El náufrago del Cynthia

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ENFILANDO AL SUDOESTE

Al siguiente día, el Alaska penetraba en la rada de Brest. Su avería, afortunadamente, no era de gravedad, y un ingeniero, llamado al punto, prometió dejarlo todo arreglado en tres días.

Era, pues, un retraso de poca importancia, que se aprovecharía para aprovisionarse de carbón, con lo cual no sería necesario detenerse en Gibraltar, como se Proyectó en un principio.

La siguiente escala se haría en Malta, recuperándose así veinticuatro horas; de modo que el retraso quedaba reducido realmente a dos días.

Ahora bien; como al trazar el plan del viaje se calcularon los incidentes imprevistos, no era cosa de inquietarse, y todos tomaron filosóficamente aquel contratiempo.

Muy pronto se vio que la avería se iba a convertir en una fiesta. A las pocas horas de haber llegado el Alaska, súpose su arribo en la ciudad, y como ya se conocía el objeto de su viaje, la oficialidad del buque no tardó en ser objeto de las más lisonjeras demostraciones.

El prefecto marítimo y alcalde de Brest, el comandante del puerto y los de los buques anclados fueron en comisión a visitar al capitán Mársilas, y empeñáronse en organizar un banquete y un baile para agasajar a los atrevidos exploradores que iban en busca de Nordenskjold.

Por poco aficionados que fuesen el doctor y el señor Malarius a esta clase de reuniones mundanas, fuéles preciso tomar parte; y en cuanto al abogado Bredejord, es justo confesar que se hallaba en su verdadero elemento.

Entre las personas invitadas por el prefecto para honrar a la oficialidad del Alaska, hallábase un anciano de noble aspecto y fisonomía melancólica, en quien Erik fijó su atención, y que le inspiró una simpatía inexplicable. Era el señor Durrien, cónsul general honorario, miembro de la Sociedad Geográfica, bien conocido por sus viajes al Asia Menor y al Sudán.

Erik había leído su relato con el más vivo interés, y habló como hombre competente al sabio francés después de ser presentados mutuamente.

Ahora bien; por legítimas que puedan ser las satisfacciones de este orden, muy pocas veces disfrutan de ellas los grandes viajeros;

cuando sus aventuras hacen ruido, puede suceder que exciten una frivola admiración en la multitud, pero es raro que encuentren en un salón personas conocedoras de sus trabajos y capaces de apreciarlos en su justo valor. La respetuosa curiosidad del joven teniente conmovió al venerable geógrafo e hizo asomar una sonrisa a sus pálidos labios.

– No tienen gran mérito mis descubrimientos, dijo, contestando a las palabras de Erik sobre sus recientes y felices exploraciones en los alrededores de Assuan; yo iba como hombre que sólo procura olvidar crueles pesares y que se cuida poco de los resultados con tal que los trabajos le agraden. La casualidad ha hecho lo demás...

Al ver que Erik y el señor Durrien eran tan buenos amigos, el prefecto tuvo cuidado de colocarlos uno junto a otro en la mesa, para que pudieran continuar su conversación durante la comida.

Cuando servían el café, acercóse al teniente del Alaska un hombrecillo calvo, que le había sido presentado antes, y que se llamaba doctor Kergaridec; detúvose delante de Erik, y sin preámbulo preguntóle de qué país era. Soprendido al pronto, el joven contestó que era sueco, o más bien noruego, y que su familia habitaba en Bergen; pero, dicho esto, quiso saber a su vez el motivo de la pregunta.

– Es muy sencillo, replicó su interlocutor;

hace ya una hora que me tomé la libertad de examinar a usted desde el otro lado de la mesa, y pienso que jamás he visto en ninguna parte el tipo celta tan marcado como en su persona...

Debo advertirle que soy muy aficionado al estudio de las razas... ¡Esta es la primera vez que encuentro el tipo celta tan perfecto en un escandinavo!... Quizá tengamos aquí una indicación preciosa para la ciencia, resultante de la cual Noruega fue una de las regiones visitadas por nuestros antecesores los galos.

Erik iba sin duda a explicar al sabio las razones que faltaban a esta hipótesis, cuando el doctor Kergaridec se volvió para dirigir sus cumplidos a una dama que acababa de entrar en el salón, del prefecto, y la conversación quedó interrumpida. Erik no hubiera pensado más en este incidente si al otro día, al pasar por una calle inmediata al mercado, no le hubiese dicho el doctor, señalándole un ganadero de Morbihan:

– Hijo mío, si conservase la menor duda sobre tu origen céltico, se desvanecería aquí...

¡Mira cómo se te parecen todos esos bretones!...

Tienen tu color mate, la misma forma del cráneo, tus ojos castaños, tus cabellos negros, y, en fin, tu aspecto general... Bredejord podrá decir lo que quiera, pero tú eres un celta de pura sangre; no lo dudes ni un momento.

Erik refirió entonces lo que le había dicho la víspera el doctor Kergaridec, y Schwaryencrona quedó tan contento, que no se habló de otra cosa en todo el día.

Al igual que los demás pasajeros, Tudor Brown había recibido y aceptado la invitación del prefecto. Por un momento se pudo creer que asistiría con su traje de costumbre, pues le llevaba al desembarcar para ir al banquete; pero sin duda la necesidad de quitarse el sombrero le pareció demasiado dura, pues en el momento mismo de franquear la puerta de la casa del prefecto retrocedió, alejóse, y no se le volvió a ver por allí.

De regreso a bordo después del baile, donde se había divertido mucho, Erik supo que Tudor Brown había vuelto a eso de las siete a comer;

que después entró en la habitación del capitán para consultar una carta marina, y que, acto seguido, pidió un bote a fin de trasladarse otra vez a tierra.

Estas fueron las últimas noticias que se tuvieron de él.

A las cinco de la tarde del día siguiete, Tudor Brown no había regresado aún, aunque sabía muy bien que la máquina estaba ya reparada y los fuegos encendidos, no pudiendo retardarse la salida del buque. El capitán había tenido buen cuidado de avisar a todos, y en su consecuencia dio orden de levar anclas.

Ya se iban a largar las amarras cuando se vio salir del muelle un bote, que surcaba las aguas con la mayor rapidez posible; todos creyeron que conducía a Tudor Brown, pero pronto se supo que sólo se trataba de una carta, y con gran sorpresa vióse que iba dirigida a Erik.

Al abrir el sobre, el joven no encontró más que una tarjeta del señor Durrien, cónsul general honorario, que había escrito con lápiz las siguientes palabras: ¡Buen viaje!... ¡Pronta vuelta!...

Difícil sería expresar lo que Erik experimentó; aquella atención de un sabio distinguido le conmovió profundamente, haciendo asomar una lágrima a sus ojos, pues al abandonar aquella tierra hospitalaria, donde sólo había estado tres días, parecíale que se alejaba de su patria.

Guardó la tarjeta cuidadosamente, y díjose que aquella despedida del anciano era de buen agüero.

Diez minutos después el Alaska se ponía en movimiento, avanzando majestuosamente; a las seis había franqueado el canal y el piloto se despedía, deseándole buen viaje.

Era el 21 de febrero; la atmósfera estaba muy serena; el sol habíase ocultado en el horizonte bajo una línea tan marcada como en un día de verano; pero la noche avanzaba, y muy pronto seria profunda la oscuridad, pues la luna no debía salir hasta las diez. Erik, de servicio durante el primer cuarto, paseábase con paso ligero en la proa, y parecíale que con Tudor Brown había desaparecido el genio malo de la expedición.

¡Con tal de que no vuelva a unírsenos en Malta o en Suez, pensaba, al fin nos veremos libres de ese hombre!

En efecto; esto era posible, y hasta muy probable, si Tudor Brown había querco evitar el largo rodeo que el Alaska Ia hacer Para dirigirse a Egipto. Mientras que el buque costeaba Francia y Es paña, él podría permanecer una seman: en París o en cualquier otro punto, y al canzar después al Alaska con el Corree de las Indias, en Alejandría o en Suez, hasta en Aden, Colombo,

Singapur o Yokohama.

Pero, en fin, esto no pasaba de ser una posibilidad; el hecho era que entonces no estaba allí, y esto bastaba para que todos estuvieran contentos.

Por eso la comida fue aquel día más cordial y alegre que todas; al servirse los postres se brindó por el buen éxito de le expedición, y después todos subieron a cubierta para fumar.

Con la ausencia de Tudor Brown renacía la tranquilidad.

La noche era oscurísima; a lo lejos, hacia el Norte, veíase brillar el faro de cabo de San Mateo, el de Piedras Negras y el de Ouessant; por la parte del Sur de jaban atrás el gran faro de luz fija del Bec-du-Raz y el de eclipses de Tevennec; el faro pequeño de Bec-du-Raz, que sóle ilumina dos sectores, uno de 41 grados y el otro de 30, divisábase ya hacia el Oeste, y esto indicaba que el buque seguía buena ruta. A babor del Alaska brillaba también el faro de la isla de Sen, cuya luz se produce con intervalos de cuatro segundos, precedida y seguida de eclipses. Una buena brisa del Nordeste aceleraba la marcha del buque, haciéndole apoyarse con fuerza sobre el costado de babor, así es que se balanceaba poco aunque la mar era muy gruesa.

Cuando los pasajeros llegaron al puente, el marinero de servicio en la proa acababa de sacar la corredera.

– Diez nudos y un cuarto, dijo al capitán, que se adelantaba hacia él para saber el resultado de la operación.

– Buena marcha, dijo el doctor; podríamos contentarnos con ella durante cincuenta o sesenta días.

– En efecto, repuso el capitán, y así no sería necesario quemar mucho carbón para llegar al estrecho de Bering.

Dichas estas palabras, separóse del doctor y bajó a su camarote, buscó en la estantería una carta marina forrada con lienzo, desdoblóla sobre su mesa y comenzó a examinarla a la viva luz de una enorme lámpara Cárcel que pendía del techo. Era una carta del Almirantazgo británico, en la cual se indicaban todos los detalles de la región marítima llamada armoricana, la misma que en aquel momento recorría el buque entre el 47º y el 49º de latitud Norte, y el 4º y 5º de longitud Oeste de Greenwich. La carta medía cerca de un metro cuadrado de superficie, y en ella señalábanse minuciosamente las costas, las islas, los faros de luz fija y giratoria, los bancos de arena, las profundidades y hasta las direcciones que se debían seguir.

Con semejante carta y una brújula, parecía que hasta un niño hubiera podido guiar el buque más grande en aquellos parajes, tan peligrosos sin embargo, que un distinguido oficial de la marina francesa, el teniente Mage, el intrépido explorador del Níger, había naufragado en otro tiempo con todos sus compañeros de la Magicienne, sufriendo la misma suerte que el Sané y otros muchos buques.

La casualidad quiso que el capitán Marsilas no hubiese navegado nunca en aquellas aguas, a las cuales no se hubiera acercado, ni con mucho, a no haber sido necesario ir a Brest. En consecuencia, sólo podía fiarse de un atento estudio de la carta para mantenerse en el buen camino; aunque la cosa parecía muy sencilla. Si dejaba a su izquierda la Punta de Van, el Becdu-Raz y la isla de Sen, residencia legendaria de las nueve sacerdotisas druidas, casi siempre velada por la menuda lluvia que producen las enormes olas, bastábale dirigirse en línea recta al Oeste, para virar al Sur cuando se hallase en alta mar.

El faro de luz fija de la isla señalaba claramente su posición, y, según la carta, a menos de un cuarto de milla al Oeste de dicho faro la isla terminaba en una punta de altos ribazos que el mar libre bañaba, alcanzando en aquellos parajes hasta cien metros de profundidad. Como este punto de mira era precioso en una noche oscura, el capitán, después de examinar detenidamente la carta marina, resolvió mantenerse cerca de él, tal vez más de lo que hubiera creído oportuno durante el día; es decir, a tres o cuatro millas; y terminado su estudio, subió otra vez al puente, observó el mar y dijo a Erik que enfilase veinticinco grados al Sudoeste.

La orden pareció sorprender al joven.

– ¿Al Sudoeste dice usted?, preguntó respetuosamente, creyendo haber oído mal.

– He dicho al Sudoeste, repitió con alguna sequedad el capitán. ¿No le parece a usted buena esa ruta?

– Puesto que me lo pregunta usted, capitán, debo contestarle que no, replicó francamente Erik; yo hubiera preferido navegar más tiempo al Oeste.

– ¿Para qué?... ¿Para perder una noche más?

El tono del capitán no permitía insistir, y Erik dio la orden tal como la había recibido.

Después de todo, su jefe era un marino práctico, en el cual se podía tener confianza absoluta.

Por ligero que fuese el cambio de dirección, bastó para modificar sensiblemente la marcha del buque; el Alaska comenzó a cabecear, y a cada movimiento picaba con su proa las olas; a su alrededor las aguas parecían hervir, cubriéndose de blanca espuma; la corredera indicaba catorce nudos, y como la brisa refrescaba aún, Erik juzgó prudente mandar recoger dos rizos.

El doctor y su amigo Bredejord, aquejados súbitamente de malestar, no tardaron en marcharse a sus camarotes, y el capitán, que se había paseado algunos minutos por el puente, los siguió muy pronto.

Apenas había llegado a su camarote, cuando el mismo Erik se presentó.

– Capitán, le dijo, acabo de oír ruidos sospechosos a babor; parece como si las olas se estrellasen contra las rocas... y en consecuencia me creo obligado a decir a usted que, a mi modo de ver, seguimos una ruta peligrosa.

– Decididamente, caballero, replicó el capitán, es usted tenaz en su inquietud. ¿Qué peligro se puede temer mientras tengamos ese faro a tres millas de nosotros, como no sea a cuatro?

Y con un gesto de impaciencia señaló en la carta marina, extendida aún sobre la mesa, la isla de Sen, que se elevaba como un centinela avanzando en la punta extrema del promontorio bretón.

Erik siguió con la vista la dirección del dedo, y vio que, efectivamente, no se indicaba ningún peligro en las inmediaciones de la isla, cortada a pico y rodeada de aguas profundas.

A los ojos de un marino, nada podía ser más tranquilizador; y, sin embargo, no era ilusión aquel rumor de olas que se estrellaban y que se oía claramente a la izquierda, es decir, a corta distancia.

A Erik le extrañó no reconocer en los perfiles costeros que tenía a la vista, la imagen siniestra y pérfida de aquellos que su memoria conservaba, tales como los había visto descritos en los tratados de geografía; pero ¿cómo oponer una impresión fugitiva, un vago recuerdo, a un hecho tan preciso como una carta marina del Almirantazgo británico?... Erik no se atrevió a ello, pues las cartas geográficas se hacen precisamente para preservar a los navegantes de los errores o las ilusiones de su memoria.

En consecuencia, saludó a su jefe y volvió a cubierta.

Apenas había puesto el pie en la escalera, oyó gritar:

– ¡Rompientes a estribor! Y un momento después:

– ¡Rompientes a babor!

En el mismo instante resonó un silbido acompañado de un confuso rumor, producido por una serie de maniobras efectuadas rápidamente; la marcha del buque se modificó y dio marcha atrás. El capitán se lanzó a la escalera.

En aquel momento oyóse un ruido sordo, semejante al producido por un trineo cuando se arrastra sobre la nieve, y de improviso una terrible sacudida derribó al comandante, haciendo retemblar el buque desde la quuia hasta la punta de los dos mástiles... Siguió a esto un silencio profundo, y el Alaska quedó inmóvil.

Acababa de encajarse como una cuña entre dos rocas submarinas.

El comandante Marsilas, sangrando por una herida en la cabeza, que se produjera al caer, se levantó para subir al puente, donde reinaba la más espantosa confusión.

Los marineros, aturdidos, precipitábanse hacia las lanchas, y las olas se estrellaban furiosas contra el nuevo escollo, que les oponía el buque náufrago. Los dos focos luminosos de Tevennec y de Sen, semejantes a dos enormes ojos, parecían mirar al Alaska con una fijeza implacable y reprenderle por haberse arrojado en los peligros que tenían misión de señalar.

Erik, de pie en la escalerilla e inclinándose a estribor, trataba de penetrar con su vista la oscuridad para medir la extensión del desastre.

– Vamos, caballero, ¿qué ocurre?, gritó el comandante, medio aturdido aún por su caída.

– Ocurre que, enfilando al Sudoeste, según sus órdenes, hemos ido a caer en medio de las rompientes.

El capitán no replicó, pues en rigor nada podía contestar... Dio media vuelta y volvió hacia la escalera.

¡Cosa extraña! Aunque la situación era trágica, no parecía inminentemente peligrosa; la misma inmovilidad del buque, la presencia de aquellos dos faros, la inmediación de la tierra, que harto se revelaba por las rocas entre las cuales se hallaba empotrado el buque como en un círculo de hierro; todo, en fin, contribuía a que aquel desastre pareciera más bien triste que espantoso. Erik, por su parte, sólo veía un hecho: la expedición detenida en su marcha y perdida la ocasión de encontrar a Patricio O'- Donoghan.

Sin embargo, al pensar en la contestación algo viva que había dado al capitán, dictada sólo por la amargura que llenaba su alma, abandonó la escalerilla para volver al puente, y buscó con la vista al comandante, animado de la generosa intención de consolarle, si era posible.

Pero el capitán había desaparecido, y a los pocos momentos oyóse una detonación en su camarote. Erik corrió hacia allí, y como la puerta estaba cerrada interiormente, hundióla de un puntapié.

El capitán Marsilas yacía en el suelo, con la cabeza destrozada y un revólver en la mano derecha.

Al ver el buque perdido por culpa suya, habíase disparado un tiro, que le dejó sin vida en el acto. El doctor y Bredejord, que llegaron al punto así lo comprobaron.

Pero no había tiempo para entregarse a tristes reflexiones. Erik, confiando a los dos amigos el cuidado de levantar el cadáver y depositarlo en el lecho, debía volver al puente para ocuparse en salvar la tripulación.

Cuando pasaba por delante del camarote del señor Malarius, el digno maestro, despertado por la inmovilidad del buque o por el tiro, entreabrió la puerta y asomó su blanca cabeza, cubierta con su eterno gorro de seda negra.

Había dormido tranquilamente desde la salida de Brest, e ignoraba lo que sucedía.

– ¿Qué ocurre, qué hay, hijo mío?, preguntó con su dulce voz.

– Lo que ocurre, querido maestro, contestó Erik, es que el Alaska está embarrancado y que el capitán acaba de suicidarse.

– ¡Oh!, exclamó el maestro en el colmo de la sorpresa. Entonces, hijo mío, ¡adiós nuestra expedición!

– En cuanto a eso, querido señor Malarius, es otro asunto, repuso Erik; yo no he muerto, y mientras me quede un soplo de vida, nunca dejaré de decir: ¡Adelante!

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