El pueblo aéreo

Capítulo IX

Al hilo del río Johausen

Eran las seis y media de la mañana cuando, en la fecha del 16 de marzo, la balsa largó amarras, se alejó de la ribera y tomó la corriente del río Johausen.

Apenas clareaba. El alba se levantó rápidamente. Las nubes corrían por las altas zonas del espacio bajo la influencia de un viento vivo. La lluvia ya no amenazaba, pero el tiempo permanecería cubierto durante toda la jornada.

Khamis y sus compañeros no tendrían de qué quejarse, puesto que iban a descender la corriente de un río por lo general ampliamente expuesto a los rayos perpendiculares del sol.

La balsa, de forma oblonga, no medía más que unos dos metros y medio de ancho por unos cuatro de largo, justo lo suficiente para cuatro personas y los pocos objetos que transportaba con ellas. Muy reducido, por cierto, aquel material: la caja metálica de cartuchos, las armas —tres carabinas—, el cazo, la olla, la taza. En cuanto a los tres revólveres, de calibre inferior al de las carabinas, no habrían podido servir más que para una veintena de disparos, contando los cartuchos que quedaban en los bolsillos de John Cort y Max Huber. En total, cabía esperar que las municiones no faltasen a los cazadores hasta su llegada a las orillas del Ubangui.

A proa de la balsa, sobre una capa de tierra cuidadosamente apisonada, estaba dispuesto un montón de leña seca, fácilmente renovable, para el caso en que Khamis necesitase fuego fuera de las horas de alto. A popa, una potente espadilla, hecha con uno de los tablones, permitiría dirigir el aparejo o al menos mantenerlo en el sentido de la corriente.

Entre las dos orillas, distantes unos cincuenta metros, la corriente se desplazaba con una velocidad de aproximadamente un kilómetro por hora. A este paso, la balsa emplearía, pues, de veinte a treinta días en recorrer los cuatrocientos kilómetros que separaban al foreloper y a sus compañeros del Ubangui. Si era más o menos la media obtenida por la marcha bajo los árboles, el desplazamiento se efectuaría casi sin fatigas.

En cuanto a los obstáculos que pudieran obstruir el curso del río Johausen, no se sabía a qué atenerse. Lo que se constató al principio fue que el río era profundo y sinuoso. Habría que vigilar atentamente su curso. Si cascadas o rápidos lo embarazaban, el foreloper actuaría según las circunstancias.

Hasta la parada de mediodía, la navegación se realizó sin dificultad. Maniobrando, se evitaron los remolinos en las puntas de las riberas. La balsa no tocó fondo ni una sola vez, gracias a la destreza de Khamis, que rectificaba la dirección con un brazo vigoroso.

John Cort, apostado a proa, con la carabina a su lado, observaba las riberas con un interés puramente cinegético. Pensaba en renovar las provisiones. Si alguna pieza de pelo o pluma llegaba a su alcance, sería fácilmente abatida. Fue precisamente lo que sucedió hacia las nueve y media. Una bala mató en seco un waterbuck, especie de antílope que frecuenta las orillas de los ríos.

– ¡Buen tiro! —dijo Max Huber.

– Tiro inútil —declaró John Cort— si no podemos tomar posesión de la pieza...

– Será cosa de unos instantes —replicó el foreloper.

Y, apoyándose en la espadilla, acercó la balsa a la orilla, junto a una pequeña playa donde yacía el waterbuck. Despiece del animal y reserva de las partes aprovechables para las próximas comidas.

Entretanto, Max Huber había puesto a contribución sus talentos de pescador, aunque no disponía más que de aparejos muy rudimentarios: dos cabos de cordel encontrados en la jaula del doctor y, a modo de anzuelos, espinas de acacia cebadas con pequeños trozos de carne. ¿Se decidirían a picar los peces, entre los que se veían aparecer en la superficie del río?

Max Huber se había arrodillado a estribor de la balsa, y Llanga, a su derecha, seguía la operación con vivo interés.

Hay que creer que los lucios del río Johausen no son menos voraces que estúpidos, pues uno de ellos no tardó en tragarse el anzuelo. Después de haberlo «aturdido» —es la expresión—, como hacen los indígenas con el hipopótamo capturado de este modo, Max Huber tuvo la habilidad de sacarlo al cabo de su sedal. El pez pesaba de cuatro a cinco kilogramos, y es seguro que los pasajeros no esperarían al día siguiente para degustarlo.

En la parada de mediodía, el almuerzo se compuso de un filete asado de waterbuck y del lucio, del que solo quedaron las espinas. Para la cena se convino en hacer sopa con un buen trozo de antílope. Y, como eso requeriría varias horas de cocción, el foreloper encendió el hogar a proa de la balsa y afianzó la olla sobre el fuego. Después la navegación se reanudó sin interrupción hasta la noche.

La pesca no dio resultado alguno durante la tarde. Hacia las seis, Khamis se detuvo a lo largo de una estrecha playa rocosa, sombreada por las ramas bajas de un gomero de la especie krabah. Había elegido con acierto el lugar de alto.

En efecto, los bivalvos, mejillones y ostráceos, abundaban entre las piedras. Así pues, unos cocidos y otros crudos, completaron agradablemente el menú de la noche. Con tres o cuatro trozos de galleta y una pizca de sal, la comida no habría dejado nada que desear.

Como la noche amenazaba con ser oscura, el foreloper no quiso abandonarse a la deriva. El río Johausen arrastraba a veces troncos enormes. Un abordaje habría podido ser muy perjudicial para la balsa. Se organizó, pues, la dormida al pie del gomero, sobre un lecho de hierbas. Gracias a la guardia sucesiva de John Cort, Max Huber y Khamis, el campamento no recibió ninguna visita indeseable. Eso sí, los gritos de los simios no cesaron desde la puesta del sol hasta su salida.

– ¡Y me atrevo a afirmar que esos no hablaban! —exclamó Max Huber cuando, llegado el día, fue a sumergir en las limpias aguas del río su rostro y sus manos, que los dañinos mosquitos apenas habían perdonado.

Aquella mañana, la partida se retrasó más de una hora. Caía una lluvia violenta. Más valía evitar aquellos chaparrones diluvianos que el cielo vierte con tanta frecuencia sobre la región ecuatorial de África. El espeso follaje del gomero preservó el campamento en cierta medida, así como la balsa, atracada al pie de sus poderosas raíces. Además, el tiempo era tormentoso. En la superficie del río, las gotas de agua se redondeaban en pequeñas ampollas eléctricas. Algunos truenos rodaban aguas arriba sin relámpagos. No había que temer granizo, pues las inmensas selvas de África poseen el don de desviar su caída.

Sin embargo, el estado de la atmósfera era lo bastante alarmante como para que John Cort creyera deber hacer esta observación:

– Si esta lluvia no cesa, será preferible permanecer donde estamos... Ahora tenemos municiones... las cartucheras están llenas, pero lo que falta son mudas de ropa...

– En efecto —replicó Max Huber riendo—, ¿por qué no vestirnos a la moda del país..., en piel humana? ¡Eso simplifica las cosas! Basta con bañarse para lavar la ropa y restregarse contra la maleza para cepillarse el traje.

La verdad era que, desde hacía una semana, los dos amigos habían debido proceder cada mañana a este lavado, a falta de poder cambiarse.

Sin embargo, el aguacero fue tan violento que no duró más de una hora. Se aprovechó ese tiempo para el primer desayuno. En aquella comida figuró un plato nuevo, muy bienvenido: huevos de avutarda recién puestos, descubiertos por Llanga y que Khamis hizo cocer en el agua hirviendo del cazo. Esta vez también, Max Huber se quejó, no sin razón, de que la buena naturaleza hubiese descuidado poner en los huevos el grano de sal del que no podían prescindir.

Hacia las siete y media, la lluvia cesó, aunque el cielo siguió tormentoso. Así pues, la balsa volvió a la corriente en medio del río.

Puestos los sedales a remolque, varios peces tuvieron la amabilidad de picar a tiempo para figurar en el menú del almuerzo.

Khamis propuso no hacer la parada habitual, a fin de recuperar el retraso de la mañana. Aceptada su propuesta, John Cort encendió el fuego y la olla no tardó en cantar sobre las brasas ardientes. Como aún quedaba una reserva suficiente de waterbuck, los fusiles permanecieron mudos. Y sin embargo, Max Huber fue tentado más de una vez por algunas hermosas piezas que merodeaban en parejas por las orillas.

Aquella parte de la selva era muy rica en caza. Sin contar las aves acuáticas, los rumiantes abundaban. Con frecuencia, cabezas de impalas y de sasabíes, que son una variedad de antílopes, asomaron sus cuernos entre las hierbas y los juncos de las riberas. En varias ocasiones se acercaron alces de gran tamaño, gamos rojos, steimboks —gacelas de pequeña talla—, kudús, de la especie de los ciervos del África central, cuagas e incluso jirafas, cuya carne es muy suculenta. Habría sido fácil abatir algunas de aquellas piezas, pero ¿para qué, si la comida estaba asegurada hasta el día siguiente? Y además, inútil sobrecargar y abarrotar la balsa. Es lo que John Cort hizo observar oportunamente a su amigo.

– ¿Qué quiere, querido John? —confesó Max Huber—. El fusil se me sube solo a la cara cuando veo tiros tan hermosos a mi alcance.

No obstante, como no habría sido sino tirar por tirar, y aunque esa consideración no sea para detener a un verdadero cazador, Max Huber le ordenó a su carabina que se estuviera quieta, que no se encarase por sí sola. Los alrededores no retumbaron, pues, con detonaciones intempestivas, y la balsa descendió apaciblemente la corriente del río Johausen.

Khamis, John Cort y Max Huber tuvieron, en cambio, ocasión de desquitarse por la tarde. Las armas de fuego debieron hacer oír su voz, la voz de la defensa, si no la de la ofensiva.

Desde la mañana, una decena de kilómetros habían sido recorridos. El río describía entonces caprichosas sinuosidades, aunque su dirección general se mantuviera siempre hacia el suroeste. Sus riberas, muy accidentadas, presentaban una bordura de árboles enormes, principalmente bombax, cuyo parasol se abovedaba sobre la superficie del río.

¡Juzgúese! Aunque la anchura del Johausen no había disminuido, e incluso alcanzaba a veces de cincuenta a sesenta metros, las ramas bajas de aquellos bombax se unían formando un túnel de verdor bajo el cual murmuraba un ligero chapoteo. Cantidad de aquellas ramas, entrelazadas en sus extremos, se unían mediante lianas serpenteantes, puente vegetal por el que unos ágiles saltimbanquis, o al menos unos cuadrumanos, habrían podido trasladarse de una orilla a la otra.

Las nubes tormentosas no habían abandonado aún las zonas bajas del horizonte, el sol abrasaba el espacio y sus rayos caían a plomo sobre el río.

Así pues, Khamis y sus compañeros no podían sino apreciar aquella navegación bajo un espeso dosel de verdura. Les recordaba la marcha por el sotobosque, a lo largo de los pasos umbríos, sin fatiga esta vez, sin los estorbos de un suelo erizado de zizifus y otras hierbas espinosas.

– Decididamente, esto es un parque, esta selva del Ubangui —declaró John Cort—, un parque con sus macizos arborescentes y sus aguas corrientes. Uno se creería en la región del Parque Nacional de los Estados Unidos, en las fuentes del Misuri y del Yellowstone.

– Un parque donde pululan los simios —hizo observar Max Huber—. Es como para creer que toda la grey simiesca se ha dado cita aquí. ¡Estamos en pleno reino de cuadrumanos, donde chimpancés, gorilas y gibones reinan con plena soberanía!

Lo que justificaba esta observación era la enorme cantidad de aquellos animales que ocupaban las orillas, aparecían en los árboles, corrían y brincaban en las profundidades de la selva. Jamás Khamis y sus compañeros habían visto tantos, ni tan turbulentos, ni tan contorsionistas. ¡Qué de gritos, qué de saltos, qué de volteretas, y qué serie de muecas habría podido captar un fotógrafo con su objetivo!

– Después de todo —añadió Max Huber—, nada más natural. ¿No estamos en el centro de África? Pues bien, entre los indígenas y los cuadrumanos congoleños —exceptuando a Khamis, por supuesto—, considero que la diferencia es mínima...

– Es justamente —replicó John Cort— la que distingue al hombre del animal, al ser dotado de inteligencia del ser que solo está sometido a las impersonalidades del instinto...

– ¡Este último infinitamente más seguro que aquella, querido John!

– No lo niego, Max. Pero estos dos factores de la vida están separados por un abismo y, mientras no se haya colmado, la escuela transformista no estará en posición de pretender que el hombre desciende del simio...

– Justo —respondió Max Huber—, y siempre falta un peldaño en la escalera, un tipo entre el antropoide y el hombre, con un poco menos de instinto y un poco más de inteligencia... Y si ese tipo no se ha hallado, es sin duda porque no ha existido nunca... Por lo demás, aun cuando existiera, la cuestión planteada por la doctrina darwiniana no estaría aún resuelta, al menos a mi juicio...

En aquel momento, había algo mejor que hacer que intentar resolver, en virtud del axioma de que la naturaleza no procede a saltos, la cuestión de si todos los seres vivos se enlazan entre sí. Lo que convenía era tomar precauciones o medidas contra las manifestaciones hostiles de una caterva temible por su superioridad numérica. Habría sido de una rara imprudencia tratarla como cantidad despreciable. Aquellos cuadrumanos formaban un ejército reclutado entre toda la población simiesca del Ubangui. Por sus demostraciones, no cabía equivocarse, y pronto habría que defenderse a ultranza.

El foreloper observaba aquella ruidosa agitación no sin seria inquietud. Se le notaba en el rudo semblante al que afluía la sangre, las espesas cejas fruncidas, la mirada de penetrante vivacidad, la frente surcada de profundos pliegues.

– Estemos preparados —dijo—, con la carabina cargada y los cartuchos a mano, porque no sé muy bien cómo van a ponerse las cosas...

– ¡Bah! Un disparo habrá dispersado enseguida a esas bandas... —replicó Max Huber.

Y se echó la carabina al hombro.

– ¡No dispare, señor Max! —exclamó Khamis—. No debemos atacar... no debemos provocar... ¡Bastante es con tener que defenderse!

– Pero ellos empiezan... —replicó John Cort.

– ¡No respondamos más que si se hace necesario! —declaró Khamis.

La agresión no tardó en acentuarse. Desde la orilla partían piedras, trozos de ramas, lanzados por aquellos simios cuyas grandes especies están dotadas de una fuerza colosal. Arrojaban incluso proyectiles de naturaleza más inofensiva, entre otros los frutos arrancados de los árboles.

El foreloper intentó mantener la balsa en medio del río, casi a igual distancia de una y otra ribera. Los golpes serían menos peligrosos por ser menos certeros. La desgracia era no tener ningún medio de protegerse de aquel ataque. Además, el número de los asaltantes crecía, y varios proyectiles habían alcanzado ya a los pasajeros, sin hacerles demasiado daño, a decir verdad.

– Ya basta... —acabó por decir Max Huber.

Y, apuntando a un gorila que se agitaba entre los juncos, lo abatió de un solo disparo.

Al ruido de la detonación respondieron clamores ensordecedores. La agresión no cesó, las bandas no huyeron. Y, al fin y al cabo, pretender exterminarlos, a aquellos simios, uno tras otro, las municiones no habrían bastado. Solo con una bala por cuadrumano, la reserva se habría agotado enseguida. ¿Qué harían entonces los cazadores con las cartucheras vacías?

– No disparemos más —ordenó John Cort—. Eso no serviría sino para sobreexcitar a esos malditos animales. Salgamos del paso, esperemos, con solo unos cuantos golpes sin importancia...

– ¡Gracias! —replicó Max Huber, a quien una piedra acababa de alcanzar en la pierna.

Se continuó, pues, descendiendo, seguidos por la doble escolta a lo largo de las orillas, muy sinuosas en aquella parte del río Johausen. En ciertos estrechamientos, se aproximaban tanto que la anchura del cauce se reducía en un tercio. La marcha de la balsa se aceleraba entonces con la velocidad de la corriente.

En fin, al cerrar la noche, quizá cesasen las hostilidades. Quizá los asaltantes se dispersarían a través de la selva. En todo caso, si fuese preciso, en vez de detenerse para el alto vespertino, Khamis se arriesgaría a navegar toda la noche. Pero no eran más que las cuatro, y, hasta las siete, la situación seguiría siendo muy inquietante.

En efecto, lo que la agravaba era que la balsa no estaba a salvo de una invasión. Si a los simios, como a los gatos, no les gusta el agua, si no había que temer que se echaran a nadar, la disposición de las ramas por encima del río les permitía, en diversos puntos, aventurarse por aquellos puentes de ramas y lianas y luego dejarse caer sobre las cabezas de Khamis y sus compañeros. No sería más que un juego para aquellas bestias tan ágiles como dañinas.

Fue precisamente la maniobra que cinco o seis grandes gorilas intentaron hacia las cinco, en un recodo del río donde se unía el ramaje de los bombax. Aquellos animales, apostados a cincuenta pasos aguas abajo, esperaban el paso de la balsa.

John Cort los señaló, y no había que equivocarse sobre sus intenciones.

– Van a caernos encima —exclamó Max Huber—, y si no los obligamos a largarse...

– ¡Fuego! —ordenó el foreloper.

Tres detonaciones resonaron. Tres simios, mortalmente alcanzados, tras intentar agarrarse a las ramas, se desplomaron en el río.

En medio de clamores más violentos, una veintena de cuadrumanos se internaron entre las lianas, listos para precipitarse.

Hubo que recargar las armas apresuradamente y disparar sin perder un instante. Se sucedió un fuego bastante nutrido. Diez o doce gorilas y chimpancés fueron heridos antes de que la balsa se encontrase bajo el puente vegetal y, desanimados, sus congéneres huyeron hacia las orillas.

Una reflexión acudió a la mente: que si el profesor Garner se hubiese instalado en aquellas profundidades de la gran selva, su suerte habría sido la del doctor Johausen. Admitiendo que este último hubiera sido recibido por la población forestal del mismo modo que Khamis, John Cort y Max Huber, ¿no bastaba eso para explicar su desaparición? No obstante, en caso de agresión, se habrían debido encontrar testimonios inequívocos. Dados los instintos destructores de los simios, la jaula no habría permanecido intacta, y solo habrían quedado sus restos en el lugar que ocupaba.

Después de todo, a aquella hora, lo más urgente no era preocuparse por el doctor alemán, sino por lo que sería de la balsa. Precisamente, la anchura del río disminuía poco a poco. A cien pasos a la derecha, delante de una punta, el agua arremolinada indicaba un fuerte remolino. Si la balsa caía en él, al dejar de actuar la corriente desviada por la punta, sería arrastrada contra la orilla. Khamis podía mantenerla con su espadilla en el hilo del agua, pero obligarla a apartarse del remolino sería difícil. Los simios de la orilla derecha vendrían a asaltarla en gran número. Ponerlos en fuga a tiros se imponía, pues. Las carabinas entraron, pues, en acción en el momento en que la balsa comenzaba a girar sobre sí misma.

Un instante después, la banda había desaparecido. No fueron las balas ni las detonaciones las que la dispersaron. Desde hacía una hora, una tormenta subía hacia el cénit. Las nubes lívidas cubrían ahora el cielo. En ese momento, los relámpagos incendiaron el espacio y el meteoro se desencadenó con esa prodigiosa rapidez propia de las bajas latitudes. Ante aquellos formidables estampidos del rayo, los cuadrumanos sintieron esa perturbación instintiva que la influencia eléctrica produce en todos los animales. Se asustaron, fueron a buscar bajo macizos más espesos un cobijo contra aquellas coruscaciones cegadoras, aquel formidable desgarramiento de las nubes. En pocos minutos, las dos riberas quedaron desiertas, y, de aquella banda, solo quedó una veintena de cuerpos, sin vida, tendidos entre los juncos de las orillas.

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