XXX
CONCLUSIÓN
Las curiosas experiencias oftalmológicas realizadas por ingeniosos hombres de ciencia han demostrado que las imágenes de los objetos exteriores que impresionan la retina del ojo pueden conservarse indefinidamente. El órgano de la visión contiene una sustancia particular, sobre la cual se fijan precisamente las imágenes. Se ha conseguido apreciarlas con una perfecta claridad cuando, después de la muerte, se sumerge el ojo en un baño de alumbre.
En el momento en que el capitán Gibson exhalaba el último suspiro, su mirada suprema, una mirada de angustioso espanto, se dirigió a los asesinos, y en el fondo de sus ojos fijáronse, de modo indeleble, las figuras de Flig Balt y Vin Mod. Así es que cuando el armador hizo el retrato de la víctima, reprodujéronse en la placa sensible los menores detalles de la fisonomía, por la larga exposición que la inmovilidad del cadáver permitía. Si la primera prueba se hubiera examinado con la lente, allí hubieran encontrado a los autores del crimen. Pero ¿cómo se le iba a ocurrir a nadie semejante cosa?… Fue preciso todo aquel conjunto de circunstancias, para que ante los ojos del hijo apareciera la providencial revelación de la verdad. La lente pasó de manos de Nat a las de Hawkins y Zieger, y los dos convinieron con el hijo del pobre Gibson en que no había duda de que aquellas dos minúsculas figuras eran las de Flig Balt y Vin Mod. Existía ya un hecho nuevo, la indiscutible presunción de la inocencia de los acusados, que permitía la revisión del proceso… No habría duda acerca de la autenticidad del retrato, porque la primera prueba figuraba unida al sumario.
– ¡Ah!… ¡Desgraciados, desgraciados!… —exclamó Nat Gibson—. ¡Inocentes, inocentes!… Y yo, que en vez de tratar de salvarlos…
– ¡Pero si eres tú quien los salvas, Nat! —contestó Hawkins—. ¡Si, tú, que acabas de ver lo que casi seguramente nadie hubiera observado!… Media hora después, provisto de la fotografía pequeña y de la ampliación, Hawkins se presentaba en la residencia del gobernador. Sir Edward Carrigan dio orden de que pasara inmediatamente a su despacho. En cuanto el gobernador estuvo al corriente de lo que ocurría, declaró que aquélla era una prueba material de absoluta indiscutibilidad. La inocencia de los hermanos Kip era ya evidente, y los magistrados no habrían de poner reparo alguno a la revisión del proceso. Antes de dirigirse a la cárcel quiso visitar al juez que instruía el sumario, y que fue del mismo criterio que el gobernador. Los verdaderos autores del crimen aparecían designados por la víctima… No cabía duda: los asesinos del capitán Gibson eran el contramaestre del James Cook y el marinero Vin Mod. ¿Quién publicó la noticia? Se ignora. Lo cierto es que se esparció por la ciudad como un reguero de pólvora, y antes de que Hawkins saliese del palacio del gobierno, la muchedumbre se agolpaba delante de la cárcel. Desde el fondo de su celda Karl y Pieter Kip escuchaban anhelosos el ruido de la calle, semejante al rumor del oleaje, gritos de exaltación y sus nombres mil veces repetidos.
– ¿Qué será eso? —preguntó Karl Kip—. ¿Vendrán a buscarnos para conducirnos al presidio?… ¡Ah, no!… ¡Todo antes que reanudar aquella espantosa existencia!… Pieter Kip no contestó nada.
En aquel momento se oyeron por el pasillo pasos precipitados.
La puerta de la celda se abrió, apareciendo en el umbral Nat Gibson, acompañado de Hawkins y Zieger.
El hijo del capitán se detuvo, sin atreverse a entrar, y con la cabeza inclinada, las manos tendidas hacia los dos hermanos, la actitud suplicante, exclamó con voz conmovida:
– ¡Karl… Pieter… perdónenme!…
Los hermanos no comprendieron, no podían comprender… ¡El hijo del pobre Gibson que les suplicaba…, que imploraba su perdón!…
– ¡Inocentes!… ¡Inocentes!… —exclamó entonces Hawkins—. ¡Al fin tenernos la prueba de su inocencia!…
– ¡Y yo que he podido creer!… —repuso Nat Gibson, cayendo en los brazos que le abría Karl Kip.
El cuadro era conmovedor. ¡No hay pluma que pueda describir la intensa emoción que se desprendía de aquel interesante grupo de hombres abrazados, reconciliados, a quienes aquel felicísimo instante compensaba de todas sus amarguras!…
La revisión del proceso sólo tardó el tiempo indispensable para llenar las formalidades legales. Después que la verdad resplandeció, fácil fue la reconstitución de los hechos: en los restos de la Wilhelmina fue donde encontró Vin Mod el puñal de los Kip. Con él cometieron el crimen, a fin de que se pudiera atribuir a los dos pasajeros del James Cook. Ellos eran los que dejaron el kriss en el camarote de los dos hermanos para que lo viese el grumete Jim.
En cuanto a los papeles, el dinero y el arma homicida que se encontró en la maleta de los condenados, no había duda de que serían colocados la víspera de la vista de la causa contra Flig Balt y Len Cannon, por el cómplice Vin Mod, que estaba en libertad.
Todo esto lo sospechaba Hawkins desde hacía tiempo; pero era necesario tener la certidumbre proporcionada por la providencial revelación, que produjo un estado de opinión tan unánime como justificado.
A las cuarenta y ocho horas los magistrados declararon que procedía la revisión del proceso.
Apoyada sobre un hecho desconocido, podía presumirse un error judicial, y los hermanos Kip comparecieron nuevamente ante sus jueces.
En la vista de este segundo proceso la concurrencia fue más numerosa que en la del primero, y favorable por completo a los acusados.
La sala de la Audiencia resultaba insuficiente para contener el enorme gentío que se estrujaba en las puertas, ansiando presenciar el extraordinario suceso que iba a tener lugar. La sesión duró escasamente una hora, proclamándose la rehabilitación de Karl y Pieter Kip entre los entusiastas aplausos del auditorio. En cuanto los pusieron en libertad, el nobilísimo señor Hawkins se los llevó a su casa, y cuando estuvieron en el salón rodeados de las familias del armador, de Gibson y Zieger, todos se desvivían por prodigarles sus atenciones, por hacerles olvidar todas las miserias, todas las vergüenzas que les habían abrumado durante tanto tiempo. La viuda de Gibson y su hijo Nat deshacíanse en cariñosas solicitudes para con los pobres inocentes, a quienes tantas veces habían maldecido. Inútil es afirmar que se ofrecieron a ellos todas las personas principales de Hobart Town. Si Karl Kip quería navegar, tendría el mando de un barco… Si Pieter quería emprender de nuevo los negocios, tendría negociantes deseosos de prestarle ayuda… ¿Y no era lo mejor que podían hacer, puesto que la liquidación de la casa de Groninga había sido ventajosa para ellos?… Así es que en cuanto el James Cook estuvo aparejado, se hizo a la mar mandado por el capitán Kip y con los bravos marineros de su antigua tripulación, gozosos de poder navegar a las órdenes del que para ellos tenía la doble aureola de héroe y de mártir. Para acabar esta historia, digamos que transcurrieron bastantes meses sin que la justicia recibiese noticias del Kaiser, en el que habían embarcado Flig Balt, Vin Mod y sus cómplices. Al fin se supo que dicho barco, que ejercía la piratería en los parajes de las Salomón, acababa de ser capturado por un buque de guerra inglés. Los marineros del Kaiser se defendieron como se defienden los miserables que saben que les espera la horca. Murieron una porción de estos bandidos, entre ellos Flig Balt y Len Cannon. Vin Mod había logrado ganar, con algunos otros, una de las islas del archipiélago, y se ignoraba su paradero. Tal fue el desenlace de esta célebre causa, raro ejemplo de errores judiciales, que tuvo una gran resonancia bajo el nombre de «Proceso de los hermanos Kip».
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