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INVITADOS POR EL GOBERNADOR
Justamente en Las Bonitas, tenía su residencia el gobernador del territorio del Caura, zona regada por este importante tributario del Orinoco.
El pueblo ocupa, en la orilla derecha del río, el sitio en el que en otra época se asentaba la misión española de Altagracia. Podía decirse que los misioneros habían sido los verdaderos conquistadores de aquellos pueblos americanos que el correr del tiempo y la historia convertiría en hispanoamericanos. Esto es: en venezolanos, en aquel caso.
En ese apartado rincón venezolano las novedades diarias no eran muchas, por lo que sí constituía una de ellas, ¡y de las más entretenidas y apreciadas!, el hecho de la llegada de algún barco. Debido a esto no resultaba extraño que el mismo gobernador en persona acudiese a los muelles, sobre todo conocedor de que tres famosos geógrafos remontaban el río al objeto de sus estudios hidrográficos.
Nada más descender del barco Marcial y Juan vieron al grueso y orondo gobernador de Las Bonitas recibir y dialogar animadamente con los tres geógrafos, aunque mirando de vez en cuando a los dos franceses como con la intención de acercarse a ellos, para también saludarles. El vivaz ex sargento comprendió la maniobra y quedamente avisó a su joven acompañante:
– ¡Atención! Ese gordinflón trata de acercarse a nosotros y seguramente nos coserá a preguntas.
– No sería correcto rehuírse, Marcial.
– Pero mejor sería que se ocupase de sus cosas.
– Si el gobernador nos interroga, está en su derecho. Por otra parte, no me negaré a contestar. ¡Hasta es posible que obtengamos de él algunos informes!
Gruñó sordamente el ex sargento, se acercó más al joven con aire protector al ver que decididamente el hombre grueso caminaba hacia ellos, para indagar con amable y obsequiosa sonrisa muy venezolana:
– Ustedes son franceses, ¿verdad?
– ¡Sí, señor gobernador! —respondió el joven, descubriéndose cortés ante el grueso personaje, elegantemente vestido.
– ¿Y su compañero, joven?
– Mi «tío» también es francés, señor. Un antiguo sargento retirado.
Aunque el ex sargento Marcial aún estaba poco familiarizado con la lengua española, comprendió perfectamente que se referían a él. Así que enderezó el corpachón, convencido de que un sargento del 72 de Línea valía tanto como un general o un gobernador venezolano. Ante su taconazo siguió escuchando que aquel hombre decía:
– No creo ser indiscreto al preguntarles si piensan seguir su viaje río arriba.
– Por supuesto, señor; no lo es. ¡Seguiremos!
– ¿Por el Orinoco o por el Apura? —insistió.
– Por el Orinoco.
– ¿Quizá hasta San Fernando de Atabapo?
– Hasta ese pueblo, señor gobernador — siguió contestando el joven—. Y tal vez más lejos, si los informes que esperamos recoger allí lo exigen.
Los tres geógrafos también se habían acercado, y al gobernador, lo mismo que a don Felipe, no podía menos que impresionarles vivamente el tono resuelto de aquel joven y la sencillez de sus respuestas, porque realmente toda su actitud inspiraba simpatía. Pero precisamente contra esas visibles simpatías trataba Marcial de defender a su «sobrino». Parecía que no quería que se le mirase tan de cerca, ni que otros extranjeros, gobernadores o no, demostraran el buen efecto que les causaba su gracia natural y personal encanto. Y lo que más irritaba al ex militar era que don Felipe no ocultaba los sentimientos que le inspiraba el joven.
Para él, el gobernador de Las Bonitas poco importaba, porque se quedaría allí, en aquel poblado cumpliendo sus misiones; pero aquel don Felipe era algo más que un simple pasajero del Simón Bolívar, puesto que con los otros dos geógrafos debía remontar el río hasta San Fernando y eso implicaba que las preguntas podían seguir.
Por lo demás, como en aquellos instantes no podía enviar a su Excelencia a paseo, tuvo que dejar que el joven tomase parte en aquella conversación que visiblemente le irritaba. Y más cuando el gobernador preguntó directamente:
– ¿Van ustedes a San Fernando?
– Sí, señor gobernador.
– Bien, pues… Debido a mi autoridad, me permito preguntarles, ¿con qué objeto?
El joven no se inmutó al apuntar:
– Con el objeto de obtener algunos datos, señor.
– ¿Datos…? ¿Sobre qué, joven?
– Sobre el comandante Kermor, señor.
Quedó algo pensativo el grueso personaje, se pellizcó el labio inferior con los dedos, antes de repetir quedamente:
– ¿El comandante Kermor…? Es la primera vez que oigo pronunciar ese nombre. Y la verdad, no tengo noticia de que, desde Chaffanjón, ningún francés haya sido visto por allí.
– Pues el comandante Kermor, sin ninguna duda, estuvo en San Fernando, incluso algunos años antes.
– ¡Vaya, vaya, joven! ¿Y en qué funda usted su afirmación?
– En la última carta del comandante Kermor que se ha recibido en Francia. Carta dirigida a uno de sus amigos en Nantes… y firmada por él.
– ¡Todo esto es muy interesante! —exclamó el gobernador.
El personaje se dio cuenta del vivo interés que también ponían en la charla los tres geógrafos, por lo que inesperadamente invitó:
– ¿Pero qué hacemos hablando aquí? ¿Me hacen el honor de ser mis invitados?
Nuevo movimiento de recelo por parte del inquieto Marcial, que el joven atajó al aceptar:
– El honor será para nosotros, señor gobernador.
– Le agradezco que acepten, joven. ¡Ah! Son tan pocos los extranjeros que nos visitan, que les recibo con los brazos abiertos, créanme.
– No queremos causarles molestias. Nosotros…
– Señor… —le atajó el grueso personaje—. Su rigidez militar me asombra. Bien está para un viejo soldado como usted seguir en el barco, mientras no prosigue el viaje. ¿Pero qué me dice de este jovencito, que podrá asearse, bañarse, cambiarse y descansar mucho mejor en mi residencia?
– Precisamente por eso, señor…
– ¡No se hable más! —cortó la autoridad suprema de Las Bonitas—. No es que disponga de un palacio, pero sí de una buena casa, donde todos ustedes serán bien recibidos.
Al oír aquello, con más alarma en los ojos, el recio Marcial indagó, al señalar a los tres geógrafos:
– ¿Y ellos…, ellos también señor?
– ¿Por qué no? —preguntó con extrañeza el gobernador—. ¡Son famosos científicos los tres! Tanto don Felipe como don Miguel, ¡y no digamos don Varinas!, serán el ornato de mi casa, si aceptan.
– Encantados, Excelencia —casi dijeron a la vez los tres.
– Pues no se hable más: en mi casa y ante una buena mesa, continuaremos nuestra agradable charla. ¿Les parece?
Marcial fue a objetar aún algo, pero un discreto pisotón del joven le hizo frenar la lengua al oírle decir:
– Es usted la amabilidad en persona, señor.
– Y usted parece un excelente muchacho. Para sus pocos años, demuestra una educación y una madurez dignas de elogio, jovencito.
La mirada que de soslayo le lanzó el gobernador al serio Marcial, fue todo un poema. Era como si con los ojos mudamente le estuviera reprochando: «Pero usted no, amigo. ¡Usted es rudo y hasta grosero! De no ser por su joven amigo… ¡No le invitaría a mi mesa!»
El almuerzo fue sencillo, pues no se puede esperar de un gobernador de provincia tan remota como aquélla, lo que del presidente de la República de Venezuela; pero los invitados fueron objeto de una cordialísima acogida e incluso los criados de la casa se mostraron en todo momento atentos a servir los deseos de los invitados, quienes, efectivamente, con mayores comodidades que en el barco, pudieron asearse, cambiar de ropa y presentarse a la mesa frescos como rosas.
Claro está que, inicialmente, primero se habló de la misión de los tres geógrafos. Pero el gobernador, como hombre listo, se guardó muy bien de tomar la defensa del Orinoco, del Guaviare o del Atabapo, para que la discusión entre los tres científicos no prosperase.
Lo esencial era que aquella charla no terminase en disputa y, quizá por eso, deseando cambiar el curso de la charla, el dueño de la casa volvió a apuntar, mirando alternativamente a Marcial y a su joven acompañante:
– De manera que ustedes dos también seguirán río arriba, hasta San Fernando, ¿verdad?
– Así es, señor —afirmó el joven.
– Y creo recordar que me dijo que era para buscar datos sobre…, sobre…
– Sobre el comandante Kermor, señor.
– ¡Ah, sí! Kermor… Kermor. Un francés quien, por lo visto, escribió una carta a un amigo en Francia, ¿no es así?
– Sí, señor.
– ¿Deduzco de ello que ese comandante Kermor permaneció algunos años en San Fernando?
– Debió ser así, puesto que esa carta aparece fechada en el día 12 de abril de 1879.
Al oír aquello, el dueño de la casa exclamó:
– ¡Eso me asombra, amigos míos!
– ¿Por qué, señor?
– Mi querido muchacho, porque en esa fecha yo me encontraba, precisamente, en San Fernando. Sí; tenía el puesto de gobernador de Atabapo entonces. Y les digo que si un francés, tal como ese comandante Kermor que nombran, hubiera aparecido por mi territorio, con toda seguridad yo me habría enterado. ¡Y les doy mi palabra que mi memoria no recuerda nada de eso!
La precisa información del gobernador pareció causar una profunda impresión al joven. Su rostro delicado, animado durante la conversación, pareció perder el color. Sus ojos se humedecieron y se le vio hacer un gran esfuerzo para poder decir:
– Mi tío y yo agradecemos mucho el interés que se toma por esto, señor. Pero aunque usted no haya oído hablar nunca del comandante Kermor, estoy seguro de que él se encontraba en San Fernando el día 12 de abril del año 1879.
– ¿Seguro, joven?
El muchacho extrajo un sobre de uno de sus bolsillos al afirmar:
– ¡Seguro, señor! Puesto que desde dicho punto envió la última carta que de él se ha recibido en Francia. ¡Ésta!
Reinó el silencio en la mesa y todas las miradas quedaron clavadas en la carta que les mostraba el joven, hasta que fue roto por don Felipe al decir:
– ¿Y qué hacía un comandante francés en San Fernando por esas fechas?
Como siempre andaba receloso desde que habían emprendido aquel largo viaje, el ex sargento Marcial fulminó al geógrafo con los ojos al exclamar:
– ¡Ah! ¿También usted quiere hacer preguntas, amigo? El señor gobernador pase, pero ustedes…
Pero una vez más tuvo que frenar su mal humor ante la muda indicación de la mano de su joven acompañante, que pretendió contestar a la pregunta al decir:
– Ignoro lo que hacía el comandante Kermor en San Fernando, por esas fechas, don Felipe. En todo caso, es un secreto que quizá mi tío y yo descubramos si Dios permite que nos reunamos con él.
– Ante todo, les diré que mi pregunta no fue para molestarles —aclaró el geógrafo, mirando directamente a los ojos de Marcial.
– ¡Pero fue una pregunta impertinente! — insistió el ex militar.
– ¡Caballeros! —exclamó el gobernador, imponiendo la paz.
Luego guardó silencio, pareció reflexionar y directamente clavadas las pupilas en el muchacho, indagó:
– Dígame, joven… ¿Qué lazo le une a usted con ese comandante Kermor?
El joven pareció dudar, y antes de contestar miró un instante a su recio y serio acompañante, pero al fin informó para sorpresa general:
– ¡Es mi padre!
– ¿Su… su padre? —repitió como un eco don Varinas.
Tras el breve silencio que siguió a tal afirmación, el grueso gobernador pareció que volvía a meditar, como haciendo esfuerzos para recordar al decir:
– Pues insisto en que en esa fecha que dice no conocí a nadie en San Fernando que se llamase Kermor. Sólo recuerdo que llegó un francés, pero a ése todo el mundo le conocía, porque se trataba del famoso explorador Chaffanjón.
– ¿Fue cuando realizó su ascensión Orinoco arriba? —quiso concretar don Felipe.
– ¡Exactamente! —confirmó el dueño de la casa.
– ¿Y está seguro que no llegó ningún extranjero más? —insistió el joven.
– Pues no… Aunque recuerdo perfectamente al padre Esperante.
– ¿Esperante?
– Sí, un misionero, quiero decir.
– ¿Francés, señor?
– No, mi joven amigo. Al menos, que yo recuerde hablaba el español.
– No pudo ser mi jefe —manifestó con cierto orgullo el calmado Marcial, al añadir—: El comandante Kermor siempre fue un francés… ¡Y de pies a cabeza!
– He oído hablar del padre Esperante —dijo al salir de su prolongado silencio don Miguel— . ¿No fundó más tarde una misión río arriba, en Santa Juana?
– ¡Exactamente! —confirmó el gobernador.
La firmeza nuevamente apareció en los ojos expresivos del joven, que expresó su decisión al informar:
– Pues si en San Fernando nadie nos puede dar razón de mi padre, tendremos que seguir subiendo hacia esa misión.
Todos volvieron a centrar las miradas en el joven, con cierta alarma. Incluso el silencioso indio que les servía lo hizo y, también mudamente, aquel criado se santiguó. Todo aquello resultaba tan expresivo en si, que el dueño de la casa se consideró obligado a decir:
– ¿Más arriba de San Fernando? ¡Eso es muy peligroso, joven!
– ¡Arriesgadísimo! —remachó don Varinas.
– ¡Una locura! —opinó don Miguel.
– No es aconsejable —terció más prudente don Felipe.
Marcial buscó con sus vivaces pupilas los ojos de aquellos tres entendidos uno a uno, antes de formular a su vez una pregunta que deseaba decir muchas cosas:
– ¿Los indios, señores…?
– Las tribus salvajes y otras cosas —informó don Felipe.
– ¿Por ejemplo?
– Por ejemplo, ya han viajado lo suficiente por el Orinoco, como para darse cuenta del ambiente que les rodea. En toda su costa la vegetación es exuberante, tupida…, ¡inmensa! En estas circunstancias, la Naturaleza se muestra fértil y hasta si usted quiere, hermosa y maravillosa… ¡Pero es un peligro!
– Don Felipe quiere referirse a las lagunas, a los mosquitos, a los muchos insectos. También a los animales, a las crecidas inesperadas de los ríos, a sus desbordamientos y a mil peligros más —amplió a su vez don Miguel.
– Nada de todo eso nos importa —rechazó con firmeza el joven.
– Pues deben tenerlo muy en cuenta — insistió don Felipe—. ¡Por algo a este río se le suele llamar «El Soberbio Orinoco»!
– Es como un mundo aparte —terció don Varinas, secundando a sus compañeros.
Escuchando aquellos argumentos, pero guiado por los que le dictaba el corazón, ahora fue el joven el que buscó los ojos de todos al inquirir:
– ¿Pero no comprenden? ¡Se trata de localizar a mi padre!
Pasando una de sus manazas sobre el hombro de su joven compañero, como deseando justificar la vehemencia en las exclamaciones anteriores, Marcial informó:
– Hace dieciocho años que mi jefe, el comandante Kermor, abandonó sin ningún motivo aparente Francia sin despedirse ni de sus más íntimos amigos. ¡Ni tan siquiera de mí!
Por el silencio que siguió comprendió que esperaban que siguiera y amplió:
– Todos los esfuerzos para conocer al principio los motivos de su desaparición y su paradero, fueron inútiles.
Recordando, el gobernador señaló al joven al decir:
– ¿Y esa carta qué dijo?
El muchacho volvió a mostrarla, al informar:
– Está fechada en San Fernando hace catorce años. Pero nos ha llegado hace poco tiempo a nuestras manos.
– ¡Uf! Es un dato muy débil, joven.
– Y algo confuso —objetó don Miguel.
– Como una quimera —dijo don Varinas.
– Catorce años es mucho tiempo —apuntó el gobernador.
– Pero siempre hay una posibilidad — insistió el joven—. Por eso pensamos que debemos empezar allí las pesquisas, en San Fernando, donde mi padre envió esta carta.
– Mi joven amigo, usted y su tío han demostrado mucho ánimo… ¡y mucha esperanza!, al emprender un viaje tan largo. Cruzar el Atlántico desde Francia a Venezuela ya es dejar medio mundo atrás, pero les aseguro que eso no es nada comparado con los riesgos que pueden correr, si realmente intentan subir por el río más arriba de San Fernando.
La parrafada había sido de Don Felipe y mirándole directamente a los ojos, el joven afirmó:
– ¡Los correremos! ¡Nada nos detendrá!
– ¿Nada?
– ¡Nada, don Felipe!
– Me admira su valor, joven: pero hay un factor contra el que el ánimo más decidido, nada puede.
– ¿A qué se refiere, don Felipe?
– A algo contra el que no se puede luchar. ¡El tiempo!
– ¿Se refiere a esos catorce años, desde que mi padre escribió esta carta?
– ¡Exactamente! Su padre pudo haber pasado por San Fernando, puesto que lo demuestra esa carta que tiene que fue fechada allí. Pero un militar, un hombre como debió ser el comandante Kermor… Créanme que me cuesta trabajo admitir que puede pasar nada menos que catorce años en un lugar tan remoto y perdido como ése.
– Sus razonamientos son justos —terció don Miguel.
– ¡Lo mismo opino! —remachó don Varinas.
– A no ser que…
El grueso gobernador se interrumpió, para solicitar antes de seguir:
– ¿Me prometen que no se ofenderán?
Marcial y el muchacho se miraron sin comprender, hasta que el joven animó:
– Adelante, señor. Le damos nuestra palabra.
– Pues… a no ser que el comandante Kermor esté huyendo de algo y por ese motivo desapareciera de Francia sin despedirse de nadie. Esa podría ser una razón: como lo sería pasar catorce años medio escondido en San Fernando, desde donde decidiera escribir esa carta que a ustedes les ha puesto sobre su pista.
Nada más terminar de exponer sus pensamientos, Marcial olvidó la promesa hecha por su «sobrino» de no ofenderse y creyó conveniente ponerse en pie para casi gritar:
– ¡Eso que ha dicho es ofensivo, señor!
– Por favor, Marcial —rogó el joven.
– ¡No! ¡Esto sí que no lo soporto! ¡Nadie puede dudar de la honorabilidad de mi jefe! ¡El comandante Kermor siempre fue un caballero, señores!
– Pero hombre… ¡No se ponga así! — empezó a excusarse el dueño de la casa medio sonriente—. Sólo fue una idea, intentando encontrar explicación a todo esto y…
– ¿Y le parece digno apuntar que el comandante Kermor puede estar huyendo de «algo»? ¡Huir es de cobardes, y mi jefe nunca lo fue!
– Yo no dije que sea un cobarde, hombre. Sólo sugerí que quizá… a veces pasan cosas en la vida que…
– ¡No pretenda arreglarlo!
– Sólo pretende excusarse, Marcial —terció el joven.
Marcial decidió sentarse muy digno y tieso, pero ni aun así el gobernador perdió su buen humor. Como buen venezolano era dado a la broma y su comentario fue sin dejar de sonreír al ex militar:
– Amigo mío, ¿sabe que resulta usted graciosamente quisquilloso? De no tratarse de un problema tan serio como el de localizar al padre de su sobrino, le aseguro que al verle tan ofendido… ¡Me habría dado una buena panzada de reír!
– Pues no son graciosas insinuaciones, señor.
– Le repito que sólo intenté buscar una explicación a la misteriosa desaparición del comandante Kermor, así como su estancia en un lugar tan remoto como San Fernando.
– Yo admito también que son demasiados años para que mi padre siga allí —terció el muchacho—. Pero como por algún sitio debíamos empezar, mi… tío y yo pensamos que al menos allí podrán darnos alguna pista.
Superada al fin la leve tensión entre el dueño de la casa y el iracundo Marcial, al llegar a los postres de aquella comida los criados indios, siempre eficaces y silenciosos como estatuas, sirvieron buena cantidad de plátanos, ya al natural, ya con el condimento de jarabe de melaza, que transformaba los frutos en una especie de confitura.
Y como todos los presentes daban por sentado que ningún otro argumento podría hacer desistir al joven de proseguir su viaje, incluso osando palmear las recias espaldas del serio Marcial con una de sus manos regordetas, el simpático y humorista gobernador prometió:
– Les ayudaré en lo que pueda, mi pundonoroso amigo.
– ¿Cómo, señor? —quiso concretar el impaciente joven.
– Pues no sé… Pidiendo a los indios que están bajo mi mando que investiguen por ahí. En el interior, más allá de las riberas del río, hay poblados indígenas: quizá alguien haya oído hablar del comandante Kermor, ¿no?
– Se lo agradeceremos mucho, señor.
– ¡Bah! No tiene importancia. ¡De algo ha de servir mi mando en esta región! De esta forma, si tienen que regresar sin averiguar nada, quizá yo pueda decirles algo.
– Es usted muy amable.
– Entre otras muchas cosas, lo primero que van a necesitar es contratar una embarcación.
– ¿No sigue el Simón Bolívar más arriba?
– Continúa el viaje, pero no precisamente hacia San Fernando. Desde aquí tuerce por el tributario Cuchivero, para navegar luego por el Manapire y pasando la isla Taruma finalizar el viaje en los muelles de Caicara.
– ¡Qué fastidio! —volvió a refunfuñar Marcial.
– No vuelva a preocuparse, hombre —le animó nuevamente el gobernador—. Aquí podrán contratar una piragua.
– Yo conozco un mestizo, cuyo negocio es navegar por el río —apuntó don Felipe—. Y como nosotros también…
Se interrumpió al oír que Marcial rechazaba:
– Gracias, don Felipe. Ya nos apañaremos.