Segunda patria

IV

EL PASADO DE LA NUEVA SUIZA - DIEZ AÑOS ATRÁS - LAS PRIMERAS INSTALACIONES DE LA FAMILIA ZERMATT - PRINCIPALES INCIDENTES RELATADOS EN EL DIARIO DE MR. ZERMATT - FIN DEL DÉCIMO AÑO - PRINCIPALES INCIDENTES RELATADOS EN EL DIARIO DE M. ZERMATT - FIN DEL DÉCIMO AÑO

Fue aquí el resumen de los diez primeros años que los náufragos del Landlord habían pasado en la Nueva Suiza, y que conviene que el lector conozca.

El 7 de octubre de 1803, una familia había sido arrojada sobre una tierra desconocida, situada al este del océano índico.

El jefe de esta familia, de origen suizo, se llamaba Jean Zermatt y su mujer Betsie. El primero contaba treinta y cinco años de edad; la mujer treinta y tres. Tenían cuatro hijos: Fritz, de quince años, Ernest, de doce, Jack, de diez, y François, de seis.

Al séptimo día de una espantosa tempestad, el Landlord, en el que monsieur Zermatt se había embarcado, habíase separado de su camino, en medio de aquel inmenso mar. Impulsado hacia el sur, y habiendo pasado Batavia, puerto de su destino, naufragó en un montón de rocas, a unas dos leguas de la costa.

Monsieur Zermatt era hombre inteligente e instruido; Betsie, mujer animosa y de gran abnegación. Sus hijos presentaban caracteres diferentes: Fritz, intrépido y firme; Ernest, el más serio y estudioso de los cuatro, pero algo egoísta; Jack, irreflexivo; François era aún un bebé. La familia estaba muy unida, capaz de sacar provecho de todo, aun en las terribles circunstancias a que su mala suerte la había precipitado. Además, profundo sentimiento religioso les animaba a todos. Poseían esa fe sencilla y sincera del cristiano que no discute las enseñanzas de la iglesia, y cuya creencia no puede turbar ninguna otra doctrina.

¿Qué motivo había obligado a monsieur Zermatt a abandonar su país natal después de realizar los bienes de la familia? Sencillamente su intención Je establecerse en alguna de las posesiones holandesas de ultramar, en plena prosperidad entonces, y que tan buen porvenir ofrecían a los hombres de acción y de trabajo.

Tras feliz navegación a través del Atlántico y el mar de las Indias, el navío en el que se había embarcado con su familia acababa de perderse. De toda la tripulación y pasajeros del Landlord, solamente él, su mujer y sus hijos sobrevivieron al naufragio. Pero fue preciso abandonar inmediatamente el barco perdido entre las rocas. Roto su casco, caídos sus mástiles, abierta la quilla, expuesto a la furia de las olas, el próximo golpe de viento acabaría de destrozarlo y dispersaría sus restos.

Reuniendo por medio de cuerdas y planchas media docena de cubas, monsieur Zermatt, ayudado por sus hijos, logró formar una especie de embarcación, en la que embarco la familia antes de la noche. La mar había recobrado su calma, el oleaje era suave y la marea empujaba hacia el litoral. Después de dejar a estribor un alto promontorio, el aparato flotante llegó a una ensenada donde un río vertía sus aguas.

Condujéronse a tierra los diferentes objetos transportados a bordo, y se levanto una tienda en el sitio que mas tarde recibió el nombre de Zeltheim. Poco a poco el campamento se completó con el cargamento que monsieur Zermatt y sus hijos retiraron en los siguientes días de la cala del Landlord, utensilios, muebles, camas, conservas, granos, plantas, armas de caza, barricas de vino y de licores, cajas de galleta, quesos, jamones, vestidos y ropa blanca; en suma, todo lo que conreina aquel navío de cuatrocientas toneladas, fletado para las necesidades de una colonia nueva.

La caza de pluma y de pelo era abundante en aquella costa. Veíanse pasar en bandadas aguríes, especie de liebres, de cabeza de cerco, ondatras, ánades, flamencos, avutardas, gallos silvestres, pecaríes y antílopes. En las aguas de una bahía, situada más allá de la ensenada, abundaban los salmones, sollos, arenques y otras muchas especies de peces. Había, además, ostras, langostas y cangrejos.

El campo de los alrededores, que producía mandioca, yuca y patata, estaba plantado de algodoneros, cocoteros, palmeras y otros árboles propios de la zona tropical. Así pues, sobre aquella tierra, cuya situación ignoraban, la existencia parecía estar asegurada a los náufragos.

Conviene añadir que regular número de animales domésticos pudieron ser sucesivamente desembarcados en Zeltheim: Turco, un dogo inglés, Bill, una perra danesa, dos cabras, seis ovejas, una cerda preñada, un asno, una vaca, y todo un corral: gallos, pollos, gansos, ánades, pichones, que se aclimatarían en la superficie de las charcas y en las praderas vecinas.

Los últimos viajes al navío lo vaciaron por completo de cuanto podía ser precioso o utilizable. Varias caronadas de a cuatro fueron transportadas a tierra para la defensa del campamento, como también una pinaza, barco ligero, cuyas piezas pueden ser unidas sin gran trabajo, y al que se dio el nombre de Isabel en honor de Betsie. Monsieur Zermatt disponía también de una embarcación, con aparejo de bergantín, de quince toneladas. De aquí gran facilidad para reconocer los parajes al este y al oeste, y doblar los promontorios vecinos, uno que se alzaba al norte en punta, y otro que se extendía en el lado opuesto de Zeltheim.

La desembocadura del río se encuadraba en las altas rocas, que hacían el acceso bastante difícil, y esta disposición serviría para defenderse al menos contra las fieras. Pero se presentaba esta cuestión: ¿monsieur Zermatt y los suyos habían arribado al litoral de una isla o de un continente que bañaban las aguas del océano índico? Los únicos datos que podían dar algo de luz en este punto, obtenidos antes del naufragio por el capitán del Landlord, eran los siguientes:

El barco se acercaba a Batavia cuando fue asaltado por una tempestad. Durante seis días había sido seguramente arrojado fuera de su ruta y empujado hacia el sudeste. La víspera, el capitán había establecido el punto de este modo: 13° 14’ de latitud meridional y 114° 5’ de longitud al este de la isla de Hierro (Canarias). Como el viento había soplado constantemente del norte, era admisible que la longitud no hubiera variado mucho. Dado, pues, el meridiano 114°, monsieur Zermatt dedujo de una observación de latitud hecha con el sextante, que el Landlord debía de haber derivado unos seis grados hacia el sur, y que la costa de Zeltheim podía estar comprendida entre los paralelos 19 y 20. [2]

Así pues, en cifras redondas, aquella tierra debía de encontrarse a 300 leguas marinas al oeste de Australia o Nueva Holanda. De modo que, aunque estuviese en posesión de la pinaza, monsieur Zermatt, por muy grande que fuera su deseo de repatriarse, no se decidiría nunca a arriesgar a su familia sobre aquella frágil embarcación, a la violencia de los ciclones y tempestades, tan frecuentes en aquellos parajes.

En las circunstancias en que los náufragos se encontraban, sólo de la providencia podían esperar socorros. En la época a que nos referimos, los barcos de vela, al atravesar aquella parte del océano índico, pasaban muy lejos cuando se van hacia las colonias holandesas. La costa occidental de Australia, entonces casi desconocida y de difícil arribo, no tenía importancia ni geográfica ni comercial.

Al principio, la familia se contentó con vivir, bajo la tienda de Zeltheim, junto a la orilla derecha del río, que recibió el nombre de arroyo de los Chacales, en recuerdo a un ataque de estos carniceros. Pero entre aquellas altas rocas, el calor, que no amenguaba la brisa del mar, era sofocante. Así es que monsieur Zermatt decidió instalarse en la parte de la costa que se extendía de sur a norte, un poco más allá de la bahía del Salvamento.

En una excursión hecha a la extremidad de un bosque magnífico, no lejos de la mar, monsieur Zermatt se detuvo ante un enorme nopal, cuyas ramas más bajas se extendían a unos sesenta pies sobre el suelo. Sujetándola a estas ramas, el padre y los hijos consiguieron levantar una plataforma con las planchas procedentes del barco, construyendo así una casa aérea, cubierta de sólido tejado, dividida en varias habitaciones, y a la que se dio el nombre de Falkenhorst, «nido de los halcones». Notóse, además, que aquel nopal había perdido la parte inferior del tronco, como ciertos sauces, ocupada por numerosos enjambres de abejas, siendo posible instalar una escalera para sustituir la escala de cuerda, que al principio daba acceso a Falkenhorst.

Entretanto practicáronse reconocimientos en unas tres leguas de distancia, hasta el extremo del cabo de la Esperanza Perdida, bautizado de esta suerte desde que monsieur Zermatt renunció a encontrar supervivientes.

A la entrada de la bahía del Salvamento, frente a Falkenhorst, había un islote de media legua, al que se dio el nombre de islote del Tiburón, porque uno de estos enormes animales cayo allí el día en que el barco de cubas conducía a Zeltheim los animales domésticos.

Si un tiburón fue causa de que se diese tal nombre al islote, algunos días después, una ballena dio el suyo a otro islote, de un cuarto de legua de circunferencia, situado ante la pequeña bahía de los Flamencos, al norte de Falkenhorst. La comunicación entre la casa aérea y Zeltheim, distantes una legua, se facilitó por medio del puente de la Familia, sustituido más tarde por otro, tendido sobre el arroyo de los Chacales.

Durante las primeras semanas la familia vivió bajo la tienda. Pero después de que terminara el buen tiempo, monsieur Zermatt se trasladó a Falkenhorst con los animales domésticos. Las enormes raíces del nopal, cubiertas de telas embreadas, sirvieron de establos. Hasta entonces no se habían notado huellas de fieras.

Se pensó en prevenirse contra el retorno de la estación invernal, si no fría, turbada por esas violentas tempestades de la zona intertropical, que duran de nueve a diez semanas. Habitar Zeltheim después de almacenar en él el material del Landlord, era arriesgar el precioso cargamento salvado del naufragio. Este campamento no ofrecía seguridad completa. Las lluvias aumentarían el caudal de las aguas del río transformándolo en torrente, y si se desbordaba, las instalaciones de Zeltheim serían arrebatadas. Así es que, con motivo, monsieur Zermatt se preocupaba con encontrar un abrigo seguro cuando la casualidad vino en su ayuda del siguiente modo.

En la orilla derecha del arroyo de los Chacales, un poco más atrás de Zeltheim, se levantaba un compacto muro, formado de roca, en el que el pico, el martillo y hasta el barreno permitían abrir una gruta. Fritz, Ernest y Jack pusieron manos a la obra. El trabajo no adelantaba gran cosa, pero una mañana el pico de Jack atravesó la roca de parte a parte.

En el interior del macizo existía una vasta excavación. Antes de penetrar en ella, y con objeto de purificar el aire, quemaron montones de hierba. Luego, a la luz de las antorchas, el padre, la madre y sus hijos, sintiéronse llenos de admiración al contemplar las estalactitas que pendían de la bóveda, las cristalizaciones de sal que la adornaban y la alfombra de finísima arena que cubría el suelo.

La morada fue dispuesta prontamente. Se le pusieron ventanas, procedentes de la galería del barco, y tubos para los hornos. A la izquierda estaban el cuarto para trabajar, las cuadras y los establos. En la parte de atrás se instalaron los depósitos, separados por planchas, a modo de paredes.

A la derecha se dispusieron tres habitaciones: la primera, destinada para el padre y la madre; la segunda, para comedor; la tercera, para los cuatro hijos, con hamacas suspendidas del techo. Algunas semanas más y la instalación no dejaría nada que desear.

Posteriormente se hicieron nuevas instalaciones, en mitad de los prados y bosques, al oeste del litoral, que se extendía tres leguas entre Falkenhorst y el cabo de Esperanza Perdida.

Después fueron creadas la alquería de Waldegg, junto a un lago llamado de los Cisnes, algo más al interior la alquería de Zuckertop. Luego, en una colina, cerca del cabo, la granja de Prospect-Hill; y, en fin, la ermita de Eberfurt, junto al desfiladero de Cluse, que limitaba al oeste el distrito de Tierra Prometida.

La Tierra Prometida. Tal nombre se dio a aquella fértil comarca, protegida al sur y al oeste por una alta muralla rocosa, que se extendía desde el arroyo de los Chacales hasta el fondo de la bahía de los Nautilos. Al este corría la costa comprendida entre Felsenheim y el cabo de la Esperanza Perdida. Al norte la mar libre… Aquel distrito de tres leguas de latitud, por cuatro de longitud, hubiera bastado a las necesidades de una pequeña colonia. Allí la familia pudo atender al cuidado de los animales domésticos y de los que había domesticado: un onagro, dos búfalos, un avestruz, un chacal, un mono y un águila. Allí fructificaron las plantaciones indígenas, los arboles frutales, de los que el Landlord poseía completo surtido: naranjos, perales, manzanos, melocotoneros, castaños, cerezos, ciruelos, hasta cepas que, bajo aquel sol ardiente, producirían vino superior al vino de palma de las zonas intertropicales.

Indudablemente la naturaleza favoreció a los náufragos, pero el trabajo, la energía, la inteligencia de éstos fueron considerables. Ellos trajeron la prosperidad a aquella tierra, a la que, en recuerdo a su patria, dieron el nombre de Nueva Suiza.

Antes de terminar el primer año, nada quedaba del navío que naufrago en los escollos. Una explosión, preparada por Fritz, dispersó los últimos restos, que fueron recogidos en diversos puntos de la costa. No hay que advertir que se había retirado cuanto el navío encerraba de algún valor, objetos destinados al comercio con los plantadores de Port Jackson o con los salvajes de Oceanía, las alhajas pertenecientes a los pasajeros, relojes, petacas, sortijas, collares, y en oro y plata regular cantidad, aunque sin valor en aquella tierra. En desquite prestarían gran utilidad algunos objetos, barras de hierro, lingotes de plomo, ruedas, piedras de afilar, picos, sierras, azadones, paletas, rejas de arado, rollos de alambre, bancos, tornos, herramientas de carpintero, aserrador y herrero, molinos, y, en fin, variada colección de cereales, maíz, avena, guisantes, algarrobas y legumbres, todo de gran provecho para la Nueva Suiza.

Para resumir: la primera estación de las lluvias la familia la pasó en condiciones favorables. Habitó en la gruta, que procuraba dotar de lo necesario. Los consejos de la madre fueron atendidos: los muebles procedentes del navío, sillas, armarios, consolas, divanes, camas, se repartieron entre los distintos cuartos, y como la casa no era ya una tienda, sustituyóse al nombre de Zeltheim el de Felsenheim, «la casa de las rocas».

Transcurrieron varios años. Ningún barco había aparecido en aquellos lejanos parajes. Nada, sin embargo, se había descuidado para señalar la presencia de los náufragos del Landlord. La batería establecida en el islote del Tiburón era disparada de vez en cuando por Fritz y Jack. Pero ningún cañonazo respondía.

Por lo demás, no parecía que la Nueva Suiza estuviese habitada en los alrededores. Debía de ser bastante extensa, y un día, efectuando un reconocimiento hacia el sur, hasta la barrera rocosa que atravesaba el desfiladero de Cluse, monsieur Zermatt y sus hijos llegaron hasta el valle de Grünthal. Más allá se desarrollaba un inmenso horizonte, formado por una cordillera, cuya extensión podía calcularse en diez leguas. La eventualidad de que la recorrieran algunas tribus salvajes era para producir inquietud; pero jamás se las vio en los contornos de Tierra Prometida. Los únicos peligros vinieron del ataque de algunas fieras temibles: osos, tigres, leones, serpientes, entre otras una boa enorme, de la que fue víctima el asno, y que se había introducido en los alrededores de Felsenheim.

Las producciones indígenas, de las que monsieur Zermatt obtuvo, gran provecho, pues poseía extensos conocimientos de historia natural, botánica y geología, fueron las siguientes: un árbol, semejante a la higuera salvaje, cuya corteza agrietada destilaba un humor parecido a la resina, dio el caucho propio para la fabricación de varios objetos, entre ellos las botas impermeables. De ciertos arbustos, pertenecientes al género de Myrica cerífera, se extrajo una sustancia parecida a la cera, que se utilizó para la confección de bujías. La nuez del cocotero, sin hablar de la sabrosa almendra que contenía, sirvió para construir copas y tazas, propias para resistir todos los choques. De la cal del palmito se obtuvo la refrigerante bebida que se conoce con el nombre de vino de palma; de las habas de cacao, un chocolate bastante amargo; del sagú, harina muy nutritiva, que Betsie empleaba frecuentemente en sus preparaciones culinarias. Azúcar no faltó nunca gracias a los enjambres de abejas, que producían abundante miel. Lino se obtuvo de las hojas del Pbormium tenax, aunque el cardarlas e hilarlas sea tarea no muy fácil. El yeso se fabricó pulverizando los restos de las rocas. Se sacó algodón de las cápsulas que llenaba esta preciosa sustancia. Con el fino polvo de una nueva gruta se fabricó jabón. Se obtuvo un condimento, en el que mezclaban la nuez moscada y el clavo con la corteza del Rauensara. Se fabricaron vasos con la mica, atravesada con filamentos de amianto, descubierta en una caverna de los contornos. Pieles con los castores y angoras. Goma del euforbio, propia para distintos usos medicinales. Se usó hidromiel como bebida refrescante, y de algas marinas, recogidas por madame Zermatt, hizo ésta compotas excelentes.

A estas riquezas hay que añadir los recursos que la fauna de la Nueva Suiza ofreció a los audaces cazadores. Entre las fieras, contra las que, aunque raramente, tuvieron que defenderse, se contaban el tapir, el león, el oso, el chacal, el tigre, el cocodrilo, la pantera, el elefante, y también los monos, cuyos robos exigieron una matanza general. Entre los cuadrúpedos, algunos de los cuales pudieron ser domesticados, se deben mencionar el onagro, el búfalo, y en el número de volátiles un águila, que llegó a ser el pájaro de caza de Fritz, y un avestruz, que fue la cabalgadura favorita de Jack.

La caza de pelo y pluma abundaba en los bosques de Waldegg y de Eberfurt. El arroyo de los Chacales suministraba excelentes cangrejos. Entre las rocas de la playa pululaban los mariscos y crustáceos, y en la mar arenques, salmones y otros pescados de variadas especies.

Durante tan larga estancia, las exploraciones no se extendieron más allá de la parte comprendida entre la bahía de los Nautilos y la bahía del Salvamento. Pero, más allá del cabo de la Esperanza Perdida, la costa iba a ser reconocida en una extensión de diez leguas. Sin contar la pinaza, monsieur Zermatt poseía ahora una chalupa, que fue construida bajo su dirección. Además, a petición de Fritz. se fabricó una de esas ligeras canoas, al estilo de Groenlandia, conocidas con el nombre de kayak, utilizando para las cuadernas las barbas de una ballena, que había muerto a la entrada de la bahía de los Flamencos, y pieles de tiburón para el casco. Esta canoa impermeable, merced a un calafateo de alquitrán, tenía dos aberturas, donde podían colocarse dos remeros, y una de ellas podía ser herméticamente cerrada cuando la otra estaba ocupada. Después de ser lanzada a la corriente del arroyo de los Chacales, que la llevó a la bahía del Salvamento, se condujo de maravilla.

Transcurrieron diez años sin incidentes graves. Monsieur Zermatt, entonces de cuarenta y cinco años, disfrutaba de inalterable salud, y de gran vigor moral y físico a prueba de las eventualidades de vida tan excepcional. Betsie, su animosa mujer, enérgica madre de cuatro hijos, entraba en los cuarenta y tres años. Ni su cuerpo, ni su corazón se habían debilitado, como tampoco su amor por su esposo y por sus hijos.

Fritz, de veinticinco años, vigoroso, ágil y diestro, de rostro franco y mirada aguda, había ganado mucho en lo que se refiere a carácter. Ernest, más serio de lo regular en sus veintidós años, y con más afición a los ejercicios del espíritu que a los del cuerpo, contrastaba con Fritz, y era muy instruido gracias a la biblioteca retirada del Landlord. Jack andaba en los veinte años. Era la vivacidad, el movimiento continuo, de carácter aventurero como Fritz, y como éste, apasionado por la caza. Aunque a los dieciséis años François fuera ya un mozo completo, su madre le acariciaba como cuando tenía diez. La vida de esta familia era, pues, tan dichosa como era posible, y en alguna ocasión madame Zermatt decía a su marido:

– ¡Ah, mi querido esposo! ¡Dicha completa sería la nuestra si viviéramos siempre junto a nuestros hijos; si en esta soledad no estuviéramos condenados a desaparecer el uno después del otro, dejando a los que nos sobrevivan el abandono y la tristeza! Sí… Yo bendeciría al cielo que nos ha concedido este paraíso sobre la tierra… Pero… llegará un día en que nuestros ojos se cierren… Tal era, tal había sido siempre la preocupación de Betsie. Frecuentemente ella y su marido hablaban de estas tristezas. Continuando nuestro relato, diremos que aquel año tuvo lugar un inesperado acontecimiento que iba a modificar la situación presente, si no el porvenir de aquella simpática familia. El 9 de abril, a las siete de la mañana, cuando monsieur Zermatt salió de la casa con Ernest, Jack y François, buscó vanamente a su hijo mayor, que creía estaba ocupado en algunos trabajos de fuera. Fritz se ausentaba con frecuencia, y el caso no era para producir inquietud ni en su padre ni en su madre, aunque ésta experimentase siempre algún temor cuando su hijo se aventuraba más allá de la bahía del Salvamento. Era de suponer que el joven estuviera en el mar, puesto que el kayak no estaba en su lugar de costumbre. Como la tarde avanzaba, monsieur Zermatt, Ernest y Jack volvieron con la chalupa al islote del Tiburón para espiar desde este punto el regreso de Fritz. Si tardaba éste, y para no dejar a Betsie en la inquietud natural que la prolongada ausencia de su hijo había de causarle, monsieur Zermatt dispararía un cañonazo. No fue preciso. Apenas él y sus dos hijos habían puesto el pie sobre el islote, Fritz doblaba el cabo de la Esperanza Perdida. Desde que le vieron monsieur Zermatt, Ernest y Jack se embarcaron nuevamente, y llegaron a la ensenada de Felsenheim en el instante en que Fritz saltaba a la playa. Fritz relató aquel viaje, que duró veinte horas. Desde hacía algún tiempo pensaba efectuar el reconocimiento de la costa septentrional, y aquella mañana, acompañado de su águila Blitz, se había embarcado en el kayak. Llevaba algunas provisiones, un hacha, un arpón, redes, un fusil, un par de pistolas, un zurrón y una calabaza con hidromiel.

El viento que venía de tierra le condujo rápidamente más allá del cabo, y aprovechando la marea siguió el litoral, que oblicuaba algo hacia el sudoeste.

En la parte de atrás del cabo, y a continuación de un montón de rocas colocadas en espantoso desorden por efecto de alguna convulsión geológica, abríase una espaciosa bahía, terminada en el lado opuesto por un promontorio tallado a pico. Servía esta bahía de refugio a millares de pájaros, que llenaban el espacio con sus gritos. Sobre la arena que la cubría veíanse numerosos anfibios, lobos marinos, focas y otros, mientras por su superficie nadaban elegantes nautilos.

Fritz no sentía temor ante aquellos terribles mamíferos, y pasando a la entrada de la bahía continuó navegando hacia el oeste.

Después de haber doblado una punta de singular forma, y a la que dio el nombre de cabo de Camus, Fritz se aventuró por debajo de una arcada natural, la base de cuyos pilares batía la resaca. Había allí millares de golondrinas, que tenían sus nidos en las resquebrajaduras de los muros y de las bóvedas. Fritz cogió algunos de estos nidos, de extraña forma, y los puso en su saco.

– Esos nidos de golondrinas —dijo aquí monsieur Zermatt, interrumpiendo el relato de su hijo— tienen gran valor en los mercados del Celeste Imperio.

Pasada la arcada encontró Fritz la entrada de otra bahía situada entre dos cabos separados por legua y media de distancia. Reunidos, por así decirlo, por una cadena de escollos, no dejaban entre ellos más que estrecha abertura, que no hubiera permitido pasar a un navío de trescientas a cuatrocientas toneladas.

Tras la bahía extendíanse grandes llanuras, que los ríos regaban, y bosques, formando todo un paisaje de variado aspecto. La bahía hubiera ofrecido enormes tesoros de ostras perleras a los exploradores de Asia, América y Europa. Fritz presentó muestras magníficas.

Después de rodear la bahía por el interior, franqueó la desembocadura de un río, sembrado de hierbas acuáticas, y llegó al promontorio, situado al extremo opuesto de la arcada.

No creyó prudente prolongar más lejos su excursión. El tiempo corría, y Fritz tomó el camino del este, dirigiéndose hacia el cabo de la Esperanza Perdida, que dobló antes de que el cañón del islote del Tiburón fuera disparado.

Esto fue lo que el joven refirió del viaje, que trajo como consecuencia el descubrimiento de la bahía de las Perlas. Después, ya a solas con su padre, éste oyó con sorpresa lo que su hijo le confió, que fue lo que sigue:

Entre los numerosos pájaros que se arremolinaban sobre el promontorio, golondrinas, gaviotas y otros, había también varias parejas de albatros, de los que uno cayó de un golpe dado con el bichero.

Fritz recogió el pájaro, y al observarlo advirtió un pedazo de fuerte tela que envolvía una de sus patas, sobre la cual leyó estas líneas, escritas en inglés: «Cualquiera que seáis vos, a quien Dios lleva este mensaje de una infortunada, poneos en busca de una isla volcánica, que reconoceréis por la llama que se escapa de uno de sus cráteres… ¡Salvad a la infeliz abandonada de la Roca Humeante!».

¡De modo que en los parajes de la Nueva Suiza, tal vez desde hacía varios años, una infortunada mujer vivía sobre un islote, sin disponer de los recursos que el Landlord había suministrado a la familia de los náufragos!

– ¿Y qué has hecho? —preguntó monsieur Zermatt.

– Lo único que podía hacerse —respondió Fritz—. He tratado de reanimar al albatros, que estaba aturdido solamente por el golpe del bichero, y lo he conseguido vertiendo un poco de hidromiel en su pico. Después, en un pedazo de mi pañuelo, he escrito con la sangre de una nutria, en inglés, estas palabras: «Tened confianza en Dios. Tal vez su auxilio está cercano». Fue atado el escrito a la pata del animal en la creencia de que éste tomaría el camino hacia la Roca Humeante. Así que se vio en libertad el pájaro voló a poniente con tan rápido vuelo, que bien pronto lo perdí de vista. Seguirlo me hubiera sido imposible.

Monsieur Zermatt estaba profundamente emocionado. ¿Qué hacer para salvar a aquella infortunada? ¿Dónde estaba situada la Roca Humeante? ¿En las cercanías de la Nueva Suiza, o a centenares de leguas al oeste?

Los albatros, poderosos e infatigables voladores, pueden atravesar inmensos espacios… ¿Venía aquél de lugares tan lejanos que la pinaza no podría llegar a ellos…?

Monsieur Zermatt aprobó el silencio de Fritz. La revelación de lo sucedido hubiera apenado inútilmente a madame Zermatt y a sus hermanos. ¿Para qué causarles esta tristeza? Además, ¿existía aún la náufraga de la Roca Humeante? El papel no estaba fechado. Tal vez habían transcurrido muchos años desde el día en que fue atado a la pata del albatros.

El secreto fue guardado. Por desgracia, era evidente que ninguna tentativa podía efectuarse para encontrar a la inglesa.

Monsieur Zermatt resolvió ir a reconocer la bahía de las Perlas y la importancia de los bancos de ésta. Betsie consintió, no sin algún disgusto, en permanecer con François en la casa de Felsenheim. Fritz, Ernest y Jack debían acompañar a su padre.

El día siguiente, 11 de abril, la chalupa abandonó la ensenada del arroyo de los Chacales, cuya corriente la empujó rápidamente hacia el norte. Varios de los animales domésticos hacían también el viaje; el mono Knips II, el chacal de Jack, la perra Bill, a la que su edad debiera de haber librado de las fatigas propias de una expedición de aquel género, y, en fin, Braun y Falb, dos perros en todo su vigor.

Fritz iba en su kayak, delante de la chalupa, y después de dar la vuelta al cabo de la Esperanza Perdida, tomó la dirección del oeste, por en medio de las rocas, en las que abundaban las morsas y otros anfibios de aquel litoral.

No fueron, sin embargo, estos animales los que atrajeron más particularmente la atención de monsieur Zermatt, sino los innumerables nautilos, ya observados por Fritz. La bahía estaba cubierta de estos graciosos cefalópodos, con sus pequeñas velas tendidas al viento, semejando una flotilla de flores movientes.

Tras un trayecto de tres leguas, Fritz señaló, hacia la extremidad de la bahía de los Nautilos, el cabo de Camus, que representaba con bastante exactitud una nariz. Legua y media más allá estaba la arcada tras la cual se extendía la bahía de las Perlas. Atravesando aquel pórtico, Ernest y Jack recogieron bastantes nidos de salanganas, que los pájaros defendieron con encarnizamiento.

Cuando la chalupa franqueó el estrecho paso comprendido entre la arcada y las rocas, la espaciosa bahía, de una circunferencia de siete a ocho leguas, apareció en toda su extensión.

¡Qué placer navegar por la superficie de aquella magnífica sabana de agua, de la que emergían tres o cuatro islotes cubiertos de árboles! Limitábanla verdes praderas, espesos macizos y pintorescas colinas. Al oeste, el litoral dejaba paso a la corriente del lindo río, cuyo cauce se perdía bajo los árboles.

La chalupa arribó a una pequeña ensenada, cercana al banco de ostras perleras. La noche se aproximaba, y monsieur Zermatt organizó un campamento a orillas del río. Los expedicionarios encendieron una hoguera, bajo cuya ceniza asaron algunos huevos, que con la carne seca, las patatas y el pan de maíz constituyeron la cena. Terminada ésta, y como medida de prudencia, cada cual ocupó su puesto en la chalupa, dejando a Braun y a Falb el cuidado de defender el campamento contra los chacales, cuyos aullidos se dejaban oír a lo largo del río.

Tres días, del 12 al 14, fueron empleados en la pesca de las ostras, todas las que contenían la preciosa perla en su estuche de nácar. Al llegar la noche Fritz y Jack iban a cazar ánades y perdices a un bosquecillo situado en la orilla derecha del río. Hubo^necesidad de tomar algunas precauciones. Sin hablar de animales más terribles, los jabalíes frecuentaban aquel bosque.

Efectivamente; la noche después un león y una leona de gran corpulencia, rugientes y amenazadores, golpeándose con la cola sus flancos, se presentaron. Fritz mató al león de un balazo. La leona cayó a su vez, no sin haber destrozado de una zárpada el cráneo de la pobre Bill, lo que causó vivo disgusto a su amo.

Resultaba de esto que algunas fieras habitaban en aquella parte de la Nueva Suiza, al sur y al oeste de la bahía de las Perlas, fuera del distrito de Tierra Prometida. Feliz casualidad era que hasta entonces ninguno de estos animales hubiese forzado la entrada por el desfiladero de Cluse; pero monsieur Zermatt formó el proyecto de obstruir, en la medida de lo posible, este desfiladero; y mientras llegaba el momento de emprender la obra, recomendó a sus hijos, especialmente a Fritz y a Jack, a los que su pasión cinegética arrastraba a imprudentes excursiones, que desconfiasen de los malos encuentros.

El día aquel fue consagrado a vaciar las ostras amontonadas en la playa; y como aquellos moluscos comenzaban a exhalar miasmas poco sanos, monsieur Zermatt y sus hijos decidieron partir al día siguiente al alba. Convenía regresar a Felsenheim, pues madame Zermatt debía de estar inquieta. La chalupa partió precedida del kayak. Llegado éste a la arcada, y después de dejar una carta a su padre, Fritz se alejó en dirección oeste. ¿Cómo hubiera podido sospechar monsieur Zermatt que su hijo iba al descubrimiento de la Roca Humeante?

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