Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XXVI

REGRESO AL SUR

RES horas después del triste desenlace T de las aventuras del capitán Hatteras,

Clawbonny, Altamont y los dos marineros se hallaban reunidos en la gruta al pie del volcán.

Todos suplicaron a Clawbonny que diese su opinión acerca de lo que convendría hacer.

– Amigos míos –dijo el doctor–, no podemos prolongar nuestra permanencia en la isla de la Reina; tenemos delante un mar libre y una cantidad suficiente de provisiones. Es menester partir y volver a toda prisa al Fuerte Providencia, donde invernaremos hasta el verano próximo.

– Soy del mismo parecer –respondió Altamont–; debemos aprovechar el viento, que nos es favorable, y mañana nos haremos a la mar.

Hubo durante todo el día un profundo abatimiento. La locura del capitán era de un funesto presagio, y cuando Johnson, Bell y Altamont pensaban en la vuelta, se consideraban como abandonados, y sentían flaquear su ánimo. Les hacía falta el alma intrépida de Hatteras. Sin embargo, a fuer de hombres enérgicos, se aprestaron a luchar de nuevo contra los elementos, y hasta contra sí mismo, si alguna vez se sentían desfallecer.

Al día siguiente, sábado 13 de julio, se embarcaron los efectos del campamento, y quedó todo dispuesto para la marcha.

Pero antes de dejar aquel peñasco para nunca más volverlo a ver, el doctor, siguiendo las intenciones de Hatteras, hizo levantar un cairn en el punto mismo en que el capitán había abordado la isla. Se formó el cairn con grandes rocas sobrepuestas, de modo que formase una prominencia perfectamente visible, en el supuesto de que las erupciones del volcán lo respetasen.

En una de las piedras laterales, Bell grabó al cincel esta sencilla inscripción: JOHN HATTERAS 1861 El documento original fue depositado dentro del cairn en un tubo de hojalata perfectamente cerrado, y así quedó abandonado en aquellas desiertas rocas el testimonio del descubrimiento.

Entonces los cuatro hombres y el capitán, un pobre cuerpo sin alma, y su fiel Duck, triste y quejumbroso, se embarcaron para el viaje de vuelta. Eran las seis de la mañana. Con el lienzo de la tienda se hizo una nueva vela. La falúa, viento en popa, dejó la isla de la Reina, y al anochecer, el doctor, de pie encima de su banco, dio un último adiós al monte Hatteras que resplandecía en el horizonte.

La travesía fue muy rápida. El mar, constantemente libre, ofreció una navegación fácil, y en verdad que parecía que era más cómodo huir del Polo que acercarse a él.

Pero Hatteras no se hallaba en estado de comprender lo que pasaba en torno suyo. Permanecía echado en la falúa, con la boca muda, con la mirada apagada, con los brazos cruzados sobre el pecho, con Duck echado a sus pies. En vano el doctor le dirigía la palabra; Hatteras no le oía.

Por espacio de cuarenta y ocho horas el viento fue favorable y el mar estaba poco picado. Clawbonny y sus compañeros se dejaban llevar de la brisa del Norte. El 15 de julio, distinguieron Puerto Altamont, en el Sur; pero como el océano polar estaba libre en toda la costa, resolvieron, en lugar de atravesar en trineo la tierra de la Nueva América, costearla y ganar por mar la bahía Victoria.

El trayecto era más rápido y más fácil. El espacio que los viajeros habían tardado quince días en recorrer en trineo, lo salvaron en ocho navegando, y después de haber seguido las tortuosidades de una costa orlada de numerosos peñascos, cuya configuración determinaron, llegaron el lunes por la tarde, 23 de julio, a la bahía Victoria.

La falúa quedó sólidamente amarrada a la playa, y todos se dirigieron precipitadamente al Fuerte Providencia. Pero ¡qué devastación! La Casa del Doctor, los almacenes, el polvorín, las fortificaciones, todo se había convertido en agua bajo la acción de los rayos solares, y las provisiones habían sido saqueadas por los animales carniceros.

¡Triste y desconsolador espectáculo!

Los navegantes estaban muy escasos de provisiones y contaban con renovarlas en Fuerte Providencia. La imposibilidad de pasar allí el invierno era evidente. Como hombres acostumbrados a tomar rápidamente su partido, resolvieron ganar el mar de Baffin por el camino más corto.

– No podemos hacer otra cosa –dijo el doctor–; el mar de Baffin está a menos de seiscientas millas; navegaremos en tanto que no falte el agua a nuestra falúa, ganaremos el estrecho de Jones, y desde allí los establecimientos dinamarqueses.

– Sí –respondió Altamont–, reunamos todas las provisiones que quedan, y partamos.

Buscando mucho se encontraron unas cajas de pemmican dispersas sin orden ni concierto, y dos barriles de carne en conserva, que se habían librado de la devastación. En resumen, se recogieron provisiones para seis semanas y una suficiente cantidad de pólvora. Todo se juntó en un momento; se empleó el resto del día en calafatear la falúa para ponerla en buen estado, y al día siguiente, 24 de julio, se volvió a emprender la marcha.

El continente, a los 83° de latitud, torcía hacia el Este. Era posible que se juntase con las tierras conocidas bajo el nombre de tierras Grinnell, Ellesmer y Lincoln Septentrional, que forman la línea costera del mar de Baffin. Podía, pues, tenerse por seguro que el estrecho de Jones penetraba en los mares interiores, a la manera del estrecho de Lancaster.

La falúa navegó desde entonces sin grandes dificultades, y evitaba fácilmente los témpanos flotantes. El doctor, previniendo retrasos posibles, redujo a sus compañeros a media ración de víveres; pero la fatiga era poca y la salud se conservaba en buen estado.

Además, no dejaban de disparar algunos tiros y mataron gansos, ánades y somorgujos, que les proporcionaban una alimentación fresca y sana. En cuanto a su aguada, la renovaban fácilmente con témpanos de agua dulce que se encontraban en el camino, porque tenían cuidado de no alejarse de las costas, ya que la fragilidad de la falúa no permitía echarse mar adentro.

En aquella época del año el termómetro estaba ya constantemente bajo el punto de congelación, y el tiempo, después de algunos días de lloviznas, amenazó con nieve. El sol empezaba ya a rozar el extremo horizonte, y cada día su disco se dejaba notar más al sesgo. El 30 de julio los viajeros lo perdieron de vista por primera vez, es decir, que tuvieron ya una noche de algunos minutos.

Sin embargo, la falúa avanzaba bien, llegando algunas veces a andar en veinticuatro horas de 60 a 65 millas. No había ni un instante de detención. Los viajeros sabían cuántas fatigas tendrían que arrostrar y cuantos obstáculos les opondría el camino de tierra, si era preciso tomarlo, y aquellos mares no podían tardar en helarse. Había ya témpanos nuevos diseminados por distintos puntos. El invierno, bajo las altas latitudes, sucede inmediatamente al verano, sin primavera ni otoño. Las estaciones intermedias faltan. Era, pues, preciso darse prisa.

El 31 de julio, estando el cielo despejado al ponerse el sol, se percibieron las primeras estrellas de la constelación del cénit. Desde aquel día reinó sin cesar una espesa niebla, que dificultó considerablemente la navegación.

El doctor, viendo multiplicarse los síntomas del invierno, concibió grandes zozobras.

Sabía cuántas dificultades experimentó sir John Ross para ganar el mar de Baffin, después del abandono de su buque. Aquel audaz marino, después de haber intentado por primera vez pasar los hielos, se vio obligado a volver a su buque y a sufrir una cuarta invernada. Pero él al menos tenía un abrigo para la mala estación y provisiones y comestibles.

Si semejante desgracia sobrevenía a los sobrevivientes del Forward, si se veían obligados a detenerse o a retroceder, estaban perdidos. El doctor no reveló sus zozobras a sus compañeros, pero les dio prisa para que ganaran todo lo posible hacia el Este.

En fin, el 15 de agosto, después de treinta días de una navegación bastante rápida, después de haber luchado por espacio de cuarenta y ocho horas contra los témpanos que se acumulaban en los pasos, después de haber arriesgado cien veces su frágil falúa, los navegantes se vieron absolutamente detenidos, sin poder ir más lejos. El mar estaba helado en todas direcciones, y el termómetro señalaba de ordinario 15° sobre cero (–9° centígrados).

Por otra parte, en todo el Norte y el Este fue fácil reconocer la proximidad de una costa por las piedras chatas y redondeadas que las olas desgastan en las playas, y por el hielo de agua dulce que se encontraba más frecuentemente.

Altamont hizo sus observaciones con escrupulosa exactitud, y obtuvo 77° 15' de latitud y 88° 02' de longitud.

– Así, pues -dijo el doctor–, nuestra posición exacta es la siguiente: hemos alcanzado el Lincoln Septentrional, precisamente en el cabo Edén; entramos en el estrecho de Jones; con un poco de buena suerte, lo habríamos encontrado libre hasta el mar de Baffin. Pero no podemos quejarnos. Si mi pobre Hatteras hubiese encontrado un mar tan fácil, hubiera llegado rápidamente al Polo. Sus compañeros no le hubiesen abandonado y él no habría perdido la cabeza bajo el peso de las más terribles angustias.

– Entonces –dijo Altamont–, el único partido que podemos tomar es abandonar la falúa y pasar en trineo a la costa oriental de Lincoln.

– Estoy conforme en abandonar la falúa y tomar el trineo –respondió el doctor–, pero en lugar de atravesar Lincoln, propongo pasar en trineo el estrecho de Jones y ganar el Devon Septentrional.

– ¿Y por qué? –preguntó Altamont.

– Porque cuanto más nos acerquemos al estrecho de Lancaster más probabilidades tendremos de encontrar balleneros.

– Tenéis razón, doctor, pero mucho me temo que los hielos, poco consistentes aún, no nos ofrezcan un paso practicable.

– Probaremos –respondió Clawbonny.

Se descargó la falúa; Bell y Johnson reconstruyeron el trineo, cuyas piezas estaban todas en buen estado, y al día siguiente se engancharon a él los perros, y se tomó a lo largo de la costa para ganar el icefield.

Entonces volvió a empezar aquel viaje tantas veces descrito, tan peligroso y lento. Razón había tenido Altamont en desconfiar del estado del hielo; no se pudo atravesar el estrecho de Jones, y hubo necesidad de seguir la costa de Lincoln.

El 21 de agosto los viajeros, cortando al sesgo, llegaron a la entrada del estrecho de Glacier, donde se aventuraron por el icefield, y al día siguiente alcanzaron la isla Coburgo, que atravesaron en menos de dos días en medio de borrascas de nieve.

Pudieron entonces volver a tomar el camino más fácil de los campos de hielo, y, al fin, el 24 de agosto pusieron los pies en el Devon Septentrional.

– Ahora –dijo el doctor– no nos queda más que atravesar esta tierra y ganar el cabo Warender, a la entrada del estrecho de Lancaster.

Pero el tiempo se puso espantoso y muy frío; las ráfagas de nieve y los torbellinos recobraron su violencia invernal, y los viajeros sentían agotarse sus fuerzas. Las provisiones estaban casi apuradas, y todos tuvieron que reducirse a una tercera parte de ración para poder dar a los perros una alimentación proporcionada a su trabajo.

La naturaleza del terreno aumentaba mucho las fatigas del viaje. Aquella tierra del Devon Septentrional era sumamente escabrosa, y fue preciso salvar los montes Trauter por gargantas impracticables, luchando contra todos los elementos desencadenados. Allí estuvieron próximos a sucumbir el trineo, los hombres y los perros, y más de una vez la desesperación se apoderó de la comitiva, no obstante ser tan aguerrida y estar tan acostumbrada a la fatigas de una expedición polar. Pero aquellas pobres gentes, sin que ellas lo advirtieran, estaban gastadas moral y físicamente. No se arrostran impunemente dieciocho meses de incesantes fatigas y una sucesión enervadora de esperanzas y desesperaciones. Es, además, de notar que la ida se verifica con un entusiasmo, una convicción y una fe que faltan a la vuelta. Así es que los desgraciados se arrastraban con trabajo, se puede decir que marchaban por rutina, por un resto de energía animal casi independiente de su voluntad.

Hasta el 30 de agosto no salieron de aquel caos de montañas de las cuales la orografía de las zonas bajas no podía dar ninguna idea, pero salieron magullados y medio helados. El doctor no acertaba a alentar a sus compañeros, porque se sentía desfallecer él mismo.

Los montes Trauter terminaban en una especie de llanura conmovida por el primitivo levantamiento de la montaña. Allí fue indispensable tomar un descanso de algunos días, pues los viajeros podían difícilmente tenerse en pie, y ya dos de los perros de tiro habían muerto extenuados.

La comitiva se abrigó detrás de un témpano, con un frío de 2° bajo cero (–19° centígrados). Ninguno se sintió con fuerzas para levantar la tienda.

Las provisiones eran muy escasas, y a pesar de la extremada parsimonia con que se gastaban, no podían durar más allá de ocho días.

La caza era casi nula, obligándola el invierno a buscar climas menos rudos. La muerte por hambre se presentaba, pues, amenazadora ante sus víctimas extenuadas.

Altamont, que mostraba una gran adhesión y una abnegación verdadera, aprovechó un resto de su fuerza y resolvió procurar, por medio de la caza, algún alimento a sus compañeros. Cogió la escopeta, llamó a Duck y penetró en las llanuras del Norte. El doctor, Bell y Johnson, le vieron alejarse casi con indiferencia. En una hora no oyeron un solo tiro, y vieron regresar al americano sin haberlo disparado. El americano corría con cierto azoramiento.

– ¿Qué sucede? –le preguntó el doctor.

– ¡Allá abajo! ¡En la nieve! –respondió Altamont con un acento de horror, indicando un punto del horizonte.

– ¿Qué?

– ¡Una porción de hombres...!

– ¿Vivos?

– Muertos..., helados y hasta...

El americano no se atrevió a concluir su pensamiento, pero su fisonomía expresaba el horror más indecible.

El doctor, Johnson y Bell, reanimados por aquel incidente, hallaron medios de levantarse y se arrastraron en pos de Altamont, hacia aquella parte de la llanura que él había indicado. Llegaron luego a un espacio cerrado, en el fondo de una barranca profunda, y allí ¡ qué espectáculo se ofreció a su vista!

Cadáveres rígidos, medio envueltos en un sudario de nieve, estaban diseminados en distintos puntos: aquí un brazo, allá una pierna, más lejos manos crispadas, cabezas que conservaban aún su fisonomía amenazadora y desesperada.

El doctor se acercó y retrocedió, pálido, con las facciones descompuestas, en tanto que Duck aullaba de una manera siniestra.

– ¡Horror! ¡Horror! –exclamó Clawbonny.

– Pero... –empezó a decir el contramaestre.

– ¿No les habéis conocido? –dijo el doctor con voz alterada.

– ¿Qué queréis decir?

– ¡ Mirad!

Aquella barranca había sido el teatro de una última lucha de los hombres contra el clima, contra la desesperación, contra el hambre misma, pues por ciertos despojos horribles se comprendía que los desgraciados se habían saciado en cadáveres humanos, en carne tal vez palpitante aún, y entre ellos, el doctor reconoció a Shandon, a Pen, la miserable tripulación del Forward; las fuerzas de aquellos desventurados se habrían agotado, les habrían faltado los víveres; su lancha probablemente fue hecha trizas por los aludes y se precipitó en un abismo, y no pudieron aprovecharse del mar libre;

se puede suponer también que se extraviaron en medio de aquellos continentes desconocidos.

Además, hombres que habían marchado bajo la excitación de la revuelta no podían permanecer ligados entre sí por aquella unidad de miras que permite llevar a cabo las grandes empresas.

Un jefe de sediciosos no tiene nunca en las manos más que un poder dudoso. Sin duda la autoridad de Shandon fue muy pronto desconocida y desacatada.

Lo evidente es que aquella tripulación pasó por mil tormentos, por mil desesperaciones antes de llegar a tan espantosa catástrofe; pero el secreto de sus miserias queda sepultado con ellos para siempre en las nieves del Polo.

– ¡ Huyamos! ¡ Huyamos! –exclamó el doctor Clawbonny.

Y arrastró a sus compañeros lejos del lugar del desastre.

El horror les devolvió una energía momentánea. Se pusieron en marcha.

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