El náufrago del Cynthia

7

LA OPINIÓN DE VANDA

Erik, en el fervor de su sacrificio, se Tiabía entregado, por lo pronto, en cuerpo y alma a la vida de pescador, procurando de buena fe olvidar que hubiese otra. Más madrugador que todos, era el primero en preparar la barca de su padre adoptivo para que éste no tuviera más que empuñar la caña del timón y emprender la marcha. Si faltaba la brisa, Erik cogía los pesados remos e impelía la barca, empeñándose siempre en hacer el trabajo más rudo y fatigoso.

Nada le arredraba; ni la prolongada permanencia en el tonel de fondo, donde el pescador de bacalao espera que el pez muerda el sedal, ni los diversos preparativos a que se le somete después de su captura, arrancándole primero la lengua, que es el mejor bocado, y después la cabeza y las espinas, operaciones necesarias antes de echarle en el depósito donde se efectúa su primera salazón. Cualquiera que fuese el trabajo, Erik lo llevaba a cabo, no sólo a conciencia, sino con una especie de afán; tanto, que el mismo Otto se admiraba de su atención en los menores detalles del oficio.

– ¡Cómo has debido sufrir en la ciudad!, le decía ingenuamente el buen muchacho; parece que no te hallas en tu elemento hasta que no has salido del fiordo y estás en alta mar.

Cuando se hablaba de esto, Erik guardaba silencio casi siempre; pero algunas veces, por el contrario, él mismo llevaba la conversación a este terreno, procurando demostrar a Otto, o más bien convencerse a sí mismo, de que no había existencia mejor que la que llevaba entonces.

– Así lo entiendo yo, contestaba el joven con tranquila sonrisa.

Y el pobre Erik volvía la cabeza para ahogar un suspiro.

La verdad es que sufría mucho por haber abandonado sus estudios y verse condenado a un trabajo puramente corporal Cuando se hacía estas reflexiones, procuraba alejarlas de su mente, luchando con ellas, por decirlo así, a brazo partido, pero a pesar de todo, dominábanle la amargura y la tristeza. Sin embargo, por nada del mundo hubiera dado a conocer su desaliento; y como lo concentraba en sí, érale más doloroso aún. Una catástrofe que sobrevino al comenzar la primavera, contribuyó a que su tristeza se hiciese más profunda.

Cierto día, como hubiese mucho que hacer en el cobertizo para arreglar convenientemente los bacalaos, maese Hersebom, después de confiar este trabajo a Erik y a Otto, marchó solo a la pesca. El cielo estaba encapotado, y la atmósfera, muy pesada, no era propia de la estación.

Los dos jóvenes, activando su trabajo cuanto les era posible, hacíanse observaciones sobre el tiempo, que les molestaba mucho, y parecíales que todos los objetos pesaban más, incluso el aire atmosférico.

– ¡Es singular!, dijo Erik. Los oídos me zumban como si me hallase en un globo a la altura de cuatro o cinco mil metros.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, comenzó a echar sangre por la nariz, mientras que Otto experimentaba también síntomas análogos, aunque no podía definirlos tan exactamente.

– Supongo que el barómetro debe estar notablemente bajo. Si tuviera tiempo de correr a la casa del señor Malarius, lo observaría.

– Tienes tiempo sobrado, contestó Otto, pues el trabajo está casi concluido; y aunque tardaras, yo solo lo terminaría.

– Pues me marcho, replicó Erik; no sé por qué el estado de la atmósfera me inquieta… Quisiera que papá estuviese ya de regreso.

Cuando se dirigía hacia la escuela, encontró en el camino al señor Malarius.

– ¡Hola! ¿Ya estás aquí, Erik?, exclamó el maestro. Mucho me alegro de verte y de que no te halles en alta mar... El barómetro ha bajado con singular rapidez hace media hora; tanto, que jamás he visto una cosa igual. Ahora está a setecientos dieciocho milímetros. Seguramente vamos a tener un cambio de tiempo.

Como acompañando la última palabra del señor Malarius, un fragor lejano, seguido de una especie de lúgubre bramido, pareció rasgar los aires; el cielo, que casi instantáneamente se había cubierto de una mancha negra en dirección Oeste, oscurecióse por todas partes con prodigiosa rapidez; y de repente, después de un intervalo de profundo silencio, las hojas de los árboles, las briznas de paja, la arena y los guijarros fueron barridos por una fuerte ráfaga de viento.

El huracán se había desencadenado con inusitada violencia; las chimeneas, los postigos de las ventanas, y en algunos casos hasta los tejados mismos, fueron arrebatados como plumas; algunas casas se hundían; todos los cobertizos, sin excepción, quedaron completamente destrozados por el viento; y en el fiordo, de ordinario tan tranquilo como un estanque durante las más terribles tempestades marítimas, formáronse olas enormes, que iban a estrellarse en la costa con horrísono estruendo.

El ciclón rugió durante una hora, y después, contenido por las altas cimas de Noruega, tomó la dirección Sur y fue a barrer la Europa Continental. En los anales de la meteorología se halla consignado como uno de los más extraordinarios y desastrosos que jamás franquearon el Atlántico. Estas conmociones atmosféricas suelen anunciarse ya por telégrafo, así es que la mayor parte de los pueblos de Europa, advertidos por el telegrama, tuvieron, por fortuna, tiempo suficiente para avisar a los buques que se aprestaban a salir o a los que estaban mal resguardados en su anclaje, de modo que los desastres se atenuaron hasta cierto punto; pero en las costas poco frecuentadas, en los pueblos de pescadores y en el mar, el número de víctimas fue considerable: sólo en la Agencia Veritas, en Francia, y en las oficinas del Lloyd, se registraron setecientos treinta naufragios.

En lo primero que pensaron los Hersebom, aquel día nefasto, fue, naturalmente, en los que se hallaban en el mar. Maese Hersebom solía ir a la costa occidental de una isla bastante grande, situada a dos millas poco más o menos de la entrada del fiordo, la misma donde recogió a Erik; y, por lo tanto, podía esperarse, atendida la hora en que la tempestad estalló, que habría tenido tiempo de buscar un refugio, encallando su barca en la costa baja y arenosa. Pero la inquietud no permitió a Erik y a Otto esperar la noche para ver si su hipótesis era fundada.

Apenas el fiordo hubo recobrado su tranquilidad acostumbrada, después de alejarse el huracán, persuadieron a un vecino para que les prestase su barca para ir a buscar al pescador.

El señor Malarius se empeñó en acompañar a los jóvenes en su expedición, y los tres partieron, seguidos de la ansiosa mirada de Catalina y su hija.

En el fiordo había calmado el viento casi completamente, pero soplaba del Oeste, y para llegar al canal, fue necesario servirse de los remos, lo cual exigió más de una hora.

Salvada esta primera dificultad, presentóse otro obstáculo imprevisto; la tempestad seguía desencadenada en el océano, y las olas, estrellándose contra las rocas del islote que cierra la entrada del fiordo de Noroé, determinaban dos corrientes que iban a unirse por detrás de aquél, precipitándose con violencia en el canal como en un embudo. No podía pensarse en franquear el paso en tales condiciones: a duras penas lo habría conseguido un vapor, y, por consiguiente, era imposible para una débil barca impulsada a remo.

No quedó otro recurso que volver a Noroé, y esperar.

La hora acostumbrada pasó sin que maese Hersebom se presentase, pero tampoco llegó ninguno de los demás pescadores que habían salido aquel día; de modo que era de esperar que algún impedimento común los retenía a todos fuera del fiordo, alejando esto la idea de una desgracia individual. No por eso fue la noche menos triste en todas las casas donde faltaba alguno; y a medida que la noche transcurría sin que ninguno de los ausentes reapareciera, iba creciendo la ansiedad. En casa de los Hersebom nadie se acostó; todos pasaron aquellas largas horas de espera sentados alrededor del fuego, tristes y silenciosos.

En aquellas altas latitudes, la hora del amanecer se retarda aun en el mes de marzo; pero el día se presenta después claro y brillante.

La brisa de tierra soplaba hacia el mar, y, por consiguiente, era de esperar que fuese fácil franquear el paso. Comenzábanse a reunir una verdadera flotilla, formada con casi todos los barcos disponibles en Noroé para ir a la descubierta, cuando de pronto divisáronse varias embarcaciones que avanzaban con toda la ligereza posible y que pronto llegaron al pueblo.

Eran las que habían salido la víspera antes de estallar el ciclón. Todas estaban, menos la de maese Hersebom.

Nadie pudo dar noticias de él, y el hecho de no volver con las otras aumentó, naturalmente, la angustia de la familia, pues todos los pescadores habían estado expuestos a los mayores peligros.

Los unos, arrojados a la costa, donde su embarcación encalló, salváronse milagrosamente; otros pudieron refugiarse a tiempo en una ensenada que les resguardó contra el huracán, y los menos hallábanse ya cercanos a tierra en el momento crítico.

Como la flotilla estaba ya dispuesta, acordóse que marchara en busca de Hersebom. El señor Malarius quiso ir también en compañía de Erik y de Otto, y hasta se admitió un corpulento perro de pelaje amarillo, que manifestaba evidentes señales de agitación: era Klaas, el perro groenlandés que maese Hersebom había traído a su regreso de un viaje al cabo Farewell.

Al salir del canal, las barcas se dispersaron en todas direcciones, para explorar las costas de las innumerables islas agrupadas en los alrededores del fiordo de Noroé, como en toda la costa noruega.

Cuando se reunieron a mediodía en la punta Sur del canal, según lo convenido, no se había descubierto aún la menor huella de maese Hersebom; y como se creía haberlo explorado todo bien, opinóse que, desgraciadamente, se debía pensar en la vuelta, renunciando a las pesquisas.

Pero Erik no quiso darse por vencido ni perder toda esperanza, y dijo que, habiendo recorrido las islas del Sur, deseaba explorar las del Norte. El señor Malarius y Otto le apoyaron, y entonces se accedió a su petición. Confiésele una canoa fácil de manejar para que hiciese el último esfuerzo, y la flotilla se alejó en dirección al fiordo.

La insistencia de Erik debía ser recompensada: a eso de las dos de la tarde, cuando la embarcación costeaba un islote inmediato a tierra firme, Klaas comenzó a ladrar furiosamente, y, antes de que pudieran contenerle, lanzóse al agua y nadó hacia los arrecifes.

Erik y Otto remaron en la misma dirección, y muy pronto vieron al perro abordar el islote, y saltar aullando alrededor de una forma humana, al parecer, tendida sobre una roca de color gris.

Al acercarse, vieron que era efectivamente un hombre, y que este hombre era Hersebom...

El pobre pescador yacía allí ensangrentado, pálido, inmóvil y frió... ¡tal vez muerto!... Klaas le lamía las manos, aullando tristemente.

El primer movimiento de Erik fue arrodillarse junto al cuerpo helado y acercar el oído al nivel del corazón.

– ¡Vive!... ¡Oigo un latido!..., exclamó en seguida.

El señor Malarius, que había tomado un brazo de maese Hersebom para tomarle el pulso, movió tristemente la cabeza en señal de duda; pero quiso probar todos los medios prescritos en semejante caso. Desenrolló la faja de lana que llevaba, hizo tres pedazos, entregó dos a los jóvenes, y los tres comenzaron a friccionar vigorosamente el pecho, las piernas y los brazos del pescador.

Pronto se reconoció que aquel sencillo tratamiento producía su efecto, reanimando la circulación; los latidos se acentuaron, el pecho se dilató, y de los labios escapóse un ligero soplo. Poco después, maese Hersebom, recobrándose de su desvanecimiento, exhaló una ligera queja; el señor Malarius y los dos jóvenes levantáronle al punto para conducirle inmediatamente a la canoa; y al depositarle en ella, sobre un lecho formado con velas, abrió los ojos y murmuró con débil acento:

– ¡Agua!

Erik le acercó a lo labios una botella que contenía agua y aguardiente, y cuando hubo bebido un trago pareció comprender lo que le sucedía, a juzgar por su mirada afectuosa; pero la extenuación le dominó muy pronto y cayó en un sueño profundo, semejante al letargo.

Persuadidos de que lo mejor era apresurar el regreso, los jóvenes empuñando los remos, impelieron vigorosamente la barca en dirección al canal, y favorecidos por la brisa, llegaban poco después a Noroé.

Transportado a su lecho, donde se le aplicaron compresas de árnica, el pescador recobró por fin del todo el conocimiento después de tomar una taza de caldo y un vaso de cerveza.

Lo más grave que tenía era una fractura del antebrazo; lo demás reducíase a varias contusiones y cortaduras en todo el cuerpo; pero el Señor Malarius exigió el más absoluto reposo, encargando que no se le permitiera hablar. El pescador durmió tranquilamente toda la noche.

Al otro día dejáronle explicarse, y en pocas palabras relató lo que le había ocurrido.

Sorprendido por el ciclón en el instante en que izaba su vela para volver a Noroé, fue arrojado contra los arrecifes del islote, donde su barca se deshizo. Un momento antes del desastre habíase arrojado al mar para librarse de aquel espantoso choque, pero faltó muy poco para que se estrellara contra las rocas, y sólo a costa de grandes esfuerzos consiguió ponerse fuera del alcance de las olas. Entonces, rendido de cansancio, con un brazo roto y el cuerpo lleno de contusiones, perdió el conocimiento, sin poder explicarse cómo había pasado aquellas veinte horas de espera, durante las cuales un acceso de fiebre le hizo empeorar.

Hersebom había escapado a una muerte segura; pero ahora, tendido en el lecho, con el brazo entablillado, no podía menos de entregarse a las más amargas reflexiones al pensar en la pérdida de su embarcación y en su inmovilidad forzosa. ¿Qué iba a ser de él, aun admitiendo que recobrase el uso del miembro fracturado al cabo de ocho o diez semanas de reposo? La barca, único capital de la familia, había desaparecido al soplo del viento; y a su edad era muy duro trabajar por cuenta ajena, dado el caso de que hallara ocupación, lo cual era muy difícil en Noroé, porque nadie se servía de auxiliares. En cuanto a la fábrica, no debía contar con ella, porque acababa de reducir su personal.

Tales fueron las tristes reflexiones de maese Hersebom durante su permanencia en el lecho del dolor, y sobre todo cuando, una vez en pie, pudo sentarse en su sillón con el brazo en cabestrillo.

Mientras terminaba la curación, la familia vivía con sus últimos recursos y el producto del bacalao aun existente en el almacén; mas el porvenir se presentaba muy oscuro y nadie veía el medio de aclararlo.

Esta miseria inminente hizo que las meditaciones de Erik siguieran pronto otro curso. Durante dos o tres días, la satisfacción de haber salvado a su padre adoptivo (pues sólo a la abnegación del joven debía el pescador la vida) llenó todo su pensamiento, y no podía menos de experimentar cierto orgullo, muy natural, cuando la buena Catalina o Vanda fijaban en él una mirada de agradecimiento, como diciéndole: —¡Querido Erik! El padre te salvó de las aguas, pero a tu vez le has arrancado de la muerte...

Ciertamente era la más grande recompensa que debía desear por la abnegación de que daba pruebas condenándose a la vida de pescador. Poder decir que había devuelto en cierto modo a la familia adoptiva todos sus beneficios a la vez, era para Erik el consuelo más dulce y fortificante.

Pero la familia que tan generosamente había compartido con él los frutos de su trabajo hallábase ahora en víspera de carecer del pan de cada día. En este caso no debía ser ya una carga para los Hersebom. ¿No estaba obligado a intentarlo todo para ayudarles?

Erik comprendía claramente este deber; sólo vacilaba en los medios, pensando unas veces en ir a Bergen para sentar plaza como marinero, o buscar cualquier otra ocupación para ser útil en seguida.

Cierto día comunicó sus dudas al señor Malarius, quien, después de escuchar con atención sus razones, las aprobó sin vacilar, pero pronunciándose contra el proyecto de engancharse en la marina.

– Comprendía, aunque deplorándolo, le dijo, que te hubieras resignado a permanecer aquí para compartir la vida de tus padres adoptivos;

pero censuraré que te condenes lejos de ellos a una profesión sin porvenir, precisamente cuando el doctor Schwaryencrona se ofrece gustoso a darte una carrera. Reflexiónalo bien, hijo mío, antes de adoptar una resolución.

Lo que el señor Malarius no decía era que había escrito ya a Estocolmo para poner al doctor al corriente de la situación en que ahora se hallaba la familia de Erik a consecuencia del ciclón del 3 de marzo. Por eso no se sorprendió al recibir, tres días después, una carta, cuyo contenido fue a comunicar inmediatamente a los Hersebom, y que estaba concebida en estos términos: Estocolmo, 17 de marzo.

"Mi querido Malarius: Te doy cordialmente las gracias por haberme notificado las desastrosas consecuencias que ha tenido para el digno maese Hersebom el huracán del 3 del corriente.

Experimento la mayor satisfacción al saber que Erik se ha conducido en estas circunstancias como siempre, con nobleza y cariñosa generosidad. Adjunto va un billete de quinientos kroners, que te ruego le entregues de mi parte, diciéndole que si no alcanza para comprar en Bergen la mejor barca pescadora, deberá manifestármelo así al punto. Deseo que dé a esta barca el nombre de Cynthia, y que la ofrezca después a maese Hersebom como recuerdo filial. Hecho esto, si Erik quiere hacerme caso, volverá a Estocolmo para continuar sus estudios; su puesto está siempre libre en mi hogar;

y por si acaso se necesita algún aliciente para decidirle a venir, añadiré que ahora tengo datos ciertos y la esperanza de penetrar en el misterio de su nacimiento. Ya sabes, querido Malarius, que soy siempre tu sincero y fiel amigo,"

B. W. Schwaryencrona, M. D.

Ya se comprenderá cuánta alegría produjo esta carta. El doctor, haciendo el regalo a Erik, demostraba que conocía muy bien el carácter del viejo pescador. Ofrecida directamente, es poco probable que maese Hersebom hubiese aceptado la barca; pero no podía rehusarla de su hijo adoptivo, y sobre todo con el nombre de Cynthia, que recordaba cómo Erik había ingresado en la familia.

Pero toda medalla tiene su reverso, y ya las frentes se nublaban al pensar que el hijo adoptivo marcharía otra vez. Nadie se atrevía a abordar la cuestión, aunque ninguno dejara de pensar en ella; y el mismo Erik, con la cabeza inclinada sobre el pecho, luchaba entre el deseo, muy justo, de cumplir con el doctor y satisfacer a la vez sus secretas aspiraciones, y el no menos natural de no ofender a sus padres adoptivos.

Vanda fue la que se encargó de despejar la situación.

– Erik, díjole con su voz dulce y grave, ante semejante carta no puedes dar una negativa al doctor; no puedes hacerlo, porque sería a la vez mostrate ingrato y perjudicarte a ti mismo. ¡Tu lugar está entre los sabios, no entre los pescadores! ¡Hace ya mucho tiempo que lo pienso así, y puesto que nadie se atreve a decírtelo, yo te lo digo!...

– ¡Vanda tiene razón!, exclamó el señor Malarius sonriendo.

– ¡Vanda tiene razón!, aprobó Catalina, enjugando una lágrima.

Y he aquí cómo por segunda vez se resolvió la marcha de Erik.

Dépêche

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