El camino de Francia

Capítulo XII

¡Qué golpe! ¡Una medida general de incorporación tomada por el gobierno prusiano! ¡Jean Keller, que no llegaba a los veinticinco años, alcanzado por aquella leva! ¡Él, obligado a partir, a marchar con los enemigos de Francia! ¡Y ningún medio de sustraerse a aquella obligación!

Además, ¿no habría faltado a su deber? ¿Era prusiano? ¿Pensar en desertar?… ¡No! ¡Eso no podía ser!… ¡Eso no podía ser!

Y, para colmo de desdicha, el señor Jean iba a servir precisamente en aquel regimiento de Leib, mandado por el coronel von Grawert, ¡el padre del teniente Frantz, su rival, ahora su superior!

¿Qué más habría podido hacer la mala suerte para abrumar a la familia Keller, y con ella a todos los que le éramos tan allegados?

En verdad, era una suerte que la boda se hubiera aplazado. ¡Figuraos al señor Jean, casado la víspera, obligado a incorporarse a su regimiento para batirse contra los compatriotas de su mujer!

Todos, abatidos, habíamos quedado en silencio. Las lágrimas corrían de los ojos de la señorita Marthe y de mi hermana Irma. La señora Keller no lloraba. No habría podido. Su inmovilidad era la de una muerta. El señor Jean, con los brazos cruzados, miraba a su alrededor, sobreponiéndose a la suerte. Yo estaba fuera de mí. ¿Es que la gente que tanto mal nos hacía no lo pagaría un día u otro?

Entonces el señor Jean dijo:

– Amigos míos, ¡que no cambie nada en sus planes! Debían partir mañana para Francia: partan. No se queden ni una hora más en este país. Mi madre y yo contábamos con retirarnos a algún rincón, fuera de Alemania… Ya no es posible ahora. Natalis, se llevará usted a su hermana…

– ¡Jean, me quedaré en Belzingen!… —respondió Irma—. ¡No dejaré a su madre!

– No puede usted…

– ¡Nosotras también nos quedaremos! —exclamó la señorita Marthe.

– ¡No! —dijo la señora Keller, que acababa de incorporarse—, ¡márchense todos! Que me quede yo, bueno. ¡Yo no tengo nada que temer de los prusianos!… ¡Pero si soy alemana!

Y se dirigió hacia la puerta, como si su contacto hubiera debido repugnarnos.

– ¡Madre!… —exclamó el señor Jean, precipitándose hacia ella.

– ¿Y qué quieres, hijo mío?

– Quiero… —respondió Jean—, ¡quiero que tú también te vayas! ¡Quiero que las sigas a Francia, a tu país! ¡Yo soy soldado! ¡Mi regimiento puede ser trasladado de un día para otro!… Tú te quedarías aquí sola, completamente sola, y eso no puede ser…

– ¡Me quedaré, hijo mío!… Me quedaré, ya que tú no puedes acompañarme…

– ¿Y cuando yo salga de Belzingen?… —insistió el señor Jean, que había asido el brazo de su madre.

– ¡Te seguiré, Jean!…

Aquella respuesta fue dada en un tono tan resuelto que el señor Jean guardó silencio. No era el momento de discutir con la señora Keller. Más tarde, al día siguiente, hablaría con ella, la haría volver a una apreciación más justa de la situación. ¿Podía una mujer acompañar a un ejército en marcha? ¿A qué peligros no estaría expuesta? Lo repito, no convenía contradecirla en aquel momento. Ella reflexionaría, se dejaría persuadir.

Luego, bajo el peso de una emoción violenta, nos separamos.

La señora Keller ni siquiera había abrazado a la señorita Marthe, ¡a la que, una hora antes, llamaba su hija!

Regresé a mi cuartito. No me acosté. ¿Habría podido dormir? Ni siquiera pensaba en nuestra partida. Y, sin embargo, era preciso que se efectuara en la fecha convenida. Solo pensaba en Jean Keller, incorporado a aquel regimiento, ¡y quizá a las órdenes del teniente Frantz! Escenas de violencia se presentaban a mi mente. ¿Cómo podría el señor Jean soportarlas de parte de aquel oficial? ¡Sin embargo, tendría que soportarlas!… ¡Sería soldado!… ¡No tendría ya ni una palabra que decir, ni un gesto que hacer!… ¡La terrible disciplina prusiana pesaría sobre él!… ¡Era horrible!

– ¿Soldado? No, todavía no lo es —me decía yo—. No lo será hasta mañana, cuando haya ocupado su puesto en la fila. Hasta entonces, ¡se pertenece a sí mismo!

Así es como llegaba a razonar —¡a desatinar, más bien! ¡Por mi cabeza pasaban flotas enteras de esas ideas! ¡Estaba enzarzado en desvariar sobre todas estas cosas!

– Sí —me repetía—, mañana, a las once, cuando se haya incorporado a su regimiento, ¡será soldado!… Hasta entonces, ¡tiene derecho a batirse con ese Frantz!… ¡Y lo matará!… ¡Tiene que matarlo, o, más tarde, el teniente tendrá demasiadas ocasiones de vengarse!…

¡Qué noche pasé! ¡No! ¡No le deseo otra igual ni a mi peor enemigo!

Hacia las tres, me había echado en la cama, vestido de pies a cabeza. Me levanté a las cinco y fui sin hacer ruido a colocarme junto a la puerta de la habitación del señor Jean.

Él también estaba levantado. Contuve entonces la respiración. Presté atención.

Me pareció oír que el señor Jean escribía. Sin duda, algunas últimas disposiciones para el caso de que aquel encuentro le fuera fatal. A veces daba dos o tres pasos, luego volvía a sentarse, y la pluma recomenzaba a rechinar sobre el papel. Ningún otro ruido en la casa.

No quise molestar al señor Jean; volví a mi habitación y, hacia las seis, bajé a la calle.

La noticia de la leva se había divulgado. Producía un efecto extraordinario. Aquella medida alcanzaba a casi todos los jóvenes de la ciudad, y, debo decirlo, por lo que pude observar, fue recibida con un descontento general. Era duro, en suma, pues las familias no estaban preparadas en absoluto para ello. No se lo esperaban. En unas pocas horas había que partir, la mochila a la espalda y el fusil al hombro.

Me paseé de arriba abajo delante de la casa. Se había convenido que el señor Jean y yo iríamos a buscar al señor de Lauranay, hacia las ocho, para dirigirnos al lugar de la cita. Si el señor de Lauranay hubiera venido a reunirse con nosotros, eso habría podido despertar alguna sospecha.

Esperé hasta las siete y media. El señor Jean todavía no había bajado.

Por su parte, la señora Keller no había aparecido en el salón de la planta baja.

En ese momento Irma vino a reunirse conmigo.

– ¿Qué hace el señor Jean? —le pregunté.

– No lo he visto —me respondió—. Sin embargo, no debe de haber salido. Quizá harías bien en ir a mirar un poco…

– Es inútil, Irma, ¡lo he oído ir y venir por su habitación!

Y entonces hablamos, no del duelo —mi hermana debía de ignorarlo—, sino de la situación tan grave que aquella medida de incorporación acababa de crear a Jean Keller. Irma estaba desesperada, y separarse de su señora en tales circunstancias le partía el corazón.

Se oyó algo de ruido en el piso de arriba. Mi hermana entró en la casa y volvió a decirme que el señor Jean estaba junto a su madre.

Pensé que había querido abrazarla, como hacía cada mañana. En su idea, quizá era un último adiós, un último beso el que le daba.

Hacia las ocho, se oyó bajar la escalera. El señor Jean apareció en el umbral de la casa.

Irma acababa de marcharse.

El señor Jean se acercó a mí y me tendió la mano.

– Señor Jean —le dije—, ya son las ocho, y debemos ir…

Él no me hizo más que un gesto con la cabeza, como si le hubiera costado demasiado responder.

Era hora de ir a buscar al señor de Lauranay.

Subimos, pues, por la calle, y habríamos dado unos trescientos pasos cuando un soldado del regimiento de Leib se detuvo frente al señor Jean.

– ¿Es usted Jean Keller? —dijo.

– ¡Sí!

– Esto es para usted.

Y le presentó una carta.

El soldado presentaba una carta.

– ¿Quién lo envía? —pregunté.

– El teniente von Melhis.

Era uno de los padrinos del teniente Frantz. Sentí un escalofrío. El señor Jean abrió la carta.

Esto es lo que leyó:

«A raíz de nuevas circunstancias, un duelo resulta ahora imposible entre el teniente Frantz von Grawert y el soldado Jean Keller.

»R.-G. von Melhis.»

¡Se me revolvió la sangre! ¡Un oficial no puede batirse con un soldado, de acuerdo! ¡Pero «soldado», Jean Keller no lo era todavía! ¡Se pertenecía a sí mismo por algunas horas más!

¡Voto a Dios! Me parece que un oficial francés no habría obrado de esa manera. Habría dado satisfacción al hombre a quien había ofendido, insultado mortalmente. Habría acudido al terreno…

Ahí lo dejo. ¡Diría demasiado! Y, sin embargo, pensándolo bien, ¿era posible aquel duelo?…

El señor Jean había roto la carta, la había arrojado con un gesto de desprecio, y de sus labios no escaparon más que estas palabras:

– ¡El miserable!

Luego me hizo señas de que lo siguiera, y volvimos lentamente hacia la casa.

La cólera me ahogaba de tal modo que tuve que quedarme fuera. Incluso me alejé, sin saber hacia dónde me dirigía. Aquellas complicaciones que nos reservaba el porvenir me obsesionaban el cerebro. Lo único que recuerdo es que fui a avisar al señor de Lauranay de que el duelo no tendría lugar.

Hay que creer que había perdido la noción del tiempo, pues me pareció que acababa de dejar al señor Jean cuando, hacia las diez, me encontré de nuevo delante de la casa de la señora Keller.

El señor y la señorita de Lauranay se hallaban allí. El señor Jean se disponía a dejarlos.

Paso por alto la escena que siguió. No tendría la pluma necesaria para referir sus detalles. Me limitaré a decir que la señora Keller se empeñó en mostrarse muy enérgica, sin querer dar a su hijo el ejemplo de la flaqueza. Por su parte, el señor Jean fue lo bastante dueño de sí mismo como para no abandonarse en presencia de su madre y de la señorita de Lauranay.

En el momento de separarse, la señorita Marthe y él se arrojaron una última vez en brazos de la señora Keller… Luego la puerta de la casa se cerró.

¡El señor Jean se había marchado!… ¡Soldado prusiano!… ¡Nos sería dado alguna vez volver a verlo!

Aquella misma noche, el regimiento de Leib recibía la orden de dirigirse a Borna, pequeña aldea situada a algunas leguas de Belzingen, casi en la frontera del distrito de Potsdam.

Diré ahora que, a pesar de todas las razones que pudo hacer valer el señor de Lauranay, a pesar de nuestras más vivas instancias, la señora Keller persistió en su idea de seguir a su hijo. El regimiento iba a Borna: ella iría a Borna. En este punto, el señor Jean no había podido obtener nada de ella.

En cuanto a nosotros, nuestra partida debía efectuarse al día siguiente. ¡Qué escena tan desgarradora me esperaba, cuando mi hermana dijera un último adiós a la señora Keller! Irma habría querido quedarse, acompañar a su señora dondequiera que esta quisiera ir… Y yo… ¡no habría tenido fuerzas para llevármela a la fuerza!… La señora Keller se negó… Mi hermana tuvo que someterse.

Por la tarde, nuestros preparativos estaban terminados, cuando todo volvió a ponerse en tela de juicio.

Hacia las cinco, el señor de Lauranay recibió la visita de Kalkreuth en persona.

El director de policía le notificó que, siendo conocidos sus proyectos de partida, se veía en la necesidad de darle orden de suspenderlos, al menos por el momento. Había que esperar las medidas que el gobierno tuviera a bien tomar respecto de los franceses residentes en Prusia. Hasta entonces, Kalkreuth no podría expedir pasaportes, sin los cuales todo viaje resultaba imposible.

En cuanto al tal Natalis Delpierre, ¡aquello fue otro cantar! ¡A mí me tocó, como se dice! Al parecer, el hermano de Irma había sido denunciado bajo la acusación de espionaje, y Kalkreuth, que por lo demás no deseaba otra cosa que considerarlo espía, se disponía a tratarlo en consecuencia. Después de todo, ¿quizá se había sabido que pertenecía al regimiento de Royal-Picardie? Para el éxito de los imperiales, importaba sin duda que hubiera un soldado menos en el ejército francés. ¡En tiempo de guerra, nunca se disminuyen bastante las fuerzas del enemigo!

Así, aquel día me vi detenido, a pesar de las súplicas de mi hermana y de la señora Keller, y luego llevado etapa tras etapa hasta Potsdam, y finalmente encerrado en la ciudadela.

¡Qué rabia sentí, no hace falta decirlo! ¡Separado de todos aquellos a quienes quería! ¡No poder escapar para regresar a mi puesto, en la frontera, en el momento en que iban a estallar los primeros disparos!…

Para qué extenderme en esto. Observaré simplemente que ni siquiera me interrogaron, que me pusieron incomunicado, que no pude comunicarme con nadie, que durante seis semanas no tuve ninguna noticia del exterior. Pero el relato de mi cautiverio me llevaría demasiado lejos. Mis amigos de Grattepanche tendrán a bien esperar a que se lo cuente con todo detalle. Que se contenten, por el momento, con saber que el tiempo se me hizo largo, ¡y que las horas transcurrían lentas como el humo de mayo! Sin embargo, según parece, debía darme por dichoso de no ser llevado a juicio, pues «mi caso estaba claro», había dicho Kalkreuth. A ese paso, podía temer quedarme prisionero hasta el final de la campaña.

No fue así, sin embargo. Mes y medio después, el 15 de agosto, el comandante de la ciudadela me devolvía la libertad, y me reconducían a Belzingen, sin siquiera haber tenido la cortesía de decirme qué hechos habían motivado mi arresto.

Si me alegré de volver a ver a la señora Keller, a mi hermana, al señor y a la señorita de Lauranay, que no habían podido salir de Belzingen, no insisto en ello. Como el regimiento de Leib todavía no había pasado de Borna, la señora Keller se había quedado en Belzingen. El señor Jean escribía de vez en cuando, todo lo que podía, sin duda. Y, pese a la reserva de sus cartas, se sentía todo lo horrible que había en su situación.

Sin embargo, si bien me habían devuelto la libertad, no me dejaban libre de quedarme en Prusia, cosa de la que no me quejé en absoluto, os lo aseguro.

En efecto, el gobierno había dictado un decreto para expulsar a los franceses del territorio. En lo que a nosotros respecta, teníamos veinticuatro horas para salir de Belzingen, y veinte días para salir de Alemania.

Quince días antes acababa de aparecer el manifiesto de Brunswick, que amenazaba a Francia con la invasión de los coaligados.

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