Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO VIII

LA PASCUA DE PENTECOSTÉS

FATIGADOS por aquella excursión tan sumamente movida, los pasajeros del Seamew durmieron bastante tiempo la noche siguiente.

Los primeros de entre ellos que a las nueve de la mañana del 20 de mayo subieron al spardek, pudieron notar que se hallaban ya lejos de Fayal.

Habiendo partido de Horta a las siete y media, para dirigirse a Tercera, el Seamew seguía un itinerario especial a fin de que los turistas pudieran observar las islas a las que no se debía arribar.

En el momento en que Roger, escoltando a las pasajeras americanas, apareció a su vez en el spardek, el buque, costeando la orilla meridional de Pico, se hallaba casi frente a la montaña que se hundía en el mar por una escala de montes decrecientes. Veíase a Lagens, capital de la isla, dominada por un imponente convento de franciscanos, y rodeada de cabañas esparcidas aquí y allá, y cuyos techos cónicos, hechos de cañas entrelazadas, daban la ilusión de un campo cultivado.

Continuaba siendo áspera y brava la costa, pero lentamente iba suavizándose la campiña.

Las alturas de que está formada la parte media de la isla iban descendiendo gradualmente y cubriéndose de magníficas praderas.

Hacia las diez y media cruzóse frente a la importante villa de Calnea. Media hora más tarde habíase doblado la extremidad oriental de Pico, y se descubría la isla San Jorge en el momento en que la campana llamaba al almuerzo.

Durante toda la mañana había permanecido Roberto encerrado en su cámara. No dejó Roger de hacer notar su ausencia a Mrs. Lindsay.

– Está descubriendo y empapándose de Tercera –dijo, riendo–. ¡Ah, es un cicerone bien singular el que nosotros tenemos!

Ante la mirada interrogadora de Alice mostróse más explícito. No significaba esa exclamación ninguna alusión desagradable; todo lo contrario. Pero, aparte de que la elegante y distinguida apostura de Mr. Morgand contrastaba de una manera muy extraña con la modestia de sus funciones, Roger se hallaba firmemente persuadido de la extraordinaria ignorancia en que se encontraba acerca de todo lo concerniente a su oficio. Estas consideraciones, en suma, no hacían sino confirmar la observación profunda que Alice había hecho respecto al intérprete del Seamew.

– Finalmente –concluyó diciendo Roger–, yo estoy completamente seguro de haberle encontrado antes en alguna parte. ¿Dónde...? No lo sé. Pero pronto llegaré a saberlo, y sabré al propio tiempo por qué ese joven, evidentemente del gran mundo, se halla cubierto con la piel de un profesor.

El resultado de aquella conversación fue excitar la curiosidad de Alice Lindsay. Así, cuando Roberto subió al puente después del almuerzo, dirigióle ella la palabra, tratando alegremente de ponerle en un aprieto.

El Seamew se hallaba a la sazón entre Pico y San Jorge. Acercábase a esta última isla, especie de dique de treinta millas de largo por cinco tan sólo de ancho, colocado en aquel sitio por un capricho de la naturaleza.

– ¿Qué ciudad es esa? –preguntó Alice a Roberto al cruzar el Seamew frente a una aglomeración de casas de varios pisos.

Pero Roberto tenía ya entonces su «Guía» en la punta de las uñas.

– Urzelina –respondió–. Ahí es donde en mil ochocientos ocho tuvo lugar la última y la más terrible erupción que haya habido en esos parajes. Esa erupción llenó de terror a los habitantes de Pico y de Fayal. Quince cráteres, enorme uno de ellos, habíanse abierto. Durante veinticinco días estuvieron vomitando fuego y lava. Hubiera la ciudad quedado totalmente destruida si el torrente de lava no se hubiese desviado milagrosamente, abriéndose un camino hacia el mar.

– ¿Y después?

Esta pregunta fue hecha por Johnson. Parecía que aquel problema volcánico le atraía por afinidades desconocidas, porque había llegado precisamente en el momento debido para oír la explicación de Roberto. En el acto había interrumpido su paseo y prestado oído atento.

Volvióse Roberto hacia él.

– Después –dijo– no ha vuelto a haber erupción. Pero casi nunca transcurre un año sin que la isla experimente alguna sacudida. San Jorge es, por lo demás, de un origen más reciente que el resto del archipiélago, y es también, junto con la parte occidental de San Miguel, la más sujeta a ese género de accidentes.

– All right! –exclamó Johnson, con aspecto satisfecho, volviendo a emprender su marcha sin otra formalidad.

¿Por qué se mostraba contento? ¿Acaso porque la respuesta de Roberto justificaba su resolución de no bajar a tierra? Aquel ente original parecía felicitarse mucho por ello. La vida, entendida de esta manera, parecía ser por completo de su gusto, y desde la partida no había modificado en nada sus hábitos y costumbres. Por la mañana, a mediodía y por la tarde veíasele durante cinco minutos deambular por el puente, repartiendo codazos a diestro y siniestro, empujando, fumando, escupiendo y mascullando palabras inarticuladas, y después no volvía a oírse hablar más de él. En cuanto a las ocupaciones que absorbían el resto de sus horas, eran fácilmente adivinadas. Su tinte, más rojizo a mediodía que por la mañana, y por la tarde más que a mediodía, y subiendo visiblemente de punto de día en día, suministraba acerca del particular los informes más precisos.

A las dos de la tarde dobló el Seamew la punta Rosales, en la cual, y hacia el Norte, se perfila la extremidad de San Jorge. Advirtieron entonces los pasajeros la costa norte de esta última isla, bordeada de un espantoso derrumbadero de seiscientos metros de altura, a medida que iba afirmándose la moderada cima de Graciosa. Hacia las cuatro hallábase el Seamew a tres millas tan sólo de esta isla, que contrasta, por la suavidad de sus contornos, con las demás del archipiélago, cuando, a una señal del capitán Pip, evolucionó el buque, dirigiéndose rápidamente hacia Tercera, cuyas elevadas orillas se dibujaban a unas veinticinco millas de distancia.

En aquel momento apareció Piperboom sobre cubierta, seguido de Thompson, congestionado. Hizo este último una señal a Roberto, quien, dejando en el acto a sus interlocutores, acudió al llamamiento del administrador general. –¿Es total y absolutamente imposible, señor profesor –díjole aquel, mostrando al considerable holandés, rodeado, según costumbre, de una opaca nube de humo–, es imposible hacerse comprender por ese paquidermo?

Hizo Roberto un gesto de impotencia.

– ¡He aquí una cosa insoportable! –gritó Thompson–. ¡Figúrese usted que este hombre se niega en absoluto a abonar los suplementos de gastos que ha hecho!

– ¿Qué suplemento? –preguntó Roberto.

– ¿Qué suplemento...? Pues un asno asesinado, más el alquiler de otros tres y de tres guías suplementarios. Sí; la cuenta es exacta.

– ¿Y él se niega?

– En absoluto. Yo me he vuelto loco tratando de explicarle la cosa con palabras y ademanes... Lo mismo que si hablase a un elefante... Y ¡vea usted, vea usted si parece tener aspecto de conmovido!

Piperboom, en efecto, tranquilamente tumbado en una mecedora, habíase perdido en las dulces nubosidades del ensueño. Con las miradas dirigidas al cielo, aspirando en su pipa con la regularidad de un pistón, parecía haber arrojado definitivamente lejos de sí los vulgares cuidados de este mundo. Roberto comparó con irónica sonrisa la faz terrible de Thompson y la plácida fisonomía de su viajero.

– ¡La rueda de la fortuna! –dijo, con un gesto significativo; y Thompson, de buen o mal grado, tuvo que contentarse con esta respuesta.

A las seis y media el Seamew se encontraba sólo a algunas millas de la costa occidental de Tercera. Desde hacía largo rato se advertía claramente la cima de su Chimenea, cuya altura es superior a mil metros. Por la parte de Mediodía, la pendiente parecía bastante suave, y se deslizaba hasta el mar. Pero por doquier se distinguían las señales de un reciente trastorno subterráneo. Hileras de lava se destacaban oscuramente sobre el verdor de los valles, elevándose por doquier montículos cónicos de piedras que el viento y la lluvia iban lentamente deshaciendo.

A las siete se descubrió un promontorio escarpado, el monte Brasil, que parecía interrumpir el camino. Media hora más tarde, doblado aquel agreste cabo, las anclas tocaban el fondo de la rada y el capitán podía dar la orden conveniente a Mr. Bishop, que dejó en seguida disminuir, sin extinguirlos, los fuegos de su máquina.

Admirablemente situados en el centro de la rada de Angra, los pasajeros podían contemplar uno de los más admirables panoramas con que la Naturaleza trata de regocijar a sus hijos.

A sus espaldas el vasto mar, en el que surgían cuatro islotes; las Fadres y las Cabras: a derecha e izquierda, negros y amenazadores promontorios, descendiendo de una y otra parte como para formar un lecho inmenso en el que la ciudad de Angra se extendía plácidamente flanqueada por sus fuertes al Norte y al Sur, elevábase en anfiteatro, mostrando a los mortecinos rayos del día sus blancas casas, sus campanarios y sus cúpulas. El aire era suave, el tiempo magnífico y una brisa perfumada soplaba de la tierra próxima. Apoyados en las barandillas del spardek admiraron aquel espectáculo, que sólo sus menores proporciones hacían que fuera inferior al que ofrece la bahía de Nápoles, hasta el momento en que la noche lo cubrió todo con sus sombras.

Insensible a las seducciones del paisaje, iba el capitán Pip a retirarse a su camarote, cuando uno de sus marineros condujo ante él a un extranjero que acababa de atracar al buque.

– Capitán –dijo este personaje–, habiendo tenido noticia de vuestra arribada al puerto de Angra, deseo unirme a sus pasajeros, si. .

– Esas cuestiones, caballero –interrumpió el capitán–, no me conciernen. ¡Bistow! –añadió dirigiéndose a un marinero–. Conduzca usted ante Mr. Thompson a este señor.

Thompson en su camarote discutía con Roberto el programa para el día siguiente cuando fue introducido el extranjero.

– A la disposición de usted, señor mío – respondió a las primeras frases del recién llegado–. Aun cuando sean bastante limitadas las plazas de que disponemos, todavía nos es posible... ¿Conocerá usted, me figuro, las condiciones de este viaje?

– No, señor –respondió el extranjero.

Thompson reflexionó un instante. ¿No habría que reducir del precio total cierta suma representando el recorrido ya hecho? No lo creyó así, sin duda, toda vez que dijo, por fin, aunque con alguna vacilación:

– El precio, caballero, ha sido hasta aquí de cuarenta libras esterlinas...

– Muy bien. Como nosotros somos tres...

– ¡Ah...! ¿Son ustedes tres?

– Sí, mis dos hermanos y yo. Lo cual, por consiguiente, forma un total de ciento veinte libras esterlinas, que aquí tiene usted.

Y sacando de su cartera un fajo de billetes lo depositó sobre la mesa.

– No había ninguna prisa –hizo observar cortésmente Thompson, quien después de haber contado y guardado los billetes creyó un deber entregar un recibo.

– ¿Recibido del señor...? –preguntó con la pluma en alto.

– Don Higinio Rodríguez de Veiga – respondió el extranjero, mientras Thompson dejaba correr la pluma.

Roberto, durante todo este tiempo, observaba silenciosamente a aquel turista de última hora. Podría ser que aquel personaje fuera de alta alcurnia, pero no lo parecía, como suele decirse. Alto, de anchas espaldas, barba y pelo negros, muy moreno, no ofrecía en todo caso dudas acerca de su nacionalidad. Era portugués.

Habiendo recogido el recibo de manos de Thompson, don Higinio lo dobló cuidadosamente y lo colocó en el lugar de los billetes;

permaneció después por un instante silencioso y como indeciso. Sin duda le quedaba alguna cosa importante que decir, a juzgar por la figura seria y grave de] nuevo pasajero.

– Una palabra aún –dijo, por fin–. ¿Tendrá usted la bondad de decirme, caballero, cuándo piensa abandonar Tercera?

– Mañana –respondió Thompson.

– Pero... ¿a qué hora?

Hizo don Higinio esta pregunta con voz un poco nerviosa. Era indudable que concedía a la respuesta una importancia particular.

– Mañana, hacia las diez de la noche – respondió Thompson.

Don Higinio dio un suspiro de satisfacción, perdiendo en el acto algo de su gravedad.

– Probablemente tendrá usted la intención – replicó con mayor amabilidad– de consagrar el día a visitar Angra.

– En efecto.

– Podría yo, en ese caso, ser a usted de alguna utilidad. Conozco en todos sus pormenores esta ciudad, que habito desde hace un mes aproximadamente, y me pongo a su disposición para servir de cicerone a mis nuevos compañeros.

Thompson dio las gracias.

– Acepto con reconocimiento –respondió–.

Tanto más cuanto que la complacencia de usted dará algún descanso al profesor Mr. Morgand, que tengo el honor de presentarle.

Don Higinio y Roberto cambiaron un saludo.

– Estaré, por consiguiente, en el muelle mañana a las nueve de la mañana, y a sus órdenes

– dijo el primero, despidiéndose seguidamente y volviendo a su embarcación.

Don Higinio Rodríguez de Veiga acudió puntualmente a la cita. Al desembarcar el domingo 21 de mayo, a la cabeza de sus pasajeros,

Thompson lo encontró en el muelle. Bajo el ojo vigilante de su administrador general la columna púsose en marcha con una irreprochable alineación.

Fue don Higinio un auxiliar poderoso.

Condujo a sus compañeros a través de Angra con una seguridad que no hubiera podido tener Roberto. Hízoles recorrer las calles de la ciudad, más amplias, más regulares y más numerosas que las de Horta. Llevóles a las iglesias, llenas a aquella hora de multitud de fieles.

Durante todo aquel tiempo el baronet no le abandonó ni un segundo.

El baronet, preciso es reconocerlo, hallábase solo desde su embarco en el Seamew. Si bien es cierto que Mr. Saunders le proporcionaba alguna distracción, no constituía para él una relación seria, no era, en suma, persona de su mundo y de su clase. Sin embargo, hasta entonces había tenido que contentarse con ello, ya que la lista de pasajeros no ofrecía cosa mejor.

¿Lady Heilbuth, tal vez...? Pero Lady Heilbuth sólo se ocupaba de sus gatos y sus perros; estos animales componían su familia; sólo ellos animaban su espíritu y llenaban su corazón. Una vez iniciado en las costumbres particulares de César, de Job, de Alejandro, de Black, de Punch, de Foolich, etc., el baronet puso el mayor cuidado en huir de la vieja pasajera, a quien un irrespetuoso francés hubiera sin duda calificado de insoportable.

Sir Hamilton estaba, pues, al fin y al cabo, verdaderamente solo.

Ante las aristocráticas sílabas que formaban el nombre del nuevo pasajero, había comprendido que el cielo le otorgaba al fin un verdadero gentleman, y se había hecho presentar inmediatamente a él por Thompson. Después de lo cual el noble inglés y el noble portugués habían cambiado un cortés apretón de manos.

¡Cuan claramente se vio, en el abandono, en la espontaneidad que dieron a aquel gesto de cordial acogida, que ambos a la vez se sentían en un terreno común!

A partir de aquel instante, Sir Hamilton se había incrustado, incorporado al nuevo guía: ¡tenía por fin un amigo! En el almuerzo que tuvo lugar a bordo y que compartió don Higinio, le acaparó señalándole un puesto cerca de él. Don Higinio le dejaba hacer con una altiva indiferencia.

La mesa estaba completa, si se exceptúa al joven matrimonio, cuya ausencia en las escalas comenzaba ya a parecer natural.

Thompson tomó la palabra.

– Creo –dijo– ser el intérprete de todas las personas presentes dando las gracias a don Higinio de Veiga por las molestias que ha tenido la amabilidad de imponerse esta mañana.

Don Higinio hizo un cortés movimiento de protesta.

– ¡Sí, señor! ]Sí, señor! –insistió Thompson–.

Sin usted no hubiésemos visitado Angra ni tan rápidamente ni tan bien. Yo me pregunto qué podríamos hacer para llenar la tarde.

– ¿Esta tarde? –dijo don Higinio–. Podemos emplearla perfectamente. ¿Olvida usted que hoy es el día de Pentecostés?

– ¿El día de Pentecostés? –repitió Thompson.

– Sí –replicó don Higinio–; una de las mayores fiestas católicas, y que se celebra aquí de una manera particularmente solemne. Me he permitido hacerles reservar un sitio desde el cual podrán ver perfectamente la procesión, que es muy hermosa y en la que figura un crucifijo que me atrevo a señalar a su atención.

– ¿Y qué tiene de particular ese crucifijo, mi querido don Higinio? –preguntó el baronet.

– Su riqueza –respondió don Higinio–. No tiene, a decir verdad, un gran interés artístico.

Pero el valor de las piedras preciosas de que está literalmente cubierto es superior, según se dice, a diez mil millones de reis, cantidades que, como ustedes saben, equivale a seis millones de francos.

Thompson se hallaba verdaderamente encantado de su nuevo recluta.

En cuanto a Sir Hamilton, se esponjaba y hacía la rueda como un pavo.

Don Higinio cumplía exactamente sus promesas.

Al dejar el Seamew creyó, no obstante, deber hacer una recomendación que preocupó desagradablemente a más de un pasajero.

– Mis queridos compañeros –dijo–, un buen consejo antes de ponernos en camino.

– ¿Y es...? –sugirió Thompson.

– El de evitar el gentío tanto como sea posible.

– No será eso cosa fácil –objetó Thompson haciendo observar la gran aglomeración de gente que había en las calles.

– Lo reconozco –asintió don Higinio–.

Hagan ustedes por lo menos cuanto puedan por evitar los contactos.

– Pero, ¿por qué esta recomendación? – preguntó entonces Hamilton.

– ¡Dios mío! Mi querido baronet, la razón no es tan fácil de decir. Es que los habitantes de esta isla no están demasiado limpios y aseados y se hallan por extremo sujetos a dos enfermedades cuyo resultado común es el de proporcionar insoportables picazones. Una de estas enfermedades tiene ya su nombre bastante feo, toda vez que se trata de la sarna. En cuanto a la otra... por ejemplo...

Habíase detenido don Higinio como sintiéndose incapaz de encontrar una perífrasis conveniente. Pero Thompson vino en su ayuda, se quitó el sombrero y se rascó enérgicamente la cabeza, mirando a don Higinio con aire interrogador.

– ¡Precisamente! –dijo aquél, riéndose, mientras que los demás volvían la cabeza escandalizados por aquella cosa.

En pos de don Higinio se atravesaron calles apartadas, se siguió por callejuelas casi desiertas, ya que la multitud se había acogido a las grandes vías que debía recorrer una procesión. Algunos aparecían en aquellas callejuelas, astrosos y sucios, justificando ampliamente la observación que mas de un turista hizo al verles.

– ¡Qué aspecto de bandidos! –dijo Alice.

– En efecto –aprobó Thompson.

– ¿Sabe usted qué gentes son esas? – preguntó a don Higinio.

– Lo mismo que usted.

– ¿No serán agentes de policía disfrazados?

– insinuó Thompson.

– ¡ Preciso es convenir en que el disfraz sería excelente! –dijo burlonamente Dolly.

Pronto se iba a llegar. La columna desembocó en una extensa plaza donde hormigueaba el pueblo bajo un sol espléndido. El señor portugués, merced a una hábil maniobra, logró conducir a sus compañeros hasta una pequeña eminencia, al pie de un edificio de vastas proporciones. Allí, custodiado por algunos agentes, habían reservado un espacio vacío, al abrigo de la muchedumbre.

– He aquí el lugar, señoras y caballeros – dijo don Higinio–. He aprovechado mis relaciones con el gobernador de Tercera para hacerles reservar este sitio al pie de su palacio.

Todos los excursionistas se confundían en acciones de gracias.

– Ahora –prosiguió– ustedes habrán de permitirme que les deje. Antes de mi partida tengo que hacer algunos preparativos. Además, ya no me necesitan. Guardados por estos bravos agentes, se hallan ustedes maravillosamente situados para verlo todo, y yo creo que van a asistir a un espectáculo curioso.

Apenas pronunciadas estas frases, don Higinio saludo amablemente y se perdió entre la multitud. Indudablemente no tenía miedo al contagio.

No tardaron en olvidarse de él los turistas.

La procesión llegaba, desarrollando sus magnificencias.

Hacia lo alto de la calle, en el ancho espacio que la policía despejaba ante el cortejo, banderas de seda y oro, imágenes conducidas a hombros, oriflamas y coronas, avanzaban entre el incienso. Los uniformes brillaban al sol, entre los blancos trajes de las muchachas. Alzábanse las voces, sostenidas por orquestas, lanzando hacia el cielo las súplicas y oraciones de diez mil criaturas, mientras que de todas las iglesias caía en broncíneos sones el clamor de las campanas, cantando también ellas la gloria del Señor.

Un estremecimiento recorrió de pronto a la multitud; un grito unánime salió de todos los labios:

– ¡ Oh, Cristo! ¡ Oh, Cristo!

El espectáculo era solemne. Resaltando sus moradas vestiduras sobre los brillantes dorados del palio, el obispo aparecía a su vez. Avanzaba lentamente, elevando con ambas manos el venerable viril... Y, en efecto, delante de él, un crucifijo, cuyas pedrerías descomponían en innumerables chispas los rayos del sol, era llevado, deslumbrante, por encima de la muchedumbre, prosternada a la sazón.

Pero de pronto un movimiento insólito pareció turbar la procesión en las inmediaciones del obispo. Sin saber de qué se trataba, la muchedumbre, movida por una instantánea curiosidad, se levantó con un solo movimiento.

Por lo demás, nadie vio nada. Los ingleses mismos, aun cuando admirablemente colocados, no pudieron comprender nada de lo que pasaba. Un remolino colosal, el palio rodando y cabeceando como un navío; como desaparecía después, al mismo tiempo que el suntuoso crucifijo; luego gritos, gemidos más bien; todo un pueblo trastornado, huyendo; la escuadra de policía, colocada a la cabeza del cortejo, esforzándose en vano por remontar la irresistible ola de los fugitivos; he ahí todo lo que vieron, sin poder discernir la causa.

En un instante fue roto el cordón de agentes que les protegía y, convertidos en parte integrante de la delirante muchedumbre, viéronse arrastrados como briznas de paja en aquel formidable torrente.

Apuntalados y sosteniéndose unos a otros,

Roger, Jack y Roberto habían logrado proteger a Alice y a Dolly. Una esquina les había muy oportunamente servido.

De pronto tuvo fin el extraño fenómeno;

súbitamente, sin transición, encontróse la plaza vacía y silenciosa.

Hacia lo alto de la calle, en el punto donde en un furioso remolino habían desaparecido el palio del obispo y el crucifijo, agitábase todavía un grupo, compuesto en gran parte por los agentes colocados anteriormente a la cabeza de la procesión, los cuales, siguiendo su costumbre, habían llegado demasiado tarde. Movíanse de un lado a otro, trasladando a las casas próximas las víctimas de aquel inexplicable pánico.

– Todo riesgo me parece conjurado –dijo Roberto al cabo de un instante–. Creo yo que haríamos bien en dedicarnos a buscar a nuestros compañeros.

– ¿Y dónde? –objetó Jack.

– A bordo del Seamew, en el último caso. Estos asuntos, después de todo, no nos atañen y juzgo que, ocurra lo que ocurra, estaremos más en seguridad bajo la protección del pabellón británico.

Reconocióse la exactitud de esta observación. Se apresuraron, por ende, a ganar el muelle y pasaron a bordo después, donde se hallaban ya reunidos la mayor parte de los pasajeros, que discutían animadamente las peripecias de tan extraña aventura. Muchos de ellos se quejaban con acrimonia. Algunos llegaban hasta proponer reclamar una conveniente indemnización al Gobierno de Lisboa; y entre ellos, no es menester decirlo, figuraba en primera línea el noble Sir Hamilton.

– ¡Esto es una vergüenza! ¡Una verdadera vergüenza! –declaraba en todos los tonos–. Pero, claro está, ¡son portugueses...! Si de mí dependiese, Inglaterra civilizaría esas Azores, y así terminarían para siempre semejantes escándalos.

Saunders, por su parte, no decía nada; pero su rostro hablaba con elocuencia. En realidad, si él deseaba que Thompson tropezara con incidentes desagradables, no podía hallar nada mejor ni más a propósito. El incidente ocurrido era de los mayúsculos.

Según todas las probabilidades, por lo menos una docena de pasajeros iba a faltar al llamamiento; tras semejante drama, aquello sería la desintegración de la caravana y representaba el triste retorno a Inglaterra.

La llegada de los primeros supervivientes no alteró en nada el contento de aquella encantadora naturaleza. Razonablemente, no podía esperar que la caravana hubiera perecido por completo en el desastre. Pero su frente fue ensombreciéndose cuando vio que los pasajeros iban llegando a bordo, minuto tras minuto.

Juzgó que aquello iba a resultar un verdadero fracaso.

A la hora de comer hizo Thompson el llamamiento y reconoció que sólo faltaban dos personas. Pero casi al punto bajaron al salón los dos rezagados bajo la forma de los recién casados. Saunders, comprobando que el personal del Seamew estaba completo, volvió al punto a tomar su facha de dogo poco conciliador.

La joven pareja tenía su ordinaria apariencia, es decir, que manifestaba para el resto del universo una indiferencia tan divertida como absoluta. Era indudable que ni la mujer ni el marido se dieron cuenta de los graves acontecimientos que se habían desarrollado en el transcurso de aquel día. Sentados uno al lado del otro, limitaban, como siempre, a sí mismos, una conversación en la cual la lengua y los labios tenían menos parte que los ojos; y la conversación general se cruzaba en torno de ellos sin tocarles.

Un individuo casi tan dichoso como ese joven matrimonio era el caballero Johnson.

Habíase distinguido aquel día; un esfuerzo más y llegaba a la embriaguez. Mientras su estado le permitió hacerse cargo de los pormenores que en torno suyo se cambiaban relativos a los recientes acontecimientos, aplaudíase por su obstinación en no poner el pie en el archipiélago de las Azores.

Tigg era la cuarta persona de la numerosa asamblea que se encontraba perfecta y plenamente dichosa. Cuando, como todos los restantes, habíase visto arrastrado por la furiosa multitud, sus dos guardias de corps habían experimentado un instante de cruel angustia. ¿Qué mejor ocasión que aquélla podía ofrecérsele para acabar con la vida? A costa de un heroico esfuerzo, Bess y Mary habían logrado conservar a Tigg entre ellas y le habían protegido con una abnegación que lo agudo de sus aristas hizo eficaz. Tigg, pues, había salido indemne de aquella catástrofe, y, por lo que a él implicaba, estimaba que sus compañeras exageraban demasiado la importancia del suceso.

No ocurrió lo mismo, ¡ay!, con la desventurada Bess y la infortunada Mary... Llenas de golpes, cubierto el cuerpo de cardenales, tenían excelentes razones para no olvidar jamás la Pascua de Pentecostés de la isla Tercera.

Aun cuando maltrecho por otros motivos, su padre, el respetable Blockhead, tuvo que comer solo en su camarote. Sin embargo, no estaba herido; pero desde el comienzo de la comida, Thompson observó en su pasajero signos de inquietante picazón, y, en la duda, estimó prudente sugerirle un aislamiento protector, al cual habíase sometido Blockhead de buen grado. No parecía contrariado por la distinción especial con que la suerte le había premiado.

– Creo que he atrapado alguna enfermedad del país –dijo a sus hijas, dándose aires de importancia–. ¡ Soy el único a quien ha ocurrido esto!

Don Higinio llegó a bordo cuando servían el asado. Con él llevaba a sus dos hermanos.

No era posible dudar de que don Higinio y sus dos compañeros hubieran tenido los mismos padres, ya que él lo había así declarado.

Pero no se habría en verdad adivinado aquel parentesco. Imposible asemejarse menos de lo que entre sí se asemejaban aquellas tres personas.

Mientras don Higinio llevaba en toda su persona los signos característicos de la raza, sus hermanos eran de aspecto vulgar. El uno, alto y robusto; el otro, rechoncho, no habrían desentonado, a juzgar por las apariencias, en una barraca de luchadores.

Circunstancia singular: ambos parecían haber sido heridos recientemente. La mano izquierda del mayor aparecía envuelta en trapos, mientras que una gran cuchillada, cuyos bordes juntaba una tira de tafetán, cruzaba el carrillo del más pequeño.

– Permítame usted, caballero –dijo don Higinio a Thompson, designando a sus dos compañeros, comenzando por el mayor–, permítame que le presente a mis dos hermanos, don Jacobo y don Cristóbal.

– Sean esos caballeros bienvenidos a bordo del Seamew –dijo Thompson–. Veo con pena – añadió así que Jacobo y Cristóbal tomaron asiento en la mesa–, veo con pena que estos caballeros han sido heridos.

– Una caída desgraciada sobre unas vidrieras durante las idas y venidas de la partida... – interrumpió oportunamente don Higinio.

– ¡Ah! –dijo Thompson–. Responde usted de antemano a mi pregunta. Iba precisamente a preguntarle si esos caballeros habían quedado maltrechos de esa suerte en el transcurso de la terrible algarada de esta tarde.

Roberto, que miraba maquinalmente a Jacobo y a Cristóbal, creyó ver que cambiaban de color y temblaban. Pero, evidentemente, se había equivocado, y ninguno de los dos hermanos sabía nada del drama incomprensible al que acababan de hacer alusión, toda vez que don Higinio respondió en el acto con el acento de la más sincera sorpresa;

– ¿A qué algarada se refiere usted? ¿Les ha ocurrido a ustedes alguna cosa?

Entonces fueron las exclamaciones. ¿Cómo era posible que aquellos señores De Veiga ignorasen la aventura que había debido poner la ciudad en revolución?

– ¡Dios mío! Es muy sencillo –respondió don Higinio–. En toda la tarde no hemos salido de casa.

Thompson hizo a don Higinio el relato de los acontecimientos de la tarde, manifestándose éste sorprendido en extremo.

– No puedo explicarme –dijo– cómo la piadosa población de esta isla se ha atrevido a conducirse de semejante modo en el curso de una procesión. ¡Dejemos al porvenir el cuidado de darnos la solución del enigma...! –Y volviéndose hacia Thompson, agregó–: ¿Continúan ustedes pensando en marcharse esta tarde?

– En efecto –respondió éste.

Aún no había terminado de hablar, cuando el ruido de un cañonazo hizo que se estremecieran sordamente los vidrios del salón. Pocos lo oyeron y ninguno paró mientes en aquella detonación apagada como un eco.

– ¿Se siente usted indispuesto, mi querido amigo? –preguntó Sir Hamilton a don Higinio, que había palidecido súbitamente.

– Un poco de fiebre, sin duda. Esta ciudad es, decididamente, malsana –respondió el portugués recobrando su color natural.

La voz del capitán Pip mandó desde lo alto del puente.

– ¡A virar, muchachos!

Casi en seguida percibióse el ruido propio y característico de aquella operación. Los pasajeros subieron al spardek con objeto de asistir al acto de aparejar.

El cielo habíase cubierto durante la comida.

En la noche, de un negro intenso, nada se veía más que las luces de Angra, de donde llegaban rumores confusos.

La voz de Mr. Flyship se elevó desde popa.

– Dispuestos, comandante.

– ¡En marcha! –respondió el capitán.

Nuevamente volvieron a percibirse algunos ruidos e iba el ancla a dejar el fondo, cuando una voz sonó a dos cables del Seamew.

– ¡Ah, del vapor!

– ¡Oh! –respondió el capitán volviéndose hacia popa.

– ¡Esperad, Mr. Flyship!

Una embarcación de dos remos salió de las sombras y atracó a babor.

– Quisiera hablar al capitán –dijo en portugués un individuo, a quien la oscuridad de la noche no permitía percibir claramente.

Roberto tradujo la petición.

– Heme aquí –dijo el capitán descendiendo del puente y yendo a apoyarse en la borda.

– Este hombre, comandante –tradujo también Roberto–, pide que se baje la escala para que pueda subir a bordo.

Hízose así y pronto saltó sobre cubierta un hombre cuyo uniforme en seguida pudieron reconocer todos por haberle visto aquella tarde sobre los hombros de sus inútiles guardias.

Entre el capitán y él entablóse en el acto una conversación por intermedio de Roberto.

– ¿Es con el capitán del Seamew con quien tengo el honor de hablar?

– Sí, señor.

– ¿Llegado ayer tarde?

– Ayer tarde.

– Me ha parecido que estaba usted preparándose para aparejar.

– ¡En efecto!

– ;No ha oído usted, por consiguiente, el cañonazo?

El capitán Pip se volvió hacia Artimón.

– ¿Ha oído usted un cañonazo, caballero?

No veo en qué pueda interesarnos ese cañonazo, señor mío.

– El capitán pregunta –tradujo libremente Roberto– qué relación tiene ese disparo de cañón con nuestra partida.

El inspector pareció sorprendido.

– ¿Ignora usted, pues, que el puerto se halla cerrado y que han sido embargados todos los buques anclados en la rada? He aquí la orden del gobernador –respondió, desdoblando un papel ante los ojos de Roberto.

– Bueno –dijo filosóficamente el capitán Pip–, si el puerto está cerrado, no saldremos.

¡Dejen filar la cadena, Mr. Flyship! –gritó dirigiéndose hacia proa.

– ¡Perdón! ¡Perdón! Un instante, por favor– intervino Thompson adelantándose–. Tal vez haya medio de entendernos. Señor profesor,

¿tiene usted la bondad de preguntar a ese caballero el porqué de hallarse cerrado el puerto?

Pero el representante de la autoridad no respondió a Roberto. Dejándole de pronto, sin más ceremonia, dirigióse a uno de los pasajeros:

– ¡No me equivoco! –exclamó–. ¡Don Higinio a bordo del Seamew!

– Como usted ve –respondió éste.

– ¿Nos deja, pues?

– ¡Oh!, con esperanza de volver.

Un animado coloquio se entabló entonces entre ambos portugueses, del que don Higinio traducía pronto lo más esencial a sus compañeros.

Durante la algarada de aquella tarde, unos ladrones, todavía desconocidos, se habían aprovechado del desorden para apoderarse del famoso crucifijo. Tan sólo en una callejuela apartada se había encontrado la cruz, huérfana de sus pedrerías, de un valor total de seis millones de francos. El gobernador, en consecuencia, había embargado todas las naves, hasta el momento en que la banda de los sacrílegos ladrones estuviese a buen recaudo.

– ¿Y eso podrá durar? –interrogó Thompson.

El inspector hizo un gesto vago, al que Thompson respondió con una mueca de disgusto. ¡Ciento cuatro personas que alimentar...!

¡Aquello hacía sumamente onerosos los días de retraso!

Vanamente insistió Roberto a instigación suya. La orden del gobernador estaba allí formal y decisiva.

Pero, por furioso que estuviera Thompson, más todavía lo estaba Saunders. Un nuevo ataque al programa.

Esto le ponía fuera de sí.

– ¿Con qué derecho se nos ha de retener aquí? –dijo Saunders enérgicamente–. ¡Bajo el pabellón que nos cubre no tenemos, creo yo, que recibir órdenes de los portugueses!

– Perfectamente –afirmó Sir Hamilton–.

Después de todo, ¿qué necesidad tenemos nosotros de obedecer a ese policeman? No tendrá, supongo, la pretensión de detener él solo a un buque que lleva sesenta y seis pasajeros, más el estado mayor y la tripulación.

Thompson mostró con el dedo los fuertes cuyas masas sombrías se perfilaban en la noche y esta respuesta muda pareció sin duda elocuente.

Muy oportunamente iba a llegarle un socorro inesperado.

– ¿Son los fuertes los que les detienen? – insinuó don Higinio, al oído de Thompson–.

Apenas si pueden causar daños. Cañones y pólvora los tienen efectivamente, pero... proyectiles... ¡eso ya es otra cosa!

– ¿No habrían de tener balas? –preguntó Thompson con incredulidad.

– Tal vez les queden algunas –afirmó don Higinio en voz baja–; pero... en cuanto a tener una sola que entre en las piezas... Lo mismo que los demás fuertes del archipiélago.

– ¡Cómo, mi querido Higinio! –exclamó Sir Hamilton–. ¿Usted es portugués y es nuestro aliado en esta circunstancia?

– En este momento no soy más que un viajero que tiene prisa –respondió con alguna sequedad don Higinio.

Thompson estaba indeciso; vacilaba.

Arriesgarse en una aventura semejante era acaso algo comprometido. Mas, por otra parte, ¿no resultaba humillante el ver interrumpido el viaje, con el descontento general de los pasajeros y graves perjuicios para la agencia? Un gesto de Saunders, un movimiento de Hamilton, una nueva afirmación de don Higinio acabaron de decidirle a la audacia.

Llamó al capitán Pip.

– Capitán –le dijo–. El buque, como usted sabe, está retenido por orden de las autoridades portuguesas.

El capitán asintió con un movimiento de cabeza a esta proposición.

– Si... no obstante... yo. . Thompson, le ordenase partir... ¿Lo haría usted?

– Al instante, caballero,

– Está usted, sin embargo, bajo los fuegos de los fuertes de Angra; no lo ignora usted.

El capitán Pip miró al cielo, al mar después, a don Higinio luego, y se oprimió finalmente la nariz con un gesto de soberano desprecio. Aun cuando hubiese hablado, no habría podido más claramente indicar que, con aquella mar tranquila y aquella oscura noche..., no se preocupaba él ni pizca de los proyectiles que pudieran enviarle los cañones portugueses.

– En tal caso, caballero, yo le doy la orden de partir.

– Puesto que así es –respondió el capitán con la mayor calma–, ¿no podría usted entretener en el salón, durante cinco minutos tan sólo, a ese policía?

Cediendo a un deseo formulado en términos tan enérgicos, Thompson insistió acerca del inspector para hacerle aceptar un refresco.

Apenas desapareció con su huésped, el capitán reunió a la tripulación junto al trinquete, haciendo que tomaran las debidas precauciones para evitar el ruido.

Tan pronto como el ancla hubo dejado el fondo, el buque comenzó a derivar. Ya era bastante sensible la diferencia de posición con respecto a las luces de la ciudad, cuando el inspector subió de nuevo sobre cubierta en compañía de Thompson.

– ¿Tiene usted la bondad, comandante? – llamó desde allí al capitán, que ocupaba su puesto.

– Con mucho gusto, caballero –respondió amablemente éste, inclinándose sobre la barandilla.–El señor inspector –dijo Roberto, traduciendo la observación que se le hiciera –cree, comandante, que el ancla ha perdido fondo.

El capitán miró en torno de sí con aire incrédulo.

– ¿Lo cree así? –dijo con candidez.

El inspector sabía su oficio. Con una mirada abarcó la situación del barco y la tripulación silenciosa, y en el acto lo comprendió todo. Sacando entonces de su bolsillo un largo silbato, hízole producir un sonido penetrante y modulado de una manera particular que, en la calma de la noche, debía llegar muy lejos. Pronto se hizo evidente que había sucedido así. Varias luces corrieron sobre el parapeto de los fuertes.

Hállase Angra defendida por dos fuertes: el Morro del Brasil, al Mediodía; el fuerte San Juan Bautista, al Norte.

Hacia el segundo era donde la corriente empujaba dulcemente al Seamew, cuando el sonido del silbato vino a dar la voz de alarma.

– Caballero –declaró fríamente el capitán–, otro silbido y hago que le echen por la borda.

Por el tono de voz comprendió claramente el inspector que la amenaza, que le había sido traducida fielmente, era seria, y se dio por enterado.

Desde hacía unos instantes la chimenea del Seamew arrojaba torrentes de humo y hasta llamas. Entraba eso en los planes del capitán, que se procuraba de ese modo una reserva de vapor que podría utilizar más tarde. En efecto: ya las válvulas, aun cuando sobrecargadas, se dilataban con ruido, mientras decrecía el penacho de humo luminoso de la chimenea. Pronto desapareció del todo.

En este momento dos cañonazos se oyeron simultáneamente y dos proyectiles, procedentes de ambos fuertes, rebotaron a quinientos metros de cada lado del buque. Era una advertencia.

Ante aquel inesperado incidente palideció Thompson.

– ¡Deténgase, capitán, deténgase! –gritó con voz de espanto.

Y nadie hallará extraño que más de un pasajero uniese la suya a aquella súplica. Hubo, con todo, uno que guardó un silencio heroico, y fue el estimable tendero honorario. ¡ Cierto, si, que se hallaba conmovido! Hasta temblaba, menester es tener la franqueza de confesarlo;

pero por nada del mundo hubiera renunciado a la alegría de asistir a la primera batalla de su vida. ¡Figuraos! ¡Jamás había visto él aquello!

Tampoco Roger de Sorgues hubiera cedido su puesto por un imperio. Por una extraña asociación de ideas, aquellos disparos de cañón evocaban en él el vaudevillesco almuerzo de Fayal, y se divertía extraordinariamente.

«¡Bombardeados ahora! –pensaba, oprimiéndose los ijares–. ¡Esto es el colmo!» A la voz de Thompson habíase acercado el capitán.

– Yo tendré el sentimiento, caballero, de desobedecer por esta vez –dijo con un tono de altivez que no se le conocía aún–. Habiendo aparejado, según la orden de mi armador, soy en lo sucesivo el único dueño, el único amo a bordo.

Conduciré este buque al largo con la voluntad de Dios. ¡Por la barba de mi madre, un capitán inglés no retrocederá!

En su vida había pronunciado un discurso tan largo el valiente capitán.

Conforme a sus instrucciones, tomó el buque una marcha moderada. ¡Maniobra extraña e incomprensible! El capitán no se lanzaba hacia el mar. Constituyendo, gracias a sus luces, que el capitán, con gran extrañeza de todos, no mandaba apagar, un blanco bien definido y fácil de alcanzar, dirigíase el buque en línea recta hacia el fuerte San Juan Bautista.

La astuta maniobra tuvo éxito. Los cañones del fuerte, al ver la dirección del buque, enmudecieron.

– ¡Toda la barra a babor! –mandó de pronto el capitán.

Y el Seamew, a todo vapor, iluminado siempre, puso la proa al mar.

En el acto, tres cañonazos resonaron sucesivamente y los tres igualmente inofensivos.

Uno de los proyectiles lanzados por el fuerte San Juan Bautista pasó silbando por encima de los mástiles; el capitán se pellizcó alegremente la nariz. Su maniobra había resultado. Aquel fuerte estaba ya reducido a la impotencia, y la tierra protegía desde entonces al buque contra sus disparos. En cuanto a los otros dos proyectiles lanzados por el Morro del Brasil, el primero cayó a popa del Seamew, y el segundo se hundió en el mar a dos encabladuras de proa.

Apenas se hubo disparado el quinto cañonazo, cuando a la orden del capitán toda luz se extinguió de súbito a bordo del Seamew, cubriéndose asimismo todas las claraboyas. A la vez, el buque, bajo el impulso del timonel, viró en redondo y volvió hacia tierra a todo vapor.

Atravesada la rada en toda su anchura, el Seamew costeó con una audacia extrema los peñascos del Morro del Brasil. En aquel punto un nuevo silbido hubiera sido fatal. Pero, desde el comienzo de la acción, el capitán había prudentemente hecho descender y encerrar al inspector en un camarote, con centinelas de vista.

Por lo demás, parecía que todo riesgo había sido conjurado. El único que entonces podía ser perjudicial, el fuerte San Juan Bautista, no tiraba ya, en tanto que el Morro del Brasil persistía en bombardear el vacío en la dirección primitiva.

Costeó el Seamew rápidamente la orilla, confundido con las rocas. Llegado a la extremidad de la punta, la rodeó y tomó el largo, recto hacia el Sur, en tanto que los dos fuertes, decididos a volver a comenzar su inútil dúo, mandaban hacia el Este sus superfluos proyectiles.

Cuando estuvo a tres millas de distancia, el capitán Pip quiso darse el placer de iluminar brillantemente el buque. Hizo en seguida que subieran al inspector, a quien habían prudentemente encerrado en un camarote, y le invitó a volver a su embarcación. Inclinado sobre la borda y gorra en mano:

– ¿Ve usted, caballero –creyó deber hacerle observar, aun cuando el desdichado inspector, no conociendo una palabra del inglés, no se encontraba en estado de apreciarlo–; ve usted cómo un marino inglés juega al escondite con los proyectiles portugueses? Esto es lo que se llama una peripecia. Tengo, señor, el honor de saludarle.

Dicho esto, el capitán cortó con su propio cuchillo el cabo de la embarcación, que danzó en su estela; volvió a subir a su puesto, dio la ruta al Sudeste, y después, contemplando el mar, el cielo y a Tercera, por fin, cuya masa negra desaparecía en la noche, escupió al mar orgullosamente.

Dépêche

Bureau expéditeur : Internet · Destination : à bord du Nautilus

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