César Cascabel · Parte 2

CAPÍTULO V

A PORT CLARENCE

n una conversación que tuvo lugar

Eaquella noche y a la que asistió toda la familia, fue decidido que la partida se efectuaría dos días después de tan memorable representación.

Evidentemente éste era el objeto de las juiciosas reflexiones de César Cascabel, si hubiera tenido necesidad de reclutar algunos artistas para su compañía, bastaba echar mano de los primeros que se presentasen entre aquellos indígenas de Alaska, sin preocuparse por su elección.

Por más que resultase herido su amor propio, era preciso reconocer que aquellos indios tenían maravillosas disposiciones para los ejercicios acrobáticos.

Como gimnastas, payasos, equilibristas y volatineros habrían obtenido gran éxito en cualquier país en que se presentasen.

Sin duda, el trabajo entraba por mucho en su talento; pero la Naturaleza había hecho mucho más al crearlos vigorosos y diestros.

Negar que se habían mostrado iguales a los Cascabel no hubiera sido justo.

Felizmente, la última palabra había sido pronunciada por la familia, gracias a la presencia de ánimo de la Reina de las mujeres eléctricas.

Fuerza es confesar que los empleados del fuerte, pobres diablos, en su mayoría muy ignorantes, habían quedado no poco menos sorprendidos que los indígenas de lo que había sucedido delante de ellos.

Se convino en que no se les daría a conocer el secreto de este fenómeno, a fin de conservar a Cornelia toda su aureola. Siguióse de ahí que, al venir el día siguiente, como de costumbre, a visitarlos, no se atrevían a acercarse mucho a la fulminante mujer, que los recibía con su más encantadora sonrisa. No sin grandes vacilaciones se atrevieron a estrechar su mano, sucediendo lo mismo con el tyhi y el mago, que hubieran querido conocer aquel misterio, del que habrían podido sacar un gran provecho, aumentando fabulosamente su prestigio ante aquellas tribus indias.

Terminados los preparativos de marcha, papá Cascabel y los suyos se despidieron de sus huéspedes en la mañana del 6 de agosto, y los caballos, bien reposados, siguieron la dirección del Oeste, descendiendo por la orilla derecha del río.

Kayette conocía la mayor parte de los pueblecillos que tenían que atravesar, y, según ella, ninguna corriente entorpecía seriamente la marcha.

Además, no se trataba todavía de aban donar el valle del Yukón. Después de haber seguido la orilla del río hasta el puesto de

Nelu, se pasaría por el pueblecillo de Nucla kayette, y desde este punto hasta el fuerte

Nulato sólo tendrían que franquear unas ochenta leguas.

El vehículo abandonaría entonces el Yukón, para cortar directamente hacia el Oeste.

La estación era favorable aún y los días cálidos, si bien durante la noche podía observarse un notable descenso en la temperatura.

De modo que, a menos de experimentar retrasos imprevistos, papá Cascabel tenía la seguridad de llegar a Port Clarence antes de que el invierno hubiese acumulado obstáculos insuperables en su camino.

Tal vez resulte a muchos extraño que un viaje semejante pudiera llevarse a cabo en condiciones relativamente tan fáciles. Pero, ¿no ocurre así siempre en los países llanos, cuando el buen tiempo, la duración del día y la dulzura del clima favorecen a los viajeros?

No acaecería lo mismo al otro lado del estrecho de Behring, cuando las estepas siberianas se extendiesen hasta el horizonte, cuando las nieves del invierno las cubriesen hasta más allá del alcance de la vista y, cuando las ráfagas se desencadenasen en su superficie. Y una noche, hablando de los peligros del porvenir, declaró el confiado Cascabel:

– ¡Bah! ¡Ya sabremos salir de los malos pasos!

– Así lo espero –declaró el ruso–. Pero cuando hayáis puesto el pie sobre el litoral siberiano os recomiendo toméis inmediatamente la dirección del sudoeste de la provincia, con el objeto de ganar territorios más meridionales, en los que la Belle Roulotte será menos castigada por el frío.

– Esa es precisamente nuestra intención, señor Sergio –manifestó Juan.

– Y tendréis tanta más razón, amigos míos, cuanto que los siberianos no son de temer, a menos que, como diría Clou no os aventuréis entre las tribus de la costa septentrional. En realidad, vuestro mayor enemigo será el frío.

– Estamos prevenidos –afirmó Cascabel–, y haremos un buen camino; sólo tendremos un pesar, señor Sergio, y es que no continuéis el viaje con nosotros,

Juan confirmó con un suspiro:

– ¡Sí, un profundo pesar!

El ruso sentía hasta qué punto aquella familia se había consagrado a él, y cuan grande era la amistad que él le tenía. En efecto, a medida que transcurrían los días la afección era más estrecha entre ambos.

La separación sería muy dolorosa; y ¿volverían a encontrarse acaso a través de una existencia tan diferente de una y otra parte?

Además, el señor Sergio se llevaría a Kayette, y había observado ya que la amistad de Juan para la joven podía muy bien tener otro nombre.

¿Había notado César Cascabel lo que pasaba en el corazón de su hijo? El señor Sergio no hubiera podido asegurarlo.

En cuanto a Cornelia, como la excelente mujer no se había explicado jamás sobre este punto, él creyó que debía mantenerse en la misma reserva.

¿De qué hubiera servido una explicación?

Era un porvenir muy distinto el que esperaba a la hija adoptiva de aquel potentado ruso, y e! pobre Juan se abandonaba a esperanzas que no podrían realizarse.

En resumen: el viaje se hacía sin grandes obstáculos, sin demasiadas fatigas. Se llegaría a Port Clarence antes que el invierno hubiese solidificado el estrecho de Behring, y allí habría tiempo de descansar durante semanas enteras; de manera que ninguna necesidad había de fatigarse todos.

Sin embargo, siempre se está a merced de un accidente posible. Uno de los caballos, herido o enfermo, la rotura de una rueda, hubieran puesto a la Belle Roulotte en una dificultad casi insuperable.

Convenía, pues, no separarse de la más estricta prudencia.

Durante los tres primeros días, el itinerario siguió rigurosamente el curso del río, que se dirigía hacia el Oeste; pero cuando el Yukón empezó a torcerse hacia el Sur, juzgóse conveniente mantenerse en la línea marcada por el paralelo 65 (10).

En este punto el río era muy sinuoso y el valle se estrechaba visiblemente entre colinas de mediana altura, que el mapa designa con el nombre de remparts (11), a causa de su forma a modo de fortificación.

Hubo algunas dificultades para salir de aquel dédalo, y se adoptaron muchas precauciones para evitar al vehículo un accidente.

Se le descargaba en parte en los pasos peligrosos, se empujaban las ruedas, y, según decía papá Cascabel, debía hacerse todo aquello «por cuanto los carreteros parecían ser muy raros en el país».

Hubo también necesidad de franquear algunos creeks, entre otros el Nocolocargut, el Shetehaut y el Klakento. Felizmente, en aquella estación las corrientes eran poco profundas, y no fue difícil encontrar vados practicables.

En cuanto a indios, pocos o ninguno encontraron en aquella parte de la provincia, en otro tiempo recorrida por tribus pertenecientes a las gentes del Centro, tribus ahora casi extinguidas.

De tiempo en tiempo pasaba una familia que se dirigía al litoral del sudoeste para dedicarse a la pesca durante el otoño.

A veces venían algunos traficantes en sentido inverso, después de haber abandonado la desembocadura del Yukón, y se dirigían hacia los diferentes puestos de la Compañía rusoamericana.

Miraban, no sin gran sorpresa, aquel carruaje de vivos colores y los huéspedes que transportaba, y, después de un saludo, continuaban su camino hacia el Este.

El 13 de agosto la Belle Roulotte llegó ante el pueblo de Nuclakayette, a cosa de unos seiscientos kilómetros escasos del fuerte Yukón. Este, en realidad, no es sino una factoría, en la que se hace el comercio de pieles, y que casi nunca traspasan los empleados moscovitas.

Partiendo de diferentes puntos de la Rusia asiática y del litoral de Alaska, se reúnen allí para hacer la competencia a los compradores de la Compañía de la Bahía de Hudson.

Así es que Nuclakayette es un punto de concentración al que los indígenas transportan las pieles que han podido recoger durante la estación del invierno.

Después de haberse separado del río a fin de evitar numerosos rodeos, César Cascabel había vuelto a encontrarlo a la altura de aquel pueblo situado en el centro de verdes colinas sembradas de árboles.

Algunas chozas de madera se agrupaban alrededor de la empalizada que defendía el fuerte. Los arroyos murmuraban a través de la llanura cubierta de hierba.

Dos o tres embarcaciones estaban ancladas cerca de la orilla del Yukón.

Todo aquel conjunto agradaba a la vista y convidaba al reposo.

En cuanto a los indios que frecuentaban los alrededores, eran tatanas, pertenecientes, según hemos dicho ya, al hermoso tipo de indígena de Alaska septentrional.

Por seductor que fuese aquel sitio, la Belle Roulotte no hizo alto más que veinticuatro horas. Esto pareció suficiente para los caballos, que por otra parte apenas estaban fatigados.

La intención de papá Cascabel era detenerse más tiempo en Nulato, fuerte bastante importante y mejor provisto de todo lo necesario, en donde habría tiempo que hacer varias adquisiciones, en vista del viaje que iban a emprender a través de la Siberia.

Durante el camino el señor Sergio y Juan, acompañados del joven Sandre, no descuidaban la caza. Esta se componía de alces y renos, que corrían a través de las llanuras y se refugiaban al abrigo de los bosques, o más bien de los bosquecillos de árboles sembrados sobre el territorio.

En los sitios pantanosos había ocas, becadas, gallinetas, patos salvajes, y hasta lograron derribar algunos pares de garzas, que suelen ser poco apropiadas como comestibles.

Y sin embargo, según Kayette, la garza es un manjar muy estimado de los indios, sobre todo cuando no tienen otra cosa que comer.

Hicieron un ensayo en el almuerzo aquel día; pero, a pesar de todo el talento culinario de Cornelia, la carne pareció de todos dura y coriácea.

Sólo la aceptaron sin protesta Wagram y Marengo, que se regalaron con ellas hasta el último hueso.

Verdad es que durante las épocas de escasez los indígenas se contentaron con búhos, halcones y hasta martas; pero hay que convenir que es porque no tienen remedio.

AI día siguiente, que era el 14 de agosto, la Belle Roulotte tuvo que deslizarse a través de las sinuosidades de una garganta estrecha entre colinas muy escarpadas, a lo largo del río. Aquella vez el paso era tan rudo y tan lleno de sacudidas, como si hubiese sido el lecho de un torrente, que a pesar de todas las precauciones tomadas, se produjo una accidente.

Por fortuna no fue una de las ruedas del coche lo que se rompió, sino una de las varas. Al cabo de poco tiempo quedó hecha la reparación, bastando algunas cuerdas para poner las cosas en su primitivo estado.

Después de haber pasado de un lado del río el pueblo de Suquongilla, y del otro el de Newicargout, construido sobre el creek de este nombre, el camino se efectuó sin dificultad.

Las colinas desaparecieron; una ancha llanura se extendía más allá de donde alcanzaba la mirada.

Tres o cuatro ríos la surcaban, con sus lechos enteramente secos en aquella estación, en la que las lluvias son raras.

En el período de las tormentas y de las nieves hubiera sido imposible mantener en aquella dirección el itinerario.

Al atravesar uno de los creeks, el Milocargut, donde apenas había un píe de agua, César Cascabel hizo observar que estaba atajado por una calzada.

– ¡Bah! –dijo–; puesto que han hecho el camino a través de este creek, bien hubieran podido hacer un puente; hubiese sido mucho más útil en las crecidas.

– Sin duda, padre– admitió Juan–. Sólo que los ingenieros que han construido esta calzada no hubieran sido capaces de construir un puente...

– ¿Y por qué?

– Porque son ingenieros de cuatro patas; por otro nombre castores.

Juan decía la verdad y tuvieron ocasión de admirar el trabajo de aquellos industriosos animales, que fabrican sus diques teniendo en cuenta la corriente, elevándolos según el estiaje ordinario del creek. Nada había que no estuviese calculado; hasta la inclinación de los taludes para oponer mayor resistencia al empuje de las aguas.

– ¡Y pensar –comentó Sandre– que estos castores no han ido a aprender a las escuelas!

– No tienen necesidad de ir –declaró el ruso–, ¿Para qué la ciencia, que se engaña algunas veces, cuando se dispone del instinto, que no se engaña jamás? Los castores, amigo mío han hecho este dique, como las hormigas hacen sus hormigueros, como las arañas tejen sus telas, como las abejas disponen los alvéolos y los arbustos producen sus frutos y sus flores. Nada de tanteos por su parte; pero tampoco nada de progreso. El castor de hoy construye con tanta perfección como el primer castor que apareció en el Globo. La perfección no es propia de los animales; está reservada al hombre, y sólo él puede elevarse de progreso en progreso en el dominio de las ciencias. ¡Admiremos, pues, sin reserva el instinto maravilloso de los animales, que les permite crear tales cosas! Pero estas cosas no las consideremos sino como obras de la Naturaleza.

– Decís muy bien, señor Sergio –dijo Juan–; comprendo perfectamente vuestra observación. Ahí está la diferencia entre el instinto y la razón. En suma: la razón es superior al instinto, aunque esté sujeta a equivocaciones.

– Incontestable, amigo mío –declaró el ruso–; y estos errores, sucesivamente reconocidos y reparados, no son sino un adelanto por la vía del progreso.

– De todos modos –replicó Sandre– me tengo a lo dicho. ¡ Las bestias no tienen necesidad de ir a la escuela!

– Conforme; pero los hombres no son más que bestias cuando no han ido a la escuela – observó el señor Sergio.

– Hablando de otra cosa –dijo Cornelia, siempre práctica cuando se trataba de las cosas de la casa–, ¿esos castores se comen?

– Seguramente –respondió Kayette–. Hasta recuerdo haber leído que la cola es excelente.

Esto no pudo comprobarse, porque no había castores en el arroyo; o si los había, no se pudo coger ninguno.

Después de haber abandonado el lecho del Milocargut, la Belle Roulotte atravesó el pueblecillo de Sachertelutam, en pleno país de los indios yukones. Por consejo de Kayette, hubo que tomar algunas precauciones en su trato con los indígenas, naturalmente inclinados al robo.

Como rodeaban al carruaje muy de cerca, se cuidó de que no pudiesen penetrar en el interior. Algunos objetos de vidrio, liberalmente ofrecidos a los principales jefes de la tribu, produjeron entre ellos agradable efecto, y salieron del paso sin molestias.

El itinerario se complicaba con ciertas dificultades, al rodar la estrecha base de los remparts; pero no era posible evitarlos sino aventurándose a través de una región más montañosa.

La rapidez de la marcha se resintió un poco, y, sin embargo, era preciso no retrasarse demasiado.

La temperatura comenzaba a ser bastante fría, si no por el día, a lo menos durante la noche, lo que era normal en aquella época, puesto que la región se encontraba a algunos grados tan sólo del círculo polar.

La familia Cascabel había llegado entonces a un punto en que el río traza un ángulo bastante brusco, volviendo a dirigirse al norte. Tuvieron que remontarlo hasta su confluencia con el Coyukón, que le envía sus aguas por dos brazos muy tortuosos. Cerca de una jornada invirtieron en encontrar un paso vadeable, que Kayette no reconoció sin trabajo, porque el nivel de la corriente estaba muy elevado.

Una vez flanqueado este afluente, la Belle Roulotte volvió a tomar la dirección del Sur, bajando a través de una comarca bastante montañosa hasta el fuerte Nulato.

Este puesto, cuya importancia comercial es grande, pertenece a la Compañía rusoamericana.

Es la factoría más septentrional que se ha establecido en el Oeste de América, puesto que, según las observaciones de Federico Whymper, está situada a los 64° 42' de latitud y 158° 36' de longitud.

Y sin embargo, en aquella parte de la región de Alaska hubiera sido difícil creerse bajo un paralelo tan elevado. En efecto, el suelo es incontestablemente más fértil que en los alrededores del fuerte Yukón.

Por todas partes árboles de hermosa presencia, praderas tapizadas de verde hierba, sin hablar de las vastas llanuras que el agricultor podría cultivar con gran provecho, porque un espeso humus recubre el suelo arcilloso. Además, el agua se extiende ampliamente, gracias a las derivaciones del río Nulato, que corre hacia el Sudoeste, y a la red de creeks o riachuelos que se extiende hacia el Nordeste.

Sin embargo, la producción vegetal está reducida a algunos matorrales, cargados de bayas salvajes, abandonados al capricho de la Naturaleza.

He aquí la disposición del fuerte Nulato: alrededor de los edificios, un circuito de empalizadas, defendido por dos torres, que está prohibido franquear a los indios durante la noche, y aun por el día, si son numerosos; en el interior del recinto, cabañas, cuadras, cobertizos y almacenes de tablas, con ventanas cuyos cristales eran remplazados por vejigas de focas. Según se ve, nada había más rudimentario que aquellos puestos extremos.

La familia Cascabel fue acogida con gran solicitud.

En estos sitios perdidos del Nuevo Continente, fuera de toda comunicación regular, ¿no es siempre una distracción, un verdadero motivo de placer la llegada de algunos visitantes? Por eso son siempre bien recibidos los forasteros por las noticias que traen desde tan lejos.

Fuerte Nulato estaba habitado por una veintena de empleados de origen ruso y americano, que se pusieron a disposición de la familia para proporcionarles todo aquello de que tuviera necesidad.

Periódica y regularmente abastecidos por los cuidados de la Compañía, encuentran, además, recursos durante el buen tiempo, bien sea cazando el alce o el reno, o bien pescando en las aguas del Yukón. Abundan allí ciertos peces, y más especialmente el nalima, reservado para la alimentación de los perros, pero cuyo hígado es muy apreciado por los que se mantienen con él habitualmente.

Los habitantes de Nulato quedaron sorprendidos cuando vieron llegar la Belle Roulotte, y más aún cuando papá Cascabel les hizo conocer su proyecto de volver a Europa por la Siberia asiática.

En cuanto a la primera parte del viaje, que debía terminar en Port Clarence, afirmaron que se llevaría a cabo sin obstáculo, y terminaría antes que las llanuras de Alaska fueran invadidas por los fríos.

Siguiendo el consejo del señor Sergio se resolvió la adquisición de algunos objetos indispensables para la travesía de las estepas.

El primer lugar, había que proveerse de algunos pares de cierta clase de anteojos, necesarios cuando se deben franquear espacios blanqueados por la nieve.

Mediante algunos objetos de vidrio, los indios consintieron en vender una docena. No eran más que unos anteojos de madera, sin cristales, o más bien unas ojeras que rodean el ojo, dejando pasar la mirada por una estrecha hendidura. Esto basta para dirigirse sin gran trabajo, evitando las oftalmías, que provocarían inevitablemente la reverberación de las nieves.

Todo el personal ensayó estas ojeras, y pudo convencerse de que les sería fácil acostumbrarse a ellas.

El almacén de Nulato proporcionó varios pares de botas de piel de foca, de las que son más a propósito para los viajes largos sobre un suelo helado, y que se hacen impermeables por medio de una capa de grasa.

Esto sirvió a Cascabel para hacer sentenciosamente esta justa observación:

– ¡Hay siempre una gran ventaja en vestirse como los animales de los países por donde se pasa! Así, pues, disfracémonos de focas.

– ¡De focas con anteojeras! –burlóse Sandre, cuya observación obtuvo la aprobación paternal.

La familia permaneció dos días en el fuerte Nulato; dos días que bastaron para que el tiro se repusiera de sus anteriores fatigas. Tenían prisa para llegar a Port Clarence.

La Belle Roulotte se puso en marcha el 21 de agosto, al amanecer, y, a partir de este punto, abandonó definitivamente la orilla derecha del gran río.

De continuar siguiendo su curso, hubieran alargado infructuosamente su camino, puesto que su desembocadura se abre por debajo del estrecho de Behring De allí hubieran tenido que volver a subir hasta Port Clarence, costeando su litoral cortado por pequeños golfos, bahías y ensenadas, en el que Gladiador y Vermout se habrían fatigado inútilmente.

El frío se dejaba ya sentir vivamente. Si los rayos del sol, muy oblicuos, daban aún alguna luz, procuraban también poco calor. Espesas nubes, formando una masa gris, amenazaban resolverse en nieve. La caza menor no abundaba, y los pájaros emigrantes empezaban a huir hacia el Sur, en busca de más dulces invernadas.

Hasta aquel día, cosa de que se felicitaban altamente, papá Cascabel y su familia no habían sufrido gran cosa por las fatigas del viaje. Era preciso que estuviesen dotados de una salud de hierro, lo que así sucedía evidentemente a causa de su vida errante, a sus costumbres de recorrer todos los climas y a la solidez de constitución que dan los ejercicios corporales. Era, pues, de esperar que todos llegasen sanos y salvos a Port Clarence.

Así sucedió, en efecto, el día 5 de setiembre, después de cerca de tres mil kilómetros recorridos desde Sitka, y más de seis mil desde Sacramento hasta el lugar.

En total eran ocho mil novecientos kilómetros largos los andados en siete meses, a través del Far West americano.

Notas de la fuente

10. Latitud de Dromheim, en Noruega

11. Murallas.

Dépêche

Bureau expéditeur : Internet · Destination : à bord du Nautilus

0 mot · tarif : 0 kreutzers (les points deviennent STOP)