XXIII
¡JUNTOS!
Karl Kip, después de transportado en el coche del comandante del presidio, ingresó en una de las salas de la enfermería, adonde no tardó en acudir su hermano, autorizado para estar junto a él.
¡Cuál no sería el agradecimiento de los esposos Skirtle hacia este hombre valeroso!… Gracias a su arrojo, su amado hijo habíase librado de una muerte espantosa. En el primer momento, en un irresistible impulso del corazón, el niño se había arrojado a los pies de su padre, repitiendo con voz entrecortada por los sollozos:
– ¡Gracia para él, padre!
La señora Skirtle unió sus súplicas a las de su hijo, y los dos rogaban al capitán, como si él pudiera complacerlos, como si fuese dueño de dar la libertad a Karl Kip.
Y, por otra parte, ¿podríase olvidar por qué crimen estaban los dos hermanos en Puerto Arturo, después de haberles conmutado la pena capital?… No conociendo las maniobras de Flig Balt y Vin Mod, ¿cómo era posible que el comandante pusiera en duda la culpabilidad de los condenados?… Porque uno de ellos acabase de arriesgar su vida para salvar la de un niño, no por eso dejaba de ser el asesino de Harry Gibson, condenado como tal a cadena perpetua… Semejante acto de abnegación, por hermoso que fuese, ¿podía borrar tan espantosa fechoría?
– Amigo mío —dijo la señora Skirtle, después de haber dejado al herido en manos del médico—, ¿qué sería posible hacer por ese desgraciado?
– Nada —contestó el capitán—, nada más que recomendarle a la benevolencia del gobierno, a fin de que esté sometido a un régimen menos severo; que se le exima de los trabajos forzados…
– Pues bien, es preciso informar hoy mismo al gobernador de lo ocurrido…
– Lo sabrá esta misma tarde —contestó el capitán—; pero todo se reducirá a obtener cierta tolerancia y no una disminución de la pena. Karl Kip y su hermano han sido ya objeto de la regia prerrogativa, que les ha otorgado la gracia de la vida.
– Y yo doy gracias al cielo por ello, como se las doy a ese hombre que es el salvador de nuestro hijo…
– Querida mía, yo haré todo cuanto pueda para demostrar a Karl Kip nuestro agradecimiento. Por otra parte, desde que los hermanos han llegado a Puerto Arturo, su conducta ha sido irreprochable, y nunca han incurrido en las severidades del reglamento. Tal vez pueda obtener del gobierno la autorización para eximirles de los trabajos en el campo, muy penosos para hombres de su condición, y poderles ocupar en las oficinas del penal… Esto aliviaría mucho su situación… Pero ya sabes por qué crimen fueron procesados y en qué indiscutibles pruebas se funda la convicción del jurado…
– ¿Será posible que quien es capaz de tanta abnegación sea un asesino?
– Pues no hay duda alguna acerca del caso; los hermanos Kip no han podido demostrar su inocencia.
– No ignoras, amigo mío —insistió la señora Skirtle—, cuál es la opinión del señor Hawkins.
– La conozco… Ese excelente hombre no les cree culpables; pero siente bajo la influencia de sus recuerdos, y nada ha podido hacer por ellos, aparte de la conmutación de la pena, lograda por mediación del gobernador…
– Figúrate, pues, si se afirmará en su convicción cuando sepa lo que acaba de hacer Karl Kip.
El capitán no contestó, pues no había dejado de causarle impresión todo lo que Hawkins le había contado acerca de los dos hermanos. Pero ante las pruebas materiales, ante los abrumadores argumentos, ¿era posible mantener la duda?
– En todo caso, amigo mío —añadió la mujer del capitán—, tengo que pedirte un favor, un favor que no depende más que de ti, y que seguramente no me negarás…
– Que los dos hermanos no vuelvan a separarse de aquí en adelante, ¿verdad?
– ¡Eso es! Lo has adivinado. Desde hoy autorizarás a Pieter Kip para que permanezca junto a su hermano y pueda prodigarle sus cuidados.
– Lo haré así —dijo el capitán Skirtle.
– Y yo le visitaré también. Procuraré que a ese infortunado no le falte nada… Y, quién sabe…, acaso más tarde…
Habíase cumplido el vehemente deseo de los dos hermanos, lo que Pieter había solicitado del comandante con lágrimas en los ojos.
Desde aquel día Karl y Pieter se vieron a todas horas; a las tres semanas del suceso, cuando la herida estuvo casi cicatrizada y Karl pudo dejar la enfermería, los dos se paseaban por el patio del penal. Ocupaban ahora la misma habitación, dormían en el mismo dormitorio, trabajaban en la misma escuadra. A los pocos días se les empleó en trabajos del interior, con la esperanza de poderlos ocupar pronto en las oficinas de Puerto Arturo.
Fácil es imaginarse lo que los hermanos se decían, cuál era el tema de sus conversaciones y bajo qué aspecto examinaban el porvenir.
Cuando el más joven veía al mayor abandonarse a la idea pesimista de que jamás se reconocería su inocencia, Pieter le repetía:
– ¡Perder la esperanza sería ofender a Dios, hermano mío!… Puesto que han conservado nuestra vida, es que la Providencia quiere que los asesinos se descubran algún día…, que nuestra rehabilitación se proclame públicamente…
– ¡El cielo te oiga, Pieter! —contestaba Karl Kip—. ¡Y te envidio esa confianza en el porvenir!… Pero, en fin, ¿quiénes serán los asesinos del capitán Gibson?… Evidentemente indígenas de Kerawara, de la isla de York o de alguna otra isla del archipiélago Bismarck… ¿Y cómo descubrirlos en medio de esta población melanesia, dispersa por todo el territorio?…
¡No importaba! La cosa sería difícil; Pieter Kip convenía en ello, pero tenía fe… Algún hecho imprevisto surgiría… Zieger y Hamburg tal vez obtuviesen nuevas informaciones que los pusieran sobre la verdadera pista.
– Y, además —le dijo un día, viendo a su hermano presa de la desesperación—, ¿estás seguro de que los asesinos son indígenas?…
Karl Kip le cogió las manos, y exclamó, fijando su mirada en los ojos de su hermano:
– ¿Qué quieres decir?… ¡Explícate!… ¿Piensas que algún colono, algún empleado de la factoría pudiera haber cometido el crimen?…
– No, hermano, no.
– Entonces… ¿quién?… Marineros… ¡Sí! En el puerto había unos cuantos barcos.
– Y también estaba nuestro bergantín, el James Cook —contestó Pieter.
– ¡El James Cook!…
Y Karl Kip, al repetir este nombre, interrogaba a su hermano con la mirada… Entonces Pieter le comunicó las sospechas que habían tomado cuerpo en su espíritu. Pues qué, ¿no había en la tripulación del bergantín hombres capaces de todo, como lo demostraron los que secundaron en la rebelión al infame Flig Balt? ¿Es que entre estos hombres —Len Cannon, por ejemplo, para citar uno— no podía haberse enterado de que el capitán llevaba consigo una suma considerable? Precisamente aquella tarde Len Cannon y sus camaradas estaban en tierra. ¿No pudieron espiar a Harry Gibson, seguirle a través de la espesura del bosque de Kerawara, atacarle, asesinarle y llevarse cuanto consigo llevaba?
Karl escuchaba a su hermano con ansiosa devoradora atención. Parecía que en su espíritu operábase una verdadera revelación. Jamás se le había ocurrido atribuir el asesinato más que a los indígenas… Y he aquí que Pieter le señalaba como posibles culpables a Len Cannon y los otros enrolados en Dunedin.
Después de unos momentos de pausa, dijo:
– Pero, aun admitiendo que los asesinos deban buscarse entre esos hombres, no cabe duda de que el capitán Gibson fue herido con un puñal malayo…
– Sí, Karl… y añado que fue con el nuestro…
– ¿Con el nuestro?
– Esto es indiscutible, con el nuestro, cuya virola se encontró en las proximidades del lugar del crimen…
– ¿Y cómo estaba este puñal en poder de los asesinos?…
– Porque fue robado, Karl.
– ¿Robado?
– Sí, en los restos de la Wilhelmina, mientras nosotros la registrábamos.
– Robado, y ¿por quién?
– Por uno de los marineros que conducían el bote y que saltó con nosotros a la toldilla del barco náufrago…
– ¿Y qué marineros fueron? ¿Te acuerdas tú de sus nombres?
– Muy vagamente… Éramos, en primer lugar, Nat Gibson, que quiso acompañarnos… En cuanto a los hombres designados por el capitán, no recuerdo quiénes eran…
– ¿Estaba entre ellos el contramaestre? —preguntó Karl Kip.
– No, hermano. Creo poder asegurar, que Flig Balt se quedó a bordo.
– ¿Y Len Cannon?
– Ése creo que sí… Me parece verle aún en la toldilla… En fin, él u otro pudo entrar en nuestro camarote y coger el kriss, que para nosotros pasó inadvertido, oculto tal vez en cualquier rincón… Luego, cuando estos miserables pensaron en el crimen, se sirvieron de esa arma para cometerlo, y después la colocaron en nuestra maleta.
– ¡Pero allí la hubiéramos encontrado, Pieter!
– ¡No, si la han colocado a última hora!
Se ve hasta qué punto Pieter Kip se aproximaba a la verdad. Solamente se equivocaba respecto a los verdaderos asesinos. Sus sospechas, que recaían sobre Len Cannon y compinches, no alcanzaban a Flig Balt y Vin Mod.
Lo que era seguro es que el contramaestre no había embarcado en el bote para dirigirse a los restos de la Wilhelmina; pero no era menos cierto que Vin Mod encontrábase allí, y, sin embargo, ni Karl ni Pieter se acordaban. Ya se sabe cómo el bandido había maniobrado con la suficiente destreza y astucia para no hacerse sospechoso.
Esta conversación hubiéranla ya tenido los dos hermanos mucho tiempo antes si hasta entonces no hubieran permanecido separados, primero en la cárcel de Hobart Town, luego en la penitenciaría de Puerto Arturo.
Verdad es que lo que para ellos era una certidumbre, puesto que nada tenían que ver con el crimen, para los demás no pasaría de presunción. ¿Cómo conseguirían demostrar de un modo evidente que el puñal fue recogido por un marinero del James Cook, y que éste se había servido del arma para matar al capitán Gibson?… Se convendría —y ellos así lo comprendían— que todas las apariencias estaban contra ellos… Las hipótesis de Pieter Kip eran lógicas, convenido; pero sólo admisibles para ellos, que estaban seguros de su inocencia… Y esto es lo que les desesperaba, sobre todo a Karl; desesperación que Pieter, mantenido por su fe inquebrantable en la justicia divina, a duras penas podía contrarrestar.
Entretanto, el capitán Skirtle continuaba sus gestiones, hasta que consiguió que lo autorizasen para admitir a los hermanos Kip en las oficinas de Puerto Arturo. Su situación cambió por completo. No pertenecían ya a las escuadras destinadas a los duros trabajos forzados. Estaban ocupados en la contabilidad, y hasta en la preparación de los trabajos en los diversos puntos de la península. A pesar de esto, al llegar la noche tenían que volver a los dormitorios comunes, sin poder sustraerse a la horrible promiscuidad del presidio.
Esta nueva situación produjo furiosas envidias. ¡Asesinos condenados a muerte, dos indultados de pena capital gozando de semejantes favores!… ¿Es que el servicio prestado por Karl Kip a la familia del capitán valía tanto? Arrojarse sobre un perro, corriendo solamente el riesgo de unos cuantos mordiscos, cualquiera lo hubiera hecho… Los hermanos Kip tuvieron, pues, que defenderse contra las bestias, y se necesitó todo el vigor de Karl para hacerles entrar en razón.
Sin embargo, en medio de este revoltillo de presidiarios, con los cuales vivían, dos condenados hicieron causa común con ellos, defendiéndoles de las violencias de sus compañeros.
Eran dos hombres de treinta y cinco a cuarenta años, dos irlandeses, llamados O'Brien y Macarthy. No sabían por qué crimen habían sido destinados a la penitenciaría. Manteníanse a cierta distancia, y, dotados de una fuerza excepcional, habían sabido imponer el respeto a sus personas. Notábase a primera vista que no eran dos vulgares delincuentes, y poseían una instrucción muy superior a la de sus compañeros de presidio. Indignados al ver a los hermanos Kip atacados por una veintena de forajidos, ayudáronles a defenderse contra tan odiosas brutalidades.
Era de esperar, a pesar del carácter sombrío y poco comunicativo de los irlandeses, que se establecería entre ellos y los Kip cierta intimidad cuando una nueva providencia administrativa cambió el curso de las cosas.
El capitán Skirtle tuvo conocimiento de la conducta observada por los presidiarios, de los más abyectos e intratables de la colonia. Supo que Karl y Pieter Kip habían sido objeto de ataques personales y que estaban expuestos a peores tratamientos cuando la noche los reunía en los mismos dormitorios que sus compañeros de presidio.
La señora Skirtle, por su parte, no había dejado de interesarse por los dos hermanos, intentando todo lo posible por hacer más llevadera su situación. Después de haber hablado de ellos en diversas ocasiones, cuando en Hobart Town visitaba la casa de Hawkins, sentía apoderarse de su espíritu la duda, y sin llegar hasta admitir la inocencia del crimen de Kerawara, las pruebas de su culpabilidad no la parecían absolutamente decisivas… Y luego, ¿cómo había de olvidar lo que debía al arrojo de Karl Kip?… Su gratitud la impulsaba, y tan constantes fueron sus gestiones, que el gobernador de Tasmania concluyó por autorizar que los dos hermanos ocupasen una celda particular.
Antes de instalarse en ella, quisieron despedirse de O'Brien y Macarthy y reiterarles las gracias por sus buenos oficios.
Los irlandeses recibieron con frialdad las manifestaciones de los Kip. Después de todo, no habían hecho más que su deber defendiendo a los dos hermanos. Y cuando éstos les tendieron la mano en el momento de separarse, aquéllos no la tomaron entre las suyas.
Solos ya en su celda, Karl Kip exclamó en un transporte de cólera:
– ¡No sé por qué delito están aquí esos dos hombres; pero seguramente no es por asesinato, porque han rechazado la mano de dos asesinos como nosotros!… ¡Nosotros…, nosotros asesinos!… ¡Y que no haya medio de demostrar que no lo somos!…
– Espera, mi pobre Karl —contestó Pieter—. ¡Ha de llegar el día de la justicia!
Era marzo de 1887, y había transcurrido un año desde que los dos hermanos ingresaron en el penal de Puerto Arturo. ¿Qué podían esperar después de haberse librado de los rigores del régimen penitenciario? Por mucha que fuese la confianza de Pieter Kip en el porvenir, ¿no era de temer que no se deshiciera nunca el error judicial de que eran víctimas?…
Y, sin embargo, no estaban tan abandonados como ellos creían. Sus amigos, al menos protectores, ocupábanse seriamente de su situación. Aunque Nat Gibson, lacerado por su dolor, rehusaba admitir nada favorable a los condenados, Hawkins continuaba sus diligencias relativas a este desgraciado asunto. Mantenía frecuente correspondencia con Zieger y Hamburg, apremiándoles para que hiciesen nuevas informaciones en Nueva Irlanda y Nueva Bretaña. Si no lograba comprobarse que los indígenas eran los autores del crimen, había que admitir la posibilidad de que fueran los obreros de las factorías o los marineros de los barcos que se encontraban fondeados en el puerto de Kerawara…
Siguiendo este orden de consideraciones, Hawkins llegó lógicamente al mismo razonamiento de los hermanos Kip: también pudieran estar los asesinos entre los tripulantes del James Cook. ¿No había motivos para sospechar de Len Cannon y de sus camaradas, y tal vez de otros?… A veces el nombre de Flig Balt cruzaba por su mente. Pero preciso es convenir en que no se trataba más que de hipótesis que no tenían apoyo alguno, ni en las declaraciones de los testigos, ni en las pruebas materiales.
A Hawkins se le ocurrió la idea de ir a Puerto Arturo. Sentía un deseo irresistible de volver a ver a sus protegidos, una especie de presentimiento instintivo que le empujaba hacia el establecimiento penitenciario.
Fácil es imaginarse la extremada sorpresa, la incalculable emoción que se apoderó de los hermanos Kip cuando en la mañana del 15 de marzo fueron llamados al despacho del capitán-comandante, encontrándose frente a frente del armador.
Éste no sintió menor impresión al ver bajo la vestimenta del presidiario a los náufragos de la Wilhelmina. En el primer impulso, Karl Kip quiso lanzarse hacia su protector… Su hermano le retuvo. Y como Hawkins —su reserva es bien comprensible— no dio ningún paso hacia ellos, permanecieron inmóviles y mudos, esperando que se les dirigiera la palabra.
Skirtle manteníase indiferente en apariencia. Quería dejar a Hawkins la libertad de dar a esta entrevista el carácter que creyese conveniente, y a la conversación el curso que quisiera.
– Señores… —dijo el armador.
Esta palabra fue como la elevación moral de estos desgraciados, que no eran más que dos números del presidio.
– Señores Kip, he venido a Puerto Arturo para poner a ustedes al corriente de cosas que les interesan y de las que yo me he ocupado.
Los dos hermanos creyeron que esta declaración se refería al proceso que los había conducido allí… Se engañaban. No era la prueba de su inocencia lo que les llevaba Hawkins, que continuó expresándose en estos términos:
– Se trata de la casa de comercio de Groninga. Me he puesto en correspondencia con diversos comerciantes de aquella ciudad, donde, debo decírselo, parece ser que la opinión pública siempre ha sido favorable a ustedes.
– ¡Somos inocentes! —exclamó Karl, que no pudo reprimir la protesta de su corazón.
– Pero —repuso Hawkins, que a duras penas conseguía guardar su reserva
– ustedes no están en situación de arreglar sus asuntos… Sus cosas se ponían cada vez peor… Importaba que la liquidación se hiciese lo más pronto posible, y yo he tomado eso por mi cuenta.
– Señor Hawkins —contestó Pieter Kip—, le damos a usted las gracias; es un favor más que añadir a tantos otros.
– Deseaba comunicar a ustedes —prosiguió el armador— que la liquidación se ha hecho en condiciones más ventajosas de lo que se esperaba… Las mercancías se han vendido a muy buen precio y el balance arroja un saldo a favor de ustedes.
En el pálido rostro de Pieter pintose la más viva satisfacción. En medio de los tormentos que le abrumaban en esta abominable existencia del presidio, había pensado muchas veces en sus negocios, en su casa de comercio en quiebra, en aquella nueva vergüenza que esperaba al apellido de su padre… Y he aquí que Hawkins acababa de decirle que la liquidación se había realizado con ventaja para sus intereses.
Karl Kip dijo entonces:
– Señor Hawkins, no sabemos cómo darle a usted pruebas de nuestro reconocimiento… Después de cuanto ha hecho usted en nuestro obsequio, después de la estimación que nos ha profesado, ¡de la que somos dignos, de la que somos dignos aún, lo juro!…, gracias a usted el honor de nuestra casa está a salvo… ¡Y habremos de estar sumidos para siempre en la infamia!… ¡No; somos inocentes del crimen que se nos imputa!… ¡Nosotros no somos los asesinos del capitán Gibson!…
Y como hicieron delante del tribunal, los dos hermanos se cogieron de la mano, poniendo al cielo por testigo.
Skirtle los observaba atentamente, y lleno de emoción sentíase penetrado por la dignidad de aquella actitud, por el acento de sinceridad impreso en su voz.
Y entonces Hawkins, abandonándose a sus sentimientos, incapaz de contener todo lo que tenía en el corazón, hizo su defensa con un ardor comunicativo.
¡No! ¡No creía en la culpabilidad de los hermanos Kip…! ¡No lo había creído nunca…! Por desgracia, las pesquisas practicadas en Port Praslin y Kerawara no habían resultado… inútilmente se había buscado la pista de los asesinos entre las tribus indígenas… Sin embargo, no desesperaba de vencer, de conseguir la revisión del proceso.
¡Revisión!… Era la primera vez que aquella palabra se pronunciaba delante de los dos condenados, que no esperaban oírla nunca… ¡La revisión que les haría comparecer ante nuevos jueces, que permitiría aportar pruebas nuevas…!
Pero a estos nuevos jueces, a las nuevas pruebas, era preciso que acompañara un nuevo hecho indiscutible que dejase presentir la posibilidad de un error judicial, para que un nuevo acusado pudiera sustituir a los que por él estaban purgando el delito… Sería preciso encontrar al verdadero autor del crimen para ponerle frente a los dos hermanos ante el jurado de Hobart Town…
Hawkins y ellos repasaron los principales puntos de la acusación. Sí; el capitán Gibson fue herido con el puñal encontrado en la habitación de los dos hermanos, y que realmente les pertenecía… No lo habían encontrado en los restos de la Wilhelmina, ni, por consiguiente, fueron ellos los que lo llevaron a bordo del James Cook. Si Jim lo vio en su camarote, es que alguien lo había puesto allí; y si en su maleta estaban los papeles y el oro del capitán, era porque otro los había depositado para comprometerles… Este otro no podía ser más que el que los había robado después de asesinar a Harry Gibson en el bosque de Kerawara… Sí; ésta era la verdad, aunque las pruebas estableciesen otra cosa.
Puestas así las cosas, las sospechas recaían irremisiblemente sobre los marineros del James Cook. Uno de ellos podía haberse apoderado del puñal en el camarote de la Wilhelmina… uno de los que tripulaban el bote…
– ¿No estaba Flig Balt entre ellos? —preguntó con viveza Karl.
– No —contestó Pieter—, no. Mi memoria no me engaña… Flig Balt no puso el pie en la toldilla del barco naufragado.
– Efectivamente; recuerdo que se quedó a bordo del bergantín —declaró el armador.
– ¿Quiénes eran, pues, los hombres que iban en el bote?
– Hobbes y Wickley —contestó Hawkins—; he tenido ocasión de interrogarles acerca de este punto, y están seguros de haber embarcado con Nat Gibson y ustedes…
– ¿No iba también Len Cannon?
– Me aseguraron que no.
– Había creído que sí.
– Pero —repuso Karl Kip— Hobbes y Wickley no pueden ser sospechosos.
– Seguramente que no —repuso Hawkins—. Son dos honrados marineros… Pero iba con ellos un tercero…
– ¿Quién, señor Hawkins?
– Vin Mod.
– ¡Vin Mod! —exclamó Karl Kip—. ¡Vin Mod… Ese hipócrita, ese canalla!…
– Mod —añadió Pieter—, a quien siempre he considerado como el espíritu malo de Flig Balt.
Ni el marinero ni el contramaestre se encontraban ya en Hobart Town, y hubiera sido muy difícil dar con aquel par de bribones extraviados en cualquier país lejano.