XX
CAPTURADOS
. Aquel refugio resultó providencial para Dick Sand y sus compañeros que, de otro modo, se hubiesen visto perdidos entre aquella horrenda tormenta de violencia descomunal en las latitudes templadas. La lluvia caía en una masa compacta, formando una capa de agua como una catarata. Aquella tempestad hubiera arrastrado a los náufragos, de no haberse encontrado protegidos por aquel refugio construido por las sabias hormigas, capaz de resistir los más fuertes embates. Son unas construcciones que asombran al que las ve por vez primera, y por eso no es de extrañar que el primo Benedicto explicase a sus compañeros el formidable trabajo de aquellos insectos, que tanto les había favorecido en aquellos momentos. Era la primera noche después de diez días que no dormían al aire libre. Por eso los expedicionarios se acomodaron de la mejor manera posible, utilizando el hormiguero que, como todos ellos, ofrecía en el interior una especie de pisos superpuestos en forma de cajón, de tal consistencia que mientras unos se agazaparon en la parte inferior, otros de los expedicionarios pudieron acomodarse en las partes más altas. Dick, Tom y Hércules fueron los que ocuparon la parte inferior del cono. Cenaron, y ya se disponían a entregarse al descanso, cuando Dick Sand se dio cuenta de que el suelo empezaba a empaparse.
-Tendremos que levantar el piso extrayendo la arcilla necesaria -dijo Dick Sand-, pero cuidando de no obstruir el agujero por donde penetra el aire, si es que no queremos morir asfixiados. Pusieron manos a la obra inmediatamente, con el fin de hacer un suelo más alto y resistente. Hércules demolió con su hacha el primer piso de alvéolos, que era de arcilla blanda, y levantó en más de un pie el terreno pantanoso sobre el que descansaba el hormiguero, asegurándose de que el aire podía entrar por el agujero en el interior del cono. El primo Benedicto, a la luz de la linterna que habían instalado, inspeccionaba detenidamente todos los rincones.
-Este hormiguero -dijo- no hace mucho que ha sido abandonado y me gustaría saber la causa. No cabe duda de que esta misma mañana las termitas lo habitaban aún, puesto que aquí se ven jugos líquidos. Y ahora... El sabio hizo una pausa y prosiguió:
-Algún presentimiento debe de haber invitado a estos insectos a abandonar el hormiguero. Y esto no lo hacen sin algún motivo. Seguramente intuían algún inminente peligro... Las palabras del entomólogo hicieron pensar a Dick. Si era cierto que el secreto instinto había advertido a los insectos de un próximo peligro, era evidente que el tal peligro podía planear ahora sobre sus cabezas.
-Esos admirables insectos -continuó el primo Benedicto, sin preocuparse de saber si le escuchaban-, pertenecen al maravilloso orden de los neurópteros y se caracterizan por tener cuatro artejos en los tarsos y mandíbulas córneas de un vigor notable. Los que han construido este hormiguero pertenecen al grupo de los belicosos y hasta ahora sólo habían sido vistos en África.
-Pero aquí no estamos en África -interrumpió Tom apresuradamente.
-No, no, desde luego -respondió el profesor-. Por eso entusiasma tanto su hallazgo. Seré el primero que habré descubierto en América una mosca tsé-tsé y una hormiga termita. La memoria que redactaré causará sensación en la Europa científica. Pronto la linterna fue apagada y un profundo silencio se hizo entonces en el interior del hormiguero. En aquel momento, Dick sintió que una mano se apoyaba en su hombro y que una voz conmovida murmuraba en su oído:
-Lo sé todo, querido Dick. Pero Dios puede aún salvarnos. ¡Cúmplase su voluntad! Era la señora Weldon quien había hablado. Mientras tanto, la tormenta henchía el espacio de relámpagos y truenos, y la lluvia caía sin cesar. El joven se sintió resignado al comprobar que la valerosa mujer no desesperaba. Pensó que tal vez era mejor que supiese la verdad de la situación. El joven deseaba que llegase el día para observar los alrededores. Era preciso encontrar un río tributario del Atlántico para seguir su curso y evitar así el encuentro con los indígenas, que a buen seguro habrían sido enviados ya en su persecución por orden de Harris y Negoro. Pero no entraba luz en el interior del cono por el orificio inferior. Pensó, pues, que sería mejor abandonarse al descanso, ya que una especie de sopor le iba adormeciendo. Sin embargo, antes de hacerlo creyó que alguien debía vigilar para evitar que al empaparse el montón de arcilla superpuesto sobre el piso, obstruyese el agujero por donde penetraba el aire. Examinó el suelo y comprobó que todo estaba bien. Entonces se acostó, recostando la cabeza contra la pared, con un cuchillo en la mano. No habría podido decir el tiempo que había dormido cuando le despertó una fuerte sensación de frialdad. Se incorporó y comprobó que el agua invadía el hormiguero con extraordinaria rapidez. Llamó a Tom y a Hércules para darles cuenta de aquella nueva complicación.
-Debe de haberse desbordado algún río cercano -comentó Hércules. Encendieron la linterna y comprobaron que el agua se había detenido a una altura de unos cinco pies y permanecía estacionaria. Las armas y las provisiones fueron apartadas del alcance de las aguas.
– ¿Qué opina, señor Dick? -preguntó Tom.
-El agua -explicó el grumete- ha penetrado por el orificio inferior y al subir por el hormiguero comprime el aire en su parte superior, lo que la frena e impide que siga subiendo. Por lo tanto, puede darse el caso de que en el exterior el nivel sea muy superior a éste. De ser esto cierto, si abrimos un agujero en la pared se escapará por él el aire, o bien subirá el agua hasta donde llegue el nivel exterior. Si éste es más alto que el agujero, se elevará hasta el punto donde el aire comprimido la contenga de nuevo. Las palabras del grumete, oportunas como siempre, llevaron esta vez la congoja a cuantos las habían escuchado. Dick Sand no se atrevía a dar una orden, temiendo que debido a la tempestad y al desbordamiento de algún curso de agua, el hormiguero se encontrase completamente sumergido. En este caso, ya fuese por falta de aire al agotarse el que quedaba en el interior, ya fuese por la invasión del líquido, su situación era desesperada. El viejo Tom observó que el nivel del agua iba subiendo, aunque lentamente.
-Eso indica- explicó el grumete- que, a pesar de que el aire no puede escaparse, la inundación aumenta y lo comprime cada vez más. ¿Hasta dónde llegaría el nivel? Era preciso actuar en seguida. En primer lugar, se acordó que Bat buceara en el agua para tratar de salir al exterior por el orificio inferior y poder comprobar así el nivel del agua. El negro se sumergió, pero a los pocos momentos reapareció, indicando que el orificio estaba obstruido. No había otra solución, a pesar del riesgo que conllevaba, que ir practicando agujeros cada vez más altos para saber exactamente a qué atenerse. Así lo hicieron, pero al primer orificio que practicaron a la distancia de un pie del nivel interior del agua, ésta aumentó en volumen lo que indicaba que la altura exterior era más elevada. No sin ansiedad, y con la mayor de las angustias, repitieron esta operación varias veces ascendiendo hacia la parte superior del cono y en todas ellas el nivel del agua iba subiendo, y el espacio libre para moverse y el aire acumulado era cada vez menor. El muchacho, entonces, se encaramó sobre los hombros del fornido Hércules y con el hacha empezó a demoler la parte superior del hormiguero. Era su última esperanza. Al cabo de pocos minutos y cuando el aire parecía faltar ya, Dick consiguió su propósito al mismo tiempo que un rayo de luz penetraba en el interior del cono. El agua subió aún unas ocho pulgadas y se estacionó, lo que indicaba que se había establecido el equilibrio con el nivel exterior.
-¡Salvados! -exclamaron todos a la vez.
– ¡Hurra! -gritó Hércules. Y todos los cuchillos y hachas atacaron a la vez el casquete del cono, que fue desmenuzándose poco a poco, ensanchando el agujero por donde penetró el aire puro, que todos aspiraron con satisfacción. Dick Sand fue el primero en subir a la cima del cono, pero al asomar la cabeza al exterior lanzó un grito de espanto. Alrededor del hormiguero navegaban unas barcas repletas de indígenas. Al percibir al grumete empezaron a disparar sus flechas contra él. Dick Sand escondió rápidamente la cabeza y comunicó a sus compañeros el desagradable encuentro. Requirió el fusil y seguido de Acteón, Bat y Hércules, subieron a lo alto y todos a la vez hicieron fuego sobre las embarcaciones. Varios indígenas fueron abatidos, pero el número de éstos era mucho y en vez de retroceder, asaltaron el hormiguero y capturaron a todos sus ocupantes. La señora Weldon, el pequeño Jack y el primo Benedicto fueron trasladados a una barca, y los restantes arrojados a una segunda piragua, que se dirigió hacia otro punto de la colina. Ante la superioridad del número, no era posible ofrecer resistencia, y sin embargo, Dick y sus compañeros lucharon contra los veinte indígenas que tripulaban aquella barca, algunos de los cuales fueron heridos. Pronto fueron, no obstante, reducidos, y en pocos minutos recorrieron el trayecto hasta alcanzar tierra firme. Les obligaron a desembarcar y en el momento de hacerlo, Hércules, de un salto formidable, se apoderó de uno de los fusiles, y asiéndolo por el cañón lo hizo voltear cual terrible molinete, alcanzando a dos de los indígenas que cayeron al suelo con los cráneos destrozados. Momentos más tarde, y aprovechando el desconcierto, Hércules desaparecía corriendo en la espesura, no sin que una lluvia de balas fuese dirigida contra él. Dick y los otros, mientras tanto, fueron encadenados como esclavos.