Familia sin nombre · Parte 2
VII
TIROS A LOS POSTRES
El jefe de la casa Rip y Compañía no estaba acompañado esta vez por sus propios agentes, sino por una docena de los de Gilberto Argall y unos cuarenta voluntarios del ejército real que ocupaban la entrada principal del patio.
Era muy probable, además, que la casa estuviera cercada.
¿Se trataba de una simple visita domiciliaria, o era una detención lo que amenazaba al jefe de la familia Harcher?
En todo caso, era preciso un motivo de excepcional gravedad para que el ministro de Policía juzgara necesario mandar un destacamento tan numeroso al cortijo de Chipogán.
Al nombre de Rip, pronunciado por el notario, el señor de Vaudreuil y su hija se sintieron aterrorizados, pues sólo ellos sabían que Juan-Sin-Nombre se hallaba en aquella sala, y que Rip estaba particularmente encargado de su busca y de su captura. ¿Qué podían pensar, sino que el polizonte había descubierto por fin el retiro del joven patriota, y que venía a prenderle?
Si Juan caía entre las manos de Gilberto Argall, estaba perdido sin remedio.
Juan, conteniéndose por un esfuerzo supremo de voluntad, ni siquiera se estremeció; apenas si su cara adquirió algo más de palidez. Ningún movimiento, ni aun involuntario, había podido denunciarlo a sus perseguidores, y, sin embargo, acababa de reconocer a Rip, con quien se había encontrado el día en que fue con el Sr. Nick y Lionel desde Montreal a la isla Jesús. ¡Rip, el agente lanzado en su persecución hacía más de dos meses! ¡Rip, el provocador, que había sido la causa de la infamia recaída en su familia, empujando a la traición a su padre Simón Morgaz!
No obstante, conservó toda su sangre fría, no dando a conocer el odio que hervía en su corazón, mientras que el señor de Vaudreuil y su hija temblaban a su lado.
Pero si bien es verdad que Juan conocía a Rip, éste no conocía a aquel. El agente ignoraba que el viajero que había entrevisto un instante en el camino de Montreal fuese el patriota cuya cabeza estaba pregonada; lo único que sabía era que Juan-Sin-Nombre debía de hallarse en el cortijo de Chipogán, y he aquí cómo pudo encontrar sus huellas.
Algunos días antes el joven había sido visto a cinco o seis leguas de San Carlos, después de haberse marchado de la Casa Cerrada, y señalado como sospechoso a su salida del condado de Verchères. Notando que estaba descubierto, tuvo que huir hacia el interior de dicho condado, y no sin riesgo de caer muchas veces en manos de la policía, llegó a refugiarse en el cortijo de Tomás Harcher.
Mas los agentes de la casa Rip y Compañía no habían perdido su pista, como él lo creía; por el contrario, pronto tuvieron la casi certidumbre de que la alquería de Chipogán le servía de asilo. Rip fue en seguida avisado de lo que ocurría, y sabiendo, no solamente que aquel cortijo pertenecía al señor de Vaudreuil, sino también que éste se encontraba en dicha propiedad, no dudó un instante de que el forastero de que le habían hablado era Juan-Sin-Nombre.
Después de dar orden a algunos de sus subordinados para que se mezclasen entre los numerosos invitados de Tomás Harcher, dio parte a Gilberto Argall de lo que sucedía, poniendo éste a su disposición unos cuantos polizontes y un destacamento de voluntarios de Montreal.
He aquí en que condiciones se presentó Rip en el umbral de la puerta, teniendo la certeza de que Juan-Sin-Nombre se hallaba en el número de los hospedados por el cortijero de Chipogán.
Eran las cinco de la tarde, y aun cuando las lámparas no se hubiesen encendido todavía, era aún de día en el interior de la sala.
En un instante Rip recorrió con la mirada todos los asistentes, sin que Juan-SinNombre llamara más particular-mente su atención que los demás convidados reunidos en la sala. Sin embargo, Tomás Harcher, viendo el patio invadido por fuerza armada, es levantó, y encarándose con Rip:
-¿Quién sois? le preguntó.
-Un agente de policía, encargado de una misión por el Ministro del ramo, respondió Rip.
-¿Qué venís a hacer aquí?
-Vais a saberlo. ¿No sois Tomás Harcher, de Chipogán, arrendatario del señor de Vaudreuil?
-El mismo soy, y os pregunto que con qué derecho habéis invadido mi casa.
-Con el que me confiere una orden que me han dado, pues vengo a proceder a una detención.
-¡Una detención!... exclamó el cortijero: ¡una detención en mi casa!... ¿Y a quién venís a prender?.
-A un hombre cuya cabeza ha sido pregonada por orden del Gobernador general, y que se halla aquí.
-¿Cómo se llama?
-Se llama, respondió Rip alzando mucho la voz, o más bien se hace llamar, Juan-SinNombre. Esta respuesta fue seguida de un largo murmullo. ¡Cómo! ¿Era a Juan-Sin-Nombre a quien Rip venía a prender, afirmando que se encontraba allí? La actitud del cortijero, de su mujer, de sus hijos y de toda la concurrencia fue con tanta naturalidad la de una estupefacción tan profunda, que Rip estuvo a punto de creer en un error de sus agentes; sin embargo, reiteró su pregunta, y esta vez de un modo más afirmativo.
-Tomás Harcher, repuso; al hombre que busco está aquí, y os intimo a que me lo entreguéis. Al oír estas palabras, Tomás miró a su mujer, y Catalina, cogiéndole por el brazo, exclamó:
-¡Pero contesta a lo que te preguntan!
-Sí, amigo mío, contestad, añadió el Sr. Nick. Me parece que la respuesta es por demás fácil.
-Muy fácil, en efecto, dijo el cortijero. Y volviéndose hacia Rip:
-Juan-Sin-Nombre, a quien buscáis, dijo, no está en la alquería de Chipogán.
-Pues yo afirmo que se halla aquí; Tomás Harcher, repuso Rip con bastante frialdad.
-No; os repito que no está. Jamás ha venido por aquí. Ni siquiera le conozco. Pero digo también que si hubiese venido a pedirme asilo, le hubiera recibido, y que si estuviera en mi casa, no le entregaría. Rip no podía equivocarse respecto a las significativas demostraciones que acogieron la declaración de Tomás Harcher, pues bien se dejaba ver que éste se había hecho el intérprete de los sentimientos de todos los presentes, y que admitiendo que Juan-SinNombre se hubiese refugiado en la alquería, ni uno solo de los huéspedes hubiera sido bastante cobarde para hacerle traición. Juan, siempre impasible, escuchaba. El señor de Vaudreuil y Clary ni siquiera se atrevían a mirarle, por temor de atraer sobre él la atención de Rip.
-Tomás Harcher, repuso éste, no ignoráis, sin duda, que una proclama fechada en 3 de Septiembre do 1837 ofrece una prima de seis mil piastras para cualquiera que detenga o dé a conocer el retiro de Juan-Sin-Nombre.
-No lo ignoro, respondió el cortijero, ni nadie lo ignora en el Canadá; pero no se ha encontrado todavía un solo canadiense bastante miserable para cumplir tan odiosa traición, ni jamás se encontrará.
Rip no se inmutó.
-Tomás Harcher, repuso, si conocéis la proclama del 3 de Septiembre, tal vez no conozcáis el nuevo decreto que el Gobernador general firmó ayer, 6 de Octubre.
-En efecto, no tengo conocimiento de él, respondió el cortijero; pero si es del mismo género que el otro, si provoca a la delación, podéis dispensaros de participárnoslo.
-Sin embargo, lo oiréis, replicó Rip.
Y desplegando un papel rubricado por Gilberto Argall, leyó lo que sigue:
«Se hace saber a todos los habitantes de las ciudades y del campo de las provincias canadienses que les está prohibido dar ayuda y protección al proscrito Juan-SinNombre; y que tiene pena de muerte cualquiera que le dé asilo.
»En nombre del Gobernador general, el ministro de Policía -Gilberto Argall.»
¡El Gobierno inglés se había atrevido a llegar hasta tales extremos, y no contento con poner precio a la cabeza de Juan-Sin- Nombre, amenazaba ahora con la pena capital a cualquiera que le diese asilo!
Este acto incalificable provocó las más violentas protestas por parte de los oyentes, y Tomás Harcher, sus hijos, sus invitados, dejaban ya su sitio para lanzarse sobre Rip, para echarle del cortijo con los agentes y voluntarios, cuando el notario los detuvo con un gesto.
La fisonomía del Sr. Nick se había vuelto muy grave; como todos los patriotas reunidos en aquella sala, experimentaba el horror tan natural que debía inspirar el decreto de lord Gosford, que Rip acababa de comunicarles.
-Sr. Rip, dijo, el que buscáis no está en el cortijo de Chipogán. Tomás Harcher os lo ha asegurado, y yo afirmo que ha dicho la verdad; nada tenéis, pues, que hacer aquí, y mejor hubiera sido que no sacarais de vuestro bolsillo ese fatal documento. Creedme, Sr. Rip; es muy conveniente que no nos impongáis por más tiempo vuestra presencia.
-¡Bien por Nicolás Sagamore! exclamó Lionel.
-¡Si, retiraos al instante! repuso el cortijero, cuya voz temblaba de ira. Juan-SinNombre no está aquí. Pero si viniera a pedirme asilo, a pesar de las amenazas del Gobernador, le recibiría con los brazos abiertos. Y ahora salid de mi casa, salid.
-¡Salid, salid! repitió Lionel, cuya exasperación procuraba en vano calmar el Sr. Nick.
-¡Cuidado, Tomás Harcher! repuso Rip. No os rebeléis en contra de la ley ni de la fuerza encargada de hacerla ejecutar. Agentes o voluntarios, tengo cincuenta hombres a mi disposición, y vuestra casa está cercada.
-¡Salid, salid!
Y este grito era unánime, a la par que amenazas directas a Rip.
-No saldré de aquí, respondió éste, sino después de haber reconocido la identidad de todas las personas que están presentes.
A una señal suya, los agentes agrupados en el patio se acercaron a la puerta, prontos a entrar en la sala, y por el hueco de las ventanas el señor de Vaudreuil y Clary veían a los voluntarios rodeando la casa.
En previsión de una inminente reyerta, los niños y las mujeres, menos la señorita de Vaudreuil y Catalina, acababan de retirarse a las inmediatas habitaciones.
Pedro Harcher, sus hermanos y sus amigos, habían alcanzado sus armas colgadas de la pared; pero, tan inferiores en número, ¿cómo podrían impedir que Rip cumpliera con el mandato que había recibido? El señor de Vaudreuil iba de una a otra ventana para cerciorarse de la posibilidad de que Juan pudiera escaparse por detrás del cortijo, atravesando el jardín; pero por este lado, como por los demás, la huída era de todo punto impracticable.
En medio de todo este tumulto, Juan se quedaba inmóvil al lado de Clary, que no había querido separarse de él.
En el momento en que los agentes iban a invadir la sala, el Sr. Nick intentó un último esfuerzo para llegar a una avenencia.
-Señor Rip, Sr. Rip, dijo, vais a hacer que se vierta sangre, y bien inútilmente, os lo aseguro. Os repito que Juan-Sin-Nombre, que tenéis orden de prender, no se halla en el cortijo.
-¡Y aun cuando estuviera, os repito yo, le defenderíamos hasta la muerte! exclamó Tomás Harcher.
-¡Bien!... ¡Bien!... exclamó a su vez Catalina, entusiasmada por la actitud de su marido.
-No os entrometáis en este asunto, Sr. Nick; replicó Rip, porque podríais arrepentiros por ello más tarde... ¡Suceda lo que suceda, cumpliré con mi deber!... ¡Y ahora, paso... pa-so!...
Unos diez agentes entraron en la sala, mientras que Tomás Harcher y sus hijos se lanzaban hacia ellos para rechazarlos y cerrar la puerta.
Y, moviéndose de un lado a otro, el notario repetía, sin llegar a hacerse oír:
-Juan-Sin-Nombre no está aquí, señor Rip, os afirmo que no está...
-¡Sí está! dijo una voz fuerte que dominó el tumulto.
Todos se detuvieron.
Juan, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, y mirando de frente a Rip, repuso sencillamente:
-Juan-Sin-Nombre está aquí, y soy yo.
El señor de Vaudreuil cogió al joven patriota de un brazo, mientras que Tomás Harcher y los demás exclamaban:
-¡Eh!... ¡Eh!... ¡Juan-Sin-Nombre!
Este indicó con un gesto que iba a hablar, y hubo profundo silencio.
-Yo soy el que buscáis, dijo, dirigiéndose a Rip. Soy Juan-Sin-Nombre.
Después, volviéndose hacia el cortijero y sus hijos, añadió:
-Perdonadme, Tomás Harcher; perdonadme, mis bravos compañeros, por haberos ocultado quién soy, y os doy las gracias por la hospitalidad que he encontrado durante cinco años en el cortijo de Chipogán. Esta hospitalidad la he aceptado mientras no ha podido ser peligrosa para vosotros; no la quiero ya, puesto que hay pena de la vida para cualquiera que me ofrezca un asilo. Sí: recibid las gracias de aquel que hasta aquí fue vuestro hijo adoptivo, y que es Juan-Sin-Nombre para su país...
Un indescriptible movimiento de entusiasmo acogió esta declaración.
-¡Viva Juan-Sin-Nombre! ¡Viva Juan-Sin-Nombre! exclamaron por todos lados.
Luego, cuando cesaron los gritos, dijo Tomás Harcher:
-Pues bien; ahora, puesto que he dicho que defenderíamos a Juan-Sin-Nombre, defendámosle, hijos míos. ¡Defendámosle hasta la muerte!
Juan se interpuso en vano para impedir una lucha por demás desigual. Ningún caso le hicieron; Pedro y los demás hijos mayores se lanzaron sobre los agentes que obstruían la puerta, y los rechazaron, con la ayuda de sus amigos. Cerraron en seguida la puerta, y la atrancaron con los muebles de más volumen. Para introducirse en la sala, y hasta en la casa, era preciso entrar por las ventanas, que se abrían a unos diez pies del suelo.
Rip tenía, pues, que dar un asalto, y como no era hombre que retrocediera, y favorecido además por la oscuridad (la noche había llegado ya), tomó sus medidas para ejecutar su mandato, lanzando a los voluntarios contra la casa.
Pedro Harcher, sus hermanos y sus compañeros, apostados en las ventanas, estaban prontos a empezar el fuego.
-¡Te defenderemos, a pesar tuyo, si es preciso! decían a Juan, que no era ya dueño de detenerlos.
Sin embargo, el cortijero había conseguido que Clary de Vaudreuil y Catalina fueran a reunirse con las demás mujeres y los niños en una de las habitaciones laterales en donde estarían al abrigo de los tiros, no quedando ya en la sala sino los hombres en estado de batirse, unos treinta entre todos, pues no se podía contar con los Mahogannis para defender el cortijo. Indiferentes a esta escena, los indios conservaban su reserva habitual. Este asunto no les incumbía, ni tampoco al señor Nick ni a Lionel, que no tenían por qué pronunciarse en pro o en contra de la autoridad.
El notario, guardándose para no recibir algún tiro, puesto que estaba resuelto a conservar la más completa neutralidad, no cesaba de interpelar a Lionel, que estaba fuera de sí; pero el joven pasante no le hacía caso, queriendo defender a todo trance en Juan-Sin-Nombre, no solamente al héroe popular, sino también al simpático oyente que tan buena acogida había hecho a sus ensayos poéticos.
-¡Por última vez te prohíbo que te entrometas en todo esto! repitió el Sr. Nick.
-¡Y por última vez, respondió Lionel, me admira que un descendiente de los Sagamores rehúse seguirme por los senderos de la guerra!
-Ningún sendero seguiré, como no sea el de la paz, maldito muchacho, y vas a hacerme el favor de marcharte de esta sala, en la que nada bueno te puede suceder.
-¡Jamás! exclamó el belicoso poeta.
Y abalanzándose hacia uno de los mahogannis, se apoderó del hacha que colgaba de su cintura.
Cuando Juan se convenció de que sus compañeros estaban muy decididos a rechazar la fuerza con la fuerza, tomó el partido de organizar la resistencia y la resolución de escaparse durante la colisión, porque, cualquier cosa que sucediera ya, no podía comprometer más al cortijero y a sus hijos, puesto que se habían declarado rebeldes a los agentes de la autoridad.
Pero lo que más urgía por el momento era rechazar a Rip y a su destacamento; después se vería lo que más convendría hacer.
Si los sitiadores procuraban romper las puertas de la casa, esto necesitaría cierto tiempo, y antes de que recibiesen refuerzos de Laprairie o de Montreal, agentes y voluntarios podían ser echados fuera de la puerta principal del patio.
Juan, por lo tanto, se decidió a hacer una salida para despejar los alrededores del cortijo.
Tomó, pues, sus disposiciones en consecuencia.
Al principio de la lucha, una veintena de tiros estallaron de las ventanas de la fachada principal, lo que obligó a Rip y a sus subordinados a retroceder a lo largo de las empalizadas.
Después la puerta se abrió de repente, y Juan salió precipitadamente al patio, seguido por el señor de Vaudreuil, por Tomás Harcher, Pedro, sus hermanos y sus amigos.
Algunos voluntarios yacían ya por el suelo, habiendo también muy pronto heridos entre los defensores del cortijo, quienes, en medio de la oscuridad, se habían lanzado contra los sitiadores.
Empezó una lucha cuerpo a cuerpo, en la que Rip tomó bizarramente parte; pero, a pesar de todo, sus hombres iban perdiendo terreno, ya llegaban a rechazarlos fuera del patio y a cerrar la puerta principal, les sería muy difícil escalar las altas empalizadas que cercaban el cortijo.
A esto tendían todos los esfuerzos de Juan, perfectamente secundado por sus valerosos compañeros. Tal vez entonces, estando libres los alrededores de Chipogán, le sería posible huir a campo atraviesa, y si preciso fuera, pasar la frontera, esperando el momento oportuno para ponerse al frente de los insurrectos.
Lionel, no hay porqué decirlo, se había mezclado intrépidamente en el grupo de los combatientes, mientras que el señor Nick no quiso salir de la sala, muy decidido a conservar la más estricta neutralidad; pero esto no le impedía de-sear el triunfo de JuanSin-Nombre y de sus defensores, entre los que contaba tantos amigos.
Sin embargo, a pesar de su denodado valor, los habitantes del cortijo no pudieron resistir un nuevo empuje de los agentes y de los voluntarios, cuyo número era mucho mayor que el de los sitiados, que tuvieron que retroceder poco a poco hacia la casa para buscar en ella refugio.
La sala no tardaría mucho, por consiguiente, en ser de nuevo invadida, toda salida cortada, y Juan-Sin-Nombre no tendría más remedio que rendirse.
Y, en efecto, las fuerzas de los sitiados disminuían de un modo sensible; ya dos de les hijos mayores de Tomás Harcher, Miguel y Santiago, así como tres o cuatro de sus compañeros, habían tenido que ser transportados a una de las habitaciones contiguas, en donde Clary de Vaudreuil, Catalina y otras mujeres les prodigaban sus cuidados.
Los sitiadores estaban perdidos sin remedio si algún refuerzo no viniera a sostener a Juan y a sus compañeros, y con mayor motivo porque las municiones iban a faltarles.
De pronto se operó un cambio favorable para nuestros amigos.
Lionel acababa de entrar en la sala, cubierto de sangre a consecuencia de una herida, felizmente poco grave, que le había rasgado un hombro.
El Sr. Nick le vio.
-¡Lionel!... ¡Lionel!... exclamó; ¡no has querido obedecerme!...: ¡Insoportable muchacho! Y cogiendo de un brazo a su joven pasante, quiso llevarle al cuarto de los heridos.
El muchacho rehusó.
-¡No es nada!... ¡no es nada! dijo. Pero ¿es posible, Nicolás Sagamore, que dejéis sucumbir a vuestros amigos, cuando vuestros guerreros no esperan más que una señal de su jefe para socorrerlos?
-¡No!... ¡no!... exclamó el notario. ¡No tengo derecho para ello!... ¡Tomar partido en contra de la autoridad!...
Y, sin embargo, queriendo intentar un supremo esfuerzo, se precipitó en medio de los combatientes para detenerlos con sus exhortaciones.
Esto no le salió bien, pues se vio rodeado por los agentes, que no le economizaron los golpes, llevándoselo en medio del patio.
El instinto belicoso de los guerreros mahogannis no pudo sufrir con paciencia semejante atentado en contra de su jefe. ¡Un Sagamore preso y maltratado por sus enemigos los Rostros-Pálidos!
No fue necesario más para que el grito de guerra de la tribu retumbase en el espacio.
-¡Adelante!... ¡adelante, hurones!... vociferó Lionel fuera de sí.
La intervención de los indios cambió bruscamente la faz del combate. Con el hacha en la mano se precipitaron sobre los sitiadores; éstos, cansados por una lucha que duraba ha-cía más de una hora, tuvieron a su vez que retroceder.
Juan-Sin-Nombre, Tomás Harcher y sus amigos se rehicieron e intentaron un nuevo esfuerzo para rechazar a Rip con su destacamento fuera del recinto. Los hurones los ayudaron, después de libertar al Sr. Nick, que se sorprendió alentándolos con la voz, sino con el brazo, inhábil todavía en el manejo del tomahawk de sus antepasados.
Y he aquí cómo un notario de Montreal, el más pacífico de los hombres, se vio comprometido por haber defendido una causa que no importaba ni a los mahogannis ni a su jefe.
Agentes y voluntarios se vieron muy pronto obligados a salir atropelladamente del patio; y como los indios los persiguieron durante una milla o más, los alrededores del cortijo de Chipogán quedaron enteramente libres. ¡Mal negocio, decididamente, que figuraría con pérdida en el próximo balance de la casa Rip y Compañía!
Aquel día la ley no triunfó, pero sí el patriotismo. FIN DEL CUADERNO SEGUNDO CUADERNO TERCERO FAMILIA SIN NOMBRE