Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO V

LA FOCA Y EL OSO

ATTERAS y el doctor se metieron en H la casa.

– Ya sabéis –dijo el primero– que los osos de¡ Polo persiguen a las focas, que son su principal alimento. Las acechan desde los bordes de las quebrajas por espacio de días enteros y las ahogan entre sus patas apenas aparecen en la superficie de los hielos. La presencia de una foca no puede espantar a un oso. Todo lo contrario.

– Creo adivinar vuestro proyecto –dijo el doctor–; es peligroso.

– Pero ofrece probabilidades de éxito – respondió el capitán–, y, por consiguiente, debemos emplearlo. Voy a vestirme con la piel de foca y a echarme al campo de hielo. No perdamos tiempo. Cargad vuestra escopeta y dádmela.

El doctor no tenía nada que argüir, pues él hubiera hecho lo mismo que iba a intentar su compañero. Salió de la casa proveyéndose de dos hachas, una para Johnson y otra para él, y después, acompañado de Hatteras, se dirigió al trineo.

Allí tomó Hatteras su traje de foca, cuya piel le cubría casi completamente.

Entretanto, el doctor cargó su escopeta con su última carga de pólvora, y echó dentro del cañón la barra de mercurio que tenía la dureza del hierro y la pesadez del plomo. Entregó el arma a Hatteras, el cual se ocultó con ella bajo la piel del anfibio.

– Id –dijo al doctor– al encuentro de Johnson, y quedaos con él; yo voy a aguardar algunos instantes para desorientar a mi adversario.

– ¡Valor, Hatteras! –dijo el doctor.

– Estad tranquilo, y, sobre todo, no os pongáis en evidencia antes de haber oído el disparo.

El doctor llegó pronto al hummock detrás del cual estaba Johnson.

– ¿Qué hay? –dijo éste.

– ¡Allá veremos! Hatteras se sacrifica para salvarnos.

El doctor estaba conmovido. Miró al oso, el cual daba señales de una agitación más violenta, como si presintiese la amenaza de un peligro próximo.

Al cabo de un cuarto de hora, la foca se arrastraba por un témpano. Había dado una vuelta al abrigo de algunas grandes moles de hielo para engañar mejor al oso del cual entonces se encontraba a la distancia de cincuenta toesas. El oso le percibió y se agachó como si tratase de ocultarse.

Hatteras imitaba con una habilidad suma los movimientos de una foca, de modo que el mismo doctor le hubiera tomado por una foca verdadera, si no hubiera estado en el secreto.

– ¡Es una foca hecha y derecha! –decía Johnson en voz baja.

El anfibio, al mismo tiempo que se iba acercando al oso, parecía no percibirle, y quería dar a entender que buscaba una quebraja para sumergirse en su elemento.

El oso, por su parte, dando vueltas alrededor de los témpanos, se dirigía hacia él con la mayor prudencia. Sus ojos relampagueantes despedían llamas de codicia, pues había pasado tal vez un mes o dos sin comer, y la casualidad le ofrecía una presa segura.

Apenas llegó la foca a diez pasos de su enemigo, éste se levantó de pronto, dio un salto gigantesco, y atónito, espantado, se detuvo a tres pasos de Hatteras, el cual, con una rodilla hincada en tierra y echando atrás su piel de foca, le apuntó al corazón.

Sonó el disparo y cayó el oso.

– ¡Adelante! ¡Adelante! –exclamó el doctor.

Y, seguido de Johnson, se precipitó hacia el teatro de combate.

La enorme bestia se había vuelto a levantar, hiriendo el aire con una pata delantera, mientras que con la otra cogía un puñado de nieve con que tapaba su herida.

Hatteras no se había movido de su sitio.

Aguardaba, cuchillo en mano; pero había apuntado bien y herido con una mano que no temblaba. Antes que llegasen sus compañeros, su cuchillo estaba hundido hasta el pomo en la garganta del animal, que caía para no volver a levantarse.

– ¡Victoria! –exclamó Johnson.

– ¡Hurra, Hatteras! ¡Hurra! –dijo el doctor.

Hatteras, sin la menor emoción, miraba, cruzándose de brazos, el gigantesco cuerpo.

– Ahora me toca a mí –dijo Johnson–; gran cosa es haber muerto al animal, pero no aguardemos a que el frío le endurezca como una piedra, porque después nada podrían contra él nuestros dientes ni nuestros cuchillos.

Johnson empezó entonces a desollar aquella bestia monstruosa, cuyas dimensiones alcanzaban casi las de un buey, pues medía 9 pies de longitud y 6 de circunferencia. Dos colmillos enormes, que no bajaban de 3 pulgadas, salían de sus encías.

Johnson lo abrió, y no encontró en su estómago más que agua. Evidentemente, el oso no había comido desde hacía mucho tiempo, y, sin embargo, estaba muy gordo y pesaba más de mil quinientas libras. Se le descuartizó y cada cuarto dio doscientas libras de carne, sin olvidar el corazón del animal, que tres horas después latía aún con fuerza.

Los compañeros del doctor querían echarse sobre aquella carne cruda, pero el doctor se lo impidió y les suplicó que le diesen tiempo de asarla.

Clawbonny, al entrar en la casa, había notado que hacía en ella mucho frío. Se acercó a la estufa y la encontró completamente apagada.

Las ocupaciones y emociones de aquella mañana habían hecho olvidar a Johnson el cuidado de alimentar la estufa, tarea que corría habitualmente a su cargo.

El doctor quiso encender de nuevo la estufa, pero no encontró ni una chispa de lumbre entre las cenizas ya frías.

«¡Vamos, un poco de paciencia!», se dijo.

Fue al trineo a buscar yesca, y pidió su eslabón a Johnson.

– La estufa está apagada –le dijo.

– Yo tengo la culpa –respondió Johnson.

Y buscó su eslabón en el bolsillo donde solía llevarlo, pero en vano.

Tentó los otros bolsillos con no mayor éxito, regresó a la casa, volvió en todas direcciones la manta sobre la cual había pasado la noche, y el eslabón no apareció.

– ¿Y bien? –gritaba el doctor con impaciencia. Johnson volvió, y miró a sus compañeros.

– ¿No tenéis vos el eslabón, señor Clawbonny? –dijo.

– No, Johnson.

– ¿Ni vos, capitán?

– No –respondió Hatteras.

– Siempre ha estado en vuestro poder,

Johnson –repuso el doctor.

– ¡Es verdad! Pero no lo encuentro... – murmuró el viejo marino, palideciendo.

– ¡No lo encontráis! –exclamó el doctor, sin poder dejar de manifestarse afectado.

No había otro eslabón, y aquella pérdida podía acarrear consecuencias terribles.

– Buscadlo bien, Johnson –dijo el doctor.

Johnson corrió hacia el témpano desde el cual había acechado al oso, y después al lugar mismo del combate en que lo había desollado;

pero no encontró nada.

Volvió desesperado. Hatteras le miró sin dirigirle reconvención alguna.

– La cosa es grave –dijo el doctor.

– Sí –respondió éste.

– No tenemos ningún instrumento, ni siquiera un anteojo, del que podamos sacar el cristal de aumento para procurarnos fuego.

– Lo sé –respondió el doctor–, y es una desgracia, porque los rayos del sol tendrían bastante fuerza para encender yesca.

– Pues bien –respondió Hatteras–, es preciso matar el hambre con esta carne cruda; emprenderemos luego la marcha y procuraremos llegar al buque.

– ¡Sí! –decía el doctor, abismado en sus reflexiones–. Y esto, en rigor, sería posible. ¿Por qué no? Podríamos probar.

– ¿En qué pensáis? –preguntó Hatteras.

– Se me ocurre una idea.

– ¿Una idea? –exclamó Johnson–. ¡Una idea vuestra! ¡Entonces nos hemos salvado!

– ¿Tendrá buen éxito? –respondió el doctor–. Allá veremos.

– ¿Cuál es vuestro proyecto? –dijo Hatteras.

– No tenemos ninguna lente, y trato de hacer una.

– ¿Cómo? –preguntó Johnson.

– Con un pedazo de hielo que tallaremos.

– ¿Cómo? ¿Y creéis...?

– ¿Por qué no? Se trata de hacer converger los rayos de sol en un foco común, y para el caso puede servirnos el hielo lo mismo que el mejor cristal.

– ¿Es posible? –dijo Johnson.

– Sí; sólo que yo preferiría hielo de agua dulce a hielo de agua salada. El de agua dulce es más transparente y más duro.

– Pero, si no me engaño –dijo Johnson, indicando un hummock a cosa de cien pasos–, aquel témpano de aspecto casi negruzco y aquel color verde, indican...

– Tenéis razón; venid, amigos; tomad, Johnson, vuestra hacha.

Los tres se dirigieron hacia el témpano indicado, el cual se hallaba, efectivamente, formado de hielo de agua dulce.

El doctor hizo saltar un pedazo que tendría un pie de diámetro, y empezó a tallarlo groseramente con el hacha; después, con un cuchillo volvió más igual su superficie, y por fin lo pulimentó poco a poco con la mano, obteniendo muy pronto una lente tan transparente como si hubiese sido del mejor cristal.

Volvió a entrar entonces en la casa de nieve, donde cogió un pedazo de yesca, y empezó su experimento.

El sol brillaba entonces con un resplandor bastante vivo, y el doctor expuso su lente de hielo a los rayos que se concentraron en la yesca. Ésta estuvo encendida a los pocos segundos.–¡Hurra! ¡Hurra! –exclamó Johnson, que no podía dar crédito a sus ojos–. ¡Ah, señor Clawbonny! ¡Señor Clawbonny!

El viejo marino no podía contener su alegría; iba y venía como un loco.

El doctor se metió en la casa; algunos minutos después estaba encendida la estufa, y luego un delicioso olor a asado sacaba a Bell de su entorpecimiento.

Se comió con el ansia que fácilmente se adivina. El doctor, sin embargo, aconsejó a sus compañeros que se moderasen, y predicó con el ejemplo. Durante la comida, volvió a tomar la palabra.

– Hoy es un día de ventura –dijo–, tenemos provisiones aseguradas para el resto del viaje.

Sin embargo, conviene no dormirnos en las delicias de Capua; y haríamos bien en ponernos inmediatamente en marcha.

– No debemos distar más que unas cuarenta y ocho horas del Porpoise –dijo Altamont, que había recobrado ya casi enteramente el uso de la palabra.

– Espero –dijo riendo el doctor– que hallaremos allí con qué echar lumbre.

– Sí –respondió el americano.

– Porque –repuso el doctor– si bien mi lente de hielo es buena, dejaría algo que desear los días en que no hace sol, y estos días son numerosos a menos de 4° del Polo.

– En efecto –respondió Altamont con un suspiro–. ¡A menos de 4°! ¡Mi fragata ha ido a donde jamás antes que ella se había aventurado otro buque! –¡En marcha! –gritó Hatteras con voz breve.

– ¡En marcha! –respondió el doctor, dirigiendo a los dos capitanes una mirada inquieta.

Las fuerzas de los viajeros se habían reparado con prontitud; los perros participaron a discreción de los despojos del oso, y se volvió a emprender rápidamente el camino del Norte.

Durante el viaje, el doctor quiso que Altamont le dijese algo acerca de las razones que le habían arrastrado tan lejos, pero el americano respondió evasivamente.

– Dos hombres que es preciso vigilar –dijo el doctor al oído del viejo contramaestre.

– Sí –respondió Johnson.

– Hatteras no dirige nunca la palabra al americano, y éste parece poco dispuesto a mostrarse reconocido. Afortunadamente, estoy yo aquí.–Señor Clawbonny –respondió Johnson–, desde que el yanqui ha vuelto a la vida, su fisonomía me inspira cierta alarma.

– O mucho me engaño –respondió el doctor–, o él debe de sospechar los proyectos de Hatteras.

– ¿Creéis, pues, vos, que ese extranjero haya tenido los mismos propósitos?

– ¡Quién sabe, Johnson! Los americanos son atrevidos y audaces; lo que un inglés ha querido hacer, un americano puede haberlo intentado también.

– ¿Pensáis vos que Altamont...?

– Yo no pienso nada –respondió el doctor–, pero la situación de un buque en el camino del Polo hace reflexionar.

– Sin embargo, Altamont dice que ha sido arrastrado a pesar suyo.

– Lo dice, sí; pero yo he creído sorprender en sus labios una singular sonrisa.

– ¡Diablos, señor Clawbonny, sería una circunstancia fatal una rivalidad entre dos hombres del temple de los dos capitanes!

– ¡Quiera el cielo que me engañe, Johnson, porque esta situación podría acarrear complicaciones graves, tal vez una catástrofe!

– Espero que Altamont no olvidará que le hemos salvado la vida.

– ¿No va él a su vez a salvar la nuestra?

Confieso que, sin nosotros, él no existiría; pero, sin él, sin su buque, sin los recursos que éste contiene, ¿qué sería de nosotros?

– En fin, señor Clawbonny, vos estáis aquí, y espero que con vuestra intervención todo irá bien.–Lo espero igualmente, Johnson.

El viaje prosiguió sin ningún incidente digno de ser referido. La carne de oso no escaseaba, y se hicieron con ella abundantes comidas. Hasta reinaba cierta alegría en la comitiva, gracias a las ocurrencias del señor Clawbonny y a su amable filosofía. El digno doctor encontraba siempre en sus alforjas de sabio alguna enseñanza que sacar de los hechos y de las cosas. Su salud no se había deteriorado, y a pesar de las fatigas y las privaciones, había enflaquecido tan poco que sus amigos de Liverpool le hubieran reconocido sin trabajo, sobre todo por su buen humor inalterable.

Durante la mañana del sábado, vieron los viajeros modificarse sensiblemente la naturaleza de la inmensa llanura de hielo. Los témpanos conmovidos, los packs, más frecuentes, los hummock s acumulados, demostraban que el icefield sufría una presión inmensa. Evidentemente, algún continente desconocido, alguna isla nueva, estrechando los pasos, había producido aquel trastorno. Moles de hielo de agua dulce, más frecuentes y más considerables, indicaban una costa próxima.

Existía, pues, a poca distancia una tierra nueva, y el doctor ardía en deseos de enriquecer con ella los mapas del hemisferio boreal.

Nadie puede figurarse el placer que causa el levantamiento de planos de costas desconocidas y la formación de su trazado con la punta del lápiz. Éste era el objeto del doctor; así como el de Hatteras era pisar con su pie el mismo polo, y se entusiasmaba de antemano pensando en los nombres con que bautizaría los mares, los estrechos, las bahías y hasta las más insignificantes tortuosidades de aquellos nuevos continentes. Cierto es que en aquella gloriosa nomenclatura no omitía ni a sus compañeros ni a sus amigos, ni a Su Graciosa Majestad, ni a la familia real, pero tampoco se olvidaba de sí mismo, y vislumbraba ya cierto cabo Clawbonny con una satisfacción legítima.

Estos pensamientos le ocuparon todo el día. Se dispuso lo necesario para acampar aquella noche según costumbre, y durante ella, pasada cerca de tierras desconocidas, cada cual estuvo un rato de centinela.

Al día siguiente, domingo, después de un abundante almuerzo suministrado por las patas del oso. que fue excelente, los viajeros se dirigieron al Norte, declinando algo hacia el Oeste.

Aunque el camino era más difícil, se andaba a buen paso.

Altamont, desde lo alto del trineo, observaba el horizonte con una atención febril, y sus compañeros experimentaban una inquietud involuntaria. Las últimas observaciones solares habían dado por latitud exacta 83° 35' y por longitud 120° 15'. Ésta era la situación que se suponía ocupaba el buque americano, y, por tanto, aquel mismo día debía resolverse lo que para ellos era cuestión de vida o muerte.

En fin, a cosa de las dos de la tarde, Altamont, poniéndose en pie, detuvo con un sonoro clamor a la comitiva, indicó con la mano una mole blanca que otra mirada cualquiera hubiera confundido con los icebergs circundantes, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones.

– ¡El Porpoise!

Dépêche

Bureau expéditeur : le Web · Destination : à bord du Nautilus

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