El secreto de Maston

CAPÍTULO IX

EN EL QUE APARECE UN DEUX EX MACHINA DE ORIGEN FRANCÉS

Tales debían ser los beneficios debidos a la modificación introducida por el presidente Barbicane en el eje de rotación. Se sabe, por otra parte, que esta modificación no debía afectar más que en forma ligera al movimiento de traslación de nuestro esferoide alrededor del Sol. La Tierra continuaría describiendo su órbita inmutable a través del espacio, y no serían alteradas las condiciones del año solar.

Cuando llegaron a conocimiento de todo el mundo las consecuencias del cambio del eje, produjeron un efecto extraordinario. En el primer momento tuvo una acogida entusiasta aquel problema de alta mecánica. La perspectiva de tener estaciones de una igualdad constante y según la latitud, «a gusto de los consumidores», era en extremo seductora. Entusiasmaba la idea de que todos los mortales podrían gozar de aquella perpetua primavera que el cantor de Telémaco concedía a la isla de Calypso, y de que hasta podrían elegir entre primavera fresca y primavera tibia. En cuanto a la posición del nuevo eje, alrededor del cual se verificaría la rotación diurna, era un secreto que ni el presidente Barbicane, ni el capitán Nicholl, ni J. T. Maston parecían dispuestos a entregar a la publicidad. ¿Lo descubrirían antes, o no sería conocido hasta después del experimento? No hacía falta más para que la opinión comenzara a inquietarse un poco.

Una observación acudió naturalmente al espíritu, y fue vivamente comentada por los periódicos. ¿Por qué esfuerzo mecánico se produciría aquel cambio, que exigiría evidentemente el empleo de una fuerza enorme?

El Forum, importante revista de Nueva York, hizo notar justamente esto:

«Si la Tierra no hubiera girado sobre su eje, acaso habría bastado un choque relativamente débil para imprimirle un movimiento de rotación alrededor de un eje arbitrariamente escogido; pero puede ser asimilada a un enorme giróscopo, moviéndose con una rapidez excesivamente grande, y una ley de la naturaleza quiere que un aparato semejante sea propenso a girar constantemente alrededor del mismo eje. León Folcaud lo ha demostrado materialmente en sus célebres experimentos. ¡Será, pues, muy difícil, por no decir imposible, hacerla desviar de él!»

Nada más exacto. Así, después de haberse preguntado cuál sería el esfuerzo producido por los ingenieros de la North Polar Practical Association, era no menos interesante saber si ese esfuerzo sería producido insensiblemente o de un modo brusco.

Y en este último caso, ¿no sobrevendrían espantosas catástrofes en la superficie del globo en el momento en que se efectuara el cambio del eje, gracias a los procedimientos de Barbicane y Compañía?

Había allí motivo para preocupar lo mismo a los sabios que a los ignorantes de todo el globo. En suma: un choque es un choque, y nunca es agradable sentir el golpe, ni el contragolpe siquiera. Verdaderamente, parecía que los promotores del asunto no habían pensado en los trastornos que podía provocar en nuestro infortunado globo su obra, de la cual no veían más que las ventajas. Así, los delegados europeos, más irritados que nunca de su derrota y resueltos a sacar partido de esta circunstancia, comenzaron muy diestramente a irritar a la opinión pública contra el presidente del Gun Club.

Como no se habrá olvidado, no teniendo que hacer valer ninguna pretensión sobre las regiones circumpolares, Francia no figuraba entre las potencias que habían tomado parte en la adjudicación. Sin embargo, si oficialmente no se había interesado en la cuestión, un francés había tenido el pensamiento de ir a Baltimore, con objeto de seguir, por su cuenta personal y para su diversión particular, las diversas fases de aquella gigantesca empresa.

Era éste un ingeniero de minas, que tenía, a lo sumo, treinta y cinco años de edad. Entrando con el número uno de la Escuela politécnica y saliendo con el mismo, conviene presentarlo como un matemático de primer orden, muy probablemente superior a J. T. Maston, que si era un matemático de primera, no era más que matemático –lo que hubiera sido un Le Verrier junto a un Laplace o un Newton.

Este ingeniero era un hombre de chispa, un original como se encuentran con frecuencia en la carrera de Caminos, y rara vez en la de Minas. Tenía una manera muy personal de decir las cosas, y muy graciosa en particular. Cuando hablaba con sus íntimos, hasta cuando hablaba de ciencia, lo hacía con la ligereza de un pilluelo de París. Gustábanle las palabras de la lengua del pueblo y las expresiones que la moda ha admitido tan rápidamente. Se habría dicho que, en sus momentos de abandono, su lenguaje se acomodaría difícilmente a las fórmulas académicas, y no se resignaba a ello más que cuando tenía la pluma en la mano. Al mismo tiempo, era un trabajador infatigable, que podía permanecer diez horas delante de su mesa, escribiendo al correr de la pluma páginas de álgebra como se escribe una carta. Su mejor descanso, después de los trabajos de altas matemáticas de todo un día, era el whist, que jugaba medianamente, aunque tuviera calculadas todas las jugadas. Y cuando «la mano tocaba al muerto», había que oírle gritar en latín macarrónico: Cadaveri poussandum est!

Este singular personaje se llamaba Pierredos (Alcides), y en su manía de abreviar –común, por lo demás, a todos sus compañeros–, firmábase generalmente APierd, y hasta APi, sin poner jamás el punto sobre la i. Era tan ardiente en sus discusiones, que le habían puesto el apodo de Alcides sulfúrico. Era muy alto, y sus camaradas afirmaban que su talla medía la cinco millonésima parte del cuarto de meridiano –aproximadamente dos metros–, y no se equivocaba en mucho. Si tenía la cabeza pequeña para su busto vigoroso y para sus anchos hombros, ¡con qué aire la movía y qué mirada tan viva se escapaba de sus ojos azules a través de sus lentes! Lo que verdaderamente le caracterizaba, era su risueña fisonomía, que parecía alegre aun estando seria, a despecho de su cráneo, prematuramente calvo por el abuso de los signos algebraicos a la luz de los mecheros de gas de las salas de estudio. Por lo demás, era el mejor muchacho de que había memoria en la Escuela, y sin nada de afectación. Aunque su carácter fuese demasiado independiente, se había sometido siempre a las prescripciones del Código X, que hace ley para los politécnicos en todo lo que concierne al compañerismo y al respeto del uniforme. Se le apreciaba lo mismo bajo los árboles del patio de las «Acacias», precisamente llamado así porque en él no hay acacias, que en los dormitorios, donde el arreglo de su baúl y el orden que reinaba en su cartera denotaban un espíritu absolutamente metódico.

La cabeza de Alcides Pi-erre-dos podría parecer todo lo pequeña que se quiera para su gran cuerpo; pero lo cierto es que estaba bien llena. Ante todo, era matemático como todos sus camaradas lo son o lo han sido; pero no utilizaba las matemáticas más que para aplicarlas a las ciencias experimentales, las cuales no tenían para él otro encanto que el que le proporcionaba su empleo en la industria. Éste era, y él lo reconocía, un aspecto inferior de su naturaleza. Nadie es perfecto. En suma: su especialidad era el estudio de esas ciencias que, a pesar de sus progresos, tienen y tendrán siempre secretos para sus adeptos.

Digamos de paso que Alcides Pierredos era soltero. Como él decía, todavía era «igual a uno», aunque su más vivo deseo hubiera sido duplicarse. Así, sus amigos habían pensado ya en casarlo con una joven encantadora, alegre, espiritual, una provenzal de Martigues; pero, desgraciadamente, había de por medio un padre, que contestó a las primeras insinuaciones con la «martigalada» siguiente:

– ¡No: vuestro Alcides es demasiado sabio! ¡Hablaría a mi pobrecita hija de cosas ininteligibles para ella...!

¡Como si todo verdadero sabio no fuese modesto y sencillo!

Muy despechado con esto, nuestro ingeniero resolvió poner entre él y la Provenza cierta extensión de mar. Pidió y obtuvo licencia por un año, y creyó que no la podía emplear mejor que yendo a seguir el asunto de la North Polar Practical Association. Y he aquí por qué se encontraba en los Estados Unidos a la sazón. Desde que se encontraba en Baltimore, no dejaba de preocuparle aquella gran empresa de Barbicane y Compañía. Poco le importaba que la Tierra, por un cambio de eje, llegase a ser lo mismo que Júpiter, pero lo que excitaba, no sin razón, su curiosidad de sabio, era el medio para llegar a este resultado.

En su pintoresco lenguaje decía:

– ¡Evidentemente, el presidente Barbicane se apresta a dar a nuestra bola un envite de primera...! ¿Cómo y en qué sentido...? ¡Aquí está todo...! ¡Por Dios, me parece que la va a tomar «fina» como una bola de billar cuando se quiere hacer un efecto de costado...! ¡Si la tomara «llena» la lanzaría fuera de su órbita, y al diablo los años actuales, que cambiarían de buena manera! ¡No: estas buenas gentes no piensan evidentemente más que en sustituir el eje antiguo por uno nuevo...! ¡Sobre esto no hay duda...! ¡Pero no veo bien cuál será su punto de apoyo, ni cuál será la sacudida que harán llegar de fuera...! ¡Ah! ¡Si no existiera el movimiento diurno, bastaría un capirotazo...! ¡ Pero el caso es que existe y que no se le puede suprimir! Y aquí está el busilis... ¡De todos modos, y se las compongan como quieran, la cosa va a ser gorda!

Y aunque se devanaba los sesos, nuestro sabio no llegaba a entrever cuál sería el procedimiento imaginado por Barbicane y Maston. Y esto era tanto más sensible, cuanto que si hubiera conocido este procedimiento, habría podido deducir enseguida sus fórmulas mecánicas.

Y este era el motivo de que Alcides Pierredos, ingeniero del Cuerpo nacional de Minas de Francia, midiese el 29 de diciembre, con el compás de sus largas piernas, las animadas calles de Baltimore.

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