Familia sin nombre · Parte 3

VI

EL SEÑOR NICK EN WALHATTA

Después de la escaramuza de Chipogán, o sea la derrota de los agentes mandados por Rip, y de los voluntarios, Tomás Harcher y sus hijos mayores, que habían tenido que refugiarse fuera del territorio canadiense, volvieron a entrar en él para tomar parte en la batalla de San Carlos. A consecuencia de aquel funesto combate, que a Remigio costó la vida, Tomás, Miguel, Tony y Santiago pudieron reunirse con los reformistas en SaintAlbans, uno de los primeros pueblos de la frontera de los Estados Unidos.

Respecto al Sr. Nick, nuestros lectores saben ya que se guardó muy bien de volver a Montreal; porque ¿cómo hubiera podido explicar su actitud en Chipogán? Y por más que gozara en aquella ciudad de cierta consideración, Gilberto Argall no hubiera titubeado un solo instante en perseguirle como rebelde a la autoridad, y le hubieran preso en compañía de Lionel, que habría podido entregarse en la cárcel a sus inspiraciones poéticas.

El buen Notario había tomado, pues, el único partido posible en aquellas circunstancias: seguir a los Mahogannis a Walhatta y esperar, bajo el techo de sus antepasados, que se apaciguasen los espíritus, permitiéndole entonces romper con su papel de jefe de tribu para volver a su estudio.

Pero Lionel no lo entendía así. El joven poeta contaba con que su principal rompería definitivamente con las actas notariales de la plaza del Mercado del Buen Socorro, para perpetuar entre los hurones el nombre ilustre de los Sagamores.

A dos leguas de la granja de Chipogán, en el pueblo de Walhatta, era en donde el Sr. Nick se hallaba instalado hacía algunas semanas. Allí empezó una nueva vida para el plácido Notario; y no basta que lo oigamos, sino que hubiera sido preciso presenciar el entusiasmo que experimentó Lionel viendo la recepción que hicieron al descendiente de los grandes jefes los hombres, los ancianos, las mujeres y los niños de su tribu. Y en verdad que las salvas que acogieron al Sr. Nick, los homenajes que le rindieron, los enfáticos discursos que le fueron dirigidos y las manifestaciones que tuvo que dar en el lenguaje metafórico de la fraseología del Far-West, todo esto era muy propio para ensalzar la vanidad humana. Sin embargo, el excelente hombre se dolía en gran manera de haberse mezclado, aunque involuntariamente, en la refriega de Chipogán; y si bien Lionel prefería al olor del estudio y de los pergaminos, el de las praderas; si la elocuencia de los Mahogannis le parecía superior a la jerga notarial, el Sr. Nick no era de su parecer, resultando de esta disparidad de sentimientos continuas discusiones, muy a propósito para producir entre ellos serios disgustos y enemistad.

El Sr. Nick estaba temeroso de que, exacerbándose cada vez más las pasiones políticas, los hurones hicieran causa común con los patriotas; pues en el caso de que Juan Sin Nombre llamase a los guerreros de su tribu para que le apoyasen, o de que Tomás Harcher viniese a reclamar su concurso en Walhatta, ¿podría él resistirse a prestar el auxilio reclamado? Y ya que estaba seriamente comprometido, ¿qué sucedería cuando marchase a la cabeza de sus súbditos para combatir la autoridad anglocanadiense? ¿Cómo podría esperar volver a ejercer sus funciones de Notario en Montreal?

Y sin embargo, se decía a sí mismo que como el tiempo arregla todas las cosas, habiendo pasado ya varias semanas desde la refriega de Chipogán, y como ésta se redujo a un sencillo acto de resistencia a la policía, era probable que la autoridad lo hubiera dado todo al olvido. Además, el movimiento insurreccional no había estallado todavía, y nada indicaba que fuese inminente; si la tranquilidad continuaba reinando en el Canadá, el Gobierno se mostraría tolerante y el Sr. Nick podría volver a Montreal.

Pero Lionel ansiaba que tal esperanza no se realizase. ¡Volver al estudio para estar seis horas diarias copiando o compulsando actas!... ¡Más valía ser corredor de bosques o cazador de abejas! ¡Permitir él que su principal abandonase la alta posición que ocupaba entre los Mahogannis! ¡Jamás! El Sr. Nick no existía ya. ¡Era el descendiente legitimo de la antigua raza de los Sagamores! Los hurones no le dejarían, con seguridad, cambiar el hacha del guerrero por la pluma del Notario.

Desde su llegada a Walhatta, el señor Nick tuvo que alojarse en el wigwam, de donde había salido su antecesor para reunirse con sus antepasados en medio de las praderas bienaventuradas. Lionel hubiera dado, de seguro, los mejores edificios de Montreal, hoteles o palacios, en cambio de aquella incómoda casucha en donde, a porfía, todos los muchachos y muchachas de la tribu se apresuraban a servir a su principal. El joven también tenía una buena parte en la adhesión de los Mahogannis, que le consideraban como el brazo derecho del gran jefe; porque cuando éste se veía obligado a tomar la palabra ante el fuego del consejo, Lionel no cesaba de acompañar con apasionados gestos los discursos de Nicolás Sagamore.

De todo esto resultaba que el pasante se hubiera considerado como el más feliz de los mortales si su principal no hubiera rehusado obstinadamente hasta entonces realizar sus más ardientes deseos. El señor Nick no había querido aún revestirse con el ropaje de los Mahogannis, cosa que desesperaba a Lionel, que tantas ganas tenía de verle con el traje de hurón; es decir, con mocassins en los pies, plumas rectas, en la cabeza y capa de colores muy vivos, en los hombros. Varias veces el muchacho, habló de ello con el Notario, pero sin ningún éxito; sin embargo, no se desanimaba por tan poco, y volvía a la carga a la primera ocasión.

-Ya llegará a hacerlo, se decía; no le dejaré reinar con su traje de Notario, pues con su larga levita, su chaleco de terciopelo y su corbata blanca, ¿qué parece? No ha perdido todavía las antiguas costumbres; pero ¡a fe de Lionel! es preciso que las pierda. Cuando abre la boca ante la Asamblea de Notables de la tribu, siempre me parece que va a decir: «Ante nos, Nick, notario en Montreal, y su colega... » Esto no puede durar así. Quiero que vista el traje de los guerreros indígenas; y si para ello no es preciso más que una ocasión, ya sabré yo hacerla surgir. Entonces fue cuando se presentó al espíritu de Lionel una idea muy sencilla.

En algunas conversaciones que tuvo con los principales notables de Walhatta, Lionel adquirió la convicción de que éstos no veían sin gran disgusto que el descendiente de los Sagamores vistiese a la europea; y, cediendo a la inspiración del joven pasante, los Mahogannis decidieron proceder con toda solemnidad a la proclamación de su nuevo jefe, y formaron el programa de una ceremonia a la que serían invitadas las tribus vecinas. Habría petardos, diversiones de varios géneros, festines, y era natural que el Sr. Nick no presidiera tales fiestas sin haberse vestido con el traje nacional.

Este acuerdo fue definitivamente adoptado en la segunda quincena de Noviembre, y el 23 del mismo mes, el día fijado para la ceremonia; de modo que los preparativos había que empezarlos sin pérdida de tiempo para que tuvieran completo éxito.

Si el papel del Sr. Nick se hubiera limitado en aquel día a recibir los homenajes de su pueblo, hubiérase podido guardar el secreto respecto a la ceremonia; pero como tenía que figurar en ella en la actitud y con el traje que convenía al jefe de los hurones, el joven pasante tuvo que avisarle.

Así es que el 22 de Noviembre Lionel celebró con su principal una conferencia en la que la cuestión se trató a fondo, con gran desagrado del Sr. Nick.

En primer lugar, cuando supo que la tribu se preparaba a dar una gran fiesta en honor suyo, empezó por mandar al diablo a todos sus súbditos, incluso a su pasante.

-Que Nicolás Sagamore se digne escuchar los consejos de un Cara Pálida, le respondió Lionel.

-¿De qué Cara Pálida hablas tú? preguntó el Sr. Nick, que no comprendía.

-De vuestro servidor, gran jefe.

-Pues bien: ten mucho cuidado que tu cara pálida no se vuelva de color de remolacha...

Lionel ni siquiera hizo caso de la amenaza, y continuó con más viveza:

-Que Nicolás Sagamore no olvide que le soy muy adicto; que si algún día cayera prisionero de los Sioux, o de los Omeidas, de los Iroqueses o de otros salvajes; si estuviese atado al poste del suplicio, yo sería el primero en defenderle de los insultos y de las uñas de las viejas, y yo también el que, después de su muerte, deportaría sobre su tumba su pipa y su hacha de guerra.

El pobre Notario resolvió dejar que Lionel hablase a su capricho, proponiéndose terminar la conversación de tal modo, que las orejas del pasante llevasen largo tiempo las señales de sus dedos.

Así es que se limitó a responder:

-De modo que se trata de complacer a los Mahogannis...

-Sí, gran jefe.

-Pues bien, ya que no puedo evitarlo, asistiré a esa fiesta.

-Rehusar os hubiera sido imposible, puesto que la sangre de los Sagamores corre por vuestras venas.

-¡Sangre de Sagamores mezclada con la de notario! refunfuñó el Sr. Nick.

Entonces fue cuando Lionel tocó el punto más delicado.

-Está convenido, dijo, que el gran jefe presida la ceremonia; solamente que para presentarse en ella, conforme a lo que exige su alto rango, es preciso que deje crecer en punta un mechón de cabellos encima de su cabeza.

-¿Y por qué?

-Por respeto a las tradiciones.

-¡Cómo...! ¿Exigen eso las tradiciones?

-Sí; y además, si el jefe de los Mahogannis cayera algún día prisionero en la guerra, ¿cómo podría el enemigo sacudir su cabeza en señal de victoria?

-¡En verdad que es delicioso! replicó el señor de Nick. ¿Conque es necesario, que mi enemigo pueda sacudir mi cabeza... cogiéndola precisamente por el mechón de pelo que debo dejarme crecer?

-Es costumbre india, y ningún guerrero rehusaría seguirla. Cualquier otro peinado no caería bien con el traje que Nicolás Sagamore ha de vestir el día de la ceremonia.

-¡Ah! ¿Tendré que ponerme...?

-En él se está trabajando; será magnifico: la casaca es de piel de gamo, los mocassins de cuero de original, el manto es el que llevaba el antecesor de Nicolás Sagamore, sin contar las pinturas de la cara...

-¿Tendré también que pintarme?...

-Mientras que los más hábiles artistas de la tribu proceden a pintarle el pecho, la espalda y los brazos...

-¡Continúa, Lionel, replicó el señor de Nick apretando los dientes; lo que dices me interesa mucho! ¡La pintura de la cara, del pecho, de los brazos y de la espalda, los mocassins, el mechón de cabellos...! ¡Nada olvidas!

-Nada, respondió el joven; y cuando el gran, jefe se muestre a sus guerreros envuelto en el manto que hará resaltar sus ventajas personales, no dudo que las indias se disputen el favor de entrar en su wigwam...

-¡Ah! ¿También las indias se disputarán el favor de..?

-¡Y la honra de asegurar una larga descendencia al elegido por el Gran Espíritu!

-¿De modo que es conveniente que me case con una hurona? preguntó el señor de Nick.

-Otra cosa no puede ser para el porvenir de los Mahogannis; y tanto es así, que han elegido ya una squaw de alta alcurnia que se consagrará a la felicidad del gran jefe...

-¿Y se puede saber cuál es esa princesa de piel roja que se consagrará...?

-¡Ya lo creo! respondió Lionel. ¡Es digna de unirse a los Sagamores!

-¿Y quién es?

-La viuda del antecesor...

Fue una dicha para las mejillas del joven pasante que estuviera en aquel momento a cierta distancia del señor Nick, pues éste le dirigió un soberbio bofetón, que no llegó a tocarle, porque Lionel lo evitó dando un paso atrás; así es que aquel tuvo que contentarse con decir esto:

-Escúchame con atención, Lionel: ¡si algún día te atreves a hablarme de todo esto, te alargare de tal modo las orejas, que nada tendrás que envidiar al Asno de David La Gamme!

Después de esta comparación, que le recordaba a uno de los héroes de El último de los Mohicanos, de Cooper, Lionel se retiró prudentemente. En cuanto al señor Nick, tan irritado estaba con su pasante como con los notables de su tribu. ¡Imponerle a él para la ceremonia el traje de los Mahogannis! ¡Obligarle a peinarse, vestirse, calzarse y pintarse como lo hicieron sus antepasados!

Y sin embargo; ¿podría el muy aburrido Notario sustraerse a las exigencias de su nuevo estado? ¡Se atrevería a presentarse a la vista de los guerreros con aquel traje, tan ajeno a las costumbres de los salvajes y tan impropio de aquella grandísima fiesta?

Esto no dejaba de darle en qué pensar a medida que se acercaba el día de los festejos.

Felizmente para el heredero de los Sagamores, tan grandes acontecimientos tuvieron lugar en aquellos días, que hicieron abandonar sus proyectos a los Mahogannis.

El 23, una importante noticia llegó a Walhatta.

Los patriotas de San Dionisio, según hemos dicho ya, habían rechazado a loa realistas, mandados por el coronel Gore.

Esta nueva provocó grandes demostraciones de alegría por parte de los hurones, pues ya hemos visto en el cortijo de Chipogán que eran muy adictos a la causa de la independencia, y que bastaría la menor ocasión para que se uniesen a los francocanadienses.

No sería esta victoria, así lo comprendía bien el Sr. Nick, la que haría desistir a los guerreros de la tribu, de celebrar las fiestas que se preparaban en honor suyo; pues, al contrario, lo harían con más entusiasmo, y su jefe sería proclamado con toda la pompa que el caso requería.

Pero, tres días más tarde, a las buenas nuevas sucedieron las malas. Después de la victoria de San Dionisio, la derrota de San Carlos.

Cuando supieron a que sangrientas represalias se habían entregado los realistas, y cuales habían sido los excesos cometidos; saqueo, incendios, degüellos, y por fin la ruina de ambas poblaciones, los Mahogannis no pudieron contener su indignación. De esto a levantarse en masa para ir a socorrer a los patriotas, no había más que un paso, y el Sr. Nick temió que este paso se diera.

Entonces él Notario, algún tanto comprometido respecto a las autoridades de Montreal; se preguntó si no iba a comprometerse del todo. ¿Le obligarían a ponerse al frente de sus guerreros y a hacer causa común con los patriotas? En todo caso, y en vista de las circunstancias, no podía tratarse ya de festejarle. Pero nuestros lectores pueden figurarse cómo recibiría a Lionel cuando éste vino a decirle que había sonado la hora de desenterrar el tomahawk de sus antepasados y de blandirle en señal de guerra.

Desde aquel día, el único afán del señor Nick fue el de calmar el ardor de sus belicosos súbditos. Cuando éstos acudían a él con el fin de que se declarase en contra de los opresores, se ingeniaba para no pronunciarse ni en pro ni en contra; conviene, les decía, que no obremos sin reflexionar con madurez el partido que hemos de tomar, y para ello bueno es conocer las consecuencias de la derrota de San Carlos... Los condados estarán tal vez invadidos ya por los realistas... nada se sabe de los proyectos de los reformistas, actualmente dispersos, ni en qué sitio se han refugiado.. ni en dónde podremos reunirnos con ellos... ¿No habrán abandonado por ahora sus planes, esperando mejor ocasión para realizarlos? ¿No estarán los principales jefes en poder de sus adversarios, y detenidos en sus cárceles de Montreal?

Estas eran las advertencias, bastantes razonables en verdad, que el Sr. Nick hacía a sus guerreros, mas éstos no las admitían sin discusión. La ira los arrastraría algún día, y él, como jefe, se vería obligado a ponerse a su frente. Es muy posible que el Sr. Nick pensara en abandonarlos; pero era cosa bastante difícil, porque le vigilaban más de lo que él creía.

Y luego ¿a qué país iría a pasar su desgraciada vida? Le repugnaba abandonar el Canadá, cuna de su familia; y en cuanto a esconderse en algún pueblo de los condados, no le parecía prudente, pues con seguridad los agentes de Gilberto Argall estarían, alerta y hubiera sido arriesgarse a caer en sus manos.

El último, de los Sagamores ignoraba completamente lo que había sido de los principales jefes de la insurrección, porque aun cuando algunos Mahogannis habían ido hasta las riberas del Richelieu y del San Lorenzo, ninguna noticia adquirieron.

Catalina Harcher nada sabía tampoco respecto de Tomás y de sus hijos; nada del señor ni de la señorita de Vaudreuil; nada de Juan Sin Nombre, ni nada de lo que había pasado en Casa Cerrada después de la derrota de San Carlos.

Era preciso, por lo tanto, confiarlo todo al tiempo, y esto no desagradaba al señor Nick, que esperaba así que el espíritu belicoso de sus guerreros se calmase; cosa a que tendían todos sus esfuerzos.

Respecto a todos estos acontecimientos hubo también un nuevo desacuerdo entre el Notario y su pasante, que aborrecía de muerte a los realistas. Las últimas noticias habían llenado de desesperación a Lionel, el cual no hablaba ya con el metafórico lenguaje indio ni de los planes de la guerra, ni de desenterrar el hacha; ni de la sangre de los Sagamores... No pensaba ya más que en la causa nacional, que veía tan comprometida. ¿Qué sería del heroico Juan Sin Nombre? ¿Habría sucumbido en San Carlos? ¡No! La noticia de su muerte habría cundido por todas partes, pues nada hubieran descuidado las autoridades para esparcirla y lo mismo se hubiera sabido en Chipogán que en Walhatta. Pero si sobrevivía a aquel desastre, ¿en dónde se hallaba en la actualidad? Lionel hubiera arriesgado hasta su vida por saberlo.

Pasaron muchos días sin que en nada cambiara la situación. ¿Se prepararían los patriotas a tomar las armas de nuevo? Así se dijo una o dos veces el pueblo de los Mahogannis; mas esta noticia no tuvo confirmación. Se supo, sí, que por orden de lord Gosford se hacían grandes pesquisas en los condados de Montreal y de Laprairie, y, que numerosas patrullas ocupaban ambas orillas del Richelieu, por cuya causa los habitantes de los pueblos y de las granjas no tenían un instante de reposo; cundió también la noticia de que sir John Colborne tenía prontas sus tropas para mandarlas con gran celeridad a cualquier punto en donde flotara la bandera de la rebelión; de modo que si los patriotas se atrevían a entrar en el Canadá, tropezarían con fuerzas considerables.

El 5 de Diciembre, Lionel, que había ido a recoger noticias hacia Chambly, supo que el distrito de Montreal había sido declarado en estado de guerra, y que el Gobernador general ofrecía cuatro mil piastras a cualquiera que entregara al diputado Papineau; otros premios se ofrecían también por la captura de algunos jefes; entre otros los señores de Vaudreuil y Vicente Hodge. Oyó decir asimismo que cierto número de reformistas estaban detenidos en las prisiones de Montreal y de Quebec; que su proceso se instruía militarmente, y que el cadalso consumiría pronto varias vidas, pues el Gobierno se mostraba inexorable.

Estos hechos, como se ve, eran muy graves. Ahora bien; ¿responderían los reformistas con una última sublevación a las medidas decretadas en contra suya, o perderían por completo el ánimo ante tan severa represión? Tal era el parecer de Sr. Nick, que sabía por experiencia que cuando las insurrecciones no salen bien en el principio, de seguro tienen poco éxito después.

Lionel y los guerreros Mahogannis pensaban todo lo contrario.

-¡No! repetía sin cesar, el pasante al Notario; ¡no! La causa de los patriotas no está perdida mientras viva Juan Sin Nombre; no desesperemos, pues, de conquistar nuestra independencia.

El día 7 ocurrió un incidente que, excitando hasta el paroxismo el instinto belicoso de los hurones, iba a poner otra vez al Sr. Nick frente a frente de las dificultades propias de su nuevo estado, que creía haber vencido ya.

Se hablaba desde algunos días de la presencia del abate Joann en las diferentes parroquias de la comarca. El joven sacerdote recorría el condado de Laprairie, predicando un levantamiento en masa entre la población franco-canadiense. Su palabra elocuente y entusiasta luchaba, no sin trabajo, con el desaliento que se había apoderado de muchos patriotas después de la derrota de San Carlos; pero el abate Joann era incansable, y ya no razonaba, antes bien suplicaba a sus conciudadanos que estuviesen dispuestos a tomar las armas en cuanto volviesen a aparecer sus jefes.

Y, sin embargo, no sabía que había sido de su hermano, porque antes de volver a sus predicaciones se fue a Casa Cerrada para abrazar a su madre y para tener noticias de Juan; pero aquella triste morada no se abrió para él.

El abate se puso entonces en busca de su hermano; él tampoco podía creer que éste hubiera sucumbido, porque la noticia de su muerte habría cundido mucho; el joven sacerdote pensaba que aparecería de nuevo a la cabeza de sus parciales.

Entonces sus esfuerzos todos tendieron a sublevar a los indios, y en particular a los de la raza hurona, que deseaban intervenir en pro de la independencia del país.

En estas circunstancias el fogoso predicador llegó al pueblo de los Mahogannis, y el Sr. Nick se vio obligado a hacerle buena acogida, no pudiendo resistirse al entusiasmo que produjo entre sus guerreros la presencia de aquel patriota.

-¡Vaya! se decía sacudiendo la cabeza, ¡es imposible que nadie escape a su destino! ¡Si yo sé cómo empezó la raza de los Sagamores, difícil me sería en verdad decir cómo ha de acabar!... ¡Es muy posible que ponga fin a su historia el consejo de guerra anglocanadiense!

En cuanto el abate Joann llegó a Walhatta, Lionel se mostró como uno de sus más calurosos partidarios, pues no sólo sentía todo el ardor de su propio patriotismo, sino que llamó poderosamente su atención el parecido que existía entre el abate y Juan Sin Nombre: eran los mismos ojos, la misma mirada encendida, casi la misma voz y los mismos gestos. El joven pasante creía ver a su héroe con traje talar y se le figuraba que le oía... ¿Sería una ilusión de sus sentidos? No podía decirlo.

Apenas hacía dos días que Joann se hallaba entre los Mahogannis, cuando éstos pedían unirse a los patriotas que habían concentrado sus fuerzas en la isla Navy, una de las islas del Niágara, a unas cuarenta leguas al Sudoeste. El Sr. Nick se veía condenado, pues, a seguir a los guerreros de su tribu.

Los preparativos de marcha se hicieron con mucha rapidez; los Mahogannis proyectaban, en cuanto salieran de Walhatta, atravesar los condados limítrofes, sublevar a todas las tribus indias, llegar al lago Ontario y desde allí dirigirse al Niágara, en donde se unirían a los últimos partidarios de la causa nacional.

Una noticia vino a detener aquel movimiento, algunos días por lo menos.

En la tarde del 9 de Diciembre uno de los guerreros hurones que había ido a Montreal trajo la triste nueva de que Juan Sin Nombre, detenido por los agentes de Gilberto Argall en la frontera del Ontario, acababa de ingresar en el fuerte de Frontenac.

Júzguese el efecto que produciría la noticia. ¡Juan Sin Nombre en poder de los realistas!

Los Mahogannis quedaron aterrados, y figúrense nuestros lectores cual sería la emoción que experimentaron cuando, después de saber la detención de Juan, el abate exclamó:

-¡Pobre hermano mío! Y después:

-¡Pues bien, le arrancaré a sus verdugos!

-¡Permitidme que os acompañe! dijo Lionel.

-¡Venid, hijo mío! respondió el abate Joann. FIN DEL CUADERNO TERCERO CUADERNO CUARTO FAMILIA SIN NOMBRE

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