XXII
ANOTACIONES SOBRE LA MARCHA
A pesar de la calma en la atmósfera, aquella era la época de la masika, segundo período de la estación de las lluvias, lo que hacía temer que las noches, particularmente, no serían demasiado tranquilas, debido a las condiciones climatológicas. La caravana se encaminó hacia el Este, siguiendo a unos cincuenta soldados que marchaban en cabeza. Otro centenar de ellos repartidos en los flancos del cortejo, vigilaba a los prisioneros y el resto de guardianes cerraba la formación. La caravana iba mandada por el feroz Ibn Hamis, que había intervenido en la lucha entre Dick Sand y su havildar. Era el único que vigilaba a todo aquel rebaño, yendo y viniendo de la cabeza a la cola de la columna. Aparte de Tom y sus compañeros, Nan andaba en el centro del cortejo en un grupo formado por varias mujeres. La habían encadenado con una joven madre de dos hijos, de tres años de edad uno de ellos, que apenas si podía andar, y de pecho el otro. La antigua asistenta de la señora Weldon, llevada por sus nobles sentimientos, se había encargado del mayor de aquellos chiquillos, al que había cogido en brazos, librándole del cansancio que le hubiera llevado pronto a la muerte, a pesar de que aquello constituía una pesada carga para la vieja Nan. Dick estaba convencido de que también la señora Weldon había sido llevada a Kazonndé, pero por más que miraba, por más que trataba de descubrir por todas partes el menor rastro de la madre de Jack, ningún indicio le mostraba su paso. La caravana emprendía todos los días la marcha con el alba y sólo se detenía una hora al cabo de doce de caminar. Entonces se abrían algunos envoltorios que contenían mandioca, y aquel alimento era distribuido entre los esclavos. Si los soldados habían conseguido robar, al pasar por alguna aldea, alguna cabra o vaca, se añadía al menú un poco de carne o batatas. Pero era tanto el cansancio y los sufrimientos de los cautivos, que llegada la hora de la distribución de víveres, apenas podían comer. Esa era la principal causa de que al cabo de ocho días de haber abandonado las proximidades del Coanza, unos veinte negros hubieran caído por el camino, siendo abandonados a las fieras, que rondaban desde lejos la caravana. Todas las tardes, después de haberse puesto el Sol, se dejaban oír a corta distancia los rugidos de los leones, panteras y leopardos que esperaban pacientemente las víctimas que no podían faltar. Al oír aquellos rugidos, el joven grumete pensaba, con terror, en los obstáculos que tendría que vencer Hércules para salir con vida de aquel lance. En los altos nocturnos, Dick Sand tomaba notas de aquella travesía, que se realizó en veinticinco etapas. He aquí sus apuntes: Del 25 al 27 de abril: he visto una aldea rodeada por una muralla de cañaverales en la que se han hecho dos prisioneros. La población ha huido, pero han quedado quince muertos en el lugar. Al otro día, al atravesar un río tumultuoso, dos mujeres unidas a la misma horca han caído al agua. Una de ellas llevaba a su hijito en brazos. Los cocodrilos se han deslizado rápidamente y las aguas se han teñido de sangre. 28 de abril: la marcha hoy ha sido en extremo penosa, debido al terreno pantanoso y a una fuerte lluvia.
He podido ver a la pobre Nan, que se arrastra con dificultad en el centro de la columna, levando un negrito en sus brazos. La esclava encadenada con ella lleva la espalda desgarrada por los latigazos. 29 y 30 de abril: el invierno africano deja sentir sus primeros fríos. Termina la estación lluviosa, pero las llanuras se ven aún extensamente inundadas. Ninguna señal de la señora Weldon, ni del señor Benedicto. ¿Dónde estarán? ¿Vivirá aún el pequeño Jack? La inquietud me devora. Del 1 al 6 de mayo: no se ve el límite de la llanura inundada y hay que caminar en las tinieblas. Cuando se caen, ¿por qué levantarse? Algunos instantes más bajo las aguas y todo ha terminado. Mañana faltarán muchos esclavos en la caravana. Mis fuerzas también se debilitan, pero mi deber es resistir hasta el final. En las tinieblas resuenan espantosos gritos de angustia. Doce o quince cocodrilos se han arrojado sobre el flanco de la caravana, apresando a cuantos han podido. Del 7 al 8 de mayo: se ha hecho un recuento, comprobándose que veinte esclavos han desaparecido. He buscado a Tom y a los otros. ¡Están vivos! ¡Loado sea Dios! Tom ha podido verme a su vez. Busco a la anciana Nan, que no veo por ninguna parte. ¿Habrá muerto? Por fin, hoy la llanura inundada queda atrás y acampamos sobre una colina. El sol nos seca un poco y nos es servido algo de mandioca y unos puñados de maíz. Sólo puede beberse agua enturbiada. No es posible que la señora Weldon y su hijo hayan pasado tantas privaciones. La valerosa mujer no habría podido resistirlo. 9 de mayo: al amanecer se ha reanudado la marcha sin rezagados, porque el látigo del havildar se estrella en la espalda de los que están abrumados por la fatiga o la enfermedad. Estos esclavos representan dinero, y mientras les queden fuerzas para caminar, no quieren dejarlos atrás. 10 de mayo: llegada la noche, nos detenemos para establecer el campamento bajo unos enormes árboles. Algunos prisioneros que la víspera habían conseguido escapar han sido apresados de nuevo y son castigados con una crueldad sin límites. No puedo dormir y me parece oír ruido entre la crecida hierba. Escucho atentamente y comprendo que un animal cruza entre los cañaverales. Estoy sin armas, pero me defenderé. La noche es oscura y trato de ver entre las profundas tinieblas. En la sombra relucen dos ojos, que igual pueden ser de una hiena que de un leopardo. Desaparecen y vuelven a aparecer. De pronto, un animal salta sobre mí. Trato de dar la voz de alarma, pero el grito muere en mi garganta. ¡No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos! ¡Es Dingo! ¡Dingo está a mi lado! ¿Cómo habrá podido encontrarme? ¡Ah, mi querido Dingo, no has muerto y ahora lames mis manos! Frota con obstinación su cuello contra mis manos. ¿Qué pretende? Parece indicarme: "¡Busca!" Lo hago y encuentro una cosa atada a su collar. Es un pedazo de caña. La desato, la rompo y aparece un papel que no puedo leer. Hay que esperar a que aclare. Dingo comprende que su misión está cumplida, me lame nuevamente las manos y de un salto desaparece, sin hacer ruido, entre la hierba. ¡Que Dios le libre de los colmillos de las fieras! ¿Y ese papel que me quema las manos? ¿Quién lo habrá escrito? ¿De quién debe ser? Tengo que esperar a que llegue el día. ¡El papel está escrito por Hércules! Dice lo siguiente: Se han llevado a la señora y a Jack en una kitanda. Harris y Negoro les acompañan. Preceden a la caravana con el primo Benedicto. No he podido comunicarme con la señora. He recogido a Dingo, que debió de ser herido de un tiro. Tenga esperanzas, señor Dick. Sólo pienso en todos ustedes y he huido para serles más útil. Hércules. ¡Loado sea Dios! La señora Weldon y su hijo están vivos y no tienen que sufrir como nosotros las fatigas de estas duras caminatas. ¿Qué pretenderán Harris y Negoro? Los llevan a Kazonndé, y allí estoy seguro de encontrarles. Del 11 al 15 de mayo: Calculo que aún faltan diez días para llegar a Kazonndé. La caravana sigue adelante y los prisioneros caminan cada vez con más dificultad. Muchos de ellos dejan huellas de sangre a su paso. Al pasar junto a un árbol he visto a unos esclavos atados al mismo por el cuello; los han dejado morir de hambre. Nuestro camino va quedando sembrado de cadáveres. Del 16 al 24 de mayo: Las lluvias han cesado por completo. Hay que andar más de prisa y casi me faltan las fuerzas. Los esclavos que están demasiado enfermos son abandonados y todo hace pensar que van a faltarnos los alimentos. Los jefes no se atreven a suprimir la ración de los soldados porque se sublevarían. Veinte cautivos han sido asesinados a hachazos porque no podían andar. Ha sido espantoso. ¡La pobre Nan ha caído en esta horrible carnicería! He pasado al lado de su cadáver, al que ni siquiera puedo dar cristiana sepultura. Es la primera superviviente del naufragio que Dios llama a su seno. ¿Le habrá ocurrido algo a Hércules? No quiero ni pensarlo.