Robur el conquistador

Capítulo XVII

En el cual se retroceden dos meses y se da un salto a nueve meses después

Algunas semanas antes, el 13 de junio, al siguiente día de la escena durante la cual el Weldon Institute se había entregado a tan borrascosas discusiones, se habría visto en todas las clases de la población filadelfiana, negra o blanca, una emoción más fácil de advertir que de discutir.

En las primeras horas de la mañana, las conversaciones giraban únicamente sobre el inesperado y escandaloso incidente del día anterior. Un intruso, que se denominaba ingeniero, que pretendía titularse con el nombre de Robur ¡Robur el Conquistador!, un personaje de origen desconocido, nacionalidad anónima, se había presentado de pronto en el salón de sesiones, había insultado a los aeronautas, los había infamado, se había lisonjeado de las maravillas de los aparatos más pesados que el aire, excitando así un tumulto espantoso, y dirigido amenazas contra de sus advesarios. Finalmente; tras de abandonar la tribuna, en medio del estrépito de los revoltosos, desapareció, y a pesar de todas las investigaciones, no volvió a saberse nada del tal personaje.

Seguramente el asunto era a propósito, para que todas las lenguas se pusieran en movimiento, y para inflamar las imaginaciones. Discutieron de este asunto en Filadelfia, en los otros treinta Estados de la Unión, y hablando con sinceridad, en el Antiguo y en el Nuevo Mundo.

Pero la emoción no tuvo límites el día 13 de junio por la noche, al conocerse que ni el presidente ni el secretario del Weldon Institute, habían aparecido en sus respectivos domicilios. Unos hombres de buena conducta, honorables y serios, que el día anterior salieron del salón de sesiones como ciudadanos que no piensan más que en penetrar tranquilamente en sus casas, como solteros que no abrigaban temor alguno de que los sorprendiese ningún rostro desagradable ni ningún carácter gruñón en su morada. ¿Se habían ausentado, por casualidad? No; por lo menos no habían dicho nada para que esto se creyese. Y hasta se había convenido que al día siguiente volverían a ocupar sus puestos en las sesiones del Club, el uno como presidente y el otro como secretario, en previsión de una sesión en la que se discutieran los sucesos de la noche precedente.

Y no sólo se trataba de la desaparición total de estos dos personajes respetables en el Estado de Pennsylvania, sino de la del criado Frycollin. Tan perdido estaba como sus amos. ¡No! Jamás negro alguno, desde Toussaint Louverture, Soulouque y Dessalines, había dado tanto que hablar21. Iba a ocupar un lugar importante así entre los colegas de la domesticidad filadelfiana, como entre aquellos sirvientes originales, a quienes les bastó una excentricidad cualquiera para hacerles famosos en ese bello país americano.

Al día siguiente, ninguna novedad. Ni los dos colegas ni Frycollin habían aparecido. Una grave inquietud, comienzo de agitación. Numerosa multitud en las cercanías de las oficinas telegráficas para indagar si se habían recibido nuevas noticias respecto a estos individuos.

Nada.

Y sin embargo, se los había visto a los dos salir del Weldon Institute, hablar en alta voz, acompañados del criado Frycollin que les seguía, bajar después Walnut Street y encaminarse hacia Fairmont Park.

Jem Cip, el vegetariano, hasta había estrechado la mano derecha de su presidente; diciéndole con todo su cariño:

-¡Hasta mañana!

Y William T. Forbes, el fabricante de azúcar de trepas, había recibido un cordial apretón de manos de Phil Evans, que le había dicho por dos veces consecutivas:

-¡Hasta la vista! ¡Hasta la vista!

Miss Doll y miss Mat Forbes, tan unidas a Uncle Prudent por los más puros vínculos de la amistad, no podían comprender aquella desaparición, y a fin de obtener noticias del ausente, hablaban más de lo acostumbrado.

En fin, transcurrieron tres, cuatro, cinco, seis días, luego una semana, dos. Nadie, ni aún el menor indicio que pudiera indicar la huella de los tres desaparecidos.

Se hicieron, sin embargo, minuciosas investigaciones en todo el barrio... ¡Nada! En las calles que desembocan en el parque... ¡Nada! En el mismo parque, en sus bosques, en la espesura de los arbustos... ¡Nada! ¡Siempre nada!

No obstante, se reconoció que en la gran vereda del Fairmont Park, la hierba había sido recientemente pisada, y de una manera sospechosa, pues parecía inexplicable. En los alrededores del bosque se distinguieron las huellas de una lucha. ¿Alguna gavilla de malhechores encontró y atacó a los dos compañeros a hora avanzada de la noche, en medio de aquel parque desierto?

Todo era posible. Por eso la policía procedió a una instrucción en forma y con toda la lentitud legal. Se registró y sondeó el Schuylkill River, se observó el fondo, el espeso matorral de las orillas. Y si fue estéril, no se perdió del todo, pues el Schuylkill River necesitaba ya un buen trabajo de limpieza, y se compobó con dicho motivo. Han sido siempre hombres muy prácticos los ediles de Filadelfia.

Se buscó la publicidad de los periódicos. Se remitieron anuncios y reclamaciones a todas las hojas democráticas o republicanas de la Unión, sin distinción de colores. El Daily Negro, diario especial de la raza negra, publicó un retrato de Frycollin según su última fotografía. Se ofrecieron recompensas, se prometieron primas a cualquiera que brindase noticias de los tres ausentes y hasta a los que sólo hallaran indicios bastantes para poner en buen camino la investigación.

¡Cinco mil dólares, cinco mil dólares a todo ciudano que...!

Nada dejó por hacerse. Pero los cinco mil dólares quedaron en la caja del Weldon Institute.

¡Imposible encontrarlos! ¡Uncle Prudent y Phil Evans de Filadelfia no aparecieron!

Ocioso será decir que el Club se puso en una situación agitada por la inexplicable desaparición de su presidente y de su secretario. La primera providencia que se tomó como urgente fue una medida que suspendía los trabajos relativos a la construcción del globo Go ahead, que se hallaba adelantado. Porque la ausencia de los principales promotores del negocio, de aquellos que habían entregado a esta empresa una parte de su fortuna en tiempo y en dinero; ¿cómo se hubieran atrevido a terminar la obra, cuando no se hallaban presentes para concluirla? Convenía, por lo tanto, esperar algún tiempo más.

Pues bien; precisamente en esta época se formuló la cuestión respecto al extraño fenómeno que tanto había sobreexcitado los espíritus algunas semanas antes.

En efecto, el objeto misterioso había sido visto, o mejor dicho, entrevisto en varias ocasiones en las altas capas de la atmósfera.

Ciertamente que nadie pensaba establecer una conexión entre esta reaparición tan singular y la desaparición no menos inexplicable de los dos distinguidos miembros del Weldon Institute. Habría sido necesaria una buena dosis de imaginación extraordinaria para unir ambos hechos.

De todas maneras, el asteroide, bólido, o monstruo aéreo, como quiera llamársele, había reaparecido en unas condiciones que permitían apreciar mejor sus dimensiones y su forma. En el Canadá, primeramente, sobre los territorios que se extienden desde Ottawa a Quebec, y al día siguiente de la desaparición de los dos colegas; después, sobre las llanuras del Far West, donde ganaba velocidad a un tren del gran camino de hierro del Pacífico.

A partir de este día, las incertidumbres del mundo científico cesaron. Aquel cuerpo no era producto de la Naturaleza; era un aparato volador con aplicación práctica de la teoría del «más pesado que el aire.» Y si el creador o dueño de esta aeronave quería aún guardar el incógnito de su persona, evidentemente no lo hacía para su máquina, pues acababa de mostrarla tan cerca de los territorios del Far West. En cuanto a la fuerza mecánica que disponía, y a la naturaleza de los ingenios que le comunicaban el movimiento, esto sí se desconocía. En todo caso, lo que no dejaba ningún género de duda era que el aparato debía estar dotado de una formidable facultad de locomoción. En efecto, algunos días después se había mostrado en el Celeste Imperio; más tarde, sobre la parte septentrional del Indostán y luego sobre las inmensas estepas de Rusia.

¿Quién era, pues, este atrevido mecánico que poseía tal potencia de locomoción, para el cual los Estados Unidos no tenían ya fronteras, ni los océanos límites, y que disponía de la atmósfera terrestre como de su casa propia? ¿Se debía pensar que este ser fuera Robur, cuyas teorías fueron tan brutalmente lanzadas en la faz del Weldon Institute, aquel día en que vino personalmente a combatir aquella utopía de los globos con dirección?

Tal vez algunos espíritus perspicaces pensaron en ello. Pero ¡cosa singular! Seguro que nadie pensó en la hipótesis de que el expresado Robur pudiera tener parte en la desaparición del presidente y el secretario del Weldon Institute.

En fin, esto habría permanecido en el total misterio, sin un despacho que llegó de Francia a América a través del hilo de Nueva York, a las once treinta y siete del día 6 de julio.

¿Y qué traía este despacho? El texto del documento encontrado en París dentro de una tabaquera; valioso documento que revelaba lo que había llegado a ser de los dos personajes por los cuales la sociedad iba a vestir de luto.

Así, pues, el responsable del rapto era Robur, el ingeniero que llegó hasta Filadelfia expresamente a anular en embrión la teoría de los aeronautas. Él era quien montaba la aeronave Albatros. Él era el que por represalias, había llevado a Uncle Prudent, a Phil Evans y a Frycollin por los aires. Y a estos personajes se les debía considerar perdidos para siempre, a menos de que por un medio imprevisto, o construyendo una máquina capaz de luchar con el poderoso aparato, sus amigos consiguieran traerlos a tierra.

¡Qué emoción! ¡Qué estupor! El telegrama parisiense había sido dirigido a la oficina del Weldon Institute. Los miembros del Club tuvieron al fin conocimiento del hecho, y diez minutos después, toda Filadelfia recibía la nueva por teléfono; luego, en menos de una hora, toda América tenía noticia de ello, pues se había propagado eléctricamente por los innumerables hilos telegráficos del continente.

Esto debe ser una mixtificación de mal género, decían unos; una broma del peor gusto, decían otros. ¿Cómo se había podido llevar a cabo este rapto en Filadelfia tan reservadamente? ¿Cómo el Albatros pudo llegar a tierra en el Fairmont Park, sin que su aparición se hubiera notado sobre el horizonte del Estado de Pennsylvania?

Todo esto no eran más que argumentos. Los incrédulos tenían perfecto derecho de dudar. Pero este derecho no lo tuvieron siete días después de la llegada del telegrama.

El 13 de julio, el paquebot francés Normandie llegó atravesando las aguas del Hudson, el cual traía aquella famosa tabaquera. El ferrocanil de Nueva York la condujo con toda velocidad a Filadelfia.

Era, en efecto, la tabaquera del presidente del Weldon Institute. Jem Cip no habría hecho mal aquel día en tomar un alimento más fuerte, puesto que recibiría una gran emoción al reconocerla. ¡Cuántas veces había agotado el rapé que contenía la caja del amigo!

Miss Doll y miss Mat reconocieron también la tabaquera que tantas veces habían mirado con la esperanza de introducir en ella algún día sus delgados dedos de viejas solteronas. Después la reconocieron su padre, William T. Forbes, Truk Milnor, Bat Fyn y otros muchos miembros del Weldon Institute. Cien veces la vieron abrir y cerrar en las manos de su honorable presidente. En fin, fue un testimonio de afecto de todos los amigos con que contaba Uncle Prudent en la buena sociedad de Filadelfia, en donde, como lo indica el nombre, y nunca se ponderará lo suficiente, sus habitantes se aman como hermanos.

Ya no había motivo para conservar la menor duda. No solamente la tabaquera del presidente, sino también la letra trazada en el documento, no permitían tampoco a los incrédulos mover la cabeza en señal de duda. Comenzaron, pues, las lamentaciones, y hasta se levantaron las manos en señal de desesperación mirando hacia el cielo. ¡Uncle Prudent y su colega llevados en un aparato volador, sin poder libertarlos!

La compañía del Niágara Falls, de la que Uncle Prudent era accionista mayoritario, tuvo necesidad de suspender sus negocios y detener sus pagos. Así también, la Walton Watch Company pensó liquidar su fábrica de relojes, pues había perdido a su director Phil Evans:

Sí; fue duelo general, y la palabra duelo no es exagerada, pues aparte de algunas cabezas ligeras, de las que se encuentran muchas en Estados Unidos, nadie esperaba ya volver a ver a aquellos dos honorables ciudadanos.

Sin embargo, después de su paso por París, no se volvió a hablar más acerca del Albatros. Algunas horas más tarde se le distinguió sobre Roma, y nada más.

No había razón para admirarse, dada la velocidad con que la máquina aérea había atravesado a Europa de Norte a Sur, y el Mediterráneo de Oeste a Este. Gracias a esta velocidad, ningún anteojo pudo distinguirle en alguno de los puntos del trayecto. Para los Observatorios, que dedicaron noche y día enorme personal para la investigación, la máquina de Robur el Conquistador había escapado tan lejos y a tal altura, a manera de Albatros, como él la llamaba, que se perdió toda esperanza de encontrar su huella.

Conviene añadir que si su velocidad fue más moderada en el litoral de África, como el documento no era aún conocido, nadie cuidó de buscar a la aeronave en las alturas del cielo argelino. Seguramente se le distinguió sobre Tombuctú; pero el Observatorio de esta célebre ciudad, si allí existe alguno, no había tenido todavía tiempo de enviar a Europa el resultado de sus observaciones. Respecto al rey de Dahomey, hubiera más bien mandado cortar la cabeza a veinte mil de sus súbditos, incluyendo sus ministros, que confesar que él había llevado la peor parte en su lucha con un aparato aéreo. Era cuestión de amor propio.

Después, Robur atravesó el Océano Atlántico. Luego llegó a la Tierra del Fuego, y después al Cabo de Hornos. Pasó contra su voluntad, las tierras australes y el inmenso dominio del Polo. Seguro, de estas regiones antárticas no se podían esperar noticias.

Pasó el mes de julio, y ninguna mirada humana pudo lisonjearse de haber siquiera entrevisto la aeronave.

Terminó agosto, y la incertidumbre acerca de los prisioneros fue completa. Había que preguntar si el ingeniero a modo de Ícaro, el mecánico más antiguo que la historia menciona, había perecido víctima de su temeridad.

En fin, los veintisiete primeros días de septiembre transcurrieron sin resultado.

Es cierto que a todo se acostumbra uno en este mundo. Está en la naturaleza del hombre el mostrarse indiferente ante los dolores que se alejan. Se olvidan, pues es necesario olvidarlos. Pero en esta ocasión es menester decirlo en su honor, el público terrestre, ¿se mantuvo en esta pendiente? No; no llegó a ser indiferente a la suerte de dos blancos y un negro, arrebatados como el profeta Elías, pero de los cuales no había prometido la Biblia su regreso a la Tierra.

Y esto fue más sensible en Filadelfia que en ningún otro lugar. Se agregaban a todo esto ciertos temores personales. Por represalias, Robur había arrancado a Uncle Prudent y a Phil Evans de su suelo natal. Bueno, éste se había vengado, aunque sin derecho. ¿Pero sería para él suficiente venganza? ¿No querría ejercerla también en contra de algunos de los colegas del presidente y del secretario del Weldon Institute? ¿Quién podría decir que se hallaba al abrigo de los atentados del todopoderoso señor de las regiones aéreas?

Ahora bien, el 28 de septiembre circuló una noticia por la ciudad. Uncle Prudent y Phil Evans habían reaparecido a las doce y media del día en el domicilio particular del presidente del Weldon Institute.

Lo más extraño del caso fue que esta noticia era cierta, aún cuando los espíritus sensatos no querían creerlo.

Sin embargo, fue preciso inclinarse ante la evidencia. Eran, efectivamente, los dos desaparecidos, no su sombra... Hasta el mismo Frycollin había regresado.

Los miembros del Club, luego los amigos, después la multitud, acudieron a la casa de Uncle Prudent. Aclamaron a los dos compatriotas, y pasaron de abrazo en abrazo, en medio de los vivas más entusiastas.

Allí estaba Jem Cip, que abandonó su almuerzo, un platillo de lechugas cocidas; y además William T. Forbes y sus dos hijas, miss Doll y miss Mat. Y en aquel instante Uncle Prudent habría podido casarse con las dos, si hubiera sido mormón; pero ni lo era ni había en él propensión a serlo. Allí estaban también Truk Milnor, Bat T. Fyn, y por último, todos los miembros del Club. Aún no se sabe cómo Uncle Prudent y Phil Evans pudieron salir vivos de los miles de abrazos que les dieron mientras cruzaban la ciudad.

Esa misma noche, el Weldon Institute debía celebrar su sesión semanal. Contaban con que los dos insignes compañeros ocuparían sus asientos. Como no habían dicho nada todavía sobre sus aventuras, tal vez porque no habían tenido tiempo de hablar, se esperaba desde luego que refirieran con todos sus pormenores sus impresiones de viaje.

Pero ¡qué decepción!, por alguna razón o por otra, ambos permanecieron mudos. Enmudeció también Frycollin, a quien sus hermanos de raza respetaban su mutismo.

Pero lo que los dos colegas no habían dicho o no habían querido decir, lo diremos nosotros.

No hay para qué retroceder acerca de lo que ya se sabe que ocurrió la noche del 27 al 28 de julio, la audaz evasión del presidente y secretario del Weldon Institute, su impresión tan viva cuando tocaron con sus pies las rocas de la isla Chatam, el disparo de fusil contra Phil Evans, el cable cortado, y el Albatros, por entonces privado de sus propulsores, arrastrado a una gran distancia por la brisa del Sudoeste, en tanto que se elevaba hasta una gran altura. Sus focos encendidos habían permitido que se le siguiera con la vista por espacio de algún tiempo, si bien no tardó en desaparecer.

Los fugitivos no habían tenido ya nada que temer. ¿Cómo hubiera podido retornar Robur a la isla, cuando sus hélices no estaban en estado de funcionar durante tres o cuatro horas?

De otra parte, el Albatros, destruido por la explosión, no sería más que un vestigio flotante en el mar y los hombres que llevaba, cadáveres despedazados que el Océano no podría devolver.

El acto de venganza estaba cumplido con todo horror. Uncle Prudent y Phil Evans, considerándose en estado de legítima defensa, no sentían remordimientos.

Phil Evans sólo estaba levemente herido por la bala lanzada desde el Albatros. Así las cosas, los tres fugitivos se dedicaron exclusivamente a caminar en el litoral, con la esperanza de encontrar algunos indígenas.

Esta esperanza no quedó defraudada. Unos cincuenta naturales del país, quienes vivían de la pesca, habitaban la costa occidental de la isla Chatam. Habían visto cómo la aeronave quería descender sobre la isla. Los indígenas dieron a los tres fugitivos la acogida que merecían aquéllos por creerlos unos seres sobrenaturales. Los adoraron, o faltó poco para ello; fueron alojados en una de sus mejores casas. Jamás hubiera encontrado Frycollin una ocasión más favorable para pasar por el dios de los negros.

Como lo habían previsto, Uncle y Phil no vieron regresar la aeronave, y dedujeron que la catástrofe se debió verificar en alguna zona de la alta atmósfera. No volvería a oírse hablar del ingeniero Robur, ni de la prodigiosa máquina que montaban él y sus compañeros.

Ahora era necesario aguardar una ocasión para trasladarse a los Estados Unidos. La isla Chatam es poco frecuentada por los navegantes, por cuyo motivo transcurrió todo el mes de agosto sin novedad, y los fugitivos preguntábanse si era que habían cambiado una prisión por otra, aunque a Frycollin le parecía ésta mejor que la aérea.

Finalmente, el 3 de septiembre, un buque vino a proveerse de agua en la punta de la isla Chatam. No se había olvidado Uncle Prudent al salir de Filadelfia, de llevar unos miles de dólares más de lo necesario para el viaje a Estados Unidos. Después de dar gracias a sus admiradores que no economizaron sus más respetuosas demostraciones. Uncle Prudent, Phil Evans y Frycollin se embarcaron rumbo a Auckland. No contaron nada acerca de su historia, y dos días después llegaron a la capital de Nueva Zelandia.

Alli los recibió a bordo como pasajeros un paquebote del Océano Pacífico, y el 20 de septiembre, luego de una travesía de las más felices los supervivientes del Albatros desembarcaron en San Francisco. No dijeron a nadie su identidad ni de dónde venían, pero como habían pagado espléndidamente su transporte, ningún capitán americano les hubiera pedido más.

En San Francisco, Uncle Prudent, su colega y Frycollin tomaron el primer tren del ferrocarril del Pacífico, y el 27 llegaron a Filadelfia.

He aquí la relación de lo que había pasado desde la evasión de los fugitivos y su partida de la isla Chatam. He aquí cómo, la misma noche el presidente y el secretario pudieron tomar sus asientos en el Weldon Institute, en presencia de una grandiosa concurrencia.

Sin embargo, nunca habían estado los dos más tranquilos. No parecía, al verlos, que pasara algo anormal desde la memorable sesión del 12 de junio. ¡Tres meses y medio que no parecían formar parte de su existencia!

Después de la primera salva de aplausos y de vivas que ambos recibieron sin que sus rostros reflejasen la mínima emoción, Uncle Prudent se cubrió y tomó la palabra.

-Honorables ciudadanos -dijo-, se abre la sesión.

Aplausos frenéticos, cosa comprensible. Si no era extraordinario que la sesión se abriera, lo era al menos porque asistían a ella Uncle Prudent y Phil Evans.

El presidente dejó agotarse el entusiasmo en aclamaciones y en palmadas. Luego prosiguió:

-En nuestra última sesión, la discusión fue muy acalorada (Escuchad, escuchad) entre los partidarios de la hélice a proa, y la hélice a popa para nuestro globo, el Go ahead. (Demostraciones de sorpresa). Ahora bien, ya hemos encontrado el medio de establecer acuerdo entre los partidarios de uno y otro sistema, y helo aquí: consiste en colocar dos hélices, una en cada extremo de la navecilla, y de esta manera estará logrado. (Silencio. Completa estupefacción).

Y no dijo más.

¡Sí, no, dijo más! Del rapto del presidente y del secretario del Weldon Institute, ni una palabra. ¡Ni una palabra del Albatros ni del irigeniero Robur! ¡Ni una palabra del viaje! ¡Ni una palabra sobre la manera en que los prisioneros habían podido fugarse! ¡Ni una palabra, en fin, acerca de lo que había llegado a ser de la aeronave, si corría aún a través del espacio, o si podían temerse nuevas represalias contra los miembros del Club!

Ciertamente, no les faltaban ganas a todos los aeronautas de interrogar a Uncle Prudent y Phil Evans, pero se los vio tan graves y tan reservados, que pareció mejor respetar su actitud. Cuando juzgasen oportuno hablar, hablarían, y se les concedería la honra de escucharlos.

Después de todo debía existir algún misterio, un secreto que no podía divulgarse todavía, pero ya llegaría a no dudar, la oportunidad para saberlo todo.

Por lo que Uncle Prudent, tomando la palabra en medio de un silencio total hasta entonces desconocido en las sesiones del Weldon Institute, dijo:

-¡Señores! Ahora no queda más que terminar nuestro aerostato Go ahead, al cual pertenece realizar la conquista del aire. Se levanta la sesión.

Notas de la fuente

21. Famosos caudillos haitianos.

Telegrama

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