Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO III

DIECISIETE DÍAS DE MARCHA

STE nuevo incidente, estas primeras E palabras pronunciadas por Altamont, habían variado completamente la situación de los náufragos. Antes se hallaban fuera del alcance de todos los auxilios, sin ninguna esperanza fundada de ganar el mar de Baffin, amenazados de carecer de víveres durante una peregrinación demasiado larga para sus cuerpos fatigados; y después, a menos de 400 millas de su casa de hielo, había un navío que les ofrecía abundantes recursos, y tal vez los medios de continuar su atrevida marcha hacia el Polo.

Hatteras, el doctor, Johnson y Bell, empezaron a esperar después de haber estado tan cerca de la desesperación, y su alegría era casi un delirio. Pero las indicaciones de Altamont eran aún incompletas, y, después de algunos minutos de descanso, entabló de nuevo conversación con él, presentándole sus preguntas bajo una forma que para toda respuesta no requería más que una simple inclinación de cabeza o un movimiento de ojos.

Pronto supo que el Porpoise era una fragata americana de Nueva York, que había naufragado en medio de los hielos, con mucho acopio de víveres y de combustible; y aunque echada sobre un costado, debía de haber resistido, y era posible poder salvar su cargamento.

Altamont y su tripulación la habían abandonado hacía dos meses, llevando la lancha en un trineo. Querían ganar el estrecho de Smith y alcanzar algún ballenero para hacerse conducir a América; pero poco a poco las fatigas y las enfermedades se apoderaron de ellos y fueron quedando uno tras otro en el camino. En fin, el capitán y dos marineros fueron los únicos que quedaron de una tripulación de treinta hombres, y si él, Altamont, sobrevivía, era verdaderamente por un milagro de la Providencia.

Hatteras quiso que el americano le dijese por qué el Porpoise se había comprometido en una latitud tan elevada.

Altamont dio a entender que había sido arrastrado por los hielos sin poder contrarrestarlos.

Hatteras le interrogó con ansiedad acerca del objeto de su viaje.

Altamont manifestó que su objetivo era intentar el paso del Noroeste.

Hatteras no insistió ya más, y no volvió a dirigirle ninguna pregunta de este género.

El doctor tomó entonces la palabra:

– Ahora –dijo–, todos nuestros esfuerzos deben encaminarse a encontrar el Porpoise, ya que en lugar de aventurarnos hacia el mar de Baffin, podemos por un camino mucho más corto llegar a un buque que nos proporcionará todos los recursos que necesitamos para una invernada.

– No podemos tomar otro partido – respondió Bell.

– Añadiré –dijo el contramaestre– que no debemos perder un instante, pues es menester calcular la duración de nuestro viaje por la duración de nuestras provisiones, en sentido inverso de lo que se hace generalmente, y ponernos cuanto antes en camino.

– Tenéis razón, Johnson –respondió el doctor–; emprendiendo la marcha mañana, martes,

26 de febrero, debemos llegar el 15 de marzo al Porpoise, so pena de morir de hambre. ¿No os parece lo mismo, Hatteras?

– Hagamos inmediatamente nuestros preparativos –dijo el capitán– y partamos. Acaso empleemos en el viaje más tiempo del que suponemos.

– ¿Por qué? –replicó el doctor–. Parece que el americano está seguro de la situación de su buque.

– ¿Y si el Porpoise –respondió Hatteras– hubiese derivado en su campo de hielo, como hizo el Forward?

– En efecto –dijo el doctor–, es posible.

Johnson y Bell nada tuvieron que replicar a la posibilidad de una derivación, de que ellos mismos habían sido víctimas.

Pero Altamont, que no perdía una palabra de la conversación, hizo comprender al doctor que deseaba decir algo. El doctor accedió a sus deseos, y después de un cuarto de hora de circunloquios y vacilaciones, adquirió cierta seguridad de que el Porpoise, varado junto a una costa, no podía haber abandonado su lecho de rocas.

Esta noticia volvió la tranquilidad a los cuatro ingleses, si bien les quitaba toda esperanza de regresar a Europa, a no ser que Bell llegase a construir un buque pequeño con los restos del Porpoise. De todos modos, lo más esencial era trasladarse al lugar mismo del naufragio.

El doctor hizo otra pregunta al americano, y fue la última. Le preguntó si había encontrado el mar libre en aquella latitud de 83°.

– No –respondió Altamont.

Aquí terminó la conversación. Empezaron inmediatamente los preparativos de marcha;

Bell y Johnson se ocuparon del trineo, que requería una reparación completa; como no faltaba madera, se establecieron sus montantes de una manera más sólida, y aprovechando la experiencia adquirida durante la excursión al Sur, que dio a conocer el lado débil de aquel género de transporte y los obstáculos que oponen las nieves abundantes y espesas, se dispuso de modo que le fuese más fácil deslizarse.

Interiormente, Bell dispuso para el americano una especie de cama cubierta con la tela de la tienda. Las provisiones, desgraciadamente poco considerables, no debían aumentar mucho el peso del trineo, pero, en cambio, se completó su cargamento con toda la leña que pudo recogerse.

El doctor, arreglando las provisiones, las inventarió con la más escrupulosa exactitud, y resultó de sus cálculos que cada viajero, para un viaje de tres semanas, debía reducirse a tres cuartas partes de ración. Se reservó ración entera a los cuatro perros de tiro, teniendo Duck derecho también a ella en el caso de tirar como los otros.

Estos preparativos fueron interrumpidos por la necesidad de sueño y de reposo que se hizo sentir imperiosamente desde las siete de la noche; pero antes de echarse, los náufragos se reunieron alrededor de la estufa, en la que no se escatimó el combustible. Los desventurados se permitieron un despilfarro de calor a que no estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo.

Un poco de pemmican, algunas galletas y sendas tazas de café no tardaron en ponerles de buen humor, a lo que contribuía poderosamente la esperanza que les sonreía de tan lejos.

A las siete de la mañana se emprendieron de nuevo los trabajos, y se hallaron enteramente terminados a las tres de la tarde.

Empezaba ya a oscurecer; el sol, desde el 31 de enero, había reaparecido en el horizonte, pero no daba aún más que una luz débil y poco duradera. Afortunadamente la luna debía aparecer a las seis y media, y estando el cielo tan puro sus rayos bastarían para alumbrar el camino. La temperatura, que hacía ya algunos días que bajaba sensiblemente, alcanzó al fin 33° bajo cero (–37° centígrados).

Llegó el momento de partir. Altamont acogió con alegría la idea de ponerse en camino, no obstante saber que el traqueteo aumentaría sus padecimientos. Había hecho comprender al doctor que éste encontraría a bordo del Porpoise los antiescorbúticos que su curación requería.

Se le trasladó, pues, al trineo, donde se le acomodó lo mejor posible. Se destinaron al tiro todos los perros, incluso Duck, y los viajeros dirigieron entonces la última mirada a aquel lecho de hielo donde había dormido el Forward.

En las facciones de Hatteras se pintó un instante un violento sentimiento de cólera, pero se hizo dueño de sí mismo, y en breve la comitiva, estando el tiempo muy seco, se abismó en la bruma del Nornoroeste.

Cada cual ocupó su sitio de costumbre. Bell a la cabeza, indicando el camino; el doctor y el contramaestre al lado del trineo, vigilando y empujando en caso necesario, y Hatteras detrás, rectificando el rumbo y manteniendo a la tripulación sobre la línea que Bell iniciaba.

La marcha fue bastante rápida. Estando tan baja la temperatura, el hielo ofrecía una dureza y una tersura favorables al deslizamiento del trineo; y los cinco perros arrastraban fácilmente aquella carga que no pasaba de novecientas libras. Sin embargo, lo mismo ellos que las personas se ahogaban rápidamente, y tuvieron que detenerse con frecuencia para tomar aliento.

A cosa de las siete de la noche, la luna desalojó con su disco rojizo las brumas del horizonte. Sus tranquilos rayos atravesaron la atmósfera, y derramaron alguna luz que los hielos reflejaron con pureza. El icefield presentaba hacia el Noroeste una inmensa llanura blanca perfectamente horizontal. Ni un pack, ni un hummock. Parecía como si aquella parte del mar se hubiese helado pacíficamente, como un lago sereno.

Aquello era un inmenso desierto, llano y monótono.

Tal fue la impresión que causó aquel espectáculo en el ánimo del doctor, y que él comunicó a sus compañeros.

– Tenéis razón, señor Clawbonny – respondió Johnson–; estamos en un desierto, pero no corremos el peligro de morir de sed.

– Lo que –respondió el doctor– es una ventaja evidente. Esta inmensidad me prueba, sin embargo, una cosa, y es que debemos de hallarnos muy lejos de tierra. La aproximación de las cosas está en general indicada por una multitud de montañas de hielo, y no hay a nuestro alrededor un solo iceberg al alcance de nuestra vista.

– El horizonte –observó Johnson– está muy limitado por la bruma.

– Sin duda, pero desde nuestra partida estamos pisando un campo llano que parece que no ha de concluir nunca.

– ¿Sabéis, señor Clawbonny, que nuestro paseo es peligroso? Nos acostumbramos a él y ni siquiera nos fijamos en el peligro, pero la verdad es que esta superficie helada sobre la cual andamos, cubre abismos sin fondo.

– Tenéis razón, amigo mío; pero no corremos ningún riesgo de que estos abismos nos traguen. Con el frío que hace de 33°, la resistencia de esta blanca corteza es muy considerable.

Notad que tiende a ser cada vez mayor, porque bajo estas latitudes nieva casi todos los días, hasta en abril, en mayo y en junio, y yo creo que en su mayor profundidad no medirá menos de 30 ó 40 pies.

– Eso es tranquilizador –respondió el contramaestre Johnson.

– En efecto, no somos nosotros como esos patinadores del Serpentine (2), que temen a cada instante que el frágil suelo les falte bajo los pies;

nosotros estamos libres de este percance.

– ¿Se conoce la fuerza de resistencia del hielo?. –preguntó el viejo marino, ávido siempre de instruirse en compañía del doctor.

– Perfectamente –respondió éste–. ¿Quién ignora actualmente nada de lo que es susceptible de medirse, exceptuando la ambición humana? ¿No es ella en realidad la que nos precipita hacia ese Polo boreal que el hombre quiere al fin conocer? Pero volviendo a nuestra pregunta, he aquí lo que puedo responderos.

Teniendo dos pulgadas de grueso, el hielo resiste el peso de un hombre; teniendo tres y media resiste un caballo con su jinete; teniendo cinco, resiste una pieza de a ocho; teniendo ocho, resiste una batería de campaña con sus tiros, y, por último, teniendo diez, resiste todo 2 Río del Hyde Park, en Londres.

un ejército, una multitud inmensa. En el punto en que nos hallamos en este momento, se podría edificar sobre el hielo la Aduana de Liverpool o el palacio del Parlamento de Londres.

– Cuesta trabajo –respondió Johnson– concebir una resistencia semejante; pero hace poco, señor Clawbonny, hablabais de la nieve que cae casi todos los días en estas comarcas. El hecho es evidente, y por consiguiente no lo discuto, pero, ¿de dónde procede toda esta nieve? Estando los mares helados, no veo cómo pueden ellos dar origen a la inmensa cantidad de vapor que forman las nubes.

– Vuestra observación es justa, Johnson, y no se puede contestar a ella sino admitiendo, como admito yo, que la mayor parte de la nieve o de la lluvia que recibimos en estas regiones polares está formada del agua de los mares de las zonas templadas. Hay copo tal vez que, siendo en un principio una simple gota de agua de un río de Europa, se ha elevado por el aire en forma de vapor, se ha convertido en nube y ha venido, al fin, a condensarse aquí, de suerte que es muy posible que bebiendo nosotros esta nieve, apaguemos la sed con el agua de los mismos ríos de nuestro país.

– Tenéis siempre respuesta para todo – respondió el contramaestre.

En aquel momento, la voz de Hatteras rectificando los errores del camino interrumpió la conversación. La bruma se condensaba más y más, y hacía difícil el seguir una línea recta.

En fin, la comitiva se detuvo a cosa de las ocho de la noche, después de haber ganado quince millas. El tiempo permanecía seco; se levanto la tienda, encendieron la estufa, y se dispusieron a pasar la noche, que se deslizó pacíficamente.

Hatteras y sus compañeros estaban realmente favorecidos por el tiempo. Su viaje en los días siguientes se hizo sin dificultades, si bien el frío era sumamente intenso y el mercurio permanecía helado en el termómetro. Si hubiese hecho viento, ningún viajero hubiera podido soportar una temperatura tan baja. El doctor confirmo en aquella ocasión la exactitud de las observaciones de Parry, durante su excursión a la isla de Melville. El célebre marino dice que por mucho que sea el frío, con tal que la atmósfera esté tranquila, un hombre convenientemente abrigado puede salir impunemente al aire libre; pero como se levante un poco de viento, se experimenta en la cara un escozor doloroso y un dolor de cabeza tan vivo que a él sucede muy pronto la muerte. El doctor no las tenía, pues, todas consigo, sabiendo que una ráfaga repentina les hubiera helado a todos hasta la medula de los huesos.

El 5 de marzo fue testigo de un fenómeno particular de aquella latitud. El cielo estaba perfectamente sereno y tachonado de estrellas, y, sin embargo, nevó abundantemente sin que hubiese la menor apariencia de nube. Las constelaciones resplandecían entre los copos que caían en el campo de hielo con una elegante regularidad. La nevada duró aproximadamente dos horas, y cesó antes de que el doctor pudiese explicársela satisfactoriamente.

Se había entonces desvanecido el último cuarto de luna, y de las veinticuatro horas del día había diecisiete de una oscuridad profunda.

Los viajeros tuvieron que unirse unos a otros por medio de una larga cuerda para no separarse, siendo absolutamente imposible seguir el camino en línea recta.

Sin embargo, aquellos hombres intrépidos, aunque sostenidos por una voluntad de hierro, empezaban a fatigarse. Los altos iban siendo más frecuentes, a pesar de que no podían perder una hora, pues las provisiones disminuían de una manera sensible.

Hatteras determinaba frecuentemente la posición con el auxilio de observaciones lunares y siderales. Viendo que pasaban días y que no se llegaba al término del viaje, se preguntaba algunas veces si el Porpoise existía realmente, pues era muy posible que el americano se hubiese vuelto loco a consecuencia de sus padecimientos, y tampoco hubiera sido muy extraordinario que, por odio a los ingleses, viéndose él perdido irremisiblemente, quisiera arrastrarles a una muerte cierta.

Comunicó sus recelos al doctor, el cual los rechazó de una manera absoluta, pero comprendió que entre el capitán inglés y el americano existía una rivalidad funesta.

«Difícil será –se dijo– mantener en buenas relaciones a esos dos hombres.»

El 14 de marzo, después de dieciséis días de marcha, los viajeros no se hallaban aún más que a los 82° de latitud; sus fuerzas estaban agotadas, y se veían aún a 100 millas de distancia del buque. Para colmo de desdichas, fue menester reducir a una cuarta parte la ración de los hombres para poder seguir dándola entera a los perros.

Desgraciadamente, no se podía contar con los recursos de la caza, porque no quedaban ya más que siete cargas de pólvora y seis balas. Se había tirado inútilmente a algunas zorrabo y liebres blancas, que eran además muy escasas, y no se mató ninguna.

Sin embargo, el viernes, 15, el doctor tuvo la buena fortuna de sorprender una foca tendida en el hielo. La hirió con varias balas, y el animal, no pudiendo escaparse por su agujero, cerrado de antemano, fue muy pronto cogido y rematado. Era de gran tamaño; Johnson la hizo pedazos con gran destreza, pero estaba el anfibio tan sumamente flaco, que apenas sacaron de él partido alguno unos hombres que no supieron decidirse, como los esquimales, a beber su aceite.

Sin embargo, el doctor intentó resueltamente introducir en su boca aquel licor pegajoso, pero con toda su fuerza de voluntad no pudo conseguirlo. Conservó la piel del animal, sin saber por qué, por instinto de cazador, y la colocó en el trineo.

Al día siguiente, 16, se percibieron en el horizonte algunos icebergs y montecillos de hielo. ¿Era aquello el indicio de una costa próxima o un mero accidente del icefield? ¿Quién era capaz de decirlo?

Llegados a uno de los hummocks, los viajeros se aprovecharon de él para ahuecarlo y formarse una guarida más cómoda que la tienda con el auxilio del cuchillo para nieve (3), y, después de tres horas de un trabajo asiduo, pudieron tenderse al fin alrededor de la estufa.

Dépêche

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