XVI
PROYECTOS PARA EL PORVENIR
La catástrofe, que tan cruelmente había herido a la familia Gibson, había de modificar los proyectos formados por Hawkins.
Deseoso de dar mayor amplitud a sus negocios, el armador había ido a Nueva Zelanda a fin de fundar el comptoir, que ya conocemos, con Balfour, uno de los negociantes mejor reputados de Wellington.
Nat Gibson, que le acompañó en este viaje, había de ser el asociado de Balfour. En breve estableceríanse relaciones comerciales con el archipiélago Bismarck muy especialmente.
Zieger, consultado durante la escala del James Cook en Tombara, se mostró solícito a entrar en relaciones con el nuevo comptoir, al que auguraba muy buenos negocios. Uno de los barcos de la casa Hawkins haría el cabotaje en gran escala entre Wellington y Port Praslin.
Recordará también el lector que fue en Wellington donde el pobre Harry Gibson recogió a su hijo y al armador para llevarlos a Hobart Town, después de tomar a bordo la carga que estaba preparada en Port Praslin y en Kerawara, de tan funesta memoria. Nat Gibson había de establecerse definitivamente en Wellington.
El capitán Gibson había muerto en las circunstancias que sabemos, y no era posible realizar los proyectos del armador en la forma que habían sido planeados. La viuda no hubiera podido hacerse a la idea de separarse de su hijo. Nat no consentiría en abandonar a su madre, sola en aquella casa, en la que se había producido un vacío que nada podía llenar. Toda la abnegada amistad de los Hawkins no hubiera bastado a la viuda de Gibson. Era necesario que su hijo permaneciese a su lado, que se entregase a sus cuidados, a sus ternuras. El armador fue el primero en comprenderlo. Se entendería con Balfour, buscándole un nuevo asociado, y Nat le ayudaría en el comptoir de Hobart Town.
– Nat —le dijo estrechándole contra su corazón—, siempre te he considerado como a un hijo, y ahora quiero que lo seas más que nunca… No, jamás podré olvidar a mi desgraciado amigo…
– ¡Mi padre, mi pobre padre!… —murmuró el joven—. ¡Y no conocer a los asesinos!…
En medio de su dolor, a través de sus sollozos, aparecía aquella sed de venganza que no había podido aplacar.
– ¿No llegaremos a saber quiénes son los miserables? —añadió Nat—. ¿Ha de continuar sin venganza el abominable asesinato?…
– Esperemos el próximo correo de Port Praslin —repuso el armador—. Tal vez la información de Hamburg y de Zieger haya dado algún resultado… Tal vez hayan recogido nuevos indicios… No, yo no puedo creer que este crimen quede impune…
– Si se descubren los asesinos —exclamó Nat—, yo iré allá… Sí, iré, y yo… No pudo concluir la frase porque la cólera impidiole pronunciar las últimas palabras.
Pero antes de que se juzgara este atentado, en caso de que así pudiera ser, había de desarrollarse otro proceso ante el Consejo marítimo, el de los sublevados del James Cook.
Karl Kip, en calidad de capitán del barco, había entregado a las autoridades una circunstanciada relación de hechos. Flig Balt, como jefe, Len Cannon, como cómplice, habían incurrido en penas muy graves, pues las leyes inglesas son muy duras en los casos de este género que interesan a la disciplina a bordo de los barcos mercantes.
Desde el día de su encarcelamiento, los detenidos no tenían relación alguna con sus compañeros. Sexton, Kyle y Bryce no figuraban en el proceso más que en calidad de testigos. La acusatoria del capitán no les encartaba como reos de aquella rebelión, tan rápidamente reprimida gracias a la energía de Karl Kip. Posible era que cuando el proceso se viese ante el Consejo marítimo no estuviesen ya en Hobart Town, si encontraban un barco en el que hacerse a la mar.
Por lo que respecta a Vin Mod, que había sido el alma de la sedición, este astuto personaje, que tan funesto influjo ejercía sobre el contramaestre, la cosa variaba. Seguramente no trataría de esquivar con la huida las consecuencias de sus manejos. La instrucción procuraría poner las cosas en claro; y quién sabe si Flig Balt, apremiado por las preguntas, viéndose perdido, no acabaría por confesarlo todo y delatar a su cómplice. Y, por otra parte, ¿no estaban ligados el uno al otro, como dos forzados, por la sangre vertida, la sangre del desgraciado Harry Gibson?…
Así es que, desconfiando de la debilidad del contramaestre, Vin Mod tenía un gran interés en sacarle del mal paso en que estaba metido, y acaso tuviera medios para ello. Muy inteligente, muy fértil en recursos, sabía que Flig Balt tenía absoluta confianza en él… ¿Quién sospecharía que ellos eran los autores del asesinato cometido en las lejanas regiones de Nueva Irlanda? Vin Mod podía esperar en Hobart Town con toda tranquilidad, y con el dinero robado al capitán había de sobra para no preocuparse por los medios de existencia.
Este canalla debía de haber combinado algún plan, de acuerdo con Flig Balt, plan que procuraría poner en ejecución, puesto que gozaba de libertad completa. Pero en la imposibilidad de comunicarse con el contramaestre, decíase, madurando su idea, estudiando su proyecto de memoria, para que no quedase suelto ningún cabo:
«¿Me habrá comprendido bien?… La cosa es bien sencilla… Así se explicaría, y hasta se justificaría la sublevación… ¡Ah! ¡Si yo me encontrase en su lugar!… Verdad es que, en ese caso, estaría preso y no podría maniobrar… Desgraciadamente, ése es un hombre que no comprende media palabra… Es preciso recalcarle las cosas para metérselas en la cabeza… Veamos: ¿no habría modo de llegar hasta él, yo u otro, Kyle o Sexton, y decirle: “Todo está arreglado”? Será preciso hacerlo la víspera del Consejo, no sea que los hermanos lo descubran antes de tiempo… En fin, ya lo pensaré… Lo que importa es salir del atranco y vengarse de ese maldito capitán de ocasión… ¡Ganas tengo de verle junto a su hermanito balancearse con una cuerda al cuello y los pies en el aire!…»
En tanto que Vin Mod razonaba así, su cara palidecía, los ojos se le inyectaban de sangre; toda su fisonomía delataba un odio implacable.
No hay para qué decir que el miserable tramaba alguna sombría maquinación contra los hermanos Kip. Así es que, desde la llegada del bergantín, Vin Mod no se preocupó más que de lo que hacían los hermanos Kip. Si se hubiesen apresurado a dejar Hobart Town para regresar a Europa, ya sabía a qué atenerse. Pero, no siendo una casualidad, no se encuentran tan fácilmente estas ocasiones.
Además, Vin Mod no ignoraba que Karl Kip buscaba una plaza de segundo y que el armador le prestaba su concurso para procurársela. Era una causa más de retraso, y, seguramente, los hermanos Kip estarían en Hobart Town el día que se celebrara el Consejo marítimo para juzgar a los sublevados del James Cook, lo que favorecía las maquinaciones de Vin Mod.
Y, además, ¿es que podría prescindirse de la presencia de Karl Kip en los debates del proceso?… En rigor, podría faltar su hermano, puesto que ya figuraban como testigos el armador, Nat Gibson y los marineros del bergantín. Pero la declaración del capitán debía ser la más importante, y no podría excusarse de comparecer ante el Consejo, en calidad de testigo principal.
Además de esto, Vin Mod se proponía no perder de vista a los dos hermanos durante su estancia en Hobart Town. En cuanto estuvo seguro de que ambos se habían alojado en la posada del Great Oíd Man, después de desfigurarse con una barba postiza, se presentó en el establecimiento, alquiló una habitación, pagando una quincena adelantada, inscribiéndose bajo el falso nombre de Ned Pat. Su verdadero nombre figuraba en el alojamiento que, en unión de Sexton, Kyle y Bryce, había tomado en otro barrio del puerto. Salía temprano, regresaba tarde, y no tomaba allí nunca nada de comer. Todo esto tendía a que Karl y Pieter Kip no pudieran darse cuenta de sus maniobras. Se dio tan buena maña, que nunca se encontró con los dos hermanos, que seguramente no le hubiesen reconocido.
Vin Mod tuvo buen cuidado de escoger una habitación próxima a la que ellos ocupaban, y las persianas de la cual daban a un balcón común, lo que facilitaba extraordinariamente introducirse en el cuarto de los vecinos, operación necesaria para el éxito de sus proyectos.
Vin Mod podía hasta oír la conversación de Karl y Pieter Kip, cuando por la noche se deslizaba por el balcón y miraba a través de las persianas, entreabiertas generalmente por el excesivo calor. Los hermanos Kip, que estaban muy lejos de sospechar que les espiaban, no hablaban más que de sus asuntos personales, en modo alguno comprometedores, y no tenían para qué tomar la precaución de hacerlo en voz baja.
En la noche del 13 Vin Mod se puso al acecho. La oscuridad era profunda, la habitación estaba iluminada por la débil luz de una lámpara de petróleo, y el marinero podía, no solamente escuchar, sino ver todo lo que pasaba en el interior.
La habitación estaba amueblada muy modestamente: dos camas de hierro, arrimadas a la pared, un armario, una mesa en medio, un palanganero, tres sillas de madera curvada; en la chimenea estaban aún las cenizas del último fuego encendido.
Sobre un taburete descansaba la maleta recogida en los restos de la Wilhelmina. Contenía todo el ajuar de los dos hermanos: lo que se habían procurado en Hobart Town de ropa y efectos comprados con dinero de la caja de Hawkins. Algunas prendas de vestir, adquiridas en las mismas condiciones, estaban en un portamantas colgado a la derecha de la puerta de entrada que daba a un pasillo común con varias habitaciones, entre ellas la ocupada por Vin Mod.
Pieter Kip, sentado junto a la mesa, repasaba los diferentes papeles relativos al comptoir de Amboine cuando su hermano entró, exclamando con alegría:
– ¡Ya lo he conseguido, Pieter… ya lo he conseguido! Nuestro regreso es ahora seguro.
Pieter Kip comprendió que aquellas palabras se referían a las gestiones que su hermano venía haciendo con el fin de conseguir el cargo de segundo, en uno de los barcos holandeses que se preparaban a salir de Hobart Town con rumbo a Europa.
Pieter cogió la mano de Karl, la estrechó afectuosamente, y dijo:
– ¿De modo que la casa Arnemniden te acepta para segundo del Skydnam?…
– Sí, Pieter, gracias a la eficaz recomendación del señor Hawkins.
– El excelente hombre, a quien tanto debemos ya, y con quien podemos contar siempre, mi querido Karl… Si te debe algún agradecimiento por haber salvado el James Cook, ¿qué no le adeudamos nosotros por todo lo que ha hecho en nuestro favor?… Ya ves cómo nos ha recibido su familia, y también la de Gibson, a pesar de la terrible desgracia que han sufrido.
– ¡Pobre capitán! —exclamó Karl Kip—. ¡Quién había de decirme que le había de reemplazar en tan tristes circunstancias! El señor Hawkins está inconsolable por la muerte de su desgraciado amigo… ¡Ah! ¡Si pudieran ser descubiertos y castigados los miserables asesinos!
– Lo serán… Lo serán —contestó Pieter.
Y a esta declaración, que le pareció demasiado afirmativa, Vin Mod, que observaba desde la sombra, se encogió de hombros, diciendo para su capote:
«Si… serán castigados… y antes de lo que tú te figuras, Karl Kip »
Pieter preguntó a su hermano:
– ¿Te han presentado al capitán del Skydnam?
– Esta noche misma, Pieter, y he sacado de él la mejor impresión. Es un holandés de Ámsterdam, y me parece que nos entenderemos muy bien. Está al corriente de lo ocurrido a bordo del james Cook, sabe cómo me conduje al tomar el mando del bergantín, después de la destitución de Flig Balt.
– Ese contramaestre necesita un castigo ejemplar. ¡Después de estar a punto de perder el barco por su impericia, cometer la felonía de capitanear una sublevación!…
– El Consejo marítimo no será blando con él, puedes estar seguro.
– Me he preguntado muchas veces, Karl, si has hecho bien dejando en libertad a los camaradas de esos bribones. Ya sabes que los cuatro enrolados en Dunedin son de la misma calaña, y que el capitán Gibson no tenía ninguna confianza en ellos…
– Es verdad, Pieter.
– Y te añado que siempre he sentido desconfianza hacia ese Vin Mod, que me parece maestro en maulerías. Su actitud me ha parecido siempre muy sospechosa. Aunque no resulte comprometido en apariencia, mi opinión es que se las entendía con Flig Balt. Si la sublevación hubiera resultado, estoy seguro de que él hubiera sido el segundo del nuevo capitán.
– Es posible —contestó Karl—. En este asunto no se ha dicho la última palabra, y es posible que los debates nos reserven alguna sorpresa… Como los marineros del James Cook han de comparecer como testigos, ¿quién sabe lo que nos revelará su testimonio? Se interrogará a Vin Mod, se le apremiará… Si estaba en connivencia con el contramaestre, tal vez salga a relucir ante el Consejo… Y luego han de hablar Hobbes, Wickley y Burnes, honrados marineros, que tal vez resulten testigos de cargo contra Vin Mod.
«¡Eso ya lo veremos! —murmuró Vin Mod, que no perdía una palabra de esta conversación—; ¡y las cosas tornarán un giro que vosotros no sospecháis, holandeses del demonio!»
En aquel momento Karl Kip se aproximó al balcón, y Vin Mod tuvo que retirarse precipitadamente para no ser sorprendido. Las persianas no se abrieron, y el bandido volvió a ocupar su puesto de observación. La conversación le interesaba mucho, y quería escucharla hasta el final, para sacar de ella todo el partido posible.
Los dos hermanos habíanse sentado el uno frente al otro, y en tanto que Pieter recogía los papeles que estaba examinando, su hermano decía:
– Ya estoy admitido como segundo del Skydnam, y no ha sido poca fortuna conseguirlo… Pero acaso sea mayor nuestra suerte…
– ¿Es, hermano, que han cesado ya los males que nos agobian? —dijo Pieter—. ¿Habrán terminado ya nuestros pesares?…
– Tal vez, amigo mío, nos depare el porvenir alguna compensadora satisfacción. Sé que el capitán Fork, que manda el Skydnam, hace su último viaje. Es un hombre de edad, que ha hecho ya su posición, y debe retirarse a su regreso a Holanda. Si durante la travesía cumplo a satisfacción de la casa Arnemniden, no sería extraño que reemplazase a Fork en las funciones de capitán cuando el Skydnam vuelva a la mar. Esto colmaría mis esperanzas…
– Y lo que sería tan satisfactorio para ti, redundaría seguramente en ventaja de nuestros negocios…
– Así lo espero —afirmó Karl—. No tengo perdida la esperanza. ¿Por qué no han de arreglarse las cosas mejor todavía de lo que nosotros deseamos?… Tenemos muy buenos amigos en Groninga, y nuestro padre ha dejado una reputación de probidad.
– Y además —repuso Pieter—, que nos hemos creado aquí algunas relaciones, y no ha de faltarnos nunca el apoyo del señor Hawkins. Quién sabe si, gracias a él, estableceremos relaciones comerciales con Hobart Town; con Wellington, por conducto del señor Zieger, y con el archipiélago Bismarck, mediando el señor Hamburg.
– ¡Ah, querido hermano, cómo te remontas hacia el porvenir!
– Si…, Karl, cuento con evitar la catástrofe que amenaza a nuestros intereses… No me hago ilusiones… Es que hay un encadenamiento de felices casualidades, de las que debemos sacar partido. Empecemos por tu cargo de segundo del Skydnam. Luego, cuando estemos en Holanda, trabajaré con ardor…; tendremos crédito, y la casa de Kip, de Groninga, estará más floreciente que nunca.
– Dios te oiga, Pieter.
– Me oirá, porque siempre tengo puesta la esperanza en Él.
Luego, pasado un instante de silencio, preguntó Pieter:
– Dime, ¿el Skydnam sale pronto del puerto?
– Creo que lo zarpará hacia el día 25 de este mes.
– Una docena de días.
– Si, Pieter; según lo que yo mismo he podido comprobar, su cargamento estará terminado para ese día.
– ¿Cuánto durará la travesía?
– Con buen tiempo, el Skydnam no empleará más de seis semanas de Hobart Town a Hamburgo.
Efectivamente, ese tiempo debía bastar a un vapor de buena marcha que siguiera la ruta del oeste por el océano Índico, el mar Rojo, el canal de Suez, el Mediterráneo y el Atlántico. No tendría necesidad de dar vista al cabo de Buena Esperanza ni de doblar el de Hornos, después de atravesar el océano Pacífico.
Pieter Kip preguntó a su hermano si iba a tornar posesión enseguida de su nuevo cargo.
– Desde mañana mismo —contestó Karl—; ya estoy citado con el capitán Fork, que me presentará a la tripulación.
– ¿Tienes intención de instalarte desde luego a bordo?
Esta pregunta interesaba muy especialmente a Vin Mod. ¿No fracasarían sus proyectos si los dos hermanos dejaban aquel alojamiento?
– No —contestó el mayor de los Kip—; las reparaciones durarán todavía una decena de días. No embarcaré hasta el 23, y en esa fecha ya podrás venir tú también a tomar posesión de tu camarote… He escogido para ti uno de los mejores, próximo al mío.
– Lo haré con mucho gusto, hermano; pues te confieso que tengo ganas de dejar esta posada.
Y añadió riendo:
– No es muy digna del oficial que es segundo del Skydnam.
– Y menos aún —contestó Karl en el mismo tono— del jefe de la casa Kip Hermanos, de Groninga.
En aquel momento sentíanse dichosos aquellos dos hombres de tan hermoso corazón. Volvía a su ánimo la confianza, pensando que el primer indicio de las dichas que le deparaba el porvenir era la buena suerte de encontrar la deseada plaza de segundo. Así es que aquella noche sería la primera, después de mucho tiempo, que su sueño no sería interrumpido por las preocupaciones del porvenir.
Acababan de dar las diez, y los hermanos se dispusieron a acostarse.
Su conversación había tocado a su fin, y Vin Mod iba ya a dejar su observatorio cuando una última pregunta de Pieter Kip le retuvo inmóvil.
– ¿Dices, Karl, que la partida del Skydnam se efectuará el 25?
– Sí, todo estará dispuesto para esa fecha, día más día menos.
– ¿Y cuándo se reunirá el Consejo que ha de juzgar a Flig Balt?
– Está señalado para el 21, y nosotros compareceremos como testigos, en unión del señor Hawkins, Nat Gibson y los hombres de la tripulación.
– Perfectamente, y ojalá se arregle todo bien, porque tu presencia en el Consejo es absolutamente indispensable.
– Claro que sí, y creo que mi testimonio hará que el Consejo no tenga benevolencia alguna con ese bandido, que impulsó a sus hombres a la sublevación.
– ¡Oh! Las leyes inglesas no tienen consideración alguna en casos semejantes… Es preciso garantizar la seguridad de la navegación del comercio, y mucho me sorprendería que Flig Balt no sacase una decena de años de presidio en la penitenciaría de Puerto Arturo.
Vin Mod, con los dientes apretados de rabia, murmuró para sí:
«No serán sólo esos diez años de presidio que esperan ustedes, señores; y en vez de ir a Puerto Arturo, Flig Balt tendrá el gusto de veros patalear en la horca más alta de Hobart Town».
Pieter Kip hizo una última pregunta a su hermano:
– ¿Sabe el señor Hawkins que has sido nombrado segundo del Skydnam?
– Quise darle esta buena noticia, pero era ya tarde; y cuando llegué al comptoir, había ya salido.
– Iremos mañana, si te parece.
– Si, a primera hora.
– Y ahora, buenas noches y a dormir.
– Buenas noches.
Un instante después, la habitación se había sumido en la oscuridad, y Vin Mod no tenía ya nada que hacer allí.
En cuanto volvió a su cuarto, antes de dejar, siguiendo su costumbre, la posada del Great Old Man, para volver a su verdadero alojamiento de los Fresh-Fishs, cerró cuidadosamente el armario donde guardaba sus papeles y otros diversos objetos, entre ellos el puñal que cogió en los restos de la Wilhelmina. Luego salió tomando el camino del puerto.
En el trayecto iba pensando:
«Hasta el 23 no piensan instalarse a bordo del Skydnam…, bien. El 21 es cuando Flig Balt ha de comparecer ante el Consejo…, bien… No embrollemos las fechas… En la noche del 20 es cuando tiene que quedar todo hecho…; pero es necesario prevenir a Flig Balt… Y ¿cómo conseguirlo?…»