Los hermanos Kip

IX

A TRAVÉS DE LAS LUISÍADAS

Al día siguiente, 15 de noviembre, el James Cook no había avanzado más que unas 30 millas hacia el nordeste. La brisa había caído al declinar el día, y la noche fue tan calurosa que los pasajeros y la tripulación tuvieron que pasarla en el puente. Con aquella atmósfera asfixiante no hubiera sido posible dormir en los camarotes ni una hora.

Además de esto, el barco navegaba por parajes peligrosos, y toda vigilancia era poca para evitar un contratiempo.

El capitán había mandado colocar delante de la camareta una tienda de campaña, bajo la cual se comía más agradablemente que en el interior.

Aquella mañana, durante el almuerzo, la conversación recayó sobre las islas Luisíadas, en medio de las cuales el bergantín había de efectuar la parte peligrosa de la travesía. En cuatro días, si la calma no retardaba la navegación

– lo que suele ocurrir frecuentemente durante el estío entre el trópico y el ecuador—, el james Cook podría franquear las 450 millas que le separaban de Nueva Irlanda y anclar en el fondeadero de Port Praslin.

– ¿Ha recorrido usted varias veces este archipiélago de las Luisíadas? — preguntó Pieter Kip, dirigiéndose al capitán.

– Sí, muchas veces; tantas como he ido por cargamento a Nueva Irlanda

– contestó Gibson.

– Debe de ser una navegación difícil —añadió Karl Kip.

– Difícil, efectivamente, señor Kip. ¿No ha tenido usted ocasión de visitar esta parte del Pacífico?

– Nunca, señor Gibson.

– Pues bien, un capitán imprudente o descuidado se arriesgaría a dejar su barco en uno de los innumerables arrecifes de estos parajes. Figúrese usted que hay bancos madrepóricos de doscientas millas de largo por cien de ancho… A menos de ser buen práctico, se dejaría uno en ellos los fondos del barco.

– ¿Ha hecho usted escala alguna vez en las principales islas? —preguntó Pieter Kip.

– No. Por otra parte, no puede hacerse comercio alguno en Rossel, SaintAignan, Trobiaut, Entrecasteaux… de no querer llenar la cala de nuez de coco, pues estas islas producen los cocoteros más hermosos de la tierra.

– Sin embargo —observó el armador—, si los barcos no cargan en las Luisíadas, no es porque el archipiélago esté desierto…

– Efectivamente, amigo mío —repuso el capitán—, hay aquí una población feroz y cruel…, tal vez hasta caníbales, a pesar de los esfuerzos de los misioneros.

– Pues qué, ¿ha habido recientemente alguna escena de antropófagos? — preguntó Pieter Kip.

– ¡Ya lo creo, escenas espantosas!… Si un barco embarrancara en estos parajes, correría el riesgo de ser atacado por los indígenas.

– Y no solamente por los naturales de las Luisíadas, sino por los de Nueva Zelanda —dijo Karl Kip—. Creo que los papúas no son menos temibles.

– Todos estos salvajes son igualmente traicioneros y sanguinarios. Más de trescientos años hace que estas tierras fueron descubiertas por el portugués Serrano; visitadas en 1610 por el holandés Shouten, y en 1770 por James Cook, que fue recibido a mano armada… Por último, el francés Dumont d'Urville, cuando hizo su viaje de la Astrolabe, en 1827, tuvo que responder a tiros a las demostraciones hostiles de los polinesios… Pues bien, después de tantos años, la civilización no ha hecho ningún progreso entre estas tribus.

– Y lo mismo sucede —añadió Nat Gibson— en toda la parte del Pacífico comprendida entre Nueva Guinea y las islas Salomón. No hay más que recordar los viajes de Carteret, de Hunter, del americano Morrel, que perdió su navío Australia… Una de estas islas se denomina del Destrozo, y algunas otras merecían llevar el mismo nombre.

– A fe mía —concluyó Hawkins—, que es a ustedes, señores holandeses, a quienes corresponde civilizar a esta gente… Su pabellón flota sobre las tierras vecinas…, y sería una buena obra asegurar la navegación de los barcos mercantes.

– Sí —respondió Karl Kip—, el gobierno de Batavia no deja de preocuparse de ello. No se pasa un año sin que se envíe algún barco a la bahía de Tritón, en la costa norte de Nueva Guinea, donde hemos fundado una colonia…

– Y trataremos de fundar algunas más —añadió el hermano menor—. Nuestro interés es evidente desde el momento en que Alemania ha puesto la mano sobre los archipiélagos del norte.

– Verdaderamente, todas las potencias marítimas tendrán interés en ayudarles —observó Nat Gibson—. ¿No tienen casi todas algún terreno en esta zona del Pacífico?… Observen ustedes los nombres inscritos en los mapas: Nueva Caledonia, Nueva Zelanda, Nuevas Hébridas, Nuevo Hannover, Nueva Bretaña, Nueva Irlanda, sin hablar de Australia, a la que se la denomina Nueva Holanda, y de la cual tiene Inglaterra la posesión exclusiva.

La observación es atinada. Banderas de todos los colores flamean en este dominio colonial, y su civilización debía, lógicamente, hacer rápidos progresos.

Lo que no es menos exacto es la falta de seguridad que existe entre aquellos parajes. Entre las Salomón y las Hébridas, principalmente, la navegación ofrece más peligros que los del mar.

No es de extrañar, pues, que el James Cook, destinado a esta navegación, estuviese armado con una cañoncito que lanzaba una bala de 15 libras a 600 metros, y que el armero de la camareta tuviese media docena de fusiles y revólveres. Si se aproximaban piraguas sospechosas se sabría tenerlas a distancia.

Los papúas constituyen una raza intermedia entre los malayos y los negros. Se dividen en alfakis, que son los de las montañas, y papúas, propiamente dichos, que ocupan el litoral. Estos indígenas, ni agricultores ni pastores, forman tribus aisladas, bajo el mando de jefes, a los que dan el nombre de capitanes. Habitan en miserables chozas, y llevan por vestidos pieles de animales y taparrabos de corteza de árbol. Su vida es fácil en los territorios de Nueva Guinea y de las Luisíadas. La alimentación es variada y abundante: tortugas, pescados, ñames, conchas en abundancia, cañas de azúcar, plátanos, cocos, sagú… En los magníficos bosques del interior, ricos en bambús, ébanos, palmeras, pululan los cerdos, los canguros, las palomas torcaces. Allí se encuentran también todas las especies del mundo ornitológico: loros, cacatúas, cotorras, tórtolas… Debemos citar muy especialmente que existen también los ejemplares más notables del ave del paraíso, ocho especies admirables, pagadas a muy buen precio por los comerciantes de Asia oriental. De aquí que un viajero haya podido llamar a esta región la Oceanía dorada, en la que no faltan ni el oro, ni las maderas preciosas, ni las perlas de gran valor.

El James Cook no tenía para qué visitar los principales puertos de Nueva Guinea, el abra Dori, el golfo Mac Cluer, la bahía Geelwink, la bahía Humboldt, la de Tritón, donde los holandeses tienen algunos establecimientos. El bergantín se limitaría a doblar el cabo Rodney, en la extremidad más oriental de la isla grande, tomando de través, a fin de evitar los innumerables arrecifes.

Esto se hizo durante la jornada del 15 de noviembre. Desde el barco se divisaba la cadena de la Astrolabe, de 3000 a 4000 pies de altura, y los picos que la dominan, el Simpson y el Sucking. Luego, con reducido velamen, el bergantín dio en aquel mar erizado de escollos, comprendido entre el archipiélago de las Salomón y la extensa punta que Papuasia destaca hacia el sudeste.

No había ningún barco a la vista; ninguna embarcación indígena se mostraba por esta parte.

Durante la noche todos los de a bordo se impusieron una vigilancia extrema. Más allá del cabo Rodney divisáronse bastantes luces a lo largo de la costa y sobre la isla de Entrecasteaux, que un estrecho de unas cuantas millas separa del cabo. La oscuridad era profunda, el tiempo muy cubierto. En el cielo no brillaba ni una estrella. Una hora después de anochecer, la luna se había ocultado detrás de las nubes del horizonte.

A eso de la media noche, los hombres de cuarto creyeron entrever algunas piraguas próximas al James Cook, pero no lo hubieran podido asegurar. Por lo que pudiera ocurrir, se pusieron a la defensiva; pero la noche transcurrió sin incidentes.

Al día siguiente, el viento, que había refrescado al amanecer, cayó de repente. El agua tomó una apariencia aceitosa. Como a las diez se disiparon las nubes; había que resignarse a sufrir una alta temperatura, pues estos parajes están situados a diez grados solamente del ecuador, y el mes de noviembre corresponde al de mayo del hemisferio norte.

Un poco antes de mediodía, el vigía del bergantín, que navegaba a la altura de la isla de Entrecasteaux, divisó la aproximación de una piragua. Esta embarcación venía indudablemente en dirección del James Cook, inmovilizado por la calma.

Desde que Karl Kip la hubo advertido, dijo al armador:

– Mucho me engaño si esta piragua no trata de llegar hasta nosotros.

– Me parece lo mismo —contestó Hawkins.

El capitán, su hijo y Pieter Kip, que salían de la camareta, dirigiéronse a proa. La piragua, hecha de corteza de árbol, era de pequeñas dimensiones. Navegaba lentamente, maniobrando entre las rocas que se extienden al sudeste de la isla de Entrecasteaux.

El capitán la observó con el anteojo, y dijo:

– Lleva dos hombres.

– ¿Dos hombres? —repitió Hawkins—. Pues bien, si su intención es venir a bordo, no creo que haya inconveniente en recibirles…

– Y que será curioso —añadió Nat— examinar de cerca el tipo papúa.

– Dejémosles que se aproximen —contestó el capitán—; dentro de diez minutos la piragua estará pegada al bergantín, y sabremos lo que quieren estos indígenas.

– Traficas sin duda —dijo el armador.

– ¿Y no hay alguna otra embarcación a la vista? —preguntó Pieter Kip.

– Ninguna —contestó el capitán, que acababa de echar una mirada en redondo. La piragua avanzaba hacia el bergantín, impulsada por los dos remos, cuyas paletas subían y bajaban con una regularidad mecánica.

Cuando estuvo a unos cincuenta pies del James Cook, uno de los indígenas se puso en pie, gritando:

– ¡Ebura… ebura!

El capitán, inclinado sobre la borda, se volvió a sus compañeros, y dijo:

– Es una palabra que significa pájaro en el lenguaje de los naturales de Nueva Irlanda, y supongo que los papúas de Nueva Guinea le darán la misma significación.

Gibson no se engañaba. El salvaje tenía en la mano un pájaro, que merecía figurar en una colección ornitológica.

Era, efectivamente, una ave del paraíso, de la especie real, plumaje rojo oscuro afelpado, la cabeza anaranjada, una mancha negra en el ángulo del ojo, cuello dorado, atravesado por una raya oscura y otra de un verde metálico; el resto del cuerpo de una perfecta blancura; las alas, guarnecidas de plumas esmeralda, rojas y amarillas, con filamentos multicolores, rizados en sus extremidades.

Este pájaro tiene una longitud de seis pulgadas, aproximadamente; dícese que no se posa en parte alguna, y es lo cierto que los indígenas no han conseguido nunca descubrir su nido. Es uno de los más curiosos, de los más interesantes del país papúa, donde se encuentran en gran número.

– A fe mía —dijo el armador— que me agradaría mucho adquirir uno de estos pájaros paradisíacos, de los que Gibson me ha hablado con tanta frecuencia.

– Pues se le van a realizar a usted sus deseos —dijo Pieter Kip—, porque este salvaje viene indudablemente a cambiarlo…

– Que suba a bordo —ordenó el capitán.

Uno de los marineros echó la escala de cuerda. La piragua se aproximó, y el indígena, con su pájaro en la mano, se lanzó con viveza sobre el puente, repitiendo:

– ¡Ebura… ebura!

Su compañero había quedado en la piragua, y no cesó de mirar atentamente al bergantín, sin responder a los signos que le hacían los marineros.

El que había subido con el pájaro presentaba el tipo distintivo de la raza de papúas-malayos que ocupan los litorales de Nueva Guinea: mediana talla, rechoncho, constitución vigorosa, nariz groseramente horadada, la boca grande, los labios gruesos, rasgos angulosos, cabellos cerdosos y rígidos, piel de un amarillo sucio; fisonomía dura, pero no desprovista de inteligencia ni de astucia.

Este hombre, según Gibson, debía de ser un capitán, un jefe de tribu. Tendría unos cincuenta años, y no llevaba más ropa que una piel de canguro alrededor de la cintura y un trozo de corteza a la espalda.

Como el armador había manifestado con un gesto su admiración por el pájaro, el indígena se dirigió a él. Después de levantar el ave a la altura de su cabeza, la balanceó, le dio vuelta para mostrarla en todas sus perspectivas.

Hawkins, decidido a adquirir este magnífico ejemplar, se preguntó qué podría dar a cambio. Probablemente el papúa no sería muy sensible al ofrecimiento de una moneda, cuyo valor seguramente desconocería.

Pero muy pronto salió de su perplejidad, oyendo al salvaje repetir con la boca abierta de par en par:

– ¡Wobba… wobba!

Esta palabra la tradujo Gibson por: «¡a beber, a beber!», y mandó subir de la despensa una botella de whisky.

El indígena la cogió, se aseguró de que estaba llena del líquido blanquecino que conocía perfectamente, y sin descorcharla se la puso bajo el brazo. Luego se puso a examinar el puente, fijándose menos en los aparejos que en los marineros, el capitán y los pasajeros. Hubiérase dicho que quería darse cuenta del número de personas que se encontraban a bordo. Así lo interpretó Karl Kip, haciéndoselo notar a su hermano.

Nat Gibson tuvo entonces la idea de fotografiar este tipo. No porque pensara regalarle su retrato, pues no tenía tiempo de obtener la prueba, sino para enriquecer su colección introduciendo en ella un papúa auténtico.

– Es una buena idea —dijo Hawkins—; pero ¿cómo nos las vamos a arreglar para que este diablo se esté quieto?

– Probemos —contestó Nat.

Cogió al indígena por el brazo para conducirle a popa; pero como no comprendía lo que iba a hacerse con él, opuso alguna resistencia.

– Assaï —dijo el capitán Gibson. Esta palabra es el imperativo del verbo venir, en el lenguaje de los papúas, y el indígena contestó dirigiéndose hacia la camareta.

Nat llevó su aparato, colocándolo en el trípode. Luego, antes de enfocar al salvaje, trató de colocarle en una postura conveniente, de manera que se obtuviese un buen cliché.

Pero el indígena, muy agitado, muy demostrativo, se puso a mover la cabeza, los brazos… ¿Y cómo obligarle a estar tranquilo durante los momentos necesarios para la operación? Por fortuna, cuando vio a Nat desaparecer bajo el paño negro del objetivo, la sorpresa le dejó completamente inmóvil.

Este instante bastó, y terminada la operación, el indígena, con su botella en la mano, se dirigió a la escala por donde había subido.

Mas al pasar por delante de la camareta, la puerta de la cual estaba abierta, entró en ella con la mayor frescura, como para asegurarse de que no había nadie dentro. Y el mismo sentimiento le condujo al camarote de la tripulación. Por último, sus miradas se detuvieron sobre el cañoncito de cobre emplazado en proa, y cuyo uso no ignoraba, pues exclamó:

– ¡Mera…, mera!

Palabra del vocabulario indígena que significa trueno, como ura significa relámpago o luz viva.

La mirada del salvaje brilló un segundo y su fisonomía volvió a adquirir la insignificancia que distingue a los representantes de su raza.

El papúa franqueó la borda, descendió por la escala, embarcó en la piragua, paseó por última vez su mirada de proa a popa del bergantín y cogió uno de los remos, en tanto que su compañero empuñaba el otro.

La frágil embarcación, hábilmente manejada, no tardó en desaparecer dando vuelta a la isla de Entrecasteaux:

– ¿Ha visto usted con qué atención ha observado ese hombre el James Cook y, sobre todo, a su tripulación? —preguntó Karl Kip.

– Sí que me ha chocado —contestó el armador.

El capitán Gibson había hecho también la misma observación. Pero de esto a asegurar que el papúa había ido a bordo para saber con qué gente contaba el bergantín, había mucha distancia. Llevaba un pájaro para vender, y lo había vendido por una botella de whisky, se había mostrado satisfecho, la piragua se lo había llevado, y antes de una hora estaría borracho como una cuba y seguramente no se le volvería a ver.

Sea, pero era muy de lamentar que el James Cook tuviera que estar inmóvil a la vista de la isla de Entrecasteaux. La brisa no se dejaba sentir más que a soplos intermitentes. La superficie del mar apenas se rizaba. El capitán pensaba, por lo tanto, en fondear con 50 brazas de cadena, esperando que volvieran los vientos del sudeste.

Cambió impresiones con el contramaestre, que no vio inconveniente alguno en echar el anda.

Flig Balt tenía sus razones para opinar como el capitán; Vin Mod le había dicho:

– El tiempo está cubierto, la noche será lluviosa, una de esas lluvias sin viento que durará hasta el amanecer. Lo probable es que el señor Hawkins, los holandeses y Nat Gibson se vayan a dormir a sus camarotes… No quedarán en el puente más que el capitán y los hombres de cuarto… Cuando llegue el turno de Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce, los otros estarán roncando… Tal vez sea ésta la ocasión de sorprender al capitán, desembarazándonos de él, y sí no logramos apoderarnos del bergantín, al menos tendremos a Flig Balt de jefe…

Había hablado previamente con Len Cannon y sus compinches, y todos estuvieron de acuerdo en que lo esencial era desembarazarse del capitán; luego ya se vería.

Las circunstancias iban a ser favorables si el bergantín anclaba, pues así sólo el capitán vigilaría y podría simularse el accidente de su desaparición…

Lo que desbarató los planes de Vin Mod fue el consejo que Gibson quiso tomar de Karl Kip sobre la conveniencia de fondear hasta que llegase el día.

Y el mayor de los Kip le contestó sin vacilar:

– En lugar de usted yo no haría nada, señor Gibson… Estos parajes no son seguros. Siempre es de temer un ataque de los indígenas… Si esto ocurre, vale más estar en disposición de largarse a poco que sople la brisa, sin perder un tiempo precioso en levar el ancla e izar las velas.

El capitán comprendió cuán atinadas eran estas razones y se rindió a ellas. Así pues, con gran disgusto del contramaestre y sus cómplices, el James Cook conservó sus velas durante la noche, permaneciendo distante dos o tres millas de la isla de Entrecasteaux.

Por otra parte, la lluvia, que había comenzado a las cinco de la tarde, no se sostuvo, como era de esperar. La tormenta se manifestaba por relámpagos de calor y lejanos truenos. La temperatura era muy elevada, el termómetro marcaba 32 °C. Así es que ni Hawkins, ni Nat, ni los hermanos Kip se metieron en el camarote. Todos, así como los marineros que no estaban de cuarto, se tendieron sobre el puente.

Decididamente, la suerte volvió la espalda una vez más a Flig Balt, Vin Mod y sus partidarios.

Huelga decir que el capitán Gibson había dado sus órdenes y tomado sus medidas para que las proximidades del barco se vigilasen con el mayor cuidado. Los hombres debían estar a proa y a popa. A pesar de los optimismos de Hawkins, la observación de Karl Kip subsistía. ¿El capitán indígena había ido abordo con el único fin de cambiar su ave del paraíso por un objeto cualquiera, o para reconocer las fuerzas del James Cook?…

Precisamente se habló aquella noche, entre otras cosas, del incidente de la tarde. Un profundo silencio reinaba en torno del barco, y por ninguno de los cuatro puntos cardinales se divisaba una luz que pudiera atraer las miradas.

La conversación fue decayendo poco a poco. Los párpados se cerraban y poco faltaba ya para que el sueño venciera por completo a los más resistentes cuando se oyó una voz, la del grumete.

– ¡Piraguas…, piraguas! —gritó Jim.

Todos se pusieron en pie inmediatamente, y capitán, pasajeros y tripulación se lanzaron a la borda de babor.

En aquella dirección, efectivamente, era donde el grumete había creído observar embarcaciones en marcha hacia el bergantín.

Tal vez se hubiese equivocado en medio de aquella oscuridad.

Creyose así en el primer momento; pero muy pronto pudo percibirse el ruido de los remos, y Nat Gibson no tardó en exclamar:

– ¡Ya lo creo que son piraguas!…

Uno de los marineros proyectó la luz del farol en aquella dirección, y pudieron distinguirse varias embarcaciones indígenas a una treintena de pies del bergantín. Sin la vigilancia de Jim, el barco hubiera sido víctima de un brusco ataque sin dar tiempo a la gente de a bordo para ponerse a la defensiva.

– ¡A los fusiles! ¡A los revólveres!… —ordenó el capitán Gibson.

Los marineros corrieron a la camareta; se distribuyeron las armas; cada uno recibió un fusil o un revólver con cartuchos de repuesto, y todos se apostaron a lo largo de la banda de babor dispuestos a rechazar a los asaltantes que intentaran lanzarse sobre el puente.

Por la otra banda no se notaba nada sospechoso ni se oía ruido de remos. Ni la menor agitación en la superficie del mar; no era, pues, probable que otras embarcaciones acudiesen por el este.

Sin embargo, al ver la luz del farol proyectada sobre ellos, los indígenas comprendieron que estaban descubiertos. No era ya posible la sorpresa, y el ataque empezó inmediatamente. Una nube de flechas y una lluvia de piedras lanzadas contra el barco fueron a estrellarse contra los flancos del bergantín o pasaron por encima del puente entre los aparejos.

Nadie resultó lesionado; pero, por la cantidad de proyectiles, no cabía duda de que los asaltantes debían ser numerosos. Lo menos había sesenta embarcados en una decena de grandes piraguas. El capitán Gibson no disponía más que de quince hombres, contando el grumete Jim.

– ¡Fuego! —mandó el capitán.

Y una descarga cerrada contestó a la agresión de los papúas. No cabía duda de que algunas balas habían hecho blanco. Se oyeron los gritos de los heridos al mismo tiempo que una segunda nube de flechas caía sobre el barco.

– Esperad ahora —dijo el capitán—. Disparad sólo a quemarropa sobre los primeros de esos miserables que quieran franquear las bordas.

No se hicieron esperar. Un instante después las piraguas se pegaban al casco del bergantín. Luego los papúas, agarrándose a los obenques, trataron de izarse, a fin de invadir el puente y entablar lucha cuerpo a cuerpo.

Evidentemente, una vez a bordo los indígenas no podrían emplear el arco ni la onda, pero con seguridad que no irían desarmados. Sus brazos blandían un cuchillo de hierro, llamado paraug en lengua insular, arma que sabían manejar con destreza y vigor.

Era necesario, pues, rechazar el asalto a tiros y a machetazos, arrojando al mar a los indígenas antes de que hubiesen podido poner el pie en cubierta.

Del primer impulso los papúas aparecieron a la altura de las bordas; pero, rechazados enérgicamente, volvieron a caer al fondo de las piraguas.

Al resplandor de los fogonazos habíase conocido a uno de ellos.

Era el capitán, jefe de toda la banda, que había estado a bordo con su pájaro. El número de asaltantes era tan considerable, las fuerzas tan desproporcionadas, que la situación no dejaba de ser de las más graves. Si el capitán y los papilas invadían el puente, el personal del James Cook, a pesar de la superioridad de sus armas, acabaría por ser vencido. Después de una defensa desesperada sucumbirían todos irremisiblemente. Era imposible emplear la pieza de artillería. Excelente para tirar a distancia sobre una piragua, resultaba inútil en aquellas circunstancias.

Los pasajeros y la tripulación defendiéronse enérgica y valerosamente.

Al principio cinco o seis indígenas lograron gatear por el casco, intentando montar sobre la borda, pero los revólveres y los machetes les lanzaron al mar y a las embarcaciones.

Verdad es que también a bordo empezó a correr la sangre. Pieter Kip y el marinero Burnes resultaron heridos, el primero en el brazo y en la espalda el segundo. Estas lesiones, leves afortunadamente, no les obligaron a abandonar su puesto. En suma, las armas de fuego hicieron verdaderos destrozos entre los indígenas.

El combate no duró más que unos diez minutos, y los papúas no lograron apoderarse del barco. Hubo un momento en que el capitán de los salvajes y dos de los suyos intentaron ganar el puente, en tanto que dos o tres piraguas se dirigían a atacar por la popa. Entonces Karl Kip, secundado por Nat Gibson, se lanzó sobre el capitán, disparándole dos tiros en el pecho, en tanto que el joven disparaba sobre las embarcaciones.

Cuando los papúas vieron caer a su jefe, cuyo cuerpo desapareció bajo las aguas, cesaron en el ataque y parecieron dispuestos a retirarse.

No habiendo podido sorprender el barco, se dieron cuenta de que la combinación no había de resultarles, aun siendo cuatro contra uno. Los que todavía intentaron saltar al puente, fueron igualmente rechazados. Obligados a defenderse a su vez, intentaron reembarcar en las piraguas, no consiguiéndolo más que algunos, pues otros, gravemente heridos, se ahogaron. Uno o dos marineros más resultaron heridos, pero ninguno muerto.

Serían las diez y cuarto cuando las piraguas empezaron a alejarse del bergantín.

Entonces continuaron haciendo fuego sobre ellas en tanto se las pudo divisar. En este momento, sin duda por torpeza del tirador —que la oscuridad de la noche excusaba—, una bala rozó la frente del capitán Gibson, llevándose el sombrero a gran distancia.

El capitán no se preocupó, a pesar de que la bala pudiera haberle matado, y lanzándose hacia proa llamó a su hijo para que le ayudara a emplazar rápidamente el cañoncito.

Las piraguas, a un cable del James Cook, presentaban una masa confusa, hacia la cual Hobbes dirigió la luz del farol.

La pieza cargada, con el estopín en su lugar, estaba dispuesta a hacer fuego.

El tiro salió, y gritos de dolor y de rabia respondieron a la detonación.

No había duda; una de las piraguas había sido echada a pique por el proyectil.

La pieza fue cargada de nuevo, no para hacer un segundo disparo, sino en previsión de una reacción ofensiva, que no se verificó.

El haz luminoso del farol, proyectado en dirección oeste, no alumbró más que una superficie de mar absolutamente desierta, y ya las piraguas se habían abrigado detrás de la isla de Entrecasteaux. El James Cook no tenía ya nada que temer, o al menos no sería sorprendido. Se tomaron todas las precauciones; se vigiló, arma al brazo, hasta rayar el día.

Cuando todo estuvo en calma, se procedió a reconocer a los heridos. Hawkins, que era algo médico, aseguró que no presentaban gravedad. Se echó mano del botiquín de a bordo para hacerles la primera cura, y ninguno de ellos pensó en retirarse a su camarote.

Cuando Flig Balt y Vin Mod se encontraron solos en la proa del bergantín, el marinero dijo en voz baja:

– ¡Hemos errado el tiro!… Y si Flig Balt, siguiendo su costumbre habitual, no respondió nada, Vin Mod sabía lo que significaba aquel silencio.

– ¡Qué quiere usted, señor Balt! —continuó diciendo—. ¡En medio de la oscuridad se apunta mal!… Después de todo, parece ser que no se ha dado cuenta. Otra vez tendremos mejor suerte. Luego añadió al oído de su compañero:

– ¡Por vida de!… ¡A estas horas Flig Balt sería el capitán del bergantín y Vin Mod el contramaestre!…

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