III
MANOS A LA OBRA
La distancia entre Dunedin y Wellington, a través del estrecho que separa las dos grandes islas, no pasa de cuatrocientas millas. Si la brisa del nordeste se mantenía y el mar continuaba en calma a todo lo largo de la costa, el James Cook llegaría a Wellington a los dos días de haber salido de puerto.
Durante esta corta travesía, ¿lograría Flig Balt realizar sus proyectos, apoderarse del bergantín, después de haberse desembarazado del capitán y de sus compañeros, y hacer rumbo a lejanos parajes del Pacífico, donde podía sentirse seguro y en completa impunidad?…
Ya se sabe cómo Vin Mod pensaba proceder: Gibson y los hombres que le eran fieles serían sorprendidos y arrojados por la borda antes de que pudieran defenderse. Pero, ante todo, era preciso meter en el complot a Len Cannon y sus camaradas —lo que no sería difícil—, sondearles previamente y asegurar su concurso.
Es lo que pensaba hacer Vin Mod durante este primer día de navegación, a fin de ejecutar suplan en la noche próxima. No había tiempo que perder. En cuarenta y ocho horas el bergantín estaría en Wellington y recibiría a bordo a Hawkins y a Nat Gibson. Por lo tanto, era necesario que aquella misma noche, o la siguiente, a lo sumo, el james Cook cayese en poder de Flig Balt y de sus cómplices; si no, las probabilidades de éxito disminuirían considerablemente, y acaso no volviese a presentarse ocasión de lograrlo.
Desde luego que Len. Cannon, Sexton, Kyle y Bryce aceptarían las proposiciones de Vin Mod. No se le ocurría a éste que pudiera encontrar dificultades entre tales individuos sin fe ni ley, sin conciencia ni escrúpulos, seducidos con la perspectiva de fructuosas campañas en regiones del Pacífico, donde la justicia no había de ir a darles caza.
La isla sur de Nueva Zelanda, Tawaï-Pounamou, adopta la forma de un largo rectángulo, abultado en su parte inferior, que se dibuja un poco oblicuamente de sudoeste a sudeste.
Ika-na-Maoui, la isla del Norte, ofrece, por el contrario, el aspecto de un triángulo irregular, terminado por una estrecha lengua de tierra, proyectada hasta la punta del cabo Norte.
La costa que seguía el bergantín es sumamente accidentada, .recortada por rocas enormes, de extrañas siluetas, que semejan desde lejos gigantescos mastodontes echados sobre las playas. Aquí y allá, una sucesión de arcadas simulan un claustro en ruinas, y, aun con buen tiempo, las olas se precipitan por allí furiosamente con un estrépito formidable. Un barco que se metiera por el litoral, se perdería irremisiblemente, y tres o cuatro golpes de mar bastarían para deshacerlo. Afortunadamente, cuando la tempestad se desencadena por aquellos parajes, los barcos pueden doblar los extremos promontorios de Nueva Zelanda. Además, existen dos estrechos donde pueden refugiarse en caso de peligro, cuando no tienen tiempo de arribar a puerto: el de Cook, que separa las dos islas, y el de Foveaux, abierto entre Tawaï-Pounamou y la isla de Stewart, en su extremo meridional. Pero es preciso guardarse de los peligrosos arrecifes de los Sisares, donde chocan las olas del océano índico y las del Pacífico, parajes muy fecundos en siniestros marítimos.
Detrás de la costa se desarrolla un poderoso sistema orográfico horadado por cien cráteres, inundado de torrentes que alimentan unos cuantos ríos de caudal considerable, a pesar de la restringida extensión de su curso.
Las vertientes de las montañas están cubiertas de frondosísima vegetación: árboles de grandes dimensiones, pinos de cien pies de altura por veinte de diámetro, hermosísimos cedros, el koudy resinoso, el kaikatea de resistentes hojas, cuyos gallardos troncos están desprovistos de ramas desde el pie hasta la copa.
Si Ika-na-Maoui puede enorgullecerse de la riqueza de su suelo, de la pujanza de su fertilidad, de aquella vegetación, que rivaliza en ciertos lugares con las más brillantes producciones de la flora tropical, en cambio TawaïPounamou no tiene tanto que agradecerle a la Naturaleza. Apenas si puede cultivarse la décima parte de su territorio. Pero en los lugares privilegiados los indígenas pueden recolectar un poco de trigo indio, diferentes plantas herbáceas y patatas en abundancia, que constituyen la base de su alimentación.
El James Cook navegaba a veces tan próximo a la costa —pues Harry Gibson conocía perfectamente aquellos parajes—, que llegaba distintamente hasta el barco el canto de los pájaros, entre otros el del pou, uno de los más melodiosos.
Mezclábase también el grito gutural de los loros de las diferentes especies, de los ánades de pico y patas de rojo escarlata, sin hablar de otras numerosas especies acuáticas, de las cuales los más arriesgados representantes revoloteaban alrededor, de los aparejos del navío…
¡Y con qué rapidez se dispersaban los cetáceos, las morsas, los leones de mar, la multitud de focas, tan buscadas por su abundante grasa, por su espesa piel, doscientas de las cuales bastan para producir unos cien barriles de aceite…!
El tiempo continuaba espléndido. Seguramente la brisa no caería en toda la tarde.
Bajo la influencia de un sol hermosísimo, empujaba rápidamente al bergantín, que navegaba con sus velas desplegadas. Apenas si había necesidad de modificar las escotas ni tocar el timón. Así los nuevos marineros podían apreciar perfectamente las cualidades náuticas del James Cook.
A las once, aproximadamente, un poco antes del puerto de Oamaru, el monte Flerbert mostró su abultada cima.
Durante la mañana Vin Mod buscó inútilmente la ocasión de hablar con Len Cannon, a quien consideraba con razón como el más inteligente e influyente de los cuatro enrolados en Dunedin. Como sabemos, Gibson había ordenado que estos marineros no hiciesen juntos el mismo cuarto. Valía más que estuviesen separados.
No habiendo necesidad de maniobrar, el capitán dejó al contramaestre la vigilancia del barco, y él se retiró a] camarote para poner en regla sus cuentas de a bordo.
En este momento Hobbes estaba al timón. Flig Balt se paseaba desde el palo mayor hasta la popa. Los otros marineros, Burnes y Bryce, iban y venían sin cambiar una sola frase.
Vin Mod y Len Cannon encontrábanse juntos bajo el viento, y su conversación nadie la podía oír.
Cuando Jim, el grumete, se aproximaba a ellos, se le despedía brutalmente; y el contramaestre, que estaba observando el juego, le mandó, por prudencia, que frotase los cobres de la bitácora.
En cuanto a los otros camaradas de Len Cannon, Sexton y Kyle, que no estaban de cuarto, preferían el aire libre de cubierta a la atmósfera del camarote. El cocinero Koa les divertía con sus groseras ocurrencias y sus abominables gestos. Era necesario ver hasta qué punto este indígena se mostraba orgulloso de los tatuajes de su rostro, de su torso y de sus miembros, el moko de los neozelandeses, que surca profundamente la piel en vez de marcarla solamente, como se hace en los demás pueblos del Pacífico. Esta operación del moko no se practica en todos los naturales. ¡No! Los koukis, o esclavos, no son dignos, como tampoco la gente de clase baja, a menos que se hayan distinguido en la guerra por alguna acción brillante. Así es que Koa estaba envanecido por ostentar tan extraordinaria distinción.
Explicaba la significación de su tatuaje —lo que parecía interesar mucho a Sexton y Kyle—, contando en qué circunstancias su pecho habíase condecorado con tal o cual dibujo, y señalando el de la frente, que representaba su nombre, grabado en caracteres indelebles, que por nada del mundo hubiera él consentido borrar.
Además, en los indígenas el sistema cutáneo, en virtud de estas operaciones, que se extienden a toda la superficie del cuerpo, gana mucho en espesor y solidez; de aquí una resistencia mayor a las inclemencias del clima en invierno, a las picaduras de los mosquitos en verano; y cuántos europeos se felicitarían, a este precio, de poder despreciar los ataques de esos malditos insectos.
En tanto que Koa iba experimentando instintivamente una lógica simpatía hacia Sexton y su camarada, base de una estrecha amistad, Vin Mod trabajaba a Len Cannon, el cual, por su parte, no quería más que verle venir.
– Eh, amigo Cannon —le dijo Vin Mod—, ya estás a bordo del James Cook… Un buen barco, ¿no es verdad? Y que hace sus once nudos sin que haya necesidad de darle la mano.
– Tienes razón, Mod.
– Y con un buen cargamento en la tripa…
– Tanto mejor para el armador.
– Entretanto nosotros estamos cruzados de brazos, sin tener gran cosa que hacer.
– Hoy la cosa va bien —repuso Len Cannon—, pero mañana… ¡quién sabe!…
– Mañana…, pasado mañana… ¡siempre! —exclamó Vin Mod, dando amistosos golpecitos en la espalda de Len Cannon—. ¿No es esto preferible a estar en tierra?… ¿Dónde estaríais ahora tú y tus amigos?
– En la taberna.
– No… Adam Fry os hubiera puesto en la puerta de la calle después de la escena de ayer… Luego los policemen os echarían el guante, y como supongo que no será la primera vez que hayáis tenido que ver con ellos, el tribunal de policía os gratificaría con uno o dos meses de reposo en la cárcel de Dunedin…
– Prisión en tierra, o barco en la mar, es todo uno —replicó Len Cannon, que no parecía resignarse con su suerte.
– ¡Cómo!… —exclamó Vin Mod—. ¿Hablar así un marino?…
– No pensábamos navegar —declaró Len Cannon—. Sin la maldita reyerta de ayer, ya estaríamos lejos, camino de Otago…
– A sufrir…, a zancajear…, a morirse de hambre y de sed. ¿Y para qué?
– ¡Para hacer fortuna! —contesto Len Cannon.
– ¿Hacer fortuna en los placeres?… Pero si allí ya no hay nada que pescan. Bien se conoce que no has visto a los que vuelven con los bolsillos vacíos… La recolección de pepitas es cosa terminada; no queda un grano de oro ni para un remedio.
– Conozco a quien no le pesa haber dejado su barco por los yacimientos de la Clutha…
– Y yo… yo conozco a cuatro que no sentirán haber embarcado en el James Cook, en vez de largarse tierra adentro.
– ¿Lo dices por nosotros?
– Por vosotros y otros dos o tres de tu especie…
– ¿Y tratas de meterme en la sesera que un marinero puede ganar para comer, beber y divertirse el resto de sus días, haciendo el cabotaje por cuenta de un capitán o de un armador?…
– Seguramente que no —replicó Vin Mod—. ¡A menos que lo haga por su propia cuenta…!
– ¿Y de qué manera, no siendo propietario de un barco?
– Se puede llegar a serlo alguna vez.
– ¡Ah! ¿Te has creído que mis camaradas y yo hemos dejado en el Banco de Dunedin el dinero para comprarlo? —No, amigo…
Ya sé que vuestras economías están en manos de Adam Fry y otros banqueros por el estilo.
– Entonces, tú dirás. No hay dinero, no hay barco…; y yo no creo que el señor Gibson esté de humor para regalarnos el suyo…
– Seguramente…; pero puede ocurrir una desgracia… Si el señor Gibson desapareciera… Un accidente…, una caída al agua… Esto le ocurre a los mejores capitanes… A lo mejor un golpe de mar se lleva a un hombre; si es de noche, nadie lo advierte… Luego, a la mañana siguiente se nota la falta.
Len Cannon miraba a Vin Mod cara a cara, preguntándose si entendía bien su lenguaje.
El otro continuó imperturbable:
– Y entonces, ¿qué es lo que ocurre?… Se reemplaza al capitán, y en este caso es el segundo quien toma el mando del barco, o si no hay segundo, es el teniente…
– Y si no hay teniente —interrumpió Len Cannon, bajando la voz y dando con el codo a su interlocutor—, si no hay teniente… el contramaestre…
– Eso mismo, amigo; y con un contramaestre como Flig Balt se va lejos…
– No donde se debe ir… —insinuó Len Cannon, lanzando una mirada de soslayo.
– No…, se va donde se quiere ir… —contestó Vin Mod—, donde se hacen buenos negocios, buenos cargamentos de nácar y de copra; todo en la cala del Pretty Girl.
– ¿Cómo del Pretty Girl?
– Ése será el nuevo nombre del james Cook…; un bonito nombre que debe traernos buena sombra.
En fin, fuese uno u otro nombre —aunque Vin Mod parecía estar encariñado con el aludido—, lo cierto era que allí había un negocio en perspectiva. Len Cannon era bastante inteligente para comprender lo que a él y a sus camaradas se les proponía. No les retendrían seguramente escrúpulos de ningún género. Pero, sin embargo, antes de comprometerse, conviene conocer las cosas a fondo y examinar de qué lado están las probabilidades de éxito.
Así es que, después de algunos momentos de reflexión, Len Cannon, que echó una rápida ojeada en torno suyo para asegurarse de que nadie podía oírles, dijo a Vin Mod:
– ¡Lárgalo todo!
Vin Mod le puso entonces al corriente de lo convenido con Flig Balt. Len Cannon, muy accesible a las proposiciones de este género, no mostró ninguna sorpresa al oírlas, ninguna repugnancia al debatirlas, ni la más leve vacilación en aceptarlas. Desembarazarse del capitán Gibson y de los marineros que se negasen a tomar parte en la rebelión; apoderarse del barco, cambiarle el nombre, y si fuera preciso, la nacionalidad, y traficar a través del Pacífico a partes iguales en las ganancias. La cosa era seductora para este bribón. Pero necesitaba garantías, quería tener la seguridad de que el contramaestre estaba en absoluta connivencia con Vin Mod.
– Esta noche, después del cuarto de las ocho, cuando estés al timón, Flig Balt te hablará; abre bien las orejas…
– ¿Y es él quien mandará el James Cook?… —preguntó Len, que hubiera preferido no estar a las órdenes de nadie.
– Sí, hombre, sí, ¡claro está! —replicó Vin Mod—. Preciso es que haya un capitán… Pero los armadores seremos todos nosotros…
– Convenido, Mod. En cuanto me quede solo con Sexton, Bryce y Kyle, les pondré al corriente del asunto…
– Es que la cosa apremia.
– ¿Tanta prisa corre?
– Si, antes de llegar a Wellington.
Y entonces Vin Mod le explicó por qué había que dar el golpe antes de que embarcaran en dicho punto el armador y el hijo del capitán. Con dos hombres más a bordo la partida era menos segura… En todo caso, de no poder ser aquella noche, era absolutamente preciso que fuese la siguiente…; cuanto más se retrasara, más dudoso sería el éxito.
Len Cannon comprendió estas razones. En cuanto anocheciera prevendría a sus camaradas, de los que respondía como de sí mismo. Los cuatro obedecerían todo lo que ordenase el contramaestre… Pero, ante todo, Flig Balt había de confirmar lo que Vin Mod acababa de decir… Dos palabras y un apretón de manos para sellar el pacto… ¡Por San Patricio, que Len Cannon no había de exigir ninguna escritura! Lo que se prometiera se mantendría…, etc.
Conforme había indicado Vin Mod, a las ocho de la noche, mientras Len Cannon estaba al timón, Flig Balt se dirigió hacia popa. El capitán estaba en cubierta, y era preciso esperar que se retirase al camarote, después de haber dado sus órdenes para la noche.
La brisa continuaba hinchando las velas.
El mar prometía estar tranquilo, y hasta la mañana siguiente no habría necesidad de maniobrar.
Cuando llegase el día, contaba Gibson con haber dejado a popa las Pompey's Pillars y encontrarse cerca de Christchurch.
El capitán, con gran disgusto de Flig Balt, permaneció en el puente hasta las diez, cambiando de vez en cuando algunas palabras con él, mirando a ratos atentamente el horizonte. El contramaestre, prevenido por. Vin Mod, no encontraba medio de hablar con Len Cannon.
Todo iba bien a bordo. El bergantín no necesitaba cambiar de rumbo hasta las tres o las cuatro de la mañana, cuando estuviese a la vista del puerto de Akaroa. Así es que Gibson, después de una última ojeada al mar y al velamen, se retiró a su camarote.
Flig Balt y Len Cannon no tuvieron que hablar mucho para entenderse. El contramaestre confirmó las proposiciones de Vin Mod. Nada de términos medios… Se arrojaría al capitán por la horda, después de sorprenderle durante su sueño, y como no se podía contar con Hobbes, Wickley y Burnes, correrían la misma suerte que Gibson… Sólo faltaba que Len Cannon recabase el concurso de sus camaradas, a quienes había quedado en poner al corriente del asunto: seguramente no tendrían nada que objetar.
– ¿Y cuándo? —preguntó Len Cannon.
– Esta noche —contestó Vin Mod, que ya había tomado parte en la conversación.
– ¿A qué hora?
– Entre las once y las doce —respondió Flig Balt—. En ese momento Hobbes estará de cuarto con Sexton, y Wickley al timón… No será preciso ir a buscarlos, y una vez que nos hayamos desembarazado de estos honrados marineros…
– Entendido —interrumpió Len Cannon sin mostrar vacilación ni escrúpulo.
Luego, abandonando a Vin Mod la rueda del gobernalle, se dirigió a proa, a fin de poner a Sexton y Bryce al corriente del asunto.
Al llegar al pie del mástil de mesana, buscó inútilmente a sus compinches. Los dos debieran estar de cuarto, y ni el uno ni el otro aparecían por allí.
Wickley, a quien interrogó, se encogió de hombros.
– ¿Dónde están ésos? —le preguntó.
– Abajo, los dos borrachos como cubas…
– ¡Ah, bestias! —dijo Len Cannon, acompañando su exclamación de un juramento—. ¡Ya no podemos hacer nada esta noche!
Bajó en busca de ellos, encontrándolos tirados boca abajo en la hamaca. Les sacudió… ¡como si fueran maderos!… Habían robado una botella de ginebra en la despensa y vaciado hasta la última gota… Imposible sacarles de esta borrachera, de la que no despertarían hasta la madrugada… ¡Imposible comunicarles los proyectos de Vin Mod!… Imposible contar con ellos para ponerlos en ejecución antes de que brillara el sol, y sin ellos la partida era muy desigual…
Cuando Flig Balt supo lo que ocurría, sintió que se ahogaba de cólera y de rabia. Vin Mod tuvo que hacer grandes esfuerzos para calmarle, y él también convino en que no podían intentar el golpe sin el concurso de los miserables borrachos… Pero, en fin, nada se había perdido… Lo que aquella noche no podía ser, se realizaría la próxima… Se vigilaría a Bryce y Sexton… Se les impediría beber… En todo caso, Flig Balt se guardaría muy bien de dar cuenta del hecho al capitán, ni de la borrachera, ni del robo de la botella… Gibson les encerraría en el fondo de la bodega hasta la llegada a Wellington, donde les entregaría a las autoridades marítimas, y para colmo, tal vez pondría en tierra a Len Cannon y Kyle, como hizo observar Vin Mod… Era hablar con cordura. Por otra parte, los marineros no se denuncian nunca los unos a los otros. Ni Hobbes, ni Wickley, ni Burnes, ni siquiera el grumete, dirían esta boca es mía, y, por lo tanto, el capitán no tendría que intervenir.
Pasó la noche sin que la tranquilidad se turbase a bordo del James Cook.
Cuando el capitán subió al puente al rayar el día, pudo ver que los de cuarto estaban en su puesto y el bergantín en buena dirección, después de haber doblado la península de Banks.
Se presentaba muy bien el día. El sol remontaba el horizonte y las brumas que velaban su luz desaparecerían muy en breve. Hubo un momento en que se creyó que la brisa saltaría a otro cuadrante; pero pronto pudo observarse que venía de tierra y se mantendría al noroeste, como la víspera.
– ¿Nada nuevo? —preguntó Gibson a Flig Balt, cuando el contramaestre salió de su camarote, donde había pasado las últimas horas de la noche.
– No hay novedad, capitán.
– ¿Quién está en el timón?
– El marinero Len Cannon.
– ¿No ha tenido usted necesidad de reprender a ninguno de los cuatro?
– No han dado motivo, capitán; creo que son gente mejor de lo que parecen.
– Más vale así, Balt, pues creo que en Wellington los capitanes han de verse tan apurados como en Dunedin para completar sus tripulaciones…
– Es probable que suceda así, señor Gibson…
– Y, después de todo, si yo pudiera arreglarme con éstos…
– Sería lo más acertado —contestó Flig Balt.
Al remontarse hacia el norte, el James Cook no distaría de la costa más que unas tres o cuatro millas. Los detalles aparecían con claridad, bajo la luz vivísima de los rayos solares. Las altas cadenas del Kaikoura que surcaban la provincia de Malborough dibujaban sus caprichosas crestas a una altura de 10.000 pies. Sobre sus flancos se espaciaban los espesos bosques dorados por la luz, y los riachuelos se deslizaban hacia el litoral.
La brisa mostraba tendencia a la calma, y el bergantín andaría menos que la víspera. Era, pues, probable que no se pudiera llegar a Wellington en toda aquella noche.
A las cinco de la tarde se habían divisado las alturas del Ben More, al sur del puertecillo de Flaxbourne. Habían de pasar todavía cinco o seis horas para encontrarse en la entrada del estrecho de Cook. Como este paso se orienta de sur a norte, no habría necesidad de modificar el rumbo del bergantín.
Flig Balt y Vin Mod tenían la seguridad de disponer de toda la noche para realizar sus proyectos.
Huelga decir que el concurso de los camaradas de Len Cannon estaba ya a estas horas asegurado. Sexton y Bryce, después de haber dormido la mona, Kyle, ya prevenido de antemano, no habían opuesto ninguna observación.
No se esperaba más que el momento de actuar. He aquí en qué condiciones:
Entre las doce y la una de la madrugada, cuando el capitán estuviera dormido, Vin Mod y Len. Cannon entrarían en su camarote, y atándole fuertemente lo subirían a cubierta para arrojarlo al mar, antes de que tuviera tiempo ni de lanzar un grito. Al mismo tiempo, Hobbes y Burnes, que estarían de cuarto, se encargarían de Kyle, Sexton y Bryce. Quedaban Vickley y el grumete, que a aquellas horas estarían descansando, y de los que Koa y Flig Balt darían buena cuenta.
Consumada la ejecución, no quedarían a bordo Más que los autores del crimen, ni un testigo de la fechoría, y el James Cook ganaría a toda vela los parajes del Pacífico, al este de Nueva Zelanda.
Todo parecía conspirar para que este abominable complot tuviera éxito. Antes de amanecer, bajo el mando de Flig Balt, el bergantín estaría ya lejos de aquellos parajes.
Serían las siete aproximadamente cuando apareció al nordeste el cabo Campbell. Es, propiamente hablando, la punta extrema que limita al sur el estrecho de Cook, haciéndole pendant, a una distancia de cincuenta millas aproximadamente, el cabo Palliser, extremo de la isla Ika-na-Maoui.
El bergantín siguió el litoral, a menos de dos millas de tierra, largando todo el trapo, pues la brisa caía con la tarde. La costa era franca, bordeada de rocas basálticas que forman las primeras estribaciones de las montañas del interior. La cima del monte Weld se destacaba como una punta de fuego, bajo los rayos del sol poniente. Una corriente de tierra hacia el norte favorecía la marcha del James Cook en dirección del estrecho.
A las ocho el capitán acostumbraba bajar al camarote, después de haber dejado el cuarto al contramaestre. No había más que vigilar el paso de barcos a la desembocadura del estrecho. Además, la noche era clara, y ninguna vela se divisaba en todo el horizonte.
Pero antes de las ocho una columna de humo apareció a popa por la parte de estribor, y no tardó en dibujarse perfectamente la silueta de un vapor que doblaba el cabo Campbell.
Vin Mod y Flig Balt no se preocuparon. Dada la marcha que llevaba, no tardaría mucho en pasar de largo.
Era un aviso del estado, que no había arriado todavía el pabellón nacional. En aquel momento se oyó un disparo de fusil, y la bandera británica descendió de la punta de mesana.
Harry Gibson estaba todavía en el puente. ¿Iría a quedarse allí mientras estuviese a la vista el aviso, que llevaba el mismo rumbo que el James Cook, bien fuera que tuviera la intención de atravesar el estrecho o que navegara con destino a Wellington?…
Esta pregunta se hacían Flig Balt y Vin Mod, no sin cierta aprensión y con marcada impaciencia por quedarse solos sobre el puente.
Pasó una hora. El capitán no parecía dispuesto a retirarse. Cambiaba algunas frases con el timonel Hobbes y observaba el aviso, que apenas se encontraría a una milla del bergantín.
Juzgue el lector del desasosiego de Flig Balt y de sus cómplices, un desasosiego próximo a convertirse en rabia. El barco inglés navegaba a media marcha, y el vapor de la máquina escapábase por la válvula de seguridad. Se columpiaba en las ondulaciones de las olas; las revoluciones de la hélice apenas removían el agua, y no dejaba tras de su popa mayor estela que la del james Cook.
¿Por qué este barco había moderado su marcha?… ¿Habría ocurrido algún accidente en la máquina?… ¿O sería más bien que no quería ganar de noche el puerto de Wellington que tiene difícil la entrada?…
Por alguna de estas razones, sin duda, había decidido disminuir su velocidad durante la noche, y por lo tanto, navegaría a la vista del bergantín.
El caso era no sólo desesperante para Flig Balt y comparsa, sino que además llegó a inquietarles.
En efecto, Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce pensaron en el primer momento que el aviso había sido enviado en su persecución desde Dunedin; que la policía, habiendo tenido noticia de su partida en el James Cook, trataba de darles caza. Temores exagerados y vanos. Hubiera sido más sencillo enviar por telégrafo a Wellington la orden de arresto. No se destaca un barco de guerra para apoderarse de unos cuantos marineros revoltosos, cuando tan sencillo es echarles el guante en un puerto.
Len Cannon y sus camaradas no tardaron en tranquilizarse. El aviso no hizo señal alguna para ponerse en comunicación con el bergantín, ni echó ningún bote al agua.
El James Cook no sería, pues, objeto de registro, y los reclutados en Las Tres Urracas podían estar tranquilos a bordo.
Pero si el temor desapareció por, este lado, puede juzgarse cuál no sería la desesperación del contramaestre y de Vin Mod. Imposible dar el golpe aquella noche, y al día siguiente el bergantín estaría anclado en Wellington. El arrojarse sobre el capitán y los tres marineros no podría hacerse sin ruido. Resistirían, se defenderían, gritarían, y sus voces se oirían desde el aviso. La sublevación no podía estallar en estas condiciones. Hubiera sido reprimida inmediatamente por el vapor inglés, que en unas cuantas vueltas de hélice se pondría al costado del bergantín.
– ¡Maldición! —murmuró Vin Mod—. Tampoco esta noche podernos hacer nada.
– ¡Y mañana —añadió Flig Balt— el armador y Nat Gibson estarán a bordo!
Hubiera sido necesario alejar el aviso, y tal vez el contramaestre lo hubiese intentado si el capitán, en vez de bajar al camarote, no hubiese permanecido la mayor parte de la noche sobre el puente. Imposible…; no había más remedio que renunciar al proyecto de apoderarse del bergantín aquella noche.
Cuando amaneció, el James Cook pasaba por Blenheim, situado en el litoral de Tawaï-Pounamou, en el lado oeste del estrecho; luego se había aproximado a la punta Nicholson, que se proyecta a la entrada de la bahía de Wellington. Por último, a las siete de la mañana penetraba en esta bahía, al tiempo que el aviso acababa de fondear en medio del puerto.