Un drama en Livonia

CAPÍTULO II

DE ESLAVO A ESLAVO

P

OR el momento el fugitivo estaba a salvo, pues los lobos no podían subir por la escala, como lo hubieran hecho los osos, no menos abundantes en los bosques de Livonia. No tenía necesidad de descender hasta que los lobos hubieran desaparecido, lo que seguramente sucedería al levantarse el sol.

Ante todo, ¿por qué aquella escala se encontraba en aquel sitio y dónde se sujetaba su extremidad superior?

Estaba sujeta a una rueda, de la que salían otras tres escalas, formando en realidad un molino, colocado sobre un cerrillo, no lejos del sitio donde el Embach se alimentaba de las aguas del lago. Por feliz coincidencia, el molino no funcionaba en el momento en que el fugitivo pudo agarrarse a una de las aspas.

Quedaba la posibilidad de que el aparato se pusiera en movimiento al amanecer, si el viento se acentuaba. En este caso hubiera sido difícil mantenerse sobre el eje. Además el molinero iría a descargar sus sacos y advertiría la presencia del desconocido. Mas éste

¿cómo podría arriesgarse a bajar? Los lobos permanecían al pie del cerrillo, lanzando sordos aullidos, que no tardarían en dar el alerta a algunas casas vecinas.

No quedaba más recurso que introducirse en el molino, permaneciendo allí durante todo el día, si el molinero no lo habitaba, y esperar la noche para continuar el camino.

Así pues, el hombre, deslizándose hasta el tejado, ganó la ventana, a través de la cual estaba la palanca de accionamiento, cuya barra pendía hasta el suelo.

Aquel molino, como es costumbre en el país, estaba cubierto con una especie de casquete sin visera. Este tejadillo se movía sobre una serie de ruedas interiores que permitían orientar el aparato según la dirección del viento. El cuerpo principal, de madera, estaba fijo en el suelo, en vez de descansar sobre un eje central, como la mayor parte de los molinos de Holanda, y a él daban acceso dos puertas, colocadas una frente a otra.

El fugitivo llegó a la ventana y se introdujo por ella sin gran ruido ni trabajo. En el interior había una especie de guardilla. El silencio era tan profundo como la oscuridad.

Parecía cierto que no hubiese nadie en el piso bajo. Una estrecha escalera comunicaba la guardilla con el piso bajo, que por base tenía el suelo del cerro; pero la prudencia aconsejaba al fugitivo que no saliera de la guardilla. Comer primero y dormir después, eran las dos imperiosas necesidades a las que no podía sustraerse por más tiempo. Acabó, pues, con sus provisiones, lo que le obligaría a renovarlas en su próxima etapa… ¿Dónde y cómo? Ya se vería.

A las siete y media la bruma se había despejado y era fácil reconocer los alrededores del molino. Inclinándose sobre la ventana se veía, a la derecha, una planicie nevada, por la que se extendía un interminable camino que se dibujaba al oeste, con troncos de árboles yuxtapuestos, pues atravesaba un pantano, sobre el que revoloteaban bandadas de pájaros acuáticos. A la izquierda se extendía el lago, helado en su superficie, excepto en el punto en que desembocaba el Embach. Aquí y allá se alzaban algunos pinos de sombrío follaje, que contrastaban con los alisos, reducidos al estado de esqueletos.

El fugitivo advirtió que los lobos, cuyos aullidos habían cesado desde hacía una hora, habían abandonado aquel sitio.

– Bien - se dijo- , pero los aduaneros y los agentes de policía son más de temer que estas fieras. En las cercanías del litoral será más difícil despistarles… Me caigo de sueño… Sin embargo, antes de dormir es preciso ver el modo de huir en caso de alarma.

La lluvia había cesado y la temperatura habíase elevado. El viento, que empezaba a soplar, ¿no decidiría al molinero a poner en movimiento su molino?

Inclinándose fuera de la ventana podían verse, a media versta, diversas casas aisladas, cubiertas de paja, de las que se escapaban débiles humaredas. Allí, sin duda, vivía el dueño del molino.

El fugitivo se arriesgó a descender por la escalera interior, llegando al armazón que soportaba la muela, donde había varios sacos de trigo. El molino no estaba, pues, abandonado, y funcionaba cuando había viento bastante para mover las aspas, siendo de esperar que de un momento a otro apareciese el dueño.

En estas circunstancias hubiera sido imprudencia permanecer en el piso inferior, y lo mejor era volver a la guardilla para dormir algunas horas, pues de lo contrario corría el riesgo de ser sorprendido. Las dos puertas que daban acceso al molino estaban cerradas por medio de un sencillo picaporte, y cualquier necesitado de refugio podía buscarlo en este molino.

El viento refrescaba y el molinero no tardaría en volver.

El hombre se izó por la escalera de madera, y lanzando una última mirada por las troneras de la pared, llegó a la guardilla, y rendido de fatiga cayó en profundo sueño.

¿Qué hora era cuando despertó? Las cuatro. Ya era día claro, pero el molino estaba siempre en reposo.

Una feliz circunstancia hizo que al pretender levantarse el fugitivo, el frío le impidiese hacer movimiento alguno, lo que le salvó de un gran peligro.

En efecto: a su oído llegaron algunas palabras cambiadas en el piso inferior entre varias personas que hablaban con cierta animación, y que habían entrado medía hora antes de que despertara el fugitivo, que hubiera sido descubierto de subir aquéllas a la guardilla.

El hombre permaneció inmóvil. Tendido en el suelo, prestó oído a lo que abajo se hablaba.

Desde las primeras palabras conoció quienes eran, y comprendió al punto el peligro, al que escaparía si abandonaba el molino antes o después de la partida de las gentes que hablaban con el molinero.

Eran tres agentes de policía, un cabo y dos soldados.

En aquella época la influencia rusa en la administración de las provincias bálticas apenas comenzaba a separar los elementos germanos en provecho de los elementos eslavos. Numerosos policías eran aún de origen alemán. Entre éstos se distinguía Eck, que en sus funciones era menos severo respecto a sus conciudadanos que a los rusos de Livonia. Muy celoso, muy perspicaz y muy bien conceptuado entre sus jefes, ponía verdadero encarnizamiento en la persecución de los asuntos criminales confiados a él, causándole gran satisfacción un buen éxito y gran disgusto un fracaso.

Dedicado entonces a una importante captura, desplegaba tanta más energía cuanto que se trataba de un evadido de Siberia de origen moscovita.

Durante el sueño del fugitivo, el molinero había ido al molino con la idea de consagrar todo el día al trabajo. A las nueve la brisa le pareció favorable, y si las aspas se hubieran puesto en movimiento, al primer ruido hubiera despertado el durmiente; pero, por efecto de una lluvia fina, no aumentó el viento, y, el molinero permanecía en la puerta cuando Eck y sus agentes le vieron y penetraron en el molino con objeto de pedir a aquél algunos informes.

En aquel instante Eck decía:

– ¿No tienes noticias de que un hombre de treinta a treinta y cinco años haya sido visto ayer en el extremo del lago?

– No - respondió el molinero- . En esta época no vienen a nuestro caserío ni dos personas por día. ¿Se trata de un extranjero?

– ¿Extranjero…? No… un ruso… y un ruso de las provincias bálticas.

– ¡Ah! ¿Un ruso? - repitió el molinero.

– Sí; un pícaro, cuya captura me hará mucho honor.

En efecto; para un policía un fugitivo es siempre un pícaro, haya sido condenado por delito común o por delito político.

– ¿Y está usted en persecución suya? - preguntó el molinero.

– Desde hace veinticuatro horas, que ha sido señalada su presencia en las fronteras de las provincias.

– ¿Se sabe dónde se dirige?

– Puedes sospecharlo. Irá donde pueda embarcarse cuando el mar esté libre. A Revel mejor que a Riga.

El cabo razonaba bien al indicar esta ciudad, la antigua Kolyvan de los rusos, punto donde se concentran las comunicaciones marítimas del norte del imperio. Esta ciudad estaba en relación directa con San Petersburgo por el ferrocarril del litoral de Curlandia.

Un fugitivo tenía, pues, interés en llegar a Revel, que es, al mismo tiempo, una estación balnearia, o si no a Revel, al menos a Balliski, situada en la punta del golfo, puesto que por su posición es la primera que se ve libre de los hielos. Verdad que Revel, una de las más antiguas ciudades hanseáticas, poblada de alemanes en una tercera parte, y en dos de estonios, los verdaderos originarios de Estonia, se encontraba a ciento cuarenta verstas del molino, trayecto que exigía cuatro largas jornadas.

– ¿Por qué a Revel? ¡Ese pícaro preferirá dirigirse a Pernau! - observó el molinero.

– En efecto; en tal dirección no tendría que franquear más que un centenar de verstas.

Riga, alejada el doble de Pernau, no estaba en el camino por donde convenía continuar las pesquisas.

El fugitivo, inmóvil en el fondo de la guardilla, conteniendo la respiración, y con el oído atento, escuchaba aquella conversación, de la que sabría aprovecharse.

– Sí - respondió el agente- ; y la policía de Fallen ha recibido orden de vigilar el país; pero todo hace suponer que nuestro fugitivo se dirija a Revel, donde podrá embarcarse más pronto.

Vista era la opinión del mayor Verder, que dirigía entonces la policía de la provincia de Livonia a las órdenes del coronel Raguenof. También Eck había recibido instrucciones en este sentido.

Si el coronel Raguenof, eslavo de nacimiento, no participaba de las simpatías y antipatías del mayor Verder, de origen germánico, éste se entendía perfectamente, en lo que a este punto se refiere, con su subordinado Eck. Cierto que para moderarlos y contenerlos, sobre ellos estaba el general Gorko, gobernador de las provincias bálticas.

Este alto personaje, se inspiraba en las ideas del gobierno, que tendía, como se ha dicho, a imponer gradualmente la influencia rusa en la administración de las provincias.

La conversación se prolongó durante algunos minutos. El agente pintaba al fugitivo conforme a las señas enviadas a las diversas escuadras de la región: estatura superior a la mediana, constitución robusta, treinta y cinco años, barba rubia y abundante, caftán oscuro, al menos en el momento en que pasaba la frontera.

– Por segunda vez - respondió el molinero- , afirmo que ese hombre… ¿un ruso, verdad?

– Sí, un ruso.

– Pues bien; afirmo que no se ha mostrado por nuestra aldea, y en ninguna casa hallará usted indicios de él.

– ¿Sabes que el que le diera asilo correría el riesgo de ser arrestado y considerado como cómplice suyo?

– ¡Que el Padre nos proteja! Lo sé, y por mi parte me libraré de ello.

– Tienes razón. Es prudente no tener que habérselas con el mayor Verder.

– Me guardaré de ello - respondió el molinero.

Eck se disponía a salir, repitiendo que sus hombres y él continuarían la batida por el país, entre Pernau y Revel, y que las escuadras de policía habían recibido orden de comunicarse entre sí.

– El viento vuelve a soplar del sudoeste - dijo el molinero- . Va a refrescar. ¿Querrían los hombres de usted ayudarme a orientar las aspas? Esto me evitaría volver a la aldea, y podría permanecer aquí toda la noche.

Eck se prestó a ello. Sus agentes salieron por la puerta opuesta y practicaron la operación solicitada por el molinero. Desenvueltas las telas, el molino empezó a funcionar.

El cabo y sus agentes partieron entonces en dirección noroeste.

El fugitivo no había perdido sílaba de aquella conversación, de la que deducía que los más graves peligros le amenazaban al término de su aventurado viaje. La policía practicaba pesquisas en el campo. Las escuadras obrarían de concierto para apoderarse de su persona.

¿Convenía que él procurara llegar a Revel? No. Pensó que era mejor dirigirse a Pernau, donde llegaría más pronto. El deshielo no debía tardar ni en el mar Báltico ni en el golfo de Finlandia.

Tomada esta resolución, era preciso abandonar el molino en cuanto la oscuridad hiciera posible la fuga.

¿Y cómo hacerlo sin que el molinero lo advirtiera? Su máquina funcionaba bajo la acción del viento, y él se había instalado para pasar allí la noche. Inútil pensar en ganar el piso inferior para escapar por una u otra puerta. ¿Sería posible deslizarse por la ventana y descender a tierra?

Era empresa para ser intentada por un hombre diestro y vigoroso, aunque el mástil de las aspas estuviera en movimiento y hubiese el peligro de ser enganchado por los dientes del engranaje. En fin, no había más remedio que decidirse a correr este riesgo.

Era preciso esperar la hora en que la oscuridad fuese completa; lo que traería el inconveniente de que el molinero subiese a la guardilla y le viese, bien a la luz del día, bien a la del farol, que seguramente encendería cuando llegara la noche.

Pues bien; si el molinero subía a la guardilla y descubría al hombre que se había ocultado en ella, este hombre se arrojaría sobre él y le amordazaría. Si el molinero se resistía, si intentaba defenderse, si sus gritos podían despertar la alarma en la aldea, peor para él; el fugitivo le hundiría su cuchillo en la garganta. No había venido de tan lejos, a través de tantos peligros, para retroceder ante cualquier medio de recobrar su libertad.

Sin embargo, conservaba la esperanza de no verse obligado a verter sangre para asegurar su huida. ¿Por qué había de entrar el molinero en la guardilla? ¿No tenía que vigilar su molino?

Transcurrió una hora, entre el tic- tac del árbol, el chirrido del engranaje, el soplo del viento y el crujido del grano aplastado. La sombra comenzaba a ahogar el crepúsculo, siempre largo en aquellas altas latitudes. En el interior de la guardilla la oscuridad era completa.

Se aproximaba el momento. La jornada de la noche sería fatigosa: no podía ser menos de cuarenta verstas, e importaba no diferir la partida, en cuanto fuera posible.

Aseguróse el fugitivo de que el cuchillo entraba y salía en la vaina con facilidad, e introdujo seis cartuchos en su revólver, en sustitución de los que había disparado contra los lobos.

Restaba la dificultad de pasar por la ventana sin ser enganchado por el árbol giratorio, cuyo extremo se apoyaba en el orificio mismo de aquélla.

El fugitivo se disponía a practicar la operación, cuando un ruido bastante perceptible se dejó oír. Era el de un paso lento y pesado, que hacía crujir los escalones.

El molinero subía, llevando en la mano un farol.

Apareció en el momento en que el fugitivo, con el revólver en la mano, se disponía a lanzarse contra él.

Pero así que el molinero pasó medio cuerpo al ras del suelo, dijo:

– Este es el momento de partir; no tardes; baja; la puerta está abierta.

Estupefacto, el fugitivo no supo qué responder. ¿El molinero sabía, pues, que él estaba allí? ¿Le había visto refugiarse en el molino? Sí. Durante su sueño había subido a la guardilla y le había visto, teniendo cuidado de no despertarle. ¿No era un ruso como él?

Entre eslavos esto se conoce en la expresión del rostro. Había comprendido que la policía perseguía a aquel hombre. ¿Por qué? Él no se lo quería preguntar, como tampoco había querido denunciarle a Eck y sus agentes.

– Baja - repitió con voz dulce.

El fugitivo, cuyo corazón palpitaba fuertemente, descendió al piso inferior, una de cuyas puertas estaba abierta.

– Aquí tienes algunas provisiones dijo el molinero, llenando de pan y carne el morral del fugitivo. He visto que está vacío, lo mismo que tu calabaza. Llénala y parte.

– Pero… si la policía sabe…

– Procura despistarla, y no te inquietes por mí. No te pregunto quién eres. No sé de ti más sino que eres un eslavo, y jamás un eslavo entrega a otro eslavo a la policía alemana.

– ¡Gracias! ¡Gracias! - exclamó el fugitivo.

– Anda. ¡Que Dios te guíe y te perdone, si tiene de qué perdonarte!

La noche era muy oscura, y el camino que pasaba al pie del cerro estaba desierto. El fugitivo dirigió al molinero un último ademán de despedida y desapareció.

Conforme al nuevo itinerario adoptado, se trataba de llegar durante la noche al pueblo de Fallen y ocultarse en sus alrededores, para descansar durante el siguiente día. Unas cuarenta verstas tenía el fugitivo por delante, encontrándose entonces a sesenta de Pernau.

Después, en dos jornadas, si algún mal encuentro no le hacía retrasarse, contaba llegar a Pernau en la noche del 11 de abril. Allí se ocultaría, en espera de encontrar recursos suficientes para tomar pasaje a bordo de un navío, de los numerosos que partirían así que el deshielo dejara libre el Báltico.

La marcha del fugitivo fue rápida, tanto por la llanura como por la orilla de los sombríos bosques. Sin embargo, era preciso rodear la base de algún cerro, franquear estrechos pasos y ríos medio helados. El suelo era menos árido que en las cercanías del lago Peipus, donde la tierra, mezclada con amarillenta arena, no se cubre más que de anémica vegetación. De tarde en tarde aparecían pueblos dormidos, vecinos a campos llanos y monótonos, que el arado prepararía bien pronto para la siembra del trigo, centeno, lino y cáñamo.

La temperatura subía sensiblemente. La nieve, medio fundida, se transformaba en lodo. Aquel año el deshielo sería precoz.

A las cinco, antes de llegar a Fallen, el fugitivo descubrió una especie de casucha, en la que entró sin encontrar a nadie. Una parte de las provisiones entregadas por el molinero le sirvió para restaurar sus fuerzas: el sueño haría lo demás.

A las seis de la tarde partió de nuevo, después de un descanso que no turbó incidente alguno. Si durante la noche recorría la mitad de las sesenta verstas que le separaban de Pernau, aquélla sería la penúltima jornada.

Así fue. Al amanecer el fugitivo hizo alto; pero esta vez, a falta de mejor refugio, en lo más profundo de un pinar, a media versta del camino. Esto era más prudente que ir a pedir comida y albergue en alguna granja o posada. No se recibe siempre a los huéspedes como el molinero del lago.

Por la tarde, y oculto tras la maleza, el fugitivo vio pasar una escuadra de agentes por el camino de Pernau. Detuviéronse un instante como si tuvieran intención de registrar el pinar; pero, tras una corta parada, volvieron a ponerse en marcha.

A las seis continuó el viaje. El cielo estaba limpio de nubes. La luna, casi llena, brillaba con vivo resplandor. A las tres de la madrugada el fugitivo comenzó a recorrer la ribera izquierda del Pernowa, cinco verstas antes de Pernau. Siguiendo por ella llegaría a los suburbios de la ciudad, donde pensaba alojarse en una modesta posada hasta el día de la partida.

Grande fue su satisfacción al observar que el deshielo arrastraba ya los témpanos del Pernowa hacia el golfo… Algunos días más, y ya habrían concluido los interminables caminos, las duras jornadas, las fatigas y los peligros de toda especie… Por lo menos, él lo creía así…

De repente sonó un grito. Era como aquel que le había saludado a su llegada a la frontera de Livonia, y que le recordaba el wer da germánico.

Esta vez no salía de los labios de un aduanero.

Una escuadra de agentes, a las órdenes del cabo Eck, acababa de aparecer Formábanla cuatro hombres que vigilaban el camino en las cercanías de Pernau.

El fugitivo se detuvo un instante, y después echó a correr descendiendo por la ribera.

– ¡Es él! - aulló uno de los agentes.

Por desgracia, la intensa luz de la luna no permitía salvarse sin ser visto. Eck y sus hombres se lanzaron tras el fugitivo. Éste, cuyas fuerzas estaban gastadas por tan larga jornada, no encontraba su habitual vigor; y le sería difícil escapar de las manos de aquellos policías, que no se habían estropeado las piernas con un camino de diez horas.

– ¡Antes morir que dejarme coger! - pensó.

Y en el momento en que un témpano pasaba a cinco o seis pies de la orilla, saltó a él con impulso prodigioso.

– ¡Fuego! ¡Fuego! - gritó Eck a los suyos.

Sonaron cuatro detonaciones; pero las balas de revólver fueron a perderse entre los témpanos.

El que arrastraba al fugitivo derivaba con gran velocidad, pues la corriente del Pernowa es muy rápida en los primeros días del deshielo.

Eck y sus hombres seguían la ribera corriendo, aunque en malas condiciones, para asegurar sus disparos. Era preciso imitar lo hecho por el que perseguían; lanzarse sobre un témpano, después sobre otro, y perseguíale así.

Iban a intentarlo cuando se produjo un espantoso tumulto. El témpano sobre el que se había refugiado el fugitivo acababa de ser cogido entre un choque de bloques, provocado por el estrechamiento del río en un codo brusco que lo desviaba hacia la derecha. El témpano se hundió, se alzó, volvió a hundirse y desapareció bajo la inmensa masa de los otros.

El deshielo se había inmovilizado. Los agentes se lanzaron sobre el campo de hielo, recorriéndolo y continuando sus pesquisas durante una hora. Ninguna huella del fugitivo, que, sin duda, había perecido.

– Mejor hubiera sido prenderlo - dijo uno de los agentes.

– Sin duda - respondió Eck- ; pero puesto que no lo hemos podido coger vivo, procuraremos cogerlo muerto.

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