, en el resbaladizo hielo, sus garras no habían podido asirse, y si bien había conseguido ensanchar su prisión, no logró escapar de ella.

En estas condiciones, la captura del animal no ofrecía grandes dificultades. Hiriéronle dos balas en el fondo de la fosa, quedando después la parte más difícil, que era sacarle de ella.

Los dos cazadores volvieron a la factoría para buscar refuerzos. Una docena de compañeros suyos, provistos de fuertes cuerdas, siguiéronles hasta la trampa, no costando poco trabajo sacar de la fosa a la fiera. Era un animal gigantesco, que medía seis pies de altura y pesaba por lo menos seiscientas libras, y cuyas fuerzas debieron ser prodigiosas. Pertenecía al subgénero de los osos blancos a juzgar por su cráneo aplastado, su cuerpo prolongado, sus uñas cortas y poco recurvadas, su hocico fino y su pelaje completamente blanco. En cuanto a las partes comestibles del animal, fueron llevadas a la señora Joliffe y figuraron como plato de refuerzo en la comida de aquel día.

Las semanas siguientes funcionaron las trampas con bastante fortuna. Cayeron en ellas veinte martas, cuyas pieles se hallaban entonces en toda la esplendidez que adquieren en el invierno; pero sólo dos o tres zorras. Estos astutos animales adivinan el lazo que se les ha tendido, siendo lo más frecuente que socaven el suelo junto a la trampa, logrando de este modo apoderarse del cebo y salirse en seguida de debajo del tablón que ha caído sobre ellas. Esto desesperaba a Sabine y le hacía montar en cólera, pues decía que «semejante subterfugio era indigno de zorras honradas». Hacia el 10 de diciembre, roló el viento al Sudoeste y volvió a nevar otra vez, no con copos espesos, sino una nieve fina y poco abundante, pero que se helaba en seguida, porque hacía un frío muy intenso; y como la brisa era fuerte, no se le podía resistir. Fue necesario, pues, acuartelarse de nuevo y reanudar los trabajos interiores.

Por precaución, repartió Jasper Hobson a todo el mundo pastillas de cal y zumo de limón, porque la persistencia de aquel frío húmedo aconsejaba el empleo de estos antiescorbúticos. Sin embargo, hasta entonces, ningún síntoma de escorbuto se había manifestado entre los habitantes del fuerte Esperanza. Gracias a las precauciones higiénicas adoptadas, la salud había sido siempre excelente.

La noche polar era entonces profunda. Aproximábase el solsticio de invierno, época en que el astro del día alcanzaba su máximo descenso debajo del horizonte para el hemisferio boreal. Durante el crepúculo de medianoche, el borde meridional de las vastas llanuras blancas teñíase apenas de matices menos sombríos. Una verdadera impresión de tristeza desprendíase de aquel territorio que las tinieblas envolvían por todas partes.

Pasáronse en la casa algunos días. Jasper Hobson se hallaba más tranquilo en lo tocante al peligro de un ataque de las fieras desde que se formó el foso alrededor de la empalizada; y a fe que no fue poca suerte, pues se oían rugidos siniestros acerca de cuya naturaleza no era posible dudar. En cuanto a la visita de los cazadores indios o canadienses, no era de temer en aquella época.

Sin embargo, sobrevino un incidente, que podríamos llamar un episodio en aquella larga invernada, y que vino a demostrar que ni aun en el rigor del invierno se hallaban aquellas soledades enteramente despobladas. Algunos seres humanos recorrían aún el litoral, cazando morsas y acampando sobre la nieve. Pertenecían a la raza de los devoradores de pescado crudo, que es lo que significa, literalmente traducida, la palabra esquimal, los cuales se hallan caprichosamente esparcidos por el continente americano, desde el mar de Baffin hasta el estrecho de Behring, y a quienes parece servir de límite meridional el lago del Esclavo.

En la mañana del 14 de diciembre, o, para hablar con mayor propiedad, a las nueve antes del mediodía, el sargento Long, al volver de una excursión a lo largo del litoral, terminó la relación que de ella hizo al teniente diciéndole que, si sus ojos no le habían engañado, una tribu de nómadas debía estar acampada a cuatro millas del fuerte, cerca de un pequeño cabo que allí formaba la costa.

– ¿Quiénes son esos nómadas?—preguntó Jasper Hobson. —O son hombres o son morsas

– respondió el sargento Long—. ¡No existe otro medio!

Grande habría sido la sorpresa del valiente sargento si le hubiesen dicho que ciertos naturalistas han admitido precisamente la existencia del medio que él no admitía. Y, en efecto, algunos sabios, más o menos formalmente, han mirado a los esquimales como una especie de ser intermedio entre el hombre y la vaca marina.

En seguida el teniente Hobson, Paulina Barnett, Madge y algunos otros decidieron ir a comprobar la presencia de los visitantes. Perfectamente abrigados para evitar los efectos de una congelación súbita, armados de fusiles y de hachas, calzados con botas forradas de pieles que hallaban en la nieve helada sólido punto de apoyo, salieron por la poterna y siguieron el litoral, cuyo borde estaba sembrado de témpanos de hielo.

La luna, que se hallaba en su cuarto menguante, derramaba vagos resplandores a través de las brumas del cielo. Después de caminar por espacio de una hora, debió creer el teniente que se había equivocado su sargento o, por lo menos, que sólo había visto morsas, las cuales habían sido sin duda regresado a su elemento por los orificios que mantienen siempre abiertos en medio de los campos de hielo.

Pero el sargento Long, señalando un remolino grisáceo que salía de una extumescencia cónica que se elevaba a algunos centenares de pasos sobre el campo de hielo, limitóse a decir tranquilamente:

– ¡He ahí el humo de las morsas! En aquel momento salieron de la cabaña algunos seres humanos, arrastrándose por la nieve. Eran sin duda esquimales, pero sólo un indígena habría sido capaz de decir si eran hombres o mujeres, pues su vestimenta era idéntica.

A decir verdad, y sin que nuestro ánimo sea aprobar la opinión de los naturalistas citados más arriba, parecían focas reales, verdaderos anfibios, cubiertos de vellos y pelos. Eran seis, cuatro grandes y dos pequeños, anchos de espaldas, a pesar de su mediana estatura, con la nariz aplastada, los ojos cubiertos por párpados enormes, la boca grande, los labios gruesos, los cabellos negros, largos y rudos, y la cara desprovista de barba. Su vestido consistía en una túnica redonda de piel de morsa, y un capuchón, botas y mitones de igual naturaleza.

Aquellos seres medio salvajes habíanse acercado a los europeos y los contemplaban en silencio.

– ¿Nadie sabe hablar entre ustedes el lenguaje de los esquimales? — preguntó a sus compañeros Jasper Hobson. Nadie conocía dicho idioma; pero de improvisto escuchóse una voz que les daba la bienvenida en inglés: — ¡Welcome! ¡Welcome!

Era un esquimal, o, por mejor decir, pues no se tardó en saberlo, una esquimal, que, avanzando hacia Paulina Barnett, la saludó con la mano.

Sorprendida la viajera, contestó con algunas palabras que la indígena pareció comprender fácilmente, y la familia de esquimales fue invitada a seguir a los europeos hasta el fuerte.

Los esquimales se miraron unos a otros como si se consultaran si deberían aceptar, y después, tras algunos instantes de vacilación, acompañaron al teniente Hobson caminando en compacto grupo.

Al llegar a la empalizada, la mujer esquimal, viendo la casa cuya existencia no sospechaba siquiera, exclamó:

– ¡House! ¡house! ¿Snow-house?

Preguntaba si era aquello una casa hecha de nieve; y bien podía creerlo, porque la habitación perdíase entonces bajo aquella masa blanca que cubría todo el suelo.

Diósele a comprender,que era una casa de madera; la esquimal dijo entonces algunas palabras a sus compañeros; hicieron estos un signo afirmativo, pasaron todos la poterna, y, un instante después, eran introducidos en el salón principal, donde se quitaron los capuchones, pudiéndose entonces reconocer sus respectivos sexos.

Había dos hombres de cuarenta a cincuenta años de edad, de tez amarilla-rojiza, dientes agudos y pómulos abultados, lo que les daba una vaga semejanza con los carnívoros; dos mujeres, jóvenes todavía, cuyos trenzados cabellos hallábanse adornados con dientes y uñas de osos polares; y, por último, dos niños de cinco a seis años, pobres seres de rostro despejado, que miraban con ojos desmesuradamente abiertos.

– Como los esquimales deberemos suponer que tienen siempre hambre —dijo el teniente Hobson—, creo que un buen trozo de caza no desagradará a nuestros huéspedes.

Al oir estas palabras, trajo el cabo Joliffe algunas tajadas de reno, sobre las que se arrojaron aquellas pobres gentes con una avidez bestial. Sólo la joven esquimal que se había expresado en inglés dio muestras de cierta reserva, mirando, sin separar la vista de ella, a Paulina Barnett y a las otras mujeres de la factoría. Después, como advirtiese quel a señora Mac-Nap tenía en los brazos un niño recién nacido, levantóse, y, aproximándose a él, se puso a acariciarlo con cariño, dirigiéndole al mismo tiempo las palabras más dulces del mundo.

Aquella joven indígena parecía ser, si no superior a sus compañeros, por lo menos más civilizada que ellos, lo cual se echó de ver más claramente cuando, acometida por un ligero acceso de tos, se colocó la mano delante de la boca, según las reglas más elementales de la buena educación.

Este detalle no pasó para nadie inadvertido. Paulina Barnett, hablando con la esquimal y empleando las palabras inglesas más usuales, supo, por algunas frases, que esta joven había servido durante un año en casa de un gobernador danés de Uppernawick, cuya esposa era inglesa; pero más tarde había abandonado la Groenlandia para seguir a su familia por los territorios de caza.

Los dos hombres eran hermanos suyos, y la otra mujer, esposa de uno de ellos, era madre de aquellas dos criaturas, y cuñada suya, naturalmente.

Venían todos de la isla de Melbourne, situada al Este, en el litoral de la América inglesa, y dirigíanse al Oeste, en demanda de la punta Barrow, en la Georgia occidental de la América rusa, donde habitaba su tribu, causándoles extraordinaria sorpresa el hallar una factoría instalada en el cabo Bathurst. Los dos esquimales habían sacudido la cabeza al ver el establecimiento. ¿Era que desaprobaban tal vez la construcción de un fuerte en aquel punto del litoral? ¿Encontraban acaso el sitio mal elegido? A pesar de su gran paciencia, no logró el teniente Hobson que se explicasen acerca de este particular, o, al menos, no comprendió sus respuestas.

En cuanto a la joven esquimal, llamábase Kalumah, y tomó al parecer, gran afecto a Paulina Barnett. Sin embargo, la pobre muchacha, por muy sociable que fuese, no echaba de menos la posición que en otro tiempo ocupara en casa del gobernador de Uppernawick, y daba muestras de sentir gran apego a su familia.

Después de atracarse a su gusto y de haber apurado media pinta de aguardiente, del que también bebieron los pequeños, despidiéronse los esquimales de sus huéspedes; pero, antes de partir, invitó la joven indígena a Paulina Barnett a visitar su cabaña de nieve, prometiéndole la viajera ir a ella al día siguiente, si no lo impedía el tiempo.

Al día siguiente, en efecto, acompañada de Madge, del teniente Hobson y de algunos soldados armados —no para defenderse de aquellas pobres gentes, sino de los osos blancos, si tropezaban con ellos—, trasladóse Paulina Barnett al cabo Esquimal, nombre con que fue bautizada la punta en cuyas proximidades alzábase el campamento de los indígenas. Corrió Kalumah al encuentro de su amiga de la víspera, y mostróle su cabaña con aire satisfecho. Era un gran cono de nieve, con una estrecha abertura en su vértice que daba salida al humo de un hogar interior, en el que los esquimales habían excavado su transitoria vivienda. Estas casas de nieve que ellos hacen con rapidez extremada, reciben el nombre de igloo en la lengua del país. Son maravillosamente apropiadas para el clima de las regiones polares, y sus habitantes soportan dentro de ellas, sin fuego muchas veces y sin padecer demasiado, fríos de 40° bajo cero. Durante el estío, los esquimales acampan bajo las tiendas de piel de reno y de foca, que reciben el nombre de tupie.

No era operación fácil penetrar en aquella cabaña. Sólo tenía una entrada a ras del suelo, y era preciso deslizarse por una especie de corredor, de tres a cuatro pies de longitud, porque las paredes de nieve medían cuando menos este espesor. Pero una exploradora de profesión, laureada por la Real Sociedad, no podía titubear, y Paulina Barnett no vaciló un momento. Seguida de Madge, introdújose valerosamente por la estrecha abertura, detrás de la joven indígena. El teniente y sus soldados renunciaron a esta visita.

No tardó en comprender Paulina Barnett que no era lo más difícil el penetrar en aquella cabaña, sino el permanecer en su interior. Su atmósfera caldeada por un hogar en el que ardían huesos de morsas, infectada por el fétido aceite de una lámpara, impregnada por las emanaciones de las grasicntas ropas y de la carne de anfibio que constituye el alimento pricipal de los esquimales, resultaba realmente intolerable. Madge no la pudo resistir y salió inmediatamente. Paulina Barnett dio muestras de un valor sobrehumano, por no causar dolor a la joven indígena, y prolongó su vista por espacio de cinco interminables minutos que hubieron de parecerle cinco siglos.

Sólo halló en el interior a los dos niños y su madre; la caza de las morsas había dejado a los dos hombres a cuatro o cinco millas del campamento.

Paulina Barnett, una vez fuera de la cabaña, aspiró con embriaguez el aire fresco y puro del ambiente, que devolvió a sus mejillas los perdidos colores.

– ¿Qué le han parecido a usted las casas de los esquimales? — preguntóle el teniente Hobson.

– La ventilación en ellas deja mucho que desear — respondió simplemente la viajera.

La interesante familia indígena permaneció acampada en aquel mismo lugar por espacio de ocho días. De cada veinticuatro horas, los esquimales pasaban doce cazando morsas. Iban, con una paciencia que sólo los cazadores de oficio podrán comprender, a acechar a los anfibios al borde de los orificios por donde salen a respirar a la superficie de los campos de hielo, y, tan pronto como aparecía la morsa, la enlazaban con un nudo corredizo, por debajo de las aletas pectorales, y, no sin grandes trabajos, la izaban inmediatamente y la remataban a hachazos. Realmente, esto puede decirse que es más bien una pesca que una caza. Después el gran regalo consistía en beberse la sangre caliente del anfibio, que constituye para los esquimales un embriagador placer.

Kalumah iba cada día al fuerte Esperanza, a pesar de lo desapacible de la temperatura. Agradábale en extremo recorrer las diversas habitaciones de la casa, viendo coser y siguiendo todos los detalles de las manipulaciones culinarias de la señora Joliffe. Preguntaba cómo se llamaban en inglés todas las cosas y conversaba con Paulina Barnett durante horas enteras, si la palabra conversar puede emplearse cuando se trata de un sencillo cambio de vocablos largo tiempo rebuscados por una u otra parte. Cuando la viajera leía en alta voz, Kalumah la escuchaba con extraordinaria atención, a pesar de no comprender nada.

Kalumah cantaba también, con voz bastante dulce, canciones de ritmo extraño, melancólicas, frías, glaciales. Paulina Barnett tuvo la paciencia de traducir una de esas sagas groenlandesas, curiosa muestra de la poesía hiperbórea, a la que una música triste, que procedía por intervalos singulares, prestaba un indefinible color. He aquí una traducción literal y en prosa de esta poesía copiada en el albúm mismo de la viajera.

«CANCIÓN GROENLANDESA

»¡El cielo está negro y el sol se arrastra apenas! ¡Mi pobre e incierta alma está llena de desesperación! ¡La rubia niña se ríe de mis canciones, y el invierno pasea sus témpanos de hielo sobre su corazón!

»i Ángel soñado! ¡Tu amor vivificante me embriaga, y be desafiado la escarcha por verte, por seguirte! ¡Pero ¡ab! que no he logrado disipar las nieves de tu corazón con el dulce calor de mis besos!

»¡Ah! ¡Ojalá llegue el día en que se compenetren nuestras almas, y mi mano estreche amorosamente la tuya! ¡El sol brillará en nuestro cielo y derritirá las nieves de tu corazón!»

El 20 de diciembre la familia esquimal fue al fuerte Esperanza a despedirse de sus habitantes. Kalumah le había tomado cariño a la viajera, quien, de muy buena gana, la hubiera retenido a su lado; pero la joven indígena no quiso abandonar a los suyos, prometiendo, no obstante, volver el verano próximo al fuerte Esperanza.

La despedida fue conmovedora. La esquimal regaló a Paulina Barnett una sortija de latón, recibiendo de ésta un collar de azabache que se puso en seguida entusiasmada. Jasper Hobson no dejó partir a aquellas pobres gentes sin una buena provisión de víveres, que cargaron en su trineo; y, después de algunas palabras de agradecimiento, pronunciadas por Kalumah, la interesante familia emprendió la marcha dirigiéndose hacia el Oeste, y no tardó en desaparecer en medio de las espesas brumas del litoral.

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