Los hijos del capitán Grant · Parte 2
Capítulo XII
El ferrocarril de Melbourne a Sandhurst
El mayor no había visto sin cierta aprensión partir a Ayrton del campamento de Wimerra para ir a buscar un herrador a la estación de Black-Point. Pero no dijo ni una palabra de sus personales desconfianzas, y se contentó con vigilar los alrededores del río. La tranquilidad de esas apacibles campiñas no fue perturbada en absoluto, y, tras algunas horas de noche, el sol reapareció sobre el horizonte.
Por su parte, Glenarvan no tenía otro temor que ver regresar a Ayrton solo. A falta de obreros, el carro no podía reemprender la marcha. El viaje quedaba detenido durante varios días quizás, y Glenarvan, impaciente por lograr su objetivo, ansioso por alcanzar su meta, no admitía retraso alguno.
Ayrton, por fortuna, no había perdido ni su tiempo ni sus gestiones. Al día siguiente reapareció al rayar el alba. Un hombre le acompañaba, quien se decía herrador de la estación de Black-Point.
Era un tipo vigoroso, de elevada estatura, pero de fisonomía baja y bestial que no predisponía en su favor. Poco importaba, en suma, si sabía su oficio. En todo caso, hablaba poco, y su boca no se gastaba en palabras inútiles.
– ¿Es un obrero capaz? —preguntó John Mangles al contramaestre.
– No le conozco más que vos, capitán —respondió Ayrton—. Ya veremos.
El herrador se puso a la obra. Era un hombre del oficio, bien se vio en la forma en que reparó el tren delantero del carro. Trabajaba diestramente, con un vigor poco común. El mayor observó que la carne de sus muñecas, fuertemente erosionada, presentaba un collar negruzco de sangre extravasada. Era el indicio de una herida reciente que las mangas de una mala camisa de lana disimulaban bastante mal. Mac Nabbs interrogó al herrador sobre esas erosiones que debían de ser muy dolorosas. Pero este no respondió y continuó su trabajo.
Dos horas después, las averías del carro estaban reparadas.
En cuanto al caballo de Glenarvan, fue cosa rápida. El herrador había tenido el cuidado de traer herraduras ya preparadas. Esas herraduras ofrecían una particularidad que no escapó al mayor. Era un trébol toscamente recortado en su parte anterior. Mac Nabbs se lo hizo notar a Ayrton.
– Es la marca de Black-Point —respondió el contramaestre—. Permite seguir el rastro de los caballos que se alejan de la estación y no confundirlo con otros.
Pronto las herraduras fueron ajustadas a los cascos del caballo.
Luego el herrador reclamó su salario y se fue sin haber pronunciado cuatro palabras.
Media hora después, los viajeros estaban en marcha. Más allá de las cortinas de mimosas se extendía un espacio ampliamente despejado que bien merecía su nombre de «open plain». Algunos fragmentos de cuarzo y rocas ferruginosas yacían entre los arbustos, las hierbas altas y las empalizadas donde se reunían numerosos rebaños. Algunas millas más adelante, las ruedas del carro surcaron con bastante profundidad terrenos lacustres, donde murmuraban arroyos irregulares, a medias ocultos bajo una cortina de cañas gigantescas.
Luego se bordearon vastas lagunas saladas en plena evaporación. El viaje se hacía sin dificultad y, hay que añadirlo, sin tedio.
Lady Helena invitaba a los jinetes a visitarla por turnos, pues su salón era muy exiguo.
Pero así se aliviaba cada cual de las fatigas del caballo y se recreaba en la conversación de esa amable mujer. Lady Helena, secundada por la señorita Mary, hacía con perfecta gracia los honores de su casa ambulante. John Mangles no era olvidado en esas invitaciones cotidianas, y su conversación algo seria no desagradaba en absoluto. Al contrario.
Fue así como se cortó diagonalmente el mail-road de Growland a Horsham, una ruta muy polvorienta que los peatones apenas frecuentaban. Algunas lomas de colinas poco elevadas fueron rozadas al pasar por el extremo del condado de Talbot, y al anochecer la tropa llegó a tres millas por encima de Maryborough. Caía una lluvia fina que en cualquier otro país habría empapado el suelo; pero aquí el aire absorbía la humedad de modo tan maravilloso que el campamento no lo resintió.
Al día siguiente, 29 de diciembre, la marcha fue algo retardada por una serie de montículos que formaban una pequeña Suiza en miniatura. Eran perpetuas subidas o bajadas, y no pocos traqueteos poco agradables. Los viajeros hicieron una parte del camino a pie, y no se quejaron de ello.
A las once se llegó a Carlsbrook, municipio de cierta importancia. Ayrton era de opinión de rodear la ciudad sin entrar en ella, a fin, decía, de ganar tiempo. Glenarvan compartió su opinión, pero Paganel, siempre ávido de curiosidades, deseaba visitar Carlsbrook. Se le dejó hacer, y el carro continuó lentamente su viaje.
Paganel, siguiendo su costumbre, se llevó consigo a Robert. Su visita al municipio fue rápida, pero bastó para darle una idea exacta de las ciudades australianas. Había allí un banco, un palacio de justicia, un mercado, una escuela, una iglesia y un centenar de casas de ladrillo perfectamente uniformes.
Todo ello dispuesto en un cuadrilátero regular cortado por calles paralelas, según el método inglés. Nada más sencillo, pero también menos recreativo. Cuando la ciudad crece, se alargan sus calles como los pantalones de un niño que crece, y la simetría primitiva no queda en modo alguno alterada.
Una gran actividad reinaba en Carlsbrook, síntoma notable en esas ciudades nacidas de ayer. Parece que en Australia las ciudades brotan como árboles al calor del sol. Gentes atareadas corrían por las calles; expedidores de oro se agolpaban en las oficinas de llegada; el precioso metal, escoltado por la policía indígena, llegaba de las fundiciones de Bendigo y del monte Alexandre. Todo ese mundo espoleado por el interés no pensaba más que en sus negocios, y los forasteros pasaron inadvertidos en medio de esa población laboriosa.
Tras una hora empleada en recorrer Carlsbrook, los dos visitantes se reunieron con sus compañeros a través de una campiña cuidadosamente cultivada. Largas praderas, conocidas con el nombre de «low level plains», les sucedieron con innumerables rebaños de ovejas y cabañas de pastores. Luego el desierto apareció, sin transición, con esa brusquedad particular de la naturaleza australiana. Las colinas de Simpson y el monte Tarrangower marcaban la punta que hace al sur el distrito de Loddo en el grado ciento cuarenta y cuatro de longitud.
Sin embargo, hasta allí no se había encontrado ninguna de esas tribus de aborígenes que viven en estado salvaje.
Glenarvan se preguntaba si los australianos faltarían a Australia como habían faltado los indios en la Pampa argentina. Pero Paganel le dio a saber que, bajo esa latitud, los salvajes frecuentaban principalmente las llanuras del Murray, situadas a cien millas al este.
– Nos acercamos al país del oro —dijo—. Antes de dos días atravesaremos esa opulenta región del monte Alexandre. Allí fue donde en 1852 se abatió la nube de mineros. Los naturales debieron de huir hacia los desiertos del interior. Estamos en un país civilizado sin que lo parezca, y nuestra ruta, antes del final de esta jornada, habrá cortado el ferrocarril que pone en comunicación el Murray y el mar. Pues bien, ¿hay que decirlo, amigos míos?, ¡un ferrocarril en Australia, eso me parece una cosa sorprendente!
– ¿Y por qué, Paganel? —preguntó Glenarvan.
– ¡Por qué! ¡Porque desentona! ¡Oh! Bien sé que vosotros, acostumbrados a colonizar posesiones lejanas, vosotros que tenéis telégrafos eléctricos y exposiciones universales en Nueva Zelanda, lo encontraréis muy natural. ¡Pero eso confunde el espíritu de un francés como yo y enreda todas sus ideas sobre Australia!
– Porque miráis el pasado y no el presente —respondió John Mangles.
Un vigoroso silbido de locomotora interrumpió la discusión. Los viajeros no estaban a una milla del ferrocarril. Una locomotora, que venía del sur y marchaba a poca velocidad, se detuvo precisamente en el punto de intersección de la vía férrea y del camino seguido por el carro. Este ferrocarril, como había dicho Paganel, unía la capital de Victoria con el Murray, el mayor río de Australia.
Ese inmenso curso de agua, descubierto por Sturt en 1828, nacido de los Alpes australianos, engrosado por el Lachlan y el Darling, cubre toda la frontera septentrional de la provincia de Victoria, y va a desembocar en la bahía Encounter, cerca de Adelaida. Atraviesa países ricos, fértiles, y las estaciones de los squatters se multiplican a lo largo de su recorrido, gracias a las fáciles comunicaciones que el ferrocarril establece con Melbourne.
Aquel ferrocarril explotaba entonces un trayecto de ciento cinco millas entre Melbourne y Sandhurst, prestando servicio en Kyneton y Castlemaine. La vía, en construcción, proseguía durante setenta millas hasta Echuca, capital de la colonia de Riverine, fundada ese mismo año a orillas del Murray.
El paralelo 37 cortaba la vía férrea a pocas millas por encima de Castlemaine, y precisamente en Camden-Bridge, puente tendido sobre el Lutton, uno de los numerosos afluentes del Murray.
Hacia ese punto dirigió Ayrton su carromato, precedido de los jinetes, que se permitieron un trecho de galope hasta Camden-Bridge. Los atraía, además, un vivo sentimiento de curiosidad.
En efecto, una multitud considerable se encaminaba hacia el puente del ferrocarril. Los habitantes de las estaciones vecinas abandonaban sus casas; los pastores, dejando sus rebaños, abarrotaban los accesos a la vía. Se oían estas voces repetidas con frecuencia:
– ¡Al railway! ¡Al railway!
Algún acontecimiento grave debía de haberse producido, que causaba toda aquella agitación. Una gran catástrofe, quizás.
Glenarvan, seguido de sus compañeros, apretó el paso de su caballo. En pocos minutos llegó a Camden-Bridge. Allí comprendió la causa del gentío.
Había tenido lugar un espantoso accidente, no un choque entre trenes, sino un descarrilamiento y una caída que recordaban los más graves desastres de los railways americanos. El río que atravesaba la vía férrea estaba colmado de restos de vagones y de la locomotora. Bien porque el puente hubiera cedido bajo el peso del tren, bien porque el convoy se hubiera salido de los raíles, cinco vagones de seis habían sido precipitados al cauce del Lutton a continuación de la locomotora.
Solo el último vagón, milagrosamente preservado por la ruptura de su cadena, permanecía en la vía a media toesa del abismo. Debajo no había más que un siniestro amontonamiento de ejes ennegrecidos y torcidos, de cajas hundidas, de raíles retorcidos, de traviesas calcinadas. La caldera, al estallar con el choque, había proyectado sus fragmentos de chapa a enormes distancias.
De todo aquel amasijo de objetos informes brotaban aún algunas llamas y espirales de vapor mezcladas con humo negro. ¡Tras la horrible caída, el incendio, todavía más horrible! Grandes manchas de sangre, miembros dispersos, trozos de cadáveres carbonizados aparecían aquí y allá, y nadie se atrevía a calcular el número de víctimas amontonadas bajo los escombros.
Glenarvan, Paganel, el mayor, Mangles, mezclados entre la multitud, escuchaban los comentarios que corrían de unos a otros. Cada cual intentaba explicar la catástrofe mientras se trabajaba en el rescate.
– El puente se ha roto —decía uno.
– ¡Roto! —respondían los demás—. Tan poco roto está que sigue intacto. Se olvidaron de cerrarlo al paso del tren. Eso es todo.
Era, en efecto, un puente giratorio que se abría para el servicio de la navegación fluvial. ¿El guarda, por una imperdonable negligencia, había olvidado cerrarlo, y el convoy lanzado a toda velocidad, al que de pronto le faltaba la vía, se había precipitado así al cauce del Lutton? Esta hipótesis parecía muy admisible, pues si una mitad del puente yacía bajo los restos de los vagones, la otra mitad, devuelta a la orilla opuesta, pendía aún de sus cadenas intactas. ¡No cabía duda alguna! Una negligencia del guarda acababa de causar aquella catástrofe.
El accidente había ocurrido de noche, al expreso n.º 37, que había salido de Melbourne a las once y cuarenta y cinco de la noche. Debían de ser las tres y cuarto de la madrugada cuando el tren, veinticinco minutos después de haber abandonado la estación de Castlemaine, llegó al paso de Camden-Bridge y quedó allí en apuros.
Enseguida, los viajeros y los empleados del último vagón se ocuparon de pedir socorro; pero el telégrafo, cuyos postes yacían en tierra, ya no funcionaba. Las autoridades de Castlemaine necesitaron tres horas para llegar al lugar del siniestro. Eran, pues, las seis de la mañana cuando se organizó el rescate bajo la dirección del señor Mitchell, surveyor general de la colonia, y de un pelotón de policemen comandados por un oficial de policía. Los colonos y sus gentes habían acudido en auxilio y trabajaron primero en apagar el incendio que devoraba aquel amontonamiento de escombros con una actividad insuperable.
Algunos cadáveres irreconocibles yacían sobre los taludes del terraplén. Pero había que renunciar a sacar a ningún ser vivo de aquella hoguera. El fuego había concluido rápidamente la obra de destrucción. De los viajeros del tren, cuyo número se ignoraba, solo diez sobrevivían, los del último vagón.
La administración del ferrocarril acababa de enviar una locomotora de socorro para devolverlos a Castlemaine.
Sin embargo, lord Glenarvan, habiéndose dado a conocer ante el surveyor general, conversaba con él y con el oficial de policía. Este último era un hombre alto y enjuto, de un imperturbable sangre fría que, si guardaba alguna sensibilidad en el corazón, no dejaba traslucir nada de ella en sus rasgos impasibles. Se hallaba ante todo aquel desastre como un matemático ante un problema: intentaba resolverlo y despejar la incógnita. Así, a estas palabras de Glenarvan: «¡Vaya una gran desgracia!», respondió tranquilamente:
– Mejor que eso, milord.
– ¡Mejor que eso! —exclamó Glenarvan, chocado por la frase—. ¿Y qué hay mejor que una desgracia?
– ¡Un crimen! —respondió tranquilamente el oficial de policía.
Glenarvan, sin detenerse en la impropiedad de la expresión, se volvió hacia el señor Mitchell, interrogándolo con la mirada.
– Sí, milord —respondió el surveyor general—. Nuestra investigación nos ha conducido a esta certeza: la catástrofe es el resultado de un crimen. El último vagón de equipajes fue saqueado. Los viajeros supervivientes fueron atacados por una cuadrilla de cinco o seis malhechores. El puente fue abierto intencionadamente, no por negligencia, y si se relaciona este hecho con la desaparición del guarda, hay que concluir que ese miserable se hizo cómplice de los criminales.
El oficial de policía, ante esta deducción del surveyor general, sacudió la cabeza.
– ¿No comparte usted mi opinión? —le preguntó el señor Mitchell.
– No, en lo tocante a la complicidad del guarda.
– Sin embargo —replicó el surveyor general—, esa complicidad permite atribuir el crimen a los salvajes que merodean por las campiñas del Murray. Sin el guarda, esos indígenas no habrían podido abrir ese puente giratorio cuyo mecanismo les es desconocido.
– Justo —respondió el oficial de policía.
– Ahora bien —añadió el señor Mitchell—, es un hecho constante, por la declaración de un barquero cuya embarcación franqueó Camden-Bridge a las diez y cuarenta de la noche, que el puente fue reglamentariamente cerrado después de su paso.
– Perfecto.
– Así pues, la complicidad del guarda me parece establecida de manera perentoria.
El oficial de policía sacudía la cabeza con un movimiento continuo.
– Pero entonces, señor —le preguntó Glenarvan—, ¿no atribuye usted el crimen a los salvajes?
– En absoluto.
– ¿A quién, entonces?
En ese momento se produjo un considerable rumor a media milla río arriba. Se había formado un grupo que fue engrosando rápidamente. Llegó en breve hasta la estación. En el centro del grupo, dos hombres portaban un cadáver. Era el cadáver del guarda, ya frío. Una puñalada le había atravesado el corazón. Los asesinos, arrastrando su cuerpo lejos de Camden-Bridge, habían querido sin duda despistar las sospechas de la policía durante sus primeras pesquisas. Ahora bien, este descubrimiento justificaba plenamente las dudas del oficial. Los salvajes no tenían nada que ver con el crimen.
– Los que hicieron esto —dijo él— son gentes familiarizadas con el uso de este pequeño instrumento.
Y diciendo esto, mostró un par de «darbies», especie de esposas hechas de un doble aro de hierro provisto de una cerradura.
– En breve —añadió—, tendré el placer de ofrecerles esta pulsera como regalo de Año Nuevo.
– Pero entonces, ¿sospecha usted de...?
– De gentes que han «viajado gratis en los buques de Su Majestad».
– ¡Cómo! ¿Convictos? —exclamó Paganel, que conocía esa metáfora empleada en las colonias australianas.
– Creía yo —observó Glenarvan— que los deportados no tenían derecho de residencia en la provincia de Victoria.
– ¡Bah! —replicó el oficial de policía—. Si no tienen ese derecho, se lo toman. ¡Se escapan a veces, los convictos! Y me equivoco mucho, o estos vienen en línea recta de Perth. Pues bien, volverán allá, puede creerme.
El señor Mitchell aprobó con un gesto las palabras del oficial de policía. En ese momento, el carromato llegaba al paso a nivel de la vía férrea.
Glenarvan quiso evitar a las viajeras el horrible espectáculo de Camden-Bridge. Saludó al surveyor general, se despidió de él e hizo señas a sus amigos de que le siguieran.
– No es motivo —dijo— para interrumpir nuestro viaje.
Al llegar al carromato, Glenarvan habló sencillamente a lady Helena de un accidente ferroviario, sin mencionar la parte que el crimen había tenido en aquella catástrofe; tampoco mencionó la presencia en el país de una banda de convictos, reservándose comunicárselo a Ayrton en particular. Luego, la pequeña tropa cruzó el ferrocarril algunos centenares de toesas por encima del puente y retomó hacia el este su camino habitual.