Dos años de vacaciones

Capítulo 4

La costa estaba desierta, tal como lo había reconocido Briant cuando estuvo de observación en las crucetas del palo de trinquete. Desde hacía una hora, el goleta yacía encallado en su lecho de arena, y ningún indígena había sido avistado aún. Ni bajo los árboles que formaban masa ante el acantilado, ni cerca de las orillas del río, llenado por las aguas de la marea montante, se veía casa, cabaña ni choza alguna. Ni siquiera había huella de pie humano en la superficie de la playa, que las marcas del mar bordeaban con un largo cordón de algas. En la desembocadura del pequeño río, ninguna embarcación de pesca. Y, en fin, ningún humo que se enroscara en el aire sobre todo el perímetro de la bahía comprendido entre los dos promontorios del sur y del norte.

En primer lugar, Briant y Gordon tuvieron la idea de adentrarse entre los grupos de árboles, a fin de alcanzar el acantilado para escalarlo, si ello era posible.

– Ya estamos en tierra, que ya es algo —dijo Gordon—. Pero ¿qué tierra es ésta, que parece deshabitada?

– Lo importante es que no sea inhabitable —respondió Briant—. ¡Tenemos provisiones y municiones para algún tiempo! Solo nos falta un refugio, y hay que encontrarlo... al menos para los pequeños. ¡Ellos primero que nadie!

– ¡Sí!... ¡Tienes razón!... —respondió Gordon.

– En cuanto a saber dónde estamos —prosiguió Briant—, habrá tiempo de ocuparse de eso cuando hayamos atendido lo más urgente. Si esto es un continente, ¡quizá tengamos alguna posibilidad de ser socorridos! Si es una isla... ¡una isla deshabitada..., bueno, ya veremos! ¡Vamos, Gordon, vamos a explorar!

Ambos alcanzaron rápidamente el límite de los árboles, que se extendía oblicuamente entre el acantilado y la orilla derecha del río, a trescientos o cuatrocientos pasos aguas arriba de la desembocadura.

En aquel bosque no había rastro alguno del paso del hombre, ni senda ni vereda. Viejos troncos, derribados por los años, yacían en el suelo, y Briant y Gordon se hundían hasta la rodilla en el manto de hojas muertas. Sin embargo, los pájaros huían asustados, como si hubiesen aprendido ya a desconfiar de los seres humanos. Así pues, era probable que aquella costa, aunque no estuviese habitada, recibiera visitas ocasionales de los indígenas de un territorio vecino.

En diez minutos, los dos muchachos cruzaron aquel bosque, cuyo espesor aumentaba conforme se acercaban al escarpe rocoso que se alzaba como una muralla a pico a una altura media de unos cincuenta y cinco metros. ¿Presentaría la base de aquel escarpe alguna oquedad donde fuese posible encontrar refugio? Eso habría sido muy deseable. Allí, en efecto, una cueva, protegida de los vientos del mar por la cortina de árboles y al abrigo del alcance del mar incluso en los temporales, habría ofrecido un excelente refugio. Allí, los jóvenes náufragos habrían podido instalarse provisionalmente, a la espera de que una exploración más seria de la costa les permitiera aventurarse con seguridad hacia el interior del país.

Por desgracia, en aquel escarpe, tan abrupto como la cortina de una fortaleza, Gordon y Briant no descubrieron ninguna gruta, ni siquiera una grieta por la que se pudiera ascender hasta su cresta. Para ganar el interior del territorio, haría falta, probablemente, rodear aquel acantilado, cuya disposición Briant había reconocido cuando lo observaba desde las crucetas del Sloughi.

Durante unos treinta minutos, ambos bajaron hacia el sur bordeando la base del acantilado. Llegaron entonces a la orilla derecha del río, que remontaba sinuosamente en dirección al este. Aunque aquella orilla estaba sombreada por hermosos árboles, la otra bordeaba un territorio de aspecto muy diferente, sin verdor, sin accidentes del terreno. Parecía una vasta ciénaga que se extendía hasta el horizonte del sur.

Decepcionados en su esperanza, sin haber podido ascender a la cima del acantilado, desde donde sin duda les habría sido posible observar el país en un radio de varias millas, Briant y Gordon regresaron hacia el Sloughi.

Doniphan y algunos otros iban y venían por las rocas, mientras que Jenkins, Iverson, Dole y Costar se entretenían recogiendo conchas.

En la conversación que mantuvieron con los mayores, Briant y Gordon dieron a conocer el resultado de su exploración. A la espera de que las investigaciones pudieran llevarse más lejos, pareció conveniente no abandonar el goleta. Aunque su casco estuviese destrozado y escorase fuertemente a babor, podría servir de morada provisional, en el mismo lugar donde había encallado. Si la cubierta se había entreabierto por la proa, sobre el sollado de la tripulación, el salón y los camarotes de popa ofrecían, al menos, un abrigo suficiente contra las ráfagas. En cuanto a la cocina, no había sufrido con los golpes en los arrecifes —con gran satisfacción de los pequeños, a quienes la cuestión de las comidas interesaba muy particularmente.

En verdad, era una suerte que aquellos jóvenes no se hubieran visto obligados a transportar a la playa los objetos indispensables para su instalación. Suponiendo que lo hubieran logrado, ¿a qué dificultades, a qué fatigas no habrían quedado expuestos? Si el Sloughi hubiera permanecido junto al filo de los primeros rompientes, ¿cómo habrían podido rescatar el material? ¿No habría demolido el mar rápidamente el yate, y de los pocos restos diseminados sobre la arena —conservas, armas, municiones, ropa, ropa de cama, utensilios de toda clase, tan útiles para la existencia de aquel pequeño mundo— qué se habría podido salvar? Afortunadamente, la pleamar había lanzado el Sloughi más allá del banco de arrecifes. Si se hallaba incapaz de navegar jamás, al menos era habitable, puesto que su obra muerta había resistido primero a la borrasca y después al choque, y nada podría arrancarlo de aquel lecho de arena en que su quilla se había hundido. Sin duda, bajo los embates sucesivos del sol y de la lluvia, acabaría por desarmarse, el forro cedería, la cubierta terminaría de entreabrise, y el abrigo que ofrecía en aquel momento acabaría por resultar insuficiente. Pero, de aquí a entonces, o los jóvenes náufragos habrían podido alcanzar alguna ciudad, algún pueblo, o, si la tempestad los había relegado en una isla desierta, habrían descubierto una cueva en las rocas del litoral.

Lo mejor era, pues, permanecer provisionalmente a bordo del Sloughi. Así se hizo aquel mismo día. Una escala de cuerda, dispuesta por el lado de estribor, por donde el yate escorava, permitió a grandes y pequeños acceder a las escotillas de cubierta. Moko, que sabía algo de cocina, en su calidad de grumete, ayudado por Service, que disfrutaba guisando, se ocupó de preparar una comida. Todos comieron con buen apetito, e incluso Jenkins, Iverson, Dole y Costar se abandonaron a cierta alegría. Solo Jacques Briant, antaño el animador del colegio, continuó manteniéndose al margen. Tal cambio en su carácter, en sus hábitos, era bien capaz de sorprender; pero Jacques, que se había vuelto muy taciturno, siempre había esquivado las preguntas que sus compañeros le habían hecho al respecto.

Por fin, muy fatigados, tras tantos días, tantas noches pasadas en medio de los mil peligros de la tempestad, todos no pensaron ya más que en dormir. Los pequeños se repartieron por los camarotes del yate, a los que los mayores no tardaron en reunirse. Sin embargo, Briant, Gordon y Doniphan quisieron hacer guardia por turnos. ¿No podían temer la aparición de una manada de fieras, o incluso de un grupo de indígenas que no habrían sido menos temibles? No ocurrió nada. La noche transcurrió sin alarmas, y, cuando el sol reapareció, tras una plegaria de acción de gracias a Dios, se atendió a los trabajos exigidos por las circunstancias.

En primer lugar, hubo que hacer inventario de las provisiones del yate, luego del material, que comprendía armas, instrumentos, utensilios, ropa, herramientas, etc. La cuestión de la alimentación era la más grave, puesto que aquella costa parecía desierta. Los recursos quedarían limitados a los productos de la pesca y de la caza, siempre que la caza no escaseara. Hasta entonces, Doniphan, que era un cazador muy hábil, solo había avistado numerosas bandadas de aves en la superficie de los arrecifes y de las rocas de la playa. Pero verse reducidos a alimentarse de aves marinas habría sido una lástima. Era necesario saber cuánto tiempo podrían durar las provisiones del goleta si se administraban con cuidado.

Pues bien, hecho el recuento, a excepción del bizcocho de mar, del que había un considerable aprovisionamiento, conservas, jamón, galletas de carne —compuestas de harina de primera calidad, cerdo picado y especias—, corn-beef, salazones, botes de estofado: todo ello no duraría más de dos meses, incluso recurriendo a ello con suma parsimonia. Así pues, desde el principio convendría valerse de los productos del país, a fin de reservar las provisiones para el caso de que fuera necesario recorrer algunos centenares de millas para alcanzar los puertos del litoral o las ciudades del interior.

– ¡Con tal de que parte de esas conservas no estén dañadas! —observó Baxter—. Si el agua de mar ha penetrado en la bodega después de nuestro encallamiento...

– Eso lo veremos al abrir los botes que nos parezcan estropeados —respondió Gordon—. ¿Quizá, si se volviera a cocer su contenido, podría aprovecharse?

– Yo me encargo de eso —respondió Moko.

– Y no tardes en ponerte manos a la obra —añadió Briant—, porque durante los primeros días nos veremos obligados a vivir de las provisiones del Sloughi.

– ¿Y por qué no ir hoy mismo —dijo Wilcox— a visitar las rocas que se elevan al norte de la bahía y recoger huevos comestibles?

– ¡Sí!... ¡Sí!... —exclamaron Dole y Costar.

– ¿Y por qué no pescar? —añadió Webb—. ¿Acaso no hay sedales a bordo y peces en el mar? ¿Quién quiere ir a pescar?

– ¡Yo!... ¡Yo!... —exclamaron los pequeños.

– ¡Bien!... ¡Bien!... —respondió Briant—. ¡Pero esto no es un juego, y solo daremos sedales a los pescadores en serio!

– Tranquilo, Briant —respondió Iverson—. Lo haremos como si fuera un deber...

– Bien, pero empecemos por hacer inventario de lo que contiene nuestro yate —dijo Gordon—. No hay que pensar solo en la comida...

– ¡Siempre se podrán recoger moluscos para el almuerzo! —observó Service.

– ¡De acuerdo! —respondió Gordon—. ¡Marchad, pequeños, tres o cuatro! Moko, tú los acompañarás.

– Sí, señor Gordon.

– ¡Y vigílalos bien! —añadió Briant.

– ¡No tengáis cuidado!

El grumete, en quien se podía confiar —muchacho muy servicial, muy hábil, muy valiente—, debía prestar grandes servicios a los jóvenes náufragos. Sentía una devoción particular por Briant, quien, a su vez, no ocultaba la simpatía que le inspiraba Moko —simpatía de la que sus compañeros anglosajones habrían sentido vergüenza, sin duda.

– ¡Vámonos! —exclamó Jenkins.

– ¿No los acompañas, Jacques? —preguntó Briant dirigiéndose a su hermano.

Jacques respondió negativamente.

Jenkins, Dole, Costar e Iverson partieron, pues, bajo la conducción de Moko, y subieron a lo largo de los arrecifes que el mar acababa de dejar al descubierto. Quizá, en las grietas de las rocas, podrían recoger una buena provisión de moluscos, mejillones, almejas, incluso ostras, y, crudos o cocidos, aquellos mariscos constituirían un complemento serio para el almuerzo de la mañana. Se marcharon dando brincos, viendo en aquella excursión menos la utilidad que el placer. Era propio de su edad, y apenas les quedaba el recuerdo de las pruebas por las que acababan de pasar, ni la inquietud por los peligros que les amenazaba el futuro.

En cuanto la pequeña tropa se hubo alejado, los mayores emprendieron las pesquisas a bordo del yate. Por un lado, Doniphan, Cross, Wilcox y Webb realizaron el recuento de las armas, las municiones, la ropa, los artículos de ropa de cama, las herramientas y los utensilios de a bordo. Por otro, Briant, Garnett, Baxter y Service establecieron la relación de las bebidas —vinos, ale, brandy, whisky, gin— almacenadas en el fondo de la bodega en barriles de una capacidad de entre cuarenta y cinco y ciento ochenta litros cada uno. A medida que cada objeto era inventariado, Gordon lo anotaba en su cuaderno de bolsillo. Aquel cuaderno, por lo demás, estaba lleno de notas relativas tanto al armamento como a la carga del goleta. El metódico americano —contador de nacimiento, puede decirse— poseía ya un estado general del material, y parecía que no le quedaba más que verificarlo.

Y ante todo, se constató que había un juego completo de velas de repuesto y aparejos de toda clase, cabos, cables, amarras, etc. Si el yate hubiera estado aún en condiciones de navegar, nada habría faltado para aparejarle del todo. Pero, si aquellos paños de primera calidad, aquellas jarcias nuevas, no habían de servir ya para un aparejo, se sabría utilizarlos cuando llegara el momento de instalarse. Algunos útiles de pesca, redes de mano y sedales de fondo o de arrastre, figuraron también en el inventario, y eran preciosos ingenios, con tal de que el pez abundara en aquellos parajes.

...y proyectiles para el aprovisionamiento de los dos pequeños cañones del yate, de los que había que esperar no tener que hacer uso para repeler un ataque de indígenas.

En cuanto a los artículos de aseo y los utensilios de cocina, eran suficientes para las necesidades de los jóvenes náufragos —incluso en el caso de que su estancia se prolongara. Si una parte de la vajilla se había roto con el choque del Sloughi contra los arrecifes, quedaba suficiente para el servicio del oficio y de la mesa. No eran, por lo demás, objetos de absoluta necesidad. Era mejor que los vestidos de franela, paño, algodón o tela estuviesen en tal cantidad que se pudiera cambiar de ellos según las exigencias de la temperatura. En efecto, si aquella tierra se encontraba en la misma latitud que Nueva Zelanda —cosa probable, puesto que desde su salida de Auckland el goleta había sido siempre impulsado por vientos del oeste— cabía esperar fuertes calores durante el verano y grandes fríos durante el invierno. Afortunadamente, había a bordo gran cantidad de aquellas prendas que son indispensables en una excursión de varias semanas, pues nunca está de más abrigarse en el mar. Además, los cofres de la tripulación proporcionaron pantalones, chaquetones de lana, capas de hule, jerseys gruesos, que sería fácil adaptar a la talla de los mayores y los pequeños —lo que les permitiría hacer frente a los rigores de la estación invernal. Huelga decir que, si las circunstancias obligaban a abandonar el goleta por una morada más segura, cada cual llevaría consigo su ropa de cama completa, pues los camarotes estaban bien provistos de colchones, sábanas, almohadas y mantas, y, con cuidados, aquellos diversos objetos podrían durar mucho tiempo...

¡Mucho tiempo!... ¡Una expresión que quizás significaba siempre!

He aquí ahora lo que Gordon anotó en su cuaderno bajo el epígrafe de instrumentos de a bordo: dos barómetros aneroides, un termómetro centígrado de alcohol, dos cronómetros marinos, varias de aquellas trompas o cornetas de cobre que se usan durante las nieblas y que se oyen a grandes distancias, tres largavistas de corto y largo alcance, una brújula de bitácora y otras dos de modelo reducido, un storm-glass que indica la proximidad de los temporales, y por último varios pabellones del Reino Unido, sin contar la serie completa de señales que permiten comunicar en el mar de un buque a otro. Había también uno de aquellos Halketts-boats, pequeños botes de caucho que se pliegan como una maleta y son suficientes para cruzar un río o un lago.

En cuanto a las herramientas, el cofre del carpintero contenía un surtido bastante completo, sin contar bolsas de clavos, tirafondos y tornillos, herrajes de toda clase para las pequeñas reparaciones del yate. Asimismo, no faltaban botones, hilo ni agujas, pues, en previsión de frecuentes remiendos, las madres de aquellos niños habían tomado sus precauciones. Tampoco correrían el riesgo de verse privados de fuego; con una amplia provisión de cerillas, los eslabones de yesca y los mecheros les bastarían por mucho tiempo, y podían estar tranquilos a ese respecto.

A bordo había también cartas de gran escala; pero eran específicas de las costas del archipiélago neozelandés —inútiles, por consiguiente, para aquellos parajes desconocidos. Por fortuna, Gordon había traído uno de esos atlas generales que comprenden la geografía del Viejo y del Nuevo Mundo, y precisamente el Atlas de Stieler, que parece ser lo más perfecto que la geografía moderna cuenta en ese género. Además, la biblioteca del yate contaba con un cierto número de buenos libros ingleses y franceses, sobre todo relatos de viajes y algunos manuales de ciencias, sin hablar de los dos famosos Robinsones que Service habría salvado como antaño Camoens salvó sus Lusiadas —lo que Garnett había hecho por su parte con su famoso acordeón, que salió sano y salvo de los golpes del encallamiento. Por último, después de todo lo necesario para leer, había todo lo necesario para escribir: plumas, lápices, tinta, papel, y también un almanaque del año 1860, del que Baxter se encargó de ir tachando sucesivamente cada día transcurrido.

– Es el 10 de marzo —dijo— cuando nuestro pobre Sloughi fue arrojado a la costa... Tacho, pues, este 10 de marzo, así como todos los días de 1860 que lo precedieron.

Cabe mencionar también una suma de quinientas libras esterlinas en oro que fue hallada en la caja fuerte del yate. Quizás aquel dinero tendría su utilidad si los jóvenes náufragos lograban alcanzar algún puerto desde el que pudieran repatriarse.

Gordon se ocupó entonces de levantar minuciosamente el recuento de los diversos barriles estibados en la bodega. Varios de esos barriles, llenos de gin, ale o vino, se habían reventado durante los golpes contra los arrecifes, y su contenido había escapado por las tablas del forro dislocadas. Era una pérdida irreparable, y habría que economizar todo lo posible lo que quedaba.

En resumen, en la bodega del goleta había todavía unos cuatrocientos cincuenta litros de clarete y de sherry, unos doscientos veinticinco litros de gin, brandy y whisky, y cuarenta toneles de ale, de unos ciento catorce litros cada uno, más una treintena de frascos de licores variados que, bien envueltos en su camisa de paja, habían podido resistir el choque de los rompientes.

Se comprende que los quince supervivientes del Sloughi podían decirse que la vida material les estaría asegurada al menos durante cierto tiempo. Quedaba por examinar si el país proporcionaría algunos recursos que les permitieran economizar las reservas. En efecto, si era en una isla donde la tempestad los había arrojado, apenas podían esperar salir de ella alguna vez, a menos que un barco se acercara a aquellos parajes y pudieran hacerle señales de su presencia. Reparar el yate, recomponer su armazón agrietada en el casco, rehacer su forro: eso habría exigido un trabajo por encima de sus fuerzas y el empleo de herramientas que no tenían a su disposición. En cuanto a construir un nuevo buque con los restos del antiguo, ni siquiera podían pensarlo, y, además, al no estar iniciados en las cosas de la navegación, ¿cómo habrían podido cruzar el Pacífico para regresar a Nueva Zelanda? Sin embargo, con las embarcaciones del goleta, no habría sido imposible llegar hasta algún otro continente, alguna otra isla, si hubiera alguna en las inmediaciones de aquella parte del Pacífico. Pero los dos botes habían sido arrancados por los golpes del mar, y a bordo solo quedaba el esquife, apto tan solo para navegar a lo largo de la costa.

Hacia el mediodía, los pequeños, guiados por Moko, regresaron al Sloughi. Al final se habían hecho útiles poniéndose seriamente a la faena. Así pues, traían una buena provisión de mariscos que el grumete se dispuso a aderezar. En cuanto a los huevos, debía de haberlos en gran cantidad, pues Moko había constatado la presencia de innumerables palomas de roca de especie comestible, que anidaban en las altas anfractuosidades del acantilado.

– ¡Muy bien! —dijo Briant—. Una de estas mañanas organizaremos una cacería que podría ser muy provechosa.

– Sin duda —respondió Moko—, y tres o cuatro escopetazos nos darán esas palomas por docenas. En cuanto a los nidos, descolgándose al extremo de una cuerda, quizás no será muy difícil apoderarse de ellos.

– De acuerdo —dijo Gordon—. Mientras tanto, si mañana Doniphan quiere salir de caza...

– ¡No pedimos otra cosa! —replicó Doniphan—. ¿Webb, Cross y Wilcox vendrán conmigo?

– Con mucho gusto —respondieron los tres jóvenes, encantados de poder hacer fuego contra aquellos miles de pájaros.

– Sin embargo —observó Briant—, os recomiendo que no matéis demasiadas palomas. Sabréis dónde encontrarlas cuando las necesitéis. Lo importante ante todo es no desperdiciar inútilmente el plomo y la pólvora...

– ¡Bueno!... ¡Bueno!... —respondió Doniphan, que soportaba mal las observaciones, sobre todo cuando venían de Briant—. ¡No es este nuestro primer disparo, y no necesitamos consejos!

Una hora después, Moko vino a anunciar que el almuerzo estaba listo. Todos subieron apresuradamente a bordo del goleta y tomaron asiento en el comedor. A causa de la escora que daba el yate, la mesa se inclinaba visiblemente hacia babor. Pero eso no era para incomodar a niños acostumbrados a los balances del oleaje. Los mariscos, particularmente los mejillones, fueron declarados excelentes, aunque su condimentación dejaba que desear. Pero ¿a esa edad no es siempre el apetito el mejor condimento? Bizcocho, un buen trozo de corn-beef, agua fresca tomada en la desembocadura del río durante la bajamar para que no tuviese sabor salobre, y a la que se añadieron unas gotas de brandy: aquello constituyó una comida muy aceptable.

La tarde se empleó en diversas faenas de acondicionamiento de la bodega y en la clasificación de los objetos inventariados. Mientras tanto, Jenkins y sus compañeritos se ocupaban de pescar en el río, donde pululaban peces de diversas especies. Luego, tras la cena, todos fueron a descansar, salvo Baxter y Wilcox, que debían permanecer de guardia hasta el amanecer.

Así transcurrió la primera noche en aquella tierra del océano Pacífico.

En resumen, aquellos jóvenes no carecían de los recursos que tantas veces faltan a los náufragos en parajes desiertos. En el estado en que se encontraban, hombres válidos e ingeniosos habrían tenido muchas probabilidades de salir adelante. Pero ellos, cuyo mayor tenía apenas catorce años, si estaban condenados a permanecer largos años en aquellas condiciones, ¿llegarían a atender a las necesidades de su existencia? ¡Bien cabía dudarlo!

Dépêche

Bureau expéditeur : Internet · Destination : à bord du Nautilus

0 mot · tarif : 0 kreutzers (les points deviennent STOP)