Los hermanos Kip

VII

LOS DOS HERMANOS

Al amanecer, una bruma bastante densa cubría por el oeste el horizonte y del litoral de la isla apenas si se distinguía la línea rocosa. Pero estos vapores no tardarían en desaparecer, pues la cima del Pitt Mount se destacaba por encima de la niebla, bañado ya por los rayos del sol.

El náufrago, o los náufragos, debían de estar tranquilos, porque aunque el bergantín no fuera visible desde la costa, habrían oído, indudablemente, durante la noche las señales que se les hicieron desde el barco, en contestación a las suyas. El bergantín no podía haber zarpado, y una hora después habría enviado un bote a tierra.

Pero antes de hacerlo, el capitán Gibson prefería, no sin razón, que se despejase la bruma por la parte donde había brillado la hoguera indicadora. Evidentemente los que la encendieron no disponían de una piragua, pues de ser así hubieran ido ellos a bordo del James Cook.

Empezaba a levantarse una ligera brisa sudeste, y las nubes que se extendían a lo largo de la imaginaria línea divisoria del mar y el cielo indicaban que refrescaría durante la mañana. Sin el motivo que le retenía anclado, el capitán hubiese dado las órdenes para continuar la ruta.

Poco antes de las siete, la parte inferior del banco coralino, a lo largo del cual dejaba la resaca un festón de espuma, se dibujó bajo la bruma. Las volutas de vapores se evaporaron las unas tras las otras, y apareció la tierra.

Nat Gibson cogió el anteojo, paseó con impaciencia la vista por toda la extensión del litoral, y no tardó en exclamar:

– ¡Allí está!… Mejor dicho, ¡allí están!…

– ¿Varios hombres? —preguntó el armador.

– Dos, señor Hawkins.

Éste cogió a su vez el anteojo.

– Sí —exclamó—; nos hacen señales… agitan un pedazo de tela en el extremo de un palo.

El instrumento pasó a manos del capitán, que confirmó la presencia de dos individuos, de pie sobre las últimas rocas en la extremidad de la punta. El espacio se había despejado por completo de bruma, y podía distinguirse a simple vista a los náufragos. Que uno de ellos era el hombre que Nat Gibson había visto la tarde anterior, estaba fuera de duda.

– ¡Al agua el bote grande! —mandó el capitán.

Y al mismo tiempo Flig Balt, obedeciendo las órdenes de su superior, izó el pabellón británico en el extremo de mesana, en contestación a las señales de tierra.

El capitán Gibson había mandado echar al agua el bote grande en previsión de que hubiese que embarcar en él más de dos personas. Pudiera darse el caso de que se hubiesen refugiado en la isla otros náufragos, en la hipótesis de que aquéllos fuesen de la tripulación de la Wilhelmina. ¡Y ojalá que todos hubiesen ganado esta costa después de abandonar la goleta!

Descendió el bote; el capitán y su hijo fueron los primeros que lo ocuparon; Nat Gibson se puso al timón y cuatro marineros a los remos. Vin Mod estaba entre éstos, y en el momento de pasar cerca del contramaestre hizo un gesto de desesperación.

El bote se dirigió hacia el banco de coral. La víspera, durante la pesca, Nat Gibson había advertido una estrecha abertura que permitía franquear la barrera de arrecifes. De allí a la punta no habría más que unos siete u ocho cables de distancia.

En menos de un cuarto de hora la embarcación abordó el estrecho paso. Desde allí pudieron advertirse las últimas humaredas del fuego, que había sido alimentado durante toda la noche, y cerca del cual estaban de pie los dos hombres.

Vin Mod, que iba a la proa del bote, se volvió impaciente para verlos, aunque embarazaba el movimiento de los remos.

– ¡No te distraigas, Mod! —le gritó el capitán—. Ya tendrás tiempo de satisfacer tu curiosidad cuando estemos en tierra…

– ¡Sí!… —murmuró el marinero, que, de haber dado rienda suelta a su rabia, hubiera hecho trizas el remo.

El angosto paso abríase entre rocas de coral, que hubiera sido peligroso abordar. Sus agudas aristas, cortantes como el acero, hubieran destrozado el casco de una embarcación. Así es que el capitán Gibson ordenó moderar la velocidad. La brisa empujaba suavemente la embarcación por entre aquellos arrecifes, constantemente batidos por la resaca.

El capitán y su hijo miraban a los dos hombres. Cogidos de la mano, inmóviles, silenciosos, no hacían un gesto, no proferían ni un grito. Cuando el bote viró para enfilar la punta, Vin Mod pudo verles perfectamente.

El uno debía de tener unos treinta años, y treinta y cinco el otro. Con la ropa hecha jirones, la cabeza descubierta, nada indicaba que fuesen marinos. Aproximadamente de la misma estatura, rubia en los dos la barba inculta, se parecían lo suficiente para comprender que eran hermanos. En todo caso, no se trataba de indígenas polinesios.

Y entonces, antes de que los del bote hubiesen desembarcado, cuando el capitán y su hijo estaban sentados todavía en el banco de popa, el mayor de los dos avanzó hacia la orilla, y en inglés, pero con acento extranjero, exclamó:

– ¡Gracias, por haber acudido en nuestro socorro… muchas gracias!…

– ¿Quiénes son? —preguntó Gibson

– Dos holandeses.

– ¿Náufragos?

– Sí, náufragos de la goleta Wilhelmina.

– ¿Los únicos salvados?

– Los únicos, o al menos después del naufragio, los dos únicos que hemos llegado a esta costa…

El tono suspensivo de estas últimas palabras indicaba que este hombre no sabía en qué punto se encontraba.

Echaron a tierra el rezón del bote, y una vez que un marinero lo hubo sujetado al saliente de una roca, Gibson y sus acompañantes pusieron pie en tierra.

– ¿Dónde estamos? —preguntó el de más edad.

– En la isla de Norfolk —contestó el capitán.

– La isla de Norfolk —repitió el más joven.

Entonces supieron los náufragos que se encontraban en un pedazo de tierra aislado en aquellos parajes del oeste del Pacífico.

Acerca de la magnitud del desastre ocurrido a los tripulantes de la Wilhelmina, nuestros náufragos no pudieron responder de una manera precisa a todas las preguntas de Gibson. En cuanto a las causas del naufragio, he aquí lo que contaron:

– Quince días antes la goleta fue abordada por el temporal durante la noche; debíamos de estar a tres o cuatro millas al este de esta isla. Al salir de nuestro camarote fuimos arrastrados por una furiosa oleada… La noche era muy oscura. Afortunadamente, pudimos asimos a una jaula de gallinas que pasó a nuestro alcance… Tres horas después la corriente nos traía hacia estos bancos de coral, desde los cuales ganarnos la tierra a nado…

– ¿De modo que hace dos semanas que están ustedes en la isla? — preguntó Gibson.

– Dos semanas.

– ¿Y no han encontrado ustedes a nadie?

– A nadie.

– Y creemos —dijo el más joven— que no hay un ser humano en esta tierra, al menos en esta parte de la costa.

– ¿No han pensado ustedes en internarse tierra adentro?

– Sí, pero hubiésemos tenido que aventurarnos en el interior de bosques espesos, corriendo el riesgo de perdernos y no encontrar lo necesario para la subsistencia.

– Y después de todo, ¿dónde hubiéramos ido a parar, puesto que dice usted que la isla está desierta?… Más valía no abandonar el litoral… Hubiese sido renunciar a toda posibilidad de ser avistados por un navío que nos salvase, como acaban ustedes de hacerlo…

– Tienen ustedes razón.

– Y el bergantín, ¿cómo se llama?

– El James Cook.

– ¿Y su capitán?

– Yo soy —respondió Gibson.

– Pues bien, capitán —dijo el mayor estrechándole la mano—, ya ve usted cómo hemos hecho muy bien esperando en esta orilla.

Efectivamente, si los náufragos hubiesen intentado explorar la falda del Pitt Mount, o escalar su cima, hubieran luchado con dificultades insuperables, y, rendidos por el hambre y la fatiga, habrían encontrado la tumba en medio de los infranqueables bosques del interior.

– Pero ¿cómo han podido ustedes vivir durante estos quince días? — preguntó el capitán.

– Nos hemos alimentado de productos vegetales, raíces desenterradas aquí y allá, plantas marinas, piñas… Si hubiésemos tenido sedales, o con qué fabricarlos, no hubiese sido difícil procurarnos pescado, pues abunda al pie de las rocas.

– Y el fuego —preguntó Nat—, ¿cómo han podido ustedes hacerlo?

– Los primeros días hubo que pasar sin él. No teníamos cerillas; mejor dicho, las teníamos, pero mojadas e inservibles… Por fortuna, al remontarnos hacia la montaña nos encontramos con una solfatara que arroja todavía algunas llamas; gracias a este hallazgo pudimos cocer las legumbres.

– ¿Y así han vivido ustedes quince días?

– Así, capitán, pero, lo confieso, nuestras fuerzas nos iban abandonando, y ya empezábamos a desesperarnos cuando, al regresar ayer de la solfatara, divisé un barco fondeado a dos millas de la costa.

– El viento había caído —dijo Gibson—, y como la corriente amenazaba llevarnos hacia el sudeste, apartándonos de la ruta, me vi obligado a echar el ancla.

– Era ya tarde. Apenas quedaba una hora de día y estábamos aún a más de media legua de la orilla… Después de correr a toda velocidad, advertimos que un bote se preparaba a regresar al bergantín… Llamé; agité los brazos…, pedí socorro…

– Yo iba en el bote —dijo Nat—, y me pareció ver un hombre, nada más que uno, en esta roca, en el momento en que empezaba a oscurecer.

– Era yo —dijo el de más edad—; me había adelantado a mi hermano, y cuál no sería mi decepción cuando vi alejarse el bote sin lograr que me advirtiesen… Creímos que ya no había salvación para nosotros… La brisa se levantaba, el bergantín zarparía durante la noche… Al día siguiente estaría ya lejos de la isla.

– ¡Pobres!… —murmuró el capitán.

– La costa se había sumergido en la sombra. No se veía nada del barco; las horas pasaban, y entonces se nos ocurrió la idea de encender fuego. Recogimos hierba seca, madera seca, y las echamos sobre las brasas del fuego, que mantenemos desde que descubrimos la solfatara. Muy pronto se elevó una gran llamarada. Si el bergantín continuaba anclado, la claridad no podía pasar inadvertida para los hombres de cuarto. ¡Qué alegría cuando, un rato después, oímos una triple descarga!… Un farol brilló luego en la dirección del bergantín. No cabía duda de que habíamos sido advertidos. Entonces tuvimos la seguridad de que el barco no partiría, y que, al lucir el día, vendrían en nuestro auxilio. ¡Pero ya era tiempo, capitán, sí, ya era tiempo!… Así es que repito como a su llegada: ¡Gracias, gracias!

Visiblemente, los náufragos parecían estar extenuados, exhaustos de fuerza, casi desnudos bajo sus harapos, y Gibson comprendió la urgencia de trasladarlos al James Cook.

– Vamos a bordo —les dijo el capitán—. Lo primero que necesitan ustedes es comer y vestirse; luego veremos lo que podemos hacer.

Los supervivientes de la Wilhelmina no tenían nada que recoger. Se les proporcionaría todo lo necesario, y no tendrían que poner más el pie en la isla.

En cuanto Gibson, su hijo y los dos hermanos hubieron tomado asiento en la popa, el rezón fue recogido, y el bote se dirigió hacia la salida de los arrecifes.

El capitán había observado al escucharles que, por su manera de expresarse, eran hombres superiores a la clase en la que se reclutaban de ordinario los marineros. De todos modos, quiso esperar que estuviesen en presencia de Hawkins para informarse de su situación y tomar, respecto a ellos, la determinación que conviniera.

Vin Mod, por su parte, se dio cuenta, con gran disgusto, de que no se trataba de dos compinches dispuestos a todo, como Len Cannon y sus camaradas de Dunedin, ni siquiera de aventureros, que tan frecuentemente suelen encontrarse en estos parajes del Pacífico. Los dos hermanos no formaban parte de la tripulación de la goleta. Eran dos pasajeros, y, probablemente, los únicos que resultaron sanos y salvos del naufragio. Así es que Vin Mod sentíase cada vez más irritado al pensar que sus proyectos no se podrían ya realizar.

El bote atracó al bergantín; el capitán, su hijo y los náufragos subieron a bordo. Cuando los presentaron al armador, Hawkins no pudo dominar su emoción al ver el lastimoso estado en que se encontraban.

– ¡Bien venidos, amigos míos! —les dijo, tendiéndoles la mano.

Los dos hermanos, no menos impresionados, quisieron arrojarse a sus pies; él lo impidió.

– ¡No! —repuso—. ¡No!… Nos consideramos muy felices pon…

Las palabras le faltaban, se le oprimía la garganta, y este excelente hombre no pudo más que aprobar a Nat Gibson, que exclamó:

– ¡A comer!… ¡Que les den de comer!… ¡Se están muriendo de hambre! …

Los dos hermanos fueron conducidos al comedor, donde pudieron resarcirse de los quince interminables días de privaciones y sufrimientos.

Luego el capitán puso a su disposición uno de los camarotes laterales, donde estaban dispuestas las ropas recogidas a los antiguos tripulantes. Cuando hubieron cambiado de prendas, los náufragos volvieron sobre cubierta, y sentados en la popa, en presencia de Hawkins, del capitán y de su hijo, contaron su historia.

Estos hombres eran holandeses, originarios de Groninga. Se llamaban Karl y Pieter Kip. Karl, el mayor, oficial de la marina mercante de los Países Bajos, había hecho ya numerosas travesías con categoría de teniente; luego de segundo de a bordo en barcos mercantes. Pieter estaba asociado en un comptoir de Amboine, una de las Molucas, corresponsal de la casa Kip, de Groninga.

Esta casa hacía un gran negocio con la nuez moscada y el clavo, muy abundantes en esta colonia, y si no puede asegurarse que fuera una de las más importantes de la ciudad, lo cierto es que su jefe gozaba de una excelente reputación en el mundo comercial.

El señor Kip, padre, viudo desde hacía unos cuantos años, hacía cinco meses que había muerto. Éste fue un golpe funesto para los negocios del comptoir, y fue preciso hacer grandes esfuerzos para evitar una liquidación en desventajosas condiciones. Ante todo, era indispensable que los hermanos regresaran a Groninga.

Karl Kip tenía entonces treinta y cinco años. Buen marino, con aptitud para capitán, esperaba el mando de un barco, que seguramente no tardaría en obtener. Con menos inteligencia, tal vez, que su hermano, menos hombre de negocios, sin todas las condiciones que Pieter tenía para la dirección de una casa de comercio, le sobrepujaba en resolución, en energía, en fuerza y en resistencia física. Su gran sentimiento consistía en que la situación financiera de la casa Kip no le había permitido nunca tener un barco de su propiedad. Karl Kip hubiera hecho entonces por su cuenta la navegación de altura. Pero no había sido posible distraer del negocio los fondos necesarios para la empresa, y el hijo mayor se quedó con el deseo.

Karl y Pieter se querían entrañablemente, y unidos por una estrecha amistad, ningún desacuerdo había jamás alterado aquella concordia, basada más bien en la simpatía que en los lazos de familia. Nunca se interpuso entre ellos una sombra, una nube de celos o de rivalidad.

Cada cual estaba en su esfera. Para el uno los largos viajes, las emociones, los peligros del mar. Para el otro los trabajos del despacho en Amboine y las relaciones con Groninga. Su propia familia les bastaba, y no habían tratado de crearse una segunda, de procurarse nuevos lazos, que tal vez les hubieran separado. Pieter, que tenía el sentido del negocio, se consagraba a él por entero. Su asociado, también holandés, le secundaba en todo, y ambos esperaban que había de aumentar el crédito de la casa, y que no emplearía en balde ni su tiempo ni su celo.

Cuando murió el señor Kip, padre, Karl estaba en el puerto de Amboine, en un barco de la matrícula de Rotterdam, en el cual desempeñaba el cargo de segundo de a bordo. Los dos hermanos fueron dolorosamente sorprendidos por este golpe, que les privaba de un padre a quien amaban profundamente. ¡Y sin tener el consuelo de encontrarse a su lado, para recibir sus últimas palabras, su último suspiro!…

Entonces entre los dos hermanos se adoptó la siguiente resolución: Pieter se separaría de su asociado de Amboine y marcharía a Groninga a ponerse al frente de la casa que su padre dirigía.

Precisamente el Maximus, en el cual Karl Kip había hecho el viaje desde las Molucas, era un barco viejo, en tan mal estado, que allí mismo fue dado de baja, por no considerarlo en condiciones para hacer el viaje de regreso. Muy combatido por el mar, durante su travesía entre Holanda y las islas, no era ya más que un armazón de madera vieja. Así es que el capitán, los oficiales y los marineros debían ser repatriados a Europa por cuenta de la casa armadora de Rotterdam.

Pero este viaje de regreso exigiría una larga estancia en Amboine, pues era preciso que toda la tripulación pudiera embarcar en algún navío con destino a Europa, y los dos hermanos tenían prisa por llegar a Groninga.

Karl y Pieter decidieron, pues, tornar pasaje en el primer barco que zarpara, fuera de Amboine; de Ceram o de Teruate, otras islas del archipiélago de las Molucas.

En aquellos días arribó la goleta Wilhelmina, de Rotterdam, que haría en Amboine una escala muy corta. Era un barco de 500 toneladas, que iba con destino a su puerto de matrícula, haciendo escala en Wellington.

Si la plaza de segundo hubiese estado vacante, no cabe duda de que Karl. Kip la hubiera obtenido. Pero el personal estaba completo, y ningún individuo de la tripulación del Maximus encontró plaza en la de la Wilhelmina. Pero Kip no quiso perder la ocasión, y tomó un camarote de pasajero en dicho barco.

La goleta se hizo a la mar el 23 de septiembre. Su tripulación se componía del capitán Roebok, el segundo Stourn, dos contramaestres y diez marineros, todos de origen holandés.

La navegación fue buena por el mar de Arafura, tan estrechamente encerrado entre la costa septentrional de Australia, la costa meridional de Nueva Guinea y el grupo de las islas de la Sonda, al oeste, que le defiende contra los temporales del océano Índico. Al este no ofrece otra salida que el estrecho de Torres, que termina en el cabo de York.

A la entrada de este estrecho el barco se encontró con vientos contrarios, que retardaron su marcha algunos días. Hasta el 6 de octubre no consiguió desembarazarse de los numerosos arrecifes, que hicieron difícil su ruta antes de desembocar en el mar del Coral.

Ante la Wilhelmina se abrió entonces el inmenso Pacífico hasta el cabo de Hornos, que la goleta había de doblar después de una corta escala en Wellington, de Nueva Zelanda. Su ruta era larga, pero los hermanos Kip no habían podido escoger otra mejor.

En la noche del 29 al 30 de octubre todo iba bien a bordo; el servicio estaba montado como de ordinario, cuando se produjo un espantoso accidente, que la más exquisita vigilancia no hubiera podido evitar.

La noche era muy oscura. Pesadas brumas envolvían el mar, en completa calma, como generalmente sucede en estas condiciones atmosféricas.

La. Wilhelmina llevaba encendidas sus luces reglamentarias: verde a estribor y roja a babor. Por desgracia, la niebla impedía ver el barco a medio cable de distancia.

De improviso, sin que se oyera el mugido de una sirena, antes de que se descubriera una de las luces de situación, la goleta fue abordada por la banda de babor, a la altura de la camareta de la tripulación. El terrible choque produjo la caída del palo mayor y del de mesana.

En el momento en que Karl y Pieter Kip se lanzaban fuera de la toldilla, no entrevieron más que una enorme masa vomitando humo y vapor, que pasaba como una tromba después de haber hecho dos pedazos a la Wilhelmina.

Durante medio segundo, antes del choque, una luz blanca había aparecido. El barco que abordó a la goleta fue un vapor; era todo lo que se sabía.

La Wilhelmina, la proa por un lado, por otro la popa, se iba a pique rápidamente. Los dos pasajeros no tuvieron tiempo de reunirse a la tripulación. Apenas pudieron advertir unos cuantos marineros agarrados a los aparejos. Utilizar los botes no era posible, porque ya se habían sumergido. En cuanto al capitán y al segundo, lo más probable era que no hubieran podido salir del camarote.

Los dos hermanos, medio desnudos, estaban ya metidos en el agua hasta medio cuerpo. Sentían cómo se sumergía lo que restaba de la Wilhelmina, e iban a ser arrastrados en el remolino que se produciría al desaparecer por completo el navío.

– ¡No nos separemos! —gritó Pieter.

– ¡Cuenta conmigo! —respondió Karl.

Los dos eran buenos nadadores. Pero ¿habría alguna tierra próxima?… ¿Qué posición ocupaba la goleta en el momento de la colisión en aquella parte del Pacífico comprendida entre Australia y Nueva Zelanda, avistada cuarenta y ocho horas antes, en la última observación del capitán Roebok?

Huelga decir que el vapor que abordó a la goleta debía de estar ya lejos, a no ser que hubiera sufrido averías en el choque. Si acaso había echado los botes al agua, ¿cómo iba a encontrar entre aquella densa niebla los supervivientes de la catástrofe?…

Karl y Pieter Kip se consideraron perdidos. Una oscuridad profunda les envolvía por todas partes. Ningún silbato de máquina ni de sirena indicaba la presencia de un navío, ni el ruido producido por el escape del vapor, si el barco se hubiese detenido después del siniestro… Ni una tabla salvadora al alcance de la mano…

Durante media hora se mantuvieron sobre el agua, el mayor dando alientos al más joven, ayudándole a sostenerse cuando notaba que su vigor decaía. Pero se aproximaba el momento en que sus fuerzas habían de faltarles por completo, y después de un supremo ¡adiós! se sumergirían en el abismo…

Serían las tres de la mañana aproximadamente cuando Karl Kip logró agarrarse a un objeto que flotaba cerca de él. Era una jaula de gallinas de las que llevaba el barco, y los dos hermanos se asieron a ella.

La luz del alba penetró por entre la bruma, que no tardó en desaparecer apenas brillaron los primeros rayos del sol.

Karl Kip paseó su mirada por el horizonte. Hacia el este, el mar desierto. Al oeste, la costa de una tierra bastante elevada; he aquí lo que a primera vista pudo advertir.

La costa de referencia no se encontraba a más de tres millas. La corriente y el viento llevaban hacia allí, y era casi seguro que se podría ganar tierra firme si no cambiaba el estado de las cosas.

Aquella tierra, isla o continente, era de momento la salvación de los náufragos.

El litoral, que se desarrollaba hacia oeste, estaba iluminado por un pico, la cima del cual doraban los primeros rayos del sol.

– ¡Allí! ¡Allí! —exclamó Karl Kip.

Allí, sí; no había más que aquello, pues en vano se hubiera buscado en toda la superficie del mar ni una vela ni otra porción de tierra.

De la Wilhelmina no quedaba ni el menor vestigio. Tampoco había señales del vapor que la echara a pique, que, habiendo sin duda resultado ileso de la colisión, encontrábase lejos, fuera del alcance de la vista.

Incorporándose cuanto pudo, Karl Kip no advirtió sobre las aguas restos del casco ni de la arboladura. Sólo flotaba aquella jaula de gallinas que los hermanos habían tenido la suerte de atrapar.

Extenuado, embotado, Pieter se hubiera ido al fondo si su hermano no le hubiera mantenido a flote. Karl nadaba vigorosamente, empujando la jaula hacia los arrecifes, festoneados por la espuma de la resaca.

Esta primera franja del anillo coralino se prolongaba por delante de la costa. No faltaría menos de una hora para poderla abordar. Con el movimiento del agua hubiera sido difícil poner el pie en aquel primer firme que la tierra les ofrecía. Así es que los náufragos se deslizaron por un estrecho paso, y serían las siete de la mañana cuando lograron poner la planta en la punta donde el bote del James Cook los había recogido.

Y en aquella isla desconocida, desierta, sin útiles, sin utensilios, sin ropas, era donde los náufragos habían de pasar durante quince mortales días una miserable existencia.

Tal fue el relato que hizo Pieter Kip, en tanto que su hermano, escuchándole en silencio, se limitaba a confirmar sus palabras con el gesto.

Ya sabemos, pues, por qué la Wilhelmina, esperada en Wellington, no arribaría jamás al puerto; por qué el vapor Assomption no había encontrado restos del naufragio. La goleta yacía en las profundidades del mar, a menos que las corrientes hubiesen arrastrado algunos restos hacia el norte.

La impresión que produjo el relato de los náufragos les fue favorable. Naturalmente, nadie se hubiera atrevido a poner en duda su veracidad. Se servían del idioma inglés con una facilidad que atestiguaba una instrucción y educación impropias de gente vulgar. Su actitud no era la de esos aventureros que pululan por los parajes del Pacífico, y expresaban, Pieter Kip sobre todo, una inquebrantable confianza en Dios.

Así es que el excelente Hawkins no disimuló la satisfacción que experimentaba.

– Amigos míos —les dijo—, están ustedes a bordo del James Cook, y en él continuarán.

– Muchas gracias, señor —contestó Pieter Kip.

– Pero no podrá llevarles a Europa… —añadió el armador.

– Poco importa —contestó Karl Kip—. Lo esencial es haber dejado la isla de Norfolk, donde estábamos sin recursos, y no pedimos más.

– En cualquier parte donde desembarquemos encontraremos medios de repatriarnos —añadió el hermano menor.

– Y yo ayudaré a ustedes para que lo consigan —dijo el capitán Gibson.

– Y ¿adónde va el james Cook? —preguntó Karl Kip.

– Praslin, en Nueva Irlanda —contestó el capitán.

– ¿Tiene que permanecer allí mucho tiempo?

– Tres semanas aproximadamente.

– ¿Luego vuelve a Nueva Zelanda?

– No, vamos a Tasmania, a Hobart Town, donde está la casa armadora.

– Pues bien, capitán —declaró Karl Kip—, tan fácil nos será encontrar pasaje en Hobart Town, como en Dunedin, Auckland o Wellington.

– Ciertamente —aseguró el armador—, y si embarcan ustedes en un vapor que regrese a Europa por el canal de Suez, la travesía será mucho más corta.

– Eso quisiéramos.

– En todo caso, señor Hawkins, y usted, capitán —dijo Pieter Kip—, puesto que tienen la bondad de aceptarnos como pasajeros…

– No como pasajeros, sino como huéspedes —interrumpió Hawkins—, y nos consideramos felices al poder ofrecerles hospitalidad en el james Cook.

Se cambiaron nuevos apretones de manos. Luego los dos hermanos se retiraron a su camarote en busca del necesario reposo, pues habían velado toda la noche cerca del fuego.

La brisa, que había disipado las brumas, empezaba a refrescar. La calma parecía tocar a su fin y el mar verdeaba en el sudeste de la isla.

Convenía aprovechar; el capitán dio las órdenes para hacerse a la mar. Las velas fueron amuradas, giró el cabestrante, se levó el ancla, y el bergantín volvió a surcar las olas remontándose en dirección norte-noroeste.

Dos horas después había desaparecido la más alta cumbre de la isla de Norfolk, y el James Cook ponía la proa al nordeste, hacia las tierras de Nueva Caledonia, en el límite del mar del Coral.

Dépêche

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