I
LA TABERNA DE LAS TRES URRACAS
En aquella época, 1885, cuarenta y seis años después de haber sido ocupada por Gran Bretaña, que hizo de ella una dependencia de Nueva Gales del sur, a los treinta y dos años de haber conquistado su autonomía, Nueva Zelanda se sentía devorada aún por la fiebre endémica del oro. Los desórdenes que engendró aquella fiebre no fueron tan destructores como en ciertas provincias del continente australiano. Sin embargo, hubo que lamentar algunas turbulencias que conmovieron el espíritu de la población de ambas islas. La provincia de Otago, que comprende la parte meridional de Tawaï-Pounamou, fue invadida por los buscadores de oro. Los yacimientos de Dutha atrajeron un gran número de aventureros. Para dar cuenta del febril movimiento minero de Nueva Zelanda, bastará decir que las extracciones auríferas desde 1814 a 1889 produjeron un rendimiento de 1200 millones de dólares.
No solamente los australianos y los chinos caían sobre los ricos territorios como bandadas de aves de rapiña; también los americanos y los europeos abundaban. ¿Se extrañará alguien de que las tripulaciones de los barcos mercantes que hacían sus escalas en Auckland, Wellington, Christchurch, Napier, Invercargill y Dunedin no pudieran sustraerse a esta atracción desde su llegada al puerto?…
En vano los capitanes trataban de retener a sus marineros; en vano las autoridades marítimas les prestaban su concurso. Las deserciones eran inevitables, y las radas se atestaban de barcos que, faltos de hombres, no podían hacerse a la mar.
Entre éstos encontrábase en Dunedin el bergantín inglés James Cook.
De los siete marineros que constituían la tripulación, tres solamente quedaban a bordo; los otros cuatro habían tomado las de Villadiego, decididos a no dejarse atrapar. A las doce horas de su desaparición encontrábanse ya lejos del puerto, tierra adentro, en dirección de los yacimientos de oro de la provincia. Con quince días de forzosa escala, sus mercancías a bordo, todo dispuesto para continuar el viaje, el capitán no había conseguido reemplazar a los ausentes. Ni el incentivo de mayor salario, ni la perspectiva de un viaje de algunos meses solamente, habían sido eficaces para reclutar a los cuatro sustitutos, y todavía abrigaba el temor de que a los restantes de abordo les diese la tentación de reunirse con sus camaradas. Así pues, mientras él buscaba por un lado, el contramaestre del James Cook, Flig Balt, escudriñaba por su parte en las tabernas, en los figones y por donde quiera que pudiera encontrarse un hombre de mar.
Dunedin está situado en la costa sudeste de la isla del sur, que el estrecho de Cook separa de la del Norte —en lengua indígena Tawaï-Pounamou e Ikana-Maoui, que constituyen Nueva Zelanda. En el lugar que la ciudad ocupa actualmente, Dumont d'Urville no encontró en 1839 más que unas cuantas chozas, en vez de los palacios, los hoteles, las plazas, los frondosos squares, las anchurosas calles surcadas de tranvías, las estaciones, los puentes, los mercados, las iglesias, los colegios, los hospitales…, todos los elementos de la vida urbana que el viajero puede ahora contemplar en aquellos barrios activos, en los faubourgs que crecen sin cesar. Dunedin es una ciudad industriosa y comercial, rica y lujosa, de la que parten los ferrocarriles en todas direcciones. Tiene cerca de 50.000 habitantes, población menos numerosa que la de Auckland, capital de la isla del Norte, pero mayor que la de Wellington, residencia del gobierno de la colonia.
Al pie de la ciudad, dispuesta en anfiteatro sobre una colina, se desarrolla el puerto, al cual tienen acceso todos los barcos, por grande que sea su tonelaje, desde que se abrió el canal que parte de Port Chalmers.
Entre las tabernas que abundan en los barrios bajos, una de las más ruidosas, de las más acreditadas entre la gente del bronce, era la de Adam Fry, el dueño de Las Tres Urracas. Este hombre corpulento, de tez rojiza, tenía el mismo grado de bondad que las bebidas despachadas en su tugurio, y podía codearse con sus asiduos parroquianos, todos tramposos y borrachos.
Aquella tarde dos consumidores estaban sentados en un rincón del establecimiento, ante dos vasos y una botella de ginebra, de la que habían de apurar hasta la última gota antes de salir de la taberna. Eran de la tripulación del James Cook: el contramaestre Flig Balt, en compañía de un marinero llamado Vin Mod.
– Tú siempre tienes sed, ¿verdad, Mod?… —dijo Flig Balt, volviendo a llenar el cubilete de estaño de su compañero.
– Siempre entre comida y comida, señor Balt —contestó el marinero—. ¡La ginebra después del whisky, el whisky después de la ginebra!… Lo cual no me impide hablar, escuchar y observar… No por eso los ojos dejan de ver claro, las orejas de oír perfectamente, y, como usted ve, no se me traba la lengua.
Bien puede asegurarse que todos los órganos citados por Vin Mod funcionaban con una perfección maravillosa, entre el ensordecedor runrún de la taberna.
Era un individuo de escasa estatura, treinta y cinco años, delgado, flexible, musculoso, cara de garduña, nariz pellizcada, ojos vivos, en los que parecía brillar una llama alcohólica, hocico puntiagudo, dientes de rata, fisonomía astuta, inteligente; he aquí la silueta de nuestro hombre. Dispuesto siempre a cualquier fechoría, como su compañero, que le conocía a fondo, los dos se complementaban y podían contar el uno con el otro.
– Es preciso terminar —dijo Flig Balt con voz ronca y dejando caer el puño sobre la mesa.
– Pues no hay más que escoger en el montón —replicó Vin Mod.
Y mostraba los grupos que en torno de las mesas bebían, cantaban, blasfemaban a través de los vapores del alcohol y del tabaco, que llenaban la sala de una atmósfera espesísima. Bastaba respirar para emborracharse.
Flig Balt, de treinta y ocho a cuarenta años, era de mediana estatura, ancho de espaldas, la cabeza grande, la musculatura vigorosa. Su cara no podría olvidarla nadie que la hubiese visto una vez: una gran verruga en la mejilla izquierda, ojos de extraordinaria dureza en la mirada, cejas espesas y rizadas, barba rojiza a la americana, sin bigote; la verdadera fisonomía de un hombre rencoroso, envidioso, vengativo. Su primer viaje en el James Cook lo había hecho algunos meses antes como contramaestre. Originario de Queenstown, un puerto del Reino Unido, sus papeles le declaraban irlandés de nacimiento. Pero después de navegar por todos los mares desde hacía una veintena de años, no se le conocían padres ni familia. ¡Y cuántos marinos no tienen más parientes que sus compañeros de a bordo ni otro país que el barco donde navegan! Parece que su nacionalidad cambia con la del navío en que sirven. Por lo que a su servicio respecta, Flig Balt lo cumplía severamente, con rigurosa puntualidad, y, aunque no era más que contramaestre, desempeñaba las funciones de segundo de a bordo. El capitán Gibson se confiaba a él en todas las cuestiones de detalle, reservándose la dirección del bergantín.
En realidad, Flig Balt no era más que un miserable en acecho de cualquier fechoría, empujado por el canalla de Vin Mod, de quien sufría la funesta influencia y la incontestable superioridad. ¿Estaría próxima la ocasión propicia para realizar sus criminales proyectos?…
– Le repito a usted —le dijo el marinero— que en la taberna de Las Tres Urracas no hay más que coger a ojos cerrados… Aquí encontraremos los hombres que necesitamos, dispuestos a todo.
– Pero convendrá saber su procedencia —observó Flig Balt.
– Es inútil; lo importante es que vayan adonde nosotros queramos… ¡Desde el momento que se les reclute entre la clientela de Adam Fry, no hay más que fiarse de ellos!
La reputación de este tugurio de la más baja estofa estaba fuera de toda discusión. La policía podía hacer allí sus redadas sin el riesgo de atrapar ningún hombre honrado que no hubiese tenido que habérselas con la justicia. Aunque el capitán Gibson se veía obligado a completar de cualquier manera su tripulación, seguramente que por nada del mundo hubiera ido a buscarla a aquel antro. Flig Balt se hubiera guardado bien de decirle hacia qué lado dirigía sus pesquisas.
La única sala, amueblada con mesas, bancos y taburetes, con un mostrador en el fondo, detrás del cual estaba el tabernero rodeado de frascos y botellas, recibía la luz por dos ventanas guarnecidas de barrotes de hierro, que daban a una calle estrecha próxima al muelle. Se entraba por una puerta de fuerte cerradura y gruesos cerrojos, encima de la cual pendía la muestra, digna del establecimiento: tres urracas dándose picotazos.
En el mes de octubre anochece a las ocho y media en aquellas latitudes. Unas cuantas lámparas de metal, provistas de petróleo, de infectas emanaciones, estaban colgadas encima del mostrador y de las mesas. Las que, faltas de combustible o con la mecha consumida, chisporroteaban a punto de apagarse, se las dejaba en tal estado. Esta vaga claridad bastaba. Cuando no se trata más que de beber, no es necesaria mucha luz. Los vasos encuentran fácilmente el camino de los labios.
Una veintena de marineros ocupaban los bancos y los asientos; gentes de todos los países: americanos, ingleses, irlandeses, holandeses, desertores la mayor parte; los unos prestos a partir en busca del oro anhelado, los otros ya de vuelta y gastando sin orden ni medida sus últimas pepitas. Peroraban, cantaban, producían tan confusa y atronadora algarabía, que un disparo de revólver no se hubiese oído en medio de aquel tumultuoso e infernal estrépito. La mitad de aquella gente estaba ebria, con esa embriaguez estúpida de los alcohólicos recalcitrantes, cuyas gargantas absorbían maquinalmente el veneno de las diferentes bebidas sin sentir sus acres quemaduras. Algunos se levantaban, vacilaban y volvían a caer pesadamente. Adam Fry, con la ayuda de un mozo, vigoroso indígena, los cogía, tiraba de ellos y los arrojaba en un rincón. La puerta de la calle rechinaba sobre sus goznes. Era alguien que salía, pegándose a las paredes, o algún nuevo cliente que entraba e iba a ocupar un lugar desocupado. Los camaradas se reconocían e intercambiaba frases groseras con apretones de manos capaces de triturar los huesos. A veces oíanse también palabras malsonantes, chanzonetas inmundas, injurias, provocaciones, que iban de una a otra mesa. Casi nunca terminaba la velada sin que surgiera alguna cuestión que degeneraba en batalla campal. Pero esto no cogía de sorpresa ni al tabernero ni a los asiduos concurrentes a Las Tres Urracas.
Flig Balt y Vin Mod no cesaban de observar curiosamente todo este extraño mundo antes de decidirse a tomar su partido.
– En resumidas cuentas, ¿de qué se trata? —dijo el marinero, avanzando el codo sobre la mesa para aproximarse más al contramaestre—. Se trata de reemplazar por cuatro hombres los cuatro que nos han abandonado… Y en verdad que la cosa no es para sentirla…; ¡ninguno de ellos nos hubiese seguido!… Se lo repito a usted; aquí encontraremos lo que nos hace falta… Y que me cuelguen si existe uno siquiera entre todos estos bigardos a quien repugne apoderarse de un buen navío, pues a eso estamos; ¿no es así, patrón?
– Desde luego —respondió Flig Balt.
– Entonces, echemos nuestras cuentas —repuso Vin Mod—. Cuatro de estos valientes, el cocinero Koa, usted y yo contra el capitán, los otros tres y el grumete. ¡Me parece que tenemos ganada la partida!… Una mañana se entra en el camarote del capitán Gibson…, ¡allí no hay nadie!… Se llama a la tripulación…, ¡faltan tres hombres!… Algún golpe de mar se los ha llevado durante su cuarto nocturno… Esto ocurre aun en tiempo de calma… Y después, el James Cook no vuelve a aparecer. Se lo tragó el Pacífico… tal día hará un año…, y bajo otro nombre cualquiera…, un bonito nombre…, el Pretty Girl, por ejemplo, va de isla en isla ejerciendo su honrado tráfico; capitán, Flig Balt; segundo, Vin Mod… Completa su tripulación con dos o tres sólidos marineros, que no han de faltar en los puertos del este o del oeste, y cada uno hace su fortunita, en vez de una mísera soldada, que generalmente está ya bebida antes de cobrada…
Aunque el ruido impedía a intervalos que las palabras de Vin Mod llegasen al oído de Flig Balt, poco importaba; no tenía necesidad de oírle. Todo lo que expresaba su compañero se lo decía a sí mismo. Había tornado resueltamente su partido, y sólo se preocupaba de asegurar la ejecución. Así es que sólo opuso la siguiente observación:
– Los cuatro nuevos, tú y yo, seis contra cinco, incluido el grumete…, ¡sea! Pero olvidas que en Wellington tenemos que recoger a bordo al armador Hawkins y al hijo del capitán.
– Efectivamente…, si fuésemos desde Dunedin a Wellington… ¡pero si no fuésemos!…
– Es cuestión de cuarenta y ocho horas con viento favorable —repuso Balt
– , y no es seguro que tengamos ocasión de dar el golpe en tan corta travesía…
– ¡Qué importa!…, —exclamó Vin Mod—. No se preocupe usted porque estén a bordo el armador y el hijo del capitán… Lo esencial es reclutar camaradas a quienes les importe la vida de un hombre menos que una pipa vieja…, valientes a los que no espante la idea de que puedan apretarles el tragadero…, y aquí es donde hemos de encontrarlos…
– Encontrémosles, pues —respondió el contramaestre.
Los dos volvieron a su tarea de examinar muy atentamente los rostros de los parroquianos de Adam Fry, algunos de los cuales les miraban ya con cierta insistencia.
– Patrón —dijo de pronto Vin Mod—, mire usted a aquel mozo con trazas de boxeador y cabeza enorme… juraría que ha hecho méritos para que le cuelguen lo menos diez veces.
– Sí —contestó Balt—, es un buen tipo.
– Y el otro de más allá…, aquel que no tiene más que un ojo… Ya se puede apostar a que no perdió el que le falta defendiendo nada razonable…
– Si aceptase, sería una buena adquisición, Vin.
– Aceptará.
– Sin embargo —observó Flig Balt— no podernos asegurarlo tan pronto.
– Ya veremos… Mire usted ese otro que entra. Por la manera de cerrar la puerta cualquiera diría que siente a los policemen pisándole los talones…
– Vamos a ofrecerle un vaso —dijo el contramaestre Balt.
– Y me apostaría la cabeza contra una botella de ginebra a que no lo rechaza… Pues aquel de allá abajo, aquella especie de oso, me parece que ha debido de navegar mucho más tiempo en el fondo de la cala que sobre cubierta, y que ha tenido con más frecuencia los pies trabados que las manos libres…
El hecho es que los cuatro individuos designados por Vin Mod tenían tan mala catadura, que era cosa de preguntarse, dado el caso de que aceptaran el enganche, si el capitán Gibson consentiría en admitir en su barco a tan siniestros marineros… Inútil era pensar en exigirles sus papeles; no los podrían presentar por razones bien poderosas.
Faltaba saber si aquellos hombres estaban dispuestos a aceptar un compromiso; si no acababan, precisamente, de desertar de su barco; si no se preparaban a cambiar la blusa del marinero por la chaqueta del buscador de oro. Después de todo, ellos no habían de ofrecerse, ni se sabría si aceptaban el embarque en el James Cook; más que después de haber charlado un rato y consumido unos cuantos vasos de ginebra o de whisky.
– Eh, amigo…, un vaso —dijo Vin Mod, atrayendo al recién llegado hacia la mesa.
– Y dos si usted quiere —contestó el marinero, chasqueando la lengua.
– Tres, cuatro…, la media docena…, y hasta la docena, si tan seca tienes la garganta.
Len Cannon —era su nombre, o el nombre que él se daba— se sentó sin cumplimientos, y con aires de probar que llegaría fácilmente hasta la docena. Luego, comprendiendo que no se le obsequiaba por sus lindos ojos ni por su bella figura:
– ¿Qué ocurre? —preguntó con voz enronquecida por el abuso del alcohol.
Vin Mod explicó la cosa: el bergantín James Cook dispuesto a zarpar…, buena paga…, una navegación de algunos meses…, simple cabotaje de isla a isla…, buena comida…, bebida abundante y de buena calidad…, un capitán que lo confía todo a su contramaestre Flig Balt, aquí presente, en lo que concierne al bienestar de sus hombres…, puerto de matrícula Hobart Town; en fin, todo lo que puede seducir a un marinero que desea divertirse durante las escalas, y nada de papeles que enseñar al comisario de marina… Se haría a la mar al amanecer del día siguiente, si la tripulación estuviese completa. Y si el hombre tenía algunos amigos dispuestos a embarcar, bastaba que los designase, si se encontraban en la taberna, y todos serían de la partida.
Len Cannon miró a Flig Balt y su compañero frunciendo el entrecejo. ¿Qué significaba a punto fijo aquella proposición?… ¿Qué había detrás de aquello? … En fin, por ventajosa que pareciera, Len Cannon no contestó más que una palabra:
– ¡No!
– ¡Haces mal!… —le dijo Vin Mod.
– Es posible, pero no puedo embarcarme.
– ¿Por qué?
– Porque me voy a casar.
Vin Mod le dio un golpe amistoso en la espalda, al mismo tiempo que le espetaba una grosería, que no se puede reproducir.
Len Cannon se echó a reír, y vació su vaso de un solo trago. A pesar de las instancias del contramaestre, mantuvo su negativa, y se levantó para reunirse a un grupo de alborotadores, entre los que se cambiaban violentas provocaciones.
– ¡Vamos a otro! —dijo Vin Mod, que no era hombre que se descorazonase al primer fracaso.
Esta vez, dejando al contramaestre, fue a instalarse cerca de un marinero; sentado en un rincón de la sala, de tan mal aspecto como Cannon, pero menos comunicativo: sin duda no le gustaba hablar más que con su botella, interminable conversación que parecía satisfacerle por completo.
Vin Mod entró inmediatamente en materia.
– ¿Se puede saber tu nombre?…
– ¿Mi nombre? —dijo el marinero después de unos segundos de vacilación.
– Sí…
– ¿Y cuál es el tuyo?
– Vin Mod.
– ¿Y es?
– El de un marinero del bergantín James Cook, de escala en Dunedin.
– ¿Y por qué Vin Mod quiere saber mi nombre?
– Por si acaso hubiera que inscribirlo en nuestro rol.
– Mi nombre es Kyle…, pero lo guardo para mejor ocasión…
– Si se encuentra, amigo.
– Se encuentra siempre.
Y Kyle volvió la espalda a Vin Mod, que ante esta segunda negativa perdió mucha de su confianza. Aquella taberna de Adam Fry era como una Bolsa, en la que la demanda era mucho mayor que la oferta; de aquí que fuese difícil el éxito.
Efectivamente, ante otros dos dientes, en larga disputa para poner de acuerdo la última botella con su último chelín, el resultado fue idéntico. Sexton, un irlandés, y Bryce, un americano, irían a pie hasta América o Irlanda antes que embarcarse aunque fuese en el yate de Su Graciosa Majestad o en el mejor acorazado de los Estados Unidos.
Otras nuevas tentativas, apoyadas por Adam Fry, fueron tan desdichadas como las anteriores, y Vin Mod volvió cabizbajo a la mesa de Flig Balt.
– ¿No has hecho nada? —le preguntó el contramaestre.
– Nada, patrón.
– ¿Y no hay otras tabernas en la vecindad?
– Hay muchas, pero no encontrando aquí nuestra gente es inútil buscarla en otra parte.
Flig Balt no pudo contener un juramento, acompañado de un puñetazo, que hizo retemblar los vasos y las botellas. ¿Es que iba a fracasar su proyecto?… ¿No lograría introducir cuatro hombres escogidos en la tripulación del James Cook?… ¿Se vería obligado a sustituir las bajas con bravos marineros a la devoción del capitán Gibson?…
Verdad es que los buenos escaseaban tanto como los malos, y de seguir así las cosas se pasarían las semanas sin que el bergantín, por insuficiencia de personal, pudiera hacerse a la mar.
Sin embargo, era preciso buscar en otra parte. Las tabernas abundaban tanto en el barrio, que, como decía Vin Mod, eran más numerosas que las iglesias y los bancos.
Flig Balt se disponía a pagar el gasto cuando el tumulto se acentuó en el otro extremo de la sala.
La discusión de Sexton y de Bryce, a propósito de la cuantía del consumo, tornaba muy mal cariz. Los dos habían bebido indudablemente más de lo que les permitía el estado de sus bolsillos, y Adam Fry no era hombre capaz de abrir crédito a sus parroquianos. Faltaban, según él, dos chelines para la cuenta, y o los pagaban o tendrían que entendérselas con los policemen, que tantas veces habían intervenido en la taberna por golpes, injurias y toda clase de desafueros.
El tabernero, prevenido por el mozo, estaba a punto de reclamar el dinero que Sexton y Bryce no hubieran podido pagar por más que revolvieran el fondo de sus bolsillos, tan exhaustos de metal como llenos sus estómagos de whisky y de ginebra.
Acaso la intervención de Vin Mod, dinero en mano, sería eficaz, y tal vez los dos marineros aceptasen aquellas monedas a título de anticipo sobre sus futuros salarios. Intentó el golpe, y le enviaron a freír espárragos… Indeciso entre el deseo de cobrar y la perspectiva de perder dos clientes, si los marineros embarcaban en el James Cook, desde el día siguiente, Adam Fry no le prestó la ayuda que él esperaba.
Agotados todos los recursos, el contramaestre comprendió que allí no tenían ya nada que hacer, y le dijo a. Vin Mod:
– Vámonos.
– Sí, todavía no son más que las nueve y tenemos tiempo de hacer algo… Vamos a los Old-Brothers o al Good-Seeman, que están a dos pasos de aquí, y me dejo colgar si volvemos a bordo de vacío.
Como se ve, el colgamiento, como término comparativo o metafórico, acudía frecuentemente a los labios del honrado Vin Mod, que tal vez se imaginaba que aquél era el fin natural de la existencia en este bajo mundo.
Pero de las virulentas reclamaciones, Adam Fry había llegado a las amenazas. O Sexton y Bryce pagaban lo que debían o irían a dormir a la prevención. El mozo recibió la orden de ir a buscar los agentes, que no son escasos en este barrio del puerto.
Flig Balt y Vin Mod se disponían a salir al mismo tiempo que aquél cuando tres o cuatro vigorosos mocetones se colocaron delante de la puerta para impedir tanto la salida como la entrada.
Evidentemente aquellos marineros hacían causa común con sus camaradas. Las cosas no tardarían en ponerse feas, y la velada terminaría violentamente, como tantas otras.
Adam Fry y el criado, viendo la puerta interceptada, trataron de ganar el patio, para salir por la callejuela próxima y avisar a la fuerza pública, como acostumbraba a hacerlo en semejantes circunstancias.
No les dieron tiempo. Toda la banda se fue contra ellos. Precisamente Kyle y Sexton, Len Cannon y Bryce se interpusieron cortándoles el paso. La sala se aprestaba a la lucha, y únicamente faltarían como combatientes media docena de borrachos perdidos, tirados por los rincones, incapaces de tenerse en pie.
De aquí que ni el contramaestre Balt ni Vin Mod pudieran abandonar la taberna.
– Es preciso largarse —dijo el primero—; aquí sólo podemos pescar algún porrazo…
– ¿Quién sabe? —contestó el otro—. Sabremos en qué paran estas misas… Tal vez podamos aprovecharnos de la batalla.
Y como los dos estaban a las ganancias, pero no querían exponerse a las pérdidas, se acurrucaron en el suelo al abrigo del mostrador.
La lucha se había empeñado al arma blanca —si esta expresión puede aplicarse a los pies y a los puños de los combatientes—; y no tardarían en relucir los cuchillos; en verdad que no sería la primera vez, ni tampoco la última, que la sangre corriese en la sala de Las Tres Urracas.
Adam Fry y el mozo hubieran sido aplastados por el número, reducidos a la impotencia, si algunos de los clientes no se hubieran puesto de su parte. En efecto, cinco o seis irlandeses, con la esperanza de un crédito futuro, se dispusieron a rechazar a los asaltantes.
Se armó un estrépito infernal. Balt y Vin Mod, resguardándose lo mejor que pudieron, evitaban a duras penas que les alcanzasen los proyectiles cuando las botellas y los vasos empezaron a volar en todas direcciones. Menudeaban los golpes, las imprecaciones entre las voces y los alaridos. Las lámparas derribadas se extinguían, y la habitación quedó alumbrada nada más que por la escasa luz de la linterna exterior, embutida en la imposta de la entrada.
En suma, los cuatro más encarnizados, Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce, después de haber iniciado el ataque, tuvieron que defenderse. En primer lugar, que el tabernero y su criado no eran unos neófitos en el boxeo. Dos terribles golpes acababan de echar por tierra a Kyle y Bryce con la mandíbula medio deshecha; pero se levantaron para acudir en socorro de sus compañeros, a quienes los irlandeses habían acorralado en un rincón.
La ventaja estaba tan pronto por los unos como por los otros, y la victoria no podía decidirse más que por una intervención del exterior. Los gritos de ¡socorro!, ¡auxilio!, dominaban en medio de la batahola.
Los vecinos no hacían maldito el caso de lo que ocurría en la taberna, donde las batallas entre marineros eran el pan nuestro de cada día. Nadie se arriesgaba a intervenir en semejantes contiendas. Era asunto de los policemen, y, como la gente dice, para eso se les paga.
La lucha continuaba cada vez más encarnizada, a medida que la cólera se convertía en rabia. Las mesas habían sido volcadas.
Se blandían los taburetes por encima de las cabezas. Los nervudos brazos aparecieron armados de cuchillos; los revólveres salieron de las cinturas, y las detonaciones estallaron en medio del horrible tumulto.
El tabernero continuaba maniobrando para ganar, bien la puerta de la calle o la salida del patio, cuando una docena de agentes entraron de improviso por la parte trasera de la casa.
No se había necesitado llegar hasta el inmediato puesto de policía, situado en el muelle, a trescientos pasos de la taberna. Cuando los transeúntes les avisaron de que se estaban rompiendo el alma en la taberna de Adam Fry, se dirigieron al lugar del suceso, sin apresurarse mucho, y, al paso reglamentario que distingue al policía inglés, llegaron en número suficiente para restablecer el orden público.
Sin preocuparse en distinguir entre los que atacaban y los que resistían, sabiendo que todos eran de la misma calaña, procedieron a la detención de todos los que encontraron a mano, en la seguridad de que no daban el golpe en vano.
Además, aunque la sala no estaba bien alumbrada, los policemen reconocieron desde luego entre los más violentos a Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce, por haberles puesto anteriormente a buen recaudo.
Pero estos cuatro ganapanes se dieron cuenta inmediatamente de su situación, y sólo se preocuparon de escurrir el bulto, ganando la calle por el patio. Pero ¿dónde se esconderían para que no les atrapasen al día siguiente? … Vin Mod intervino en el momento crítico, cuya oportunidad esperaba, según había expresado a Balt, y en tanto que los demás hacían frente a los policemen, para favorecer la huida de los más comprometidos, él consiguió llegar hasta Len Cannon y decirle:
– ¡Los cuatro al James Cook!… Sexton, Bryce y Kyle lo habían oído.
– ¿Cuándo zarpa?… —preguntó Len Cannon.
– Al amanecer. Y a pesar de los agentes, contra los cuales, por espíritu de solidaridad, se había opuesto toda la gente; a pesar de Adam Fry, que estaba muy interesado en prenderles, Len Cannon y sus tres camaradas, seguidos de Flig Balt y Vin Mod, consiguieron escapar. Un cuarto de hora después el bote del bergantín los llevaba a bordo, donde se encontraron a salvo.